Una buena lección.
Ya era noche cerrada, y el perseguidor no daba signos de aparecer. O bien se había cansado ya, o había mejorado notoriamente sus capacidades. Marco, sin embargo, procuró no descuidarse. Hizo breves y cautas expediciones a un árbol cercano para tomar leña, y alimentó el fuego tan a menudo como fue capaz. Pero una jornada entera de camino luchaba en su mente contra la vigilia, y cuando percibió que comenzaba a dar cabezazos, y el sueño se apoderaba de él, no hizo mucho por mantenerse despierto. Opinó que su perseguidor, de ser una persona violenta o con malas intenciones, ya lo habría atacado a aquellas alturas, y aunque bien podría tratarse de un simple ladrón, que quizá estaba esperando precisamente a que él se durmiera, apenas tuvo tiempo de meditar aquello antes de que sus ojos se cerraran y su cabeza diera, inerte, contra la piel sobre la que se recostaba. No le dio tiempo ni a despreciarse por ello.
Durante largo rato la figura de Marco se recortó inmóvil contra el resplandor de la hoguera, sin que nada aparte de las llamas perturbase aquella imagen. Todo era quietud. Y en un momento dado, alguien rompió esa quietud, al principio muy lentamente, y más confiado después, según comprobaba que los ruidos que producía al caminar (siempre encontraba el palito que más chascaba bajo sus pies) no interrumpían el sueño de la figura yacente. Avanzó desde un árbol hasta el siguiente como una sombra, encorvado y en tensión. La luna estaba semioculta por jirones de nubes, lo cual jugaba a su favor.
Finalmente, tras una serie de crujidos y roces que hubieran despertado a un borracho en su desmayo, llegó hasta el árbol del que Marco había obtenido la última leña. De ahí avanzó hacia el menguante resplandor del fuego, y al cuerpo de Marco que se recostaba de lado y roncaba con satisfacción. El desconocido se situó por fin ante él, en pie, claramente nervioso, con manos inquietas que volaban de algún bolsillo oculto de su negro traje de tela hasta la empuñadura de una espada que le colgaba a la espalda. Llevaba puesta una capucha que le dejaba al descubierto únicamente los ojos, clavados en Marco con ávida atención.
Dudó durante casi diez minutos, y cada vez que la respiración de Marco se modificaba lo más mínimo, se encrespaba y parecía a punto de echar a correr, y los ojos brillaban con alarma mientras bailaban al son de la hoguera. Los tenía clavados en el cuchillo de Marco, que descansaba inútil a su lado. Entonces pareció decidirse.
Extrajo un pequeño puñal de la chaqueta y se arrodilló junto al durmiente. De pronto perdió el miedo a hacer ruido y su propio nerviosismo lo traicionó.
-¡Tu comida! ¡Tu agua, ya, o eres hombre muerto!
Y apoyó su puñal en la parte carnosa del cuello que quedaba a la vista debajo de la oreja de Marco. Pensaremos que, puesto que lo que había apoyado era la parte no afilada de la hoja, en realidad no deseaba hacer ningún daño a su víctima, aunque pronto se verá que, muy probablemente, no lo había hecho a propósito.
-¿Eh? ¿Qué coño…?
El agresor se sentó sobre él, aplicando su peso (que no era mucho) para mantener a Marco tumbado y, lo más posible, inmovilizado.
-¡Te degollaré! No muevas ni un pelo, desgraciado. Has caído bajo el Hijo de la Sombra.
Quizá porque Marco aún no comprendía nada de lo que estaba sucediendo, y porque su mente se mantenía aún a medias en el reino de los sueños, se revolvió fuertemente, ajeno al peligro, y su agresor cayó espatarrado a un lado con un débil grito de frustración. El cuchillo se fue de su mano hasta más allá del resplandor de la hoguera, y los papeles se invirtieron en un santiamén. Ahora Marco estaba sobre el agresor, aunque no le había dado tiempo todavía a pensar en su propio cuchillo. Acercó sus legañosos ojos a los del encapuchado.
