miércoles 12 de octubre de 2011

Mío, Capítulo 2.

La cena fue exquisita y abundante y el estómago de Óscar lo agradeció, vacío desde aquella tarde y al parecer ya recuperado completamente de su apretón. Ivana era sin duda una gran cocinera a pesar de su juventud, y Óscar, durante la sobremesa y ante un vasito de licor café, quiso saber más cosas de la muchacha. El porqué de esa curiosidad era evidente: le gustaba. De algún modo esos ojos tristes despertaban en él una necesidad de procurarle alivio y protección. Nunca le había sucedido algo semejante con una chica.

-¿Tu familia es de por aquí? –preguntó. Ivana tomaba su licor a pequeños sorbos y sin levantar apenas la mirada. Afuera era casi noche cerrada ya y en el interior de la casa la iluminación, tenue y titilante, provenía sólo de dos candelabros y una lámpara de aceite.

-No.

-¿Cómo llegaste a trabajar aquí? ¿La Señora es de tu familia?

-¡No! Ella… me contrató.

-¿Pero y eso? ¿Qué estudios tienes?

El plan de sobremesa de Óscar se estaba yendo al garete, porque Ivana, era obvio, no deseaba conversar. Dio su última respuesta a las indagaciones del chico:

-No estudié nunca. Vivía con mi madre y mis tres hermanos.

Se levantó entonces y recogió la mesa ante la mirada decepcionada de Óscar. Dejó los platos en la pila.

-Puedes terminarte tu licor café; yo me iré enseguida a la cama. Te dejo la lámpara para cuando marches a dormir. ¡Buenas noches! ¡Suerte!

Aquello sí que le resultó extraño. ¿Suerte? Sería una fórmula regional de despedida.

-Igualmente. Gracias, Ivana.

Ella no respondió. Bajó aún más la mirada y se retiró rápidamente por el pasillo.

Óscar estuvo sentado solo alrededor de media hora. Dos veces llenó su vaso de licor mientras observaba en silencio el exterior. Al no haber luna, y por el reflejo de la lámpara en el cristal, la visibilidad no llegaba siquiera a la linde del bosque desde allí, pero sí podía escuchar con absoluta claridad cómo el viento, que iba en aumento, sacudía sus ramas y los aleros de la casa en un principio de furia. La luz de la lámpara de aceite, amarilla y apagada, hizo que se sintiese fuera de lugar, como si fuera un visitante de otra época más que de otra provincia. Recorrió con la imaginación los rasgos de Ivana y se dio cuenta de que sus ensoñaciones sexuales con ella respondían no a un ataque post adolescente surgido de alguna parte dormida de su mente, sino del comienzo de lo que, bien regado, quizá podría llegar a convertirse en amor. Pero ella no parecía sentir lo mismo, o al menos lo disimulaba muy bien.

Tranquilo, se dijo, no te emociones. No tienes dieciséis años y ella tampoco.

Decidió que antes de retirarse a su habitación debería ir al bosque a echar una última meada. Siempre podía utilizar el orinal, desde luego, y echarlo después por la ventana, pero pensó que un poco de brisa no le vendría mal para coger sueño. De modo que apuró el vasito, se levantó, se estiró y abrió la puerta.

En cuanto vio el exterior de la casa y el bosque que se sacudía bajo la tormenta inminente pensó en la gata. Sin duda andaba por allí fuera, y se sorprendió al sentir cierta lástima por ella. Si antes de dormirse recibía su visita en la ventana la dejaría entrar, aunque a Ivana no pareciera gustarle aquello. Un resplandor súbito en el cielo iluminó todo lo que había a la vista y a continuación restalló un poderoso trueno, el primero que se dejaba oír justo encima de sus cabezas y no en la lejanía. La tormenta había llegado. Trotó al bosque con los cabellos sacudidos rabiosamente por el vendaval y orinó precipitadamente. La temperatura había bajado considerablemente; la noche era más de noviembre que de mayo. Echó un último vistazo por si veía a la gata, volvió a la casa ya corriendo y justo en el momento en que entraba por la puerta, que había dejado entornada, las primeras gotas cayeron sobre él y a su alrededor.

Plac…

Plac… Plac. Placplacplacplacplac.

Lo siento, micha, pensó y cerró la puerta. Cogió la lámpara y se dirigió a la habitación por el oscuro pasillo. Se detuvo un segundo ante su puerta y carraspeó, como último intento de llamar a Ivana a su ensoñación con la esperanza de que la puerta de ella se abriera y lo invitara a su dormitorio; luego sacudió la cabeza, se sintió un poco idiota y entró.

Fue directamente a la cama. Pensó en rebuscar en su mochila para encontrar el pijama corto que utilizaba habitualmente pero le dio pereza: dormiría en calzoncillos. Tiró de las sábanas y acercó la lámpara en busca de alguna araña. Todo despejado. Dejó la lámpara en el suelo, se desvistió dejándose puestos únicamente los calzoncillos y se metió en la cama, que estaba fresca. Después se inclinó por un lado y giró la rosca del candil, con lo que la oscuridad se adueñó del cuarto.

Llegó el sueño a él de manera inmediata e ineludible.

¡Meow!

¿”Mío”, ha dicho?, pensó Óscar entre sueños. Según su actual vivencia, la gata había penetrado en el aula donde Óscar se aterrorizaba al descubrir que aún le quedaban tres asignaturas para terminar el bachillerato; matemáticas entre ellas por añadidura. La gata se subió a la mesa del profesor, se lamió brevemente una zarpa y repitió:

¡Meow!

