miércoles 14 de enero de 2009

Baba

En recuerdo de un respiro maravilloso con alguien maravilloso

En cuanto cerró la puerta de la habitación, se quitó la máscara de tipo corriente y se dirigió veloz a la cama. Sobre ella se derrumbó, y se quedó dormido al instante. Los pies colgaban desde una de las esquinas, produciendo una extraña sombra en la alfombra que se balanceaba al ritmo de las ramas de los árboles que se podían ver a través de la ventana. La luna aún no había salido por detrás de las montañas, pero no tardaría en hacerlo, y la noche era clara.
Un par de horas después abrió los ojos, sin tener demasiada conciencia de nada, por el momento. Lo primero fue la desorientación absoluta: ¿dónde estaba? ¿Qué era ese cuarto extravagante, pintado de color salmón? Entonces acudió a su mente: el hotel. Y como en la ladera de una cumbre que se desmorona en un alud de nieve, llegó el resto.
Sus ojos legañosos se abrieron como platos, reflejando un estado que podría ser tanto de horror como de feliz pasmo.
Lo hice, se dijo. Finalmente lo hice.

La habitación no era gran cosa, a pesar de la cantidad que había desembolsado, poco antes, en recepción. Cuando abrió las puertas del hotel y escapó del frío helador de la noche de enero, estaba dispuesto a pagar lo que sea. La sonrisa de la recepcionista, y sobre todo su gentil escote, lo obligaron a no regatear en el precio. De todos modos, aquello no se estilaba como costumbre en los hoteles de lujo, ¿verdad? No lo sabía; nunca había estado en uno. Pero sí sabía que, de momento, lo que más le convenía era no llamar demasiado la atención. Tenía, según sus cálculos, al menos un par de días hasta que comenzaran a buscarlo, y para entonces esperaba encontrarse ya fuera del país.
Firmó con su verdadero nombre. ¿Qué otra cosa podía hacer, pagando con tarjeta de crédito? Tomás Sanz, un garabato, un aleteo del boli y un par de rayas que no venían a cuento de nada. Quizá un grafólogo pudiera entrever allí el alma de un asesino; él, sin embargo, acababa de descubrir que lo era. La vida era un misterio.
Al parecer, el hotel era un antiguo palacete restaurado. Se encontraba casi a las afueras de cierto pueblo de la sierra de Madrid, un pueblo pequeño y tranquilo, de los que gustan bien poco de sobresaltos. Quizá unos días más adelante fuera noticia que él, Tomás Sanz, el buscado asesino, se había alojado en aquel hotel, mientras huía de su crimen. Esperaba que la conversación de los parroquianos terminara así:
-Estuvo una noche en el Hotel Poterna, allá arriba, y luego se esfumó para siempre. Todavía lo están buscando.
Pero por el momento necesitaba ordenar sus prioridades. Y la primera era dormir. ¡Jesús!, nunca se había encontrado tan cansado.

Cuando despertó sentía claramente que no había dormido lo suficiente. Las pesadillas se arremolinaban aún en un confuso y vago recuerdo, que se esfumó en cuanto se dirigió al cuarto de baño y metió la cabeza bajo el grifo. Entonces fue la realidad la que ocupó su mente, la realidad reciente, y la aceptó con alivio.
Había matado a su mujer.
Cómo había sido capaz, era algo que todavía no tenía muy claro. Se conocía, o eso había creído siempre: el típico hombre que trata de pasar siempre desapercibido debido a su timidez, y que es el último en darse cuenta de que nadie recuerda su nombre en una fiesta. Él lo llevaba bien; de hecho, era lo que deseaba. ¿Cómo había terminado así, aquel día, en aquel hotel, con tantas cosas tenebrosas en la cabeza?
No podría explicarlo con soltura. En el fondo, nunca le había gustado su mujer. Nunca había soportado sus pullas, sus caprichos de señorona, sus estupideces. Se había casado con ella y la había amado, a su manera, pero hacía ya tiempo que apretaba los puños a escondidas cada vez que escuchaba su chillona y estridente voz.
Y aquella misma mañana, sin saber bien qué estaba haciendo mientras lo hacía, había agarrado la plancha y había terminado con su inaguantable cháchara en mitad de una frase.
Se miró al espejo: los ojos enrojecidos reflejaban cambio, una perspectiva nueva, pero nada más. Estaba bien. Aún tenía un poco de sangre debajo de las uñas (después de media hora de lavado intensivo había eliminado gran parte de los restos, pero no todos, ¡Jesús!), pero podría tratarse de cualquier cosa, y no creyó que nadie fuera a fijarse en ese detalle, excepto para tacharlo de cochino. Al día siguiente conduciría hasta el aeropuerto y tomaría el primer avión a Florencia. Nunca había estado allí, y no tenía noticia de que ningún convicto hubiera elegido esa ciudad por su fama de acogedora de maleantes, así que era tan buena como cualquier otra. Después, ya vería. Cuando las cosas se hubieran calmado un poco podría moverse adonde quisiera. Bien mirado, aquello podría ser el inicio de una prometedora y fantástica vida para él.
Se lavó fugazmente las axilas con agua templada, asintió después de una intensa aspiración, y decidió bajar al restaurante del hotel a cenar algo y a echar un trago. Le sentaría de maravilla. Y después seguiría durmiendo hasta la mañana. Lo tranquilizaba el hecho de que su esposa hubiera hablado aquella misma mañana con su madre: aquello le daba plazo suficiente para tomárselo con calma. Para cuando su espantosa suegra decidiera dar la voz de alarma ante el silencio de su hija, él ya estaría tomando pizza en alguna terraza, al sol de la reconfortante tarde de invierno italiana.
Cogió su abrigo de encima de la cama y se lo puso, sin encender la luz, mientras miraba por la ventana. Había un patio con una fuente de piedra y varias mesitas, nevadas, y más allá del muro del hotel sólo había otro edificio, antes de dar paso al bosque en sí, que se abría al otro lado de la carretera: una antigua mansión, bien cuidada, de tejados inclinados y puntiagudos, y numerosas terrazas. La luna debía de estar a punto de dejarse ver, porque el reflejo azulado hacía brillar la nieve que desbordaba por los canalones como si tuviera luz propia. Se preguntaba si viviría alguien allí, quizá el típico ricachón que iba a pasar allí los fines de semana, cuando obtuvo la respuesta: una de las ventanas se iluminó de pronto, y vio el perfil de una mujer joven que depositaba algo, un bebé le pareció desde la distancia, fuera de su vista. Luego se quedó agachada, y a Tomás no le costó demasiado imaginarse a la mujer cantando alguna nana al niño.
Terminó de abrocharse el abrigo sin ningún interés especial y salió de la habitación, con la gruesa llave tintineando en su argolla.

