El camino, que se había apartado bastante del muro de la montaña hacia el claro, retomaba en aquel punto la ruta junto a éste, y se bifurcaba justo donde nos encontrábamos. Así, la ciudad quedaba a nuestra izquierda, y el camino seguía adelante hasta perderse en la floresta, varios cientos de metros más adelante. Aquel era el sendero elegido por nuestros simpáticos guías.
La otra rama del camino llevaba directamente a la puerta principal de la ciudad.
No cabía duda de que nos encontrábamos a la entrada de la red de cuevas que conformaba su civilización. Varias decenas de cíclopes entraban y salían por aquella boca tosca y enorme que se abría en el muro, sin marco ni ornamentación alguna. El único detalle, aparte del mural que habíamos admirado unas horas antes, que nos hacía pensar que, al menos, tenían algo de sentido artístico en aquellas cabezas peladas y asesinas, era la gigantesca estatua que, como me había indicado Marcelo, representaba a Poseidón. La obra se encontraba sobre un pedestal de roca negra, y toda ella parecía hecha del mismo material. Tenía, por lo menos, cinco metros de altura, y no pude dejar de preguntarme cómo coño habrían trasladado semejante bloque hasta allí, si es que lo habían hecho; pero desentonaba de tal manera con el resto de minerales de la zona, que me costaba creer que su emplazamiento hubiera sido fruto de la casualidad.
Fue Linda la que dio con la opción más probable, hablando, como siempre, en un murmullo:
-Parece ser del mismo material ligero que el Krut.
Asentí temblorosamente. Allí estábamos, casi a los pies de una escultura horrible y enorme, tres monigotes inmóviles vestidos con túnicas que se preguntaban si serían capaces de romper su aterrado hieratismo para introducirse por aquella abertura que semejaba la entrada de algún infierno y continuar la expedición. No podríamos estar mucho tiempo así, en cualquier momento se nos acercaría alguno de los grupos de paseantes que, como hormigas, accedían sin cesar a aquellas cuevas. Era mejor mantenernos en movimiento para no llamar la atención. Sin embargo, sí me permití un par de medios minutos para estudiar la escultura de Poseidón, y la entrada principal.
Habían representado al dios como un hombre, con sus dos ojos, estirado y seriote. Era una talla bastante tosca, sin detalles demasiado particulares, a excepción del tridente que, posiblemente por falta de conocimiento acerca de equilibrios escultóricos, no habían tenido más remedio que tallar pegado al cuerpo en relieve, desde los pies juntos hasta la barbilla. En aquel momento no comprendí muy bien qué pintaba un ser con rasgos humanos, no cíclopes, como motivo decorativo ante su ciudad, aunque más tarde conocí la causa. Impresionaba bastante su altura, y más cuando estabas a sus pies. Probablemente, si no hubiéramos realizado la caminata cabizbajos, la hubiéramos localizado mucho antes, a pesar de los árboles. Pero lo que más me asombró fue el hecho de que, si era del mismo material que el Krut, ¿qué herramientas habrían empleado para trabajarlo, si ni siquiera los taladros de punta de diamante de los humanos habían conseguido perforarlo? Me quedaría con la incógnita.
Por otro lado, la entrada que se situaba a unos treinta metros de la estatua no era menos impresionante. Pensé en uno de esos recovecos que eligen las arañas: si uno se asoma con el sol a la espalda, puede percibir, en ocasiones, el brillo de los ojos del inquilino que aguarda hambriento a la presa. No pude evitar imaginar que una araña del tamaño de un autobús nos observaba desde dentro, en aquel momento, esperando que nos decidiéramos a caer en su trampa. Me estremecí. El muro, a distintas alturas y por doquier, estaba perforado por multitud de oquedades, seguramente ventanas o respiraderos.
Burt se tambaleó de pronto, y aquello nos arrancó de la inmovilidad. Lo sujeté un segundo por la espalda, esperando que ninguno de los cíclopes que se acercaban (tanto desde la gran puerta como desde el camino que habíamos recorrido) percibiera el gesto y decidiera echar una mano a su compañero.
-Ni un segundo más –susurró Linda, de la que sólo veía el movimiento ligero de la barbilla-. Vamos dentro, o nos sorprenderán enseguida. Caminad detrás de mí.
