Bien, ¿cómo diantres lo harían todos aquellos héroes de las películas, que conseguían arreglárselas de manera casi natural en esas situaciones, y salir del atolladero con una barba de tres días y un moreno precioso como toda consecuencia? Otros lo sabrían, quizá; pero Ricardo Frenado, el Ríchal para los amigos, desde luego, no.
Se había apuntado a aquel crucero por el Caribe con la esperanza de encontrar una mujer que sustituyera a la Yoli en su corazón. La Yoli había cambiado mucho en las últimas semanas. Ya no iban juntos al Parque de Atracciones, donde lo pasaban en grande en los coches de choque aterrorizando con su pericia a todos esos novatos remilgados de catorce años. Su banco en la Plaza, en el que compartieron su primer porro, era ahora posesión irreconquistable de los miembros de los Latins Coloraos, y ella no hacía más que reprocharle su falta de agallas por no luchar por él. Y, para colmo, su pequeña Cherri, el Seat Ibiza amarillo que con tanto mimo había tuneado, había sufrido un percance cuando Yoli había tenido la osadía, ¿qué osadía?, ¡la desfachatez!, de vomitar sobre su tapicería de cebra recién estrenada. El Ríchal había decidido que ya era hora de unas vacaciones separados, y en cuanto había sabido su calendario en el taller, había adquirido en Internet, donde era más conocido por Xaxo, el billete para el crucero por el ridículo precio de quinientos cincuenta euros, tasas no incluídas.
La Yoli se lo había tomado mal, pero, ¿qué importaba? Otro año podrían ir a Cádiz a hacer caballitos con la moto trucada, ¿no? Aunque, en su corazón, el Ríchal esperaba que no fuera así.
Con lo que no había contado era con el naufragio, ni con aquella pequeña isla, a la que sólo él había conseguido llegar. Su costumbre de ir al gimnasio lo había salvado, y ya llevaba tres días allí atrapado. El hambre comenzaba a atosigar a su estómago, y ni todos aquellos cocos conseguían que olvidara el sabor delicioso y chorreante de un buen Whopper calentito. Le daba la impresión de que su tatuaje tribal se estaba decolorando, embestido sin misericordia por el aplastante sol de justicia que, el Ríchal lo juraría, brillaba en el cielo muchas más horas de lo que solía hacerlo, en otras latitudes.
Iba vestido solamente con un bañador. Paseaba por la isla maldiciendo su teléfono móvil, que había dejado de funcionar en cuanto se había lanzado al mar. Tantos tonos maquineros descargados para nada. Le había pegado una patada a una palmera, rabioso, y ahora cojeaba, con la uña del dedo gordo de un tono morado chillón.
Pero su situación no era tan grave, porque tenía una botella de vino con su corcho, y había encontrado una hoja de papel blanqueado por la sal flotando junto a la playa. Y en su llavero- navaja- MP3 tenía un pequeño bolígrafo. Ya sabía lo que debía hacer. En el atardecer del cuarto día en la pequeña isla escribió su mensaje de esperanza, lo introdujo en la botella vacía, apretó el tapón y lo arrojó al mar. Con el sol, la botella desapareció en el horizonte, llevada por la marea, y el Ríchal se dispuso a esperar su rescate. En su pensamiento, una turista recogía la botella, leía el mensaje, y se organizaba la expedición en helicóptero que lo sacaría de allí. Sólo debía tener paciencia.
Y esperó.
Pocos días después, Morgana Zanzíbar se golpeaba con algo, mientras nadaba en aquella playa paradisíaca donde estaba pasando su luna de miel. Sorprendida, recogió la botella y la llevó a la orilla, donde su recién estrenado marido yacía torrándose al sol.
-¡Mira, cariño! Un mensaje en una botella.
Sacaron el tapón y lo leyeron juntos, enamorados.
-¿Pero qué es esto? Debe de tratarse de una broma. Deshazte de ello, anda. ¡Menudo galimatías!
Ella le echó un último vistazo al mensaje y luego lo arrugó y lo tiró a la papelera junto a la botella sin etiqueta, meneando la cabeza. Algún crío nativo, sin duda, porque era imposible entender una palabra.
OLA. SOI L RICHAL. STOI BARADO, DL BARKO Q S UNDIO. TNG AMBR. X FBOR, RSKATNM Q LA YOLI HESTARA PRCUPDA.
Después Morgana regresó al agua, y continuó nadando; el incomprensible mensaje se esfumó de su mente, sustituido por la piña colada que se tomaría un rato después.
Y el Ríchal esperó. Y esperó. Y esperó.
miércoles 25 de junio de 2008
viernes 20 de junio de 2008
La Caverna
De no haber llevado la luz en el casco, se hubiera dado de buena gana de coscorrones contra las húmedas paredes. Se lo merecía. Pero no quería arriesgarse, ya que a la linterna de mano hacía un par de horas que se le había agotado la batería, y ahora yacería en algún rincón alejado, inútil, dormida en las tinieblas. Si había sido capaz de perderse en aquellas inmensas cuevas llevando una potente luz, ¿qué sería de él en la oscuridad? El débil y tremolante rayo amarillento que seguía sus movimientos de cabeza era lo único que lo resguardaba de la desesperación, pero debía darse prisa: funcionaba a pilas, y calculaba que no dispondría de más de tres o cuatro horas hasta que se apagara. Y entonces... que Dios lo ayudara a salir de allí.
