Sólo nos faltaban las estrellas sobre nuestras cabezas y una buena guitarra para formar un delicioso campamento. Podría pedir más, desde luego: desearía que no hubiera un amigo agonizando a dos metros de nosotros, ni el cadáver de un ser mitológico pudriéndose en pelotas un poco más allá, pero, dentro de lo que cabía, en aquel momento estaba viviendo una especie de sueño junto a Linda. Podría, y de hecho me esforzaba al máximo para ello, imaginar que se trataba de una increíble oportunidad, en la que dos personas que se gustaban se veían envueltos por casualidad en un típico lío de guión barato, cuya única razón de ser era el momento concreto en que, rodeados de los gritos y ovaciones de los espectadores, se daban su primer beso.
Linda era vulnerable en aquellos momentos. Lo veía tan claro como veo ahora mismo mis propias manos tecleando en este ordenador. Estaba aterrado: por un lado, debido a la posibilidad de que ella me rechazara; y por otro, a causa del pánico que me producía imaginar tan sólo que pudiera yo dejar que se escapara aquella oportunidad.
La brisa que nos acariciaba el rostro nos invitaba a sentarnos más y más cerca. Puedo asegurar que cada vez que uno de los dos cambiaba de postura, por aliviar un poco el dolorido trasero o la espalda cargada, nos encontrábamos un par de centímetros menos alejados. Quizá se debía, al fin y al cabo, únicamente a que la situación en aquel mundo nos superaba por todos lados, pero creo acertar cuando afirmo que, de nuevo, Linda había visto en mí algo que le había hecho replantearse su comportamiento. Seguramente cuando me vio golpear al cíclope con toda mi ira desatada. No me importa demasiado: ¿cómo podría permitir que la oportunidad se me escapara, si cada vez que me miraba, sus ojos, tristes, reflejaban la angustia que produce el deseo insatisfecho? No quiero ni imaginar qué oscura ansia se reflejaba en los míos.
El fuego crepitaba y se agitaba poseído por una diminuta rabieta, y nosotros lo alimentábamos, por mantener, al menos en mi caso, aquella ilusión de bucólico campamento. Me entraban puntuales ataques de raciocinio, en los que caía sobre mí mismo con la contundencia con que se cierra la puerta de un lúgubre castillo: estábamos en peligro. Burt se estaba debatiendo entre la vida y la muerte. No teníamos idea de cómo coño íbamos a llegar hasta el Krut en aquellas circunstancias. Una raza de demonios asesinos monoculares nos acechaba, ansiosos por hincarnos el diente. Todo estupendo. Pero entonces echaba un fugaz vistazo al perfil de Linda, y bien poco tardaba en olvidarme de todas aquellas tribulaciones.
La magia de aquella mujer se escondía en sus ojos, y había cometido el descuido de enseñarme el interior de su sombrero de copa.
-Cada vez que apoyo la mano en estas hojas, me pregunto cómo puede ser posible todo lo que estamos viviendo –dijo Linda.
-Creo que sé a qué se refiere exactamente –dije.
-¿Ah, sí? –preguntó con una sonrisa.
-Bueno, eso creo.
-Ilústreme –ordenó.
Esta vez le devolví la sonrisa. Mi mente se despidió con prisa: adiós, Deenah; adiós, cíclopes; adiós, Krut. Me importáis un pepino.
-Pues, por así decirlo, estamos caminando sobre un mito. Como si pudiéramos pasearnos por la Atlántida al atardecer, o contemplar la gran pirámide a medio construir mientras los egipcios hacen restallar el látigo sobre la espalda de los esclavos. O como… no sé, como si nos hubieran dejado plantar un árbol en las terrazas esas de Babilonia. Estamos viviendo en una tierra que ya no existe, que nadie creería, y sin embargo basta con tropezarse con una raíz para darse cuenta de que todo es real. Real, no un mito, no un sueño: real. Me pregunto cuántos profesores viejos de universidad darían… -estuve a punto de añadir su brazo derecho, pero me contuve por no distraer a Linda- un riñón, por encontrarse en nuestra situación. Nadie nos va a creer cuando regresemos.
Linda hizo un esfuerzo por endurecer su mirada.
-Todavía no he decidido qué voy a anotar en mi informe.
-Pero…
Casi consiguió hacer saltar la chispa del odio de nuevo en mi interior.
-No, Daniel. Tengo una responsabilidad. No digo qué voy a hacer, porque ni yo misma lo sé, pero es una posibilidad. Este es un asunto muy serio, probablemente más serio de lo que ninguno de nosotros tres podamos imaginar, y es posible que ni siquiera su Marcelo sea consciente de ello. Esto es incluso más grande que si, en realidad, los tres cíclopes de la embajada hubieran sido verdaderos extraterrestres. ¿No se da cuenta de lo que implica la teoría de su amigo el cura? La Tierra es capaz de usar un mecanismo de autodefensa que destierra todo aquello que le supone un peligro; lo barre fuera, y ya está. No termino de creerme esta explicación, a pesar de todo lo que nos está ocurriendo, pero a veces me da por pensar: ¿por qué no? ¿Qué nos hace creer que sabemos cómo funciona el universo?
-Pero ¿qué más da?
Me miró, francamente sorprendida.
-¿Cómo que qué más da? ¿Se imagina, viendo cómo estamos llevando el mundo los humanos, qué poco nos queda para ser barridos nosotros también?
Me enfurruñé levemente.
-Quizá nos lo merezcamos, al fin y al cabo. ¿A quién le importa? Incluso puede que nos viniera bien un terreno gratis que destrozar a conciencia.
Me costaba horrores no echar constantes vistazos a su escote. En su postura, la camisa, que aún ostentaba el manchurrón de las moras que había recogido para mí, se separaba ligeramente a la altura del segundo botón, y me permitía atisbar el borde blanco de su sujetador. El pecho formaba un bulto más que apetitoso, apretado por el brazo que apoyaba en el suelo. Maldición, mis ojos estaban sedientos, pero no pensaba joderlo a aquellas alturas: nunca habíamos hablado tanto, ella y yo.
Tras un breve silencio, ella continuó.
-Es posible que podamos evitarlo, o esa es la impresión que me da. De no ser así, ¿por qué la Tierra nos está permitiendo tantos excesos? ¿Por qué no nos ha desgajado todavía, con lo que nos aprovechamos de ella? Siempre he pensado que la raza humana se extinguiría ella sola, sin ayuda de nadie.
-Quizá es por eso por lo que aún no nos ha echado, ¿no? Está esperando a que nos aniquilemos. Cuando alguien pulse el famoso botón rojo…
Linda sonrió.
-¿Sabe que nunca he creído en un apocalipsis nuclear? Tal y como se desarrolla la raza humana, creo más bien que nuestro fin vendrá provocado por la desgana.
-¿Cómo dice?
-Por la desgana. Por la falta de acción. Atrofiamiento por desinterés.
-No la entiendo –dije, y se me contagió su sonrisa.
Ella se removió, y se me acercó un par de casi imperceptibles centímetros más.
-Piense en cómo avanzamos. La tecnología se desarrolla a una velocidad que supera la de nuestra evolución. Estadísticamente, ha de llegar un momento en que nuestro limitado cerebro no dé más de sí, mientras que la tecnología, de por sí, carece de límites.
-¿Y?
-Creo que llegará un día en el que, debido a las comodidades con que estamos atrofiando nuestra parte animal, el hombre va a terminar estéril, o no le va a interesar el sexo, por ejemplo, fuera de las perfectas experiencias que nos brindará la realidad virtual. Aún está por llegar el verdadero videojuego, por decirlo de alguna manera.
La miré apreciativamente, mientras pensaba en que, si llegaba el día en que un hombre no deseara montárselo con una mujer como Linda, desde luego merecería la extinción.
-¿No está siendo un poco demasiado pesimista? –dije.
Ella se rió de nuevo, y trajo con el eco de aquella risa una nueva primavera a aquel mundo gris.
-No creo que lleguemos a verlo; será problema de nuestros nietos.
Su teoría me recordó un poco a un episodio de Futurama, pero por supuesto no se lo dije. Lo que hice fue llevarme las manos a los riñones, poner cara de sufrimiento mientras removía el culo, y acercarme una pizca a ella cuando recuperé la postura. A continuación volví a coger un palito del suelo, y lo apliqué a la llama.
Miré a Burt. El jirón de túnica que había empleado Linda como venda estaba oscuro y brillante. A pesar de la concienzuda cauterización, aún sangraba por varios puntos. Con aquel vistazo me llegó el convencimiento más atroz: no lo conseguiría. Su pálido rostro inconsciente se encontraba cubierto por una capa de sudor, y sin estar muerto, tenía el aspecto más de muerto que he visto en mi vida. Y a pesar de todo, en lugar de estar a su lado, secándole la frente, allí me encontraba yo, planeando asaltar a Linda aprovechando que había bajado sus defensas, y olvidándome por completo de él. ¿Pero qué clase de persona soy, coño?
Linda acompañó mi mirada al sapo Deenah, y juraría que sus pensamientos siguieron un hilo similar a los míos, puesto que se incorporó, después de hacer un gesto con su cabeza, como una breve negación, y se acercó al cuerpo caído. Eso sí, al pasar a mi lado me pareció que ralentizaba la marcha, como si se estuviera debatiendo entre continuar o detenerse frente a mí.
Me encanta divagar.
-Tiene mucha fiebre –anunció Linda con preocupación.
-¿Qué se puede hacer?
-No sé… Creo que el eucalipto le iría bien. El sauce es posible que también. No soy herborista, pero de todos modos no importa: habría que hervir agua, y ¿de dónde vamos a sacar un recipiente para hacerlo?
-Seguramente los cíclopes usen ollas, o marmitas, o algo así.
Me miró con crueldad.
-¿Y por qué no va, entonces, a pedirles una?
-Oiga, Linda…
Levantó la mano y la meneó.
-Déjelo. Habrá que esperar. Lo único que podemos hacer es cubrirlo bien y aguardar a que se le pase. Habrá que cambiarle la venda cada poco tiempo, aunque me temo que una infección es inevitable. Pero al menos no se le pegará a la herida.
Se agachó y rasgó otro pedazo de la túnica que cubría a Burt por la parte inferior.
-Voy a lavarla. Usted vaya deshaciendo el nudo en el antebrazo.
Se encaminó hacia el río, y mi mirada por supuesto acompañó a sus glúteos hasta donde me lo permitieron los árboles. Después me giré y me acuclillé junto a Burt. Creo que me llegaba un poco del calor que desprendía Deenah, aunque es posible que me lo estuviera imaginando. ¡Qué mal aspecto, el cabrón! Pensé en el botiquín de la embajada, en el armarito de mi baño, en la farmacia de la esquina: podríamos ir tirando con simples aspirinas, al menos hasta que lo lleváramos a un hospital. En mi mente, en realidad ya estaba muerto. ¿Conseguiríamos llegar hasta el Krut con Burt en esas condiciones? Imposible. Y sin embargo, una parte de mi pensamiento esperaba el milagro. La cauterización, aunque cochambrosa, había sido efectiva. La herida era muy grave, desde luego, pero si Deenah conseguía ponerse en pie, era posible que pudiéramos caminar sujetándolo por turnos. Claro que aún quedaba el asunto de la ciudad de los cíclopes: a ver cómo podríamos abrirnos paso a salvo con un enfermo sin levantar sospechas. Ni túnicas ni cojones.
Lo teníamos bien crudo.
Saqué el brazo de Burt de debajo de la túnica y desaté la improvisada venda. Tiré con mucho cuidado de ella. Algunas zonas de carne se habían quedado algo pegadas a la tela, la cual se desprendió dejando unas hebras de una sustancia que parecía baba. Todavía apestaba a barbacoa.
Aprecié la herida en toda su magnitud. Una señora herida. El muñón requemado brillaba en las partes que no estaban carbonizadas. Sujeté el brazo de Burt en alto y observé que aún salían algunos hilillos de sangre en algunas zonas, pero cerrarían por sí mismas. Linda había hecho un buen trabajo.
El borde de la herida tenía ya un aspecto menos limpio que cuando el cíclope le había mutilado. La piel oscura se había replegado y se inclinaba hacia dentro, como si quisiera introducirse a investigar en pleno tajo. Aún no se veía pus, ni estaba demasiado enrojecida, pero estaba seguro de que pronto adquiriría el aspecto terrible de una piel con una infección de pelotas. Quizá en un par de días sería posible lavar la herida más concienzudamente, pero de momento sólo podríamos limitarnos a cubrirla.
Casi sin darme cuenta, agarré uno de los gruesos mofletes de Burt y lo apreté con cuidado.
-En menudo lío nos has metido, puto gordo –le murmuré.- Te merecerías que te dejáramos morir aquí mismo.
Al rato regresó Linda. Traía el pedazo de tela extendido entre las dos manos.
-Lo he frotado un poco con unas hojas de eucalipto que había en el camino.
-¿Ayudará eso?
Me fulminó con la mirada.
-¿Y yo qué narices sé?
Me encogí de hombros. Pues muy bien.
Anudó la venda en torno al muñón mientras yo sujetaba el brazo en alto. Cuando Linda finalizó la operación, volví a colocarlo sobre el estómago de Burt, bajo la túnica. Luego cogí un par de troncos de por ahí y los eché al fuego, y por último me senté.
-Ahora, a esperar.
-Pronto estará en pie –dijo Linda, y se sentó a mi lado.
Ninguno nos creímos del todo su afirmación. ¿A qué dios podríamos rezarle por aquellos lares? Al cristiano no, desde luego.
Por fortuna, Burt era un tipo más duro de lo que parecía. Seguramente sus orgías depravadas lo habían fortalecido de alguna manera, porque no tardó demasiado en abrir los ojos.
sábado 29 de noviembre de 2008
lunes 24 de noviembre de 2008
Parásitos. Capítulo Vigesimoquinto.
Burt consiguió situarse tras el cíclope sin que éste, aparentemente, hubiera percibido ningún sonido. Una vez allí, levantó el brazo y preparó su golpe. Desde la distancia podíamos apreciar el temblor en todo su cuerpo, e incluso la palidez de su gordo rostro se nos hacía evidente. Ahí estaba, el embajador, metido en un berenjenal del que ya le habría gustado escapar.
Linda, a mi lado, aguantaba la respiración, y yo hacía otro tanto.
Deenah pareció a punto de descargar el golpe, y de pronto se detuvo. Volvió a elevar el brazo hasta el máximo que su tamaño le permitía, y de nuevo se detuvo.
-¿Qué hace? –preguntó Linda con la voz cargada de emoción.- ¿Por qué no golpea ya?
-Vamos, Burt, gilipollas- lo animaba yo-. Pégale de una vez.
Pero nada. Me temí que le hubiera dado un ataque de pánico. En aquellas circunstancias, la parálisis sería la peor de las desgracias, sin duda. Ah, gordo imbécil, ¿a qué estaba esperando?
