miércoles 2 de noviembre de 2011

Mío, Capítulo 3.

El murmullo que provenía de algún lugar real se confundió con su ensoñación. Alguien estaba hablando, si a aquel galimatías tosco podía llamársele lenguaje; pero sin duda había varias voces y discutían entre ellas. Óscar levantó los párpados con dificultad y se abrió camino a través de la bruma de su propia mente: estaba echado en el suelo. Junto a él reposaba un bulto que sólo podía ser el cuerpo de Ivana, aún inconsciente o, Dios no lo quisiera, ya muerta. La hojarasca arañaba su mejilla y le producía picor, pero al ir a rascarse descubrió que estaba maniatado. A su alrededor había varios pares de gruesas piernas sucias calzadas, más bien cubiertas, con botas de pieles. Su mochila descansaba a un par de metros. Un gruñido de un tono diferente se dejó oír cuando Óscar intentó moverse; unas manos enormes lo levantaron como si no pesara más que una brizna de hierba y lo pusieron en pie. Trastabilló y se meneó un poco hacia los lados sintiendo un descomunal dolor repentino en la parte posterior de la cabeza, pero logró mantenerse erguido. Entonces comprobó que el más bajo de sus captores medía al menos dos metros y medio; pero lo que casi consiguió arrancarle un grito fue contemplar los rostros de aquella raza que los había atrapado. A su mente vino una palabra que se arrastró hacia él con la aflautada voz de Ivana.

Caníbales.

¿Y ahora qué?, pensó aterrorizado, y esperó a que uno de aquellos seres lo cogiera de pronto, lo llevara hacia su boca y le arrancara medio torso de un bocado. Comenzó a temblar incontroladamente. Los habían transportado a un claro donde ardía una hoguera, sin duda la débil luz que habían percibido un poco antes desde el bosque, a cuyo alrededor se apiñaban varias chozas de barro y paja de aspecto primitivo.

Lestrigones. Óscar no había escuchado nunca el nombre, aunque quizá Ivana podría haberle explicado de dónde provenía. Homero habló de ellos brevemente, narrando cómo Odiseo y sus compañeros habían llegado navegando a una tierra próspera donde abastecerse para su viaje de regreso a Ítaca. Allí moraba esta raza de hombres brutales que los atacaron de pronto; a los compañeros que no pudieron huir los ensartaron en gruesos alambres como si fueran pescados y los llevaron, aún vivos y suplicantes, a sus moradas para proporcionarse un festín con ellos. Son muy pocas más las referencias a estas criaturas en las crónicas de la humanidad, pero en aquellas regiones abundaban, bien porque habían llegado a través de algún portal, bien porque aquellas eran en realidad las mismas tierras donde Odiseo había tocado tierra miles de años atrás.

Óscar, ignorante de todo excepto de que corría serio riesgo de ser devorado, estudió los rostros de los lestrigones y pensó que, fuera cual fuera la muerte que iban a dispensarle, probablemente el vaciado sanguíneo de la Wundarga iba a ser dulce en comparación. ¿Para eso habían huido? Se sintió culpable cuando comprendió en qué lío había metido a Ivana.

Los rasgos de los lestrigones no eran de todo humanos. Tenían algo de simiesco, como si fueran quizá una rama perdida de alguna tribu superviviente de los neandertales, con el arco superciliar prominente y los ojillos enterrados debajo como preludio de una enorme nariz bulbosa y una mandíbula dispuesta a triturar hueso de Homo Sapiens. Miraban a Óscar casi con indiferencia, sin ansia como la Wundarga, lo cual le produjo inesperadamente un ataque de odio: quizá para ellos era normal y rutinario devorar a un ser humano, pero para él suponía la pérdida de la vida, su vida, y dolorosamente además. Entonces se llevó a cabo en su mente una duplicidad asombrosa, y se vio a sí mismo en un restaurante cualquiera; Óscar observando con la misma indiferencia que ellos una jugosa pata de cordero que hubieran puesto en una bandeja ante sí. ¿Era ese el ciclo de la vida? ¿Podría pensar lo mismo el cordero de él? Aún no se había dado cuenta, y más tarde meditaría acerca de la curiosa forma que tiene el mundo de enseñarnos ciertas cosas, pero acababa de hacerse vegetariano.

No parecía haber jefes en esa tribu, o al menos nadie llevaba símbolo o vestimenta alguna que lo distinguiera de los demás, pero fue un lestrigón en concreto el que balbuceó un gañido y tocó con su enorme dedo la gasa que asomaba por el cuello de la capucha de Óscar, donde Ivana había cubierto el mordisco de la Señora. Se sintió poderosamente empujado hacia atrás y casi perdió el equilibrio.

-Gardagh –pareció que dijo. Sonaba similar a Wundarga, desde luego.

-¡Gardagh! –exclamaron los demás. Algunos levantaron sus cachiporras, no más que unas ramas recogidas en ese mismo instante, y otros se llevaron las manos al rostro y se lo frotaron; pero todos compartieron un brillo concreto en los ojos que delataba un belicoso frenesí. En efecto, Ivana ya se lo había dicho: eran enemigos naturales que competían por el territorio de caza.

El que había tocado a Óscar, una vez remitió su ataque de cólera, volvió a extender el brazo y de un poderoso tirón arrancó la gasa y algún resto de piel del cuello con su uña irregular. Óscar gritó, lo que pareció divertirlos bastante. A continuación untó la yema del índice en la herida, que había comenzado a manar débilmente de nuevo, y lo llevó a sus labios. Chupó con ansia; su cara suspicaz se volvió de pronto jubilosa y exclamó hacia sus camaradas:

-¡Akhatok! ¡Gardagh inu akhatok!

