Camino a Domova.
Marco no era una persona especialmente habladora, y no creía que fuera debido a la timidez. Simplemente, si sentía que debía decir algo, lo decía, y si no, callaba y rumiaba por dentro. Era una cualidad envidiable, en cierto modo, ya que le ahorraba multitud de disgustos en situaciones en las que, por norma general, una lengua rápida brilla precisamente por su estupidez. Quizá no dijo nada porque temía ofender a aquellos hombres, y a pesar de la necesidad de información, decidió que lo mejor sería dejar que ellos tomaran la iniciativa. Tras una larga pausa, bebida por los nómadas en un éxtasis morboso y obviamente disfrutada, al final resultó ser Hyasu quien pareció tener algo que decir. Marco lo agradeció para variar, ya que la multitud de detrás de los dos hombres comenzaba a dar signos de querer continuar el avance.
-Así que ese Treydjem se ha vuelto loco. Se veía venir. Nunca mostró demasiadas agallas, si sigue siendo el mismo del que se hablaba en mi aldea cuando yo era niño. ¿No es ese que pagó su ascenso al poder con su propia fortuna?
El hombre del caballo asintió.
-Eso es cierto, joven dayano. Sois en cierto modo primitivos, y vuestra sociedad se basa en valores que en Domova se olvidaron hace tiempo, así que no trataré de explicarte cómo funciona la política en un reino moderno. Habéis rechazado sistemáticamente los esfuerzos de nuestro básquil por unificar el norte. Igual que los tamnarianos –aquí echó un significativo vistazo a las ropas de Marco-, igual que muchos otros. Y ahora que se acerca la guerra, seguiréis empecinados en defender vuestras propias chabolas. No importa. Batiea es un poderoso aliado.
-¿Qué nos estás llamando? –dijo Hyasu con fiereza.
-Aparta la mano de tu espada, joven. ¿Crees que me provocas la más mínima alarma? ¿Es que no me has visto bien?
-Un básquil comerciante es algo que no debería existir.
-La guerra en sí es algo que no debería existir, joven estúpido. Puedes poner a un jefe que se ha ganado su derecho a mamporrazos, y pronto surgirá otro que lo derroque con los mismos métodos. Es la ley de la manada del viejo león. Pero no pareces tener en cuenta que, de haberlo deseado, incluso antes de haber escuchado el más mínimo rumor de lo que se agita en el sur, nuestro básquil podría haberos sometido a la fuerza, simplemente pagándose un ejército. Los tiempos están cambiando.
Marco intervino, formulando la pregunta que le rondaba la cabeza desde casi el principio del encuentro.
-Pero, ¿por qué os mutila y os destierra? ¿No sería más inteligente reclutaros, aunque no seáis guerreros, para otras funciones?
-Quizá sí… o quizá no. En el sur, desde la falda misma de la cordillera de Fed hasta el reino de más allá del viejo puente, los hombres son poderosos. Treydjem ha perdido la razón, y creemos que es obvio que lo que desea es formar un ejército compuesto exclusivamente de guerreros bien entrenados, y quitar de en medio a los que, como nosotros, pudieran estorbar el avance.
-En Daya- San se crían los mejores guerreros de todo Huath –dijo Hyasu-. Pero me alegro de que vuestro básquil se mantenga alejado de los bosques de bambú. Jamás podría reclutarnos.
El hombre silencioso dejó escapar una nueva risita, y al que hablaba le brillaron los ojos con regocijo. Pero no dijo nada.
-¿Y qué necesidad tenía de arrancaros media cara? –preguntó Marco.
-Ninguna. Una simple y efectiva medida ejemplarizante. No os imagináis cómo se aplican sus soldados en los campos de entrenamiento desde que nos han visto marchar. Muchos de ellos son nuestros familiares. Los pocos de ellos que, siendo válidos para la guerra, se han opuesto a Treydjem, han seguido nuestro destino y nos acompañan. Ha comenzado el reinado del miedo en el norte. El miedo al enemigo del sur, y el miedo al norte mismo y a la locura de su rey.
-¿Y qué vais a hacer ahora? ¿Adónde os dirigís?
