El Perseguidor descuidado.
Marco sujetó su taza (que en realidad no era más que la mitad de un pequeño coco alisado con primor) mientras Odath vertía el té directamente desde el achicharrado artefacto. Lo sujetaba por el gancho, y con la mano izquierda, protegida por una piel plegada, iba inclinándolo desde su base. El líquido parecía mucho más oscuro y espeso de lo que debía de ser en realidad, teniendo en cuenta la semipenumbra que, cada vez más, se iba posesionando de la cabaña.
-Cuidado no te salpique –dijo Odath.
-Eso depende de ti, supongo –dijo Marco con una sonrisa.- Huele bien.
-Te sentará de maravilla. Tiene un efecto balsámico: suaviza el cuerpo sin atontar la mente. Yo misma recojo las hojas.
-Hmmm. –Marco aspiró el tenue humo que desprendía su taza. Y en efecto, aunque seguramente fue producto más de las palabras de Odath que de las propiedades del té mismo, notó que su cuerpo se relajaba al momento. Trató de dar un sorbo y casi se achicharró los labios. Odath lo miró con regocijo cuando brincó.
-No puedo reeducarte a estas alturas, Marco, es demasiado tarde. Pero si está muy caliente, sólo debes esperar a que se enfríe un poco.
-Sí, sí… -murmuró él. Odath rellenó su propio coco, que estaba en el suelo, y después dejó la tetera y el trípode en su lugar, junto a la pared.
-Ahora bebamos en silencio, por favor, Marco. Honramos así tanto a los que nos precedieron como a los que vendrán. Por Reday y su compañero de juegos, Edorate.
Marco levantó su taza unos momentos, imitándola, aunque no tenía ni idea de quién sería ese Reday; a Edorate lo conocía de Tamnar: el dios de las tormentas. Se preguntó si pertenecerían a esos doce Viejos Dioses que habían sido hombres, pero no se sorprendió mucho cuando descubrió que le daba más o menos lo mismo saberlo.
Mediante cautelosos tanteos, determinó cuándo podría sorber de la taza sin abrasarse, y disfrutó cuando el líquido caliente se extendió en su estómago como un reconfortante licor. Odath parecía mucho más preparada que él, y terminó el suyo enseguida, aunque lo esperó mientras lo observaba con mucha atención; Marco llegó a sentirse incómodo por esa forma de escrutinio, a través de semejantes ojos, y a pesar de la diferencia de edad se sonrojó como un adolescente. Caramba, si era bella; aún lo era.
Finalizado el té, Odath tomó el cuenco de manos de Marco y lo dejó en el suelo sobre el suyo, junto a sus piernas. Luego se aclaró la garganta.
-Y bien, Marco, deja que la bebida haga su efecto y relájate. Voy a revelarte lo que el viento me ha comunicado acerca de tu viaje.
Marco, que aún no se creía del todo aquella historia del viento parlante, no pudo reprimir la respuesta que saltó a su boca.
-¿Y si no me da la gana seguir los designios del viento? ¿Quién me asegura que todo lo que me dices es cierto, y que no me estás utilizando para tus propios fines?
Ella lo miró intensamente durante un par de segundos.
-¿Eso te parece? –dijo al fin-. ¿Crees que yo podría haber deducido, cuando te salvé de la criatura, que andabas buscando a Verhent, sólo por tus ropas? ¿O piensas que te he estado siguiendo y he escuchado tus conversaciones en Tamnar? ¡No seas estúpido, si puedes evitarlo, Marco!
-No, si me refiero a…
-Sé a qué te refieres. ¿Cómo puede dudar una persona como tú de una historia como la mía? Haz lo que quieras hacer, por supuesto; como ya te he dicho, yo sólo escucho al viento, ni discuto con él ni opino acerca de sus designios. Al final harás lo que te plazca, o lo que corresponda según la situación en la que te halles metido, pero deja de demostrar que no circula la sangre por tu seso y escucha lo que tengo que decirte. ¿Te parece bien? Aunque sólo sea porque te he invitado a pasar la noche en mi cabaña después de haberte salvado la vida.
-Vale, sí, disculpa. –Marco estaba avergonzado en cierto modo, aunque una parte de él albergaba aún una lógica duda respecto a Odath.
Ella sacudió la cabeza.
-Tienes que centrarte un poco, Marco. De veras. Comprendo tu visión del mundo y la urgencia que te guía, pero si menosprecias la ayuda que se te muestra en el camino, ¿hasta dónde crees que vas a llegar? Yo recorrí hace algunos años una buena parte de Huath, y puedo asegurarte que no sólo hay criaturas malignas paseándose por su superficie. También hay gente buena. Y esta gente buena debe ser tratada como tal. No pretendas simplemente utilizarla para llevar a cabo tu misión de rescate, porque todos tenemos nuestros problemas. Cometerías un error tremendo si no te inmiscuyes.
