miércoles 24 de septiembre de 2008

Parásitos. Capítulo Decimocuarto.

La tarde transcurrió en lo que mi abuela, bendita señora y que en paz descanse, hubiera denominado un sinviví. Deenah y yo habíamos vuelto a nuestras labores enseguida, esto es, a remolonear y pasearnos por allí, y procurar que Linda no se diera de narices con nuestro plan. Corté voluntariamente la comunicación con Juan: no quería que, debido a la decreciente borrachera, me llegara algún mensaje suyo confuso o dado la vuelta. Linda, por su parte, había probado con un par de mochilas más, pero ni el mechero Zippo, ni la alpargata, ni las tres o cuatro docenas de objetos estúpidos más que colocaba sobre la mesa parecían despertar en los extraterrestres más interés que el visto hasta el momento.
Por fin, como a las seis, Linda cerró las mochilas y nos anunció que subiría a tomarse un café. De nuevo me sorprendió con un comentario que no parecía proceder de esa parte de su cerebelo que ella dedicaba al mal absoluto:
-Pórtense bien.
Lo dijo sonriendo, y una vez más me encontré meditando seriamente acerca del color de su ropa interior. Abandonó la sala, clop toclop, y en cuanto cerró la puerta a su espalda el rostro de Deenah se transformó y brilló como una estrella recién nacida en un universo en el que las cosas iban como debían ir.
Danny Boy! –gritó casi.- Lo sabes, ¿verdad? Pequeño bastardo cabrón, lo has conseguido, ¿verdad?
Le sonreí y asentí, y Deenah se puso a dar palmas en un extraño bailoteo, que estaba tan fuera de lugar por su parte como si se hubiera puesto a hacer calceta junto al hogar.
-¡Oh, qué maravilla! Por fin, por fin. Esto empieza a funcionar, ¿eh, muchacho? ¡En las mismísimas narices de la señorita Hart! ¿Qué es lo que te han dicho? ¿Cómo se abre esa maldita nave?
Me miró arrebatado: era mi fan gordo número uno, desde luego.
-Te lo diré cuando estemos ahí –le respondí simplemente.
Fue como si Burt hubiera recibido un golpe repentino en el estómago. Pero la sorpresa se mudó bien pronto de su rostro, y sus ojos se entrecerraron.
-Ah, viejo zorro… -murmuró, y soltó una risa que, en un principio, parecía más bien el maullido de un gato moribundo.- Así que esas tenemos, ¿eh? No me confundí contigo, desde luego que no…
Asentí de nuevo, y esta vez se carcajeó abiertamente.

La luna estaba en su máximo esplendor. Hay ocasiones en que el corazón se regocija por motivos aparentemente banales o cotidianos, y aquel que se pregunta porqué, debería abandonar este mundo sin dilación. Es así y punto; no es nada difícil de comprender, si uno se esfuerza.
Cuando aquel atardecer comenzaba a vestirse del índigo de la noche, una perla roja asomó por entre las montañas del horizonte, dejándose ver primero tímidamente, y después en toda su gloria. El avance era lento, como siempre, pero imparable. Más tarde, cuando sólo un manto de estrellas la rodeara, se haría más pequeña, aunque más brillante, y para entonces ese momento mágico se habría desvanecido hasta el mes siguiente. Pero cuando Deenah y yo salimos para el hangar donde el Krut nos aguardaba, con su misterio casi desvelado, vimos que el gigante despertaba, enrojecido de furia por tener que abandonar su sueño diurno, y como casi siempre me sucedía desde aquella noche en que la contemplé con Carmen entre mis brazos, mi alma se envalentonó y se sintió feliz de formar parte de todo aquello. Una parte minúscula, lo acepto, pero parte al fin y al cabo. Esa noche la luna salió para mí.

El todoterreno avanzaba por la carretera polvorienta, y el haz de sus faros recorría los matojos y los arbustos como los fogonazos del magnesio en una antigua cámara fotográfica. El conductor, uno de esos militares estirados de la embajada, no había hecho ninguna pregunta a Burt acerca de nuestro repentino viaje al hangar, pero ¿por qué habría de hacerlo? Lo bueno de un soldado es que casi siempre se limita a no pensar. Una verdad como un templo.
Estaban a punto de dar las nueve. A las puertas del otoño, eso significa que la noche ya se había echado encima, y en teoría nuestros amigos de la Trinidad ya habrían abandonado la instalación para dirigirse a su hotel. De Linda nos habíamos despedido a las ocho y media, como de costumbre, y se había marchado dedicándome una ligera sonrisa que le suavizaba el rostro de manera espectacular. Debería andarme con más cuidado, lo sé. Me consuela pensar que la luna afecta a las mareas del cuerpo.
Me hubiera gustado dedicarle alguna palabra de agradecimiento a Juan, o al menos haberlo sacado afuera para que pudiese contemplar mi regalo, pero la borrachera ya no era más que un sordo latido en mi cerebro, y su voz se había esfumado con la lentitud con que una brasa se convierte en carbón gris, y luego en polvo. Le hice un saludo con la mano, esperando que lo interpretara de manera correcta.
Deenah se retorcía las manos, sentado junto a mí. De vez en cuando se giraba y tomaba aire, como si le costase horrores resistir la tentación de ahogarme en preguntas, pero he de reconocer que se contuvo bastante bien. El conductor podía ser callado, pero no era sordo.
Esperábamos no encontrarnos con ningún problema a la hora de quedarnos solos junto al Krut. La autoridad del embajador es incuestionable, o debería serlo, pero si era necesario esperaríamos el momento adecuado para introducirnos en él. La única pista que le di al Sapo Deenah acerca de la apertura de la nave era que, con casi total seguridad, ésta sería más o menos silenciosa.
Llegamos al hangar y descendimos del coche.
-No nos espere –le dijo Deenah al conductor- . Más tarde nos llevará otro jeep.
Con un asentimiento, el soldado se marchó, levantando una tenue y casi invisible polvareda.
El hangar, al que algún gracioso había bautizado como La Vieja Madre, casi una broma del destino, se levantaba en medio de un terreno que pertenecía a la embajada, rodeado por nada más que pedruscos en veinte kilómetros a la redonda. Anteriormente, creo, había servido como pequeño aeropuerto y helipuerto, aunque maldito si se me ocurre para qué querría el ejército de los Estados Unidos un aeropuerto en aquel secarral. Luego lo habían dejado en estado de abandono, hasta que, al parecer, a alguien se le ocurrió que podría albergar esa extraña esfera metálica caída de Dios sabía dónde.
Había una cabaña junto al hangar propiamente dicho, y varios soldados hacían guardia por doquier. De la iluminación se ocupaban unas torretas alimentadas por generadores que, probablemente, funcionaban con gasolina. Allí la noche no tenía más remedio que retroceder, aunque lo hacía a regañadientes.
Uno de los soldados se acercó y nos saludó. Deenah lo devolvió.
-¿Se encuentra aún algún miembro de la delegación en el hangar? –le preguntó en inglés.
-No, señor. Se han marchado todos hace un rato.
-Vaya –Burt puso una cara de perfecta consternación falsa.- En fin, no importa. Mañana les informaremos. Necesitamos ver la nave de inmediato.
-¿Alguna novedad, señor?
-No, no que nosotros sepamos. ¿Quién está al cargo esta noche?
-El sargento Murray, señor. Está en la cabaña.
-Gracias.
Nos dirigimos a la pequeña construcción, y los dos guardias junto a la puerta nos abrieron paso.

El sargento Murray resultó ser una versión algo más pequeña pero más rolliza del propio Deenah. ¿De qué coño se alimentaban los altos cargos del ejército este? Sudaba como un esquimal en el desierto, a pesar de la brisa fresca que entraba por una de las ventanas. Se saludaron.
-¡Burt, qué sorpresa!
-¡Brian! ¿Cómo va?
-Va, simplemente. Ninguna novedad, pero eso tú ya lo sabes.
-Sentimos venir a estas horas y sin avisar. Se nos había ocurrido hacer una visita, a ver cómo marchaban las cosas. Queríamos encontrarnos con Harry y Tom, pero al parecer ya se han marchado.
-Claro que se han marchado. Aquí no estamos haciendo nada, en realidad. A veces me pregunto si no sería mejor enterrar esa cosa y olvidarnos del asunto, antes de que nos volvamos todos locos. Extraoficialmente te lo digo, claro.
Carraspeé.
-¡Ah, perdón! –dijo Burt. –Este es Daniel, mi asesor en este asunto. Es probablemente quien más sabe de extraterrestres en España, ahora mismo. Tiene varios estudios realizados en importantes universidades de todo el mundo.
Sonreí cansadamente: Deenah sabía hacer el gilipollas como el que más, cuando quería.
-¡Así que un experto! –dijo Murray. –Pues le deseo mucha suerte, debe de ser el cuarto o quinto que aparece por aquí en los últimos días. Le diré una cosa, amigo: el día que aparezca alguien aquí que nos solucione el misterio, le bajo yo mismo los pantalones y le beso el culo.
Levanté las cejas. Desde luego, era más desagradable incluso que el mismísimo Sapo Deenah. Menudo círculo de amistades me estaba forjando.
-No creo que sea necesario –dije.- Sostengo la teoría de que eso que ustedes llaman artefacto no es más que un meteorito que se ha pulido demasiado al entrar en nuestra atmósfera.
-¡Ah, hmmm! Interesante. ¿Y los tres aliens?
-Son paisanos. No lleva usted mucho tiempo en España, ¿eh? Somos así de feos.
El gesto de Murray se torció, y decidí dejar las estupideces para más adelante, si había lugar. En aquel momento necesitábamos de la colaboración del general.
-No le hagas caso –me defendió Burt-. No ha dormido bien últimamente.
El general sonrió, no muy convencido.