Con aquella noticia la tribu entera comenzó a aullar y a salivar. Levantaron en volandas a Óscar sin prestar la más mínima atención a su mequetréfica resistencia y recogieron también a Ivana. Se acercaron a una de las chozas y Óscar pudo apreciar, entre los golpes que recibía con cada paso del lestrigón, que estaban hechas de barro, sí, pero formando diminutos ladrillos cuyas junturas quedaban perfectamente disimuladas bajo la polvorienta argamasa que las unía. Era un trabajo bastante avanzado para unos seres tan aparentemente mongólicos. Ante aquella choza en concreto había un achaparrado tocón de árbol gastado por los años que estaba cubierto de una grasa oscura. Sólo cuando arrojaron a Óscar contra el suelo, como quien deja un saco de patatas, y pudo obtener una visión del interior de aquella choza a través de la abertura, comprendió que lo que cubría el tocón no era grasa, sino sangre seca. Sangre humana.

El interior de la choza estaba repleto de huesos humanos, ropas raídas y mochilas desgarradas y vacías. Una calavera en concreto pareció sonreír directamente a Óscar. Gritó y provocó un nuevo coro de risas que parecían toses. A su lado cayó Ivana; sus ojos seguían cerrados.

El lestrigón que podría hacer las veces de jefe avanzó hacia el chico, cada paso un trueno. Si ya de por sí eran enormes, tumbado en el suelo las proporciones de aquellos seres tomaban dimensiones ciclópeas.

-Ivana, ¡Ivana! –suplicó Óscar, pensando que posiblemente para lo único que iba a despertarla era para despedirse de ella.

El lestrigón se detuvo. Las uñas de sus pies quedaron a diez centímetros de su nariz. Óscar se vio obligado a levantarse llevado por el olor y por un último ataque de dignidad. Enfrentó a la muerte. Se miraron a los ojos. Entonces el lestrigón dejó pasmado al chico.

-¡Tú!, hombre –dijo con voz cavernosa. La vocalización de que eran capaces aquellos labios dejaban mucho que desear a menos que se tratara de emitir gruñidos, pero resultó perfectamente comprensible. Toda la tribu estaba arremolinada alrededor de la escena. Algunos mostraban los dientes, pero parecía más un tic que una muestra de enemistad. Óscar comenzó a sudar a pesar del fresco viento. La cabeza le palpitaba donde había sido golpeado.

-Sí –reconoció. ¿A qué negarlo?

El lestrigón señaló su cuello y frunció el ceño de tal forma que sus ojos casi desaparecieron debajo.

-Tú hombre no Gardagh. Tú hombre muy flaco aquí. ¿Qué?

Óscar creyó entender que el simio le preguntaba cómo había hecho para sobrevivir a la Señora. Una parte estudiosa del chico se maravilló de que aquellos primitivos seres no sólo dominaran un lenguaje, sino dos. La única explicación posible era que se comunicaban con los peregrinos antes de comérselos. Había caminantes de todas las nacionalidades; ¿hablarían también inglés, alemán, italiano…?

-¿La Wundarga? No, Ivana me salvó. Ella me salvó de la Gardagh –dijo Óscar señalando el cuerpo tirado a su lado. El lestrigón la observó y luego se dirigió a uno de los que contemplaban la escena.

-¿Eekhatha?

El ser se encogió de hombros. Luego recogió el cuerpo de Ivana, lo llevó a su regazo, sacó una bota de cuero de entre sus pieles y le dio un trago de algo. En un primer momento no sucedió nada, pero de pronto Ivana se sacudió fuertemente y comenzó a toser. Sus ojos se abrieron como platos y su cara, ya roja al resplandor del fuego, se puso casi morada. El lestrigón hizo una mueca de triunfo. Óscar recordó haber visto algo parecido para la reanimación de los hobbits de El Señor de los Anillos por parte de los orcos que los habían apresado.

-¡Eekhatha! –exclamó, y Óscar casi pudo entenderlo: “¡Está viva!” El lenguaje de los lestrigones iba siempre acompañado de gestos explícitos y no parecía muy complicado. Depositaron a Ivana en el suelo de nuevo y quedó sentada, mientras su respiración se normalizaba a través de profundos jadeos y su vista trataba de enfocar lo que sucedía a su alrededor.

-¡Ivana! –llamó Óscar y se dispuso a ayudarla, pero una exclamación del lestrigón lo detuvo en seco. Ivana, que acababa de descubrir que también estaba maniatada, comprendió por fin qué había podido ocurrir.

-¿Óscar? ¿Son lestrigones? –preguntó con un hilo de voz empapada en pánico.

-Sí.

-¡Khabuk! –cortó el lestrigón. A continuación tomó a la muchacha por los hombros, izándola como si no pesara nada, y tras ponerla en pie empujó a Óscar para que esta vez él quedara sentado. Ivana temblaba en una mezcla de terror y esfuerzo por no caer. El lestrigón habló con ella.

-Hombre es aquí por tú. Gardagh no slerk hombre por tú. ¿Qué?

Ivana lo miró, luego miró a Óscar. El lestrigón no parecía un dechado de paciencia precisamente, lo que precipitó a Óscar a traducir a Ivana:

-Quiere saber cómo me has salvado. Cuéntale lo de las lentejas.

-¡Khabuk, norg erda kamkam!

Y propinó un puntapié al torso de Óscar, lo cual, entre risas de los demás lestrigones, lo envió a unos dos metros de distancia. Luego, con expresión furibunda, se agachó y situó su rostro a pocos centímetros del de Ivana. Ella aguantó a duras penas; Óscar, con medio cuerpo entumecido por el impacto, admiró su entereza, no sólo por la amenaza que suponían semejantes dientes junto a su rostro, sino por el hedor que debía de desprender el lestrigón.