-Tienes raz…
-Conmigo has tenido suerte, porque únicamente te serviré de ayuda y no te pediré nada a cambio, pero no siempre será así. ¿Entiendes?
-Sí, lo ent…
-Pues entonces no debes desconfiar de este modo. Tú, que tanto has visto, y que tanto te queda por ver. Fíate de tu intuición en los desvíos, y así siempre accederás al camino correcto.
Marco frunció el entrecejo, con una última y desesperada resistencia ante el sermón de Odath.
-Eso mismo hice con Drilce. Me fié de ella. Regresé un día a casa, sin embargo, y la pillé en la cama con su profesor de…
-¡No me interesa! ¿De qué cojones me estás hablando? –lo interrumpió Odath.- Hay un aquí y un ahora. El pasado está bien como guía, y si no hubieras comprendido eso no estarías hoy conmigo, así que no me cuentes esa historia a menos que desees pasar la noche en el bosque.
Hubo un silencio que Marco no se atrevió a romper. Fue ella quien lo hizo, tras un apreciativo examen de los ojos de él.
-Tengo que contarte lo del templo de Naksuru. Con esto pondré fin a la petición del viento, y ya sólo nos quedará pasar la tarde. Dormiremos de noche y partirás por la mañana. Y no volveré a verte nunca más. En parte lo siento, porque me gustaría que pasases por aquí alguna otra vez y me contaras qué tal te fue, pero como ya te dije, no me queda mucho. Supongo que ya me enteraré, de uno u otro modo, ¿verdad?
-Supongo. Dependerá de adónde vayas, digo yo.
-Regresaré al bosque con él.
-Pareces muy segura.
-Lo estoy.
-Entonces eres afortunada. Se puede habitar en el recuerdo, en el otro lado. Pero, por lo que sé, debes abandonar este con la mente clara; si no, podrías terminar en el infierno de un loco.
Odath sonrió, y se iluminó la cabaña.
-No te preocupes por eso.
Marco asintió, y de pronto se sintió invadido por una nueva oleada de respeto y admiración por aquella mujer. Era valiente, y le recordaba a Drilce en muchos aspectos.
-De acuerdo. Cuéntame lo del templo ese, Odath.
-Al este de Huath –empezó ella-, a pocos cientos de metros de la orilla donde termina la Cordillera de Fed, que divide el continente, existe un lugar de poder. Lo forman varios islotes, y desde tiempos inmemoriales se ha respirado allí el veneno del reino de los muertos. Hace miles de años llegó un hombre en un barco, perdido con algunos miembros de su tripulación, que venía de más allá del mar. La leyenda cuenta que atracó en el más grande de esos islotes y que allí realizó un ritual con sangre, porque debía comunicarse con los muertos. Estos acudieron a su llamada y atendieron sus peticiones, y el hombre se marchó poco después. Lo que aquel hombre no sabía era que estaba siendo vigilado. Una raza primitiva de Huath, desmembrada de la facción principal que comenzaba a poblar el norte, acudió a nado al islote, a la vista del extraño barco, y tomó buena nota del ritual efectuado. La raza estaba formada por hombres primitivos, poco dados a seguir a sus hermanos más hacia el norte. Eran toscos, supersticiosos y muy, muy belicosos.
-¿Eran de la tribu de Verhent?
-Posteriores. En aquella época Verhent debía de estar ya refugiado en el sur. Fue después de su encuentro con los dioses, aunque antes de que prestara su apoyo en la primera de las grandes guerras contra el norte. –Odath hizo un gesto con la mano y continuó-. Aquellos hombres estaban ya entregados al mal, y sabían desde hacía tiempo que aquellos islotes se encontraban en uno de los puntos malditos de Huath. Pero no tenían, quizá, la suficiente inteligencia como para desarrollar los ritos necesarios en la invocación de los muertos. Ese hombre perdido les mostró cómo hacerlo.
-¿Quién era ese hombre?
-Nadie. Un navegante errante. Nunca se supo nada más de él, al menos hasta donde yo llego. –Puso los ojos en blanco.- ¿Quieres dejar de interrumpirme?
-Perdona.