Al final, resultó que a Murray le importaba poco menos que un pimiento que le echáramos nuestro vistazo al Krut. Según dijo, había llegado su hora de cenar, y no pensaba acompañarnos al hangar. Deenah y yo no necesitamos intercambiar ninguna mirada para adivinar lo que el otro estaba pensando: de puta madre.
El Krut descansaba sobre una plataforma de metal. En el hangar sólo funcionaban unas pequeñas bombillas que emitían una luz amarillenta, de manera que la superficie de metal parecía más bien de roca, al no emitir ningún destello. Su textura era, efectivamente, pulida como un espejo, oscura y sin ninguna protuberancia o ranura visible, excepto una fina línea a lo largo del perímetro, que podría tomarse por un Ecuador, si aquello fuera un globo terráqueo.
Ningún soldado nos observaba. Sus órdenes eran guardar la puerta, y Deenah rechazó gentilmente el ofrecimiento de uno de ellos de acompañarnos al interior.
-No se preocupe, soldado. Sólo vamos a echar un vistazo.

Me acerqué al Krut, y mi corazón comenzó a bailar. Deenah me observaba desde dos metros atrás.
-Ha llegado el momento, Danny Boy– me dijo.– Prepárate para entrar en la Historia.
No me molesté en mirarlo. Me situé junto a la esfera y levanté los dos brazos, en un gesto teatral de prestidigitador. Comencé a emitir una especie de ronroneo, algo parecido a la letanía con que los budistas se calman los picores del culo, y poco a poco efectué unos movimientos circulares amplios, mientras el murmullo daba paso a una serie de palabras extravagantes.
-Hmrrrr, Akh Pahen undyi, awem, dorinwan awemmmmmm…
Noté que Deenah emitía un gorjeo de sorpresa, y escuché su voz cargada de fascinación.
-¡Un hechizo! ¡Así que era eso!–exclamó.
Me detuve en seco y solté una carcajada, mientras me giraba para ver su rostro desencajado.
-¡Venga, Burt, no seas gilipollas! –le dije, y entonces hice una uve con los dedos de la mano derecha, apoyé el dorso en un lugar concreto, justo debajo de la línea… y simplemente empujé, tanto con mi mano como con mi mente.
Sin un solo chirrido, una amplia porción de metal se replegó hacia dentro: el Krut se abría para invitarnos a conocer su secreto.

Deenah me miró, absolutamente pasmado.
-¿Tan sencillo? –preguntó, y su voz era la de un niño, quizá la del niño gordo que fue una vez.
-¿Y qué esperabas? ¿Crees que, de haber sido más complejo, nuestros amigos subnormales habrían dado con ello?
Y, sin aguardar una respuesta, avancé un paso e introduje el pie en el Krut.

No sé por qué me sorprendió escuchar de pronto la voz de Linda Hart desde la puerta del hangar, pero me quedé literalmente helado por la conmoción.
-¡Mira qué sorpresa! -exclamó. -¡Dos pajaritos jugando al pío pío!

jueves 18 de septiembre de 2008

El Velo del Templo

El Gran Or disfrutaba de los momentos más tranquilos que su jornada le permitía. Era en aquellos preciosos instantes cuando daba orden tajante de que nadie lo molestara bajo ningún concepto: sólo diez minutos abstraído de su tarea como Regulador del Universo... No era demasiado pedir, a juicio suyo.
Por eso sintió una viva y ardiente cólera cuando su discípulo, Negamis Pacificador, entró como una tromba de agua en las Estancias gritando a pleno pulmón.
-¡Maestro! ¡Maestro!
-Pero, ¿cómo osas, oh melón, interrumpirme justo en este momento de dicha? ¿Acaso quieres conocer el alcance de mi cólera?
Pero Negamis no pareció amedrentarse ante la amenaza, lo cual hizo que el Gran Or le prestara al instante toda su atención.
-Ha vuelto a pasar, Maestro. ¡Ha vuelto a pasar!
Los ojos de Negamis reflejaban un horror absoluto, algo que el Regulador recordaba haber visto sólo una vez en todos sus largos años.
-¡Por el viejo Eripe!- se alarmó-. ¿Estás completamente seguro, mentecato?
-Compruébelo usted mismo, Maestro... ¡Ay, calamidad!
Ambos se dirigieron a toda prisa a la Sala de Engranaje. Allí el Gran Or pudo comprobar, desesperado, que su discípulo tenía razón.
-Oh, no...-murmuró cuando vio la vieja y grasienta rueda, que giraba a saltos irregulares sobre un eje que amenazaba con romperse-. Oh, no...
-¿Por qué sucede esto, Maestro?- le preguntó Negamis con súplica en sus grandes ojos.
-Ojalá lo supiera, Negamis- respondió con voz tensa-. Corre, sujeta de ahí, y sostenlo, ¡por lo que más quieras! No dejes que se te escape. ¡Desapareceremos todos si esa rueda se sale de su sitio!
Negamis obedeció. Todo su cuerpo temblaba y se lubricaba con un acre riego: sostenía en sus manos el corazón de la Máquina, y la Máquina hacía funcionar el Universo. Un solo paso en falso... No quería pensarlo. No podía pensarlo. Y, como su maestro, sufrió de veras por segunda vez en su larga vida.
El Gran Or introdujo las manos en los huecos practicados junto a cada muesca y tiró hacia sí con todas sus fuerzas, tratando de reencajar la rueda en su posición y normalizar la maquinaria. Su discípulo apoyaba mientras todo su peso en el grueso eje con el fin de que este no se partiera con la operación.
Durante dos minutos el Universo corrió serio riesgo de replegarse y desaparecer, y sólo el Regulador y su discípulo fueron conscientes de tan descomunal peligro.
Por fin, la rueda cedió a los esfuerzos del Gran Or, y con un formidable chasquido cósmico encajó de nuevo los dientes en su sitio, junto a la otra rueda, y todo volvió a la normalidad. El Gran Or y Negamis se sentaron en el suelo, agotados y jadeantes. Al cabo de un rato, el maestro habló.
-Vamos a averiguar qué ha sucedido.

En la penumbra de la Sala de Visión, Negamis observaba cómo su maestro estudiaba con todo cuidado el Saco de la Vida. Éste estaba lleno a rebosar de millones de pequeñas fichas, parecidas a huesecillos diminutos, blancuzcas y de una apariencia áspera. Del saco parecía emanar una tenue luminosidad. El Gran Or revolvió un par de veces con sus viejas y callosas manos, y de pronto sus ojos se abrieron con sorpresa, y sacó una pequeña ficha de color marfil. La observó unos momentos.
-Ésta ha sido- dijo casi para sí, y la llevó a la mesa de estudio. Negamis no perdía detalle. El maestro tomó asiento y acercó la vista, y estudió la pieza durante largo rato. Finalmente, asintió.
-¡Ah, sí! Ha sido él, pero... ¿cómo diantres...?
Para Negamis, el Estudio de la Vida constituía aún un misterio indescifrable. Cuando supiera cómo hacerlo, tomaría el lugar del Gran Or y dejaría de ser discípulo, y su maestro podría retirarse a descansar junto a los Otros que lo precedieron. Pero de momento tenía que contentarse con las explicaciones que el viejo le daba, a veces tan vagas que llegaba a desesperarse.
-¿Qué ha sucedido, maestro?- le preguntó.
-Camina conmigo, Negamis.
El Gran Or pasó un brazo sobre sus hombros. Aún respiraba con dificultad cuando comenzó a explicarle lo que había averiguado.
-¿Recuerdas cuando sucedió por primera vez, Negamis?
-Claro, Maestro.
-Aún no hemos sabido por qué, o cómo, logró aquel otro hombre abandonar el sentido circular y convertir su Tránsito en una espiral. De algún modo que no soy capaz de imaginar, aquel hombre rompió el hilo que llevaba siguiendo inmutablemente, y que hace de la vida un círculo de eterna repetición; y logró actuar de manera distinta a la que, desde un principio, le estaba destinada. Durante eones había evitado aquella muerte que pendía sobre él, y eso era correcto, porque era lo que estaba establecido que debía hacer: huir. Sin embargo, en un momento dado, hizo algo que se salió de su plan de vida: decidió por sí mismo dejarse apresar, y fue finalmente crucificado, cuando lo que siempre había hecho era esconderse y evitar la muerte hasta más adelante. ¿Cómo lo consiguió? Lo ignoro.
“Pero aquello, de alguna manera, desestabilizó a la Máquina, y a punto estuvimos de convertirnos en Nada. Era algo que jamás había sucedido, y que pensamos que jamás volvería a suceder. La espiral se estabilizó, y su vida tomó un rumbo diferente. Había cambiado su destino, ¿lo entiendes?
-Sí, Maestro.
-Pues bien, ha vuelto a suceder. Hay en la Tierra un hombre que ha conseguido romper el círculo, y ha conseguido algo que no estaba en su plan de vida.
El Gran Or guardó un breve silencio, meditabundo.
-No, no puedo entenderlo- dijo al cabo-. Si la acción en concreto desestabiliza su destino, ¿por qué no actúa sobre el de los demás? Las personas que rodean al fugado cambian también su círculo, y sin embargo, es como si no hubieran hecho antes otras cosas. ¡No puedo entenderlo!
Negamis guardó silencio.
-Con el primer caso, llegué a pensar -continuó- que todo se debía a un colosal error aislado; que la voluntad del hombre, ahí cuando dudaba en aquel monte, no había tenido nada que ver con su cambio de destino. Pero ahora este segundo hombre me ha abierto una posibilidad: que se haya tratado de un esfuerzo semiconsciente por su parte. Y la causa la sospecho, pues en ambos casos ha sido la misma.
Negamis esperó, pero su maestro parecía perdido en su propia mente, y lo azuzó.
-¿Cuál es esa causa, Maestro?
El Gran Or lo miró cansadamente.
-El Amor. El Amor, Negamis. Y lo que más me aterra es que, si mi suposición es correcta, podría volver a suceder-. Un esbozo de sonrisa asomó a sus agrietados labios, una sonrisa no exenta de amargura-. ¿Qué fuerza es esa, Negamis? ¿Qué indecible poder reside en ella, que es capaz de alterar el curso de los acontecimientos de semejante forma? ¡Por el viejo Eripe! He llegado a pensar que, si realmente un día la Máquina se rompe, todo se desvanecerá... Excepto el Amor. ¡Qué tiempo, Negamis, nos ha tocado vivir!
Negamis no le respondió. Salió de las Estancias con la cabeza gacha, mientras su maestro tomaba asiento de nuevo y volvía a coger la pequeña ficha, y se quedaba allí, en la oscuridad, contemplándola en silencio. Tras un largo rato depositó la ficha de nuevo en el Saco de la Vida, y se dirigió al balcón, donde una balaustrada de ópalo y marfil se abría ante el espectáculo más maravilloso y más horrendo de todos: el Infinito, en cuyo vacío se agitaban cosas que ni el mismo Gran Or se atrevía a desafiar. Tosió un par de veces, tapándose la boca con una mano arrugada, y se preguntó no por primera vez cuándo estaría su discípulo preparado para sucederle.