Óscar abrió los ojos a la penumbra en parte aliviado: no estaba aún en el instituto; estaba en una casa, en medio de un bosque, donde había llegado tras perderse durante el Camino de Santiago. Su madre se iba a reír lo suyo cuando se lo contara.

¡Meow!

Cada vez más alto. Demandando, exigiendo que la atención de Óscar se dirigiera a la ventana. Afuera la tormenta lo dominaba todo. Con la lentitud que caracteriza al que es arrancado del sueño giró la cabeza hacia la ventana. Si veía que la gata estaba empapada la dejaría entrar. No le molestaba que el animal durmiera entre las sábanas a sus pies, calentita. Enfocó la vista hacia el bulto que aguardaba tras el cristal y, sin más, el corazón de Óscar se detuvo.

Lo que aguardaba fuera no era ya un gato, no del todo. Durante una décima de segundo Óscar tuvo la certeza de que aún no se había despertado, porque aquello sencillamente no podía ser. Dos enormes ojos amarillos, ávidos e impacientes, que ocupaban casi la totalidad de la cabeza de la gata, estaban clavados en él.

¡Meow!

Y realmente pareció que dijo “Mío”. Una evidente expresión de alegría malsana se reflejó en la gata cuando percibió que Óscar se había despertado y que la miraba. Levantó entonces una de sus patitas y él pudo percibir que la almohadillada garra se había convertido en una manita, casi humana pero muy pequeña, de largas y amarillentas uñas; dio un zarpazo al cristal.

A pesar del miedo de pesadilla que se había apoderado de él, Óscar sintió que aún estaba amodorrado; quizá demasiado amodorrado. Abrió la boca y trató de proferir un grito para que viniera Ivana a poner un poco de cordura en aquella extravagante situación, pero no pudo emitir más que un aireado graznido. La gata pareció soltar una carcajada. Cambió su postura: pasó de estar sentada a incorporarse sobre sus cuartos traseros, estirando las dos patas finalizadas en sus correspondientes manitas y apoyando las palmas en el cristal, y para horror de Óscar el pestillo que cerraba la ventana comenzó a descorrerse solo desde dentro.

¡No!, pensó, pero no lo gritó. Los ojos de la gata, que ya casi parecían cubrir toda la cabeza y parte de las patas, seguían taladrándole el cerebro. Entonces la ventana se abrió de golpe, y con la ráfaga de viento y lluvia entró el animal en la habitación, como un horror que trajera en sus alas la tormenta, y se dejó caer a los pies de la cama y se perdió momentáneamente de vista. La modorra de Óscar se evaporó inmediatamente, tomó aire y gritó, esta vez sí, el nombre de Ivana; pero se le cortó a la mitad, porque la gata apareció de nuevo: saltó al colchón y con movimientos furtivos, veloces y seguros, se retrepó sobre el pecho de Óscar y allí se detuvo, a un palmo escaso de su cara.

Si poco antes la gata le había parecido una aberración, ahora ya no cabía duda de que estaba adquiriendo rasgos humanos, viejos y amenazantes. Había crecido en tamaño, y con el peso de un animal mediano aplastaba los pulmones de Óscar arrancándole todo el aire. La gata, o lo que fuera aquello, entreabrió el hocico, una extraña mezcla de morro y labios delgados y pálidos, y dejó ver en la penumbra una hilera de dientes afilados e irregulares, demasiado grandes y monstruosos tanto para un gato como para un humano.

¡Mío!, susurró la criatura con delectación, y ya no cupo duda de que, aunque la entonación era de gato, la palabra se había formado en su boca con intención humana. Un hilo de saliva cayó sobre el pecho de Óscar, quien comprendió que en breves instantes iba a perder la nariz o medio rostro de un mordisco. Trató de levantarse y arrojar al gato lejos, pero la modorra antinatural seguía manteniéndolo inmóvil.

Las orejas de la gata se encogieron y se escondieron entre una melena creciente que se encrespaba alrededor de la cabeza. El peso aumentó. Los rasgos se fueron definiendo de manera casi imperceptible hasta que tuvo delante una cara más o menos humana, aún pequeña pero que mantenía tanto los ojos como los colmillos en aquella delirante desproporción. Los pelos y bigotes del rostro se convirtieron en un suave vello, y luego desaparecieron tras una piel arrugada, casi polvorienta. El peso volvió a aumentar. Las manitas que se apoyaban en su pecho crecieron y se desplazaron a los hombros.

En un proceso de un par de minutos como máximo, Óscar pasó de tener encima a un gato amorfo a soportar el peso de una señora de avanzada edad, amorfa también, desnuda a excepción de un elástico collar con un cascabel y amenazante como una bestia antigua que cazara en África bajo la luz de la luna cuando el hombre aún no había aparecido.

-Mío –murmuró con claridad ansiosa una voz ya perfectamente humana.

La cabeza se retiró momentáneamente hacia atrás, se mantuvo así un instante y luego descendió hacia el cuello de Óscar con la precisión de una cobra.

El dolor fue inmediato, pero se ahogó bajo la sensación poderosa del terror absoluto. La boca estaba fría; los labios que habían desgarrado la carne de la clavícula se movían como gusanos para impedir que la sangre que comenzaba a manar se perdiera cuello abajo hacia las sábanas.