Había encontrado aquella pequeña abertura casi por casualidad, y aunque al principio pensó que no correría ningún peligro si se aventuraba algunos pasos él solo en las cámaras que se abrían detrás, el entusiasmo lo había vencido y se había dejado llevar por los flotantes titulares en las revistas de espeleología: Ángel de Andrés descubre las mayores cuevas conocidas hasta el momento. Demasiado bueno, demasiado ambicioso. Demasiado estúpido.
Llevaba casi diez horas avanzando por las entrañas de la tierra. Al principio, cuando trató de regresar, había cometido algún error de novato, y de alguna manera había terminado avanzando, en lugar de deshacer sus pasos. Ahora le resultaba imposible orientarse. Aun así, continuó. Los ecos de sus gritos se perdían sin más respuesta que ellos mismos, y Ángel, aunque no quería reconocerlo, estaba aterrorizado. Los titulares de su imaginación iban transformándose en otros, más nefastos: Ángel de Andrés, famoso espeleólogo, desaparece sin dejar rastro en las pequeñas Cuevas del Ruibarbo.
Soltó una carcajada, y las paredes de roca se rieron de él: estaba portándose como un maldito niño. Sus veinte años de experiencia no habían servido para nada. Si conseguía salir de aquella, no podría mirar a la cara de sus colegas en una buena temporada. No había seguido el procedimiento. Si hubiera avisado a sus compañeros de la existencia de aquella grieta, el mérito hubiera seguido siendo suyo. ¿Qué estúpido mocoso se ocultaba en su cerebro de cuarentaicinco años?
La luz de su casco osciló un segundo, y él se detuvo en seco, sintiendo un amargo sabor en el fondo de la garganta: se le acababa el tiempo. Había calculado mal. Tras un instante, en el que todo lo que escuchaba era el latir sordo y furioso de su corazón palpitando en sus oídos, reanudó la marcha. Volvió a gritar pidiendo auxilio, deseando inútilmente que los ecos de su voz recorrieran las galerías hasta sus compañeros, y cuando éstos se apagaron se sintió desolado.
La espeleología estaba llena de casos como el suyo. Casi todos consistían en chavales aficionados que se aventuraban demasiado, y o bien se perdían, o se quedaban atrapados en un estrecho acceso hasta morir de deshidratación o de autocompasión. Él siempre había meneado la cabeza cuando leía sobre ellos, preguntándose cómo alguien podía ser tan sumamente retrasado como para perder la vida de aquella manera. Las cuevas ofrecían muchas satisfacciones, y el precio era muy bajo: bastaba con tener un poco de precaución, y nunca, NUNCA, adentrarse uno solo en territorio desconocido. Bien, Ángel de Andrés había demostrado sobradamente que carecía de la mínima sensatez, y se prometió a sí mismo que, de encontrar la salida, se dedicaría a otra cosa... Camarero, quizás. O churrero.
Ya no se sentía espeleólogo. Sólo un asustado gilipollas.
La caverna, a través de la cual seguía un recorrido incierto y lento, era increíblemente hermosa y enorme. Desde luego, no podría nunca haber sospechado que las Cuevas del Ruibarbo ocultarían en su interior aquella mortífera maravilla. Las paredes y los techos estaban plagadas de abultamientos con las formas más deliciosas. Hacía unas horas había dejado atrás una extraña acumulación de roca suave y brillante que tenía la perfecta constitución de un pecho de mujer, con su pezón y todo, de unos tres metros de diámetro en su base. Podía imaginarse el nombre con que sería conocida, cuando se abriera la cueva a los visitantes y se instalaran las pasarelas y la iluminación: la Teta. También había localizado El Pene, El Culo y La Durmiente Cachonda. Sí, casi todo con nombre o implicación sexual. Así de divertido era el cerebro humano.
Pero también había visto formas horrendas. De una de las gruesas estalactitas sobresalía una pequeña verruga que podría identificarse fácilmente con un demonio sonriente, y en el suelo había vislumbrado un cuerpo decapitado, con sus brazos y piernas extendidos, y una roca oportunamente colocada cerca podría darle el nombre de María Antonieta. Pero todo aquello había quedado muy atrás, y ahora avanzaba por una amplia galería. La luz débil de su casco no le permitía atisbar los detalles, a menos que se detuviera muy cerca, pero no disponía en aquel momento del tiempo necesario para regodearse en sus descubrimientos. Se estaba jugando el pellejo.
Pasó junto a una abertura oscura, del tamaño de una piscina mediana. Se asomó brevemente y el corazón le subió a la garganta en un repentino éxtasis de vértigo: el Pozo sin Fondo. De rodillas, tomó una pequeña piedra y la dejó caer. Durante casi un minuto no escuchó nada. Al fin, le pareció oír un tintineo lejano, y quizá un chapoteo, pero no podía estar seguro. Se levantó maravillado y continuó la marcha, procurando alejar de su mente la idea de que, de haberse apagado ya la linterna de su casco, probablemente se habría caído dentro y aún estaría gritando. Tendría que ir más despacio de lo previsto, cuando la luz desapareciese definitivamente... cosa que sucedió veinte minutos después.
No hubo ningún aviso, ningún amago. De pronto la luz se esfumó, y él quedó sumido en la oscuridad absoluta. Consiguió mantener la calma, sorprendiéndose a sí mismo. No era para tanto. Seguiría hasta que cayera agotado. Incluso era posible que las tinieblas le ayudaran a dar con el camino correcto hacia la salida, ya que al parecer la vista no lo había servido en absoluto, en aquel aspecto.
