martes 10 de febrero de 2009

Parásitos. Capítulo Cuadragesimoprimero.

He despertado esta mañana, día de extrañas casualidades, sobresaltado por una pesadilla. Es curioso, pero después de cuatro meses, esta ha sido la primera vez que sueño con ellos. Supongo que un psicólogo tendría un par de cosas que contarme, si me diera por visitarlo, aunque cabe la posibilidad de que, simplemente, no recuerde últimamente mis desvaríos oníricos. Mi mente está demasiado abstraída a ese respecto como para que me preocupe demasiado por ello.
He soñado con los cíclopes.
Y con Linda.
Tetis se ha abalanzado sobre mí, como si se hubiera dado cuenta de que necesitaba que alguien me consolara. Magnífica perra. Dulce, babosa Tetis. Se ha subido de un brinco sobre las sábanas revueltas y me ha dado una buena ración de lametones… Estos últimos tiempos me forra a ellos, la muchacha. Parece temer que vuelva a dejarla abandonada varias semanas, y yo ya no sé cómo explicarle que eso no va a suceder.

He decidido poner fin hoy mismo a esta narración. Últimamente no me he visto demasiado animado como para ponerme ante el ordenador y terminar de escribir lo que, con toda seguridad, se considerará (si es que se publica de alguna manera, claro) la ficción barata de un pelmazo subnormal. No me importa. Tengo la nevera llena de latas de Mahou, y vivo tranquilo, de momento al menos, gracias al ingreso que realizó Burt Deenah poco después de nuestro regreso, en concepto de obra y servicio a la embajada. Fue una pasta indecente, mucho más de lo que me había prometido en un principio, pero lo acepté y consideré que, desde luego, me lo había ganado con creces. Habrá que ver cómo consigo escondérselo a la larga y esquelética mano del fisco. Le preguntaré a Burt dentro de unos meses, cuando llegue el momento de declarar, si me puede apañar alguna facturita.
He estado un rato sentado en mi cama, sin molestarme demasiado en apartar la nariz fría de Tetis de sus constantes intentos de introducírmela en la boca. No se cansa nunca, bien lo sé yo, así que no me quedaba más remedio que permitírselo. Inasequible al desaliento, que solía decir Carmen. Y allí sentado, con el corazón latiendo a todo trapo, he rememorado la pesadilla.
Aún me estremezco, sí, ¿y qué?

Aparecía Linda y me daba la mano, y me miraba con ternura pero sin hablar. De alguna manera, yo sabía que se había decidido por fin a abrirme de par en par las ventanas de su corazón, y sentía una desmesurada felicidad. No sé por dónde paseábamos, pero el sol nos cubría, brillante y magnífico, y nos dejábamos empapar por él.
Pero de pronto unas nubes grises, algodonosamente obscenas y enormes, se apresuraron a taparnos el sol, sumiéndonos en una penumbra gris y fría que nos vapuleó el alma. Y al instante, de todas partes comenzaron a surgir figuras encapuchadas que se acercaban a nosotros con las manos extendidas, hambrientas; producían un sonido chirriante que reconocí con un escalofrío.
Tiré de Linda, dispuesto a huir por entre los monstruos voraces, pero ella no se movía. La miré, aterrado: estaba sonriendo y babeando. Había cambiado de pronto, y no sólo no quería salvarse, sino que trataba de retenerme a mí.
-Ven, Daniel, ven. No es tan malo.
No he gritado cuando he abierto los ojos, pero de buena gana lo hubiera hecho.