-En el este, más allá de las grandes montañas, existen unas ruinas del pueblo antiguo, y por lo que sabemos, están despobladas. Intentaremos comenzar allí una nueva vida… a menos que el sur gane la guerra, por supuesto, en cuyo caso supongo que no tendremos más remedio que esperar a que, con el tiempo, nos encuentren y nos masacren. No nos importa demasiado, después de todo. No somos aliados de nadie, en estas circunstancias. Al menos disfrutaremos de la brisa del mar, ya que muchos de los nuestros no han visto nunca el vinoso océano.
-¿Y no os duele eso que os han hecho? –intervino Hyasu, a la vista de que muy pocos parecían molestos por el desollamiento. El hombre se rió con amargura.
-Hay pociones y curas, joven dayano, y en Domova hemos sido siempre grandes conocedores de las virtudes de las plantas y los hongos. Nos duele mucho más el espíritu.
En ese momento un hombre avanzó desde la caravana y se acercó al hombre. Este se inclinó para escuchar lo que el otro le murmuraba. Asintió y se dirigió de nuevo a Marco y Hyasu, mientras el otro regresaba a su puesto, junto a un par de enormes bueyes.
-Nos vamos, viajeros. Ha sido un encuentro grato del que estoy seguro que sabréis sacar provecho. Os lo repito: no os acerquéis a la ciudad, a menos que estéis dispuestos a engrosar sus filas y aceptar su disciplina. Parece una paradoja, pero los únicos que sobreviven ahora mismo en Domova son los que están dispuestos a morir por ella.
Marco se encogió de hombros.
-No sabemos mucho de nuestro viaje ni siquiera nosotros mismos. Supongo que será lo que tenga que ser.
El otro repitió el encogimiento de hombros.
-Vosotros mismos. Tenéis un par de días por delante para pensároslo y cambiar de rumbo. ¡Suerte!
Y dicho esto, sin más ceremonia, tiró de las riendas de su caballo, dio la vuelta y regresó junto a los suyos, a la cabeza de la caravana. El otro hombre se demoró unos instantes. En lugar de la risita demente que Marco y Hyasu esperaban de su parte como despedida, lo que hizo fue hablar en un siseo.
-Si bajáis al sur por el este, ¡cuidaos del Gran Gusano!
Y se fue con su compañero. Una vez preparados, el hombre levantó el brazo, como había hecho para detener la comitiva, y poco a poco la multitud comenzó a avanzar. Marco y Hyasu se apartaron del camino y observaron sin hablar cómo los cientos de carretas pasaban lentamente a su lado, en busca de un destino mejor en el este.
Unos diez minutos después pasó el último viajero, un gordo sentado en una carreta tirada por la que, probablemente, era su mujer, y la nube de polvo de la caravana se quedó allí flotando, deshaciéndose al ritmo de los ecos y chirridos de la multitud que se alejaba. Apenas les dirigió un breve vistazo.
-Bueno, ¿y ahora qué? –preguntó Hyasu cuando este último viajero se hubo alejado. La polvareda se reanimaba a espaldas de la caravana.- ¿Cómo esquivamos Domova? ¿Y dónde nos aprovisionaremos?
Marco observaba meditabundo cómo los viajeros se iban haciendo más y más pequeños, en dirección al bosque de Odath.
-¿Qué es eso del Gran Gusano? ¿Y cómo sabía que íbamos a viajar al sur? También Mawt me advirtió sobre la ruta del este…
Hyasu lo miró unos instantes antes de hablar.
-Marco. ¡Marco!
Él giró la cabeza al escuchar su nombre.
-¡Qué!
-No importa qué sea eso, si no vamos a ir por el este. Que se quede con su gusano. Tenemos que ver qué pasa ahora, ¿qué vamos a hacer?
Marco lo miró sin comprender.
-¿Cómo que qué vamos a hacer? Vamos a ir a Domova y a seguir el plan de viaje.
-¿No has oído lo que han dicho? ¡Nos reclutarán, o nos arrancarán media cara si rehusamos!
Marco frunció el ceño, aparentemente exprimiendo las opciones.
-No, no creo, Hyasu. Si es una ciudad tan grande como parece, y debe serlo si han podido prescindir de tanta gente –señaló hacia la polvareda a sus espaldas-, podemos tratar de pasar desapercibidos. No es que me entusiasme, pero de algún modo tenemos que conseguir algunos víveres, o no llegaremos muy lejos. No tenemos elección.
-¡Vaya! Es una idea magistral, desde luego. Yo he recibido un entrenamiento para confundirme con las sombras y ser invisible si me lo propongo, ¿pero tú? ¿Vamos a entrar como ratas en la ciudad y arrastrarnos hasta que consigamos un par de mendrugos de pan?
