jueves 15 de enero de 2009

Parásitos. Capítulo Trigesimoquinto.

-No me parece el momento más apropiado para pillar una curda, Daniel.
-Bueno, bueno… -respondí, mientras examinaba la parte de atrás de aquella tinaja. Para mi alegría, había un cazo de mango largo sujeto a un clavo detrás. Lo cogí y lo enarbolé con triunfo.- Cualquier momento es apropiado si se pone voluntad.
Pensé que sonreiría, pero no lo hizo. Al contrario, meneó la cabeza.
-Estamos en gran peligro, y necesitamos estar todos en óptimas condiciones.
Su ceño estaba fruncido, así que traté de hacerle comprender mi intención sin reírme.
-Linda, este encuentro con el vino es una bendición. Míralo así: cuando me haya puesto las botas, voy a poder leer los pensamientos de los cíclopes. Sabré qué están pensando. Sin embargo, ellos no me escucharán si no quiero. Al menos, ni Juan ni los otros me escuchaban si no les hablaba directamente.
-¿Por qué estás tan seguro de eso?
-¡Hombre!, piensa en cómo hubiera podido engañarlos con la luna, si no. Hubieran descubierto el pastel en cuanto se la ofrecí, ¿no?
Ella resopló sin convencimiento.
-Ahora no estamos en la embajada. ¡Estamos en su puta ciudad! Hay cientos, quizá miles de ellos.
-No nos hemos cruzado con tantos. La mayoría están fuera. Pero piensa en otra cosa: si resulta que el Krut no está, finalmente, en el mismo sitio que los Hermanos esos, ¿no será mejor poder leerles los pensamientos? ¿Qué haríamos entonces, si no? ¿Eh?
Pareció pensar unos momentos.
-Muy bien. Pero no bebas mucho, porque parece más ginebra que vino. Huele que apesta a alcohol de quemar.
Introduje el cazo en el líquido oscuro y espeso.
-No te preocupes.
En realidad, no se trataba de que tuviera planeado aquellas cosas que le dije; ésas se me fueron ocurriendo como excusas según hablaba. La verdad es que, simplemente, me apetecía agarrarme un pedete. Uno suave, sí, no tenía intención de caer redondo, pero me ayudaría muchísimo a calmar mis nervios, y a falta de una buena jarra de Mahou, aquel vino serviría perfectamente. De hecho, pensaba ofrecer un trago tanto a Linda como a Burt. A nivel terapéutico, por decirlo de alguna manera; como todos esos fumetas que se consuelan atribuyéndole a la marihuana las cualidades medicinales que, tenga o no en un hospital, enarbolan para colocarse en su sofá a ritmo de reggae.
Me llevé el cazo a los labios y di un sorbo de tanteo. ¡Madre mía! Era potente, desde luego. Tenía un fuerte sabor a uva, pero la alta graduación lo convertía casi en aguardiente, más que en vino. Mis ojos lagrimearon un instante.
-Ah… Calor…
Aún no sabía que los antiguos griegos lo solían mezclar con agua, cosa que probablemente harían los cíclopes también, instruidos por el bueno de Ulises, así que en cuanto se suavizó un poco el horno que se había encendido en mi estómago, le di otro trago. Esta vez entró mejor.
Tomamos asiento en el suelo, y apoyamos la espalda en la roca, mientras le concedíamos a Burt unos minutos para seguir roncando. Yo me llevé el cazo y lo coloqué a mi lado. Le daba breves sorbos de vez en cuando.
Linda observó la luz que penetraba por las aberturas en el techo.
-No lo comprendo muy bien. Hemos recorrido un trecho bastante largo por el interior de la montaña; no deberíamos estar tan cerca de la superficie.
-El camino siempre ascendía –dije-. Es fácil desorientarse en una caverna. Probablemente hemos estado subiendo en espiral. La curva no era muy pronunciada, pero estaba ahí. Lo que no me explico es que los cíclopes hayan decidido guardar el Krut tan lejos de la entrada principal. Es una paliza.
-Bueno, si los Hermanos no permitían a sus hijos entrar en él, es normal que lo tengan bien custodiado cerca de ellos. No creo que haya abandonado la sala en muchas ocasiones.
Di un nuevo trago. Cada vez lo aceptaba mejor, y ya comenzaba a sentir los efectos en el estómago y en la cabeza. Calor y vapor, respectivamente.
-¿Qué habrá pasado con Juan y sus colegas? ¿La habrán liado en la embajada? –me pregunté en voz alta.
-Marcelo te dijo que él se encargaría de ellos, ¿no?
-Sí. Pero, ¿qué pensaba hacer? Supongo que matarlos, claro. ¿Habrá tenido algún problema?
-No creo –opinó Linda-. Si de verdad lleva muchos años paseando por este mundo, estará más que preparado. En la embajada no le iban a prohibir el paso, siendo un enviado de Roma. Lo que me pregunto yo es qué estarán haciendo los demás, Harry y Tom, los que vinieron conmigo desde Washington. Estarán como locos buscándonos, a nosotros y al Krut.
-Y los militares del hangar. –De pronto dejé escapar una carcajada.- Nos lo llevamos delante de sus narices. Me imagino la cara del general ése, encargado de vigilarlo. Seguramente esté limpiando letrinas con un cepillo de dientes, en este momento.
Ella sonrió.
-¿Quieres? –le ofrecí, tendiéndole el cazo.
-No, yo…
-¡Un sorbito! Te dará el valor necesario para esta última etapa. Produce un calorcito maravilloso en el estómago.
No tuve que insistir más. Ella alargó la mano y tomó el recipiente. Lo mantuvo un rato bajo su nariz, antes de atreverse a beberlo. Cuando lo hizo, su cara se arrugó hermosamente, y tosió.
-Mierda, es asqueroso.
Sin embargo, antes de devolvérmelo tomó dos sorbos más.
-Y ya –mintió.