El tiempo se ralentizó, y entré de súbito en una de esas películas que interpretan los sueños como un escenario viejo pero moderno, al estilo del videoclip, que se mueve lento y de pronto se desplaza a la velocidad del sonido, para detenerse casi completamente cuando llega el detalle escabroso. El filtro gris se impuso sobre mis ojos, y el corazón inició su marcha desbocada: percibí que las protuberancias del cíclope, aun desde esa distancia, comenzaban a vibrar, y a emitir su maullido.
Deenah había sido detectado. ¿Es que no se daba cuenta?
Ahora o nunca, ¡dale, por Dios!, suplicó mi mente.
Como para hacernos pasar todavía un poco de mal rato, el cíclope se mantuvo inmóvil un par de segundos más. Comprendí, y supe por su estremecimiento que Linda también, que Burt iba a morir.
De repente, cuando ya casi parecía que Deenah se había decidido, e iniciaba el descenso de su brazo en dirección a la cabeza del cíclope, éste se dio la vuelta y se incorporó, y se lanzó hacia el gordo a una velocidad que lo hizo borroso a nuestros ojos.
Se escuchó un crujido.
Donde antes estaba la mano de Deenah había ahora un vacío. Ni siquiera pudimos localizar la piedra: había sido engullida, en la violencia del ataque, junto con la mano derecha de Burt. Pareció mirar estúpidamente unos instantes el lugar en el que debería estar aquella parte de su cuerpo, y de pronto, como si no hubiera sido consciente hasta ese preciso momento, un aullido desesperado acompañó el primer chorro de sangre. Un reguero impresionante que alcanzó, y no exagero, los cuatro metros de altura con aquel primer bombeo al exterior.
Mi mente continuaba viviendo al ritmo de la pesadilla. El cíclope, a cámara lenta, dejó a Burt a su espalda, mientras su enorme mandíbula masticaba con ferocidad aquel inesperado y delicioso bocado; Deenah, por su parte, se llevó la mano izquierda a la cercenada muñeca y trató de cortar la hemorragia, mientras su demudado rostro no dejaba de chillar. Cayó de rodillas con el gesto más desesperado que quepa imaginar en un sapo. Escuché un gemido de Linda, a mi lado, y percibí con el rabillo del ojo cómo se llevaba las manos al rostro, tratando de escapar de aquel horror: una indefensa niña acurrucándose en su cama y llevando la manta hasta la barbilla justo antes de la aparición de la criatura del armario.
Pero lo que más me sorprendió fue mi propia reacción. Joder, creo que ya he dejado, hasta ahora, bastante claro que mi estima por Burt no iba más allá del mundo de los negocios; siempre ha sido, y será, un gordo demente para mí. Sin embargo, antes incluso de darme cuenta de ello, me encontré corriendo hacia él, creo que acompañado de un grito de guerra, mientras preparaba la piedra para sacudir al cíclope que, por cierto, ya se estaba girando de nuevo para realizar un segundo y, con toda seguridad, más mortífero ataque.
Cubrí las varias decenas de metros en no más de diez segundos. A cada paso que daba me iba dando más y más cuenta de la locura que estaba a punto de emprender, pero una parte de mí, quizá un rincón aletargado que había despertado sediento al contacto con aquella salvaje naturaleza, me daba unas energías que jamás había experimentado. Me dejé llevar por la misma ansia belicosa que, estaba seguro, había llevado al tal Zeus y a su tribu a luchar contra aquellos enemigos tan peligrosos sin perder un ápice de ánimo.
Daniel, el vago bebedor de latas de Mahou, cuyo concepto más cercano a una batalla era ver por la tele un debate sobre el ruinoso estado de la nación, había desaparecido. Por los dioses, cuánto me encantó descubrirme en aquel momento.
Deenah, de rodillas y acurrucado sobre sí mismo sobre un charco filtrado cada vez más amplio de sangre, no percibió mi llegada, pero el cíclope sí. Detuvo su ataque a Burt lo justo para girarse en mi dirección, pero no tuvo tiempo a hacer nada más. Sin detener mi carrera, con un alarido de satisfacción, extendí el brazo y golpeé en plena cabeza de la criatura. Ojalá hubiera podido percibir sorpresa en ese inexpresivo ojo oscuro.
Con un espasmo y una sacudida, el cíclope cayó a plomo. Me dio la impresión de que, por lo menos, le había arrancado media cabeza, y un júbilo me llenó por completo el cuerpo y el alma mientras detenía mis pasos, varios metros más allá. Jadeando, me di la vuelta y vi que Linda se acercaba corriendo hacia Deenah, quien había cambiado de postura y ya no se encontraba de rodillas, sino que se había arrojado al suelo y se rebozaba sobre la empapada hojarasca. No paraba de gritar, aunque con voz cada vez más débil. Comprendí la gravedad del asunto cuando me di cuenta de que su rostro estaba tan blanco como el papel. No le quedaba mucho.
Linda llegó a la carrera y se arrojó sobre Burt. Por un instante de curiosa locura, me dio la impresión de que era ella quien deseaba devorarlo esta vez. Pero lo que agarró fue el brazo mutilado de Burt por el codo, tratando de arrancárselo de la protección que su barriga enorme le brindaba.
-Suelte, Deenah, ¡suelte! ¡Déjeme verlo!
Burt, resistiéndose a duras penas, gritó con la mente ida. Estaba a punto de perder el conocimiento.
-Déjeme en paz, ¡maldita zorra! –berreó entre sollozos. Al recuperar del todo su brazo, un nuevo y exagerado chorro rojo cayó sobre su regazo.
Linda se levantó. Tenía los ojos abiertos y atentos, y miró a nuestro alrededor. Me clavó la vista, y vi en un segundo hasta qué punto estaba asustada.
Dio dos rápidos pasos hacia la hoguera que el cíclope había preparado y agarró un grueso tronco. El extremo estaba rojo y humeaba como un volcán.
-Daniel, sujételo. Échese encima de él y no permita que se mueva, ¿me entiende?
Yo, que apenas me había recuperado de mi ataque de ferocidad, asentí jadeante.
-¿Qué va a hacer?
-Ponga sus rodillas sobre el hombro de Burt y apoye todo su peso sobre él. Tiene que estar completamente quieto. Voy a cauterizar.
Supongo que mi expresión lo dijo todo.
-Agh, hijos de mala puta –dijo Deenah, con lo que era ya apenas un murmullo. –No me toquéis, no se os ocurra tocarme.
-¡Ahora! –me apremió Linda, y no tuve más remedio que obedecer. Al apoyar mis ochenta kilos sobre el hombro de Burt, él dejó escapar un bufido. Sin embargo, el brazo herido se extendió. Un nuevo reguero salpicó la tierra, y pude ver que la herida era, para tratarse de un mordisco, bastante limpia: la piel terminaba prácticamente al mismo nivel que los tendones y huesos. Sólo un pedazo de carne había decidido saltarse la regularidad del conjunto, y colgaba como un racimo de uvas de una parra.
Linda se agachó de nuevo, esta vez con la tea en la mano junto a Burt. Ahora ya estaba casi en el mundo de la inconsciencia, aunque su cabeza se meneaba ocasionalmente, y soltaba algún que otro gemido moribundo. No me podía creer que un hombre tan pálido pudiera aún seguir con vida. Supongo que tuvo suerte de ser un tipo gordo: tenía mucha, muchísima sangre que perder, antes de rendirse.
Linda sujetó con una mano el muñón, mientras acercaba la brasa a la herida. Me vino de pronto la escena de una película que había visto hacía tiempo, algo acerca de un hombre al que le efectuaban la misma operación precipitada, después de recibir el mordisco de un vampiro, un zombie o algo así. Pero no tuve tiempo de indagar demasiado en mis recuerdos, porque de pronto escuché un siseo, y un repugnante olor a carne a la parrilla me invadió la nariz. Sentí náuseas, y noté cómo, bajo mis rodillas, el cuerpo de Deenah pegaba un respingo. Abrió mucho los ojos, y tras dejar escapar un gemido entrecortado, los cerró y no los abrió más.
Casi me pareció que Linda se regodeaba en su cauterización. Por la vena que le resaltaba en la frente, y por el rictus torcido de su boca, supe que era la primera vez que hacía algo como aquello, aunque, desde luego, sabía por dónde iban los tiros. Aplicó la brasa sobre la herida hasta que se apagó, y después regresó veloz a la hoguera y recogió otro tronco, para seguir con su operación.
Diez minutos después, cuando el segundo tronco no era más que un tocón mojado, y el aire olía como un domingo de barbacoa, dio por finalizado el espectáculo. Deenah respiraba irregularmente.
-Quizá deberíamos haberle hecho un torniquete antes de cauterizarle la muñeca. Ha perdido demasiada sangre.
Se acercó al cadáver del cíclope y lo observó unos instantes.
-Vida o muerte –murmuró–. Ya no importa.
Y de pronto, para mi sorpresa, levantó la pierna y soltó una fortísima patada en pleno ojo oscuro. Cedió hacia dentro y la boca se entreabrió, sanguinolenta. Me incorporé sobresaltado.
-Linda… -dije.
Gritó. Levantó los puños hacia el cielo y amenazó todo cuanto se ocultaba bajo aquel manto de nubes imperecederas. Me sentí intimidado ante aquel alarido: el Guerrero de la Mahou dejó paso definitivamente a Daniel, el Pringao. Era el turno de Linda y de su furia, y comprendí que nada ni nadie podría detener aquel caudal.
Una hora después, Linda y yo estábamos sentados junto al fuego. A nuestro lado, inmóvil, yacía el Sapo Deenah, el Manco, vestido con la túnica lavada, y con la del segundo cíclope cubriendo su cuerpo rechoncho a modo de manta.
-Esto cambia por completo nuestros planes.
-Desde luego –dije. Hurgué con un palo en el crepitante fuego hasta que hice brillar la punta. Luego lo meneé un poco.
-No creo que sobreviva. Jamás había visto a nadie perder tanta sangre.
La mirada de Linda estaba empapada de frustración, aunque no supe dilucidar si se trataba de angustia por la vida de Burt, o por el retraso que, inevitablemente, supondría aquel desgraciado incidente para nuestra búsqueda del Krut. Quise creer que se trataba de lo primero, aunque, ¿hasta qué punto estaba yo, por mi parte, involucrado con la vida del embajador? ¿Acaso ya no lo odiaba tanto? ¿A qué se debía, si no, aquel nudo que se me hacía en el estómago cada vez que posaba los ojos sobre aquel cuerpo derrotado?
Como no me gustaban aquellos pensamientos, hice un par de dibujos en el aire con la brasa del palo. Uno fue la palabra CARMEN. El otro fue LINDA. Cuando me di cuenta, arrojé el palito a la hoguera con expresión hosca.
-Habrá que esperar a ver –dijo Linda-. Debemos cuidarlo cuanto podamos. Quizá haya algunas hierbas que lo ayuden a cicatrizar. Pero lo más seguro es que muera por una infección. Mierda –añadió con amargura-. Cuando más debemos apresurarnos, menos podemos hacerlo.
-Sólo esperar… Me cago en la puta, ¿por qué no golpeó cuando tuvo la oportunidad?
Ella sonrió muy forzadamente; sus ojos estaban tristes, tan tristes que el corazón me dio un vuelco.
-Daniel.
-¿Sí?
Me miró, pareció a punto de hablar. Finalmente dejó caer los hombros.
-Nada -dijo.
Hubiera jurado que había estado a punto de pedirme que la abrazara.
Linda, a mi lado, aguantaba la respiración, y yo hacía otro tanto.
Deenah pareció a punto de descargar el golpe, y de pronto se detuvo. Volvió a elevar el brazo hasta el máximo que su tamaño le permitía, y de nuevo se detuvo.
-¿Qué hace? –preguntó Linda con la voz cargada de emoción.- ¿Por qué no golpea ya?
-Vamos, Burt, gilipollas- lo animaba yo-. Pégale de una vez.
Pero nada. Me temí que le hubiera dado un ataque de pánico. En aquellas circunstancias, la parálisis sería la peor de las desgracias, sin duda. Ah, gordo imbécil, ¿a qué estaba esperando?
El tiempo se ralentizó, y entré de súbito en una de esas películas que interpretan los sueños como un escenario viejo pero moderno, al estilo del videoclip, que se mueve lento y de pronto se desplaza a la velocidad del sonido, para detenerse casi completamente cuando llega el detalle escabroso. El filtro gris se impuso sobre mis ojos, y el corazón inició su marcha desbocada: percibí que las protuberancias del cíclope, aun desde esa distancia, comenzaban a vibrar, y a emitir su maullido.
Deenah había sido detectado. ¿Es que no se daba cuenta?
Ahora o nunca, ¡dale, por Dios!, suplicó mi mente.
Como para hacernos pasar todavía un poco de mal rato, el cíclope se mantuvo inmóvil un par de segundos más. Comprendí, y supe por su estremecimiento que Linda también, que Burt iba a morir.
De repente, cuando ya casi parecía que Deenah se había decidido, e iniciaba el descenso de su brazo en dirección a la cabeza del cíclope, éste se dio la vuelta y se incorporó, y se lanzó hacia el gordo a una velocidad que lo hizo borroso a nuestros ojos.
Se escuchó un crujido.
Donde antes estaba la mano de Deenah había ahora un vacío. Ni siquiera pudimos localizar la piedra: había sido engullida, en la violencia del ataque, junto con la mano derecha de Burt. Pareció mirar estúpidamente unos instantes el lugar en el que debería estar aquella parte de su cuerpo, y de pronto, como si no hubiera sido consciente hasta ese preciso momento, un aullido desesperado acompañó el primer chorro de sangre. Un reguero impresionante que alcanzó, y no exagero, los cuatro metros de altura con aquel primer bombeo al exterior.
Mi mente continuaba viviendo al ritmo de la pesadilla. El cíclope, a cámara lenta, dejó a Burt a su espalda, mientras su enorme mandíbula masticaba con ferocidad aquel inesperado y delicioso bocado; Deenah, por su parte, se llevó la mano izquierda a la cercenada muñeca y trató de cortar la hemorragia, mientras su demudado rostro no dejaba de chillar. Cayó de rodillas con el gesto más desesperado que quepa imaginar en un sapo. Escuché un gemido de Linda, a mi lado, y percibí con el rabillo del ojo cómo se llevaba las manos al rostro, tratando de escapar de aquel horror: una indefensa niña acurrucándose en su cama y llevando la manta hasta la barbilla justo antes de la aparición de la criatura del armario.