Tras una dilatada sesión de embestidas y lametazos, Tetis me ha permitido levantarme y prepararme un café; Dios sabe cuánto lo necesitaba. Ayer fue un día relativamente duro, en cuanto a pimple se refiere. Últimamente bebo bastante; no sé si más que antes, pero desde luego, menos, no.
Cuando el café ha estado preparado, tras salpicar desde la vieja cafetera el hornillo de la vieja vitrocerámica en una serie de chisporroteos de indignación, me he agenciado mi vieja taza, regalo de una Carmen que a estas alturas es ya una absoluta desconocida, y la he llenado casi hasta el borde del negro líquido. En eso sí que he cambiado: ya no le añado leche.
La mesita donde suelo desayunar estaba cubierta de latas estrujadas (es lo que me permite reconocer, durante el proceso de chufa, cuándo están llenas y cuándo vacías: las estrujo). Tras hacerme un hueco con el brazo, he abierto el ordenador portátil, que estaba enterrado debajo. La pesadilla pulsaba en mi cabeza; casi me decido a limitarme a ver la tele. Sin embargo, aquí estoy, con ganas de ponerle ya punto final. No me extenderé demasiado.

Cuando llegué a casa, aquella noche de nuestro regreso, casi subí corriendo las escaleras, ansiando en progresión geométrica el recibimiento de Tetis a medida que acortaba la distancia hasta mi puerta. Cuando aún me faltaba un rellano, la escuché aullar como loca: sabía que yo llegaba.
El recibimiento fue digno de una amante incondicional. En sus ojos, tan expresivos siempre, no había el más ligero reproche, y me dio un breve ataque de remordimientos por haberla dejado abandonada tanto tiempo. En cuanto conseguí abrir la puerta se abalanzó sobre mí, derribándome, y me fustigó con su lengua en mitad del pasillo. El escándalo era tal que la vecina de arriba se asomó por la escalera.
-¡Ah! ¿Dónde ha estado? Le he dado a la perra de comer y la he estado paseando. ¿Cómo se le ocurre desaparecer tanto tiempo sin avisar, por el amor de Dios? ¡Y qué aspecto tiene usted!
Entre sonrisas, mientras intentaba en vano alejar un poco a Tetis, respondí como pude.
-¡Lo siento! Surgió algo. Se lo agradezco, ¿eh?
No me respondió; meneó la cabeza y desapareció. Creo que desde entonces me mira de manera diferente, y ni siquiera mi ayuda habitual para subirle la compra cuando la escucho afanarse en la escalera le ha hecho, de momento, perdonarme. Me parece bien, seguramente lo merezco.
Aquella noche celebré mi regreso en el sofá, con latas de cerveza (que ya echaba de menos, a pesar de que los efectos del vino cíclope no se habían desvanecido del todo) y la reconfortante y amorosa cabeza de Tetis en mi regazo. No encendí la tele: pasé media noche acariciándome la barba y meditando sin poder evitarlo acerca del viaje. Linda venía una y otra vez a mi cabeza, pero finalmente conseguí nublarme lo suficiente como para que se alejara. No tenía ganas de pensar. Aun así, se me colaban retazos constantes. Finalmente, la borrachera me venció y caí dormido como un tronco.