Supongo que fue por los efectos del vino, pero aquel rato que estuvimos allí sentados se me antojó delicioso. Linda aún me cogió el cazo cinco o seis veces más, y noté que sus ojos brillaban. De pronto me entró una urgencia extraña por hacerle saber una cosa, a pesar de que ella me había advertido que no tocáramos ese tema.
-Linda, estoy enamorado de ti, ¿sabes?
Así se lo solté, sin preámbulos, como confirmación a viva voz de lo que seguramente ella ya sospechaba. Y el efecto en ella fue devastador; no hacia la furia, como me había temido (y que, honestamente, hubiera preferido), sino hacia la tristeza. Me di un puñetazo mental cuando vi que sus ojos se empañaban. El siguiente me lo dio ella.
-Yo… no creo que funcionara, Daniel. ¿No te dije que no habláramos del asunto hasta haber regresado?
Una vehemencia etílica se aferró a mis pensamientos.
-Bien, puede ser. Pero lo intentaremos, ¿verdad? ¿Me darás una oportunidad? ¡Sólo te pido eso!
Lamenté profundamente haber sacado el tema. El alcohol suelta la lengua y tiene el maldito efecto de alargarla más de lo necesario. Ya no había posibilidad de arreglarlo, así que lo resolví como malamente pude, antes de que ella respondiera.
-Vale, de acuerdo –dije derrotado-. Hablaremos más adelante.
Sin embargo, mi ánimo ya no estaba para muchos trotes. No sé porqué mi mente se había empeñado en obtener de ella una respuesta en aquel momento. ¿Qué esperaba que me dijera? ¿Qué ella también me amaba con locura, y que íbamos a ser muy felices? Oh, gilipollas. Me había cargado el buen ambiente sin pestañear.

-Deberíamos despertar a Burt. Ya casi hemos terminado el viaje –dijo ella al cabo de dos minutos del silencio de un mausoleo.
Se levantó. Yo me incorporé a toda velocidad a su lado y le susurré.
-Lo siento, Linda, lo siento de veras. No me lo tengas en cuenta.
Sonrió, y trajo cierta luz a mi corazón.
-No te preocupes. Me alegro de saberlo. No sé qué decirte, ¿de acuerdo? Tengo mucho, muchísimo en qué pensar antes de decidirme por nada.
Entonces renació mi esperanza. Sólo recordaba haberme sentido así en mi adolescencia. Los vapores del vino se mezclaron con los que exhalaba mi alma, al comprender que ella no me había ofrecido un “no” rotundo, sino un “dame tiempo”. Aquello me bastó. Claro que, por otro lado, tendría que bastarme por huevos.
Linda pareció percibir el cambio en mi ánimo (demasiados cambios para tan poco tiempo, pero le echaré la culpa al vino cíclope), y se dejó contagiar por él. Más o menos, habíamos superado el trance. Me prometí mentalmente que no volvería a presionarla nunca.

