La Caravana de los Desahuciados.
La conversación que mantuvieron aquella mañana estuvo preñada de constantes esfuerzos por parte de Hyasu para llegar a creer siquiera un poco de lo que Marco le estaba relatando. No sabía todavía si debía tildar a su nuevo amigo de excéntrico, de chiflado o, simplemente, de rematado loco de atar. Por más que pretendía enfocar su atención en la historia, constantemente se veía eludido de ella por sus propias divagaciones, más pendiente en realidad de fallos de lógica y paradojas que del hilo en sí. Y como le resultaba extremadamente cansado creer con tino lo que iba narrándole Marco, supuso que ya tendría tiempo de rumiar todo aquello y decidió prestarle la misma atención que le hubiera concedido a un cuento de los que le narraba su madre antes de dormir, que era, en el fondo, de lo que creía que se trataba en realidad. La vieja y enorme Araña, los recuerdos del primer baile con Drilce, su reunión, las voraces wundargas, el encuentro con el dios equivocado en la caverna, el infierno de su amigo el loco, la bruja de la cabaña del monte y su sirviente asesino, la negra máquina del vacío y la conexión con las ruinas del norte de Tanmar… Disparates, sin duda.
No obstante, existía una lógica pesada en todo aquello, y si Marco se lo estaba inventando, desde luego era un narrador de disparates cojonudo. Hyasu sólo comenzó a interesarse de veras cuando escuchó el nombre de Verhent. A partir de ese punto, parecía, la historia abandonaba (en cierto modo) el matiz de desatino, y comenzaba a hacerse plausible a efectos realmente prácticos. Verhent era un nombre conocido. Terrible, sí, y envuelto en un halo de mito, pero plausible, por denominarlo de algún modo. Pocos en Huath se hubieran atrevido a dudar de su existencia, al menos en un pasado no demasiado remoto. Y en la aldea de Hyasu se rumoreaba también, al igual que en Tamnar, que este demonio seguía aguardando en el sur a que las circunstancias le fueran propicias para extender su maldad de nuevo por el mundo. Ahora bien, ¿hasta qué punto era cierto que Marco se había encontrado con él? ¿Cómo podría ser posible que hubiera sobrevivido, y no sólo eso, sino que estuviera dispuesto a un segundo enfrentamiento? Marco aclaró enseguida aquel punto.
-Nunca he pretendido mostrarme de nuevo ante él. Creo que es posible realizar mi tarea sin necesidad de que él se dé cuenta siquiera. Sólo tengo que llegar hasta la estancia donde guardaba todas aquellas rocas oscuras que colecciona, y hacerme con la que me interesa.
-¿Y cómo diantres la vas a reconocer, si hay, como dices, miles de ellas?
-Creo que lo sabré cuando llegue el momento. He vivido tantas, tantas experiencias con Drilce; ella me llamará.
-Eso sí que es una señora suposición –comentó Hyasu-. ¿Y qué vas a hacer si no descubres a cuál de las piedras corresponde tu chica? Empiezo a creer que la vieja tenía razón: no estás preparado para este viaje. Das por supuestas demasiadas cosas.
Marco, algo molesto, replicó:
-¿Ah, sí? ¿Y qué harías tú?
Hyasu pensó su respuesta durante un rato.
-Bien, vamos a plantear la cuestión a grandes rasgos, y dime si me he perdido algo. Tu chica está en poder de un viejo demonio y tú quieres liberarla de su morada. Para ello, has venido a recorrer cientos, quizá miles de kilómetros, armado con un cuchillo de pescador, y pretendes atravesar no sólo la totalidad de Huath de norte a sur, con los peligros que eso conlleva ya de por sí, sino además justo durante una época de guerra que coincide con la reunión inminente de un ejército de muertos que pronto estará dispuesto a las órdenes de este demonio. Atravesarás, me imagino, su ejército a cuchilladas, le pegarás un capón al demonio por gamberro, le dirás que no vuelva a hacerlo y te llevarás contigo a tu chica de vuelta a tu casa, donde ambos seréis felices para siempre.
Marco sonrió.