Tras un par de minutos, que dedicó en exclusiva a respirar hondamente y a tranquilizarse, se puso en marcha con las manos extendidas. Pensaba en el agujero, o en otros semejantes, y por lo tanto, antes de apoyar un pie tanteaba a un lado y a otro. Aquello ralentizaría su marcha una barbaridad, pero se trataba de seguir con vida, y el apresuramiento no lo empujaría más que a despeñarse, o a abrirse la cabeza contra una pared.
¿Cuánto tiempo transcurrió, mientras Ángel de Andrés se deslizaba furtiva y lentamente por el interior de la tierra? Imposible saberlo. Curiosamente, su sentido del tiempo se había esfumado con el de la vista. Podría llevar minutos u horas, no podría decirlo. Su mente se entretenía mientras con todo tipo de pensamientos esperanzadores: una tarde despejada en una terraza, bebiendo cañas y engullendo tapas; el despertar una mañana junto a una mujer conquistada la noche antes; un paseo por el valle, junto al río. Cualquier cosa, siempre que viniera acompañada de un rayo de sol.
Tarareaba de vez en cuando, para tranquilizarse. Pensaba que, si alguien pudiera verlo en aquel momento, la imagen ofrecida sería la de un tipo que dominaba perfectamente las riendas del miedo. Pero no era así, nadie podía contemplar su valentía y redaños, de modo que pronto dejó de canturrear, inquieto por los ecos que despertaba con su voz en los amplios corredores. A callar, estúpido. A callar.
Más horas en la oscuridad. Tenía la impresión de haber recorrido kilómetros, pero un breve cálculo de tanteo le demostró que, a la velocidad a la que iba, de ningún modo habría podido avanzar más que unos pocos cientos de metros desde que se apagó la luz. La amargura se apoderó entonces de él, y comprendió, por primera vez con todas sus implicaciones, que jamás conseguiría escapar de aquella magnífica tumba. No volvería a disfrutar del sol calentando su rostro mientras el sonido de las olas lo acompañaba al sueño ligero de una breve siesta. Seguramente sus compañeros, que debían de estar buscándolo como locos, acabarían por hallar la pequeña abertura en aquella pared del fondo, y realizarían una expedición al interior, pero ya sería tarde: sólo hallarían un cuerpo reseco y polvoriento. La seguridad de este hecho lo sumió al principio en la desesperación, pero enseguida se rehizo: bien, estaba muerto. ¿Para qué andarse con tonterías? Aceleró su paso y dejó de tantear con la bota. Pensándolo bien, la aparición de otro de aquellos agujeros sería casi un favor del destino: tendría una muerte rápida, al menos.
Tropezaba muy a menudo, y sus tobillos no acababan de afianzarse a los vaivenes del irregular suelo rocoso. Durante un buen rato consiguió mantener un ritmo bastante apresurado, hasta que su nariz crujió de pronto al aplastarse contra una estalactita. El dolor fue tremendo, pero no se la rompió. Sangró abundantemente, con un líquido que bien parecía moco aguado en la oscuridad. Se limpió con la manga con cuidado, y tras un rato con la cabeza echada hacia atrás, dejó de derramarse. Continuó de nuevo, esta vez más precavidamente. Y sin darse cuenta volvió a tararear.
Varios minutos más tarde (o varias horas, o varios días, ¿qué importaba?), comenzó a sentir la garganta seca. El solo pensamiento de no haber llevado una cantimplora se instaló entre los pliegues de su mente y se dispuso a atormentarlo. No pudo hacer nada por evitarlo. De repente, todo su deseo se volcó en la imagen de un vaso de agua fresca, clara, y sollozó sin poder evitarlo. No quería ni pensar en qué tipo de muerte horrible lo aguardaba, en qué momento su cuerpo decidiría que ya no podía más, y se derrumbaría con los labios secos y cortados y la lengua hinchada por la falta de saliva. Y luego, en qué instante se detendría su corazón, después de cuánto sufrimiento, de cuánto delirio.
Anduvo desolado un rato más, y de pronto echó la cabeza a un lado para evitar golpearse con otra estalactita. Y entonces comprendió: podía ver. Era sólo un contorno, una sombra algo menos oscura que el resto de sombras, pero al alargar las manos y tocar la roca lisa sintió el regocijo de la salvación: allí estaba. La había visto.
El corazón se le aceleró: de alguna inexplicable manera, había encontrado el camino de vuelta. Sólo tenía que seguir sus pasos en la dirección que llevaba. Pero entonces se le ocurrió otro pensamiento: podría tratarse de una filtración del exterior, algún respiradero natural. Aquello explicaría también que aún no hubiese sentido el mareo previo al envenenamiento por el aire enrarecido. Por algunos resquicios la luz acudía a él, pero no para salvarlo: sólo para alargar su agonía. Maldijo en voz alta por su pesimismo. No, de ninguna manera. Se trataba de otra salida. En el exterior, oculta por espesos matorrales, una apertura aguardaba a que él la descubriera. Estaría alejada de la entrada a las Cuevas del Ruibarbo, por supuesto, en la ladera de una de las montañas, pero estaba ahí. Tenía que estar ahí. De modo que continuó.