Es un vampiro, pensó Óscar; el colofón perfecto para su viaje por el Camino de Santiago. Casi soltó una carcajada, pero el agobiante peso y la fuerza con que la señora se aferraba a él le impidieron cualquier sonido que no fuera el del aire que se agitaba, entrando y saliendo velozmente de sus pulmones.

Mientras sorbía la sangre, las manos de la vampira aferraban los hombros de Óscar con una enorme presión y le clavaba sus uñas dolorosamente. El viento entraba a rachas frías por la ventana. No supo calcular cuánto tiempo estuvo la vieja bebiendo de él; se limitó a dejar pasar el rato mirando al techo, horrorizado, tratando de enfocar la situación sin conseguirlo. La modorra se convirtió en mareo. ¿Cuántos litros por minuto podía extraer un vampiro? Estaba seguro de que no había estudiado nada semejante en el colegio. ¿Cuánto tardaría en perder el conocimiento, agotadas sus fuerzas por la ausencia del líquido vital que, hasta ese día y a excepción de un par de donaciones, había corrido siempre por sus venas? El horror de contemplar la melena que se meneaba sobre su cuello al son de sus absorbidas era demasiado grande, por lo que al cabo de unos minutos sólo deseó que ella lo vaciara y que terminara todo de una vez.

En un momento dado la vieja, saciada, se incorporó quedando sentada sobre él, como una amante ardorosa, y colocó su terrorífico rostro de nuevo a escasos centímetros del de Óscar, cubriendo con él su visión del techo. El corazón le galopó de nuevo. No era una muerte rápida, desde luego. Los labios de la señora, antes pálidos, mostraban ahora un color carmesí brillante, pero los colmillos estaban limpios. Sus pechos eran dos colgajos.

La señora sonrió para enseñar la dentadura en toda su espantosa plenitud.

-Todo para mí… -dijo.

-Ivana… -trató de exclamar Óscar. Al no conseguirlo, suplicó:- Por favor.

La vieja liberó una de sus garras y la acercó al rostro de Óscar. Estiró el índice, cuya uña retorcida parecía la de un felino mutante, y la clavó en la mejilla del chico. Notó cómo se abría paso por la carne hasta casi atravesarla para llegar al interior de la boca; pero tampoco ahora pudo gritar, ni de miedo ni de dolor; sólo soltó un jadeo. La vieja retiró la uña y besó la gruesa gota de sangre que había florecido en ese punto, bajo el pómulo. Luego se relamió, sonrió aún más y bajó la cabeza de nuevo al cuello de Óscar.

Un minuto, una hora, toda la eternidad. El vacío sólo lo ocupaba el sonido de succión que producían los labios de la señora y una vieja tela de araña que, abandonada en el techo, bailaba con el viento. Y Óscar no se moría; ninguna luz aparecía de pronto al final de ningún túnel.

La señora empezó de pronto a acompañar sus meneos de cabeza con los de sus caderas. El sexo desnudo de ella, que Óscar adivinaba arrugado y colgante, ejerció una presión frotante contra los calzoncillos del chico. Entonces Óscar regresó de golpe de dondequiera que se hubiese extraviado mientras la señora se lo bebía.

Dios santo, eso sí que no.

Entonces sucedió algo nuevo. Una ráfaga de aire, acompañada de un sonido fuerte, penetró en la habitación por el lado opuesto y luchó contra la tormenta de fuera. De manera inmediata la señora se incorporó, dejando un reguero fino de sangre a lo largo del pecho de Óscar, desde el cuello hasta el ombligo. A través de su modorra el chico escuchó la voz de la señora, lejana pero claramente furiosa.

-¡Ivana! No te atrevas…

-¡Señora, lo siento! –escuchó que gritaba la chica, y a continuación se oyó el sonido de mil cuentas que chocaban y tintineaban contra el suelo, como si se hubiera derramado un saco de canicas o algo así. La señora profirió un alarido de rabia e inmediatamente el peso de su cuerpo desapareció.

Óscar giró la cabeza con esfuerzo y vio a Ivana que se precipitaba sobre él, y a los pies de la cama la figura agazapada de la señora que se movía frenéticamente. Ivana llegó a él, lo agarró del brazo y lo levantó.

-¡Corre! ¡Corre, Óscar!

Haciendo un esfuerzo enorme el chico se incorporó. El mareo fue inmediato.

-Ivana… ¿Qué…?

-¡Vamos! Ay Dios… ¡Lo siento de veras, Señora! ¡No puedo!

La figura agachada se dejó oír en tono de amenaza, aunque no levantó la mirada ni cesó en sus rápidos movimientos.

-Sí, lo vas a sentir. ¡Lo vas a sentir!

-¡Óscar, vamos!

Tiró de él hacia la puerta. Del cuello de Óscar manaba un leve reguero de sangre que seguramente remitiría en breve; de momento caían al suelo minúsculas gotas dispersas. Llegaron al pasillo y echó un último vistazo a la habitación mientras Ivana cerraba de un golpe: la vampira estaba agazapada sobre un montón de minúsculas bolitas que podrían ser lentejas. Corrieron hacia el salón. Ivana se derrumbó sobre la silla que había utilizado durante la cena; Óscar se tambaleó y ocupó la suya. Luego Ivana cerró los ojos, se llevó las manos al rostro y soltó un gemido desesperado.