-¿Hombre qué Gardagh no slerk? ¡Ikha!

Para estupefacción de Óscar, Ivana respondió al lestrigón con admirable serenidad.

-Gardagh no mató a Óscar. Óscar se salvó por mí.

-¿Qué? –tronó el ser. Sin duda querían obtener esa información para utilizarla contra ellas. Ivana levantó sus manos hasta casi la altura del rostro del lestrigón y mostró la cuerda que las ataba.

-El precio. Libéranos y te lo digo.

Durante un par de largos segundos el lestrigón observó casi bizco las muñecas de Ivana. Luego echó la cabeza repentinamente hacia atrás e hizo un sonido nasal, como si acabaran de echarle polvos de pimienta, y parpadeó repetidamente mientras una sonrisa se abrió camino en su rostro. Acababa de comprender.

-Lestragh no kam, tú cuentas qué…

-Exacto. No kam. Nos dejáis irnos al amanecer.

El lestrigón meditó mientras sus compañeros se removían inquietos. La fría noche embotaba ya los miembros de Óscar, y los frotó a falta de una buena caminata. Si todo iba bien pronto continuarían la marcha. Ivana era, entre otras cosas, una mediadora estupenda, pues el lestrigón asintió bruscamente y exclamó:

-¡Akh! Es bueno. ¿Qué kam Gardagh?

La chica entrecerró los ojos y miró seriamente a su interlocutor. Pareció deducir que el trato estaba cerrado correctamente, así que comenzó a hablar gesticulando minuciosamente para que el lestrigón no se perdiera detalle.

-Las Gardagh atacan –levantó los brazos- y entonces podemos echar al suelo un saquito de piedrecillas, lentejas o lo que sea, pero pequeño, muy pequeño –sus brazos bajaron y en su mano se juntaron el índice y el pulgar-, lo extendemos en el suelo –un movimiento horizontal con los brazos extendidos, trazando una curva como si derramara algo- y la Gardagh lo verá –levantó los brazos de nuevo e hizo un gesto de mirar al suelo y detenerse en seco- y entonces ella se agachará –lo hizo- y se quedará así hasta que lo cuente todo –pasó por sus manos varias hojas secas, que luego echaba hacia un lado-: una, dos, tres, cuatro… así hasta que termine.

Óscar estuvo a punto de soltar una carcajada cuando se fijó en las caras de concentración absoluta que habían puesto los lestrigones. Todos y cada uno de ellos seguían los movimientos de Ivana con la dedicación y el arrobo con que un artista novato escucharía una disertación de Picasso.

-Y mientras la Gardagh cuenta, tú –señaló al lestrigón y luego levantó un brazo como si sujetara un garrote- ¡zas! La descalabras.

Descargó un fuerte golpe en el aire y el lestrigón, con mirada radiante, emitió unos carraspeos de contento.

-Gardagh cuenta. Mira y habla.

Corrió de pronto hacia una de las cabañas y regresó de inmediato trayendo consigo un pellejo (posiblemente un trofeo conseguido de algún desdichado peregrino) repleto de algo. Se detuvo ante Ivana y aflojó la cuerda que lo cerraba. A Óscar le recordó a un perrito que vuelve con la pelota que se le ha arrojado.

-Gardagh cuenta –metió la mano en el saquito, cogió un puñado de lo que parecían pipas, se lo mostró a Ivana y después lo arrojó a sus pies-. Gardagh para y lestragh… ¡zas!

Sonrió a Ivana y esta asintió a su alumno más aplicado.

-¡Zas! Sí. Gardagh muerta.

El jefe aulló y se carcajeó y sus compañeros lo imitaron, aunque era seguro que muchos de ellos, si no todos, no habían entendido nada. El poblado se convirtió de pronto en una fiesta. Óscar aprovechó para levantarse y ponerse junto a Ivana.

-¿Crees que nos liberarán ahora?

-Sí –dijo Ivana-. La traición es propia sólo de las culturas avanzadas. Después de lo que acaban de descubrir no tienen motivo alguno para retenernos.

Óscar hizo una mueca.

-¿El hambre te parece poco motivo?

-Míralos –dijo Ivana-. Están eufóricos.

Y así era: todos bailaban y brincaban gozosos mientras proferían extraños cánticos cacofónicos. De pronto el jefe se detuvo y se acercó a ellos. Para horror de la pareja, extrajo un enorme y horrendo cuchillo de piedra sin mango y lo enarboló ante ellos.

-Tú ayuda lestragh, lestragh ayuda tú –farfulló, y de dos poderosos tajos cortó ambas cuerdas. Los prisioneros quedaron libres.

-Gracias –dijo Ivana.

-Vámonos antes de que se arrepientan –dijo Óscar por lo bajo, y cuando se dieron la vuelta sintió una poderosa mano que cayó como una roca sobre su hombro. La voz del lestrigón tronó a su espalda, y no había perdido un ápice de su contento.

-¿Qué tú? Tú no ayuda lestragh. Tú slerk lestragh.

-¿Cómo? –preguntó Óscar sin atreverse a girarse.

-Tú comida.

-¡No! –exclamó Ivana mientras encaraba valientemente al lestrigón-. El trato era liberarnos a los dos. ¡Los dos! ¿Para qué has cortado su cuerda, si no?

El lestrigón se encogió de hombros como si acabaran de decirle que por la mañana saldría el sol.

-Lestragh slerk hombre, tú vas. ¿Qué? Pues quedas. Lestragh wyrm. ¡Slerk!

