miércoles 15 de abril de 2009

El Crimen del Solomillo

Ya estaba papá martilleando en el garaje. Desde mi habitación podía escucharse el rítmico clavetear, incesante, mañanero, como no podía ser de otra forma.
Siempre que discutía con mamá, parecía que tenía la necesidad imperiosa de descargar su furia dándole a su martillo en el garaje, ese rincón de la casa que era, en justicia, suyo, pues allí se encontraban sus herramientas y su coche. Mamá no conducía.
Era curioso que aquella costumbre suya no diese nunca ningún resultado. A papá no le gustaba ser interrumpido, pero la verdad es que yo nunca había visto una estantería, un mueble para las especias o una jaula para pájaros. A veces me daba la sensación de que todo lo que hacía era agarrar una tabla y limitarse a darle golpetazos.
Aquella mañana de primavera el sol lucía con fuerza, prometiendo un resto del día caluroso. Ojalá me hubieran despertado los pájaros, cantando en las ramas del abeto frente a la ventana de mi habitación; hubiera sido un comienzo de sábado fenomenal. En cambio, fue papá, con su incesante escándalo, quien me sacó del sueño de sopetón. En cuanto abrí mi ojo derecho, el que siempre reaccionaba primero, supe que de aquel día no iba a pasar: bajaría al garaje y me enteraría de qué estaba fabricando. Era mi recompensa por haber sido despertado con tanta brusquedad.
En casa, la mayoría de las discusiones surgían por tonterías. Es curioso que un niño de nueve años como yo sepa que no hay motivo de pelea en una pérdida de calcetines, o en una pila llena de platos sin limpiar, y sin embargo mis padres siempre encontraban la chorrada justa para dejar de mirarse con amor. Aquello me aterrorizaba; tanto porque odiaba verlos así, con la cabeza de cada uno mirando a lados opuestos, como por saber que algún día yo haría lo mismo con mi mujer. Si es que me casaba, claro. Tenía más que decidido que yo nunca me pelearía con mi mujer por una cosa tan estúpida como unos calcetines.
Existía una rutina en la mañana posterior a una discusión. Casi siempre, como ya he dicho, papá se pasaba la mañana dando golpes en el garaje. Mamá, sin embargo, parecía preferir largarse a dar un paseo. Salía de casa, murmurando algo como que iba a comprar leche o a mirar vestidos, y se pasaba la mañana fuera, lejos de papá. Así, cada uno descargaba su ira por separado. Y luego, para la hora de la comida, ya estaban felices, y podían volver a mirarse a la cara, y aunque creían que yo no escuchaba, se pedían perdón muy bajito. Y yo me ponía muy contento.