-Ay, Dios mío, Dios mío… -susurraba entre los dedos desde su boca jadeante. Óscar trató de hablar, respiró hondamente. El mareo se le estaba pasando: quizá la vampira no le había extraído tanta sangre como pensaba.

-¿Qué coño era eso? Era un vampiro, ¿no? La Señora es un vampiro; bueno, un gato. Ambas cosas, ¿no? –Su voz tenía un tono moderado, aunque se dejaba oír un tinte histérico creciente. Ivana lo miró: sus ojos estaban húmedos.

-Nunca había traicionado a la Señora. Me va a matar. ¡Me va a matar!

El puño de Óscar cayó sobre la mesa.

-Era un vampiro, ¿no? –repitió. Ivana dio un respingo y trató visiblemente de sosegarse. Tras medio minuto de hondas aspiraciones habló con voz temblorosa.

-Te lo explicaré –dijo-. Pero antes debo hacer una cosa, nos dará algo de tiempo.

Se levantó y abrió la alacena. Sacó una bolsa blanca llena de lo que parecía sal. Corrió al pasillo y derramó una línea fina sobre el suelo ante la puerta de la habitación. Repitió la operación en todas las puertas. Después recorrió frenéticamente el salón realizando la misma operación en todas las ventanas y ante la entrada. Cuando terminó la bolsa estaba casi vacía. Por último se sentó de nuevo frente a Óscar. Su mirada seguía empapada en lágrimas.

-Es una Wundarga. Será mejor que te desinfecte esa herida.

Cinco minutos después una gasa empapada en alcohol cubría la herida del cuello de Óscar. Ivana había realizado la limpieza con cuidado a pesar del temblor de sus manos. De la habitación donde quedó la vieja no había surgido más ruido que el del viento en las ventanas y la lluvia sacudiendo los cristales. Óscar se preguntaba si estaría contagiado de… algo.

-¿Cuánto tiempo tenemos? –preguntó, y añadió:- ¿Hasta que suceda qué cosa?

-No lo sé. Cuando termine de contar saldrá por la ventana. Y cuando vea que no puede entrar en la casa irá en busca de ayuda.

-¿Más vampiros? –preguntó Óscar desolado.

-Wundargas. Sí. Hay muchas por aquí. Y otras cosas. Pedirá que echen la puerta abajo. Después moriremos los dos. No aguantaremos hasta el amanecer.

Lo dijo con calma; sin embargo el temblor de sus labios delató su miedo.

-No comprendo. No entiendo nada. ¿Tú eres humana? ¿Y trabajas para ella? ¿Qué es lo que haces, le dispensas peregrinos para la cena? –A medida que iba haciendo preguntas, el tono de voz de Óscar aumentaba, hasta que casi terminó gritando las últimas palabras.

-¡Sí! –gritó Ivana a su vez-. ¡Sí, lo hacía! Pero ya no más. ¡Ya no más! ¿Entiendes? ¡Tenía que hacerlo! No se puede salir de aquí a menos que encontremos el portal por el que tú viniste… Y la Señora vigila.

-¿Portal? ¿De qué estás hablando? ¡No vine por ningún portal!

-Sí, lo hiciste –murmuró Ivana-. Abandonaste el camino en el lugar menos indicado. Las ruinas de este lado. Si no hubiese sido por la tormenta probablemente te hubieras dado cuenta y te habrías dado media vuelta. Pero siempre sucede así. Siempre.

-Dios mío –farfulló Óscar agotado-. ¿Tenemos tiempo para que me lo expliques? ¿Puedo tomar algo del licor café ese?

Sin aguardar respuesta se levantó, se dirigió a la botella, la tomó, recuperó su vaso de la pila y regresó a su asiento.

-¿Tenemos tiempo? –repitió. Llenó su vaso con pulso vibrante.

-Sí. Es lo único que tenemos –dijo Ivana sonriendo amargamente.

La muchacha de mirada triste comenzó a hablar. Lo hacía lentamente, aunque tras su tono subyacía un miedo indudable que con frecuencia la obligaba a mirar hacia el pasillo e inclinar la cabeza. Buscaba algún sonido que delatara que la Señora se había puesto en marcha de nuevo. Óscar escuchó las noticias de Ivana con una mezcla de incredulidad y pánico. El licor café había sido una buena opción para recuperar algo de fuerza tras su debilitamiento sanguíneo, pero ahora comenzaba a sentir un prometedor dolor de cabeza.

-Una Wundarga es más que un vampiro; pero también es más que una bruja y más que un licántropo. Se alimenta de sangre, puede cambiar de forma y está sujeta a ciertas magias. Posiblemente las leyendas que hablan de monstruos que entraban por las ventanas en las noches oscuras y se llevaban a los niños, desde los griegos con sus lamias hasta el conde Drácula, pasando por los endemoniados hombres lobo de la Edad Media, tengan en la Wundarga una base de verdad. Es lo que creo. Aunque no sé decir si estas otras criaturas han existido, independientemente de las Wundargas. Hay muchos portales repartidos por el mundo, y ellas suelen vivir cerca de estos portales.

-¿Cómo sabes esto?

-Lo sé por dos cosas: la primera, porque he vivido varios años, más de los que imaginas, con una de ellas; la segunda, porque conocí un hombre, uno que pasó por aquí hace cosa de un año, extraviado igual que tú, y ya las conocía y me contó varias cosas. No muchas, porque lo hizo durante la cena que le ofrecí y él comió deprisa y luego se acostó, pero algo me dijo.