Cinco minutos después dobló un recodo y la luz se hizo de pronto mucho más intensa. Un resplandor rojizo bailaba sobre las paredes y los techos, y se encontró caminando por una especie de pasillo abovedado. Aquello no parecía la luz del sol. Más bien, parecía fuego, o luz artificial. ¿Habría accedido a las entrañas dormidas de un volcán? Imposible. No sólo el aire era fresco, sino que no existía ni un solo volcán en quinientos kilómetros a la redonda. ¿Qué era, pues, aquello?
Unos cincuenta metros más adelante halló la respuesta, y su cerebro no supo encontrar ninguna explicación: un par de antorchas ardían sujetas a la pared por unas cadenas de hierro, una a cada lado del corredor. Había llegado a algún sitio, pero... ¿a dónde?
Una nueva esperanza se abrió camino en él: sus compañeros habían llegado antes que él, a través de algún otro corredor, y habían establecido un campamento. Casi sin darse cuenta comenzó a gritar, ansioso por obtener una respuesta. No se produjo tal cosa, y el estómago se le revolvió inquieto.
Llegó hasta las antorchas, aún gritando. Ahora podía ver más allá, y se quedó de piedra. El corredor terminaba justo donde estaban colocadas las teas, y más allá se abría una caverna gigantesca iluminada por miles de antorchas, colocadas por doquier en las paredes hasta donde alcanzaba la vista. Pero lo que le sobrecogió el alma fue el inmenso lago subterráneo cuya orilla comenzaba casi a sus pies, un lago de agua negra y tranquila que reflejaba como un espejo cada resplandor. Se acercó precipitadamente hasta el límite del agua e introdujo una mano ansiosa: la sed había vuelto con toda su fuerza. El agua estaba fresca y no olía a nada, de modo que no se pudo resistir y se llevó la mano a los labios, lamiendo por si captaba algún sabor extraño. En realidad no le hubiera importado. No pudo resistirse más y se tumbó, y metió la cara en el líquido y comenzó a sorber con fuerza, tragando desmesuradamente y sintiéndose, por primera vez en muchas horas, absolutamente feliz. Las preguntas acerca de dónde se encontraba tendrían que aguardar hasta que se saciara.
Por fin su estómago se llenó hasta el límite, y entonces él se dio la vuelta y se quedó tumbado bocarriba, con la cara empapada y los ojos cerrados. Un murmullo de gratitud se escapó de sus labios. No se trataba de una oración, pero casi.
Al cabo de un rato se incorporó, y su mente se llenó de preguntas sin respuesta. ¿Dónde estaba? ¿Quién había encendido todas aquellas antorchas? ¿Habría humanos viviendo allí? ¿Alguna expedición de espeleología? ¿Neanderthales que habían sobrevivido a la extinción ocultos en el interior de la tierra? ¿Qué?
No supo qué hacer a continuación. De hecho, aún no estaba del todo seguro de que no estuviera delirando, y todo aquello no se tratase tan sólo de su enfebrecida imaginación. Miró a un lado y a otro. El lago ocupaba toda la superficie, hasta las paredes, de manera que sería imposible avanzar, a menos que estuviera dispuesto a nadar. Pero, ¿hasta dónde se extendía aquel lago? Por lo que sabía, podría tener cien metros, o cien kilómetros. Había llegado a un punto muerto, porque no estaba dispuesto a arriesgarse. Pero había un gran consuelo: podría coger un par de antorchas y desandar todo el camino. Encontraría alguna manera de llevar un poco de agua, en el casco quizá, y acabaría aquella pesadilla. Casi se veía ya contándoles a sus colegas su increíble descubrimiento. Pero lo primero que haría, en cuanto saliese, sería tumbarse horas al sol. Muchas, muchas horas. Luego guiaría hasta allí una expedición, con equipo de buceo, si era necesario. Sería famoso. Tendría titulares incluso en las revistas y periódicos no especializados.
Se acercó decidido a una de las antorchas de la entrada, y estaba estudiando cómo desenganchar la cadena cuando un ruido lo sobresaltó.
Había escuchado un chapoteo lejano que provenía del lago. La oscuridad lo engullía todo a partir de unos cien metros, pero no tuvo ninguna duda de que, en aquella calma, cualquier ruido llegaría hasta él sin problemas a través del aire. De pronto se repitió el sonido: sí, un chapoteo, como si un pez hubiera saltado, allá a lo lejos. Y luego otro. Y otro. Su corazón se aceleró. El ritmo del sonido era tenebrosamente regular. Casi parecía que, más bien, alguien estuviera introduciendo la mano en el lago una y otra vez. Observó con ojos como platos hacia la penumbra, y vio que el agua, antes con la superficia tan pulida como un espejo, traía consigo unas minúsculas ondas que se extendían hasta la orilla misma.
Al cabo de un rato vislumbró algo: una silueta indefinida apareció poco a poco en el fondo, mientras los chapoteos aumentaban de volumen a medida que la distancia se hacía más corta.
¿Quién viene a buscarme desde la oscuridad por encima del agua?, se preguntó con sabor amargo en la lengua seca. ¿A qué estoy atrayendo con el olor de mi sangre?
No podía huir. No se atrevía en la oscuridad. Echó miradas lastimeras a las antorchas, lamentándose por no haber comenzado a desengancharlas antes. Pero aún estás a tiempo, se dijo. Aún puedes salvarte de eso que se acerca... si te das prisa.