-Pero ¿se puede saber qué estás haciendo? –le escupió. El otro dejó escapar un gemido.
-¡Ríndete! –respondió con voz chillona, como si no se hubiera dado cuenta todavía de que era Marco quien lo dominaba a él, y no al revés-. Morirás de mil formas horribles si no me das tu comida y tu agua. ¡Ahora!
Marco lo observó con los ojos como platos. Las muñecas que sujetaba aplastadas contra el suelo ni siquiera se esforzaban en liberarse. ¿Qué clase de asaltante era ese?
-¿Y para qué quieres mi comida y mi agua? ¿Es que el Hijo de la Sombra no puede proporcionarse su propio alimento?
Percibió un débil intento de liberación, provocado por la ironía del comentario, pero lo reprimió con absoluta facilidad.
-Debo advertírtelo, extranjero: soy versado en las artes de la Magia y la Maldición. Si no me obedeces, caerás bajo mis embrujos.
-¿Que te obedezca? ¿Y por qué habría de hacerlo, si la única orden que me has dado es que te entregue mi comida? ¿Bajo qué autoridad?
Marco no pudo evitar una sonrisa socarrona, que pareció enfurecer al desconocido.
-Vas a conocer el horror y el espanto que…
-¡Fuera máscara! –exclamó Marco, y de un tirón arrancó la capucha y la arrojó hacia atrás, sin que la momentánea liberación del brazo de su atacante supusiera ningún tipo de represalia por su parte. -¡Joder, eres sólo un crío! –exclamó cuando vio el rostro imberbe y los dientes apretados.
El atacante, de unos dieciséis años, se agitó brevemente y, por fin, se dio por vencido. Dejó caer la cabeza y cerró los ojos.
-No soy ningún crío. Y esto me lo vas a pagar.
Marco se quedó callado unos momentos, maldiciendo la manera en que había sido arrancado de su dulce sueño. Luego habló, procurando no dejar entrever esta vez su burla hacia el chaval.
-No es prudente que sigas amenazándome –dijo-. No al menos mientras sea yo quien se mantenga encima. ¿Entiendes?
El atacante no respondió.
-A ver, ¿de dónde sales? ¿Por qué me has estado siguiendo?
Continuó en un obstinado silencio. Marco agarró al chico por las solapas, se acuclilló y lo levantó con él. Pesaba muy poco, desde luego.
-¡Responde! No has elegido un buen momento para hacer el imbécil con tu cuchillo. Mira –se acordó de pronto-, ahí está el mío. Quizá debería pincharte los pulmones con él, a ver si así te empujo las palabras fuera de la boca.
Aquello alarmó al chaval.
-¡Bien, bien! Te responderé, ¡no te excites!
-Pues habla. Y rápido, tengo mucho sueño que recuperar.
Soltó las solapas del chico. Aunque veía la empuñadura de la espada asomando sobre los flacos hombros, no temió ningún movimiento por su parte.
-Soy… soy un desterrado, un hombre perdido sin posibilidad de redención.
-¿Un “hombre”? –se burló Marco.
-¡No te rías de mí! Vengo de los bosques de bambú, al noroeste de Huath. He seguido a lo largo de toda mi vida un entrenamiento feroz. Al parecer, a los ancianos no les ha parecido que mereciera la pena mantenerme con ellos. Esos hombres sabios, esos hombres divinos… -Lo dijo con gran amargura y rencor, casi escupidas las palabras, más que pronunciadas-. Amaba a la nieta de uno de ellos, el Gran Aku, ¡y ella me amaba a mí! Nos sorprendieron juntos.
-¿Te han desterrado por liarte con la hija de un jefe? ¿Es eso?
-Bueno, en parte. También es una intriga política en mi contra. Saben que puedo hacerles mucho daño. Por eso se han librado de mí. No puedo regresar porque me obligarían a suicidarme. Sólo así el honor de mi familia quedaría intacto.