Marco no pudo evitar una sonrisa socarrona.
-Estamos apañados si tu talento no dista mucho del que demostraste siguiéndome a mí.
Hyasu abrió la boca para responder.
-No será necesario esconderse –se apresuró a continuar Marco-. Seremos un par de mendigos extranjeros que desean probar suerte, simplemente. ¿Tú reclutarías a un par de mendigos malolientes?
-Si estoy a punto de entrar en una guerra y necesito soldados, desde luego que sí.
-Cojearemos, o lo que sea. Nos cubriremos con unas mantas y apestaremos. No creo que nos presten demasiada atención si están tan atareados como parece.
-No piensas lo que dices. Están buscando gente, cuanta más mejor. Además, si han sido capaces de mutilar a sus ciudadanos, ¿qué te hace pensar que mostrarán clemencia por dos cochambrosos extranjeros?
-No lo sé, Hyasu. Te lo repito: tenemos que arriesgarnos. No he sido nunca un estratega, así que no esperes un complicado plan de una mente como la mía. Debemos conseguir algo de comida, la suficiente para mantenernos hasta Grebda. Me refiero a cosas que no podamos encontrar en nuestro camino.
-Ya. Y esperas que, en vistas a la guerra, Domova no se esté aprovisionando. Estarán almacenando todos los víveres para su ejército. ¿No se te había ocurrido?
-¡Joder, Hyasu! No tengo ni idea. ¿Satisfecho? ¡Yo qué sé qué vamos a hacer! Te vuelvo a dar la opción: sigue tu propio camino. De algún modo, yo tengo que pasar por Domova y conseguir alimento para aguantar el viaje al sur. El resto no me importa una mierda.
Hyasu lo contempló fijamente durante largo rato. En varias ocasiones pareció a punto de decir algo, sacudió la cabeza un par de veces y finalmente murmuró:
-Desde luego, Marco, si al final de todo esto tienes éxito, no cabrá duda de que algún dios vela por ti y te protege de tu propia estupidez. Emprendes las cosas según te vienen, sin pararte a considerar ni las causas ni las consecuencias, y ese es el espíritu de un necio, no de un guerrero.
-Yo no soy ningún guerrero.
-Sin embargo –continuó Hyasu, sin hacer caso del comentario-, como ya te dije, no tengo nada mejor que hacer. Quizá mi misión sea protegerte, y como ya te dije, tienes una espada a tu servicio que no deberías menospreciar. Hazme caso en esto, ya que no tienes experiencia: nos acercaremos a Domova y veremos cómo está el percal. Si las cosas pintan feas, ni siquiera nos aventuraremos a poner un pie en ella: daremos media vuelta y viajaremos al sur dependiendo únicamente de nuestros propios recursos. ¿Te parece bien?
Marco estuvo a punto de responder que no sabía qué podría ser peor: si arriesgarse en Domova o permitir que Hyasu liderara la acción. Era cierto que él no tenía experiencia alguna, pero ¿el chico sí? No lo creía. Y aunque su entrenamiento hubiera sido, como él afirmaba, muy intenso, desde luego, excepto aquel maravilloso puñetazo con que le había hecho ver las estrellas, no lo parecía en absoluto.
Por otro lado: ¿tenía alguna otra opción? No. Permitiría, y que los dioses lo pillaran confesado, que Hyasu encabezara la expedición a la ciudad. Tendría que fiarse de él.
-De acuerdo –dijo-. No vamos a poder organizarnos hasta que veamos cómo se desarrollan las cosas, así que, ¿por qué no?
Hyasu frunció el ceño y una sombra le cubrió la cara.
-¿Me estás tratando con condescendencia?
Marco se llevó una mano a la cara y la restregó allí.
-Por el amor de Dios…
Se pusieron en camino. Muy a lo lejos unas altas montañas podían percibirse por entre la bruma, y Marco supo que aquella era la dirección correcta. Domova debía de encontrarse pocos kilómetros al sur de las mismas. ¿En sólo un par de días llegarían hasta allí? Parecía una distancia mucho mayor que la que se recorrería en ese tiempo; sin embargo, Marco ya se había acostumbrado a equivocarse respecto al cálculo de distancias. Así a ojo, las montañas se encontraban, por lo menos, a ochenta kilómetros. Aquello significaba que deberían recorrer cuarenta al día. ¿Cuánto caminaba un hombre en una jornada? ¿Más que eso, menos, más o menos eso?