Pero lo que más me sorprendió fue mi propia reacción. Joder, creo que ya he dejado, hasta ahora, bastante claro que mi estima por Burt no iba más allá del mundo de los negocios; siempre ha sido, y será, un gordo demente para mí. Sin embargo, antes incluso de darme cuenta de ello, me encontré corriendo hacia él, creo que acompañado de un grito de guerra, mientras preparaba la piedra para sacudir al cíclope que, por cierto, ya se estaba girando de nuevo para realizar un segundo y, con toda seguridad, más mortífero ataque.
Cubrí las varias decenas de metros en no más de diez segundos. A cada paso que daba me iba dando más y más cuenta de la locura que estaba a punto de emprender, pero una parte de mí, quizá un rincón aletargado que había despertado sediento al contacto con aquella salvaje naturaleza, me daba unas energías que jamás había experimentado. Me dejé llevar por la misma ansia belicosa que, estaba seguro, había llevado al tal Zeus y a su tribu a luchar contra aquellos enemigos tan peligrosos sin perder un ápice de ánimo.
Daniel, el vago bebedor de latas de Mahou, cuyo concepto más cercano a una batalla era ver por la tele un debate sobre el ruinoso estado de la nación, había desaparecido. Por los dioses, cuánto me encantó descubrirme en aquel momento.
Deenah, de rodillas y acurrucado sobre sí mismo sobre un charco filtrado cada vez más amplio de sangre, no percibió mi llegada, pero el cíclope sí. Detuvo su ataque a Burt lo justo para girarse en mi dirección, pero no tuvo tiempo a hacer nada más. Sin detener mi carrera, con un alarido de satisfacción, extendí el brazo y golpeé en plena cabeza de la criatura. Ojalá hubiera podido percibir sorpresa en ese inexpresivo ojo oscuro.
Con un espasmo y una sacudida, el cíclope cayó a plomo. Me dio la impresión de que, por lo menos, le había arrancado media cabeza, y un júbilo me llenó por completo el cuerpo y el alma mientras detenía mis pasos, varios metros más allá. Jadeando, me di la vuelta y vi que Linda se acercaba corriendo hacia Deenah, quien había cambiado de postura y ya no se encontraba de rodillas, sino que se había arrojado al suelo y se rebozaba sobre la empapada hojarasca. No paraba de gritar, aunque con voz cada vez más débil. Comprendí la gravedad del asunto cuando me di cuenta de que su rostro estaba tan blanco como el papel. No le quedaba mucho.
Linda llegó a la carrera y se arrojó sobre Burt. Por un instante de curiosa locura, me dio la impresión de que era ella quien deseaba devorarlo esta vez. Pero lo que agarró fue el brazo mutilado de Burt por el codo, tratando de arrancárselo de la protección que su barriga enorme le brindaba.
-Suelte, Deenah, ¡suelte! ¡Déjeme verlo!
Burt, resistiéndose a duras penas, gritó con la mente ida. Estaba a punto de perder el conocimiento.
-Déjeme en paz, ¡maldita zorra! –berreó entre sollozos. Al recuperar del todo su brazo, un nuevo y exagerado chorro rojo cayó sobre su regazo.
Linda se levantó. Tenía los ojos abiertos y atentos, y miró a nuestro alrededor. Me clavó la vista, y vi en un segundo hasta qué punto estaba asustada.
Dio dos rápidos pasos hacia la hoguera que el cíclope había preparado y agarró un grueso tronco. El extremo estaba rojo y humeaba como un volcán.
-Daniel, sujételo. Échese encima de él y no permita que se mueva, ¿me entiende?
Yo, que apenas me había recuperado de mi ataque de ferocidad, asentí jadeante.
-¿Qué va a hacer?
-Ponga sus rodillas sobre el hombro de Burt y apoye todo su peso sobre él. Tiene que estar completamente quieto. Voy a cauterizar.
Supongo que mi expresión lo dijo todo.
-Agh, hijos de mala puta –dijo Deenah, con lo que era ya apenas un murmullo. –No me toquéis, no se os ocurra tocarme.
-¡Ahora! –me apremió Linda, y no tuve más remedio que obedecer. Al apoyar mis ochenta kilos sobre el hombro de Burt, él dejó escapar un bufido. Sin embargo, el brazo herido se extendió. Un nuevo reguero salpicó la tierra, y pude ver que la herida era, para tratarse de un mordisco, bastante limpia: la piel terminaba prácticamente al mismo nivel que los tendones y huesos. Sólo un pedazo de carne había decidido saltarse la regularidad del conjunto, y colgaba como un racimo de uvas de una parra.
Linda se agachó de nuevo, esta vez con la tea en la mano junto a Burt. Ahora ya estaba casi en el mundo de la inconsciencia, aunque su cabeza se meneaba ocasionalmente, y soltaba algún que otro gemido moribundo. No me podía creer que un hombre tan pálido pudiera aún seguir con vida. Supongo que tuvo suerte de ser un tipo gordo: tenía mucha, muchísima sangre que perder, antes de rendirse.
Linda sujetó con una mano el muñón, mientras acercaba la brasa a la herida. Me vino de pronto la escena de una película que había visto hacía tiempo, algo acerca de un hombre al que le efectuaban la misma operación precipitada, después de recibir el mordisco de un vampiro, un zombie o algo así. Pero no tuve tiempo de indagar demasiado en mis recuerdos, porque de pronto escuché un siseo, y un repugnante olor a carne a la parrilla me invadió la nariz. Sentí náuseas, y noté cómo, bajo mis rodillas, el cuerpo de Deenah pegaba un respingo. Abrió mucho los ojos, y tras dejar escapar un gemido entrecortado, los cerró y no los abrió más.
Casi me pareció que Linda se regodeaba en su cauterización. Por la vena que le resaltaba en la frente, y por el rictus torcido de su boca, supe que era la primera vez que hacía algo como aquello, aunque, desde luego, sabía por dónde iban los tiros. Aplicó la brasa sobre la herida hasta que se apagó, y después regresó veloz a la hoguera y recogió otro tronco, para seguir con su operación.
Diez minutos después, cuando el segundo tronco no era más que un tocón mojado, y el aire olía como un domingo de barbacoa, dio por finalizado el espectáculo. Deenah respiraba irregularmente.
-Quizá deberíamos haberle hecho un torniquete antes de cauterizarle la muñeca. Ha perdido demasiada sangre.
Se acercó al cadáver del cíclope y lo observó unos instantes.
-Vida o muerte –murmuró–. Ya no importa.
Y de pronto, para mi sorpresa, levantó la pierna y soltó una fortísima patada en pleno ojo oscuro. Cedió hacia dentro y la boca se entreabrió, sanguinolenta. Me incorporé sobresaltado.
-Linda… -dije.
Gritó. Levantó los puños hacia el cielo y amenazó todo cuanto se ocultaba bajo aquel manto de nubes imperecederas. Me sentí intimidado ante aquel alarido: el Guerrero de la Mahou dejó paso definitivamente a Daniel, el Pringao. Era el turno de Linda y de su furia, y comprendí que nada ni nadie podría detener aquel caudal.
Una hora después, Linda y yo estábamos sentados junto al fuego. A nuestro lado, inmóvil, yacía el Sapo Deenah, el Manco, vestido con la túnica lavada, y con la del segundo cíclope cubriendo su cuerpo rechoncho a modo de manta.
-Esto cambia por completo nuestros planes.
-Desde luego –dije. Hurgué con un palo en el crepitante fuego hasta que hice brillar la punta. Luego lo meneé un poco.
-No creo que sobreviva. Jamás había visto a nadie perder tanta sangre.
La mirada de Linda estaba empapada de frustración, aunque no supe dilucidar si se trataba de angustia por la vida de Burt, o por el retraso que, inevitablemente, supondría aquel desgraciado incidente para nuestra búsqueda del Krut. Quise creer que se trataba de lo primero, aunque, ¿hasta qué punto estaba yo, por mi parte, involucrado con la vida del embajador? ¿Acaso ya no lo odiaba tanto? ¿A qué se debía, si no, aquel nudo que se me hacía en el estómago cada vez que posaba los ojos sobre aquel cuerpo derrotado?
Como no me gustaban aquellos pensamientos, hice un par de dibujos en el aire con la brasa del palo. Uno fue la palabra CARMEN. El otro fue LINDA. Cuando me di cuenta, arrojé el palito a la hoguera con expresión hosca.
-Habrá que esperar a ver –dijo Linda-. Debemos cuidarlo cuanto podamos. Quizá haya algunas hierbas que lo ayuden a cicatrizar. Pero lo más seguro es que muera por una infección. Mierda –añadió con amargura-. Cuando más debemos apresurarnos, menos podemos hacerlo.
-Sólo esperar… Me cago en la puta, ¿por qué no golpeó cuando tuvo la oportunidad?
Ella sonrió muy forzadamente; sus ojos estaban tristes, tan tristes que el corazón me dio un vuelco.
-Daniel.
-¿Sí?
Me miró, pareció a punto de hablar. Finalmente dejó caer los hombros.
-Nada -dijo.
Hubiera jurado que había estado a punto de pedirme que la abrazara.
sábado 15 de noviembre de 2008
Parásitos. Capítulo Vigesimocuarto.
Por segunda vez, vaya, me recuperaba de un desmayo y lo primero que veía era la porcina facha de Deenah pegada a la mía. La aparté sin fuerzas: estaba completamente agotado, mareado, hecho polvo. Tuve que hacer un esfuerzo descomunal para levantar el brazo, pero al notar cómo mi meñique se introducía en la cavidad húmeda de la nariz de Burt, lo retiré con energía.
-Agh, joder, Danny Boy –me dijo, enseñando los dientes y arrugando sus ojillos-. ¡Cuidado, coño!
Murmuré algo que no comprendí ni yo mismo. Por encima del hombro de Deenah pude advertir que también Linda me observaba con preocupación, y eso me animó bastante. Traté de incorporarme y no lo conseguí del todo.
-Deja, Danny Boy, échate. Descansa. Te has desmayado.
-No me jodas, ¿si? –conseguí graznar-. No me había dado cuenta.
Se rió.
-No puede ser esto, ¿eh? Dos desmayos en un mismo día. Pareces una señorita.
-Que te jodan, Burt. Ni es el mismo día, ni me desvanezco por gusto.
Sin embargo, me eché de nuevo y solté la respiración. Un hormigueo feroz me recorría absolutamente todo el cuerpo. Linda aproximó su delicioso rostro al ponerse de cuclillas.
-¿Qué ha pasado, Daniel? ¿Ha visto a más cíclopes?
No me apetecía contarlo en aquel momento. Sólo necesitaba dormir un rato. Pero antes les pondría sobre aviso, desde luego: por mi propia seguridad.
-He visto a uno, sí. Río arriba, como a un par de kilómetros o así. Me atacó, el hijoputa.
-¿Le atacó? –repitió, y sus iris me atacaron la mente-. ¿Fue peligroso?
Esta vez fui yo el que se rió; aunque, más que una carcajada, lo que me salió fue un cacareo.
-Fue mortífero, qué coño. Oye, luego os lo cuento, ¿de acuerdo? Ahora necesito dormir un poco. No puedo mover un músculo. No corría así desde el instituto.
Ella sonrió, asintió con la cabeza y se llevó mi alma con aquel gesto.
-Desde luego, Daniel. Descanse. Iré a buscar algo de comer, aunque sean moras: necesita recuperar algo de fuerzas. Usted, Burt, quédese junto a él. No me alejaré mucho.
Y entonces pasó su mano por mi frente y me apartó el cabello, y el corazón pasó del trote al galope: su mano era suave como el algodón, fresca, maravillosa, un bálsamo para el cuerpo y una cura para el espíritu. ¿Por qué no podía ser siempre así, esta mujer, maldita fuera?
Como si se hubiera dado cuenta de pronto de que se estaba mostrando no sólo amable, sino incluso tierna conmigo, apartó sus ojos de mí y se incorporó.
-Vuelvo en un rato.
-Yo me quedo –dijo Burt-. Tendré los ojos abiertos. Tenga usted cuidado también.
-Sí –dijo simplemente, y se perdió entre los árboles.
Burt dirigió su vista entonces de nuevo hacia mí, con ese brillo juguetón en su mirada.
-¿Qué coño te pasa? –espeté.
Dejó escapar una risilla.
-Te has empinado, ¿eh? Ya tenemos tienda de campaña para dormir, mira qué bien.
Era mentira, así que ni me molesté en mirar hacia mis pantalones. Cerré los ojos y al instante noté que el sueño se abría paso en mi cabeza, poderoso e imparable.
-Te van a dar pero que bien por tu gordo culo de sapo –conseguí murmurar: apenas un suspiro. Luego caí dormido como un tronco.
Aquella siesta me sentó de maravilla, aunque aún estaba agotado cuando me desperté. Había soñado con el ataque del cíclope, sin duda, porque tenía frescas en mi mente extrañas y fugaces imágenes de una boca horrenda, parecida sospechosamente a la de la señorita Hart, que se me comía a mordiscos. Pero liberé bastante tensión. Y más cuando vi que Linda estaba de nuevo a mi lado, sentada, y con un buen puñado de moras en su regazo. Burt remoloneaba por el borde del claro, fingiendo que vigilaba, aunque seguramente estaría ocupado pensando en alguna de sus fiestas temáticas. Probablemente, de nosotros tres, él era el que más ansia tenía por regresar a casa.
Esta vez sí pude incorporarme. Sonreí a la señorita Hart, y ella, como con desgana, se vio obligada a devolvérmela. Aquello iba bien, muy bien. El glaciar estaba derritiéndose, bendito fuera el cambio climático de los cojones.
-¿Va bien? Ha dormido unas cuatro horas. Le he encontrado algunas moras.
-Estoy cansado, sí, pero al menos creo que podré caminar. Con unas agujetas del carajo, eso seguro, pero se me pasarán. Muchas gracias, Linda.
Hizo un gesto con las cejas y le restó importancia.
-La túnica ya está seca.
-Ah, de acuerdo. Dejadme estirar un rato las piernas antes de largarnos, ¿eh?
-Claro.
Dejó sobre la hierba el montoncito de moras. En su camisa había una mancha clara de jugo. Admito que el simple hecho de que se hubiera ensuciado su camisa por mí me alegró el corazón, ya veis qué tontería. Se levantó y se dirigió hacia Burt, que en ese momento nos daba la espalda. Observé el trasero de Linda en su ir y venir por su cadera y me dije que, si algún día llegaba a conseguir que ella me permitiera acariciarlo, sin duda sería el recuerdo con el que cerraría los ojos el día de mi muerte.
Al escucharla acercarse, Burt pegó un respingo y se giró. Entonces me vio sentado.
-¡Ah! ¿Ya estamos, Danny Boy?
Se me acercó y me dio una palmadita en el hombro.
-No se ha separado de ti –me susurró, como una niña que le cuenta un gran secreto a su mejor amiga.
Observé la espalda de Linda, que contemplaba el bosque, y una vaharada de felicidad me cosquilleó por el estómago en dirección al corazón.
