Cuando el pánico, y hablo del pánico absoluto, se aferra al corazón con garras poderosas de plata que parecen cuchillos, es habitual que el cuerpo tienda a una parálisis involuntaria. No hay nada que hacer al respecto, por mucho esfuerzo que uno le ponga. Si se le añade que los acontecimientos se desarrollan de manera rápida y certera, ya sólo nos queda contemplarlos y, como mucho, en un futuro, atormentarnos con la malsana idea de que, si hubiéramos tenido agallas, hubiéramos podido modificar el curso de los mismos.
Esta idea me atormenta ahora. Porque, en mi imaginación, una y otra vez, salto hacia la cíclope, le arranco el ojo, y después corro hacia el Krut con Linda y Burt, y regresamos los tres, intactos, a nuestra casa, donde mi futuro con Linda se abre ante mí como aquella puerta al verano llena de promesas.
Cuando grité a Linda, al comprender que acababa de aceptar el castigo propuesto por Madre como condición para dejarnos marchar, me quedé helado, de manera literal.
Ella me miró, y en sus ojos color esmeralda pude ver el terror, pero también la determinación, y supe que no podría hacer nada al respecto, a menos que me moviera deprisa.
Sólo me dio tiempo a lanzarle a Madre una súplica desesperada, antes de que todo se llevara a cabo.
¡No lo permitas!, grité con toda la fuerza de mi cerebro. ¡Déjala en paz!
Por toda respuesta, Madre dijo:
Ten agallas, Rey Daniel. Aprende de ella. Sé un digno consorte.
Entonces se me echó encima a toda velocidad. Una mano, del peso de una montaña, cayó sobre mi hombro y me aplastó contra el suelo, manteniéndome retorcido en una postura asombrosa. La otra mano hizo lo mismo con Burt, aunque él no había realizado ningún movimiento, y se limitaba a observar la escena con los ojos como platos.
Miré a Linda. Debía de estar comunicándose con Madre, ya que la cíclope tenía el ojo clavado en ella.
Sí, le escuché decir como respuesta a una pregunta que no había escuchado.
Traté de liberarme del peso que ejercía sobre mi espalda: imposible.
La desesperación, más que la mole, me obligó a jadear las últimas palabras que Linda comprendería de mí.
-¡Linda! ¡No, no se te ocurra! ¡Por favor, no!
Ella me miró y levantó las cejas. Para mi absoluta estupefacción, su voz era serena y dulce cuando me respondió.
-Voy a ello, Daniel. No te preocupes, no será tan terrible.
Se giró una última vez hacia Madre, y escuché la respuesta de la cíclope con la derrota en el alma.
Puedes, y debes. Ahora.
Siempre me preguntaré si Linda habría aceptado realmente el castigo si hubiera sabido lo que iba a hacerle a su mente. En ocasiones pienso que no, pero algo dentro de mi corazón desdice continuamente ese argumento. Linda se mostró como una verdadera reina, y dudo mucho que en los años que me quedan de vida pueda ser capaz de ver a nadie mostrar tal valentía y generosidad. La amo, si cabe, más de lo que nunca llegué a hacerlo teniéndola ante mí.
Con decisión, echó a caminar hacia la penumbra, hacia el Krut, donde Madre me había indicado que se encontraba el altar ese. Seguí su perfil con la mirada, mientras se iba difuminando a medida que penetraba en las tinieblas.
¡Suéltame! ¡Suéltame, hija de puta!
Pero Madre no me respondía. Se limitaba a mantenernos apretados contra el suelo, mientras su ojo seguía el camino de Linda con atención. Mi mente comenzaba a nublarse, debido a la presión de mi pecho contra la fría piedra.
-¡Burt! –dije con un hilo de voz-. ¿Puedes hacer algo, Burt?
Escuché una ahogada respuesta.
-Me aplasta… ¿Qué está pasando, Daniel? ¿A dónde va?
Comprendí que Burt aún no tenía idea de lo que habíamos debatido. Sólo había escuchado lo que habíamos dicho en voz alta, Linda y yo.
-¿Tienes fuerza para librarte, Burt? –pregunté, apremiante. Era nuestra última oportunidad.
-No –respondió, y por su voz agónica supe que así era. La desolación y la ruina se establecieron definitivamente en mi corazón.