Ante su voz todos los lestrigones se detuvieron al unísono en su celebración y se acercaron. Óscar comenzó a sudar. Ivana, a su lado, se puso roja, esta vez de furia.

-Déjalo, Ivana. Márchate tú. No import…

El honorable intento de heroicidad de Óscar fue cortado de súbito al ser alzado de un tirón. El lestrigón se irguió ante el tocón ensangrentado, seguido por Ivana quien, inútilmente, golpeaba con sus pequeños puños las piernas y la cintura de la criatura. Con la habilidad de un carnicero que manejara un pedazo de animal, Óscar fue volteado en el aire y después depositado sobre el tosco altar de sacrificio. La mitad superior de su cuerpo ocupó la superficie plana y pudo comprobar con su mejilla que el tacto era pegajoso. Olía espantosamente dulce. Ninguno de sus esfuerzos consiguió liberar la presa que habían hecho en él, tan bien sujeto estaba. Los demás lestrigones cerraron el círculo a su alrededor y uno de ellos apartó a Ivana como espantando a una mosca molesta.

-Ivana, ¡Ivana! –gritó Óscar por entre los dedos del lestrigón, que ahora le sujetaba la cabeza aplastándosela contra el tocón. Percibió un movimiento que supuso era el cuchillo enarbolado en alto, lo cual le confirmó la horrorizada voz de la muchacha:

-¡No!

Óscar miró el mundo por última vez y trató de absorberlo todo mientras aguardaba el golpe con que su vida sería arrebatada. ¿Dónde caería este? ¿En la espalda, en el cuello, en los riñones? Apostaba por el cuello: las dimensiones del cuchillo eran suficientes para decapitarlo de un solo tajo si lo manejaban manos tan poderosas. Trató de localizar a Ivana, pero desde su ángulo de visión sólo veía las pieles que cubrían al lestrigón y detrás un par de sus colegas.

“Me hubiera gustado despedirme de ti, Ivana”, pensó. Luego todo su cuerpo se puso en tensión aguardando el momento. Ya estaba. Adiós, mundo.

Adiós.

Un grito de Ivana, un gruñido de lestrigón. De pronto muchos alaridos, y Óscar seguía esperando. De entre la barahúnda pudo distinguir una palabra que se repetía constantemente en labios de los lestrigones.

¡Gardagh!

La presión sobre su cara remitió por completo y Óscar quedó libre. Aún no se podía creer que no hubiera muerto. Mientras se incorporaba advirtió que el poblado entero era ahora un enjambre de sombras enormes que aullaban y corrían de un lado para otro. Una pequeña mano se posó en su hombro y lo ayudó a levantarse del todo: Ivana. Sin saber qué hacía o por qué lo hacía, Óscar la abrazó con fuerza. Durante un segundo ella se lo devolvió, y notó cómo ella aspiraba profundamente absorbiendo el olor de su cuello, pero enseguida se separó y miró a Óscar con apremio. Detrás de ella las sombras corrían excitadas, aparentemente olvidadas por completo de sus dos prisioneros.

-¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me han matado?

-Wundargas –dijo Ivana con pánico-. Ha venido la Señora.

Ante ellos se desarrolló una rápida escena de preparación para la batalla. Los lestrigones que aún no se habían armado con un garrote o un hacha de piedra corrían hacia las chozas en busca de algo para golpear. Óscar e Ivana asistieron petrificados a todo el proceso, aún aferrados con un brazo a la espalda del otro. De la negrura del bosque surgían, en efecto, sonidos que no procedían de gargantas de lestrigón. En ocasiones podían percibir formas cambiantes que se movían tras las sombras entre los árboles. De repente algo entró en el claro tras esquivar con movimientos felinos a varios lestrigones. Era una Wundarga sin duda, aunque no se trataba de la Señora. Parecía una mezcla entre pantera y abuela, y sus ojos brillantes y enormes localizaron a la pareja junto al tocón. Emitió un bufido y saltó hacia ellos. No consiguió su objetivo, pues antes de recorrer siquiera una decena de metros, dos lestrigones fuertemente armados se interpusieron en su camino. Se detuvo bruscamente y esquivó a duras penas los dos garrotes que aplastaron el suelo donde ella había estado un segundo antes, y se retiró de nuevo a las sombras. Los lestrigones corrieron tras ella.

-Tenemos que irnos de aquí –dijo Ivana.

-¿Hacia dónde? –preguntó Óscar desesperado. Para él todo plan posible consistía en quedarse donde estaban mientras las Wundargas y los lestrigones luchaban entre sí, y servir luego de alimento a quien fuera que se alzase con la victoria. ¿Qué otra cosa podrían hacer? En cuanto pusieran un pie en el bosque las Wundargas se harían con ellos, y de esconderse en el poblado acabarían por ser encontrados. Se habían metido en una sartén tan grande que las brasas que la calentaban no eran siquiera visibles. Ivana, sin embargo, tenía otro plan.

-Hacia el bosque, pero siempre donde haya lucha. Mira el cielo: el amanecer no tardará mucho en llegar. Hay algo más de claridad, de otro modo no podríamos ver ninguna sombra. Si conseguimos ir avanzando cerca de los lestrigones, las Wundargas tendrán que atacarlos a ellos antes que a nosotros, que no suponemos ninguna amenaza. Lo mismo respecto a los lestrigones.

-No lo veo –murmuró Óscar, pero asintió-. Vamos entonces.