-Sí, todo correcto, excepto por dos puntos: primero, el demonio es un hombre: puede morir. Y segundo, mi esperanza no es recuperar a Drilce, sino liberarla. Por lo demás, lo has expresado bastante bien.
Hyasu resopló.
-¿Y teniendo en cuenta todo esto, aún te viste con fuerzas de rechazar la ayuda del Hijo de la Sombra?- preguntó.
-Hostias más grandes me he llevado que la tuya –respondió Marco en el mismo tono de burla.- ¿O no te has fijado en mi nariz?
Continuaron debatiendo tranquilamente. El terreno era despejado, y se podía percibir prácticamente todo hasta donde la vista alcanzaba. El peligro de ser sorprendido por un enemigo en un terreno tan descubierto era mínimo. De todos modos, ¿qué enemigos tenían, a aquellas alturas? Solamente, quizá, aquellos cadáveres que atacaban, y balbuceaban Dios sabría por qué motivo.
-Entonces, más o menos, estamos de acuerdo en esto –dijo Hyasu-: te acompañaré en tu camino porque, básicamente, no tengo nada mejor que hacer. Te protegeré con mi espada, y quedaré libre cuando a mí me parezca bien. He de añadir –continuó con una sonrisa- que me fascina la idea de viajar al sur. Quizá nos encontremos con ese viejo Verhent y pueda probar en él mi espada. Es un personaje muy importante, y matarlo significaría sin duda la gloria para mi familia por los siglos de los siglos. Claro que mis padres no podrán saberlo, teniendo en cuenta que crían malvas bajo su árbol, pero mis hermanos y primos serían tratados con honores por los nuestros y yo podré escupir a la cara del Gran Aku, mientras desnudo a su hija delante de sus barbas blancas y le doy un nieto que lo desprecie para siempre. ¡Ah!
Antes de poder decir nada para evitarlo, Marco se encontró escuchando las malvadas carcajadas que despertaba en Hyasu su pueril plan de venganza.
-Tranquilo, Hyasu. Te precipitas. Es fundamental que comprendas, aquí y ahora, que Verhent no sabe que yo estoy en Huath. No soy más que una miserable hormiga para él, de eso estoy seguro, pero si sabe que ando tras Drilce no cejará en su empeño por dificultarme las cosas. La primera vez que nos encontramos yo no pude revelarle el secreto de los Saltos porque ni yo mismo lo comprendía; pero ahora es diferente, y podría llegar a sacarme la información, lo cual sería una catástrofe. Me cree muerto, o eso puede parecer, así que seguiremos el plan a mi modo. Cuando me haya hecho con la roca podrás hacer lo que quieras. Pero te prevengo: no te imaginas lo rápido que es. No creo que tu espada, por muy Hijo de la Sombra que seas, pueda rivalizar con sus simples puños.
-Ya. El pozo, la palmadita de Mademhavem. ¡Paparruchas!
-De todos modos, el camino es largo. Puedes, en efecto, abandonar cuando lo desees. Como ya te dije, es mi camino, no el tuyo.
Hyasu lo miró, sinceramente asombrado.
-¿Estás de broma?
De modo que poco después se pusieron en camino, una vez recogidos los bártulos y plegada la piel que serviría, a partir de ahora, como lecho para dos personas.
-Y ese arco, ¿estás versado en el arte de la flecha? –se interesó Hyasu.
-Es el primero que tengo. Es el de Odath, el que usó para librarme de aquel muerto subnormal. La verdad es que no acertaría a un elefante a dos metros aunque me fuera la vida en ello.
-¿Me lo dejas ver?
Marco lo descolgó del zurrón, donde bailaba molestamente, y se lo tendió. Hyasu lo examinó con cuidado mientras caminaba, acercando aquí y allá la nariz a la vieja madera.
-Tejo, ¿no? Vaya, es un buen arco. Es maravilloso, de hecho. Y las flechas están trabajadas también, da gusto verlas. ¿Me dejas probarlo?
Marco pensó en lo fácilmente que había saltado el puñal del chico en su ataque sorpresa, la noche anterior, y se imaginó dónde podría acabar una flecha disparada por él.