Cuidado, me dije. Esto se está poniendo demasiado peligroso.
Pero, por supuesto, no me hice caso.
La túnica me iba al dedillo, y aunque aún olía de manera muy extraña, y me repugnaba pensar en el ser que la había llevado puesta, lo soporté bastante bien. Burt me había estirado de la capucha casi hasta la barbilla y se había retirado unos metros para contemplarme en conjunto.
-Perfecto –dijo-. Darás el pego, al menos desde la distancia. Ya si te cortas los cojones y te los pegas en la barbilla, llegarás al Krut en un abrir y cerrar de ojos sin que nadie te moleste.
Se rió escandalosamente de su propia gracia.
Partimos una media hora después de que me hubiera despertado. Engullí las moras que me había traído Linda con bastante apetito, y a continuación bebí largamente del río. Al incorporarme, respiré la brisa y deseé de pronto que allí, en aquel paraje, hubiera una terracita, con sus mesitas, con su camarero (no importaba que fuera tan estirado como Pierre), que nos trajera una caña detrás de otra, bajo el cielo sin nubes, mientras los tres charlábamos animadamente sobre nuestras aventuras. Esperaba que algún día pudiéramos hacerlo, cuando estuviéramos de vuelta. Y ya de paso, que Linda y yo hubiéramos llegado a… no sé, a algo.
-Iré yo un poco por delante –anuncié-, por si nos encontramos con el cíclope. Y, si continúa en su cercado, veremos si conseguimos distraerlo.
Me estremecí.
-Tengo una idea –dijo Burt-. Te armas con una roca, y como de ti no va a sospechar, te acercas y le sacudes antes de que te ataque. Así ya tendremos otra túnica, y sólo nos faltará una.
-Buen intento. Creo que en todo caso te prestaré la túnica para que le golpees tú. Si es que te cabe, claro. Yo ya me he arriesgado lo suficiente para toda una vida.
-No lo digo por mí –se defendió Burt, ofendido-. Es sólo que es más seguro.
Comprendí que estaba aterrado. No había entrado mucho en el detalle de mi descripción del ataque precisamente para evitar eso, pero Burt me conocía, y sabía cuándo me callaba las cosas.
-Lo siento, Burt. Tendrás que echarle huevecillos.
Sólo le faltó cruzarse de brazos y soltar un ¡jo! caprichoso de niño gordo.
-En cualquier caso –intervino Linda-, todavía no sabemos si picarán.
-Coño, ¡claro que picarán! –exclamó Burt-. Más nos vale que piquen –añadió sombrío.
Llegamos al camino que yo había descubierto, y poco después a la cerca. Las piernas me estaban matando: me pesaban como montañas, pero parecía que aguantaban.
-Ahora, cuidado. Quedaos aquí, voy a entrar. Si lo veo volveré para avisaros.
Tanto Linda como Burt tenían la mirada cargada de terror. Supongo que la mía los superaba con creces.
Pasé con esfuerzo la pierna derecha sobre el cercado, y a continuación la izquierda. Me aseguré que la capucha estuviera bien baja, lo justo para permitirme ver hacia delante inclinando la cabeza hacia arriba. Avancé tratando de no hacer ruido, tarea imposible debido a la cantidad de hojas y ramas que alfombraban el suelo.
Casi antes de tener a la vista los palos y la lona donde había encontrado el queso, supe que el cíclope aún andaba por allí. Quizá había adquirido algo de intuición telepática, después de haber conversado tan a menudo con Juan, o quizá se trataba sólo de una lógica sospecha y nada más, pero no me sorprendió demasiado ver, al rebasar un tronco de árbol, que el cíclope se encontraba sentado, inmóvil, justo al lado de la lona, en el sitio mismo en que me había atacado. Había encendido un pequeño fuego y todo, el desgraciado. El queso ya no estaba: supongo que se lo habría comido. Sin embargo, no me tranquilizaba pensar que se alimentaban de algo más que de carne.
Estaba girado hacia la izquierda. Si uno iba con cuidado, era fácil atacarlo por la espalda. Albergué una esperanza: el crepitar de la hoguera podría camuflar el sonido de nuestras pisadas. Si es que tenían oídos, por supuesto: aquello aún no estaba demostrado.
Pensé por un momento en golpearlo yo. Sin duda, aquello hubiera sido mucho mejor, a la vista de cómo se desarrollaron las cosas un poco después. Pero me acobardé, y pensé, qué carajo, que Deenah tendría que sobreponerse a su miedo: yo ya había hecho bastante, ¿no?
Regresé a la cerca. Allí estaban Burt y Linda, dos rostros pálidos y demacrados.
-¿Lo has visto? –susurró Deenah. Vi que se había hecho con una buena piedra.
-Ahí está, sentado junto a un fuego. Parece fácil.
La cara de Burt se descompuso.
-Supongo que me toca –murmuró cabizbajo, y me impresionó realmente que fuera capaz de vencer el pánico, o al menos, de estar dispuesto a ello.
-Escucha, Burt. Te dejaré la túnica por si acaso. Es muy sencillo: te acercas por detrás y le hundes el cráneo. Y ya está.
-Así de sencillo -dijo, soltando las palabras en forma de suspiro de resignación. Su ceño estaba fruncidísimo.
-Estaremos cerca. No te preocupes.
-Claro. Pero si no está comiendo, es posible que preste más atención que el tuyo. No es justo, coño.
-¡La hostia! –dije-. Pues haberte cargado tú al primero.
-Venga, vale. Joder.
Alzó la pierna y cruzó la valla patosamente; casi se cayó. Luego le tocó a Linda, que la superó con un saltito de gacela. Me quité la túnica y se la pasé a Burt. La contempló durante un instante, entre sus manos.
-Qué asco. Con lo a gusto que estaba yo en mi puta embajada, coño. –Elevó la vista y se enfrentó a mí.- Deberíamos habernos estado quietecitos, ¿eh, Danny Boy? Maldita sea…
-¿Qué dices? Si esto es divertidísimo, Burt. Tendrás muchas cosas que contarles a tus nietos.
Linda sonrió ante mi comentario.
Deenah se vistió con la túnica a duras penas. Su barriga estiraba la lana de manera casi escandalosa.
-Estás precioso –dije.
No le hizo gracia.
Burt caminó con los hombros caídos hasta que tuvimos a la vista al cíclope. No se había movido ni un milímetro, aunque era obvio que esa inmovilidad se vería interrumpida de vez en cuando para alimentar el fuego.
-Rodea ese tronco y acércate con cuidado, y lo tendrás a tu merced. Es pan comido, ya lo verás.
-Pan comido –repitió-. Vete a la puta mierda, Danny Boy.
Avanzó de puntillas, pero ni así conseguía no armar un escándalo. Yo encogía la cabeza a cada paso que él daba. Me agaché y recogí una piedra, y miré a Linda, que aguardaba a mi lado.
-Por si acaso necesita ayuda -vaticiné.
-¿Será capaz? –preguntó con un hilo de voz. Burt estaba ya a unos quince metros del cíclope, y acortaba la distancia con todo el cuidado de que era capaz, que no era mucho precisamente.
-Seguro -dije.– Lo pillará por sorpresa. Acaba de comerse un queso enorme y lo estará reposando. Ni se va a enterar cuando Burt le sacuda.
No podía imaginarme que estaba muy, pero que muy equivocado.
-Agh, joder, Danny Boy –me dijo, enseñando los dientes y arrugando sus ojillos-. ¡Cuidado, coño!
Murmuré algo que no comprendí ni yo mismo. Por encima del hombro de Deenah pude advertir que también Linda me observaba con preocupación, y eso me animó bastante. Traté de incorporarme y no lo conseguí del todo.
-Deja, Danny Boy, échate. Descansa. Te has desmayado.
-No me jodas, ¿si? –conseguí graznar-. No me había dado cuenta.
Se rió.
-No puede ser esto, ¿eh? Dos desmayos en un mismo día. Pareces una señorita.
-Que te jodan, Burt. Ni es el mismo día, ni me desvanezco por gusto.
Sin embargo, me eché de nuevo y solté la respiración. Un hormigueo feroz me recorría absolutamente todo el cuerpo. Linda aproximó su delicioso rostro al ponerse de cuclillas.
-¿Qué ha pasado, Daniel? ¿Ha visto a más cíclopes?
No me apetecía contarlo en aquel momento. Sólo necesitaba dormir un rato. Pero antes les pondría sobre aviso, desde luego: por mi propia seguridad.
-He visto a uno, sí. Río arriba, como a un par de kilómetros o así. Me atacó, el hijoputa.
-¿Le atacó? –repitió, y sus iris me atacaron la mente-. ¿Fue peligroso?
Esta vez fui yo el que se rió; aunque, más que una carcajada, lo que me salió fue un cacareo.
-Fue mortífero, qué coño. Oye, luego os lo cuento, ¿de acuerdo? Ahora necesito dormir un poco. No puedo mover un músculo. No corría así desde el instituto.
Ella sonrió, asintió con la cabeza y se llevó mi alma con aquel gesto.
-Desde luego, Daniel. Descanse. Iré a buscar algo de comer, aunque sean moras: necesita recuperar algo de fuerzas. Usted, Burt, quédese junto a él. No me alejaré mucho.
Y entonces pasó su mano por mi frente y me apartó el cabello, y el corazón pasó del trote al galope: su mano era suave como el algodón, fresca, maravillosa, un bálsamo para el cuerpo y una cura para el espíritu. ¿Por qué no podía ser siempre así, esta mujer, maldita fuera?
Como si se hubiera dado cuenta de pronto de que se estaba mostrando no sólo amable, sino incluso tierna conmigo, apartó sus ojos de mí y se incorporó.
-Vuelvo en un rato.
-Yo me quedo –dijo Burt-. Tendré los ojos abiertos. Tenga usted cuidado también.
-Sí –dijo simplemente, y se perdió entre los árboles.
Burt dirigió su vista entonces de nuevo hacia mí, con ese brillo juguetón en su mirada.
-¿Qué coño te pasa? –espeté.
Dejó escapar una risilla.
-Te has empinado, ¿eh? Ya tenemos tienda de campaña para dormir, mira qué bien.
Era mentira, así que ni me molesté en mirar hacia mis pantalones. Cerré los ojos y al instante noté que el sueño se abría paso en mi cabeza, poderoso e imparable.
-Te van a dar pero que bien por tu gordo culo de sapo –conseguí murmurar: apenas un suspiro. Luego caí dormido como un tronco.
Aquella siesta me sentó de maravilla, aunque aún estaba agotado cuando me desperté. Había soñado con el ataque del cíclope, sin duda, porque tenía frescas en mi mente extrañas y fugaces imágenes de una boca horrenda, parecida sospechosamente a la de la señorita Hart, que se me comía a mordiscos. Pero liberé bastante tensión. Y más cuando vi que Linda estaba de nuevo a mi lado, sentada, y con un buen puñado de moras en su regazo. Burt remoloneaba por el borde del claro, fingiendo que vigilaba, aunque seguramente estaría ocupado pensando en alguna de sus fiestas temáticas. Probablemente, de nosotros tres, él era el que más ansia tenía por regresar a casa.
Esta vez sí pude incorporarme. Sonreí a la señorita Hart, y ella, como con desgana, se vio obligada a devolvérmela. Aquello iba bien, muy bien. El glaciar estaba derritiéndose, bendito fuera el cambio climático de los cojones.
-¿Va bien? Ha dormido unas cuatro horas. Le he encontrado algunas moras.
-Estoy cansado, sí, pero al menos creo que podré caminar. Con unas agujetas del carajo, eso seguro, pero se me pasarán. Muchas gracias, Linda.
Hizo un gesto con las cejas y le restó importancia.
-La túnica ya está seca.
-Ah, de acuerdo. Dejadme estirar un rato las piernas antes de largarnos, ¿eh?
-Claro.
Dejó sobre la hierba el montoncito de moras. En su camisa había una mancha clara de jugo. Admito que el simple hecho de que se hubiera ensuciado su camisa por mí me alegró el corazón, ya veis qué tontería. Se levantó y se dirigió hacia Burt, que en ese momento nos daba la espalda. Observé el trasero de Linda en su ir y venir por su cadera y me dije que, si algún día llegaba a conseguir que ella me permitiera acariciarlo, sin duda sería el recuerdo con el que cerraría los ojos el día de mi muerte.
Al escucharla acercarse, Burt pegó un respingo y se giró. Entonces me vio sentado.
-¡Ah! ¿Ya estamos, Danny Boy?
Se me acercó y me dio una palmadita en el hombro.
-No se ha separado de ti –me susurró, como una niña que le cuenta un gran secreto a su mejor amiga.
Observé la espalda de Linda, que contemplaba el bosque, y una vaharada de felicidad me cosquilleó por el estómago en dirección al corazón.
Cuidado, me dije. Esto se está poniendo demasiado peligroso.
Pero, por supuesto, no me hice caso.
La túnica me iba al dedillo, y aunque aún olía de manera muy extraña, y me repugnaba pensar en el ser que la había llevado puesta, lo soporté bastante bien. Burt me había estirado de la capucha casi hasta la barbilla y se había retirado unos metros para contemplarme en conjunto.
-Perfecto –dijo-. Darás el pego, al menos desde la distancia. Ya si te cortas los cojones y te los pegas en la barbilla, llegarás al Krut en un abrir y cerrar de ojos sin que nadie te moleste.
Se rió escandalosamente de su propia gracia.
Partimos una media hora después de que me hubiera despertado. Engullí las moras que me había traído Linda con bastante apetito, y a continuación bebí largamente del río. Al incorporarme, respiré la brisa y deseé de pronto que allí, en aquel paraje, hubiera una terracita, con sus mesitas, con su camarero (no importaba que fuera tan estirado como Pierre), que nos trajera una caña detrás de otra, bajo el cielo sin nubes, mientras los tres charlábamos animadamente sobre nuestras aventuras. Esperaba que algún día pudiéramos hacerlo, cuando estuviéramos de vuelta. Y ya de paso, que Linda y yo hubiéramos llegado a… no sé, a algo.
-Iré yo un poco por delante –anuncié-, por si nos encontramos con el cíclope. Y, si continúa en su cercado, veremos si conseguimos distraerlo.
Me estremecí.
-Tengo una idea –dijo Burt-. Te armas con una roca, y como de ti no va a sospechar, te acercas y le sacudes antes de que te ataque. Así ya tendremos otra túnica, y sólo nos faltará una.
-Buen intento. Creo que en todo caso te prestaré la túnica para que le golpees tú. Si es que te cabe, claro. Yo ya me he arriesgado lo suficiente para toda una vida.
-No lo digo por mí –se defendió Burt, ofendido-. Es sólo que es más seguro.
Comprendí que estaba aterrado. No había entrado mucho en el detalle de mi descripción del ataque precisamente para evitar eso, pero Burt me conocía, y sabía cuándo me callaba las cosas.