El primer paso que dieron fue el más difícil. Iban a alejarse del claro, de la luz de la hoguera, e internarse en las tinieblas. Lo hicieron, y sólo Óscar titubeó. Pero al quinto o sexto paso hacia el bosque tuvieron que detenerse. Apareció de la nada el jefe de los lestrigones. En una mano sujetaba el saco de pipas con que había hecho su demostración y en la otra el terrorífico cuchillo de piedra. Giraba la cabeza constantemente buscando algún enemigo. No tardó mucho en encontrarlo: una Wundarga le salió al paso, una envuelta en duros pelos que podría parecer un mastín o incluso un oso. Se midieron mutuamente un par de segundos, y en el momento en que la Wundarga se agazapaba para saltar hacia el lestrigón, este agitó la mano y derramó ante ella el contenido del saco. El efecto fue inmediato: con una última mirada de odio infinito hacia su enemigo la Wundarga se dejó caer y, siseando como una serpiente, dedicó toda su atención a las pipas. Su cabeza estaba expuesta al cuchillo del lestrigón. Este miró asombrado primero a la criatura, después dirigió sus entrecerrados ojos a Ivana, los abrió de pronto con expresión de júbilo y exclamó:

-¡Ja!

A continuación se acercó a su enemigo. Óscar advirtió que la Wundarga se debatía rabiosamente entre las pipas, apresurándose a contarlas pero sabiendo que no le daría tiempo. Sus manos se detuvieron de pronto, y en cuanto percibió que las formidables piernas del lestrigón se habían detenido ante ella, sin levantar la cabeza profirió el alarido más espeluznante que Óscar había escuchado en su vida.

El jefe de los lestrigones bajó el cuchillo con las dos manos. El aullido se cortó de golpe, y con un sonido hueco la cabeza de la Wundarga rodó por el suelo. El resto de su cuerpo cayó después, desmadejado e inerte. Una o varias Wundargas debían de haber visto la escena, porque desde más allá del resplandor de la hoguera se escuchó un grito de odio que fue extendiéndose a través de los árboles hasta abarcar todo el perímetro del poblado. Ahora bien, antes que desanimar a las Wundargas aquello pareció proporcionarles una furia suplementaria, y los sonidos de la refriega se multiplicaron. El lestrigón, aún maravillado, levantó los brazos y se comunicó con su gente.

-¡Athar! ¡Athar, lestragh inu Kragham! ¡Gardagh inugh marekhatha!

Respondiendo a la llamada, sus compadres fueron retirándose hacia el claro, cediendo terreno a las Wundargas pero sin darles la espalda en ningún momento. Uno de los lestrigones se distrajo lo suficiente como para sufrir el ataque de dos de ellas, que saltaron sobre sus hombros desde dos direcciones opuestas y, mediante sendos bocados voraces, arrancaron casi entero su cuello. Cayó a plomo mientras un torrente de sangre surgía de la herida en dirección al cielo y las Wundargas, veloces, regresaron a su formación junto a sus compañeras. El jefe de los lestrigones aulló nuevas órdenes.

-¡Ekhotha mugha, khastra mu Gardagh inu suth!

Aparecieron entonces los jabalíes. De la oscuridad surgieron las formas achaparradas y feroces de cinco o seis de estos animales que gruñían aguda pero intensamente. Todos tenían un tamaño descomunal que en cierto modo les daba aspecto de ser más toros que jabalíes. Corretearon hacia el claro y las Wundargas se mantuvieron en la retaguardia.

Fue un ataque breve pero certero. Cada uno de los animales eligió un blanco concreto y se abalanzó sobre él, destrozándolo con sus colmillos, con una táctica sencilla: primero golpeaban las piernas y, al caer el enemigo, se dedicaban al torso y la cara. En realidad fue similar a un ataque kamikaze, pues cada una de las bestias fue muerta a golpes por otros lestrigones mientras se ocupaban del caído, pero obligó a estos a replegarse y mermó las fuerzas de los defensores tanto táctica como moralmente. Óscar se maravilló del control que las Wundargas ejercían sobre la mentalidad de los jabalíes, y pensó con un estremecimiento que, de haberse quedado en casa de la Señora, la puerta no hubiera resistido ni un segundo ante semejante impulso.

Finalmente todos los jabalíes fueron acogotados, y mientras el último de ellos sufría las convulsiones de la muerte, las Wundargas volvieron a avanzar cautelosamente desde el bosque para estrechar el cerco.

Óscar e Ivana se vieron obligados a acompañar a los lestrigones en su retirada para no quedar expuestos a las Wundargas. La estrategia era, al parecer, que la mitad de los lestrigones mantuvieran la línea defensiva con sus garrotes mientras la otra mitad corría a las chozas a buscar cualquier cosa que pudiera servir para distraer a sus enemigas. Así se hizo.

Los humanos quedaron rodeados de lestrigones. Pese a sus embates constantes las Wundargas no consiguieron abrir brecha en la defensa, y su desesperación fue en aumento. Óscar miró al cielo y percibió, esta vez sí, cómo las estrellas iban apagando su fulgor poco a poco para dejar paso al índigo del amanecer. Quedaba, quizá, un cuarto de hora de noche. Estrechó a Ivana entre sus brazos para protegerla de cualquier posible golpe, pero seguían sin ser tenidos en cuenta.

Entonces aparecieron los lestrigones desde las cabañas y todos traían entre sus manos sacos y bolsas de procedencia peregrina. Las Wundargas aullaron. Dos de ellas cayeron ante los golpes de los lestrigones por realizar un acercamiento desesperado. A su vez, cinco de los lestrigones fueron velozmente abiertos en canal y quedaron fuera del círculo defensivo, que seguía estrechándose, y ahí quedaron como refrigerio para algunas hambrientas figuras que se posaron como moscas sobre ellos. La tierra del claro estaba ya salpicada de cadáveres de ambos bandos. ¿Cuánto tiempo llevaban luchando? Óscar trató de calcularlo y como resultado obtuvo sólo un “puede que diez minutos, puede que diez horas”. Ivana se apretaba contra él temblando como una niña.