-No, lo siento. Odath me dijo que pesa una maldición sobre él. Sólo yo puedo usarlo.
-Ah, vaya… Es una lástima. En mi aldea yo era considerado como uno de los mejores arqueros que jamás ha existido. Sólo mi tatarabuelo, Dento el Incorrupto, podía superarme, según cuentan. Una vez le di en un ojo a una alondra en pleno vuelo.
-Impresionante –comentó Marco sin interés mientras Hyasu le devolvía el arco.
No pasó mucho tiempo hasta que el chico sacó un nuevo tema de conversación. Parecía incapaz de caminar en silencio, como si con cada paso cargara su lengua de palabras que tenían que salir a toda costa.
-Una vez que lleguemos a Domova, ¿qué vamos a hacer?
-Aprovisionarnos.
-Y después, ¿qué camino vamos a tomar hacia el sur?
-Uno largo, según parece. Vamos a seguir el río hasta no sé qué cascadas, y de ahí pasaremos a la ciudad de Grebda, que al parecer no se halla muy lejos del Paso de Fed. Evitaremos en cualquier caso los pantanos del este. Mawt, el básquil de Tamnar, insistió en ese punto. No nos vendría mal un buen mapa, pero parece que Grebda es importante, así que los caminantes podrán orientarnos.
-El paso de Fed, por lo que sé, está custodiado por algo demoniaco que en mi aldea no nombran. ¿No sería mejor ir hacia el este, y cruzar la cordillera de Fed junto a la costa, donde acaba? Luego podríamos retomar el camino hacia el oeste desde Ciudad Puerto. Ya estaríamos en el sur.
Marco miró a Hyasu y levantó las cejas, sorprendido de su propia estupidez al abrírsele la posibilidad de otros senderos y no haberlo consultado siquiera con Mawt. Pero también se le ocurrió que quizá ese camino, por lo que le había dicho Odath, lo acercara al Templo de Naksuru, del que no había hablado al chaval.
-La verdad, Hyasu: no tengo ni puta idea. No se me ocurrió preguntar. ¿Es un buen camino?
Hyasu sonrió:
-La verdad, Marco, yo tampoco tengo ni puta idea. Nunca he bajado tanto.
Se rieron.
-Jamás me he fiado mucho de las profecías, pero la vieja Berta, de Tamnar, pareció darle mucha importancia a localizar a una tal Gorda Inmunda. ¿Sabes algo de ella?
-¿La Gorda Inmunda? ¿Así, como suena?
-Así, como suena.
-Bueno, en mi aldea hay varias marujas que podrían coincidir con esa descripción. Mujeres aburridas con maridos desesperados, que al principio tratan bien a las personas, pero que en cuanto uno es desterrado son las primeras en escupir. Y seguro que nos encontraremos con señoras del mismo talante a lo largo del viaje. ¿No hay ninguna otra pista?
-Que puede llevarnos ante el maestro de Verhent, alguien llamado Ebucema. Necesitaremos encontrar a ese hombre si queremos cruzar el cementerio del sur y llegar hasta la morada de Verhent. No sé nada más.
Hyasu expresó su desconocimiento con una sacudida de cabeza.
-Ni idea.
-Pues estamos apañados.
-Pues sí, eso parece. De todos modos, andaré pendiente de las lorzas de las mujeres que nos crucemos.
-No sé si hará… falta… Oye, ¿qué es eso? –preguntó Marco de repente, señalando el horizonte. Casi inapreciable, pero obvia al fijar la vista, se levantaba una polvareda en el límite que separaba el cielo de la tierra, a lo lejos. La quietud de aquella inmensa nube de polvo hacía patente que se encontraba a bastantes kilómetros, y que su tamaño era poco menos que descomunal. Hyasu se llevó una mano a la frente para evitar el resplandor del sol y fijó la vista.
-No sé… Podría ser el viento, o una multitud. Caballería, quizá. ¿Vienen hacia nosotros?
Marco se encogió de hombros.
-O se alejan y no los hemos visto porque van más despacio. Supongo que pronto lo sabremos.