Como la mañana en la que todo comenzó, aún no me encontraba del todo despierto cuando sonó el teléfono. Demasiado temprano, como corresponde.
Era Deenah.
-¿Danny Boy? ¿Qué tal estás, muchacho?
-Muy contento, imagínate. De resaca de pelotas. ¿Qué pasa con tu mano al final? ¿Te van a poner una de goma para que puedas seguir haciéndote pajas?
Soltó una carcajada.
-Pues aquí estoy, tirado en la cama. Estuvieron mirándome la herida: sí que se había infectado, joder. Me han dicho que un poco más, y no lo cuento. Pero que no entienden cómo me ha aguantado tanto tiempo sin matarme. Me operan mañana o pasado, cuando me hayan metido unas cuantas agujas más.
-¿Les has contado la teoría de la saliva de Linda?
-Hmmm… Daniel, no. Precisamente quería comentarte que, si es posible, no vayas contando nada por ahí, al menos de momento. Supongo que tendrás unos días ajetreados: a mí ya me están bombardeando a preguntas los periodistas. Precisamente tengo a uno esperando fuera, un gilipollas medio calvo con su libretita y todo. Quieren saber qué pasó en la embajada.
-¿Sí? ¿Y qué pasó?
-¿No has hablado todavía con el Marco este?
-Prácticamente, me acabo de despertar.
-Pues entonces, será mejor que te lo cuente él. Te llamará hoy mismo. Me dijo que quiere que vayas unos cuantos días a hablar con ellos. A mí me dejan en paz de momento, pero me temo que, cuando salga de aquí, me voy a enterar de lo que es bueno.
Hice la pregunta que había estado conteniendo.
-¿Sabes algo de Linda?
Hubo un silencio. Luego escuché la voz medida de Burt.
-Me lo ha contado Marco hace un rato: está muy mal –anunció, confirmando con su tono mis más horribles sospechas.- No saben qué le ha pasado a su mente. La van a estudiar con mucho cuidado; creen que ha podido ser a causa de la ingestión de algún tipo de droga. No les han contado la verdadera causa.
-Rettilnosequé –murmuré-. ¿Te dice algo?
-No, en absoluto.
-Ni a mí. Me alegro de que la puta aquella haya perdido el brazo; espero que esté retorciéndose de dolor en su cueva, y que tenga una muerte lenta. Joder, Linda…
-No pierdas la esperanza, Danny Boy –me dijo Deenah, al captar cómo se me ahogaba la voz.
-Claro –dije. Tetis me lamió la mano.
Escuché una segunda voz a través del teléfono. Luego Burt me dijo:
-Tengo que dejarte, Danny Boy. Este aprendiz de doctor me ha prometido que va a meterme algo frío por el culo, y no quiero hacerle esperar.
-Ya hablaremos, entonces –dije, riendo sin poder evitarlo: menudo trabajo le daría al pobre hombre, si tenía que apartar tanta carne para llegar al orificio.
-Cuídate, muchacho. Estamos en contacto.
-Suerte con la operación.
-Gracias.
Colgó. Miré a Tetis.
-¿Qué te parece un buen paseo, después de una ducha fresquita y un afeitado?
Con sus cabriolas y sus jadeos me hizo saber que le parecía muy bien.

Hablé con Marco. Efectivamente, me llamó, y hasta que respondí no me di cuenta de que en ningún momento le había dado mi número. Supongo que estaban bien organizados… y que todavía lo están.
Acudí a la cita que me propuso al día siguiente. Allí, en un piso enorme en pleno centro, me contó aquellos detalles de los tres cíclopes en la embajada. Al parecer, a los dos días de marcharnos nosotros, tras el revuelo de burocracia y preguntas sin respuesta que habíamos dejado atrás, los cíclopes habían comenzado a moverse de repente. Estaban allí los compañeros de Linda y el militar silencioso; y Marcelo, que había regresado a su vigilancia con la excusa de un nuevo intento de la Iglesia por cubrir el tema. Murieron todos. Incluso a Marcelo lo pilló por sorpresa, en cierto modo. Supongo que, a veces, incluso el cuidador de cocodrilos puede ser aplastado entre las mandíbulas de su criatura.
Los dos soldados de vigilancia se encargaron de acabar con los tres cíclopes. Qué diferente debió de ser de aquellas luchas contra Zeus y sus hombres: la tecnología bien aplicada a la masacre venció esta vez, sin ninguna duda. Un par de rifles automáticos se encargaron de abreviar la batalla.
Habían conseguido medio tapar el asunto incendiándolo todo, en el sótano. Por supuesto, Washington envió a más hombres, pero Marco se encargó de informar de lo que debía, poniéndose en contacto directamente con el jefe de Linda. Aquello estaba arreglado. Pero me contó que el regreso del Krut lo mantuvieron siempre en secreto.
-No les dimos ninguna explicación. No saben que Marcelo se había encontrado con vosotros allá afuera, por supuesto. Hubieran querido quedárselo.
-¿A Marcelo, o al Krut? –pregunté con ironía.
-A ambos.
-Pero, ahora que hemos regresado, ¿no volverán a interesarse?
-Seguro que sí. Os van a bombardear a preguntas. Al embajador ya le hemos dicho lo que tiene que contarles. Básicamente, que no recordáis nada, ni siquiera cómo habéis llegado a vuestras casas. La situación de Linda reforzará el argumento de que vuestras mentes han sido tocadas.
-¿Qué vio Linda, exactamente? –le pregunté, aparentemente calmado. Ni él ni nadie tenía por qué saber nada de nuestra inconclusa historia.
-Estuvo en el Vacío entre los mundos. Allí hay cosas… dioses, según algunos, y monstruos, según otros. No sabemos qué vio, porque nadie que haya estado allí ha podido contarlo. Al menos, que nosotros sepamos. Aunque hay quien asegura que hay por ahí un par de tipos que lo han logrado.
-¿Creéis en toda esa mierda, en el Vaticano?
-Y en muchas cosas más –dijo, sonriendo.