Con la llegada del refuerzo de los lestrigones las tornas de la batalla se invirtieron. Ahora muchas de las Wundargas decidieron que estaban perdidas y se alejaron a grandes saltos, mientras otras continuaron la refriega, mutando constantemente y alternando entre formas humanas y animales de todo tipo. El jefe de los lestrigones, que acusaba una enorme herida en la frente de la que manaba abundante sangre, gritó al primero de ellos que alcanzó el círculo y este asintió. Llevaba algo del tamaño de una bolsa de patatas y lo sacudió, esparciendo lo que parecía sésamo en el terreno que quedaba entre los dos frentes. De inmediato tres Wundargas se abalanzaron al suelo y se pusieron a contar; cayeron enseguida bajo los golpes de los lestrigones. Otras Wundargas retiraron la vista de inmediato, al comprender que bastaría una mirada al montón para condenarlas a lanzarse sobre él, y también fueron pilladas por sorpresa y golpeadas hasta la muerte. Fue suficiente: el resto de ellas desistió definitivamente y se retiró. Habían perdido la batalla.

Óscar entendió que había llegado el momento. Sacudió a Ivana para que le prestara atención y le dijo:

-Ahora. Tenemos que correr al bosque. Es nuestra última oportunidad.

Los lestrigones eran de nuevo presa de la alegría más salvaje. Agitaban sus cachiporras en dirección a las últimas Wundargas que se escabullían entre los troncos y gritaban hacia ellas de forma desaforada. Dos pequeñas figuras aprovecharon la circunstancia y abandonaron el círculo. De entre todas las voces se escuchó potente la del jefe, ya familiar, que gritó hacia ellos:

-¡Tú, hombres!

Los había visto. No se habían alejado aún lo suficiente, con lo que bastó un momento para que tres de los lestrigones dieran alcance a la pareja.

“Maldición”, se lamentó Óscar mientras las gruesas manos los sujetaban y los echaban bocabajo al suelo. “Casi lo conseguimos”.

El jefe se acercó tambaleándose tras rechazar violentamente la ayuda de uno de sus lestrigones. Su mirada, aunque preñada de alegría, mostraba aún restos de la furia de la batalla. El suelo temblaba.

-Hombres no van.

Ivana sollozó: seguramente ahora la devorarían también a ella. Pudo estirar una mano y con ella tomó fuertemente la de Óscar. Ambos encontraron sus ojos entre los pies del jefe y se miraron, y de pronto el miedo de Ivana se desvaneció y fue sustituido por una clara alegría. Una lágrima se escapó y cayó en el polvo.

-Me alegro, Óscar. Me alegro de todo. De haberte conocido, de haber huido contigo.

Óscar sintió que sus ojos se empañaban a su vez.

-Yo me alegro de aquel apretón que me hizo perderme en el camino. Te he encontrado a ti.

Las manos se apretaron de nuevo decididas a no soltarse ya más. El silencio a su alrededor era para la pareja preludio del golpe mortal... Pero este no se produjo. Por el contrario el jefe volvió a hablar, y su voz, si aquello cabía en la primitiva fonética de los lestrigones, era amable.

-Sol no suth del cielo qué. Hombres va, Gardagh kam. Hombres espera. Lestragh inu slerk, Gardagh inu slerk.

Se agachó y puso en pie a Ivana; después repitió el gesto con Óscar. Una vez levantados, Óscar miró a la muchacha.

-Creo que nos dejan esperar aquí hasta que amanezca del todo. A los dos –dijo sorprendido, y se sintió invadido por un inmenso alivio. Al parecer sí iban a sobrevivir a aquella noche.

El jefe señaló a Ivana

-Tú gagnash lestragh, Gardagh inu marekh. Gardagh no tan peligro ya para lestragh.

Ella sonrió y asintió. Tomó de nuevo la mano de Óscar, que se había desprendido al ser izada, y habló al lestrigón.

-Gracias. Es un trato justo.

-Justo, es. Hombres va, lestragh aprende. Siempre aprende. Lestragh no tonto.

Señaló su sien derecha, hizo una mueca que podría tomarse por una sonrisa, y por último se dio la vuelta. Tras un gesto de su brazo la tribu entera se retiró hacia las chozas llevándose a sus muertos; a las Wundargas no las tocaron. Sin duda servirían de escarmiento.

Clareó el cielo. Óscar e Ivana iban apreciando cómo el color negro se azulaba paulatinamente hasta que pudieron apreciar todos los contornos del bosque. De la hoguera no quedaba ya más que una brasa y su luz no era necesaria. Todo estaba en silencio: ni siquiera los pájaros se atrevían a saludar al amanecer ante aquella masacre. No había sombras. El aire era frío e Ivana se estremeció.

-¿Cuándo partiremos? –preguntó Óscar.

-Cuando haya aclarado del todo. La Señora estará entonces limitada a su forma de gato. No la he visto en toda la contienda, así que supongo que andará por aquí todavía o se habrá marchado con las otras.

-¿Y las demás Wundargas? ¿Y los animales salvajes?

-Las Wundargas suelen descansar durante el día, y tras esta paliza sospecho que se habrán retirado a lamer sus heridas. No me preocuparía. Respecto a las bestias, es un bosque. Hay que arriesgarse de todas formas.

-¿Sabes hacia dónde tenemos que ir?