Agitó la mano y se libró del pensamiento: pronto lo comprobaría.
La primera jornada estuvo repleta de anécdotas absurdas y comentarios intrascendentes con que Hyasu se empeñaba en torturar a Marco. Pero no resultaba un mal compañero de viaje, porque no hacía muchas preguntas, y Marco lo prefería así. El precio de su silencio era el machacón acento altisonante con que Hyasu aderezaba sus aventuras, la mayoría de las cuales, Marco estaba seguro de ello, eran inventadas, o vividas por otros en todo caso. Cualquier cambio en el paisaje era bienvenido porque distraía la atención de Hyasu, aunque, por desgracia, no era algo demasiado frecuente.
-¡Oh ese árbol! Tan solitario, y a sus pies un círculo de hierba. Es idóneo para colgar a un hombre. Por ejemplo, a un viejo cabrón egoísta.
-Tranquilo, Hyasu.
Llegaron a un río cuando el sol comenzaba a desaparecer tras las montañas del este. Marco no sabía si era por efecto del resplandor del sol o porque realmente habían avanzado a buen ritmo, pero ahora las montañas le parecían ciertamente más cercanas. Aún a una buena distancia, pero bastó el pensamiento para animarlo. El río era ancho y de buen caudal, que corría hacia el sur y se perdía en el horizonte zigzagueando melosamente, y Marco se preguntó por primera vez si sería posible realizar el viaje en barca. Los pies comenzaban a dolerle, a pesar de la protección que le brindaban las botas de piel de Tamnar: aquel era el viaje más largo que había hecho desde que había llegado a Huath.
Un enorme puente de madera, viejo aunque bien trabajado, cruzaba el río. Era recio, y el solo hecho de que toda la caravana con que se habían cruzado aquella mañana lo hubiera traspuesto lo demostraba.
-Quizá podríamos tratar de pescar algo –dijo Hyasu, tocando por primera vez un tema que no versaba sobre sus gloriosas hazañas pasadas-. Nos ahorraríamos tener que recurrir a las provisiones. Por cierto, ¿cuánto nos queda?
Marco abrió el zurrón.
-Contando lo que te entregué la noche que me atacaste, unas diez tiras de carne, cinco de pescado, y varios puñados de nueces. Poca cosa.
Hyasu no hizo ningún comentario: el pescado y los frutos secos que le había entregado Marco los había devorado aquella misma noche.
-¿Y tienes sedal? ¿No vienes de un pueblo de pescadores?
-Claro. Podemos intentarlo.
La puesta de sol los encontró sentados en el viejo puente, con los pies colgando sobre las aguas y un anzuelo cebado con un pequeño trozo de carne que bailaba al son de la corriente. Hyasu entró en una melancolía silenciosa, y Marco aprovechó para repasar sus recuerdos y entretenerse en la memoria, antes de todo aquello, antes de la traición de Drilce, antes de que su vida cambiara. Luego fue arrancado de sus pensamientos, cuando Hyasu decidió que su lengua había estado quieta demasiado tiempo, y Marco exhaló un suspiro y le prestó atención a su pesar.
Consiguieron un buen ejemplar, tras desechar dos miserables pescaditos que devolvieron al agua. Lo asaron a fuego lento y disfrutaron de la cena. Luego se recostaron, espalda contra espalda, sobre la gruesa piel, y durmieron profundamente.
Al amanecer Hyasu despertó a Marco empujándolo suavemente con la punta de su bota. El sol aún no había asomado, pero el mundo ya brillaba lo suficiente.
-Eh. ¡Eh!
-¿Qué pasa?
-Mira allí.
Marco se enderezó, súbitamente alarmado al percibir el tono de Hyasu, envuelto en un terror contenido. Se frotó los ojos, aún sentado, y en cuanto captó lo que el chico le señalaba se incorporó como un rayo.
-Ah. Coño.
A unos doscientos metros, al norte, una figura andrajosa, sólo una silueta, se tambaleaba por entre las hierbas. Sus brazos colgaban a los lados, inertes, y su cabeza se bamboleaba como si su cuello fuera incapaz de soportar el peso mucho tiempo seguido, pero indudablemente se trataba de uno de aquellos cadáveres andantes. Se dirigía directamente hacia ellos.
