jueves 26 de marzo de 2009

Flor

Cogí la flor. Husmeé, como perro desconfiado antes de soltar los dientes.
Olía bien.
La llevé con mimo y me esmeré, oh lo hice, por cuidarla, por mantenerla siempre fresca.
Pero siempre se me han dado mal las plantas.
La puse en un jarrón, la regué, la aboné, la acaricié... No merecía menos que lo que pude ofrecerle. Tenía todo un mundo para regalarle.
La amé, y sin embargo, murió. Se secó con un suspiro.

Ojalá hubiera tenido oídos. Podría haber escuchado mi letanía inmortal, tantas veces repetida. Y un jarrón vacío se ríe de mí, porque sabe que lo que albergó fue demasiado precioso.
Jamás podré dejar de amarla.

Esperanza

-Dame tu mano.
Noelia la alargó en la penumbra y la ofreció, desnuda, para que Alfredo la tomara. No hubo titubeos; aparentemente, no importaba que aquélla fuera la primera vez que lo hacían.
Alfredo envolvió la mano de Noelia con las suyas y les transmitió cuanto calor fue capaz de emanar, en aquellas circunstancias.
Ella dejó escapar un suspiro. Afuera todo estaba tranquilo, ningún ruido perturbaba el silencio, y ambos agradecieron poder disponer de aquel respiro en sus vidas para realizar un gesto tan simple, pero tan lleno de significado. Por el resquicio de uno de los ventanucos se colaba un rayo de luna, suficiente para acrecentar el brillo de los ojos de dos personas que habían descubierto que se amaban.
-No sé si debería decírtelo, Noelia.
Ella no dudó ni un instante.
-Hazlo.
-Te quiero.
Noelia sonrió.

Al poco rato, se levantaron y estiraron sus cuerpos, que habían comenzado a anquilosarse, tras pasar tanto tiempo apoyados contra la fría pared.
-¿Lo hacemos ya?
-¿Crees que deberíamos?
Ella dudó un instante.
-No importa. El tiempo depende de nosotros, solamente. Al final vamos a tener que hacerlo. Sí, creo que deberíamos.
Alfredo asintió. El pelo húmedo brincó sobre su frente y se asentó en una nueva postura. Luego le dedicó a Noelia una de esas sonrisas que arrebatan el alma, de las que habían conquistado su corazón, un rato antes. Se conocían desde hacía muy poco.
-¿No tienes nada que perder? –le preguntó, sin dejar de mostrar la dentadura.
-No. ¿Y tú?
-No. Lo tendría, si tuviera que salir solo. Pero, si tú me acompañas, podré sobrellevarlo. Esto es sólo un trámite. Puede que lo consigamos, o puede que no. En cualquiera de los dos casos, estaremos juntos para siempre.
Noelia asintió, y sonrió a su vez, aunque su expresión era más triste que la de él. Llegó ante la puerta y observó por la mirilla. La calma era absoluta.
-Ahí sigue. La luz.
Se apartó para que Alfredo echara un vistazo. Al hacerlo, suspiró.
-Es posible que se trate sólo de una casualidad. Que se dejaran un generador encendido, o algo así.
-Si no lo intentamos, nunca lo sabremos.
-Tienes razón.
Noelia alargó de pronto sus brazos y estrechó a Alfredo por la espalda. Lo apretó entonces con mucha fuerza, mientras apoyaba la mejilla entre los omoplatos.
-Ojalá nos hubiéramos conocido antes.
Él se giró y la estrechó a su vez. Juntaron los labios de manera fugaz, aunque en absoluto apresurada. La penumbra se apartó un poco, como signo de respeto.
Luego se separaron. Alfredo apoyó la mano en el picaporte.
-Tengo miedo –dijo Noelia.
-Yo también.

Abrió la puerta de golpe. Nada ocurrió. La brisa fresca de la noche no traía ningún alarido ya. Lo que quedara del mundo yacía entre los rescoldos de aquella noche brillante, bajo aquella luna que había mudado su traje carmesí por el de plata, vestida para elevarse, quién sabe durante cuántos años, durante cuántos milenios más.
No habían dado tres temblorosos pasos en dirección a la lejana luz, cuando uno de aquellos demonios vaporosos e inmortales surgió del cielo, abrió sus fauces y los engulló a los dos entre los horribles chasquidos de sus mandíbulas ancestrales.
 
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