-Lo siento, Burt. Tendrás que echarle huevecillos.
Sólo le faltó cruzarse de brazos y soltar un ¡jo! caprichoso de niño gordo.
-En cualquier caso –intervino Linda-, todavía no sabemos si picarán.
-Coño, ¡claro que picarán! –exclamó Burt-. Más nos vale que piquen –añadió sombrío.
Llegamos al camino que yo había descubierto, y poco después a la cerca. Las piernas me estaban matando: me pesaban como montañas, pero parecía que aguantaban.
-Ahora, cuidado. Quedaos aquí, voy a entrar. Si lo veo volveré para avisaros.
Tanto Linda como Burt tenían la mirada cargada de terror. Supongo que la mía los superaba con creces.
Pasé con esfuerzo la pierna derecha sobre el cercado, y a continuación la izquierda. Me aseguré que la capucha estuviera bien baja, lo justo para permitirme ver hacia delante inclinando la cabeza hacia arriba. Avancé tratando de no hacer ruido, tarea imposible debido a la cantidad de hojas y ramas que alfombraban el suelo.
Casi antes de tener a la vista los palos y la lona donde había encontrado el queso, supe que el cíclope aún andaba por allí. Quizá había adquirido algo de intuición telepática, después de haber conversado tan a menudo con Juan, o quizá se trataba sólo de una lógica sospecha y nada más, pero no me sorprendió demasiado ver, al rebasar un tronco de árbol, que el cíclope se encontraba sentado, inmóvil, justo al lado de la lona, en el sitio mismo en que me había atacado. Había encendido un pequeño fuego y todo, el desgraciado. El queso ya no estaba: supongo que se lo habría comido. Sin embargo, no me tranquilizaba pensar que se alimentaban de algo más que de carne.
Estaba girado hacia la izquierda. Si uno iba con cuidado, era fácil atacarlo por la espalda. Albergué una esperanza: el crepitar de la hoguera podría camuflar el sonido de nuestras pisadas. Si es que tenían oídos, por supuesto: aquello aún no estaba demostrado.
Pensé por un momento en golpearlo yo. Sin duda, aquello hubiera sido mucho mejor, a la vista de cómo se desarrollaron las cosas un poco después. Pero me acobardé, y pensé, qué carajo, que Deenah tendría que sobreponerse a su miedo: yo ya había hecho bastante, ¿no?
Regresé a la cerca. Allí estaban Burt y Linda, dos rostros pálidos y demacrados.
-¿Lo has visto? –susurró Deenah. Vi que se había hecho con una buena piedra.
-Ahí está, sentado junto a un fuego. Parece fácil.
La cara de Burt se descompuso.
-Supongo que me toca –murmuró cabizbajo, y me impresionó realmente que fuera capaz de vencer el pánico, o al menos, de estar dispuesto a ello.
-Escucha, Burt. Te dejaré la túnica por si acaso. Es muy sencillo: te acercas por detrás y le hundes el cráneo. Y ya está.
-Así de sencillo -dijo, soltando las palabras en forma de suspiro de resignación. Su ceño estaba fruncidísimo.
-Estaremos cerca. No te preocupes.
-Claro. Pero si no está comiendo, es posible que preste más atención que el tuyo. No es justo, coño.
-¡La hostia! –dije-. Pues haberte cargado tú al primero.
-Venga, vale. Joder.
Alzó la pierna y cruzó la valla patosamente; casi se cayó. Luego le tocó a Linda, que la superó con un saltito de gacela. Me quité la túnica y se la pasé a Burt. La contempló durante un instante, entre sus manos.
-Qué asco. Con lo a gusto que estaba yo en mi puta embajada, coño. –Elevó la vista y se enfrentó a mí.- Deberíamos habernos estado quietecitos, ¿eh, Danny Boy? Maldita sea…
-¿Qué dices? Si esto es divertidísimo, Burt. Tendrás muchas cosas que contarles a tus nietos.
Linda sonrió ante mi comentario.
Deenah se vistió con la túnica a duras penas. Su barriga estiraba la lana de manera casi escandalosa.
-Estás precioso –dije.
No le hizo gracia.
Burt caminó con los hombros caídos hasta que tuvimos a la vista al cíclope. No se había movido ni un milímetro, aunque era obvio que esa inmovilidad se vería interrumpida de vez en cuando para alimentar el fuego.
-Rodea ese tronco y acércate con cuidado, y lo tendrás a tu merced. Es pan comido, ya lo verás.
-Pan comido –repitió-. Vete a la puta mierda, Danny Boy.
Avanzó de puntillas, pero ni así conseguía no armar un escándalo. Yo encogía la cabeza a cada paso que él daba. Me agaché y recogí una piedra, y miré a Linda, que aguardaba a mi lado.
-Por si acaso necesita ayuda -vaticiné.
-¿Será capaz? –preguntó con un hilo de voz. Burt estaba ya a unos quince metros del cíclope, y acortaba la distancia con todo el cuidado de que era capaz, que no era mucho precisamente.
-Seguro -dije.– Lo pillará por sorpresa. Acaba de comerse un queso enorme y lo estará reposando. Ni se va a enterar cuando Burt le sacuda.
No podía imaginarme que estaba muy, pero que muy equivocado.
jueves 13 de noviembre de 2008
Parásitos. Capítulo Vigesimotercero.
PreData. Buen provecho, Perruca.
Estuvimos junto al río aproximadamente un par de horas. Era un paisaje increíble para echarse una buena siesta; la brisa alejaba a los mosquitos, y la hierba formaba un colchón estupendo. Deenah fue el primero en caer, después de comer las pocas moras que le quedaban en su pañuelo, una pasta de aspecto poco apetitoso. Pasó los brazos por detrás de la cabeza, y en dos minutos estaba roncando, el muy cabrón.
Yo miraba continuamente a Linda Hart. Había regresado, ah maldito fuera, ese rictus feroz de su entrecejo; entornaba los ojos con suficiencia. Pero me consideraba más que afortunado, porque, aunque hubiera durado demasiado poco tiempo, había podido llegar a intuir una Linda Hart encantadora, oculta tras el odio de aquella bruja. Me devanaba los sesos por encontrar la forma de sacarla a la luz de una manera definitiva. Pues, ¿a qué se había debido su reciente relajación en su manía a mi persona? Humildemente pienso que había visto algo que le había gustado, cuando aplasté la cabeza del cíclope. Joder, si se trataba de eso, mejor sería que me buscara a otra linda a quien conquistar. No podía pasarme la vida rompiendo cráneos para tener contenta a mi mujercita.
Deseaba que se tratara de que, simplemente, se había introducido demasiado hondo en su propio papel de tocacojones. Si consistía en esto, al menos me quedaría la esperanza de sacarla algún día. De hacerle comprender que yo era un tío muy majo, coño.
Y, ¿qué mejor momento que ese mismo para efectuar mi primer intento? Tarareé brevemente; carraspeé. Volví a tararear.
-Señorita Hart –dije.
Ella giró la cabeza y me miró con curiosidad. Al menos, no me estaba frunciendo el ceño… de momento.
-Si lo desea –continué-, puede usted echarse a descansar. Yo vigilaré mientras tanto.
-No tengo sueño –dijo simplemente, y regresó a su contemplación del bosque mientras jugueteaba con la hierba.
Vaya por Dios.
-Señorita Hart.
-¿Qué?
Tragué saliva.
-¿Quiere que demos un paseo para ver los alrededores? Puede que descubramos algún camino que hayan trazado los cíclopes. Sería el modo más rápido de llegar a su ciudad. Quizá el único.
-Tiene usted prisa, ¿eh? –me preguntó. –Ya veremos cuánto apremio le queda cuando estemos rodeados de cíclopes hambrientos.
-No es eso, es sólo que…
-Vaya a dar su paseo –me interrumpió-. Yo le espero aquí sentada.
Me quedé mirándola sin saber qué decir.
-¿Y bien? –preguntó.
-¿Y bien qué?
-¿No piensa ir a dar su paseo?
-Ah, sí… Está bien.
Me levanté cagándome en los dioses del Olimpo. Me apetecía descansar, la verdad. Ahora tendría que ir a dar una vuelta, y como quien dice, me lo había buscado yo solito. Yo solito.
Me alejé de ellos; caminé un rato siguiendo el río a contracorriente. Esperaba que no tuviéramos que cruzarlo: era bastante caudaloso, y al menos en las cercanías, no se adivinaba ningún lugar por el que se pudiera pasar a la otra orilla. Supuse que tarde o temprano nos encontraríamos con algún puente, fabricado por los cíclopes, pero por el momento, nada.
¿Cuánto nos quedaría aún por recorrer hasta que llegáramos a la ciudad? Si al menos hubiéramos podido ver desde la distancia algún indicio de aquellas cuevas… Sólo podíamos, en aquel momento, seguir avanzando. Kilómetros y kilómetros nos separaban aún del negro Krut.
Mientras caminaba por la orilla, procurando no tropezar con las numerosas raíces que los árboles extendían, como moribundos las manos, hacia el agua, iba pensando en Tetis. Algo que, al menos, consiguió que me olvidara por un rato de los (des)pechos de la señorita Hart. Mi dulce perra, mi fiel amiga, la única al parecer que no disfrutaba atormentándome, y que sólo quería regalarme amor, el más desinteresado y puro amor. Lo he dicho y lo diré siempre: no cabe tanta fidelidad en el universo, como en el corazón de un perro. ¡Qué ganas tenía de volver a verla! De pronto ansiaba más un lametón húmedo de Tetis en mi rostro que el polvo del siglo, atenazado por las rodillas de la Hart.
Perdí durante un rato la noción del tiempo. Aunque la vuelta al claro donde descansaban Linda y Burt la realicé corriendo, un rato después, creo que si no anduve tres kilómetros río arriba, no anduve ninguno. Aquel paisaje era una maravilla. El río corría furioso hacia el mar, pero por más que se apresurara, siempre estaba en el mismo sitio. Del bosque, a mi izquierda, me llegó de pronto un sonido de arbustos que se agitaban, y vi que, efectivamente, algunas ramas se meneaban a causa de algo más fuerte que la brisa. Recordé los dos ojos rojos que había visto Burt, y me imaginé de pronto que el ciervo carnívoro era real, y que yo estaba a su merced. Sentí algo de miedo.
Me detuve y agucé la vista: percibí un movimiento entre el follaje. Algo husmeaba por allí. Mi corazón se aceleró.
De pronto se asomó un hocico húmedo que precedió a dos ojillos oscuros y brillantes: una criatura fea como un demonio. Pegué un respingo, pero enseguida el animal se retiró, haciendo crujir las hojas del suelo. Un jabalí. Suspiré aliviado.
No obstante, me acerqué a los árboles y eché un vistazo, y aquello me hizo descubrir algo todavía más interesante: un camino.
Sin duda, alguien o algo había trazado aquel recorrido y lo seguía a menudo. Serpeaba entre los árboles y se perdía enseguida, pero ahí estaba. Cíclopes, pensé. Es posible que este camino conecte directamente con su ciudad, tal y como le había comentado a Linda un rato antes.
Decidí seguirlo un poco, aunque ya tenía en mente regresar junto a Deenah y Linda para advertírselo. La tierra no mostraba muchas huellas de pezuñas, y por el estado de conservación, no creí que se tratara de alguna vereda. Me alegré, pues aquello podría significar que pronto alcanzaríamos el Krut. O, al menos, que íbamos por el buen camino.
Al doblar el sendero, que rodeaba un grueso árbol, me topé con una desvencijada valla de estacas retorcidas y mal clavadas, unidas entre sí mediante lo que me pareció una tosca cuerda hecha de cáñamo. Evidentemente se trataba de un cercado. Y, puesto que por allí no había humanos, sólo podía ser obra de un cíclope.
Salté la valla y me introduje en el recinto. Los árboles me impedían abarcarlo en su totalidad, pero debía de tener unos cien metros de largo. Hacia la mitad, unos cuantos palos y una lona de un material parecido al de las túnicas de los cíclopes formaban, apoyados descuidadamente en el tronco de un árbol, un triste refugio. Sospechaba que se trataba de una de esas granjas que me había mencionado Marcelo, aunque era tan pobre el concepto que no pude evitar sonreír irónicamente. ¿Y esta raza de catetos era la que había estado a punto de exterminar, en los días antiguos, a la humanidad?
Aun sabiendo que corría el riesgo de tener un mal encuentro, me acerqué a la improvisada granja. Asomé la cabeza por la estrecha abertura de la lona, que se sacudía con los ocasionales embates de la brisa, y me llevé una grata sorpresa: dentro de un extraño recipiente de madera, del tamaño de una ensaladera, había una bola blanca que, por el olor, sólo podía ser un queso delicioso. Aparte de un par de retales y una especie de zurrón vacío, allí no había nada más.
Me imaginé la cara de alegría que pondría el sapo Deenah cuando lo despertara pasándole el queso bajo su nariz, y solté una risita. Incluso era posible que, aunque sólo fuera por ganarse su correspondiente pedazo, Linda se mostrara de nuevo algo más amable conmigo.
Me agaché y recogí el queso: pesaba lo suyo.
Continuaba en mis ensoñaciones, cuando me di la vuelta, ya dispuesto a regresar al claro junto al río, y me quedé de piedra: por entre la maleza acababa de percibir un movimiento, y entre dos troncos me había parecido ver claramente el revoloteo producido por una túnica marrón que se movía hacia mí.
Una túnica de cíclope.
El corazón se me aceleró de tal manera que temí de pronto que aquello se convirtiera en una pesadilla, una de esas tan terribles en las que, por más empeño que uno le ponga, no consigue dar un solo paso que lo aleje del peligro. Y maldita sea mi alma si no me sucedió exactamente eso: la figura, que no estaba a más de quince metros, se dirigía directamente adonde yo me encontraba. Una figura de mi tamaño, envuelta en su túnica polvorienta, con la capucha echada sobre el ojo, que seguramente sólo esperaba encontrar su queso, y que se iba a llevar una grata sorpresa: carne humana.
Quizá una parte de mí esperaba que se produjera un milagro (sólo eso explica que no echara a correr como un desgraciado): que el cíclope se agachara para entrar en su choza y se quedara allí, sin verme gracias a lo calado de su capucha, aunque pasara a menos de dos metros de mí. Si alguna vez he pasado miedo realmente en toda mi vida, aquél fue sin duda el momento: el cíclope que se acercaba, caminando lentamente, mientras yo, con un queso entre las manos del tamaño de un balón de fútbol, me veía incapaz de hacer otra cosa que contemplarlo estúpidamente.
Dios, no he sudado tanto en toda mi vida.
Cuando estaba a punto de llegar a la lona, el cíclope se detuvo de pronto. No moví un músculo. Allí estábamos, dos miembros de razas ancestralmente enemigas, y yo ni siquiera sabía todavía si me había visto.