-¿Nos ha visto?
-Creo que sí.
Hyasu se estremeció.
-Si no llego a despertarme lo tendríamos encima. ¿Qué hacemos?
-No lo sé. Espera.
Con sus andares patosos, y a la luz creciente, los rasgos de la criatura se hicieron pronto visibles. Hyasu desenvainó su espada, y Marco preparó el arco.
-¡Tira! –exclamó Hyasu cuando el ser se encontraba a unos cuarenta metros. Ya era evidente que los tenía localizados, porque sus brazos se extendieron, buscando a la presa, y un gemido ronco comenzó a escapar de su garganta como el ronroneo de un viejo gato enfermo.
-No sé, a esta distancia todavía no… -murmuró Marco. Una película de sudor cubría su frente.- Joder, qué feo es.
-¡Tira! –repitió Hyasu. Le recordó a Odath, en aquella clase magistral en la que Marco no había aprendido nada. Cerró los ojos. Soltó la cuerda y disparó la flecha.
Falló por unos quince metros, y la flecha quedó clavada en el suelo.
-¡Joder! –gritó Marco, y tiró el arco y sacó el cuchillo-. Prepárate, Hyasu. A ver esa espada.
El cadáver se encontraba ya a unos diez metros de ellos. Todos los rasgos eran perfectamente visibles, quizá con demasiado detalle. Le faltaba un ojo, y en la cuenca vacía se agitaban cosas que podrían ser gusanos. El otro lo tenía clavado en los dos viajeros. La brisa soplaba en dirección al muerto, pero Marco hubiera jurado que podía oler perfectamente la corrupción que emanaba del cuerpo putrefacto.
Entre los gemidos captaron las palabras ansiosas.
-Vosotros… para mí… Para mí…
Varios dedos de la mano derecha estaban pelados hasta el hueso, pero aun así se abrían y cerraban, entre chasquidos de los tendones. Los andrajos revoloteaban a su espalda merced al ligero viento.
Marco imaginó varios movimientos (incluido uno que consistía en dar media vuelta y echar a correr), pero ninguno le pareció apropiado para acometer a la criatura. En cualquier caso debería acercarse mucho para emplear su cuchillo. ¿Qué podría hacer? ¿Rajarle el cuello? ¿Apuñalar el ojo abierto? ¿Clavar el hierro en las tripas? Vio que la espada de Hyasu temblaba en las manos del joven.
-¡Córtale la cabeza, Hyasu! ¡Tu espada!
El chico aferró fuertemente la tela que cubría la empuñadura con manos blancas como garras. Marco estaba seguro de que quedarían marcas allí, después de tanta presión.
-¡La cabeza!
El cadáver aceleró en un último esfuerzo. Su ojo se dirigió de Marco a Hyasu, y pareció decidirse por este último. Estaba a tres metros escasos.
-¡Ahora!
-¡DAYA- SAN! –bramó Hyasu, y echó la espada hacia atrás con un impulso atroz. Por un esperanzador momento Marco creyó estar en presencia de un formidable guerrero. Vio al joven convertido en una máquina de matar, y el corazón se le aceleró al anticiparse a la matanza del enemigo.
Hasta que vio que, con el impulso de los brazos sobre su cabeza, la espada de Hyasu salió despedida hacia atrás y cayó a varios metros. Asombrosamente, Hyasu pareció no haberse dado cuenta de que no tenía ya su arma, y arremetió con las manos vacías, trazando un arco inútil a un metro del cuello del muerto. En una décima de segundo se miró los dedos abiertos, con expresión de sorpresa.
-¿Qué carajo…?
Y entonces el muerto se le echó encima y lo derribó.
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3 comentarios:
No darìa lo mismo q Pepe y Juan se dirigieran a Parìs?????
ay q joderse con los nombrecitos.....
tù, para mì....para mì......jajajajajajaja
Joder, ¡doña!, entonces tendría que llamarla FRANCIA, y no HUATH... De todos modos, cada vez que se te olvide un nombre, dite a ti misma: "¿Huath?", y acertarás.
Tengo un mapa medio currao en Illustrator, igual si te lo paso, aunque no esté ni mucho menos acabado, te aclaras mejor. ¿Suí, petisuí?
ya de paso, adme tambien una lista de personajes....jejejeje
q asì, seguro q no me pierdo ;)
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