La discusión de la cena anterior podría pasar a los anales del absurdo sin despeinarse. Todo comenzó por un solomillo, y un tarro de mayonesa.
Era uno de los primeros días del mes. Establecí más adelante la lógica de este hecho, en relación con la cena: cuanto más lejos del día 1, menos apetitoso era el alimento. Nada de congelados, nada de latas: cada comienzo de mes, lo que nos aguardaba era siempre delicioso. Aquella noche, mamá había traído de la carnicería tres estupendos pedazos de solomillo. Papá acababa de regresar del trabajo, y aún el sol no se había puesto del todo. También aquello me alegraba, pues en otras estaciones sentía lástima por él, que tenía que salir a la calle en una noche fría y cerrada, mientras mamá y yo lo esperábamos calentitos en casa.
Cuando papá llegó a la cocina, mamá ya tenía la parrilla sobre el fuego, y los tres trozos de carne aguardaban la quema sobre un papel encerado y viscoso, a su lado.
-¡Solomillo! –exclamó papá, encantado-. ¡Qué cosa más rica!
Le dio su beso a mamá y se dirigió al salón para dejar su maletín. Al pasar a mi lado me revolvió el pelo, como siempre hacía.
Mientras la carne chisporroteaba desde la cocina, papá y yo pusimos la mesa: tres platos, tres vasos, el servilletero y la jarra de agua. Luego, los tenedores y los cuchillos. Nos sentamos, aguardando a mamá.
-¿Qué has hecho hoy en el cole? –se interesó papá, mientras tanto. Le conté las peripecias habituales, y él asentía y sonreía. A veces me parecía que tenía nostalgia en la mirada, como si quisiera haber sido él el que echó el partido de fútbol, o el que saltó el potro en la clase de gimnasia. Nunca lo entendí, hasta muchos años después: yo estaba anhelando tener su tamaño, ¿para qué demonios querría él tener el mío? Ser adulto tenía que ser fantástico.
El crepitar de la carne cesó, y al momento apareció mamá, con una bandeja entre las manos y los solomillos, perfectos, dispuestos encima. Bien chamuscados por fuera, y rojitos por dentro: a los tres nos encantaban así.
-¡Hmmm! –se extasió papá cuando la bandeja pasó a su lado y él aspiraba profundamente. Mamá se sentó, después de dejar la bandeja sobre la mesa.
-¿No hay patatas? –pregunté yo.
-No, no hay patatas. A ver si te puedes terminar un solomillo de trescientos gramos –sonrió mamá.
-Seguro que sí –vaticiné.
Alargamos nuestros platos, y mamá depositó en cada uno un jugoso trozo de carne. Efectivamente, eran pesados, pero no tenía ninguna duda de que terminaría con el mío sin problemas.
Papá, sin embargo, en vez de atacar el suyo, se levantó de pronto, como si acabara de ocurrírsele una genialidad.
-¡Un momento! –exclamó, y se fue a la cocina. Mamá y yo lo seguimos con la mirada.
Al cabo de un momento escuchamos abrirse y cerrarse la nevera, y papá regresó con un tarro de mayonesa en una mano, y una expresión de satisfacción en el rostro.
Mamá puso una mueca.
-Espero que no se te ocurra echarle mayonesa al solomillo –sentenció, y capté en su tono que estaba hablando en serio. Papá, sin embargo, sonreía.
-Desde luego que sí.
Abrió el tarro y metió el tenedor en la pasta blanca, y lo removió.
-¡Yo también quiero! –dije.
Mamá se limitó a clavar la mirada en papá. Esa mirada que ponía cuando se estaba enfadando de veras.
-¿Qué? –preguntó papá, con el tenedor lleno de mayonesa a medio camino de su plato. El solomillo aguardaba impaciente.
-¿Cómo que qué? –preguntó mamá-. Acabo de dejarme treinta euros en la carne. Si quieres echarle mayonesa, te hago un filete de cerdo.
Papá seguía acercando el tenedor a su plato, lentamente, sin dejar de mirar a mamá. De pronto intuí que aquello acabaría mal.
-A mí me gusta con mayonesa –dijo simplemente.
-Pedro, no se te ocurra –dijo mamá.
Sin embargo, la desafiante mirada de papá demostraba que no sólo se le estaba ocurriendo, sino que pensaba hacerlo de inmediato.
-A mí me gusta con mayonesa –repitió papá, y ¡plaf!, dejó caer sobre la carne la espesa bola de salsa. Entrecerré los ojos al comprender que el estallido era inminente.

Mamá apretó los labios de aquella forma que yo había aprendido a odiar, tras nueve años de trastadas. Se puso roja como un pimiento, mientras observaba a papá. Él, haciéndose el indiferente, estaba extendiendo la mayonesa sobre la carne. Sin embargo, sus hombros se crisparon ligeramente cuando escuchó la voz aparentemente calmada de mamá, y aquello me convenció de que no estaba dispuesto a recapitular.
-Acabas de tirar treinta euros a la basura. Enhorabuena.
Papá levantó la mirada.
-No son treinta euros. Treinta euros son tres filetes. Yo sólo le echo mayonesa a uno. Eso suma diez, que yo sepa.
-No te hagas el listo, Pedro. No estamos para tirar el dinero de esta f…
Papá estalló, e incluso yo me sorprendí.
-¿Qué coño te pasa? Soy yo quien trae el dinero a esta maldita casa. Eso hace mío el solomillo, la mayonesa, y la jodida cocina entera, si nos ponemos.
-¡Pedro! –exclamó mamá, dirigiéndome una significativa mirada.
-¿Qué? ¿Acaso crees que se va a escandalizar por oír un par de tacos?
-No es por los tacos. Pero la próxima vez, nosotros comeremos solomillo y a ti te traeré una hamburguesa. Así la podrás embadurnar bien con la maldita mayonesa.
-¡Ah! Muy bien. De manera que, en un restaurante de esos coquetos que tanto disfrutas, echarle salsa de roquefort a la carne es un manjar, pero echarle mayonesa no, ¿eh? Joder, Pili, no seas tan insoportablemente pija. Comeré como me plazca y untaré lo que me plazca. Bastante tengo con aguantar todo el día al imbécil de mi jefe, como para llegar a casa y no poder…
-¡Ah, ya salió! ¡Claro! El pobre hombre de su hogar, que trabaja duro y que espera que su mujercita le tenga todo listo. ¿Le hago un masaje en los pies, majestad?
-Pero ¿quieres dejar de decir chorradas?