-¿Un hombre? –De manera inmediata el corazón de Óscar se puso alerta.

-Sí. Buscaba a su mujer –Óscar suspiró estúpidamente aliviado- y cayó en estos bosques. Lo acogí, la señora quiso atraparlo y no lo consiguió; de hecho, el que ahora la Señora sólo pueda transmutarse en gato y no en cualquier cosa se lo debe a él.

-¿Qué le hizo?

-No lo sé. Pero la Señora fue sorprendida de algún modo, y el hombre no era mago ni nada parecido. Creo que tuvo suerte.

-¿Qué fue de él?

-Marchó. No he vuelto a saber nada de él.

-Mierda. Te podría haber dicho cómo consiguió atrapar a la Señora. Nos vendría muy bien esa información ahora.

-Cuando se fue encontré un papel con algo escrito –dijo Ivana, y se sonrojó-. No sé leer, Óscar.

-¿Lo tienes aquí?

Ivana asintió. Introdujo la mano en su escote y sacó un pequeño papel plegado muchas veces. Óscar lo tomó, lo extendió y leyó lo que había escrito. Era una sola palabra.

-Cardamomo –leyó en voz alta-. Eso es una especia o algo así, se usa para cocinar, ¿no?

-Creo que sí. Son unas pequeñas semillas.

-¿Y por qué te escribió esta nota? ¿Qué le pasa al cardamomo?

Ivana encogió los hombros.

-Él llevaba una bolsa con muchas cosas. Quizá también llevaba estas semillas.

-¿Y si son un remedio contra las Wundargas?

-No lo sé. Yo estaba acostada. Escuché que la Señora entraba por la ventana y después sólo hubo silencio. Imaginé que ya se lo estaba bebiendo, pero de pronto oí a la Señora gritar de dolor. Nunca había aullado así; pero el grito se fue agudizando y al final pareció el maullido de un gato. Por último escuché que Marco salía de la habitación. No me atreví a encontrarme con él, por vergüenza y quizá por arrepentimiento, pero anduvo trasteando por la casa hasta que amaneció. Después marchó. Abandoné mi cuarto y fui a la puerta. Sobre la mesa encontré la nota.

-¿Y la Señora?

-Cuando reuní valor abrí la puerta de la habitación y me asomé. Estaba vacía. Pero en la ventana estaba la gata, recostada, como enferma. No se me ocurrió que fuera la Señora; la recogí y la cuidé durante el día. Cuando cayó la noche la Señora recuperó su forma. Luego me castigó.

-¿Qué te hizo?

-No quiero hablar de eso. Y no importa: no tenemos cardamomo.

En el exterior restalló un trueno que hizo temblar los cimientos de la casa. Ambos respingaron como si les hubiera picado un tábano. Ivana se levantó.

-Voy a comprobar si se oye algo.

Se acercó al pasillo y aplicó lenta y cuidadosamente la oreja a la puerta. Por su cara de alivio Óscar dedujo que la Señora seguía dentro, afanándose con sus cuentas. Ivana regresó a su sitio.

-Se la puede escuchar. Está metiendo las lentejas en la bolsa.

Óscar debió de poner gesto de intriga.

-Es uno de los remedios contra las Wundargas que, por extensión, se aplicó a los vampiros en la imaginería popular. Los vampiros no pueden evitar contar cualquier cosa que se encuentre en gran número a su alrededor. Si derramas un saco de algo a sus pies, pipas, garbanzos, lo que sea, irremediablemente se pondrán a contarlo, y no dejarán de hacerlo bajo ninguna circunstancia hasta que terminen.

Óscar levantó las cejas.

-¡Ah! Quizá por eso el conde ese de Barrio Sésamo está siempre contando cosas.

-No sé de qué hablas, pero seguramente sí.

-¿Y la sal?

-En este caso es un remedio contra las brujas. También, a veces, contra los vampiros, que no suelen navegar o volar sobre el mar. Se supone que la sal es un elemento benigno que crea una barrera invisible contra la maldad de la hechicera. Una bruja buena sí podría, en teoría, trasponer esa barrera. Pero una Wundarga no… o eso espero.

-¿No lo sabes a ciencia cierta? –preguntó Óscar, y un escalofrío lo poseyó al pensar que nada más que una puerta lo separaba de aquellos dientes.

-No. Pero creo que funcionará. A la señora no le ha gustado nunca ver que yo guardaba este alimento, ni las lentejas; pero cedió, supongo que porque imagina que no sabía nada de estas cosas. Y así era hasta la llegada de Marco.

-Y por curiosidad: ¿de dónde lo sacas todo? ¿Hay algún mercado en el centro del bosque o algo así?

-No. Pero… ¿qué llevas en tu mochila? –preguntó Ivana con espontánea malignidad, y a Óscar le entró un escalofrío. Luego los ojos de ella cambiaron.- Perdona. Ha sido cruel.

-Entiendo –dijo él-. Los peregrinos.

Lo comentó con naturalidad. Empezaba a hacerse a la idea de que iban a morir. Bueno, quizá Ivana fuera perdonada por sus años de servicio a la Señora, pero él seguro que no. Casi tuvo ganas de echarse a reír, de levantarse e ir hacia la puerta y entrar en la habitación, y tumbarse en la cama hasta que la vieja terminase de contar y pudiera dedicarse por entero a él. Se tocó brevemente la gasa que protegía la herida del cuello: no sentía ningún dolor. Quizá no era una muerte tan horrible; pero de pronto recordó la boca de la Señora y el corazón se le encogió de miedo. Apuró el vaso y lo llenó de nuevo, pensando en el pobre desgraciado a quien hubiera pertenecido aquella botella de licor café.