La noche sin estrellas reflejaba la calma de dos corazones que se enfrentaban al conocimiento de un hecho atroz. Dos corazones, cuyo más ardiente deseo era estar juntos, trataban de aceptar que, por causas que apenas comprendían, y que en el fondo no les importaban, debían separarse y dejar de sentirse. Dos corazones que jamás habían tenido la oportunidad de compartir sus latidos aceptaban con una calma admirable el fatídico destino que había de separarlos. Se comunicaban a través de unos ojos serenos y tristes, pues las palabras no eran necesarias para decirse las cosas. Nunca lo habían sido.
El chico acarició suavemente la mejilla de la chica, y ella no se apartó. Pasó la mano por su cabeza, y notó que su corazón saltaba en el pecho. Se acercó un poco a ella, y entrecerró los ojos, y ella suspiró sin querer y lo cubrió con su aliento, dulce y cálido, y él estuvo entonces a punto de echarse hacia atrás. Pero algo se lo impidió, algo que le gritó con voz potente en la cabeza. Lo dominó de pronto el pensamiento de que algo tan grande no podría sino destruirlo, y así hubiera sido: se habría apartado de ella, y hubiera seguido un camino totalmente diferente.
Sin embargo, dominado por el impulso de su corazón, que a su parecer estaba a punto de estallar, acercó finalmente sus labios a los de ella. Y mientras entraban en contacto, y se daban ese beso que nunca debería haber existido, al chico le pareció escuchar un crujido lejano, como si un avión rasgase el cielo con el beneplácito de algún dios olvidado. Pero no le prestó atención; y supo de pronto que su auténtico destino acababa de ser sellado.


Notica de ná: este es un cuento de hará cosa de seis años. Creía que lo tenía colgado en el blog anterior, pero al buscarlo para pasárselo a cierta dama, de las pocas lectoras que tengo, descubrí que no, que sólo había caminado por O Desván. Así que he realizado una ardua tarea, que ha consistido, y podéis descojonaros, en quitar un espacio entre cada palabra. La cosa es que yo siempre había entendido en las bases de los concursos que "doble espacio" se refería a darle dos veces a la barra espaciadora. Resulta que se refiere al interlineado. No sé quién es más gilipollas, si los redactores de bases o yo, pero en fin... Aquí lo dejo porque me chifla. Ojalá lo compartáis quienes aún no lo habéis leído (no suele calar muy hondo, la verdad).

miércoles 17 de septiembre de 2008

Parásitos. Capítulo Decimotercero.

Linda solía situarse frente a mí, cuando no estaba probando alguna cosa nueva y fascinante con los extraterrestres. Me ponía bastante nervioso, porque me daba la impresión de que me observaba, mientras yo simulaba leer alguna revista o periódico y hablaba con Juan. No porque tuviera miedo de que sospechara algo (¡imbécil de mí!), sino porque había momentos en que la sorprendía con sus ojos esmeralda clavados en los míos. Entonces ella los apartaba rápidamente y me parecía que enrojecía ligeramente. ¿Acaso estaba comenzando a sentir algo por mí? ¿Sería posible que doña Fría Hart tuviera esa capacidad, aunque fuera en un recóndito lugar de su arrugado y negro corazón? No lo creía; pero sus ojos, cada vez más, me recordaban a los grandes y apacibles ojos de Carmen. En ocasiones, muy puntuales, le brillaban de una manera especial, y entonces tenía que hacer yo un esfuerzo para retomar la conversación con el extraterrestre. El mundo de los sentimientos es como la gabardina del contrabandista de un callejón: está lleno de bolsillos ocultos, donde se guardan los objetos más sorprendentes e inesperados. Quizá la borrachera perenne me trastocaba el sentido, no sería la primera vez, pero llegué a montarme una historia particular y hermosa, en la que conseguía traspasar su glaciar de trece metros y alcanzaba la verdadera esencia de su alma.
Aquella tarde en concreto, poco antes de que Juan me revelara el secreto del Krut, y varias horas antes de que Deenah y yo nos desplazáramos secretamente al hangar abrigados por la oscuridad de la noche, Linda estaba especialmente curiosa con mi rostro. De una manera tonta, casi adolescente, aquello estaba dejando de parecerme desagradable y comenzaba a tomar los visos de un jueguecito bastante resultón.
Pero un vistazo a Burt me devolvió a la realidad: el Sapo Deenah aguardaba impaciente un resultado, y yo no le estaba ofreciendo ninguno. No era hora de flirteos ni de tonterías. Su humor empeoraba a pasos agigantados; aquella tarde, durante la comida, mientras le daba el parte mañanero, se había puesto hecho una furia. No es que me produjera miedo (en realidad me entraron ganas de reír, viendo cómo su redondo rostro se iba amoratando por momentos y su corbata se llenaba de migas de empanadilla), pero tenía razón: no podría tardar mucho en llegar el momento en que el asunto de los extraterrestres pasara a otras manos, a la vista del nefasto resultado que estábamos obteniendo. Como dije antes, Washington se impacientaba; y no sólo porque ya había varios periodistas indagando en el asunto.
Así que procuré enfocar mi mirada en la revista que estaba leyendo, un fanzine fotocopiado que me habían dado en la calle, y que estaba repleto de ansias malsanas por mostrar a un pequeño rebelde dentro de un convencional gilipollas (al menos, eso es lo único que me inspiraba ver todos aquellos dibujos horrendos de un autor cuyo concepto de arte debía de estar mutado por los cereales de la mañana y por el deseo insatisfecho de pasarse el día follando con su hermana, a juzgar por la cantidad de penes y vómitos que había allí dibujados). Hice de tripas corazón y paseé la mirada por encima, horrorizado, mientras Linda rellenaba no sé qué papeles y Deenah correteaba inquieto de aquí para allá, y me dirigí a Juan con el pensamiento.

Bueno, dime, ¿te ha gustado algo de lo que os ha enseñado Linda esta mañana?
No. Bueno, no es que no me haya gustado nada. Es que no lo comprendo. Pero…
¿Pero?
, pregunté, poco más que curioso, sin saber que estaba a punto de dar con el resultado que estábamos buscando.
Había una cosa… una cosa pequeña, blanca, muy bonita. La vimos en el cielo cuando nos trajisteis aquí, cuando estaba oscuro.
¿En el cielo?
Sí, nunca la había visto antes. Nos pareció preciosa. Como el
Krut, pero partido por la mitad. Brillaba.
¿La luna? ¿Estás hablando de la luna?
Recordé de pronto que, por lo que parecía, en su mundo no había sol ni luna; ni siquiera debían de tener día y noche, aunque aquel era un punto que acabaría por descubrir por mí mismo.
No sé qué es la luna.
Espera
, le dije, y me levanté precipitadamente, atrayendo la mirada curiosa (y muy penetrante) de Linda. Me controlé al instante.
-Señorita Hart…
Entonces se me ocurrió una mentira plausible: en aquel momento tenía una página abierta del fanzine en la que había representada una noche estrellada (llena de pollas, por supuesto). Una de esas casualidades que sólo se dan en las novelas y en los relatos cutres por capítulos.
-Estaba viendo esto. –Le puse a la vista el fanzine y ella respingó de espanto. -¿No les ha mostrado usted antes una luna de plástico, como esas de los móviles de los bebés? He pensado que igual, como vienen del espacio…
Me miró fijamente, y el tiempo pareció ralentizar su marcha.
-¿Podría mostrársela otra vez, por favor? Sólo para asegurarnos. Puede que no la hayan visto bien.
Cedió, clavándome siempre su embriagadora mirada y sin decir una palabra. Hurgó en una de las mochilas que traía cada mañana y al poco rato encontró lo que buscaba.
Me la entregó.
-Muchas gracias –dije, procurando que mi aliento a cerveza no le diera en pleno rostro. Debía de ser una mezcla curiosa, la de menta y cerveza, porque yo seguía devorando caramelitos, por si las moscas.
Mientras me situaba frente a Juan (o, al menos, el que creía yo que era Juan, el que se encontraba en el centro), me percaté de que Deenah estaba comprendiendo que se había producido una novedad, y que esta era bien recibida, a juzgar por cómo se nos acercó. Si hubiera habido un piano en su camino lo hubiera pulverizado.
Deposité la luna de plástico en la mesa y pregunté mentalmente.
¿Es esto lo que tanto os gustaba?
No hubo ningún signo externo en ellos que corroborara su entusiasmo, pero su voz adquirió un tono de inequívoco deleite.
¡Ah! ¡Eso, eso, sí! Había una parecida en el cielo. ¡Qué cosa más hermosa!
Entonces fue cuando mi corazón se aceleró, porque comprendí que habíamos dado con algo que, quizá, consiguiese hacer que su pánico a ese famoso castigo en la oscuridad perdiera gran parte de su influencia. Un subnormal, pensaba yo en voz baja, no debe de tener demasiado criterio en cuanto a la represión de un deseo se refiere, y sin duda podría venderle la moto… si jugaba bien mis cartas.
Recordé que en aquellos días la luna estaba llena. Ojalá hubiera tenido alguna posibilidad de sacar a Juan afuera para contemplarla; estoy convencido de que, si le había producido tanto placer la contemplación del satélite en cuarto creciente, el verla llena del todo le produciría un paroxismo casi orgásmico. Por descontado que aquello era imposible, al menos de momento, así que se me ocurrió que podría enseñarles una foto, sacada de alguna enciclopedia, en la que la luna se hallase en toda su plenitud. Y después…

Me avergüenzo en cierto modo de lo que voy a reconocer a continuación, pero no es un problema demasiado profundo para mi conciencia, pues siempre me creeré la excusa de que lo que hice, lo hice bajo los efectos del alcohol. Como cuando perdí la virginidad con aquel inmundo mazacote en la Casa de Campo. Algunos me juzgaréis como un tipo ruin y desconsiderado, y otros diréis que tampoco es para tanto, y opinaréis que vosotros, en mi caso, hubierais hecho lo mismo sin pensarlo dos veces. No me importa. Tomé la decisión y la llevé a efecto en pocos minutos.
Timé a un subnormal sin pestañear.