Burt abrió únicamente un ojo cuando Linda agitó suavemente su hombro.
-No, esperad, joder, que todavía no he dormido nada.
-Llevas casi una hora roncando –le dije sonriendo.
-Estaba pensando, no durmiendo. Estaba a puntito, hostia… Ya me habéis jodido.
Se incorporó y, sin querer, apoyó el muñón en el suelo durante la operación. Soltó un agudo grito repentino que reverberó en los túneles y nos encogió el corazón.
-¡Calla, coño! –espeté.
-¡Vete a tomar por culo! –dijo con lágrimas en los ojos, mientras se agarraba con fuerza la muñeca.
-Le cambiaré la venda –dijo Linda, y él, sorprendentemente, se dejó hacer. Mientras, rellené el cazo con vino.
-Toma, Burt. Echa un par de tragos, te vendrá bien.
-¿Qué coño es eso? –preguntó con desconfianza, mientras sus ojos alternaban entre el líquido y mi cara. Linda apretó los labios al observar la herida y me lanzó una significativa mirada que Burt no percibió.
-Vino de los cíclopes, cosecha del cuatro mil antes de Cristo –dije-. Un buen año.
Le acerqué el cazo y él lo sujetó por la base con su mano buena. Dio un trago y, como Linda, tosió ruidosamente.
-¡Quítame esa mierda de la cara! –exclamó agitándose. Pero a continuación le dio otro sorbo.– Agh, sabe a ácido de culo de mono.
Sin embargo su rostro, antes pálido como la ceniza, cogió un saludable color rojo.
-¿Puede levantarse? –preguntó Linda cuando hubo anudado de nuevo la tela, tras darle la vuelta.
-Sí…
Lo hizo con esfuerzo, pero lo hizo.
-Ahora nos pondremos en marcha –dije, con voz algo pastosa. Había bebido poco, al menos en relación con lo que solía engullir de cerveza, pero me había agarrado un buen chuzo.
-Ya no queda nada para llegar al Krut –añadió Linda.
-¿Me lo dices o me lo cuentas? –murmuró Deenah.- Dame un par de tragos más antes, anda, Danny Boy.
-Cuidado, Burt, es muy fuerte, aunque no lo parezca después de un par de tragos.
Sus ojos se clavaron en mí por encima del borde del cazo, conminándome al silencio inmediato.

Accedimos de nuevo al túnel principal. Mi mente estaba abierta como una ventana, y enseguida capté un murmullo similar al que producían Juan y sus colegas, allí en la embajada. Miré a Burt y a Linda.
-Las capuchas –dije-. Hay cíclopes cerca. Puedo oírlos.
Avanzamos en fila: yo, Burt, y Linda en primer lugar, y no tardé mucho en empezar a captar los pensamientos con claridad. A los veinte metros ya podía entenderlos perfectamente.
Hambre.
Las cabras fuera, quiero carne.
Sangre fresca. Sangre rica. Sangre, me empaparé en sangre.
Hambre. Hambre. Hambre.

Me estremecí. Aquellos cinco cíclopes que ya podíamos ver en la penumbra no tenían en mente otra cosa. Procuré proteger mis ideas con un escudo mental.
Nos cruzamos con ellos. Ni un solo pensamiento vino dedicado a nosotros, era casi como si no pudieran vernos, tan embelesados estaban en sus ansias por alimentarse. Eran, verdaderamente, depredadores natos.
Aparte de feos como demonios, los cabrones, pensé.
Y de repente se detuvieron. Comprendí demasiado tarde que acababa de meter la pata. Y hasta el fondo.
¿Qué ha sido eso?, percibí con aterradora claridad en mi cabeza.
Y con los oídos escuché que el zumbido de sus protuberancias daba comienzo. Nos habían descubierto. Se dieron la vuelta con rapidez.
Ah… Carne fresca…
-¡CORRED! –grité a pleno pulmón.

2 comentarios:

mada4r dijo...

uaaaaaaaaaaaaaa q se los zampan!!!!!!!!!!!

mórun dijo...

Joder, qué acojonerrr.

 
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