Una estúpida esperanza se abrió camino en mi mente: a este todavía no le había llegado la hora de alimentarse. Era tan dócil como Juan y sus colegas, así que no tendría más que darle una palmadita en el cogote y caminar tranquilamente de vuelta al claro, con mi queso y con mi orgullo intacto, mientras el cíclope se quedaba atrás. Por desgracia, no se trataba más que de eso: de una esperanza.
Porque de pronto escuché un sonido que provenía de debajo de la oscura capucha, algo que parecía el bufido amortiguado de un gato dentro de un saco. Y la cabeza comenzó a elevarse, lentamente, oh, demasiado lentamente.
Primero vi las dos protuberancias, y vaya si se estaban agitando. A continuación, en contraste con la lentitud mostrada previamente, escuché un crujido y la capucha cayó repentinamente hacia atrás. Grité, ¿cómo no hacerlo?
La boca enorme del cíclope se abrió a la velocidad del rayo, y casi sin que me diera tiempo a ver el movimiento, se me había echado encima. ¡Cristo! Ignoro de dónde saqué los reflejos para esquivar semejante ataque, pero donde medio segundo antes había estado mi cabeza, se cerró poderosamente la mandíbula llena de colmillos con un chasquido terrorífico. Caí hacia atrás y me arrastré de espaldas, removiendo la tierra y las agujas de pino con mis talones. Perdí el queso, por supuesto, y hasta el día de hoy ignoro qué fue de él. Tampoco me importó lo más mínimo, porque a los pocos segundos las protuberancias volvieron a vibrar, y el ojo del cíclope, entero y oscuro, se clavó en mí con ansia de lobo. Percibí que la línea que lo dividía comenzaba a separarse de nuevo, y como en el ataque anterior, de súbito la boca se abrió como un pozo del infierno y el cíclope se lanzó hacia el suelo, hacia mis piernas, hacia mi carne, con los brazos extendidos.
De nuevo achaco mi salvación a la pura suerte: retiré la pierna derecha justo cuando las mandíbulas chascaban, y con la izquierda, de manera instintiva, sacudí una fuerte patada a la redonda cabeza asesina.
Dudo que produjera mucho daño al cíclope, pero desde luego no lo pensaba subestimar otra vez, ni mucho menos tenía intención de darle una tercera oportunidad: me levanté como nunca me he levantado y puse pies en polvorosa sin mirar atrás.
Salté la valla de manera prácticamente profesional, mientras imaginaba una boca, toda dientes, acortando la distancia, y enfilé el camino hacia el río poseído por el espíritu del corredor impenitente.
Creo que la primera vez que me di la vuelta para comprobar si el cíclope me seguía fue cuando vislumbré el claro, y la figura sedente de Linda Hart, que contemplaba las nubes como si estuviera descansando tranquilamente en un agradable picnic dominguero. Nada me perseguía. Gracias a los dioses.
Entonces me di cuenta de lo agotado que estaba. El miedo dio paso al cansancio, que se me echó encima tan repentinamente como el cíclope mismo, un rato antes. Había corrido una gran distancia al máximo que mi cuerpo me lo permitía, así que avancé hacia el claro trastabillando, jadeante y con los ojos tan abiertos que Linda, en cuanto me localizó, no pudo evitar soltar una exclamación ahogada de sorpresa.
-¡Daniel! Por todos los santos, ¿qué le ha ocurrido?
Vi, por entre la niebla espesa y brillante que comenzaba a brotar ante mis ojos, que Deenah murmuraba cierto galimatías y se incorporaba, parpadeando.
Llegué ante la señorita Hart. Tuve tiempo de admirar su belleza una vez más, antes de que las tinieblas se me llevaran a dar un paseo por los senderos vaporosos de la inconsciencia.
-He encontrado otra túnica para usted –dije, y me desmayé.
Estuvimos junto al río aproximadamente un par de horas. Era un paisaje increíble para echarse una buena siesta; la brisa alejaba a los mosquitos, y la hierba formaba un colchón estupendo. Deenah fue el primero en caer, después de comer las pocas moras que le quedaban en su pañuelo, una pasta de aspecto poco apetitoso. Pasó los brazos por detrás de la cabeza, y en dos minutos estaba roncando, el muy cabrón.
Yo miraba continuamente a Linda Hart. Había regresado, ah maldito fuera, ese rictus feroz de su entrecejo; entornaba los ojos con suficiencia. Pero me consideraba más que afortunado, porque, aunque hubiera durado demasiado poco tiempo, había podido llegar a intuir una Linda Hart encantadora, oculta tras el odio de aquella bruja. Me devanaba los sesos por encontrar la forma de sacarla a la luz de una manera definitiva. Pues, ¿a qué se había debido su reciente relajación en su manía a mi persona? Humildemente pienso que había visto algo que le había gustado, cuando aplasté la cabeza del cíclope. Joder, si se trataba de eso, mejor sería que me buscara a otra linda a quien conquistar. No podía pasarme la vida rompiendo cráneos para tener contenta a mi mujercita.
Deseaba que se tratara de que, simplemente, se había introducido demasiado hondo en su propio papel de tocacojones. Si consistía en esto, al menos me quedaría la esperanza de sacarla algún día. De hacerle comprender que yo era un tío muy majo, coño.
Y, ¿qué mejor momento que ese mismo para efectuar mi primer intento? Tarareé brevemente; carraspeé. Volví a tararear.
-Señorita Hart –dije.
Ella giró la cabeza y me miró con curiosidad. Al menos, no me estaba frunciendo el ceño… de momento.
-Si lo desea –continué-, puede usted echarse a descansar. Yo vigilaré mientras tanto.
-No tengo sueño –dijo simplemente, y regresó a su contemplación del bosque mientras jugueteaba con la hierba.
Vaya por Dios.
-Señorita Hart.
-¿Qué?
Tragué saliva.
-¿Quiere que demos un paseo para ver los alrededores? Puede que descubramos algún camino que hayan trazado los cíclopes. Sería el modo más rápido de llegar a su ciudad. Quizá el único.
-Tiene usted prisa, ¿eh? –me preguntó. –Ya veremos cuánto apremio le queda cuando estemos rodeados de cíclopes hambrientos.
-No es eso, es sólo que…
-Vaya a dar su paseo –me interrumpió-. Yo le espero aquí sentada.
Me quedé mirándola sin saber qué decir.
-¿Y bien? –preguntó.
-¿Y bien qué?
-¿No piensa ir a dar su paseo?
-Ah, sí… Está bien.
Me levanté cagándome en los dioses del Olimpo. Me apetecía descansar, la verdad. Ahora tendría que ir a dar una vuelta, y como quien dice, me lo había buscado yo solito. Yo solito.
Me alejé de ellos; caminé un rato siguiendo el río a contracorriente. Esperaba que no tuviéramos que cruzarlo: era bastante caudaloso, y al menos en las cercanías, no se adivinaba ningún lugar por el que se pudiera pasar a la otra orilla. Supuse que tarde o temprano nos encontraríamos con algún puente, fabricado por los cíclopes, pero por el momento, nada.
¿Cuánto nos quedaría aún por recorrer hasta que llegáramos a la ciudad? Si al menos hubiéramos podido ver desde la distancia algún indicio de aquellas cuevas… Sólo podíamos, en aquel momento, seguir avanzando. Kilómetros y kilómetros nos separaban aún del negro Krut.
Mientras caminaba por la orilla, procurando no tropezar con las numerosas raíces que los árboles extendían, como moribundos las manos, hacia el agua, iba pensando en Tetis. Algo que, al menos, consiguió que me olvidara por un rato de los (des)pechos de la señorita Hart. Mi dulce perra, mi fiel amiga, la única al parecer que no disfrutaba atormentándome, y que sólo quería regalarme amor, el más desinteresado y puro amor. Lo he dicho y lo diré siempre: no cabe tanta fidelidad en el universo, como en el corazón de un perro. ¡Qué ganas tenía de volver a verla! De pronto ansiaba más un lametón húmedo de Tetis en mi rostro que el polvo del siglo, atenazado por las rodillas de la Hart.
Perdí durante un rato la noción del tiempo. Aunque la vuelta al claro donde descansaban Linda y Burt la realicé corriendo, un rato después, creo que si no anduve tres kilómetros río arriba, no anduve ninguno. Aquel paisaje era una maravilla. El río corría furioso hacia el mar, pero por más que se apresurara, siempre estaba en el mismo sitio. Del bosque, a mi izquierda, me llegó de pronto un sonido de arbustos que se agitaban, y vi que, efectivamente, algunas ramas se meneaban a causa de algo más fuerte que la brisa. Recordé los dos ojos rojos que había visto Burt, y me imaginé de pronto que el ciervo carnívoro era real, y que yo estaba a su merced. Sentí algo de miedo.
Me detuve y agucé la vista: percibí un movimiento entre el follaje. Algo husmeaba por allí. Mi corazón se aceleró.
De pronto se asomó un hocico húmedo que precedió a dos ojillos oscuros y brillantes: una criatura fea como un demonio. Pegué un respingo, pero enseguida el animal se retiró, haciendo crujir las hojas del suelo. Un jabalí. Suspiré aliviado.
No obstante, me acerqué a los árboles y eché un vistazo, y aquello me hizo descubrir algo todavía más interesante: un camino.
Sin duda, alguien o algo había trazado aquel recorrido y lo seguía a menudo. Serpeaba entre los árboles y se perdía enseguida, pero ahí estaba. Cíclopes, pensé. Es posible que este camino conecte directamente con su ciudad, tal y como le había comentado a Linda un rato antes.
Decidí seguirlo un poco, aunque ya tenía en mente regresar junto a Deenah y Linda para advertírselo. La tierra no mostraba muchas huellas de pezuñas, y por el estado de conservación, no creí que se tratara de alguna vereda. Me alegré, pues aquello podría significar que pronto alcanzaríamos el Krut. O, al menos, que íbamos por el buen camino.
Al doblar el sendero, que rodeaba un grueso árbol, me topé con una desvencijada valla de estacas retorcidas y mal clavadas, unidas entre sí mediante lo que me pareció una tosca cuerda hecha de cáñamo. Evidentemente se trataba de un cercado. Y, puesto que por allí no había humanos, sólo podía ser obra de un cíclope.
Salté la valla y me introduje en el recinto. Los árboles me impedían abarcarlo en su totalidad, pero debía de tener unos cien metros de largo. Hacia la mitad, unos cuantos palos y una lona de un material parecido al de las túnicas de los cíclopes formaban, apoyados descuidadamente en el tronco de un árbol, un triste refugio. Sospechaba que se trataba de una de esas granjas que me había mencionado Marcelo, aunque era tan pobre el concepto que no pude evitar sonreír irónicamente. ¿Y esta raza de catetos era la que había estado a punto de exterminar, en los días antiguos, a la humanidad?
Aun sabiendo que corría el riesgo de tener un mal encuentro, me acerqué a la improvisada granja. Asomé la cabeza por la estrecha abertura de la lona, que se sacudía con los ocasionales embates de la brisa, y me llevé una grata sorpresa: dentro de un extraño recipiente de madera, del tamaño de una ensaladera, había una bola blanca que, por el olor, sólo podía ser un queso delicioso. Aparte de un par de retales y una especie de zurrón vacío, allí no había nada más.
Me imaginé la cara de alegría que pondría el sapo Deenah cuando lo despertara pasándole el queso bajo su nariz, y solté una risita. Incluso era posible que, aunque sólo fuera por ganarse su correspondiente pedazo, Linda se mostrara de nuevo algo más amable conmigo.
Me agaché y recogí el queso: pesaba lo suyo.
Continuaba en mis ensoñaciones, cuando me di la vuelta, ya dispuesto a regresar al claro junto al río, y me quedé de piedra: por entre la maleza acababa de percibir un movimiento, y entre dos troncos me había parecido ver claramente el revoloteo producido por una túnica marrón que se movía hacia mí.
Una túnica de cíclope.
El corazón se me aceleró de tal manera que temí de pronto que aquello se convirtiera en una pesadilla, una de esas tan terribles en las que, por más empeño que uno le ponga, no consigue dar un solo paso que lo aleje del peligro. Y maldita sea mi alma si no me sucedió exactamente eso: la figura, que no estaba a más de quince metros, se dirigía directamente adonde yo me encontraba. Una figura de mi tamaño, envuelta en su túnica polvorienta, con la capucha echada sobre el ojo, que seguramente sólo esperaba encontrar su queso, y que se iba a llevar una grata sorpresa: carne humana.
Quizá una parte de mí esperaba que se produjera un milagro (sólo eso explica que no echara a correr como un desgraciado): que el cíclope se agachara para entrar en su choza y se quedara allí, sin verme gracias a lo calado de su capucha, aunque pasara a menos de dos metros de mí. Si alguna vez he pasado miedo realmente en toda mi vida, aquél fue sin duda el momento: el cíclope que se acercaba, caminando lentamente, mientras yo, con un queso entre las manos del tamaño de un balón de fútbol, me veía incapaz de hacer otra cosa que contemplarlo estúpidamente.
Dios, no he sudado tanto en toda mi vida.
Cuando estaba a punto de llegar a la lona, el cíclope se detuvo de pronto. No moví un músculo. Allí estábamos, dos miembros de razas ancestralmente enemigas, y yo ni siquiera sabía todavía si me había visto.
Una estúpida esperanza se abrió camino en mi mente: a este todavía no le había llegado la hora de alimentarse. Era tan dócil como Juan y sus colegas, así que no tendría más que darle una palmadita en el cogote y caminar tranquilamente de vuelta al claro, con mi queso y con mi orgullo intacto, mientras el cíclope se quedaba atrás. Por desgracia, no se trataba más que de eso: de una esperanza.
Porque de pronto escuché un sonido que provenía de debajo de la oscura capucha, algo que parecía el bufido amortiguado de un gato dentro de un saco. Y la cabeza comenzó a elevarse, lentamente, oh, demasiado lentamente.
Primero vi las dos protuberancias, y vaya si se estaban agitando. A continuación, en contraste con la lentitud mostrada previamente, escuché un crujido y la capucha cayó repentinamente hacia atrás. Grité, ¿cómo no hacerlo?
La boca enorme del cíclope se abrió a la velocidad del rayo, y casi sin que me diera tiempo a ver el movimiento, se me había echado encima. ¡Cristo! Ignoro de dónde saqué los reflejos para esquivar semejante ataque, pero donde medio segundo antes había estado mi cabeza, se cerró poderosamente la mandíbula llena de colmillos con un chasquido terrorífico. Caí hacia atrás y me arrastré de espaldas, removiendo la tierra y las agujas de pino con mis talones. Perdí el queso, por supuesto, y hasta el día de hoy ignoro qué fue de él. Tampoco me importó lo más mínimo, porque a los pocos segundos las protuberancias volvieron a vibrar, y el ojo del cíclope, entero y oscuro, se clavó en mí con ansia de lobo. Percibí que la línea que lo dividía comenzaba a separarse de nuevo, y como en el ataque anterior, de súbito la boca se abrió como un pozo del infierno y el cíclope se lanzó hacia el suelo, hacia mis piernas, hacia mi carne, con los brazos extendidos.