Burt me dio permiso para subir a su despacho a buscar en alguna enciclopedia de las que adornaban su pared una buena foto de la luna llena. Dudo mucho que el Sapo Deenah haya abierto siquiera alguno de los tomos: su “literatura” la tenía guardada bajo llave en uno de los cajones de su mesa, y desde luego su contenido era de todo menos educativo, a menos que te interese especialmente la anatomía genital. Linda, por extraño que parezca, no se opuso en absoluto a esta petición mía, circunstancia a la que, en mi entusiasmo, no le di mucha importancia. Abandoné la sala casi al trote y los dejé solos.
Encontré una foto estupenda en el tomo que correspondía a la L, y regresé ante los extraterrestres en menos de cinco minutos, con la página marcada. Puse abierta la lámina frente a su descomunal ojo.
¡Oh! Exclamó en mi cabeza la extática voz de Juan.

Comencé mi perorata sin preocuparme de lo extraño que debía de parecerle a Linda que me quedara plantado frente al extraterrestre con el grueso tomo abierto por una lámina de la luna llena. En realidad, prácticamente había borrado de mi mente tanto a Linda como a Burt. Aquel fue el momento en que menos precavido he sido en mi vida, casi podría asegurarlo. Con una excepción, y también relacionada con Linda, aunque llegaré más tarde a ello.

¿Te gusta la luna, Juan?
¡Oh! Es la cosa más bonita que he visto nunca. ¡Ahora está gorda! ¿Por qué la tienes aquí abajo? ¿Es tuya?
Lo es
, mentí. Me la regalaron mis padres por mi cumpleaños el año pasado. Esto es sólo una foto, una imagen que la representa en papel, pero la de verdad estará esta noche allá arriba, y estará igual de llena. Esta foto es el documento de propiedad.
¿Cómo?
Es lo que hace que sea mía. Mira.
Arranqué la hoja y dejé el tomo cerrado sobre la mesa. La guardé bajo mi camisa.
Ahora es mía para siempre. Luego, si quiero, saldré a jugar con ella, cuando haya aparecido en el cielo. Le diré que baje. Es muy divertido.
Oh…
Ahora
, me dije a mí mismo.
¿Te gustaría que te la regalara, Juan?
Se produjo una pausa. Por primera vez en todos aquellos días, me pareció percibir un ligero movimiento en las manos que descansaban sobre la mesa. Como un breve respingo, casi inapreciable, pero muy significativo, a menos que mi mente se lo hubiera inventado.
La voz de Juan reflejó el entusiasmo de un niño que se encuentra con unos cuantos regalos junto a sus zapatillas el día de Reyes.
¿Me… me la regalarías? ¿De verdad?
Sí, ¿por qué no?
Pero… Es muy hermosa, ¿cómo puedes regalármela? ¿Será mía para siempre? ¿Y podré jugar yo con ella?
Tanto como quieras, Juan.
¡Oh! ¡Ah!
No se puso a dar palmas y saltos de alegría, pero mentalmente, sin ninguna duda, lo hizo y a conciencia. Y escuché a sus dos compañeros, Nico y Charlie, por segunda vez en mi vida, sólo que esta vez no berreaban desesperados, sino que reían estrepitosamente.
Haremos una cosa, Juan.
¡Dime!
Te daré esta hoja, donde está dibujada la luna, y será tuya entonces para siempre… pero me tienes que hacer un favor.
¿Un favor? Claro que sí. Eres muy bueno con nosotros.
Hice una mueca y proseguí, después de tragar saliva.
Me tienes que decir cómo se entra en el Krut.
Se produjo un largo silencio, y las risas de sus compinches se cortaron en seco. Esperé el inicio del llanto, lo cual daría por finalizada la negociación para siempre. Tuve una visión de mi propio yo, tal y como me verían Deenah y, lo que era peor, Linda Zorra: ahí parado de pie, frente a los extraterrestres, y mirándolos con expresión tensa. Pero no estaba para delicadezas. Era el momento crucial.
Al final, Juan habló. Su voz mental era temblorosa, pero un inmenso alivio me recorrió la espina dorsal cuando me dijo:
De acuerdo. De acuerdo. Tú me das la luna, y yo te digo cómo se entra. Pero no se lo digas a Padre y Madre, ¡no se lo digas nunca! Se enfadarán y nos castigarán… y a vosotros también.
¿Padre y Madre? En aquel momento, aquellos dos pájaros eran la menor de mis preocupaciones. ¡Por fin, el secreto de la nave estaba a nuestro alcance! Era posible, muy posible, que después de conseguir acceder a su interior no tuviéramos ni idea de qué hacer en ella, pero ya nos preocuparíamos por eso más tarde.
Entonces, dime cómo se entra, Juan.
Me lo dijo.
Y no sé cómo lo conseguí, pero mi cara no mostró el entusiasmo que me invadió desde los dedos de los pies hasta la coronilla.

Me retiré y le lancé a Linda una mirada de disculpa.
-Nada, no hay nada. Ni un movimiento. Pensé que, quizás…
Su respuesta fue inusualmente amable.
-No se preocupe, Daniel. Hay que probarlo todo cuantas veces sean necesarias.
Recogió la media luna de plástico y se dirigió a la mochila para guardarla de nuevo, y entonces aproveché que me daba la espalda para meter rápidamente la lámina de la enciclopedia entre los pliegues de la túnica de Juan. Noté el tacto rasposo de su extraño pecho, y vi que Deenah me contemplaba con una medio sonrisa mal disimulada: había comprendido que habíamos tenido éxito.
Es tuya, Juan, la luna es tuya, le dije mentalmente. Dentro de un par de días os sacaremos de aquí para que podáis jugar con ella.
¡Oh! ¡Bien! Pero recuerda, por favor: ¡cuidado con Padre y Madre!
No te preocupes, no se enterarán
, comenté.
Le dirigí a Deenah una mirada preñada de triunfo absoluto. En cuanto Linda se marchara a tomarse su café de la tarde, le pondría al corriente de todo… o casi. El secreto de la apertura de la nave me lo reservaba para mí.

domingo 14 de septiembre de 2008

Parásitos. Capítulo Decimosegundo.

Comprendí que me había pasado un poco bebiendo cuando tuve que apoyarme en la barra para no caer al suelo, al ir a por la novena jarra. Una cosa era tolerar bien el alcohol, no perder la capacidad de raciocinio y sentir solamente el remusguillo de la suave chufa, y otra muy distinta obligar a mis riñones a filtrar, dejadme que calcule… casi seis litros de cerveza en tres cuartos de hora. No estaba acostumbrado, ni mucho menos, a beber a este ritmo. Me alarmé en cierto modo: seguro que Linda tendría algo que decir, cuando bajara con mi informe. Sin embargo, después de un breve instante de autocontrol, conseguí mantenerme bastante bien.
-Espera, Pierre. No me pongas esa cerveza. Mejor un café bien cargado.
Tenía un cuarto de hora para recuperarme. El pedo era obvio, pero esperaba poder seguir con el plan, siempre que Linda Zorra no se me acercara demasiado, claro.
Pierre me miró como si fuera la primera vez en su vida que escuchaba la palabra café, pero, fiel a su sistema de comunicación social, se limitó a darse la vuelta y preparar la cafetera.
-Y si me pilla, Pierre, ¿qué más da, en realidad? –le dije, sin esperar por supuesto una respuesta. –Es una auténtica bruja, esta mujer. Guapa, sí, ya lo creo, pero se le ve a la legua que es mala como un demonio. La leche del tiempo, por favor, que me chamusco si no. ¿La has visto? Tiene unos ojos… Verdes, creo, no sabría decirlo. ¿Te he hablado de Carmen alguna vez, y de sus increíbles ojos? Son parecidos; pero reflejan bondad, no como los de esta mujer, que sólo puedes ver en ellos ganas de reducir cabezas a pulpa. ¡Vamos! No me arriesgaría con ella ni en un millón de años. Ni siquiera estoy seguro de que si se desnuda su cuerpo no esté lleno de tentáculos y ojos y dientes. Gracias.
Bebí el café y, ya que tenía la boca ocupada, decidí callarme.