A través del manto de la desesperación, que se sumaba al de oscuridad de la sala, vi que la borrosa figura de Linda se detenía en un punto lejano. Madre no le quitaba el ojo de encima, ajena a nuestros últimos esfuerzos por liberarnos, como si en lugar de contener a dos humanos hechos y derechos, estuviera sujetando a dos cachorrillos. Linda se tumbó sobre algo, dando la impresión de que levitaba. Entonces sucedió todo.
Escuché a Linda gritar. La escuché con el pensamiento. Un alarido de horror que de pronto se modificó y se convirtió en un aullido de demencia. Fue un grito breve, demasiado breve, teniendo en cuenta que su mente acababa de esfumarse para siempre, perdida en las tinieblas del Vacío.
Dejé de luchar. Ya no tenía sentido.
-¿Qué… qué ha pasado, Danny Boy? ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha hecho Linda?
Burt hablaba sin fuelle, a punto de perder el conocimiento. Yo mismo notaba cómo mis pensamientos se hacían más lentos, y pensé que un desmayo sería un piadoso colofón para todo aquel horror.
-Oh, joder… Se ha ido, Burt. Se ha ido, y esta puta…
Y entonces Madre nos libró de la presión de sus enormes brazos, y el aire entró a raudales en nuestros pulmones. Me senté aturdido y me froté el hombro.
De súbito no me apetecía continuar adelante. Sólo deseaba recostarme y morir. Sin embargo, la figura de Linda seguía allí echada, en la oscuridad.
Ve por ella, Rey Daniel. Ya ha terminado todo. Ya estamos en paz.
Me levanté y caminé hacia Linda, tropezando. Burt vino tras de mí, sin dejar de echar miradas atrás, a la cíclope, que nos contemplaba inmóvil, con los brazos cruzados.
A medida que me aproximaba a la figura inerte de Linda, fue haciéndose más clara. Estaba echada, efectivamente, en una especie de tosco altar de piedra, tallado de una sola pieza. Tenía un metro de altura, y parecía estar recubierto por multitud de extraños caracteres minúsculos, que nada tenían que ver con los trazos que habímos advertido en el mural, ni con nada que hubiera visto jamás. Allí reposaba ella.
Cuando llegué, le vi los ojos, a través de una cortina de lágrimas que comenzaba a duplicar mi visión. Los tenía abiertos, y el verdor de sus iris había perdido todo el esplendor. Estaba muerta, muerta en vida.
¿Qué le has hecho?, pregunté. ¿Qué coño le has hecho?
Escuché una risita que me hizo apretar los dientes.
Ha visto el Vacío, y algunas de las cosas que se agitan en él.
¿Pero qué estás diciendo? ¿Dónde está ella ahora? ¿Qué cosas?
Mi Hermano nunca siguió el sendero oscuro demasiado tiempo. Nunca se atrevió a ir más allá de lo necesario para hacerse con el secreto. Hay un pasaje, según me contó una vez, estremeciéndose, que lleva directamente al dios encadenado. Uno de los Antiguos Dioses. Creo que tu reina ha recorrido ese sendero hasta el final.
Hija de puta…
No debes pensar así. Su estado puede ser reversible. Debe tener una mente poderosa, y una fuerza innata. Creo que se podría recuperar. Mi Hermano lo hizo en varias ocasiones.
Miré el rostro pálido de Linda, y comprendí que Madre me estaba mintiendo. Linda había sufrido una experiencia fugaz tan demoledora que jamás volvería a ser la misma. Un cíclope milenario quizá, pero un ser humano no. Estaba seguro de ello.
Pero, ¿quieres mirarla?, dije. La has matado.
De nuevo, aquella risita infernal. No se acercó a contemplarla.
No. Está viva; respira. Ahora comprenderás mi dolor, que es incluso mayor que el tuyo, pues de las tinieblas de la verdadera muerte no se puede regresar; y allí has enviado a varios de mis hijos. Yo sólo te he privado de la luz, pero en la oscuridad podrás continuar amándola. Recógela.
Con la cabeza bullendo ira y desesperación, lo hice. Era un peso muerto, desde luego. Sus manos blancas colgaron inertes a la altura de mis rodillas.
Burt ahogó un suspiro, pero no dijo nada. Acababa de localizar el Krut.
Ahora podéis marcharos, Rey Daniel. Te ata un juramento sagrado: recuerda que en cuanto llegues a tu patria, debes enviar de vuelta a mis tres hijos. Romper ese juramento te condenará para siempre; procura no dejarte llevar por las furias. Honra a Zeus.