Pero no podía moverse. Una parte de él necesitaba ver qué era aquella silueta que se aproximaba. Aunque todas las células de su cuerpo le pedían que echase a correr, no se sintió capaz.
La silueta se hizo visible, y Ángel de Andrés apenas dio crédito a lo que estaba viendo. Su cerebro rió demente, pero su boca sólo exhaló un suspiro entrecortado.
Un anciano cubierto con andrajos remaba sobre una destartalada barca en dirección a la orilla. Sus ojos destacaban en la penumbra con un brillo intenso, y estaban clavados en él. Parecía sonreír.
Por fin llegó a la orilla, y Ángel pudo escuchar cómo la quilla se abría camino chirriando en el fondo arenoso. No era ningún sueño. Ahora podía ver perfectamente al remero: un personaje de cuento de hadas, sin duda, envuelto en harapos viejos que flotaban a su alrededor merced a una brisa que no existía más que para ellos. Su cara era de humano, sí, pero tenía una cualidad irreal, como si la vejez imposible lo hubiera mantenido vivo a pesar de necesitar tanto la muerte como Ángel había necesitado agua poco antes. Se meneó sobre unas piernas consumidas que parecían a punto de romperse cuando la barca se detuvo definitivamente.
Apoyó el largo remo que llevaba entre las manos contra el fondo y se recostó sobre él, mirando a Ángel como si su presencia allí fuera lo más natural del mundo. Sonreía, sí, no cabía duda, aunque pareciera más bien una mueca decorada con unos pocos dientes finos y largos.
-¿Traes monedas para el barquero?- preguntó de pronto, con una voz cascada y jovial, llena de desgarrones.
Ángel no salía de su asombro.
-¿Monedas? No... no entiendo nada.
-¡Monedas!- exclamó el viejo-. Dinero, el pago. Mi pago. No te dejaré subir, si no.
-¿Subir? ¿Para llevarme a dónde?
-Al otro lado- respondió sencillamente el viejo.
Tras una pausa de irrealidad, Ángel consiguió articular una respuesta en forma de graznido.
-No entiendo nada, oiga... ¿Quién es usted? ¿Cómo sabía que yo...? ¿De dónde viene?
El viejo, soltando una especie de carcajada, se giró un poco y señaló hacia la oscuridad.
-Del otro lado. Esto está muy tranquilo últimamente, pero yo sabía que no podría tardar mucho en aparecer alguien. ¡Y aquí estás! Ahora dime: ¿llevas monedas?
Ángel se situó de nuevo en el mundo por un breve instante de lucidez. Aquel hombre pertenecía a una civilización que se asentaba en el otro lado del lago. De alguna manera conocía el idioma, así que era posible que él no fuera el primero que accedía a aquellas cuevas, y ya hubieran recibido a otros visitantes de la superficie. Una civilización subterránea, no cabía otra explicación.
-Oiga- dijo -¿de dónde viene usted? ¿Cómo se llama? Soy espeleólogo. He recorrido estas cavernas hasta aquí, vengo del exterior.
De pronto, la imaginación de Ángel de Andrés se llenó de fantasías, en titulares (de nuevo) bien gordos: Famoso espeleólogo descubre una civilización intraterrestre; Antropólogos boquiabiertos ante el descubrimiento; El Nobel de este año recae en Ángel de Andrés por su fascinante hallazgo... Blablablá.
-¡La gente tiene que saberlo! ¿Por qué no me acompaña usted de vuelta, afuera? ¡Sería un descubrimiento! -Su voz era extática, entusiasmada.
Sin embargo, el viejo le clavó una mirada astuta. Sus pupilas brillaban ferozmente, y pareció soltar una maldición.
-¿Tienes monedas?- volvió a preguntar. Ángel se llevó la mano al bolsillo rápidamente y comprobó que en su mono bailaban unos cuantos euros tintineantes. Se le ocurrió una idea.
-Sí, mire- dijo, y le mostró la mano abierta, donde descansaban unos cuatro euros en monedas. El viejo pareció contentarse. -Si se viene conmigo, le daré estas monedas, y muchas más. ¿Qué me dice?
El anciano sonrió de nuevo.
-Entrégamelas y sube a la barca. Ya veremos después qué nos encontramos. Pero primero debes venir conmigo.
Ángel no percibió esta vez la astucia en la voz del viejo, y decidió acceder. Más tarde regresaría, de acuerdo: no podía arrastrar a aquel viejo contra su voluntad todo el camino de vuelta. Se portaría como un buen chico.
-Bien- dijo-. Pero luego será usted el que me acompañe, ¿de acuerdo? Piense en las monedas que le esperan...- añadió pícaramente.
-Trato hecho- mintió el viejo, y consiguió no reírse.
Ángel de Andrés subió a la barca. Un tablón medio podrido clavado de lado a lado le sirvió como precario asiento. Crujió de manera alarmante, pero aguantó. Entregó entonces los euros al viejo, y éste los hizo desaparecer entre los harapos.
-¡Vamos allá!- exclamó el viejo-. Esto te va a encantar.
-Seguro- dijo Ángel.
El barquero empujó con fuerza contra el fondo, apoyando todo su peso en el largo remo, y la barca, tras una pequeña vibración, se encontró flotando sobre las aguas. A continuación, el viejo se puso a remar, a la manera de los gondoleros venecianos, y pronto la barca adquirió una velocidad constante. Los resplandores de las antorchas se fueron haciendo más y más lejanos, mientras Ángel continuaba pensando en sus titulares. Finalmente, la oscuridad los engulló.