Entré en la sala. Mi rumbo era estable, por no decir forzado, pero el café y el rato de descanso me habían servido maravillosamente bien para el propósito principal. Había funcionado: escuchaba de nuevo las voces de los extraterrestres, y podría disimular a la vez la borrachera, que era de las grandes, a pesar de mi esfuerzo de última hora. Un caramelito de menta se ocuparía de camuflar mi olor a cerveza, pero de todos modos no pensaba acercarme a Linda a menos de cinco metros, por si las moscas.
Allí estaba ella, aún situada frente a las inmóviles criaturas, poniendo juguetitos sobre la mesa mientras esperaba alguna reacción. Vi que Deenah me dedicaba una mirada de alarma, y me asusté: quizá me había pasado bebiendo, después de todo.
Pero Linda pareció no darse cuenta, aunque me contempló pensativa unos instantes, como si me estuviera hurgando en la mente. La odié.
-Y bien –dijo-, ¿ha terminado usted el informe?
-Ya está –respondí simplemente, ahorrando agudezas para que no se notara demasiado lo que me costaba pronunciar la erre. Cualquier precaución era poca, con la señorita Hart.
Miró su reloj, luego a los extraterrestres, y finalmente a Deenah, y exhaló un suspiro.
-Bien. Échele usted un vistazo mientras recojo esto, y luego me lo pasa.
Me acerqué a Burt y le entregué la carpeta.
-¿Alguna noticia de la nave? –pregunté, más por distraer un poco el ambiente que por verdadero interés.
-Ninguna novedad –respondió él-. Igual que aquí.
Me senté en una silla, y dejé que Burt le echara el vistazo de pantomima. Su nota descansaba bien doblada en el bolsillo posterior de mis vaqueros. Él fingió repasar el informe, hasta que, a los pocos minutos, Linda se le acercó. Contuve el aliento mientras ella lo hojeaba.
Los extraterrestres, por su parte, habían retomado su jerigonza incomprensible, y me alegré al comprobar que su berrinche del día anterior se les había pasado al parecer por completo. Aún no me dirigí a ellos.
-Bien –aprobó Linda. –Creo que, hasta que obtengamos algo, podemos limitarnos a enviar el informe con un simple “sin novedad”. Lo firmaré yo, en todos los casos, ¿de acuerdo?
-De acuerdo, señorita Hart –respondió Burt, y cuando ella me miró, asentí.
-Bien. Voy a tomarme un café.
Salió de la sala envuelta en su perfume, taconeando al ritmo de sus glúteos duros como rocas. En cuanto se cerró la puerta, la cara de circunstancias de Deenah se transformó en la de alarma de diez minutos antes.
-Joder, Daniel, ¿no te has pasado un poco con la cerveza?
-¿Se huele? –pregunté, temiendo que su respuesta fuera afirmativa.
-¡No sé si lo habrá olido! Puede que no se haya acercado lo suficiente, o seguro que te habría dicho algo, pero, muchacho, ¿cómo se te ocurre agarrarte una así? ¡Tienes los ojos como dos berenjenas!
-No será para tanto, ¿eh? ¿Qué habrías hecho tú? ¡Nunca he tenido que emborracharme bajo cronómetro!
-Danny Boy
-Además –añadí-, si ya no voy a tener tiempo para redactar mi informe, es mejor habérmela cogido gorda. Los oigo, y creo que tengo para un par de horas por lo menos. Aguantará hasta la hora de comer, y entonces beberé más jarras para la tarde.
-Sí, de acuerdo. Pero procura no acercarte a ella. Aunque no creo que sea tan condenadamente lista como para establecer una relación entre tu pedo y los extraterrestres, con esta mujer es mejor no arriesgarse, ¿me explico?
-Ya lo sé.
-Bien… Entonces, cuando baje, tú quédate sentado. Habla con ellos, aunque te den la espalda. Creo que Linda va a intentar tomar una muestra de tejido de uno de ellos, para analizarlo. Cuando veas que se dispone a hacerlo, pregúntales si eso les supone algún problema. En caso afirmativo, tose, ¿vale?, y así sabré que no debe hacerlo y procuraré impedírselo. No queremos otra rabieta hasta que nos hayan dicho cómo se abre su maldita nave.
-Comprendido –dije, mientras realizaba el saludo militar.
Deenah se pasó una mano regordeta por el rostro.
-A ver si hoy conseguimos algo, coño…
Quince minutos más tarde, Linda regresó. Esta vez traía un maletín en la mano.

¿Me oís? Juan, ¿estás ahí?
La respuesta fue tímida y avergonzada.
Sí… ¿Eres tú? ¿El de ayer?
Sí, soy yo. Daniel, ¿recuerdas?
¿Estás enfadado con nosotros?
Sentí una cierta lástima por ellos. Era la segunda vez que se disculpaba ante mí como un niño avergonzado tras una travesura inocente.
No. No estoy enfadado, no te preocupes. Nadie aquí lo está.
Me alegro. Es que… el castigo es horrible, ¿sabes? Es horrible, oscuro y malvado. Pero ya estamos bien. Sé que te molestó que lloráramos.
No te preocupes, Juan.
Deenah me miraba de vez en cuando. Quizá demasiado a menudo, aunque Linda parecía atareada con el contenido de su maletín. Le hice a Juan la pregunta que bailaba en los ojos de Burt.
¿Veis a esta señora?
Es muy guapa.
Sí, lo es. Guapa, pero muy, muy malvada. Ahora va a pinchar a uno de vosotros para sacarle un poco de líquido. Tenéis que estaros quietos, ¿de acuerdo? Porque si no, podría enfadarse.
¿Pinchar?
La voz no parecía nerviosa.
Sí, una punzadita de nada. Y luego, si os habéis estado quietos, se marchará contenta. Hay que tenerla contenta, ¿vale? No os va a doler.
Me sentía como el practicante que trata de tranquilizar a un niño con mentiras y piruletas por igual.
¿Doler?
Linda sacó una jeringuilla y un pequeño bisturí. Deenah me miraba cada vez más a menudo, hasta que al final me hizo una señal con las cejas.
¿Sabes qué es doler? ¿Cuando algo te molesta mucho, cuando escuece la piel, cuando se irrita?
Ya. Una vez le pasó a Nico. Se clavó un pincho en la tripa que le salió por el otro lado. Dijo que era raro.
Mientras Linda se acercaba al brazo de Juan, y Burt me hacía señas como un condenado esperando mi respuesta, llegué a la conclusión de que no tenía tiempo para hacer más averiguaciones. Por lo poco que me había dicho Juan, me arriesgué y le hice a Deenah una señal de asentimiento. Habría que jugársela.
Vosotros estaos quietos mientras la señora os pincha, ¿de acuerdo?
Vale
, dijo Juan, y su voz no daba a entender que tuviera algún miedo.
Linda y sus instrumentos de tortura desaparecieron de mi vista tras la espalda de Juan, y entrecerré los ojos, preparándome para el estallido.
No se produjo.
Suspiré aliviado cuando vi que Linda reaparecía, con la jeringuilla llena de un líquido escarlata y un pequeño botecito de plástico con algo que podría ser un trocito de piel parda.
¿Juan? ¿Estáis bien?
¿Eh? Sí… ¿Qué hace esta señora malvada?
Nada, no te preocupes. ¿No ha dolido?
No sé qué es eso.
Me alegro, Juan
.
Y realmente me alegraba.

A lo largo de los dos días siguientes, la investigación entró en una rutina que consistía, por mi parte, en mantenerme lo suficientemente borracho para poder comunicarme con Juan sin despertar sospechas en Linda. Al parecer, lo estábamos consiguiendo. La atención de nuestra queridísima zorra parecía clavada exclusivamente en nuestros amigos del espacio, lo cual me permitía mantener mis conversaciones con relativa tranquilidad. Deenah ocupaba su tiempo remoloneando y postulando teorías que, estaba seguro, se inventaba sólo para distraer a Linda, debido a lo excéntrico y absurdo de la mayoría de ellas. El análisis de los tejidos que ella envió al laboratorio se hacía de rogar, como correspondía, y procuré, sin tocar directamente el tema de la nave (o krut, como la habían llamado ellos), averiguar qué podría llamar la atención de los extraterrestres de tal manera que estuvieran dispuestos a revelarnos cómo acceder a su interior. En muchas ocasiones aprovechaba los objetos que Linda les mostraba, pero en ningún momento despertó en ellos más que una leve curiosidad. Parecía que estábamos en un punto muerto. Deenah se mostraba cada vez más malhumorado, y yo me imaginaba que no podría aguantar semejante ritmo de alcohol durante muchos días más. El tiempo comenzaba a apremiar, y los jefes de Washington se ponían nerviosos.
Inesperadamente, al segundo día, poco después de comer, inicié con Juan una conversación que me dio la pista definitiva por la que habría de transcurrir nuestro método de actuación. Mi corazón saltó en el pecho de auténtica alegría cuando descubrí lo que más les había fascinado en este mundo.
Había llegado el momento de hacer el trato.

miércoles 10 de septiembre de 2008

Parásitos. Capítulo Decimoprimero.

-¿Qué podemos hacer?
Mi pregunta era algo desconsolada. A decir verdad, estaba más que seguro de la respuesta de Deenah antes de escucharla.
-Absolutamente nada –dijo. –Linda Hart es una mujer que ha nacido para joderme, y que ha descubierto que le gusta su función en la vida.
A través del teléfono podía captar la desesperación en su voz. Burt hacía un esfuerzo clarísimo por no dejarse llevar por las furias y ponerse a despotricar contra este inesperado giro en nuestros planes.
-¿No puedes enviarla a algún otro sitio? No sé, quizá no a la nave, pero darle una tarea de administración, o algo así. Que no esté todo el tiempo en la sala.
Escuché una suave risita que destilaba amargura.
-No conoces a Linda. Si ha decidido quedarse, se queda y punto. Maneja bastante poder, a su manera. Va a arruinarlo todo.
-¿Y si se lo contamos? –le pregunté, mientras pasaba la mano una y otra vez por entre las orejas de Tetis, cuya cabeza descansaba en mi regazo. –Puede que se ponga de nuestro lado.
Esta vez la risita se convirtió en una carcajada.
-¡Linda! Linda no. Ella sólo tiene un maldito lado. Es como una pintura de ésas egipcias, que salen a la vez de frente y de perfil. Lo abarca todo, y todo lo consume. Se ha ido al garete, Danny Boy. No hay nada que hacer.
Medité durante unos instantes.
-Creo que todavía podemos hacer algo, Burt. Pero vas a tener que confiar ciegamente en mí.
-¿Ah, sí? –dijo, aunque no había esperanza en su voz-. Sabes que confío en ti, muchacho. ¿A qué viene eso?
-Bueno, en realidad es muy sencillo. Tú no podrás agarrarte más borracheras, porque si ella informa de ello, cosa que supongo que haría, es posible que te aparten del asunto, y a mí contigo. Pero nadie ha dicho que yo no pueda pillarme una buena curda mañanera. Lo que haré será beber yo y hablar con ellos en silencio, delante de ella. Intentaré disimular lo mejor que pueda. Sabes que apenas se me nota cuando he bebido, a menos que te acerques y me huelas el aliento. Y más adelante te contaré los detalles de las conversaciones. ¿Qué te parece? La engañaremos delante de su mismísima nariz.
Al responder, no pareció del todo convencido, pero atisbé un comienzo de fe en sus palabras.
-No sé… Es muy arriesgado. Esa mujer es lista como una zorra. ¿Te puedes creer que ha llegado hasta donde ha llegado sin chupar ni una maldita polla?
Pensé en su mirada de hielo y en sus rasgos angulosos.
-Sí, me lo puedo creer. Pero, ¿cómo va a descubrirnos, si no le contamos nada? Por muy inteligente que sea, estaré comunicándome con los extraterrestres por telepatía. Es casi imposible que lo descubra, a menos que ella misma sea bebedora. ¿Sabes si le da a la botella?
-No, eso es imposible. Dudo que se arriesgara a perder todos sus puntos. Al menos, yo jamás la he visto beber.
-Entonces podemos engañarla.
Burt se quedó un rato en silencio. Yo continué acariciando a Tetis. Sabía que tenía a Deenah agarrado por los cojones… y él lo sabía también.
-De acuerdo, Danny Boy –dijo al cabo-. Es la única opción que tenemos. Confiaré en ti.
-Bien hecho, Burt. Bien hecho.