-Bueno. ¿Y acerca de matarlas? ¿Cómo podemos defendernos de una Wundarga, aparte de escondiéndonos tras viejos hechizos?

-Aquí el problema no es defendernos de una Wundarga, Óscar. Quizá si no hubiera esta tormenta podríamos salir fuera, rodear la casa y derramar en la ventana la suficiente sal como para dejarla atrapada. Pero el viento la dispersaría por completo. Se me ocurre sólo una única opción, porque si no la Señora terminará de contar y podrá salir, y eso sería muy malo. Pero yo no me veo capaz de llevarla a cabo.

-¿Qué opción es?

Ivana apretó los labios. Luego los separó lentamente para decir:

-Hay que trepar desde fuera a la ventana, entrar en la habitación, cerrar los cristales, crear la barrera de sal en la ventana y el baño y luego salir por la puerta del pasillo. Y por último echar más sal en la puerta desde el pasillo.

-Con la Wundarga dentro –dijo Óscar.

-Sí, mientras sigue contando sus lentejas. Así quedaría atrapada hasta el amanecer. Después podríamos marcharnos.

-¿Y por qué no nos vamos ya?

-El camino es oscuro en el bosque. Más allá de este claro no duraríamos de noche ni cinco minutos. Hay más wundargas, como ya te dije. Y si erramos el camino, lo cual sin luna sería más que probable, podríamos acabar en una aldea que de ninguna manera nos convendría visitar.

-¿Qué hay en esa aldea?

-Lestrigones, una raza ancestral de hombres caníbales. Ellos y las Wundargas compiten como enemigos naturales por los peregrinos que llegan aquí.

-Joder. ¿Dónde estamos? ¿Hemos salido de España, es un universo paralelo de esos, o qué?

-No sé decírtelo. No estamos en España, eso lo sé por Marco. Más allá del radio de acción de las Wundargas, fuera de este bosque, ignoro qué puede haber.

-Bueno. Y si duramos hasta el amanecer, ¿podemos pasar de vuelta por el portal ese? ¿Sabes hacia dónde hay que ir?

-Creo que sí. Podríamos intentarlo. Si llegamos al camino viviremos. Y si no lo hemos conseguido cuando caiga la noche, moriremos.

Sin embargo en ningún gesto de Ivana pudo percibir Óscar que tuviera realmente esa esperanza.

-Me pongo en marcha entonces –dijo Óscar mientras apuraba su último trago de licor café-. Dame la sal.

Ella se la alcanzó. La cogió y la sopesó: habría lo justo para cubrir el poyete de la ventana y las dos puertas… si es que daba para tanto.

-¿Tienes más, por si acaso?

-No.

-Muy bien.

Óscar se dirigió a la puerta principal acompañado de cerca por Ivana. Empezó a abrir la puerta y de inmediato un fuerte viento se coló por la rendija y esparció parte de la sal que Ivana había derramado. La cerró de nuevo.

-Bueno, saldré rápido. Del bosque no vendrán otras Wundargas, ¿no?

-No; no si la Señora no las reclama. Este es su territorio.

-Ve a la puerta de la habitación; espérame allí.

-Sí –dijo Ivana, y sus ojos brillaron de pronto, y Óscar deseó besarla. Ella elevó ligeramente la barbilla; él cerró los ojos con fuerza, sacudió la cabeza y salió a la tormenta.

Ivana aseguró la puerta y a continuación corrió al pasillo. Aplicó la oreja a la madera y aguardó.

Tras unos instantes escuchó sobre el sonido del viento y el claqueteo de las lentejas en el suelo cómo alguien se afanaba por el muro y entraba de un salto en la habitación. No era difícil trepar, pero sin duda Óscar era muy ágil. Luego el viento cesó: la ventana estaba cerrada. Ya quedaba sólo el ruido que producía la anciana. Ivana sintió deseos de abrir la puerta y echar un vistazo pero no pudo. Estaba aterrorizada. Había retado a la Señora una vez para salvar a Óscar y creía que jamás podría volver a hacerlo.

Estaba imaginando a Óscar con el saquito de sal ante la ventana cuando escuchó una exclamación ahogada: el chico había visto algo que lo había asustado mucho.

-¡Treinta mil ciento noventa, cuarentaicinco mil setecientos dieciocho! –exclamó Óscar allá dentro. Después hubo un estruendo, y de inmediato la Señora profirió una espeluznante carcajada triunfal. Los cabellos de Ivana se erizaron en su nuca.

-¡Mío! –escuchó Ivana.

-¡Óscar, corre! –dijo ella-. ¡Corre!

La ventana se abrió de nuevo a la tormenta y el aire regresó a la habitación. Ivana sintió su embate contra la puerta. Después oyó el gruñido con que Óscar caía al exterior tras saltar de nuevo por la ventana y le llegaron sus gritos apagados desde el lateral de la casa. Algo salió por la ventana detrás de él, y con aquello acabaron los ruidos de la estancia excepto el viento.

Ivana corrió a la puerta principal. Mientras lo hacía vio por la ventana la cabeza de Óscar que pasaba a toda velocidad; la Señora estaría pisándole los talones. Apenas dos segundos después la puerta se abrió de golpe y el muchacho saltó al interior. Cayó sentado y con cara de absoluto terror.