De nuevo achaco mi salvación a la pura suerte: retiré la pierna derecha justo cuando las mandíbulas chascaban, y con la izquierda, de manera instintiva, sacudí una fuerte patada a la redonda cabeza asesina.
Dudo que produjera mucho daño al cíclope, pero desde luego no lo pensaba subestimar otra vez, ni mucho menos tenía intención de darle una tercera oportunidad: me levanté como nunca me he levantado y puse pies en polvorosa sin mirar atrás.
Salté la valla de manera prácticamente profesional, mientras imaginaba una boca, toda dientes, acortando la distancia, y enfilé el camino hacia el río poseído por el espíritu del corredor impenitente.
Creo que la primera vez que me di la vuelta para comprobar si el cíclope me seguía fue cuando vislumbré el claro, y la figura sedente de Linda Hart, que contemplaba las nubes como si estuviera descansando tranquilamente en un agradable picnic dominguero. Nada me perseguía. Gracias a los dioses.
Entonces me di cuenta de lo agotado que estaba. El miedo dio paso al cansancio, que se me echó encima tan repentinamente como el cíclope mismo, un rato antes. Había corrido una gran distancia al máximo que mi cuerpo me lo permitía, así que avancé hacia el claro trastabillando, jadeante y con los ojos tan abiertos que Linda, en cuanto me localizó, no pudo evitar soltar una exclamación ahogada de sorpresa.
-¡Daniel! Por todos los santos, ¿qué le ha ocurrido?
Vi, por entre la niebla espesa y brillante que comenzaba a brotar ante mis ojos, que Deenah murmuraba cierto galimatías y se incorporaba, parpadeando.
Llegué ante la señorita Hart. Tuve tiempo de admirar su belleza una vez más, antes de que las tinieblas se me llevaran a dar un paseo por los senderos vaporosos de la inconsciencia.
-He encontrado otra túnica para usted –dije, y me desmayé.
sábado 8 de noviembre de 2008
Parásitos. Capítulo Vigesimosegundo.
Escabechina. Aquella era la única palabra que se me antojaba apropiada para el espectáculo con que nos regalaba la vista aquel cíclope, en todo semejante a Juan y sus colegas. Evidentemente, como acababa de comentar Deenah, para él había llegado la hora de alimentarse.
Estaba sentado con las piernas cruzadas. Todo a su alrededor, el cadáver de lo que podría ser una cabra (aunque no era posible asegurarlo a aquellas alturas) se extendía en pequeños pedazos sobre un charco de negra sangre. Las manos del cíclope acudían raudas hasta el suelo y recogían indistintamente cualquier parte que encontraran, no importaba que fueran huesos, piel o músculo, y a continuación lo llevaban a la boca para ser engullido.
Era la primera vez que veíamos la boca abierta de un cíclope, y desde luego se trataba de una visión muy difícil de olvidar. Incluso Linda se retorcía con espasmos ocasionales de repulsión.
Aquella fina línea que atravesaba el gran ojo por el centro era, efectivamente, la boca. Al separarse, casi daba la impresión de que la cabeza podría partirse por la mitad. Allí se abría un pozo oscuro, enorme, lleno de pequeños dientes afilados, y los pedazos de animal que caían dentro desaparecían al instante. Se movía a gran velocidad y trituraba con fuerza increíble. Las dos protuberancias de la barbilla se agitaban mientras tanto, como la cola de un bóxer especialmente contento. El único sonido que se escuchaba era el chapoteo de la sangre y la carne fresca.
¿Podría vernos, una vez que el ojo se hubiera dividido en dos? La mitad superior miraba a cada bocado hacia el cielo nublado, pero la parte inferior se encontraba en línea recta con nosotros. Sin embargo, al no hacer ningún ademán que revelase que nos había localizado, sospechamos que no podría, al menos mientras estuviese separado.
-¿Y se supone que debemos acercarnos a eso y romperle la cabeza? –preguntó Burt, horrorizado.
-Sí –dije-. Necesitamos esa túnica.
-Creo que voy a cederos el turno. Está empapada de sangre de… sangre de… ¿pero qué coño era el animal que se está comiendo? No me pienso poner ese trapo ni en broma. Quizá usted, señorita Hart.
Linda seguía contemplando fascinada al cíclope, como si no nos estuviera escuchando. Pero de pronto, como arrancándose de un trance, se agachó, y cogió con su blanca y delicada mano un pedrusco del tamaño de un coco. Lo extendió hacia mí.
-Ya que usted es el enchufado en todo este asunto, debería ir el primero.
-¿Cómo, el enchufado? –pregunté indignado-. ¡He sido yo quien le sacó a Juan la información para…!
-Precisamente por eso –me interrumpió, con su maldita sonrisa-. De no ser por usted, ahora estaríamos en casa. Usted empieza.
Abrí la boca para responder, y de verdad que tenía una respuesta plagada de insultos, pero me salió únicamente un ridículo gemido. ¿Cómo podía ser posible, por los cuernos de Belcebú, que todavía me tuviera encandilado con esos ojos claros? Una parte de mí, la que venció en aquel momento, quería mostrarle a la perra esta que tenía delante a un hombre con agallas. Maldije por dentro mi absoluta subnormalidad, y tomé el pedrusco casi sin creerme que estuviera haciendo tal cosa.
-La hostia –murmuré.
No podría situarme a espaldas del cíclope sin pasar por delante de su arco visual de ninguna manera, así que la única solución era acercarme lo más posible y rodearlo después. Pero el olor, el repugnante y dulzón olor de la sangre me llegaba penetrante incluso desde los quince o veinte metros que me separaban de él. Me producía nauseas, pero una mirada atrás me animó bastante: las caras de Linda y Burt reflejaban el mismo pánico, así que continué avanzando, con gran cuidado, contento conmigo mismo por saber que era yo el único allí al que podría tildarse de valiente. Me imaginé que estaba en medio de una película, y que, en la sala de cine, desde una de las butacas de primera fila, Carmen me animaba emocionada: ¡vamos, vamos! ¡Tú puedes hacerlo!
-Debo de estar loco, me cago en Dios –farfullé.
El cíclope continuaba con su festín, ajeno a mi presencia. Era posible, aunque no probable, que los cíclopes escucharan nuestros pensamientos aun sin alcohol de por medio, pero de ser así, éste, desde luego, estaba lo bastante atareado como para ignorarme. Debía de haber engullido ya más de medio animal, y sin embargo no cesaba de llenar su barriga. ¿Cómo podría caberle tanta cantidad de alimento, si era aproximadamente de mi tamaño? Seguramente su estómago ocupaba la totalidad de su interior. Pensé en las serpientes, que se alimentan de una vez y después pasan una buena temporada reposando. ¿Y si los cíclopes entran después de su ciclo de alimentación en un periodo de reposo absoluto? No, era improbable. Marcelo me habría avisado, para que buscáramos el Krut más adelante, ¿verdad? Por descontado.
Sopesé la piedra en mi mano. Con ella podría abrir el cráneo del cíclope, sin ninguna duda. Era pesada, dura, llena de picos afilados. Tendría que ejecutar un golpe certero y muy fuerte, pero serviría… si conseguía situarme a su espalda, claro.
De puntillas, como un hombre que llega a casa más tarde de lo habitual, avancé hasta que me fue posible, pegado a la pared. Al final de la misma, se abría el espacio donde el cíclope celebraba su ágape. Estaba a unos seis o siete metros, y debía recorrer al descubierto al menos tres de ellos, casi de frente a la criatura. Respiré hondo, me encomendé a los dioses, y di seis veloces pasos. Dejé al cíclope a mi izquierda, y un poco más adelante, pude observar su espalda. Un par de pasitos más… ¡Conseguido! Los rostros de Burt y Linda eran dos máscaras de tragedia en la lejanía. Sólo captaba sus ojos.
Alcé el pedrusco y avancé con gran cuidado hasta situarme al alcance del cíclope. El olor era innombrable, pestilente. Minúsculas gotitas rojas me salpicaban el rostro, y aguanté a duras penas una náusea; después de todo, no hubiera vomitado más que moras. Ajeno a mí, el cíclope seguía meneando la cabeza. Su oscuro ojo se situaba alternativamente a la altura de mi estómago, y luego desaparecía para dar paso al cráneo pelado. En uno de esos momentos debía efectuar mi ataque.
¿Qué cojones pasaba últimamente con mi cerebro? De pronto me asaltó la duda. ¿Por qué me creía en el derecho de matar a esta criatura? ¿Acaso me había atacado? ¿Estaba defendiendo realmente mi vida? ¿Y si pudiera sentarme con él y hacerle entender por gestos que sólo queríamos regresar a casa? Vi que Burt y Linda agitaban sus puños cerrados, animándome desde la distancia. Meneé la cabeza y volví mi atención al cíclope. Ñam, ñam, ñam. Cómo se estaba poniendo.
Comprendí de pronto que no tenía elección. Marcelo me lo había explicado bien claro: ese animal descuartizado que estaba masticando bien podría ser yo, si del cíclope dependiera. Comían carne humana, y podía creerlo, viendo su ansia devoradora. Así que supe que no tenía elección. Antes de que me acobardara (que era posiblemente lo que me estaba sucediendo, bajo un disfraz de estúpida compasión), alcé mi brazo hasta lo más alto y aguardé un par de segundos a que su cogote quedara bien expuesto.
Llegó el momento.
Creo que emití un grito cuando descargué el pedrusco, aunque no podría asegurarlo. Bajé el brazo con todas mis fuerzas, y golpeé el cráneo en pleno centro. Sonó un atroz crujido seco, y noté cómo la roca se enterraba al menos cinco centímetros en el hueso. Un chorro de sangre me empapó los pantalones, y el cíclope cayó de lado al instante, como una marioneta a la que le cortan los hilos de repente. El pedazo de carne que tenía en la boca en ese momento salió despedido cuando su rostro dio con el duro suelo.
-¡Bien, Danny Boy! –escuché que exclamaba Deenah, mientras él y Linda se acercaban al trote. Me quedé de pie contemplando asqueado el cadáver, y la túnica mugrienta que, en breve, iba a tener que ponerme.
Cuando llegó a mi lado, Burt observó a la criatura, y su patética postura. Tenía los ojos muy abiertos, y Dios sabrá porqué, jadeaba. No obstante, sonreía.
-¡Remátalo, Danny Boy! –me dijo.
Lo miré con sorpresa.
-¿Qué coño dices?
-¡Por si acaso! Dale un golpe más.
Linda extendió el pie y sacudió el cuerpo. La boca entreabierta del cíclope se movió un poco contra el suelo, pero nada más.
-Está más que muerto. Eso que asoma por la cabeza es el cerebro, ¿está usted tonto? –preguntó ella.
Deenah emitió una especie de gemido de terror, que escapó a través de su sonrisa demente.
-Bueno, para estar seguros… ¡Dale, Danny Boy!
Dejé caer la piedra.
-Dale tú.
Entonces su sonrisa se esfumó, y lo comprendí de pronto: el puto gordo tarado se había puesto cachondo con la escena. Increíble.
-No… -cedió.- Está bien. Dejémoslo así.
Sacudí la cabeza con incredulidad, y estuve a punto de explicarle un par de cosas, pero decidí dejarlo pasar. Linda, al parecer, no había advertido el minúsculo abultamiento en el pantalón de Deenah. No era momento para debatir perversiones fuera de lugar.
-Quítele la túnica; yo le sujeto los pies.
¿Linda ofreciéndome ayuda? Decididamente, estábamos en el mundo al revés.
Desnudamos al cíclope, procurando tocar su correosa piel lo menos posible. No llegamos a ver sus órganos sexuales, ya que llevaba una especie de calzón sucio. Algunos trozos de cerebro se quedaron pegados en la gruesa lana.
-Bueno, ya está –dije.- No pienso ponérmela hasta que encontremos un río y pueda lavarla un poco.
-Más adelante habrá alguno. No puede quedar mucho para llegar a ese río enorme que atravesaba el valle. Dentro de muy poco vamos a tener que volver a internarnos en pleno bosque –dijo Burt.
Linda observaba el cadáver a sus pies. De pronto se agachó y tiró de la mandíbula, abriendo esa boca espantosa hasta el límite que le permitía la piel.
-¿Pero qué hace? ¡No lo toque, por Dios! –exclamó Deenah dando un saltito, y probablemente la decreciente erección regresó con todo su pequeño poder.
Ella no le hizo caso y acercó el rostro, a pesar del olor, a la cavidad.
-¡Qué curioso! –dijo-. Tiene varias filas de dientes, como los tiburones. Espero que regresemos antes de que sea tarde, y pueda hacerme con uno de los especímenes de la embajada. Mataría por un buen instrumental y una mesa de autopsias ahora mismo.
Meneó la cabeza con cierto pesar (siempre que tal sentimiento cupiera entre los pensamientos de la señorita Hart, claro). Palpó el ojo, que cedió a la presión como lo haría, quizá, un globo lleno de agua.
-No se derrama al dividirse. Me pregunto qué tipo de vida habrá llevado a una evolución semejante… ¿Por qué un solo ojo? ¿Y cómo la naturaleza decidió unirlo con la boca?
Deenah se encogió de hombros.
-Lo desconozco, señorita Hart. Pero me ha entrado una prisa terrible por regresar a la Tierra después de ver cómo se alimentan.
-¿Y esto, qué es? –continuó Linda, ignorando el comentario de Burt. Su mano agarró las dos protuberancias de lo que correspondía a la barbilla. –Se movían muy deprisa mientras comía.
Por un instante, mi mente sustituyó las protuberancias del cíclope por las mías del bajo vientre, pero descarté el pensamiento con una sacudida de cabeza.
-Cuando regresemos, le podrá preguntar a Marcelo cuanto quiera saber –dije-. Pero Burt tiene razón: no debemos demorarnos.
Con un suspiro, Linda se sacudió las manos contra los pantalones y se incorporó.
-De acuerdo: vámonos.
Nos pusimos en marcha. Sin embargo, a los tres pasos Linda se dio la vuelta y regresó junto al cadáver. De un rápido tirón apartó los calzones y observó unos segundos. A continuación regresó junto a nosotros, y una sonrisa preciosa y un rubor incipiente la convirtieron en la más hermosa de las mujeres del universo.
-Me mataba la curiosidad –dijo en tono de disculpa.
Con el recuerdo de la sonrisa de Linda en la cabeza, a sabiendas de que se producirían muy pocas ocasiones más en que pudiera observarla, retomamos el camino. Enseguida el terreno rocoso descendió y nos depositó de nuevo en la floresta.