Aquella noche dormí bastante bien, aunque era la primera de muchas en que no me acostaba borracho. A partir de ese día, sólo yo estaría en contacto con los extraterrestres… siempre bajo la atenta mirada de Linda y Burt, eso sí. Aún no sabía qué podría sacar de aquello para mi propio beneficio, pero suponía que alguna cosa caería en su momento. Todo comenzaba a enfocarse, por así decirlo.
Tenía que encontrar una manera de volver al tema de la nave con Juan, el extraterrestre, sin que volviera a darle un ataque de los suyos. Sospechaba que no sería capaz de disimular ante Linda si volvía a taladrar mi cerebro con aquel horrendo llanto desconsolado y subnormal. Y una vez que pudiera tocar el tema, ¿qué? Deenah había dicho que quizá pudiéramos ofrecerle algo de este mundo. Eso haría. Tenía en mente mil artilugios, juguetes, incluso un perrito, aunque era poco probable que Linda Zorra me permitiera llevarme a Tetis para que vieran cómo era un perro. Supuse que hablando con él me enteraría de qué le podría hacer tanta ilusión como para sobreponerse al terror que le producía el castigo.
Con estos pensamientos en la mente, me di la vuelta en la cama y miré hacia la ventana. La noche estaba completamente despejada, y podía ver la luna, a la que le faltaba uno o dos días para ser luna llena. Estaba preciosa y tranquila, así que me dormí.

Llegó la mañana, y con ella el horrendo sonido del despertador, del que casi había conseguido olvidarme ya, después de tres meses en desuso. Me incorporé, y tras pegarle un manotazo y apagarlo, me levanté y me dirigí a la cocina para preparar un café. Tetis alzó la cabeza, extrañada: ¿se puede saber qué demonios estás haciendo?, y a continuación volvió a depositarla entre sus patas.
Tenía una sensación extraña en el cuerpo, y enseguida me di cuenta de qué se trataba: ninguna pulsación post birra me latía en la mente. Curiosamente, me sentía perfecto, y comencé a pensar, mientras llenaba de agua la vieja cafetera, que quizá todos aquellos consejos que había escuchado siempre no iban tan desencaminados: quizá la abstinencia era buena al fin y al cabo, sí señor.
Por desgracia, tenía ante mí unas jornadas inciertas, en las que la única realidad irrefutable sería que iba a agarrarme una detrás de otra, así que pensé: bien, no pasa nada. Cuando termine todo este asunto, pararé un poco. Me gusta bastante estar despejado, ¡vaya!
Llené de café mi taza de siempre, la de los dos perritos que Carmen me había traído de su viaje a Lovaina, cuando se enteró de mi gusto por estos animales, al poco de comenzar a salir, y le añadí abundante leche, aunque no azúcar. Lo único realmente bueno de haber sido arrojado a la cuneta por mi amada era que ya no tenía que seguir bebiendo ese aguado y repugnante brebaje que llaman leche desnatada.
Me senté en la mesa, apartando varias latas vacías de cerveza de dos días atrás, y cogí para entretenerme el último número que había llegado a casa de la revista del barrio. La hojeé sin prestarle demasiada atención mientras procuraba no achicharrarme la lengua, mediante pequeños sorbos. La misma tontería de siempre: qué bonito es nuestro barrio, cómo lo cuidamos, vote usted a este alcalde porque mire qué cosas más bonitas dice. Tardé bien poco en cerrarla y arrojarla descuidadamente por encima del hombro. Por fortuna, tenía un tebeo de Mortadelo a mano.
Después de un breve paseo con Tetis, me dirigí a la embajada. Me apeé del autobús, que esa mañana había decidido tomar, y anduve los pocos metros desde la parada con la mente más o menos clara: porque aún quedaba el interrogante de cómo podría excusarme de la sala de los extraterrestres y subir al menos una hora a beber cerveza con mi ya viejo amigo Pierre, sin despertar sospechas en Linda. Aunque bien mirado, aquello no tenía excesiva importancia: seguro que ya había trabajado con gente que le daba a la botella a tempranas horas: se movía en círculos bastante elevados.
Llegué a la sala a las diez y diez. Linda estaba situando una serie de objetos sobre la mesa, un paraguas, una calculadora, un teléfono móvil, cosas así, y Deenah la observaba con evidente desprecio. Los extraterrestres no hacían ningún movimiento, gracias a Dios.
Burt levantó la vista al escuchar mis pasos y sonrió de oreja a oreja.
Danny Boy! Hemos empezado sin ti. Linda ha insistido en que no hacía falta esperarte.
Linda también me miró.
-Ya me temía que usted y la puntualidad no eran grandes amigos –dijo con su voz glacial.
-Ya ve, señorita Hart. Por eso nunca acabé la escuela.
Resopló y se volvió de nuevo hacia los seres.
Durante una hora, Linda estuvo sacando de una gruesa mochila toda una gama de aparatos tecnológicos punteros en nuestro planeta, además de objetos más cotidianos, pero en ningún momento los extraterrestres parecieron prestarle la más mínima atención. Al cabo de esa hora, que estuvo aderezada por estúpidas teorías de la señorita Hart acerca de la infinita bondad del Universo (pero, ¿sabría ella algo de bondad?, me preguntaba), Deenah cogió una carpeta y me la ofreció.
-Ve si puedes, Daniel, a redactar el primer informe. Bájalo después, ¿de acuerdo? Tienes una hora. Puedes usar la máquina de mi despacho, o ir a la cafetería y pasarlo después.
Comprendí al momento que había llegado la hora de la cerveza.
-De acuerdo –dije, y tomé la carpeta de cartón.
Linda no parecía habernos escuchado, pero cuando ya tenía mi mano en el picaporte, me detuvo su estridente voz:
-Le echaré un vistazo cuando regrese.

Llegué a la cafetería y Pierre me dedicó un levísimo saludo con la cabeza.
-Una cerveza, ya sabes, Pierre, y en jarra: nada de cañitas ridículas.
Me senté y abrí la carpeta, preguntándome qué coño podría hacer a continuación, si no tenía ni idea de cómo rellenar el informe. Me alivió mucho ver que la primera hoja que me encontré, que estaba como portada de unas pocas más, mostraba la caligrafía desmañada del Sapo Deenah.

Danny Boy: me he tomado la pequeña molestia de redactar este informe mientras tú aún dormías (supongo). Tengo varios más, así que no te preocupes. Espero que los extraterrestres no decidan mostrar ahora algún comportamiento, o nos veremos en figurillas, porque todos los informes dicen que no han movido un pelo. En fin, que aproveche. Bebe cuanto puedas, y ya sabes: a mi cuenta.

Sonreí, encantado con la astucia de Deenah. Pierre apareció sobre mi hombro y depositó la jarra sobre la mesa.
-Puedes ir tirando la siguiente cerveza si quieres, Pierre. Hoy tengo menos tiempo que ayer.
Obedeció con su calma indiferencia de siempre. Yo me llevé la jarra a los labios y engullí la primera parte de muchos contenidos.
-¡Por el bueno de Pierre!
Detrás del grifo, Pierre meneó la cabeza con desprecio.

viernes 5 de septiembre de 2008

Parásitos. Capítulo Décimo.

Poco antes de meter la llave en el ojo de la cerradura, podía escuchar a Tetis rascando ya la puerta de casa. Siempre me ha asombrado su capacidad para localizarme antes incluso de hacer yo acto de presencia. Muchas veces he pensado que podría deberse a la increíble cualidad del olfato de los perros, capaz de traspasar puertas, ventanas, e incluso plástico e intestinos en el caso de los perros policías, pero después de aquel día (que aún no había terminado, por cierto), me he ido creyendo poco a poco que en realidad podría responder a una telepatía similar a la que había experimentado con los extraterrestres. ¿Por qué no? Dicen que la mente humana emplea sólo el diez por ciento de su capacidad. Me parece una chorrada que se estime un porcentaje de algo que todavía no se conoce en su totalidad, pero está tan extendida esa cifra que no llamaré gilipollas a nadie, porque ya tengo bastantes enemigos.
De cualquier modo, mientras le daba la vuelta a la llave, Tetis era ya presa del frenesí de jolgorio que la asaltaba cada vez que me oía llegar a casa, no importaba que hubiera bajado cinco minutos o cinco horas. Saltaba y ladraba como poseída por algún demonio juguetón, y casi ni me dejó abrir la puerta con sus embestidas. Cuando entré, me satisfizo el corazón con una gran cantidad de lametones.
-¡Tetis! ¡Ya está bien, Tetis!
La aparté a duras penas. Se sentó moviendo la cola y emitiendo una especie de sonido gutural, mezcla entre gruñido y lamento, mientras me miraba conteniéndose visiblemente para no devorarme.
-Menudo día –le dije. Pareció asentir: pues no veas yo, aquí sola toda la mañana, con tus calcetines a la vista y sin poder desgarrarlos y descuartizarlos a gusto. Por cierto, podrías sacarme a pasear, ¿no? Cuando te pegues una ducha, claro, porque hueles a cerveza a varios cientos de metros.
-Tienes toda la razón.
Me desnudé de camino al cuarto de baño. La borrachera ya no era más que una leve pulsación en la cabeza.