-Los hombres de la tribu no perdieron un instante. Imitaron en todo el ritual; degollaron una cabra y ofrecieron su sangre a los espíritus, y de los recovecos de las rocas comenzaron a aparecer las almas sedientas para saciarse. No se lo permitieron hasta que les hablaron de los misterios del Otro Lado, y así descubrieron más cosas todavía, cosas más oscuras que las que ya sabían, y a las que ya estaban entregados. Así, a grandes esfuerzos, llevando piedra por piedra en ruinosas barcuchas, edificaron el Templo de Naksuru. Y una vez levantado, realizaron el ritual definitivo, el que les traería de vuelta a su adorado Rettilnak, pero algo salió mal, incluso para ellos. De un día para otro, se esfumaron de la faz de la Tierra. No, no sé qué les pasó –se apresuró a añadir al ver que Marco abría la boca, y él carraspeó quedamente-. Posiblemente les salió el tiro por la culata y, en lugar de arrastrar afuera al dios encadenado, se vieron ellos absorbidos por el bucle. Fuera lo que fuese, desaparecieron. Todavía quedan algunos descendientes dispersos de aquella tribu en las cercanías, pero ni siquiera ellos se atreven a penetrar en el templo. Y desde entonces ahí se encuentra, a la vista de la costa, demasiado cercano y accesible, protegido sólo por el miedo que provoca y por la niebla perenne que lo envuelve. Pero parece que uno se ha atrevido a excavar en sus secretos.
-Verhent.
-Por supuesto. Verhent. Sé que lo ha hecho recientemente; ha debido de reunir un valor extraordinario para arriesgarse a un segundo encuentro con Rettilnak, si es que es eso lo que ha sucedido. Pero ha hecho algo en ese templo, y muy posiblemente las criaturas que se están levantando de sus sepulturas tengan mucho que ver con esa visita.
Marco pensó unos segundos.
-Bueno, ¿y dónde se supone que entro yo, en todo esto? ¿No pretenderás que vaya allí?
-Vuelvo a decírtelo, Marco: el viento me habla y yo no lo discuto. Precisamente, eso es lo que me ha dicho. No sé nada más: ni qué te vas a encontrar, ni cómo debes actuar, ni nada. Pero sí sé que, de ser el templo el origen del levantamiento de los muertos, muy posiblemente el remedio, si es que existe, siga estando allí. Esto será decisión tuya. El viento espera cosas de ti, y por lo tanto debe de pensar que eres válido para ello. Y sólo por eso me he fiado yo de ti.
Marco no respondió, y dedicó un par de minutos a ordenar sus ideas. Su prioridad seguía estando clara: arrancar a Drilce de las zarpas de Verhent. Cuando pisó Huath por segunda vez no pensó que iba a resultarle tan difícil llegar hasta Verhent. Cada minuto que transcurría su misión se iba complicando. En primer lugar, la guerra. Él no podía perder el tiempo en esas nimiedades. Que los habitantes de Huath se masacraran entre ellos, si les placía; incluso podría venirle bien que Verhent no se hallara en su morada cuando él llegase allí. Sin embargo, Odath tenía razón en todo: no podía dejar de inmiscuirse. No por convicciones morales, ni nada de eso; pero le quedaba un largo camino, y era poco probable que pudiera recorrerlo virgen de la situación en la que se estaba viendo inmerso. Pero es que además, de pronto, se le mostraba una posibilidad: no sólo rescatar a Drilce, sino hacer algo que pudiera herir a Verhent. Si realmente los muertos estaban dirigiéndose al sur a engrosar las filas de un ejército del maldito cabrón, y en el templo había algo que pudiera echar al traste sus intenciones, ¿no debería intentarlo, al menos? ¿Aunque sólo fuera para satisfacer su ansia de venganza? ¿Un pequeño regalo para el hijo puta, por así decirlo? Hacía tiempo que había perdido el miedo a lo desconocido, y dudaba que en el templo, por muy maldito que estuviese, se encontrara con algo más horrible que todo lo que ya se había encontrado.
Sin embargo, todo aquello podía ser muy bonito, revelado en aquella cabaña, protegido por un techo y un certero arco de tejo. Marco se conocía de sobra, así que no pensaba precipitarse, por mucho que los verdes ojos de Odath estuvieran clavados en los suyos, esperando, quizá, una respuesta. Carraspeó.
-Supongo que ese viento tuyo sabe lo que se hace –dijo-, y no voy a negártelo, no a estas alturas. Pero dile, si es que no me está escuchando, que si mi camino me lleva hacia el templo, entraré en él a ver qué encuentro; pero que, si me va a suponer un rodeo, la más mínima pérdida de tiempo, es muy posible que ni me plantee acudir a él.