Y avanzó de manera decidida hacia la gran abertura, sin darnos tiempo a discutir o hacernos los remolones, ahora que por fin había llegado el momento. Empujé disimuladamente a Burt.
-Pégate a ella. Yo voy detrás de ti.
-Imagino que un día nos reiremos de todo esto… si es que los muertos conservan el sentido del humor- le oí murmurar con resignada voz.
Ahora Linda nos guiaba. Caminábamos en línea recta hacia la puerta. Dos grupos de cuatro cíclopes venían directos hacia nosotros, y de pronto sentí un pánico atroz: ¿y si a alguno de ellos se le ocurría saludarnos, con aquel zumbido extraño? ¿Cómo íbamos a responder? Titubeé un instante, pero ver que Linda seguía el camino con seguridad, o al menos eso me parecía, me hizo reponerme. Si ella podía, yo también.
Llegamos a la altura del primer grupo. El camino era suficientemente ancho para ambos grupos, y Linda aprovechó la circunstancia para pegarse al borde lo más posible. Aguanté la respiración: mis oídos dentro de la capucha estaban afinados al máximo, sensibles al roce de la tela, aguardando aquel sonido que, sin duda, significaría nuestra perdición inmediata. Esperé… y no sucedió nada.
Iba a respirar de nuevo, aliviado, cuando el último nos rebasó en dirección a la estatua, pero entonces levanté rápidamente la vista y vi que el segundo grupo ya nos alcanzaba. Volví a bajarla, tras haber calculado la distancia hasta la puerta: unos cuarenta metros. La espalda de Burt se agitaba, como si lo que cubría estuviera temblando. Si le daba un ataque de tos o un desvanecimiento, estábamos apañados.
Cuando Linda llegó al grupo de cíclopes, se produjo lo que tanto temíamos: el primero de ellos dejó escapar ese zumbido chirriante.
Durante un dilatado momento pareció que nuestro grupo se detenía, aunque no sucedió aquello más que en mi imaginación. Linda no respondió. Y ya estaba a punto de empujar a Deenah para que echáramos a correr hacia las cuevas, descubriendo todo el pastel, cuando escuché que nuestro grupo respondía al sonido con uno similar. Un ruido como el que produce un gato cuando le pillan la cola con una puerta.
Había sido Burt.
Ahora sonrío al recordarlo, sí, pero no imagináis la sorpresa aturdida que me sacudió la médula espinal. Hasta el día de hoy, ignoro qué significaría aquel saludo, pero conseguimos salir del trance. No debía de tener importancia telepática, supongo, ya que los cíclopes lo dieron por bueno, pero, si no podían escuchar sonidos, ¿en qué consistía? Quizá simplemente lo emitían al estar próximos los unos de los otros, y no necesitaban una respuesta; o quizá Burt dio con la vibración exacta que necesitaban captar del aire con sus dos protuberancias.
La cuestión es que su grupo no se había detenido extrañado, y eso nos dejaba vía libre para entrar en la ciudad. Escuché los resoplidos de alivio de Linda y de Deenah por encima del mío mientras los dejábamos atrás, y no pude evitar extender una mano y apoyarla en el hombro de Burt.
-Bien hecho, ¡joder! –dije con la suficiente voz para que ambos me escucharan.
Burt me dio dos palmaditas con su mano izquierda, aceptando mi cumplido y apremiándome a que la retirara.
Llegamos ante la entrada, mucho más grande de lo que parecía, aunque debía serlo, si habían conseguido introducir el Krut. Incluso la tarde nublada resultaba brillante como una estrella, en comparación con la oscuridad que reinaba allí dentro. Hubiera deseado que Linda se detuviera, para tomar aire antes de que la negrura nos engullera, pero no lo hizo. Aún estábamos a la vista de una pequeña multitud. Accedimos a la oscuridad.