-Y te has encontrado conmigo por casualidad, ¿no es eso?
-He recorrido muchos kilómetros. Esta mañana te he oído en el camino; pensé que serías uno de esos muertos podridos. Has tenido mucha suerte de que me haya dado cuenta a tiempo de que eres un hombre vivo. De otro modo, yacerías en el polvo a estas alturas.
-Estoy seguro de ello –dijo Marco-. Bien, no me importa todo esto. Sigue tu camino, vayas donde vayas, y no vuelvas a seguir a nadie si te sirve el consejo. Podrías encontrarte con alguien menos comprensivo que yo. ¿Has entendido?
El chico titubeó.
-Escucha… No tengo adónde ir. En realidad estoy pensando muy seriamente volver a mi aldea. A lo mejor parece una estupidez, pero quizá sea bueno caer con honor. Al menos, moriría en mi propia tierra.
-Pues hazlo.
El chaval pestañeó. Pareció que había estado esperando otra respuesta.
-Hombre, puede que haya otras opciones. ¿Hacia dónde te diriges tú?
Marco meditó su respuesta.
-No –dijo al fin-. No me interesa. No me fío de ti, y estoy seguro de que no me servirías de ninguna ayuda.
-¡Pero soy un experto en el manejo de la espada! Tú viajas sin espada. Podría protegerte.
Marco no pudo evitar soltar una buena carcajada. Miró su zurrón, y pensó en el poco seso que había demostrado el joven, quien podría haberse limitado a tomar sus víveres y desaparecer sin ningún enfrentamiento mientras él dormía plácidamente. Se agachó y lo tomó mientras se dirigía a él.
-¿Cómo te llamas?
-El Hijo de la Som…
-Tu verdadero nombre, por favor.
-Bueno… Mis padres me llamaban Hyasu. Después de su muerte, en la aldea me conocían como Fuste. Puedes llamarme así.
-¿Fuste?
El chico puso cara de orgullo.
-Soy recio como el fuste de una columna sacudida por el viento. No importa lo fuerte que sople.
-De acuerdo, Hyasu. Toma.
Le dio un par de tiras de pescado y un puñado de frutos secos, que el chico guardó en un pañuelo y escondió luego en un pliegue de su chaqueta mientras miraba a Marco con extrañeza.
-¿Esto significa…?
-Significa que vas a seguir por tu camino y yo por el mío. No puedo hacerme cargo de ti. Si te permito acompañarme, serás responsabilidad mía, y no puedo abarcar una tarea semejante.
-Puedo cuidarme solo.
-Eso lo supongo. Tendrás que seguir haciéndolo.
-Oye, escucha. No estoy pidiéndote tu protección –dijo Hyasu con cólera contenida-. No tengo ni idea de quién eres, ni de qué camino estás recorriendo. Pero me tratas con condescendencia y no sabes nada de mí. Hablas con acento del norte, pero tienes otro muy extraño debajo. Me da la impresión de que eres tú quien no tiene ni idea de adónde lo llevarán sus pasos…
-Mis pasos no son asunto tuyo, ni mío los tuyos. Y no desprecio tu espada, pero no la necesito. Si hago bien lo que tengo que hacer, no me hará falta ninguna.
Hubo un momento de incómodo silencio.
-Eso es todo, entonces –dijo el chico con amargura. Sus ojos decían que nada había salido como él había previsto.
-Sí -respondió Marco con firmeza.
Hyasu apeló a su herido orgullo por última vez.
-Entonces, púdrete –espetó, y Marco, aunque no quería seguir enfureciéndolo, sonrió.- Desprecias una gran ayuda y pronto lo pagarás caro. No hablaré más.
Y antes de obtener respuesta, giró sobre sus talones y se alejó hacia la oscuridad. Su traje negro enseguida se confundió con las sombras. Sin embargo, antes de que Marco tuviera tiempo de advertirle que su puñal no había caído en esa dirección, vio que Hyasu regresaba a grandes zancadas, con los puños apretados.