En efecto, transcurrida una media hora parecía ya claro que la polvareda se dirigía directamente hacia ellos. En una hora a lo sumo, calculó Marco, se encontrarían en el camino. Lo cual lo llevó a pensar si, quizá, no deberían esconderse. ¿Qué sucedería si se trataba de alguna facción del ejército que el norte estaba reclutando? Seguramente tendrían que unirse a ellos, de buen grado o a la fuerza. Poco o nada sabía Marco de la guerra y de sus preparativos. Y, a juzgar por cómo se retorcía las manos Hyasu, y cómo jugueteaba con varios de sus tintineantes bolsillos, él tampoco.
-No nos esconderemos –decidió al fin Marco-. Quizá puedan ayudarnos, orientarnos, incluso vendernos algunas provisiones para más adelante. O darnos información. Sé que es arriesgado, pero no podemos desaprovechar esta oportunidad.
-Como quieras –dijo Hyasu, poco convencido-. Pero por la ruta que llevan, parece que vienen de Domova. O bien han pasado por allí, o directamente son de allí. ¿Por qué se iría tanta gente de la ciudad, en este último caso? Mira, ya se ven las carretas. Hay decenas de ellas. Pero si van a la guerra, somos hombres muertos; o yo al menos, porque no pienso alistarme. Bastante mierda he dejado atrás.
-No te pongas nervioso. Y no hables. Cuando estemos a su altura, déjame a mí, ¿de acuerdo? No necesitamos ninguna escenita tipo Hijo de la Sombra recauchutado.
-¡Ah! ¡Me ofendes, Marco! Yo no…
-Te pido disculpas –se apresuró a decir Marco. No se veía con fuerzas para ponerse a debatir los argumentos de Hyasu, tan teñidos siempre por su colorida fantasía egolátrica.
Hyasu aceptó las disculpas a regañadientes. Marco sabía que era por no poder explayarse, no porque lo hubiera ofendido realmente. ¡Maldito crío!
Casi una hora y media después los dos grupos de viajeros se cruzaron en el camino. Desde hacía varios minutos era obvio que existía nerviosismo también en la gigantesca caravana: los hombres, que parecían encapuchados, se gritaban cosas y se cambiaban de carreta en una especie de frenesí; pero, por lo menos, no parecía ni por asomo una caravana militar, aunque Marco no supo a qué se debía esta seguridad.
Dos hombres a caballo precedían a los cientos de vehículos destartalados. Se detuvieron en cuanto llegaron ante Marco y Hyasu, con su polvareda inmensa detrás, y ellos hicieron lo mismo. Con un gesto de la mano de uno de los encapuchados, las carretas que iban detrás se fueron deteniendo como a desgana. Muchas iban tiradas por bueyes, algunas por raquíticos caballos, y las había incluso, ¿oh qué era eso?, tiradas por grupos de encapuchados de aspecto más que evidentemente femenino. Todos, hombres, mujeres o lo que fueran, tanto los que iban en carro como los que avanzaban a pie, miraban constantemente a los lados del camino, como temiendo una emboscada. Era sin embargo claro que el terreno no era apropiado para semejante táctica; no obstante, el nerviosismo no pareció esfumarse de la caravana con este ligero consuelo.
Marco tragó saliva pero no se le ocurrió cómo saludar a los hombres. Hyasu estaba cruzado de brazos a su lado, lamentando quizá no haberse puesto él también su capucha y mostrar, así, un aspecto más fiero y amenazador. Los dos hombres a caballo los observaron durante lo que pareció un largo rato, y finalmente uno de ellos, el que había levantado el brazo, dejó escuchar su ronca voz cascada.
-¡Salud, viajeros!
-¡Salud! –respondió Marco, procurando que su voz sonara casual y libre de cualquier viso de amenaza. Estuvieran o no armados, fueran o no guerreros, eran una multitud, y podrían destrozarlos con facilidad. Sobre todo a Hyasu, añadió para sí, divertido.
-Lleváis camino cierto hacia Domova, ¿me equivoco? No se me ocurre adónde podríais ir si no por estos andurriales.
-Pues sí, vamos hacia Domova. ¿Venís de allí?