La cena fue exquisita, en parte porque él era el único comensal. Debían de estar en temporada baja en el hotel. Su primera cena de su nueva vida. Cuando terminó se dirigió a la barra y pidió un whisky. La camarera no pudo evitar que se entreviera en sus ojos el deseo de que el huésped subiera a su habitación y la dejara tranquila con sus asuntos: sus revistas, su costura, o lo que fuera que hiciera en sus horas muertas.
Te jodes, pensó, y se descubrió meditando acerca de cómo sonaría el hermoso cráneo si lo golpeara con algo; con una plancha, por ejemplo.
Al tercer whisky decidió que el cansancio estaba a punto de vencer el combate. Durante aquel refrigerio había estado escuchando la música ambiente, sin pensar en nada, dejándose llevar por la suave embriaguez. Todo saldría bien, ¿cómo podría ser de otra forma? Tomás Sanz comenzaba a darle los primeros sorbos a la copa de la felicidad.
Pidió a la camarera que le apuntara las bebidas en su cuenta. Resolvió tomarse una última copa en la habitación, donde pudiera dejarse a gusto. Pondría, quizá, un rato la tele, y luego dormiría todas aquellas horas que aún necesitaba. Se despidió y subió las escaleras.
Acertó con la llave sin problemas en la cerradura. Nada más entrar percibió que la luna llena alumbraba la habitación. Estaba redonda, rodeada de una aureola que iluminaba las nubes, esas que, probablemente, descargarían pronto una buena nevada, a juzgar por su helado embarazo. Las ramas de los árboles del otro lado de la carretera se meneaban con el aire frío y producían sombras danzantes en las paredes color salmón.
Miró hacia la mansión de enfrente. La luz ya se había apagado. Aquella mujer ya habría conseguido dormir a su hijo, se dijo, mientras dejaba el abrigo en una especie de banco que había a la entrada. Se agachó junto al minibar y abrió la portezuela. Había un par de botellas de whisky de tamaño ridículo. Cogió una y se sirvió en un vaso. En el cuarto de baño le añadió un chorro de agua. Se sacó los zapatos y los lanzó a cualquier rincón mientras se dirigía a la cama, dispuesto a tumbarse con su bebida y a pasar los próximos diez minutos dejándose llevar por la modorra, cuando echó un último vistazo por la ventana, justo antes de correr las cortinas.
Se detuvo, porque algo no encajaba en la fachada de la mansión de enfrente. Aguzó la vista y la clavó en la ventana donde había visto poco antes a la señora con su bebé. Al principio no dio con ello.
Sin embargo, enseguida se dio cuenta de lo que estaba mal: la ventana, aunque costaba verlo desde allí, aun bajo la luz de la enorme luna, estaba levemente abierta. Un ligero movimiento de las cortinas revelaba que la brisa helada se estaba introduciendo por aquel hueco.
Elevó sus cejas. ¿Estaba loca aquella señora? ¿Acaso se había dejado al niño durmiendo allí, con la ventana abierta? La irresponsabilidad de la mujer lo trastornó un instante, pero no le dio tiempo a más, porque de pronto le pareció captar un nuevo movimiento, esta vez en el centro de la habitación.
Se llevó el whisky a los labios y lo saboreó de forma vaga, sin dejar de mirar con atención. Pensó incluso en dirigirse allí para avisar a aquella estúpida de que su hijo iba a coger una buena pulmonía.
Y entonces, sin más preámbulos, la ventana se abrió de golpe, y el whisky de Tomás cayó a la alfombra con un sonido amortiguado y se extendió en una mancha oscura. Lo que parecía una señora vieja se subió al poyete de un brinco, agarrando el marco, y se quedó ahí un instante. Tenía un bulto que le colgaba de la boca, un bulto lo bastante grueso para que pudiera parecer…
Pero no, era imposible. Y, sin embargo, Tomás no tenía ninguna duda: a la luz de la luna, una vieja de melena encrespada salía por la ventana al frío de enero, vestida con harapos oscuros, y llevaba al bebé sujeto entre sus dientes por la ropita de cama. Su corazón se aceleró, comprendiendo antes que su cerebro que lo que estaba contemplando era real. Increíble, pero real.
La vieja, después de echar un vistazo a los lados, se giró y comenzó a trepar por el muro en dirección al tejado. Se movía con una agilidad pasmosa, agarrándose a los salientes de piedra, y en un momento se encontraba sobre la nieve en lo alto, horrenda visión a la luz azulada de hechicería lunar, con el niño balanceándose a la altura de su pecho. Llegó hasta una de las chimeneas, y estaba a punto de acceder al otro lado del tejado y desaparecer de la vista, cuando se detuvo.
Tomás no cabía en sí de asombro. Sus ojos como platos se pegaron al cristal de la ventana del hotel, y se encontró murmurando sin darse cuenta.
-Oh, joder, no… No te gires, no lo hagas…
Algo en su mente le gritaba que se apartara de la ventana, que echara las cortinas y se metiera en la cama antes de que fuera demasiado tarde, pero era incapaz de moverse.
Entonces la figura se giró, y dos esferas de luz que cubrían la mitad del rostro se clavaron directamente en él, a través de la distancia.
¡Me ha visto!, pensó, y se echó hacia atrás, aterrorizado, pero ya era tarde para corregir el error. Vio que la vieja dejaba el bulto sobre las tejas y bajaba corriendo hacia el patio del hotel, haciendo ondular sus ropas llenas de agujeros a lo largo de la pendiente del tejado. Llegó al borde y saltó al jardín de la mansión, detrás del muro, perdiéndose de vista.
Durante unos segundos Tomás pensó que se lo había imaginado todo. Una momentánea sensación de alivio lo invadió.
Es normal, se dijo. Has matado a tu mujer, y no puedes pensar que tu mente va a quedar a salvo. Has visto algo que no existe porque, en tu subconsciente, hay un sentimiento de culpa, que te perseguirá para siempre. Ese bulto del tejado no es un bebé, es tu imaginación la que…
Con un brinco, la vieja apareció de nuevo, salvando el muro, y corrió en dirección al hotel sin dejar de mirar hacia la ventana. La mente de Tomás estalló como una bomba. Su cuerpo, sin embargo, no hizo el menor gesto.
A continuación escuchó un ruido, como de zarpas, que se acercaba a su ventana desde la fachada. La luna quedó de pronto cubierta por una sombra jadeante, una negrura infernal en la que destacaban dos brillos ávidos. Dos manos de largas uñas se apoyaron en el cristal con un sonido chirriante, y a través de una nube de demencia, Tomás se dejó llevar por el horror, sin más pensamiento ni deseo que entregarse a aquella sonrisa babeante y ponerle fin a todo.