-Otra vez debajo de los árboles, como los monos –se lamentó Deenah con amargura.
Yo sujetaba la túnica con una mano, y la llevaba arrastrando por el suelo.
-Mejor –dije-. Así llegaremos antes a algún río. Cuando pueda ponerme esto encima sin vomitar, iremos más seguros. Recordad que aún tenéis que haceros vosotros con una.
-Coño, Danny Boy… Con lo bien que lo has hecho, ¿por qué no te encargas tú de las otras dos?
-Busca tu piedra, Burt –respondí-. La vas a necesitar cuando llegue el momento. Yo te estaré observando desde la distancia.
-Maldito bastardo.
Me reí a carcajadas.
Una hora después, aproximadamente, llegamos al gran río. Con un salto de alegría corrí hasta la orilla e introduje la túnica pestilente en el agua helada. La froté durante un buen rato, hasta que gran parte de la mierda se esfumó. Linda y Burt se sentaron, mientras, y decidimos hacer allí un descanso.
Tendí la túnica entre las ramas de un viejo y nudoso roble.
-Lo hace usted muy bien –comentó Linda, y acto seguido dedicó su atención a unas briznas de la hierba que crecía a sus pies.
Por Dios bendito: ¡estaba sonriendo de nuevo!
Estaba sentado con las piernas cruzadas. Todo a su alrededor, el cadáver de lo que podría ser una cabra (aunque no era posible asegurarlo a aquellas alturas) se extendía en pequeños pedazos sobre un charco de negra sangre. Las manos del cíclope acudían raudas hasta el suelo y recogían indistintamente cualquier parte que encontraran, no importaba que fueran huesos, piel o músculo, y a continuación lo llevaban a la boca para ser engullido.
Era la primera vez que veíamos la boca abierta de un cíclope, y desde luego se trataba de una visión muy difícil de olvidar. Incluso Linda se retorcía con espasmos ocasionales de repulsión.
Aquella fina línea que atravesaba el gran ojo por el centro era, efectivamente, la boca. Al separarse, casi daba la impresión de que la cabeza podría partirse por la mitad. Allí se abría un pozo oscuro, enorme, lleno de pequeños dientes afilados, y los pedazos de animal que caían dentro desaparecían al instante. Se movía a gran velocidad y trituraba con fuerza increíble. Las dos protuberancias de la barbilla se agitaban mientras tanto, como la cola de un bóxer especialmente contento. El único sonido que se escuchaba era el chapoteo de la sangre y la carne fresca.
¿Podría vernos, una vez que el ojo se hubiera dividido en dos? La mitad superior miraba a cada bocado hacia el cielo nublado, pero la parte inferior se encontraba en línea recta con nosotros. Sin embargo, al no hacer ningún ademán que revelase que nos había localizado, sospechamos que no podría, al menos mientras estuviese separado.
-¿Y se supone que debemos acercarnos a eso y romperle la cabeza? –preguntó Burt, horrorizado.
-Sí –dije-. Necesitamos esa túnica.
-Creo que voy a cederos el turno. Está empapada de sangre de… sangre de… ¿pero qué coño era el animal que se está comiendo? No me pienso poner ese trapo ni en broma. Quizá usted, señorita Hart.
Linda seguía contemplando fascinada al cíclope, como si no nos estuviera escuchando. Pero de pronto, como arrancándose de un trance, se agachó, y cogió con su blanca y delicada mano un pedrusco del tamaño de un coco. Lo extendió hacia mí.
-Ya que usted es el enchufado en todo este asunto, debería ir el primero.
-¿Cómo, el enchufado? –pregunté indignado-. ¡He sido yo quien le sacó a Juan la información para…!
-Precisamente por eso –me interrumpió, con su maldita sonrisa-. De no ser por usted, ahora estaríamos en casa. Usted empieza.
Abrí la boca para responder, y de verdad que tenía una respuesta plagada de insultos, pero me salió únicamente un ridículo gemido. ¿Cómo podía ser posible, por los cuernos de Belcebú, que todavía me tuviera encandilado con esos ojos claros? Una parte de mí, la que venció en aquel momento, quería mostrarle a la perra esta que tenía delante a un hombre con agallas. Maldije por dentro mi absoluta subnormalidad, y tomé el pedrusco casi sin creerme que estuviera haciendo tal cosa.
-La hostia –murmuré.
No podría situarme a espaldas del cíclope sin pasar por delante de su arco visual de ninguna manera, así que la única solución era acercarme lo más posible y rodearlo después. Pero el olor, el repugnante y dulzón olor de la sangre me llegaba penetrante incluso desde los quince o veinte metros que me separaban de él. Me producía nauseas, pero una mirada atrás me animó bastante: las caras de Linda y Burt reflejaban el mismo pánico, así que continué avanzando, con gran cuidado, contento conmigo mismo por saber que era yo el único allí al que podría tildarse de valiente. Me imaginé que estaba en medio de una película, y que, en la sala de cine, desde una de las butacas de primera fila, Carmen me animaba emocionada: ¡vamos, vamos! ¡Tú puedes hacerlo!
-Debo de estar loco, me cago en Dios –farfullé.
El cíclope continuaba con su festín, ajeno a mi presencia. Era posible, aunque no probable, que los cíclopes escucharan nuestros pensamientos aun sin alcohol de por medio, pero de ser así, éste, desde luego, estaba lo bastante atareado como para ignorarme. Debía de haber engullido ya más de medio animal, y sin embargo no cesaba de llenar su barriga. ¿Cómo podría caberle tanta cantidad de alimento, si era aproximadamente de mi tamaño? Seguramente su estómago ocupaba la totalidad de su interior. Pensé en las serpientes, que se alimentan de una vez y después pasan una buena temporada reposando. ¿Y si los cíclopes entran después de su ciclo de alimentación en un periodo de reposo absoluto? No, era improbable. Marcelo me habría avisado, para que buscáramos el Krut más adelante, ¿verdad? Por descontado.
Sopesé la piedra en mi mano. Con ella podría abrir el cráneo del cíclope, sin ninguna duda. Era pesada, dura, llena de picos afilados. Tendría que ejecutar un golpe certero y muy fuerte, pero serviría… si conseguía situarme a su espalda, claro.
De puntillas, como un hombre que llega a casa más tarde de lo habitual, avancé hasta que me fue posible, pegado a la pared. Al final de la misma, se abría el espacio donde el cíclope celebraba su ágape. Estaba a unos seis o siete metros, y debía recorrer al descubierto al menos tres de ellos, casi de frente a la criatura. Respiré hondo, me encomendé a los dioses, y di seis veloces pasos. Dejé al cíclope a mi izquierda, y un poco más adelante, pude observar su espalda. Un par de pasitos más… ¡Conseguido! Los rostros de Burt y Linda eran dos máscaras de tragedia en la lejanía. Sólo captaba sus ojos.
Alcé el pedrusco y avancé con gran cuidado hasta situarme al alcance del cíclope. El olor era innombrable, pestilente. Minúsculas gotitas rojas me salpicaban el rostro, y aguanté a duras penas una náusea; después de todo, no hubiera vomitado más que moras. Ajeno a mí, el cíclope seguía meneando la cabeza. Su oscuro ojo se situaba alternativamente a la altura de mi estómago, y luego desaparecía para dar paso al cráneo pelado. En uno de esos momentos debía efectuar mi ataque.
¿Qué cojones pasaba últimamente con mi cerebro? De pronto me asaltó la duda. ¿Por qué me creía en el derecho de matar a esta criatura? ¿Acaso me había atacado? ¿Estaba defendiendo realmente mi vida? ¿Y si pudiera sentarme con él y hacerle entender por gestos que sólo queríamos regresar a casa? Vi que Burt y Linda agitaban sus puños cerrados, animándome desde la distancia. Meneé la cabeza y volví mi atención al cíclope. Ñam, ñam, ñam. Cómo se estaba poniendo.
Comprendí de pronto que no tenía elección. Marcelo me lo había explicado bien claro: ese animal descuartizado que estaba masticando bien podría ser yo, si del cíclope dependiera. Comían carne humana, y podía creerlo, viendo su ansia devoradora. Así que supe que no tenía elección. Antes de que me acobardara (que era posiblemente lo que me estaba sucediendo, bajo un disfraz de estúpida compasión), alcé mi brazo hasta lo más alto y aguardé un par de segundos a que su cogote quedara bien expuesto.
Llegó el momento.
Creo que emití un grito cuando descargué el pedrusco, aunque no podría asegurarlo. Bajé el brazo con todas mis fuerzas, y golpeé el cráneo en pleno centro. Sonó un atroz crujido seco, y noté cómo la roca se enterraba al menos cinco centímetros en el hueso. Un chorro de sangre me empapó los pantalones, y el cíclope cayó de lado al instante, como una marioneta a la que le cortan los hilos de repente. El pedazo de carne que tenía en la boca en ese momento salió despedido cuando su rostro dio con el duro suelo.
-¡Bien, Danny Boy! –escuché que exclamaba Deenah, mientras él y Linda se acercaban al trote. Me quedé de pie contemplando asqueado el cadáver, y la túnica mugrienta que, en breve, iba a tener que ponerme.
Cuando llegó a mi lado, Burt observó a la criatura, y su patética postura. Tenía los ojos muy abiertos, y Dios sabrá porqué, jadeaba. No obstante, sonreía.
-¡Remátalo, Danny Boy! –me dijo.
Lo miré con sorpresa.
-¿Qué coño dices?
-¡Por si acaso! Dale un golpe más.
Linda extendió el pie y sacudió el cuerpo. La boca entreabierta del cíclope se movió un poco contra el suelo, pero nada más.
-Está más que muerto. Eso que asoma por la cabeza es el cerebro, ¿está usted tonto? –preguntó ella.
Deenah emitió una especie de gemido de terror, que escapó a través de su sonrisa demente.
-Bueno, para estar seguros… ¡Dale, Danny Boy!
Dejé caer la piedra.
-Dale tú.
Entonces su sonrisa se esfumó, y lo comprendí de pronto: el puto gordo tarado se había puesto cachondo con la escena. Increíble.
-No… -cedió.- Está bien. Dejémoslo así.
Sacudí la cabeza con incredulidad, y estuve a punto de explicarle un par de cosas, pero decidí dejarlo pasar. Linda, al parecer, no había advertido el minúsculo abultamiento en el pantalón de Deenah. No era momento para debatir perversiones fuera de lugar.
-Quítele la túnica; yo le sujeto los pies.
¿Linda ofreciéndome ayuda? Decididamente, estábamos en el mundo al revés.
Desnudamos al cíclope, procurando tocar su correosa piel lo menos posible. No llegamos a ver sus órganos sexuales, ya que llevaba una especie de calzón sucio. Algunos trozos de cerebro se quedaron pegados en la gruesa lana.
-Bueno, ya está –dije.- No pienso ponérmela hasta que encontremos un río y pueda lavarla un poco.
-Más adelante habrá alguno. No puede quedar mucho para llegar a ese río enorme que atravesaba el valle. Dentro de muy poco vamos a tener que volver a internarnos en pleno bosque –dijo Burt.
Linda observaba el cadáver a sus pies. De pronto se agachó y tiró de la mandíbula, abriendo esa boca espantosa hasta el límite que le permitía la piel.
-¿Pero qué hace? ¡No lo toque, por Dios! –exclamó Deenah dando un saltito, y probablemente la decreciente erección regresó con todo su pequeño poder.
Ella no le hizo caso y acercó el rostro, a pesar del olor, a la cavidad.
-¡Qué curioso! –dijo-. Tiene varias filas de dientes, como los tiburones. Espero que regresemos antes de que sea tarde, y pueda hacerme con uno de los especímenes de la embajada. Mataría por un buen instrumental y una mesa de autopsias ahora mismo.
Meneó la cabeza con cierto pesar (siempre que tal sentimiento cupiera entre los pensamientos de la señorita Hart, claro). Palpó el ojo, que cedió a la presión como lo haría, quizá, un globo lleno de agua.
-No se derrama al dividirse. Me pregunto qué tipo de vida habrá llevado a una evolución semejante… ¿Por qué un solo ojo? ¿Y cómo la naturaleza decidió unirlo con la boca?
Deenah se encogió de hombros.
-Lo desconozco, señorita Hart. Pero me ha entrado una prisa terrible por regresar a la Tierra después de ver cómo se alimentan.
-¿Y esto, qué es? –continuó Linda, ignorando el comentario de Burt. Su mano agarró las dos protuberancias de lo que correspondía a la barbilla. –Se movían muy deprisa mientras comía.
Por un instante, mi mente sustituyó las protuberancias del cíclope por las mías del bajo vientre, pero descarté el pensamiento con una sacudida de cabeza.
-Cuando regresemos, le podrá preguntar a Marcelo cuanto quiera saber –dije-. Pero Burt tiene razón: no debemos demorarnos.
Con un suspiro, Linda se sacudió las manos contra los pantalones y se incorporó.
-De acuerdo: vámonos.
Nos pusimos en marcha. Sin embargo, a los tres pasos Linda se dio la vuelta y regresó junto al cadáver. De un rápido tirón apartó los calzones y observó unos segundos. A continuación regresó junto a nosotros, y una sonrisa preciosa y un rubor incipiente la convirtieron en la más hermosa de las mujeres del universo.
-Me mataba la curiosidad –dijo en tono de disculpa.
Con el recuerdo de la sonrisa de Linda en la cabeza, a sabiendas de que se producirían muy pocas ocasiones más en que pudiera observarla, retomamos el camino. Enseguida el terreno rocoso descendió y nos depositó de nuevo en la floresta.
-Otra vez debajo de los árboles, como los monos –se lamentó Deenah con amargura.
Yo sujetaba la túnica con una mano, y la llevaba arrastrando por el suelo.
-Mejor –dije-. Así llegaremos antes a algún río. Cuando pueda ponerme esto encima sin vomitar, iremos más seguros. Recordad que aún tenéis que haceros vosotros con una.
-Coño, Danny Boy… Con lo bien que lo has hecho, ¿por qué no te encargas tú de las otras dos?
-Busca tu piedra, Burt –respondí-. La vas a necesitar cuando llegue el momento. Yo te estaré observando desde la distancia.
-Maldito bastardo.
Me reí a carcajadas.
Una hora después, aproximadamente, llegamos al gran río. Con un salto de alegría corrí hasta la orilla e introduje la túnica pestilente en el agua helada. La froté durante un buen rato, hasta que gran parte de la mierda se esfumó. Linda y Burt se sentaron, mientras, y decidimos hacer allí un descanso.
Tendí la túnica entre las ramas de un viejo y nudoso roble.
-Lo hace usted muy bien –comentó Linda, y acto seguido dedicó su atención a unas briznas de la hierba que crecía a sus pies.
Por Dios bendito: ¡estaba sonriendo de nuevo!
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