-Me parece bien, es justo. –Marco casi respingó: había esperado algo más de discusión al respecto.- Pero piensa que, muy probablemente, un debilitamiento del ejército de Verhent te beneficiará a ti también en tu búsqueda.
-Lo pensaré –prometió Marco-. Cuando llegue el momento.
Así finalizó la conversación.
Odath pidió a Marco que la acompañara afuera, prometiéndole que le enseñaría a usar el arco. Salieron al exterior y vieron que la tarde estaba avanzada, aunque todavía tenían tiempo para practicar un poco antes de que la luz se esfumara.
-Toma, cógelo –dijo ella, tendiéndole el arma. Marco lo agarró casi como si pudiera pegarle un mordisco a traición.- Ahora coloca esta flecha en la cuerda, apoyándola ahí, en esa muesca, y mantén firme el brazo izquierdo mientras tensas. Lo más importante es el brazo izquierdo, no lo olvides.
Tras una docena de penosos intentos, finalmente Marco consiguió acertar una flecha en el tronco. Odath aplaudió.
-No es lo mío –refunfuñó él-, no sé para qué quieres enseñarme si ni siquiera tengo arco.
-¡Tú tira! A ver si repites tu marca.
La noche se les echó encima, y Marco se sintió aún más frustrado que antes; pues, si al principio tenía la excusa del neófito, sus posteriores fracasos lo confirmaron como un arquero de horrible talento. Quizá por evitar esa frustración dedicaba tan poco tiempo al deporte en general.
-¡Tira!
-¡Pero si ya no veo! ¿Qué juego es este?
-¡Tira! –repitió Odath.
Sólo por satisfacerla, Marco soltó la flecha. Se perdió en la oscuridad con un chasquido.
-¿Contenta? –preguntó mientras le devolvía el arco.
-Sí –respondió Odath-. Es más seguro acertar a un enemigo si al menos disparas. Aunque no lo veas.
Entraron en la cabaña y compartieron otro té, y unas tiras de carne seca que colgaban de unos ganchos de las vigas del techo. Odath le contó a Marco muchas cosas de su vida, y de lo poco que le quedaba en ella. Quizá resultaría inapropiado revelar aquí esa historia, que fue larga y llena de misterios, rodeada siempre de un halo de fatalidad que hacía aumentar el resplandor verdoso de sus ojos, de manera que la guardaremos para otra ocasión. Marco sintió durante fugaces pero intensos momentos que no le habría resultado difícil enamorarse de ella, en otras circunstancias, y a pesar de la edad que los dividía.
Durmieron cada uno a un lado de las cenizas humeantes. A la mañana siguiente Odath lo despertó con mirada triste.
-Es hora de que partas, Marco. ¿Quieres alargar la despedida?
-No –farfulló él, aún medio dormido-. No, mejor me levanto ya. –Recogió su zurrón y se lavó la cara con agua de una palangana de bronce, antes de seguir a Odath afuera.
Salieron a la radiante mañana. El aire estaba fresco y removía sus cabellos; parecía mentira en cierto sentido que el viaje que aguardaba a Marco fuera a ser desagradable, o incómodo siquiera.
-No olvides nada de lo que hemos hablado, Marco –dijo Odath-. Sigue ese camino. Va hacia el sur, pero no tarda en girar al oeste. Cuando cruces el río llegarás a una encrucijada. Toma el camino de la izquierda, y en tres o cuatro jornadas llegarás a Domova. No tiene pérdida.
Marco se demoró un par de minutos, dedicado exclusivamente a escrutar los pozos verdes de su rostro.
-Volveré por el mismo camino –dijo- y procuraré encontrarte.
-No lo harás, a menos que excaves en la tierra.
-Entonces eso haré- afirmó.
Odath no pudo ocultar su risa. Esa risa llena de dientes. ¿Cómo podía estar a punto de morir una persona con los dientes tan jodidamente sanos?
-Toma, Marco. Quizá te ayude en tu camino. Espero que le des un uso correcto: yo ya no lo voy a necesitar más.
Extendió las manos y le ofreció su viejo arco. Él lo hizo girar entre sus manos mientras lo contemplaba con el ceño fruncido.
-Pero, ¿y si aparece alguna de las criaturas? ¿Cómo vas a…?
-No me dará tiempo ya. Te he esperado casi hasta el límite, aunque no te lo creas.
-Joder. No hago más que despedirme de la gente, y no hacéis más que darme regalos. Y yo no tengo nada que ofrecerte.
Odath sonrió, permitiéndole visualizar el conjunto dental armónico por última vez.