-¡Perdón! Sí que hablaré más. ¡Un recuerdo!
Y de pronto soltó uno de los puños a la velocidad del rayo y golpeó a Marco en la mandíbula con sorprendente fuerza. Cayó mareado, apenas capaz de creer que semejante polluelo le hubiera podido sacudir un puñetazo semejante. Apoyó las manos en el suelo y trató de levantarse, esperando quizá un segundo y un tercer golpe, pero no se produjeron. Se sentó de nuevo y llevó una mano a la embotada mandíbula: seguramente se lo estaba imaginando, pero le pareció que ya se había hinchado. El cerebro le daba vueltas dentro de la cabeza, golpeando las paredes del cráneo con cada movimiento.
Hyasu lo miró durante un par de segundos más. Recogió la capucha con orgullo y volvió a dar la espalda a Marco, esta vez definitivamente.
De pronto a Marco le vinieron a la mente unas palabras de Odath. Unas que venían al pelo en aquel preciso instante.
Si menosprecias la ayuda que se te muestra en el camino, ¿hasta dónde crees que vas a llegar?
-¡Espera! –exclamó hacia la figura que ya apenas se vislumbraba. Hyasu se detuvo, aunque no se dio la vuelta.
-Supongo que me lo merecía… -murmuró, más para sí que para el chico, aunque dejó que este lo oyera-. ¡Escucha, Hyasu! Te pido disculpas. ¿Por qué no te quedas esta noche junto al fuego? Mañana podremos hablar. Quizá me he precipitado.
Hyasu habló, aunque aún no se giró hacia Marco.
-Un buen nudillo es un poderoso remedio contra la estupidez, dicen a menudo. –Entonces sí se giró, y al resplandor del fuego lejano Marco pudo percibir que sonreía.- ¿Reconoces ahora el poder del Hijo de la Sombra?
Marco se rió dolorosamente.
-Tampoco es eso. Pero por la mañana razonaré mejor que después de ser despertado en mitad de la noche con un cuchillo en la garganta. ¿No te parece?
Hyasu se acercó junto a Marco y le tendió una mano.
-Tenemos un acuerdo. Mañana estableceremos las condiciones.
Mientras se dejaba levantar, Marco farfulló:
-Veremos si deseas seguir mi camino cuando te explique hacia dónde me dirijo.
-Veremos –dijo Hyasu.
Se observaron un instante, midiéndose, examinándose mutuamente.
-Tengo que mear, y luego dormir lo que me queda. Tu puñetazo me ayudará a ello –dijo Marco por fin, y se alejó un poco.
El Hijo de la Sombra asintió, y se sentó sobre la piel junto al fuego, mientras desataba las tiras que sujetaban sus botas negras. Sonreía radiante, aunque procuró que su nuevo compañero no se diera cuenta cuando regresó y se echó a su lado.
-¿Te fías de mí? –preguntó Hyasu, algo sorprendido, cuando vio que Marco le daba la espalda, en su lado del pellejo. Su espada descansaba a su lado, ávida de sangre.
-Por supuesto que no. Y ahora, duerme y calla, te lo suplico.
Hyasu se recostó y contempló un rato las estrellas por entre las nubes veloces. A ninguno le costó mucho conciliar el sueño.
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3 comentarios:
ya va creciendo la familia....
y los capìtulos, cada vez, se me hacen màs cortos.
Besitos Alvaruchi!
Sr. de la Riva, un placer encontrarlo en la web contando historias tan entretenidas.
Añade el widget de blogger de seguidores y aquí tienes a uno.
Un abrazo
¡Coño, Eduardo! ¡Qué alegría y qué sorpresa! Espero que te guste lo que hayas hurgado, y que hurgues cuanto quieras en el resto, por supuesto. ¡Un abrazo pa usté!
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