Entonces hice el mayor esfuerzo hasta el momento, por ocultar lo que me estaba viniendo a la cabeza: estaba decidido a romper ese juramento de mierda, desde luego.
Por el contrario, dejé escapar lo siguiente.
Iremos, y te devolveremos a tus hijos. Has roto la mente de mi reina, así que no esperes que me marche sin antes maldecirte. Pero cumpliré el juramento.
Pareció asentir.
Buen destino, Rey Daniel. No debemos mezclar más nuestros mundos. Cuando el Krut me sea devuelto, lo destruiré, como sea. Y dale un mensaje al viejo espía, que viaja libre: dile que no regrese jamás, ni él ni ninguno de los suyos. A partir de ahora, todos mis hijos tendrán orden de traérmelo con vida, si se lo encuentran por aquí. Que la mirada de tu reina le sirva para saber lo que le aguarda, en tal caso.
Se lo diré, respondí.
Me dirigí a Burt, aún con Linda colgando de mis brazos. Su cabeza se balanceaba.
-Nos vamos, Burt. Acércate al Krut y empuja, con los dedos y con la mente, ¿recuerdas? Es muy sencillo.
-Sí… Pero… Linda. ¿Qué le sucede a Linda? ¿Me quieres explicar qué es lo que ha pasado?
-Te lo contaré cuando hayamos regresado.
-¿Se pondrá bien?
-Sí –mentí, y él se puso en marcha. Se acercó a la superficie del Krut y extendió la mano izquierda, tal como me había visto hacer en el hangar. Pareció sorprenderse de su propio éxito cuando se abrió una parte frente a él.
Accedió sin mirar atrás. El interior producía su propia luminosidad. Entré, deposité a Linda en el suelo negro, y luego me volví para dedicarle un último pensamiento a Madre, la Gran Puta, aprovechando que se encontraba a bastante distancia.
Debes saber que la raza humana ha conseguido a lo largo de su historia, entre muchas otras maravillas, la capacidad para mandar a tomar por culo un juramento, por sagrado que sea. No volverás a ver a tus hijos, maldita zorra.
Fue mucho más rápida de lo que hubiera podido imaginarme. De repente echó a correr hacia nosotros. Salvó los quince metros que nos separaban mediante tres gigantescas zancadas, que retumbaron en la sala como truenos, mientras su mente, que había comprendido el engaño, aullaba maldiciones.
Su enorme figura se situó ante mí y extendió el brazo, con su nudosa mano abierta, para agarrarme la cabeza. Con un grito de espanto, traté de zafarme de la presa, pero no fui lo bastante veloz, y noté cómo los callos de sus gruesos dedos se cerraban en torno a mi cráneo, y comenzaban a apretar, produciendo una presión imposible que no tardaría en reventármelo como una calabaza.
Muy bien, gilipollas. ¿No te podías callar? ¿Te has quedado a gusto?, pensé para mí, ilógicamente divertido.
Toda la escena transcurrió en no más de cinco segundos. Si Madre hubiera tirado de mí, en lugar de introducir sólo el brazo en el Krut para aplastarme, yo no habría escrito esto, y vosotros estaríais leyendo cualquier otra historia en este momento. Sin embargo, los acontecimientos se mostraron a mi favor, ya que Burt, en cuanto había escuchado el primer paso furioso de la cíclope, se había arrojado hacia el ídolo y lo había estrujado con su única mano. El resultado fue que se produjo un resplandor, la abertura del Krut se cerró, y al instante noté que la presión en mi cabeza cedía del todo.
El Sapo Deenah me había devuelto el favor de salvarle la vida.
A continuación, mientras iniciábamos el viaje de vuelta a nuestro mundo, caí desvanecido. Pero antes me dio tiempo a escuchar el alarido de dolor de Madre, a quien el Krut, al cerrarse, había cercenado el brazo a la altura del codo. Allí yacía, retorciéndose, empapando el suelo y la tela con su espesa sangre.
¡Te jodes!, pensé con un júbilo irrefrenable. Luego mi conciencia se evaporó.
sábado 31 de enero de 2009
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3 comentarios:
nos vas a tener en vilo hasta el ùltimo momento!!!!!!
Ay, Linda, Linda...
Que esto os sirva de lección, amigos; si alguna vez os encontráis cara a cara con alguno de los Dioses Exteriores, cerrad los ojos o, por lo menos, ¡parpadead mucho!
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