Ivana miró al cielo en busca del resplandor que le indicara el lugar por donde saldría el sol. Luego asintió.

-Hacia allá.

-¿No habrá más casas de Wundarga por ahí?

-Las Wundargas no viven en casas, Óscar. Viven en cuevas, casi al pie de las montañas o en cañones profundos.

-Pero la Señora…

-La Señora es un caso aparte. Es una Wundarga muy vieja que con el tiempo y el contacto con los humanos ha adquirido una inteligencia que supera con creces la de sus camaradas. Marco me dijo que creía que había más Wundargas de este tipo a lo largo y ancho de este mundo, pero que la mayoría son de limitados recursos. Sólo las más viejas adquieren el talento necesario.

-Y ese Marco… ¿por qué sabía tanto?

-Ya te lo dije: no lo sé. Apareció de la nada y dijo que andaba buscando a su mujer, es todo cuanto sé; pero debía de llevar ya tiempo en camino, porque sus vaqueros y un jersey gris que llevaba puesto estaban llenos de agujeros. Hablaba muy poco.

Óscar pensó en seguir interrogando a Ivana acerca de Marco y su viaje, incluso en preguntarle acerca de otros peregrinos como él que sí hubieran caído ante la Señora, pero la muchacha señaló al cielo y cambió radicalmente de tema. Bien, pensó Óscar, ya habría tiempo. Cuando regresaran tenía la intención de seguir viéndola, por supuesto.

-Dentro de nada podremos ponernos en marcha.

-Estupendo –dijo Óscar, y aprovechó para pasarle el brazo a Ivana por detrás de la cintura. Lo hizo lentamente, con muchísimo tiento, dejando que su pulgar rozara la espalda de ella en busca de algún gesto de rechazo. No lo obtuvo. Finalizó el recorrido y, ya con plena confianza, la atrajo hacia sí.

-Ivana, oye. Respecto a lo que nos dijimos cuando estábamos en el suelo… Ya sabes, cuando íbamos a morir; que me alegraba de haberte conocido y eso.

-Sí –dijo Ivana, y aunque no le estaba mirando el rostro Óscar supo que estaba sonriendo.

-Bueno… -El chico buscó palabras en su mente que no sonaran a folletín pero no las encontró. Quizá el lenguaje del amor era sencillamente universal, no convencional.- Creo que te quiero. ¡No, no tanto! –añadió apresurado al comprender cómo había sonado aquello-. Pero me gustas mucho. Muchísimo.

Ivana se giró hacia él. Estaba sonriendo, en efecto.

-¿Te parece un buen momento para hablar de esto?

-Ah… no, tienes razón. Lo siento. Es sólo que…

-Tú también me gustas –dijo Ivana, y soltó una risa cansada-. Míranos, después de todo lo que ha pasado, con una tribu de caníbales detrás y una manada de brujas delante, después de sobrevivir de milagro a yo qué sé cuántos peligros y diciéndonos que nos gustamos. Ya lo sé, Óscar. Y si no me gustaras ahora estarías muerto.

Joder, qué cruda, pensó el muchacho, pero como Ivana seguía sonriendo supo que ella estaba bromeando. Se inclinó un poco hacia ella porque comprendió de algún modo que iba a obtener lo que buscaba. En efecto, ella hizo lo mismo hacia él y se rozaron los labios. Fue un beso fugaz, pero sacudió al bosque más que la tormenta del día anterior. Después Ivana volvió a mirar al cielo.

-Creo que ya casi podemos…

-Ivana…

La voz surgió del bosque cortando las palabras de la chica y haciendo que a ambos se les acelerase el corazón. Sin querer Óscar estrujó a Ivana hasta dejarla sin respiración. Ante su mirada el bosque se mostraba denso, con los árboles más apretados entre ellos si cabía que en la oscuridad. Del espacio entre dos troncos era de donde había provenido esa voz ya conocida por ambos.

-Ivana, ven –dijo la Señora. Aún no se dejaba ver, pero tras unos helechos Óscar pudo reconocer el encrespado cabello de la Wundarga que se movía ligeramente de un lado a otro.

-¿Señora? –se atrevió a hablar la muchacha. Entonces la vieja se incorporó, y en sus enormes ojos ansiosos Óscar vio que ella había comprendido que se le acababa el tiempo, que no podía seguir acechando hasta que ellos arrancaran. De hecho su metamorfosis hacia la figura del gato había iniciado ya el proceso: el vello comenzaba a cubrirle el cuerpo.

-Ivana. Muchacho. Venid a casa. Regresad conmigo. No os haré ningún daño a ninguno de los dos. Pero tenéis que venir ahora.

Ivana avanzó un único paso. Por un descabellado momento Óscar pensó que la Señora la había hipnotizado y que ella iba a ser su desayuno, así que trató de retenerla sin soltar su brazo. Pero Ivana se detuvo y apretó los puños.

-Búsquese a otra –dijo entre dientes-. Se acabó, Señora. Se acabó.

La Señora siseó.

-Podría atraparos ahora mismo –amenazó con odio-. Podría saltar hacia vosotros y desangraros en un segundo. Os estoy ofreciendo una última oportunidad. ¿La rechazáis?

Esta vez fue Óscar el que habló, con voz casi incrédula.

-¡La rechazamos! ¡Claro! –dijo mientras se señalaba la herida del cuello. En ese momento el gesto de la Wundarga, medio animal medio humano, se arrugó. Soltó un débil grito de advertencia, amortiguado probablemente por ella misma para no alertar a los lestrigones, y de un brinco superó los matorrales. Corrió hacia ellos con la enorme boca llena de colmillos abierta de par en par.