Bajo el sol de una mañana de primavera, con la nieve goteando desde todos los tejados, dos viejos conversaban en la plaza, sentados en su banco de siempre.
-¿Y qué crees que pasó? –preguntó uno. Era la vigésima vez que mantenían aquella charla, así que ambos conocían la respuesta.
-La versión oficial es una mierda, ya lo sabes. Ella los cogió. Se los llevó a ambos, al tipo y al bebé. El tejado y el patio estaban llenos de huellas. Alguien corrió descalzo aquella noche por la nieve. Alguien con pies muy pequeños y ágiles.
-La bruja.
-La bruja –confirmó el otro-. Mi abuelo me hablaba de ella. Decía que seguía viviendo en la montaña, en su cabaña, y nunca lo creímos. Nos metían miedo de niños, pero nunca vino. Nunca lo creí.
-Ya. Ni yo tampoco… -comentó el primero. Escupió e hizo la señal de protección contra el mal de ojo.- ¿Volverá?
El viejo levantó las cejas pobladas.
-No creo. Al menos, no en nuestro tiempo. Comerá bien y luego se echará a dormir.
El otro viejo asintió.
-Y continúan buscando al tipo -dijo-. No se enteran de nada.
-Eso parece.
Luego siguieron contemplando el deshielo que traía la primavera a aquel pueblo tranquilo, en el que nunca sucedía nada.

5 comentarios:

mada4r dijo...

Còmo te sientan las escapadas Alvaruchi!

Un beso niño.

Miki dijo...

Ahora me explico las recientes nevadas; un viejo pedazo de folklore ruso se ha instalado en la sierra de Madrid... Buena entrada para el nuevo año, sí señor.

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

Gracias, Cocot, qué alegrón... ¿Te apuntas a la Marcha Zombie?

morlok dijo...

Qué mieditooor..

Miki dijo...

Me da que no...

 
Free counter and web stats