-¡Cierra, por Dios bendito, que la tengo detrás!

Ivana iba a obedecer cuando apareció la Señora. Quizá la furia la había afeado más todavía, o realmente había comenzado una nueva metamorfosis, pero sus ojos y su boca eran aún más grandes que cuando había asaltado a Óscar y su aspecto, en general, había empeorado mucho: ahora una especie de piel de reptil, húmeda y verdosa, recubría la totalidad de su cuerpo desnudo. Ivana agarró la puerta y la empujó con todas sus fuerzas, pero la Señora interpuso su pie descalzo. Hubo un golpe y un crujido; la Señora aulló y la puerta rebotó lentamente hacia dentro. Aquello les dio una breve pero preciosa pausa.

-¡Óscar, la sal! –clamó Ivana, pero no había hecho falta el apremio: el chico ya estaba ante la puerta a cuatro patas derramando la última sal que quedaba en la bolsa. Trazó una zigzagueante curva con mano temblorosa siguiendo el arco de la puerta. La Señora se recompuso, y se disponía de nuevo a introducirse pero la barrera ya estaba creada. Aunque tosca y con algunas zonas que comenzaban a esparcirse a causa del viento, fue suficiente.

-¡Maldición! –exclamó la Wundarga, y su gesto se torció aún más cuando se detuvo de pronto, impelida hacia atrás por una fuerza invisible.

Óscar se precipitó y le cerró a la Señora en las narices la puerta de su propia casa. Luego reunificó con sus manos la barrera, como un niño que se apresura a crear su dique de arena en la playa antes de que llegue la ola, y se tumbó boca arriba jadeando. Cerró los ojos. Ivana fue a la ventana.

-Oh, no. Se ha ido al bosque.

Óscar, desde el suelo fresco, murmuró:

-La muy hija puta… Ha terminado de contar justo cuando yo entraba. ¡Precisamente! He intentado distraerla pero ya era tarde.

-Los números que gritaste, ¿verdad?

-Sí. Es lo único que se me ha ocurrido. No ha funcionado.

Se incorporó, se quedó un instante sentado y por último se puso de pie.

-¿Y ahora? –preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

-Pues ahora nos queda esperar. Pronto volverá con ayuda –sentenció Ivana.

-Hay una esperanza. Si trae más Wundargas se supone que la sal las detendrá también a ellas, ¿no es así?

-A las Wundargas sí. Pero la Señora no es tonta; existen bestias que podrían ayudarla. Sé que la Señora se comunica con los animales del bosque. No hay osos, pero sí hay jabalíes enormes. Creo que vendrá con ellos. Si obedecen a la Señora hasta el punto de destrozarse intentando derribar la puerta, no lo sé seguro, pero sospecho que sí.

Óscar sacudió la cabeza y fue hasta la silla.

-Voy a sentarme un segundo. A ver…

Se frotó las sienes con las yemas de los dedos y entró en una profunda concentración. Ivana se sentó frente a él.

-No podemos salir –dijo Óscar-. Pero si nos quedamos nos cercarán y ya sí que no habrá escapatoria. A ver…

Ivana aguardó. Por su parte lo tenía clarísimo: iban a ser pasto de Wundarga. Maldita mala suerte... Si se hubieran puesto en marcha sólo cinco minutos antes, la Señora estaría encerrada en la habitación y ellos podrían aguardar tranquilamente al amanecer. ¡Por qué no se le había ocurrido antes el plan!

Óscar se irguió de pronto y golpeó la mesa con las palmas de ambas manos.

-Tenemos que intentar huir. No me quedaré sentado en esta casa que parece una bandeja de plata.

La observó con atención aguardando su respuesta. Ivana meneó la cabeza lentamente.

-Sería un suicidio, Óscar. Moriremos en el bosque.

-Eso no puedes saberlo. Pueden suceder cientos de cosas en el bosque; aquí sólo una.

-Quizá la Señora no nos mate. Puede que te acoja, como hizo conmigo. No es una vida fácil pero es muy sencilla, Óscar. Sólo hay que mantener la casa limpia, y de vez en cuando… -Se interrumpió.

-No digas estupideces. Si no llegas a rescatarme la Señora hubiera acabado conmigo. Y a juzgar por su mirada de odio, creo que a ti te aguardará lo mismo.

-Lo sé –se retractó Ivana-. Pero tengo miedo.

-Y yo –dijo Óscar-. Pero no voy a quedarme aquí encerrado.

-Pero el bosque…

-El bosque es nuestra única oportunidad. La tormenta puede sernos de ayuda. A lo mejor confunde nuestro rastro, y si tenemos suerte no nos encontraremos con nada ni nadie. Pero tenemos que marcharnos ya.

Ivana dudaba. La llegada de Óscar a su vida podría no haber supuesto nada en absoluto; sin embargo algo había cambiado. No sabía si se debía a sus ojos, a su determinación o a que veía en él un sentido del humor que muchos años de vida con la Señora habían atrofiado en ella y que ansiaba recuperar, pero había dado un paso definitivo que no tenía vuelta atrás. Pensó seriamente que no tenía sentido que todo el esfuerzo llevado a cabo desembocara sencillamente en sus muertes. No, Óscar tenía razón: había que salir e intentarlo al menos, y cuanto antes mejor: ya había cubierto su cupo de demora por aquella noche.