-Aaaargh –dejó escuchar en un jadeo. Ivana llevó entonces su brazo libre a un costado y sacó del bolsillo del impermeable la bolsa que uno de los lestrigones había dejado atrás, y que ella había recogido sin que Óscar lo advirtiera. Aún quedaban unas cuantas semillas.

La Señora lo vio demasiado tarde. El impulso que había adquirido le impidió darse la vuelta y huir de inmediato, por lo que cuando llegó hasta ellos Ivana, a pesar de que había asegurado la primera vez que efectuó la treta con la Señora que no lo haría nunca más, ya había derramado el puñado de la bolsa ante sí. Óscar dio un salto hacia atrás y arrastró consigo a Ivana.

-¡Ahí tienes! –exclamó la chica, y la Wundarga se arrojó a sus pies. Comenzaba a contar mientras su cuerpo menguaba a la vista de la pareja; se cubrió de pelos, las orejas se le afilaron hasta acabar en punta y sus manos, ya minúsculas, terminaron por recogerse en las almohadilladas garras de los gatos. La claridad del día había llegado definitivamente al bosque.

-¡MÍO! –pudo exclamar la Señora justo antes de que la palabra se convirtiera en un maullido amargo y desesperado. Ahí quedó la gata de manchas marrones hurgando con las patitas en el montón de semillas. Después levantó la mirada, echó las orejas hacia atrás hasta casi pegarlas a su cráneo y soltó un penetrante bufido con los bigotes en punta.

-¡Fuera, Micho! –exclamó Óscar, y le propinó a la gata un puntapié en los cuartos traseros, con lo que salió huyendo hacia la espesura y se perdió entre los árboles.

Ivana se rió.

-¿Volverá a molestarnos? –preguntó él.

-Si, si no nos ponemos ya en marcha.

-¿Vamos entonces?

-Vamos –confirmó Ivana. Óscar se demoró un segundo para observar el rostro de la chica con atención.

-¿Sabes? Te noto cambiada. Tu expresión es diferente que cuando llegué a la casa. ¿Menos triste, quizá?

Ivana sonrió y se le iluminó la cara.

-Es increíble cómo puede darse la vuelta la vida de una en unas pocas horas. Me siento nueva, algo así como salvada de ahogarme. Has sido tú, Óscar. Pero –añadió sin dejar de mirarlo- será mejor que nos vayamos ya. Tenemos un largo día por delante.

-Claro.

Recogieron la mochila abandonada y Óscar la devolvió a su espalda. Los lestrigones no la habían saqueado, y el peso reconfortante le recordó que todavía era un peregrino en marcha. Después tomó a Ivana de la mano y juntos, cansados y somnolientos pero satisfechos, iniciaron el camino hacia el norte.

En algún punto encontrarían unas ruinas casi cubiertas por el bosque, y entre ellas hallarían un arco construido con enormes bloques de piedra, que en tiempos formó parte de un enorme y oscuro templo. En aquel lugar exacto, bajo el arco cuya clave estaba adornada con un símbolo incomprensible para todo aquel que no estuviera versado en las antiguas civilizaciones de Huath, el aire era mucho más espeso que alrededor, como si una neblina invisible hubiera sido vaporizada y el viento no fuera capaz de dispersarla. Óscar había pasado bajo ese mismo arco el día anterior, aunque la fuerza de la tormenta en ambos lados y su andar cabizbajo le habían impedido advertir el perfil de las ruinas, confundido con el resto del bosque. Si atravesaban el aire enrarecido en la dirección correcta, un solo paso los llevaría de un mundo a otro: un solo paso que comunicaba distancias infinitas. De perderse hacia el norte, el este o el oeste acabarían por encontrar un inmenso mar. De hacerlo hacia el sur llegarían a una pequeña aldea de pescadores y de allí, si no quedaban retenidos (como en aquel mismo instante se encontraba aquel hombre, Marco), se abriría ante sus pies un vasto continente tan lleno de horrores y maravillas, de amigos y enemigos, de enclaves antiguos embrujados y ciudades amuralladas, que no bastarían mil páginas sólo para describirlo.

Pero de todo esto, poco sabía Ivana y mucho menos Óscar. Les aguardaba una jornada agotadora, y posiblemente la suerte los había acompañado a lo largo de toda esta historia y había decidido no abandonarlos todavía, porque no extraviaron su camino y llegaron a las ruinas muy poco antes de que anocheciera, y traspusieron de la mano el Umbral y regresaron a tierras conocidas, al Camino de Santiago, donde un peregrino rezagado se sorprendió y casi huyó al verlos aparecer como fantasmas desde el bosque en la oscuridad. Qué hicieron Óscar e Ivana a partir de aquel punto ya no corresponde a esta historia, aunque sí cabe afirmar un par de cosas: una es que, con un buen motivo, volvieron a cruzar el Umbral años después en busca de la Señora. La segunda puede verse incluso a día de hoy en el punto exacto del Camino desde el que Óscar se extravió: un cartel que ellos mismos clavaron allí más tarde, y en el que podía leerse una advertencia; vaga, pero advertencia al fin y al cabo:

PERIGO: GATOS SALVAXES.

2 comentarios:

Gungod dijo...

Qué bien, ya se va hilando todo un mundillo paralelo, eh?
¡¡Enhoragüena!!

strategycomm dijo...

“Apertura de la V Edición del Certamen Novela Corta Zayas 2012”.

La convocatoria está abierta a todas aquellas obras inéditas en lengua castellana de escritores y escritoras de ámbito nacional. La obra ganadora contará con una dotación económica de 6.000 euros."


http://zayas.net/agenda/certamen_literario2012/

 
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