Finalmente, conseguí librarme de casi todo el asunto. Tuve un par de días malos, aunque supongo que nada en comparación con lo que debió de pasar el Sapo Deenah. Me interrogaron, en efecto, unos jerifaltes venidos expresamente de Washington. Supongo que mi aspecto y mi cara de idiota recalcitrado les hicieron plantearse que no iban a conseguir sacar mucho de mí. Me aferré a la idea de que no sabía nada, y durante algunos momentos de esos dos días de constantes preguntas, creo que incluso llegué a convencerme de ello. Temí que mi cabeza iba a terminar por estallar. Como la de Linda.
La prensa terminó por cansarse de la idea de la nave que había bajado a visitar desde las estrellas a aquel pequeño pueblecito de León, y poco a poco la noticia se fue difuminando en los periódicos, hasta que prácticamente desapareció. La vida está muy mal, al parecer, como para darle demasiada importancia a la información escasa que, desde el primer momento, habían conseguido filtrar. Pronto el paro, la guerra y la incompetencia de los gobiernos y las oposiciones ocuparon satisfechos el lugar que les correspondía, en primera plana. No pude alegrarme más.

Pasaron las semanas, y me dediqué casi en exclusiva a escribir por las tardes y a emborracharme por las noches. Tetis fue la mejor compañía e inspiración que pudiera haber deseado, en aquellas tinieblas entre las que se abría camino la hermosa, dolorosa y por siempre amada sonrisa de Linda Hart.
Y este pensamiento me lleva al punto final. Nunca me atreví a visitar a Linda en el hospital psiquiátrico donde pasaba los días y las noches sonriendo como un bebé. Sé que no me hubiera reconocido, y prefería recordarla con aquella vitalidad mordaz que la había caracterizado durante todo el tiempo que pasé con ella. Siempre he esperado que sonara el teléfono y que Deenah me diera noticias de ella. Él sí la visitaba de vez en cuando.
Y esa llamada se ha producido esta misma mañana. Se trata de la segunda y definitiva cosa que me ha hecho sentarme a finalizar la crónica de nuestras aventuras en el mundo de los cíclopes, después de la pesadilla.
He respondido al teléfono con la extraña sensación de que iba a recibir malas noticias. Quizá, en realidad, no han sido tan malas. Lo dejo a juicio vuestro.
-¿Diga?
-¿Danny Boy?
-¡Hombre, Burt! –he dicho con cautela. No sé si aún he aprendido a fiarme del Sapo Deenah.
Hemos estado hablando un poco del tiempo y de otras estupideces. Pero, como es habitual en él, enseguida ha ido directo al grano.
-Me han llamado del psiquiátrico, Daniel.
Se me ha hecho un nudo en el estómago. Ante mi silencio, Burt ha continuado. En voz muy baja.
-Se trata de Linda, Danny Boy. Se ha suicidado en el hospital. Algún cretino dejó a su alcance un cuchillo de ésos de plástico, y ella…
Me he perdido el resto de la frase. Para mi sorpresa, la noticia no me ha pillado demasiado desprevenido, aunque el dolor que me ha producido ha tenido sus considerables dimensiones en mi corazón. Sin embargo, visto cómo había terminado ella, me ha parecido de pronto que, en cierto modo, ha sido lo mejor que podría haber hecho. Quizá sea mejor una muerte rápida que una vida entera babeando, y con la mente perdida en senderos tenebrosos de los que no se puede regresar.
He acompañado el vuelco de mi corazón con una buena dosis de admiración por ella.
Valiente Linda. Valquiria hasta el final.
-¿Estás bien, Danny Boy? –me ha preguntado Burt, al ver que no respondía. He tardado un poco en hacerlo.
-Sí, perfectamente.
-¿Quieres que nos veamos?
-No. No te preocupes, Burt. No pasa nada.
-Sé que te gustaba, Danny Boy -ha comentado tímidamente-. Van a mandar mañana su cuerpo a Washington. Si quieres, podemos ir al tanatorio esta tarde. Como a las siete van a…
-No. No es necesario. Creo que tengo que dejarte, Burt. Mi perra clama por su paseo.
Esa vez ha sido él quien ha guardado un breve silencio.
-Está bien. Está bien. Lo comprendo. Mejor a solas, ¿eh?
-Exacto.
No me ha apetecido explicarle que no se trata de eso. Que lo que realmente me ha producido un terrible impacto ha sido comprender que mis esperanzas de una recuperación para ella estaban justamente donde debían estar: en el cajón dedicado a los hechos, no a las fantasías.
Y adoro fantasear. Que se lo digan a Carmen, si no.