LA VOZ DE ARAGÓN
3 de julio de 2008
ESPELEÓLOGO MUERE SEPULTADO TRAS DERRUMBAMIENTO EN LAS CUEVAS DEL RUIBARBO.
ARAGÓN- Un espeleólogo, Ángel de Andrés, halló la muerte ayer por la mañana al producirse un derrumbamiento en las Cuevas del Ruibarbo, donde trabajaba junto a otros cinco compañeros en las obras de acondicionamiento para el turismo que estaban llevando a cabo, con vistas a abrir la zona al público el próximo otoño. El espeleólogo se encontraba examinando uno de los rincones, cuando se vino abajo parte del techo, sepultando su cuerpo bajo varias toneladas de roca. Su muerte fue instantánea.
Hemos tardado casi doce horas en retirar las rocas que lo cubrían, declaró Ramón R. F., jefe de las obras. Era un hombre fuerte, y un gran amigo. Lo echaremos de menos.
Su cuerpo ya ha sido trasladado a su ciudad natal, donde recibirá cristiana sepultura.
Había encontrado aquella pequeña abertura casi por casualidad, y aunque al principio pensó que no correría ningún peligro si se aventuraba algunos pasos él solo en las cámaras que se abrían detrás, el entusiasmo lo había vencido y se había dejado llevar por los flotantes titulares en las revistas de espeleología: Ángel de Andrés descubre las mayores cuevas conocidas hasta el momento. Demasiado bueno, demasiado ambicioso. Demasiado estúpido.
Llevaba casi diez horas avanzando por las entrañas de la tierra. Al principio, cuando trató de regresar, había cometido algún error de novato, y de alguna manera había terminado avanzando, en lugar de deshacer sus pasos. Ahora le resultaba imposible orientarse. Aun así, continuó. Los ecos de sus gritos se perdían sin más respuesta que ellos mismos, y Ángel, aunque no quería reconocerlo, estaba aterrorizado. Los titulares de su imaginación iban transformándose en otros, más nefastos: Ángel de Andrés, famoso espeleólogo, desaparece sin dejar rastro en las pequeñas Cuevas del Ruibarbo.
Soltó una carcajada, y las paredes de roca se rieron de él: estaba portándose como un maldito niño. Sus veinte años de experiencia no habían servido para nada. Si conseguía salir de aquella, no podría mirar a la cara de sus colegas en una buena temporada. No había seguido el procedimiento. Si hubiera avisado a sus compañeros de la existencia de aquella grieta, el mérito hubiera seguido siendo suyo. ¿Qué estúpido mocoso se ocultaba en su cerebro de cuarentaicinco años?
La luz de su casco osciló un segundo, y él se detuvo en seco, sintiendo un amargo sabor en el fondo de la garganta: se le acababa el tiempo. Había calculado mal. Tras un instante, en el que todo lo que escuchaba era el latir sordo y furioso de su corazón palpitando en sus oídos, reanudó la marcha. Volvió a gritar pidiendo auxilio, deseando inútilmente que los ecos de su voz recorrieran las galerías hasta sus compañeros, y cuando éstos se apagaron se sintió desolado.
La espeleología estaba llena de casos como el suyo. Casi todos consistían en chavales aficionados que se aventuraban demasiado, y o bien se perdían, o se quedaban atrapados en un estrecho acceso hasta morir de deshidratación o de autocompasión. Él siempre había meneado la cabeza cuando leía sobre ellos, preguntándose cómo alguien podía ser tan sumamente retrasado como para perder la vida de aquella manera. Las cuevas ofrecían muchas satisfacciones, y el precio era muy bajo: bastaba con tener un poco de precaución, y nunca, NUNCA, adentrarse uno solo en territorio desconocido. Bien, Ángel de Andrés había demostrado sobradamente que carecía de la mínima sensatez, y se prometió a sí mismo que, de encontrar la salida, se dedicaría a otra cosa... Camarero, quizás. O churrero.
Ya no se sentía espeleólogo. Sólo un asustado gilipollas.
La caverna, a través de la cual seguía un recorrido incierto y lento, era increíblemente hermosa y enorme. Desde luego, no podría nunca haber sospechado que las Cuevas del Ruibarbo ocultarían en su interior aquella mortífera maravilla. Las paredes y los techos estaban plagadas de abultamientos con las formas más deliciosas. Hacía unas horas había dejado atrás una extraña acumulación de roca suave y brillante que tenía la perfecta constitución de un pecho de mujer, con su pezón y todo, de unos tres metros de diámetro en su base. Podía imaginarse el nombre con que sería conocida, cuando se abriera la cueva a los visitantes y se instalaran las pasarelas y la iluminación: la Teta. También había localizado El Pene, El Culo y La Durmiente Cachonda. Sí, casi todo con nombre o implicación sexual. Así de divertido era el cerebro humano.
Pero también había visto formas horrendas. De una de las gruesas estalactitas sobresalía una pequeña verruga que podría identificarse fácilmente con un demonio sonriente, y en el suelo había vislumbrado un cuerpo decapitado, con sus brazos y piernas extendidos, y una roca oportunamente colocada cerca podría darle el nombre de María Antonieta. Pero todo aquello había quedado muy atrás, y ahora avanzaba por una amplia galería. La luz débil de su casco no le permitía atisbar los detalles, a menos que se detuviera muy cerca, pero no disponía en aquel momento del tiempo necesario para regodearse en sus descubrimientos. Se estaba jugando el pellejo.