Salí con Tetis un cuarto de hora más tarde. Acudimos al parque, que no era tal en realidad, sino un terreno lleno de arbustos y matojos que crecían sin ton ni son. Siempre hacía una inclinación de cabeza cuando pasaba por delante del banco donde Carmen y yo nos magreamos por primera vez. Lo hacía incluso mientras aún estábamos juntos, cosa que le hacía mucha gracia. En esta ocasión había allí un mendigo habitual, un negro aparente (sus rasgos eran caucásicos, pero las costras de roña le hacían parecer por lo menos congoleño), que me devolvió el saludo, pensando que iba dirigido a él. Agitó el cartón de vino que envolvía en sus harapos, escondido de la vista de los guardias.
-¡Buenas tardes, caballero! –Su voz, ronca, era como un crepe de miel y mantequilla: pegajosa, con la incapacidad para pronunciar bien la erre. –Cuando yo era joven como usted, siempre le daba veinte duritos al pobre de la esquina. Hay que dar de beber al hambriento, y de beber… como sea el dicho. ¿Me da un par de euros?
-Eso no son veinte duritos –respondí. Pero me acerqué y le solté un euro y medio.
-¡Gracias, gracias! El alcohol, la bebida de los dioses. Todo un misterio.
-¡Dígamelo a mí!
Tiré de mi perra, que estaba husmeando las zapatillas del mendigo como si se hubiera topado allí con un universo nuevo y fascinante de olores incomprensibles.
-¡Buen chucho, buen chucho! –dijo él, y sonrió con algo parecido a un viejo y diminuto piano destartalado entre sus bigotes.
Cuando regresamos a casa eran ya casi las siete. Decidí tocar un rato la guitarra, para hacer tiempo. Saldría a las nueve y media para la embajada, calculando esos diez minutos de espera en honor de mi estimado Sapo Deenah.
La saqué del estuche y comencé a rasguñar, sin buscar ninguna melodía en concreto. Tetis se echó en el sillón, haciéndose una especie de ovillo peludo, y no tuvo la consideración de escuchar mi virtuosismo: cayó dormida al instante con un suspiro.
Entonces fue Carmen la que regresó a mi mente, mientras mis dedos iban, como con voluntad propia, buscando aquella canción que, hacía siglos, había compuesto para ella. La vi sentada en el sillón, observándome con su media sonrisa mientras meneaba uno de sus encantadores pies al ritmo de la música. No era ninguna maravilla, incluso podría parecer extremadamente cursi, pero le había encantado, y me había pagado el trabajo con uno de los que a ella se le daba mejor. No os importa cuál.
No conseguía hacerme a la idea de que ya no estaba conmigo. Las dos horas y media siguientes las pasé con el corazón hecho trizas, convencido de que con cada suspiro se me escapaba una pequeña parte del alma. Quizá no debería haber permitido que la situación se me escapara así de las manos, pero cuando llegó la hora de salir, y Tetis se incorporaba y se estiraba con un descomunal bostezo, me encontraba de un humor de perros.
-Te sacaré cuando regrese –le dije a Tetis, que por algún motivo perruno pensaba que, cada vez que me levantaba, era su hora de salir a la calle.

Procuré dedicar el paseo hacia la embajada a tranquilizar un poco mi mente, que bailaba en aquellos momentos al son de los ojos claros de Carmen. La tarde se había puesto fresca, el otoño era inminente, y yo me había cubierto con una ligera chaquetilla que llevaba tiesa en el armario desde la primavera. Hacía tiempo que no la necesitaba. La brisa prometía que pronto, incluso esta prenda sería insuficiente.
Llegué a la garita y a un nuevo guardia. Recordé que el cambio se realizaba a las siete, por lo que aquel tipo era nuevo para mí. Pero antes de que me diera tiempo a presentarme, él me saludó con gesto solemne.
-Daniel, sir. El embajador le aguarda en la sala del sótano.
Sonreí: casi prefería Danny Boy, ya puestos. Un tratamiento de sir para un tipo como yo me parecía no sólo fuera de lugar, sino hasta irónico. Ya no digamos un saludo militar.
El chico, puesto que no aparentaba más de veinte años, entró en la garita y descolgó un auricular. Dijo un par de frases que no llegué a escuchar, y luego levantó la barrera y me permitió el paso.
-Gracias, muchacho –dije-. Descansa un poco, no te vaya a dar algo.
-¿Sir? –preguntó con curiosidad. Su español no debía de ser muy perfecto.
-Never mind –le dije, y me dirigí al edificio del que había salido pocas horas antes.
Un nuevo soldado me saludó en la entrada, y se ofreció a acompañarme. Lo rechacé y bajé las escaleras.
Me entró un súbito pánico cuando llegué al estrecho pasillo. Unos cuantos metros más allá vi la puerta de la sala, y a los dos soldados de custodia (que esta vez sí que eran los mismos: pobres desgraciados), y entrecerré los ojos, esperando el golpe mental que supondría para mí el escuchar que los tres extraterrestres aún no habían cesado en su llanto. Afortunadamente, no oí absolutamente nada. Avancé más confiado y pasé de largo en dirección a la sala de la reunión, donde Deenah estaría dando vueltas y preguntándose por qué demonios llegaba siempre diez minutos tarde. Saludé a los soldados con un gesto de cabeza y ellos respondieron de la misma manera. Llegué ante la puerta y la abrí.
Allí estaban ya todos reunidos, y me habían dejado la misma silla que había ocupado aquella mañana. Deenah se giró hacia mí en cuanto oyó el sonido de la puerta.
-¡Daniel! Ya era hora. Podemos comenzar. Toma asiento, por favor –me dijo, y vi que con la mirada me recordaba que no debía mencionar nuestros avances. Se había adecentado un poco, y ya era prácticamente imposible asegurar que esa misma tarde había estado haciendo eses para mantener el equilibrio, pero yo seguía viéndolo como a un cerdo que se revolcaba en el cieno.
Enseguida comprendí que la Trinidad y el militar callado no habían conseguido gran cosa con su visita al hangar donde se hallaba la nave. Sus caras de frustración no podían ser más expresivas. Especialmente la de Linda, cuyos ojos severos se habían afilado hasta parecer casi que pertenecían a una gata. Una gata salvaje y con las uñas bien dispuestas al desgarro.
-¡Buenas noches! –dije mientras corría la silla y me sentaba. Ninguno me respondió, cosa que me importó un comino.
Deenah comenzó.
-Bien, estábamos comentando la impotencia que nos asalta a todos, Daniel. Nuestros colaboradores no han podido sacar nada en claro acerca del material y la función de la nave. El presidente se ha puesto en contacto conmigo esta tarde, y le he explicado los hechos de nuestra situación actual.
-¿Cuál es nuestra situación actual? –pregunté, con curiosidad. Quería saber qué les había contado exactamente, antes de mi llegada. Deenah me miró con absoluta normalidad.
-Ni nosotros ni nuestros colaboradores hemos logrado encontrar todavía una sola pista que nos acerque a la resolución del misterio. Pero estamos trabajando en ello, y cualquier novedad será inmediatamente comunicada al presidente en persona y al comité designado para el caso. A partir de mañana, cada hora, se enviará un informe con la actitud de los extraterrestres y los resultados de los diferentes análisis científicos realizados a la nave. Daniel y yo nos quedaremos en la embajada y trataremos de comunicarnos con ellos, y el resto iréis a supervisar el estado de la investigación en el hangar.
Muy listo. Me pregunté qué pensarían ellos si supieran que parte de la investigación consistiría en unas cuantas cervezas acompañadas de croquetas y cacahuetes. Sin embargo, Linda tenía otra cosa en mente. Su lengua era aún más afilada que su preciosa barbilla.
-No –dijo, y capté un brevísimo destello de alarma en los ojos de Deenah.
-¿No? –preguntó Burt. Su voz estaba perfectamente controlada. -¿Qué quieres decir, Linda?
-Yo me quedaré con vosotros dos. En el hangar es muy poco lo que puedo hacer. No estoy especializada en química ni en armamento: soy bióloga. He venido para analizar carne, no metal. Mañana, cuando comience la jornada, estaré con vosotros. Todavía no me explico muy bien qué hace aquí este hombre –me señaló con la cabeza- ni en qué se ocupa, pero tengo órdenes precisas de supervisar el trabajo muy de cerca. Ya he visto la nave. A partir de ahora, me dedicaré a los seres en exclusiva.
Me sorprendí por la firmeza y seguridad en su voz. Aquella mujer no se andaba con chiquitas, desde luego. Le ofrecí mi mejor sonrisa y respondí a su velada pregunta, sin tener la más remota idea de qué les habría dicho Deenah acerca de mí.
-Yo soy vendedor de Kleenex en un paso de cebra–le dije. –Mi especialidad son los mocos.
La carcajada, presta a salir a raudales, se me cortó en seco bajo su mirada heladora. Quizá debería haberme quedado callado. Deenah salió inmediatamente en mi defensa.
-Daniel ha sido durante dos años mi consejero personal. Es una persona de plena confianza, y su presencia en la investigación ha sido debidamente comunicada y aceptada. Si tiene algún problema, señorita Hart, puede usted ponerse en contacto con el presidente.
Ella hizo un venenoso asentimiento.
-Lo haré.
Miré a Deenah y a continuación a Linda. Me dio la impresión de que no era la primera vez que no coincidían en sus criterios. Una discusión entre esos dos debía de tener tintes cuasi- apocalípticos. No me lo perdería por nada del mundo.
-Y ahora, si no le importa, señorita Hart, hay un par de cosas que tenemos que debatir antes de que demos por finalizada la reunión.
-Por supuesto.