Iba a colgar el teléfono, cuando me ha dicho, con voz algo más animada:
-No sé si es el momento, Daniel, pero hay un asunto… He pensado que quizá podría interesarte.
-¿De qué hablas, Burt? –he respondido con resignación.
-Muy bien remunerado. Y grandes posibilidades. Si quieres, podemos vernos mañana y te lo cuento. ¿Puedes venir a la embajada, a eso de las doce?
-No. ¿Te importaría explicarte de una puta vez? Tetis se impacienta.
-Bueno… -ha respondido, y le ha dado a su voz ese repugnante tono de secretismo que ya había escuchado, hacía no demasiado tiempo, en una llamada similar.- Dime, ¿has visto La Noche de los Muertos Vivientes?
Casi no he podido creerlo. He soltado una repentina carcajada que ha debido de dejarlo sordo un buen rato.
-¡Vete a tomar por culo, Burt!
-No, ¡en serio! Esto te interesa. Hay un pueblo en el que están sucediendo cosas muy extrañas. Las Vigas, o algo así. Deberías…
-Adiós, Burt –le he dicho, y he colgado.

A continuación he cogido la correa. Tetis ha comenzado a pegar sus saltos de felicidad en cuanto me ha visto hacerlo, y yo he sonreído con ella.
Ha sido un paseo realmente grato; me ha hecho replantearme unas cuantas cosas.
A la vuelta, me he sentado un rato en el sofá a ver la tele. No me concentraba en nada de la mierda que ponían, así que, finalmente, me he puesto a escribir.
Hasta ahora.
Porque hoy es miércoles. Un día estupendo para celebrar mi Miércoles Chulo.


FIN.

4 comentarios:

Miki dijo...

¡Felicidades!
Espero que esto sea, como parece, un intermedio y no el FIN.
¿Las Vigas, eh? En alguna ocasión me he preguntado por la suerte de aquellos jóvenes mochileros.. Me gusta esa idea de establecer un universo propio mediante referencias cruzadas, al estilo del viejo King.

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

¡Gracias, Cocot! Aunque, en principio, hay un enorme error de rácor (aquella transcurre en 2000, jejeje), así que no sé, no sé... Quizá una trilogía, pero por separao. De momento, con acabar esta, me doy con un cantete. Para la semana qe viene, ¿miau marraiau?

mada4r dijo...

¿miau marramiau??....mmmm
¿es algo a lo q tenga q apuntarme???

Enhorabuena Alvaruchi, te ha quedado de lujo!

Espero q empieces pronto una nueva aventura, porque ya me habìa acostumbrado a visitar esta pàgina en busca del siguiente capìtulo.

Un beso, niño, y muchos èxitos.

morus dijo...

Joder, Arvarowwww, dos días sin mirar la página, y va y se acaba...
Muy bien, tío, me ha encantado. Y este último capítulo me ha gustado mucho. Tienes que estar insoportable de orgullosito... y no es para menos. Una gran Opera, tía.

 
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