Pasó junto a una abertura oscura, del tamaño de una piscina mediana. Se asomó brevemente y el corazón le subió a la garganta en un repentino éxtasis de vértigo: el Pozo sin Fondo. De rodillas, tomó una pequeña piedra y la dejó caer. Durante casi un minuto no escuchó nada. Al fin, le pareció oír un tintineo lejano, y quizá un chapoteo, pero no podía estar seguro. Se levantó maravillado y continuó la marcha, procurando alejar de su mente la idea de que, de haberse apagado ya la linterna de su casco, probablemente se habría caído dentro y aún estaría gritando. Tendría que ir más despacio de lo previsto, cuando la luz desapareciese definitivamente... cosa que sucedió veinte minutos después.
No hubo ningún aviso, ningún amago. De pronto la luz se esfumó, y él quedó sumido en la oscuridad absoluta. Consiguió mantener la calma, sorprendiéndose a sí mismo. No era para tanto. Seguiría hasta que cayera agotado. Incluso era posible que las tinieblas le ayudaran a dar con el camino correcto hacia la salida, ya que al parecer la vista no lo había servido en absoluto, en aquel aspecto.
Tras un par de minutos, que dedicó en exclusiva a respirar hondamente y a tranquilizarse, se puso en marcha con las manos extendidas. Pensaba en el agujero, o en otros semejantes, y por lo tanto, antes de apoyar un pie tanteaba a un lado y a otro. Aquello ralentizaría su marcha una barbaridad, pero se trataba de seguir con vida, y el apresuramiento no lo empujaría más que a despeñarse, o a abrirse la cabeza contra una pared.
¿Cuánto tiempo transcurrió, mientras Ángel de Andrés se deslizaba furtiva y lentamente por el interior de la tierra? Imposible saberlo. Curiosamente, su sentido del tiempo se había esfumado con el de la vista. Podría llevar minutos u horas, no podría decirlo. Su mente se entretenía mientras con todo tipo de pensamientos esperanzadores: una tarde despejada en una terraza, bebiendo cañas y engullendo tapas; el despertar una mañana junto a una mujer conquistada la noche antes; un paseo por el valle, junto al río. Cualquier cosa, siempre que viniera acompañada de un rayo de sol.
Tarareaba de vez en cuando, para tranquilizarse. Pensaba que, si alguien pudiera verlo en aquel momento, la imagen ofrecida sería la de un tipo que dominaba perfectamente las riendas del miedo. Pero no era así, nadie podía contemplar su valentía y redaños, de modo que pronto dejó de canturrear, inquieto por los ecos que despertaba con su voz en los amplios corredores. A callar, estúpido. A callar.
Más horas en la oscuridad. Tenía la impresión de haber recorrido kilómetros, pero un breve cálculo de tanteo le demostró que, a la velocidad a la que iba, de ningún modo habría podido avanzar más que unos pocos cientos de metros desde que se apagó la luz. La amargura se apoderó entonces de él, y comprendió, por primera vez con todas sus implicaciones, que jamás conseguiría escapar de aquella magnífica tumba. No volvería a disfrutar del sol calentando su rostro mientras el sonido de las olas lo acompañaba al sueño ligero de una breve siesta. Seguramente sus compañeros, que debían de estar buscándolo como locos, acabarían por hallar la pequeña abertura en aquella pared del fondo, y realizarían una expedición al interior, pero ya sería tarde: sólo hallarían un cuerpo reseco y polvoriento. La seguridad de este hecho lo sumió al principio en la desesperación, pero enseguida se rehizo: bien, estaba muerto. ¿Para qué andarse con tonterías? Aceleró su paso y dejó de tantear con la bota. Pensándolo bien, la aparición de otro de aquellos agujeros sería casi un favor del destino: tendría una muerte rápida, al menos.
Tropezaba muy a menudo, y sus tobillos no acababan de afianzarse a los vaivenes del irregular suelo rocoso. Durante un buen rato consiguió mantener un ritmo bastante apresurado, hasta que su nariz crujió de pronto al aplastarse contra una estalactita. El dolor fue tremendo, pero no se la rompió. Sangró abundantemente, con un líquido que bien parecía moco aguado en la oscuridad. Se limpió con la manga con cuidado, y tras un rato con la cabeza echada hacia atrás, dejó de derramarse. Continuó de nuevo, esta vez más precavidamente. Y sin darse cuenta volvió a tararear.
Varios minutos más tarde (o varias horas, o varios días, ¿qué importaba?), comenzó a sentir la garganta seca. El solo pensamiento de no haber llevado una cantimplora se instaló entre los pliegues de su mente y se dispuso a atormentarlo. No pudo hacer nada por evitarlo. De repente, todo su deseo se volcó en la imagen de un vaso de agua fresca, clara, y sollozó sin poder evitarlo. No quería ni pensar en qué tipo de muerte horrible lo aguardaba, en qué momento su cuerpo decidiría que ya no podía más, y se derrumbaría con los labios secos y cortados y la lengua hinchada por la falta de saliva. Y luego, en qué instante se detendría su corazón, después de cuánto sufrimiento, de cuánto delirio.