Respondió por tanto a Óscar con un asentimiento trémulo.

-De acuerdo.

Él apretó los labios.

-En marcha entonces. ¿Hay algo que quieras llevarte?

-Nada. Nada en absoluto –afirmó ella.

-Voy por la mochila. Coge algo de abrigo; yo tengo un chubasquero de repuesto.

-Sí.

Óscar se levantó y fue hasta la habitación. Aunque no temía que la Señora pudiera haber regresado inesperadamente, abrió la puerta con muchísimo cuidado. La sal a sus pies se esparció en cuanto el viento pudo escabullirse por la abertura, pero ya no importaba. Comprobó desde la rendija que había vía libre y mediante un par de largas zancadas entró, cogió la mochila, salió y cerró la puerta. Fue hacia la entrada principal, donde Ivana aguardaba ya embutida en un grueso chaquetón de lana que había cogido de una percha junto a la puerta. Óscar sacó dos plásticos con mangas y capucha de su mochila y le entregó uno a Ivana. Se los echaron por encima.

-¿Llevamos alguna luz?

-No. Mejor no.

-¿Lista?

-No.

-Pues vamos.

La furia de la tormenta los envolvió en cuanto traspusieron el marco. La visibilidad era escasa, y del bosque sólo se percibía una informe masa oscura y tenebrosa que se agitaba al ritmo del viento. Los sonidos de la tormenta eran variados, pero llegaban a los oídos de la pareja a través de un velo cacofónico. Óscar tuvo que elevar la voz para hacerse oír.

-Hacia allá, ¿no?

Ivana se encogió asustada y se llevó un dedo a los labios para conminarlo al silencio; luego asintió siguiendo con la mirada la dirección por la que Óscar había llegado el día anterior.

Corrieron al bosque. Atrás quedó la casa de la Señora con la puerta batiendo al son de la tempestad. Mientras accedían al bosque Óscar se imaginó la cara de sorpresa de la Wundarga cuando llegara con ayuda y comprobara que sus presas se habían escapado. ¿Qué haría ella entonces? ¿Los seguiría, los daría por perdidos? Posiblemente no; algo le decía a Óscar que rendirse no estaba en los planes de la Señora, y que todavía había muchas posibilidades de que ella los encontrara. Pero por el momento lo único que cabía era correr; y una vez dentro del bosque ni siquiera eso, tan abundantes y espesos eran los matorrales y las zarzas que lo invadían. Casi la totalidad del agua que recibieron entonces provenía de las copas empapadas de los árboles, pues formaban un techo tan frondoso que impedían a la lluvia caer con toda su fuerza; sin embargo el viento sí se abría camino a placer entre los troncos. Se quitaron las capuchas para oír mejor.

Detrás de cada recoveco podía aguardar una Wundarga. Varias veces Óscar se llevó un buen susto al percibir una sombra que se escabullía tras la espesura, pero no ocurrió nada más grave que el repentino frío producido por una gota que se colaba por el cuello de la capucha. El camino era indefinido y por completo extraño para él, así que dejó la orientación en manos de Ivana.

-¿Por aquí? –le preguntaba a menudo, a lo que ella asentía o negaba, aparentemente al azar, siempre insegura. La sensación de ser perseguidos a través del bosque era constante. Por fortuna o por desgracia el viento y la lluvia fueron poco a poco amainando, y los truenos y relámpagos espaciaron su presencia: parecía que se alejaban definitivamente. Los sonidos de una posible persecución se camuflarían bajo los que producían los goterones cayendo sobre la hojarasca y los de sus propios pasos.

Al cabo de lo que pudo haber sido una hora (o cinco) Ivana se detuvo de pronto y señaló entre los árboles. Los ojos de ambos se habían acostumbrado a la oscuridad y podían atravesarla a muchos metros de distancia.

Había un debilísimo resplandor titilante que bailaba en los perfiles de los troncos.

-¡Oh! –susurró Ivana.

-¿Qué? –Se alarmó Óscar-. ¿Las Wundargas? –Pero después se le ocurrió que habían llegado por fin al camino y una esperanza alborozada le invadió el corazón.- ¿Hemos salido ya del bosque?

-No –dijo Ivana, y su voz temblaba-. Lestrigones. Hemos ido directamente hacia donde no teníamos que ir.

-¿Qué? –exclamó Óscar, y su frágil esperanza se desvaneció.

-Media vuelta, ¡rápido!

Con el vello de los brazos erizado Óscar fue tras ella en pos de la oscuridad del interior del bosque. Entonces hubo una sombra que se precipitó hacia ellos. Ivana murmuró algo mientras Óscar se detenía, demasiado asustado hasta para gritar. La sombra se interpuso en su camino; hubo un golpe, Ivana cayó; más sombras se movieron entre ellos.

-¡Ivana! –exclamó Óscar por fin cuando vio que el cuerpo de ella daba contra el suelo y la oscuridad se agachaba a su lado.

Justo después Óscar sintió su propio golpe y su consciencia salió despedida hacia afuera; más allá del bosque, pero no del horror.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

tu si que eres un wundargo, bandido!

strategycomm dijo...

“Apertura de la V Edición del Certamen Novela Corta Zayas 2012”.

La convocatoria está abierta a todas aquellas obras inéditas en lengua castellana de escritores y escritoras de ámbito nacional. La obra ganadora contará con una dotación económica de 6.000 euros."


http://zayas.net/agenda/certamen_literario2012/

 
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