Ya estaba. Una de las buenas, desde luego, y por el asunto más estúpido que quepa imaginar. Yo no sabía a quién mirar, ni qué cara poner. Me arriesgaba a molestar a cualquiera de ellos si me atrevía a mover una sola pestaña.
Así que allí me quedé, un buen rato, mirando mi solomillo mientras se enfriaba. Papá y mamá continuaron, cada vez diciendo cosas más absurdas, así que al rato me levanté y me fui a mi habitación, sin cenar, y sin que ninguno de ellos se diera cuenta de que me había marchado.
Desde mi cuarto les podía escuchar todavía. Estuve lo más cerca de la vergüenza ajena que puede estarlo un niño de nueve años. Aun así, sabía por experiencia que al día siguiente, para la hora de la comida, ya se habría calmado todo. Sólo tendría que aguantar una mañana de martillazos.

Y esa mañana bajé al garaje, sabiendo que mamá no estaría en casa porque habría salido a comprarse un cinturón, o unas revistas, decidido a husmear en el proyecto de papá, fuera lo que fuese. Todavía no estaba muy seguro de que se le hubiera pasado el enfado, así que juzgué que lo más prudente era acercarme por la rampa y asomarme sin que me viera. Así satisfaría mi curiosidad, y me tomaría mi pequeña e insulsa venganza contra él sabiéndome espía de sus movimientos.
Pegado a la pared, adelanté la cabeza y observé el interior del garaje. Los martillazos no cesaban en sus embates, casi parecía que papá estaba poseído por el alma de un carpintero loco, y pude ver su espalda meneándose mientras el martillo subía y bajaba, subía y bajaba. Avancé paralelo a la puerta, y se amplió el ángulo de mi visión, lo que me permitió contemplar, por primera vez, aquel esperpento en el que trabajaba papá siempre que discutía con mamá. Me entró un divertido escalofrío.
Seguramente papá pensaba que había fabricado un señor armario, pero en realidad aquello no era más que un desvencijado y enorme cajón, mal ensamblado, mal claveteado y mal pulido. Un espanto, en definitiva. Casi me echo a reír en aquel momento.
Ya más satisfecho, regresé a mi habitación. Encendí la videoconsola y eché un par de partidas, hasta que los ruidos dejaron de oírse en la mañana. Papá había terminado.
Por simple curiosidad, me asomé a la ventana, y vi que mi padre arrastraba el cajón hacia el todoterreno, que estaba fuera, y lo introducía trabajosamente en la parte trasera. Parecía pesar una tonelada, a juzgar por sus bufidos. Luego se metió en el coche, arrancó y salió a la carretera.
Cuando regresó, un par de horas más tarde, mamá aún no había vuelto de su paseo. Bajé a recibir a papá, que parecía agotado, pero satisfecho.
-Jaime, hijo –murmuró-, hoy comemos tú y yo solos.
No me atreví a preguntarle acerca del horrible cajón. Me hubiera gustado pasar la mano por su rasposa superficie y criticarlo, como hacía con nuestros trabajos el profesor de manualidades. Sin embargo, nunca volví a verlo.
Y a mamá tampoco.

9 comentarios:

moro dijo...

No te voy a contar la de tonterías que he tenido que aguantar de estos chefs de pacotilla porque me gustara el melón con jamón y otras mil cosas. Es que, qué puta manía. Si yo no me lo tengo que comer, a mi que cojones me importa que te comas un chorongo con nata.

mada4r dijo...

y al final ninguno se comiò el solomillo......

jejeje...el trabajito del padre me lo imaginaba desde el principio.....estarpe atenta por si oigo golpes en el trastero..........

Miki dijo...

Puro Creepshow como debe ser. Que lo ilustre Berni Wrightson ya! ;)

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

¡Hombre! Con tal canto me daría en los dientes, si lo ilustrara quien yo me de sé... ¡Y con un par de vueltas al Berni!:p
Morei, asín son las cosas con las madres. Por eso muchos padres tienen problemas con sus hijos cuando les salen homosexuales: porque no comprenden que nadie tiene que (o debería) decirles lo que tienen que comer.
¡Máaadacuq! En breve ya ni te sorprenderé. Es lo malo de seguir una rutina, lo habitual se convierte en anecdótico y sólo pilla al despistao.

mada4r dijo...

tù siempre me sorprenderàs ,Alvaruchi ;)

david dijo...

En casa está terminantemente prohibido traer carne buena, porque uno de los habitanes de nuestra humilde morada es un habitual del solomillo con ketchup & mahonesa.

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

¡Jajajajaja! Ya verás, la próxima vez que me quieras prohibir embadurnarme el filete... Oirás tactactac en el garaje ;)

PablitoV dijo...

ya sabía yo que eso de la mayonesa tenía que ser autobiográfico.

mada4r dijo...

de lo q se entera una........

 
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