Se habló de cierta cantidad de datos incomprensibles para mí. En realidad podría haberme saltado el trámite de acudir a la embajada aquella noche, pues fue bien poco lo que pinté, aparte de irritar con mi mera presencia a la deliciosa y perspicaz señorita Hart.
Cuando terminó la reunión, tres cuartos de hora más tarde, nos dirigimos todos a la salida, tras una visita a los extraterrestres, quienes seguían inmóviles. Intenté buscar un hueco para poder hablar a solas un momento con Deenah y comentar con él nuestro plan de actuación para el día siguiente. No conseguía ver a Linda agarrándose un chuzo con nosotros, y era evidente que de ninguna manera podíamos permitir que se enterara de nuestro pequeño secreto. Sin embargo, ella no se separó de nosotros hasta la salida, con lo que hizo imposible que pudiéramos hablarlo. Sin duda lo hizo a propósito, la muy zorra.
Justo antes de despedirse, en un momento en que Linda nos daba la espalda, Burt me hizo un gesto, llevándose la mano derecha al oído con el pulgar y el meñique extendidos. Asentí: me llamaría esa noche.
La Trinidad se alojaba en un mismo hotel. Cuando llegó su taxi y se subieron, me despedí de Linda antes de que arrancara.
-Que pase usted una buena noche, señorita Hart. Soñaré con usted.
Me miró con desprecio.
-Ya lo veremos.
Desaparecieron en el tráfico. Me abroché la chaquetilla y me fui a casa, a esperar la llamada de Deenah.

miércoles 3 de septiembre de 2008

Parásitos. Capítulo noveno.

De nuevo, al acceder a la sala pude escuchar las voces con relativa claridad. Era cierto que los efectos de la borrachera habían comenzado a desaparecer, y poco a poco estaban siendo sustituidos por una especie de modorra vespertina que ninguna siesta podría satisfacer, para mi desgracia, pero tenía aún la esperanza de poder conversar un buen rato con normalidad. Por supuesto, con la normalidad que me permitiera la limitada inteligencia de mi interlocutor.
Deenah, por su parte, estaba evidentemente más espabilado que yo, en el sentido de que, aunque tolerara mal el alcohol, su borrachera ya prácticamente se había esfumado. Tenía los cabellos despeinados, la corbata echada hacia un lado, los faldones de la camisa al aire y una oscura mancha en el lugar en el que la croqueta había establecido su hogar durante un breve pero feliz periodo. Unas ojeras le enturbiaban la poca dignidad que pudiera desprender cuando estaba sobrio, y supuse que antes de la reunión con la Trinidad tendría que pegarse una ducha y tomarse un par de cafés. Ese aspecto de perdido de la decencia ya lo conocía yo, por supuesto: los estragos de sus fiestas temáticas eran bastante similares, aunque en esas ocasiones lo producía más bien la abundancia de testosterona y cocaína. Aquello me hizo preguntarme si existirían otros métodos para comunicarse con los extraterrestres: si las drogas también producirían el mismo efecto. Pensé en comentárselo a Deenah, pero preferí no hacerlo. Si todavía no se le había ocurrido, pronto le vendría a la mente, seguro. Era un hombre repugnante, pero no era precisamente estúpido. A mí me convenía más ser el único, de momento, que debatiera con ellos.
-¿Qué tal? ¿Los oyes todavía? –me preguntó, y supe por su mirada que él apenas debía de estar escuchando algún murmullo inconexo.
-Sí. Muy vagamente, pero creo que sí –mentí. Los escuchaba de manera algo más confusa, pero todavía podría hacerles unas cuantas preguntas.
Las frases que escuchaba mientras nos aproximábamos a la mesa eran bastante similares a las que “pronunciaban” cuando los oí por primera vez. Una serie de pensamientos incoherentes que sólo podrían provenir de un niño o de un subnormal.
Sin embargo, al llegar a su altura, escuché la bienvenida de aquel que, por casualidad o por lo que fuera, se llamaba Juan.
¡Ah, hola! Otra vez.
Me pareció que el tono que entraba en mi cabeza estaba de alguna manera envuelto en una extraña disculpa.
¿Por qué os habíais marchado? ¿Estáis enfadados?
No
, dije, y se me ocurrió aprovechar la circunstancia.
Bueno, mi compañero Burt está algo molesto, sí.
¿Y eso?

La voz reflejaba pesadumbre, miedo quizá; el miedo de un escolar que se enfrenta a su director tras una gamberrada.
Es un hombre muy violento y malvado. No es culpa vuestra, pero no le gustáis. Si alguna vez os habla sin que esté yo, procurad no responderle. Puede volverse loco y romper cosas.
Ah
, dijo la voz temerosa, y me regocijé por dentro. Deenah debió de notar algún cambio en mi expresión, porque me preguntó con voz desconfiada, mientras me taladraba con la mirada:
-¿De qué estáis hablando?
Respondí con absoluta normalidad.
-No sé, no consigo que respondan del todo. Están diciendo estupideces. Creo que ya casi no pueden escucharme.
-¡Pregúntales por la nave, deprisa! Antes de que sea tarde.
-Bien –dije, y me volví, preguntándome si realmente me habría creído. Conociendo a Burt como lo conocía, lo dudaba en cierto modo.
Quiero saber más cosas sobre la esfera de la que salisteis.
¿La esfera?
Sí, esa cosa de metal, redonda.
¡Ah! El krut.
¿El krut?
Eso es el krut. Hemos entrado muchas veces para jugar. Tiene muchas luces divertidas y nos gusta quedarnos allí un rato. Padre y Madre no nos dejan
–aquí la voz tomó un matiz de temerosa conspiración-, pero no tienen por qué saberlo. No se lo diréis, ¿verdad?
No, no se lo diremos.
En el ojo de la criatura se produjo un breve, quizá imaginado, destello, que interpreté como signo de un profundo alivio. Me volví hacia Deenah, que no dejaba de examinarme con el ceño fruncido. Pensé en engañarlo descaradamente, pero supe que no lo conseguiría dos veces seguidas. La mosca tras su oreja tenía el tamaño de un pterodáctilo.
-Dicen que la nave es un krut.
-¿Qué coño es eso?
-Ni idea. Ya casi no les escucho.
-Pregúntales cómo se entra.
¿Hay alguna forma de que entremos en el krut?
¡No!
dijo la voz. ¡Está prohibido! Si Padre y Madre se enteran nos castigarán. No puedo decírtelo.
¿No puedes decírmelo, o no quieres?
No puedo. Ni hablar. Ya me castigaron una vez. Me llevaron a la Oscuridad donde se flota. Me tocaron. Aquellas cosas me tocaron y me querían llevar con ellos. ¡No quiero!
Y entonces vino una especie de versión mental de un llanto amargo y desconsolado que me perforó el cerebro y lo cubrió con una especie de baba psíquica realmente desagradable. Me llevé súbitamente las manos a la cabeza y me alejé varios pasos.
¡Para! Exigí, y vi que Deenah me miraba con sorpresa.
-¿Qué ocurre, Daniel? ¿Qué es esa cosa que suena?
El extraterrestre continuó con su extraño plañido. Era una sensación que ahogaba cualquier otra percepción de mi cerebro. De pronto, se unió a ello el llanto de los otros dos, y entonces fue demasiado para mí. Eché a correr y abandoné la sala, mientras Deenah me perseguía, haciéndome ansiosas preguntas que apenas escuchaba. Recorrí el pasillo sin darle ninguna importancia al respingo de los guardias y subí las escaleras hacia la planta baja de la embajada. No me detuve hasta que estuve completamente seguro de que el lamento se había desvanecido por completo. Deenah me alcanzó y me pasó un brazo por los hombros, y me dejé llevar hasta la cafetería. Allí Pierre nos observó con la misma indiferencia de siempre.
Me senté en una mesa, jadeando, y Burt me trajo un café bien cargado.
-Joder, Danny Boy, ¿qué ha sido eso? –me preguntó, una vez me hube tranquilizado.
-La hostia… Se ha puesto a llorar. Tiene miedo, un miedo terrible. Creo que nos va a costar más de lo que pensábamos que nos diga cómo se entra en la nave.
Burt meditó unos segundos.
-¿Crees que sería posible que hiciéramos un trato con ellos? ¿Que nos lo digan a cambio de alguna cosa?
-Ni idea. Se ha cogido una rabieta de cojones. No pienso bajar allí hasta que el pedo se me haya pasado por completo. ¡Qué aullido, por Dios!
-Lo he oído –dijo Burt. –Era horrible. Joder si lo era.
Observé que también él estaba sudando, y su expresión debía de ser similar a la mía.
-Les castigarán si nos lo dice. Su padre y su madre. No va a ser fácil.
-Mira, Danny Boy. -Por mucho que lo intentara, no conseguía ver a Deenah en una faceta comprensiva, pero reconocí su esfuerzo. -Quedan varias horas para las diez. Vete a casa, pégate una buena ducha y luego regresas para la reunión. Yo haré lo mismo. Cuando nos hayamos calmado, quizá veamos las cosas desde otra perspectiva. A ver qué nos dicen luego los demás.
-¿Y después?
-Después nos vamos a dormir. Mañana por la mañana nos agarramos otra borrachera, a ver si se les ha pasado la llorera para entonces, y tratamos de sacarles algo. Son subnormales, ¿no? Entonces no debería ser muy difícil engañarlos con alguna cosa. Descubriremos si les interesa algo de nuestro mundo que podamos ofrecerles a cambio de su información. Pero recuerda, esta noche, en la reunión, ¡ni una palabra!
-No soy gilipollas.
-Ya lo sé, Danny Boy. Vete a casa. Y a las diez aquí, no lo olvides.
Me levanté, terminé el café y salí de la embajada. Esta vez sí tomé un taxi. No me apetecía pasear: sólo quería llegar a casa y abrazar un rato a Tetis. La experiencia mental me había trastornado lo suficiente como para que me preguntara si realmente merecía la pena arriesgarme a otro numerito semejante.
En el mismo taxi llegué a la conclusión de que sí.
 
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