El segundo hombre dejó escapar lo que semejaba una risita a través de la tela sucia que le tapaba la boca.
-Somos de allí –dijo el primer hombre-. Quizá unos viajeros tan experimentados se dejen aconsejar, ya que Gruddah ha decidido disponer de este encuentro. ¿Sois guerreros?
-No.
-Sí –dijo Hyasu algo desafiante.
-No –enfatizó Marco, echándole una mirada de reojo y deseando estar sentado en una mesa junto a él, para tener la simple excusa de poder pegarle un pisotón por debajo con todas sus fuerzas y partirle el pie-. Sólo somos viajeros. Buscamos aprovisionarnos en Domova. ¿Por qué, qué es lo que pasa? ¿Por qué deberíamos dejarnos aconsejar?
Pero el hombre dirigió sus cansados ojos a Hyasu.
-El joven es de Daya- San, no cabe duda. O es un guerrero, o lo intenta. ¿Te han desterrado acaso, cachorro? Conozco vuestras costumbres.
Marco apretó los dientes. Hyasu inclinó la cabeza amenazadoramente.
-¿Y qué si lo soy? –dijo, y acercó la mano a uno de sus bolsillos, lo que provocó una nueva risita en el hombre que aún no había hablado. Pero antes de poder contenerse, Marco observó que su propia mano salía despedida y sacudía una colleja al chico que lo echó un par de pasos hacia delante.
-¡AY! –exclamó Hyasu, y se dio la vuelta y se encaró con Marco mientras se sujetaba la nuca-. ¿Pero qué coño haces?
Marco estalló.
-¿Pero no te he dicho que te estés callado y que me dejes hablar a mí, joder? –bramó, y Hyasu retrocedió unos pasos. Pareció a punto de responder algo cuando ambos, Marco y el chico, prestaron a los dos hombres toda su atención: se estaban carcajeando abiertamente.
-¿Pero qué…? –murmuró Hyasu, y sus ojos se abrieron como platos-. ¿Os divertís?
Para su sorpresa, o su decepción, el hombre respondió, mientras su compañero hacía evidentes esfuerzos por no caerse de su caballo. Parecía a punto de sufrir un ataque.
-Mucho –contestó el hombre con hilaridad-. Da gusto veros tan vitales… Espero que lo que os vamos a anunciar a continuación no acabe con vuestra alegría interior, aunque no albergo esa esperanza. ¡Oídme, viajeros!
Marco sujetó el brazo de Hyasu y lo obligó a estarse quieto.
-Bueno, decidnos. ¿Qué sucede?
Los hombres, que ya no reían (aunque el callado seguía respirando con breves jadeos, no recuperado del todo, al parecer), se miraron durante un par de segundos. Luego el primero continuó.
-El básquil de Domova ha perdido el juicio, o ha sido poseído por un demonio. No es una ciudad recomendable en estos tiempos-. Miró de nuevo a Hyasu con atención-. Nosotros hemos sido desterrados también, cachorro. Somos la Caravana de los Desahuciados.
Y se apartó la tela que le cubría el rostro, y Marco comprendió el porqué de su extraño acento, mientras trataba de no apartar la mirada por respeto, a pesar de la repulsa que le provocaba: el hombre tenía la mitad inferior de su rostro, incluidos los labios y la barbilla, recién arrancados a tiras. Se apreciaban los huesos y los músculos dañados en toda su viscosa plenitud.
Al parecer satisfecho con el resultado obtenido, volvió a cubrir su rostro hasta los ojos.
-Este es nuestro castigo por no ser útiles para la guerra. Hemos sido mellados. Si realmente sois simples viajeros, y no pretendéis entrar al servicio del nuevo ejército de Treydjem, os aconsejo que cambiéis de rumbo inmediatamente.
-¿Pero qué salvajada os han…? –comenzó Marco, sintiendo la boca seca y rasposa.
-Inmediatamente –repitió cortante el hombre, y su compañero volvió a reír. Aunque esta vez Marco advirtió que la cualidad de esa risa lindaba con la locura.
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1 comentarios:
espero q regreses renovado de las vacaciones
besos!
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