-Ten cuidado con Verhent. Eso será regalo suficiente. Y mucha suerte, Marco. Espero que consigas salvar a tu chica.
Se dio media vuelta, la espalda cargada de años, y se metió en su cabaña apartando las pieles con su mano arrugada. Marco estuvo esperando una mirada de despedida, quizá un guiño del verde brillante, pero cuando la piel cayó sobre su lugar y cubrió por completo la entrada comprendió que aquello era todo.
Respiró profundamente y observó el camino que se abría en la parte sur del poblado. Por más que lo intentó, no halló un motivo lo suficientemente creíble como para entrar en la cabaña y hablar con Odath una última vez, así que se puso en camino, sin más. Llevaba el carcaj colgado del hombro opuesto al zurrón, y encontró una forma más o menos cómoda de llevar el arco, colgado por la cuerda del mismo zurrón, a modo de percha. Le había dado además doce flechas bien calibradas, de punta de hierro y penacho de pluma de algún ave incomprensible, y una porción de tripa curtida en tiras con la que podría renovar el cordaje, si le hacía falta. En ningún momento pensó que podría darle alguna utilidad al arma. Al menos, él no.
Avanzó por el camino y enseguida el bosque lo rodeó de nuevo. Durante veinte o treinta minutos el sendero lo condujo al sur, pero de pronto viró hacia el oeste, en una curva cerrada en cuyo vértice se encontraba una roca negra, de unos dos metros de altura. Resultaba tan extraño comprobar el contraste que producía, que no pudo evitar acercarse a examinar lo que, en un principio, tomó por muescas provocadas por la erosión. Al fijar la vista en aquellas marcas comprobó que, en realidad, se trataba de escritura. Unos signos geométricos que el tiempo había sacudido casi hasta la desaparición, pero aún eran legibles… al menos para alguien que no fuera él. No supo qué decían, pero grabó a fuego en la mente los trazos, interpretándolos como un mensaje de despedida de Odath. Quizá más adelante, y aquí Marco mostró un poco de su miserable don de la profecía, alguien podría traducírselo.
Llegó al río poco después. Hasta aquel momento no se le había ocurrido que podría cruzarse de nuevo con algún cadáver andante que saliera de pronto de la espesura, como aquel primero, pero supuso que tendría que confiar en la suerte. Por si acaso, extrajo su cuchillo. Del arco no se fiaba todavía.
El camino llevaba hasta un puente desvencijado de madera podrida, casi completamente arrastrado por la corriente, pero con suerte (y con tobillos firmes) aún transitable. Comprendió que el vado por el que había cruzado la mañana anterior no podía estar muy lejos, al norte. Cruzó con infinito cuidado y respiró más tranquilo cuando pisó la tierra de la otra orilla.
Entonces escuchó un sonido, como de ramas que se apartaban a toda prisa, y le pareció captar con el rabillo del ojo un movimiento de algo que se apresuraba a esconderse en la espesura. Levantó el cuchillo y se quedó absolutamente quieto, esperando. Nada sucedió. Quizá había sido un animal.
Pero cuando reinició la marcha en dirección a Domova, tomando el camino en el cruce que Odath le había indicado, pudo percibir que algo no muy cuidadoso lo seguía, creyéndose quizá invisible e inaudible, algo que avanzaba en su misma dirección y que, obviamente, no tenía mucha práctica en el arte del camuflaje y el secretismo. Al principio pensó que podría tratarse de uno de los muertos, pero tras varias horas escuchándolo sin cesar, a veces más cerca y a veces más lejos pero siempre presente, llegó a la irrefutable conclusión de que un ser de esos jamás habría procurado seguirlo, en lugar de echarse encima de él. Tampoco debía de tratarse de un animal: demasiado empecinado. Incluso se le ocurrió que podría tratarse de Odath, y se sorprendió de su propia alegría cuando le llegó el pensamiento, pero era también absurdo. No, sin duda aquello era un ser humano desconocido.
Cuando cayó la tarde, poco después de haber dejado el bosque definitivamente atrás, decidió acampar. Le apetecía ver cómo se las apañaba su perseguidor para continuar tras él a lo largo del terreno descubierto que se abría ante sí. Se sentó, encendió un fuego con las ramas de algunos árboles dispersos que había recogido mientras caminaba, y sacó un poco de pescado desecado, que masticó con la vista clavada en la creciente oscuridad. Por si acaso, no se separó de su cuchillo: su perseguidor se manifestaría en breve, no le cabía duda.
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1 comentarios:
estoy segura de q los capìtulos no se me haran tan largos cuando los lea impresos en papel ;)
se va poniendo interesante.......
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