El suelo arenoso quedó atrás, y pisamos roca dura. Nuestros pasos despertaron unos pequeños ecos, que nos apresuramos a reducir pisando con más cuidado. Instintivamente coloqué mi mano en el hombro de Burt, y noté que él hacía lo mismo en el de Linda. El aire era fresco, y corría con fuerza, empujado por los respiraderos que habíamos visto desde fuera a lo largo de todo el muro. No creí que celebraran sus banquetes allí dentro, lo cual agradecí profundamente. En un principio no vimos nada, pero enseguida nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, y percibimos que estábamos en un amplio recibidor, en el cual se abrían tres accesos: uno de frente, y a izquierda y derecha los otros. De los tres provenía un levísimo resplandor como de fuego, a lo lejos.
Linda se atrevió a hablar en voz más o menos alta.
-¿Hacia dónde vamos? –dijo. -¿Daniel?
-Ni idea –susurré.- Marcelo nunca entró a estas cuevas. En algún lugar tiene que haber una gran sala, donde está el Krut, y me parece que sólo ese corredor del frente podría dejar espacio para que lo arrastraran. Los otros son demasiado pequeños.
-De frente, entonces –dijo Linda, pero justo después escuchamos el sonido de muchos pies que se acercaban, y nos quedamos inmóviles.
Desde el corredor de la izquierda aparecieron unas cuantas figuras sombrías que pasaron a nuestro lado y se dirigieron a la salida.
-Voy a morir de un patatús –dijo Deenah, cuando se perdieron en el exterior.
Le temblaba todo el cuerpo bajo mi mano, y deseé que se tratara de miedo, no de fiebre. Pero no se tambaleaba, lo cual me alegró. Todo marchaba bien.
Linda arrancó hacia el inmenso corredor. Incluso allí podríamos apartarnos lo suficiente, si nos cruzábamos con más cíclopes. Le dije a Deenah que tuviera preparado su sonido, de todas maneras.
Avanzamos lentamente con los corazones en sendos puños. Cada veinte o treinta metros, una antorcha crepitante iluminaba débilmente las paredes húmedas. Por lo menos anduvimos media hora, durante la cual nos cruzamos con al menos doce expediciones de cíclopes. Allí dentro no debía de ser necesario saludarse, por lo que parecía. Me recordó a las excursiones por el campo, en las que invariablemente te saludas con otros caminantes, cosa que siempre me ha extrañado, pues en la ciudad nunca vas saludando a nadie. Es como un ritual que, en parte, me hace sentir cierta vergüenza ajena, pero que hay que cumplir. Cosas de pertenecer a una raza (de uno o dos ojos).
A lo largo del corredor, mientras nos internábamos más y más en las entrañas de la montaña, se abrían a ambos lados innumerables pasillos, más pequeños, que creaban una red de túneles. No podíamos imaginar adónde llevarían. Supuse que a dormitorios, habitaciones comunes, mercados… Lo que fuera que implicara el estilo de vida cíclope, aparte del pastoreo.
Deenah, por fin, después de un aguante asombroso, se detuvo jadeante.
-No puedo más. ¿Cómo cojones han hecho para llevar el Krut tan lejos? A ver si no nos lo hemos pasado ya. Necesito un descanso.
-Claro –dije.- Pero aguarda al siguiente pasillo que encontremos; no me parece buena idea sentarnos en medio de este. Hay más movimiento.
Pronto dimos con un túnel que se abría a la derecha.
-Aquí está bien –dijo Linda.
Nos introdujimos por él, y descubrimos que la luz que procedía del interior no era rojiza, sino gris. Varios cientos de metros más allá se abría ante una cámara enorme, tallada toscamente en la roca, y nos alegró descubrir que tenía un par de ventanucos en el techo inclinado, por el que se colaba el resplandor del exterior. Nos revitalizó como un chorro de agua fresca.
Había una docena de enormes vasijas, cubiertas con tapas de madera gruesa. Mientras Burt se derrumbaba en el suelo y cerraba los ojos, me acerqué a una de ellas y la abrí.
-¡Vino! –exclamé, al asomarme a su interior.
Linda se acercó. Husmeó un poco, y retiró inmediatamente la cabeza con expresión de disgusto.
-Joder, es fuerte –dijo.
-A mí me vale –dije, sonriente.
jueves 8 de enero de 2009
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2 comentarios:
vamos,vamos....q ya llegamos a casa!!!!
Joderrrr, qué poquito les quedaaaarrrr!!!
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