Anduvo desolado un rato más, y de pronto echó la cabeza a un lado para evitar golpearse con otra estalactita. Y entonces comprendió: podía ver. Era sólo un contorno, una sombra algo menos oscura que el resto de sombras, pero al alargar las manos y tocar la roca lisa sintió el regocijo de la salvación: allí estaba. La había visto.
El corazón se le aceleró: de alguna inexplicable manera, había encontrado el camino de vuelta. Sólo tenía que seguir sus pasos en la dirección que llevaba. Pero entonces se le ocurrió otro pensamiento: podría tratarse de una filtración del exterior, algún respiradero natural. Aquello explicaría también que aún no hubiese sentido el mareo previo al envenenamiento por el aire enrarecido. Por algunos resquicios la luz acudía a él, pero no para salvarlo: sólo para alargar su agonía. Maldijo en voz alta por su pesimismo. No, de ninguna manera. Se trataba de otra salida. En el exterior, oculta por espesos matorrales, una apertura aguardaba a que él la descubriera. Estaría alejada de la entrada a las Cuevas del Ruibarbo, por supuesto, en la ladera de una de las montañas, pero estaba ahí. Tenía que estar ahí. De modo que continuó.
Cinco minutos después dobló un recodo y la luz se hizo de pronto mucho más intensa. Un resplandor rojizo bailaba sobre las paredes y los techos, y se encontró caminando por una especie de pasillo abovedado. Aquello no parecía la luz del sol. Más bien, parecía fuego, o luz artificial. ¿Habría accedido a las entrañas dormidas de un volcán? Imposible. No sólo el aire era fresco, sino que no existía ni un solo volcán en quinientos kilómetros a la redonda. ¿Qué era, pues, aquello?
Unos cincuenta metros más adelante halló la respuesta, y su cerebro no supo encontrar ninguna explicación: un par de antorchas ardían sujetas a la pared por unas cadenas de hierro, una a cada lado del corredor. Había llegado a algún sitio, pero... ¿a dónde?
Una nueva esperanza se abrió camino en él: sus compañeros habían llegado antes que él, a través de algún otro corredor, y habían establecido un campamento. Casi sin darse cuenta comenzó a gritar, ansioso por obtener una respuesta. No se produjo tal cosa, y el estómago se le revolvió inquieto.
Llegó hasta las antorchas, aún gritando. Ahora podía ver más allá, y se quedó de piedra. El corredor terminaba justo donde estaban colocadas las teas, y más allá se abría una caverna gigantesca iluminada por miles de antorchas, colocadas por doquier en las paredes hasta donde alcanzaba la vista. Pero lo que le sobrecogió el alma fue el inmenso lago subterráneo cuya orilla comenzaba casi a sus pies, un lago de agua negra y tranquila que reflejaba como un espejo cada resplandor. Se acercó precipitadamente hasta el límite del agua e introdujo una mano ansiosa: la sed había vuelto con toda su fuerza. El agua estaba fresca y no olía a nada, de modo que no se pudo resistir y se llevó la mano a los labios, lamiendo por si captaba algún sabor extraño. En realidad no le hubiera importado. No pudo resistirse más y se tumbó, y metió la cara en el líquido y comenzó a sorber con fuerza, tragando desmesuradamente y sintiéndose, por primera vez en muchas horas, absolutamente feliz. Las preguntas acerca de dónde se encontraba tendrían que aguardar hasta que se saciara.
Por fin su estómago se llenó hasta el límite, y entonces él se dio la vuelta y se quedó tumbado bocarriba, con la cara empapada y los ojos cerrados. Un murmullo de gratitud se escapó de sus labios. No se trataba de una oración, pero casi.
Al cabo de un rato se incorporó, y su mente se llenó de preguntas sin respuesta. ¿Dónde estaba? ¿Quién había encendido todas aquellas antorchas? ¿Habría humanos viviendo allí? ¿Alguna expedición de espeleología? ¿Neanderthales que habían sobrevivido a la extinción ocultos en el interior de la tierra? ¿Qué?
No supo qué hacer a continuación. De hecho, aún no estaba del todo seguro de que no estuviera delirando, y todo aquello no se tratase tan sólo de su enfebrecida imaginación. Miró a un lado y a otro. El lago ocupaba toda la superficie, hasta las paredes, de manera que sería imposible avanzar, a menos que estuviera dispuesto a nadar. Pero, ¿hasta dónde se extendía aquel lago? Por lo que sabía, podría tener cien metros, o cien kilómetros. Había llegado a un punto muerto, porque no estaba dispuesto a arriesgarse. Pero había un gran consuelo: podría coger un par de antorchas y desandar todo el camino. Encontraría alguna manera de llevar un poco de agua, en el casco quizá, y acabaría aquella pesadilla. Casi se veía ya contándoles a sus colegas su increíble descubrimiento. Pero lo primero que haría, en cuanto saliese, sería tumbarse horas al sol. Muchas, muchas horas. Luego guiaría hasta allí una expedición, con equipo de buceo, si era necesario. Sería famoso. Tendría titulares incluso en las revistas y periódicos no especializados.
Se acercó decidido a una de las antorchas de la entrada, y estaba estudiando cómo desenganchar la cadena cuando un ruido lo sobresaltó.
Había escuchado un chapoteo lejano que provenía del lago. La oscuridad lo engullía todo a partir de unos cien metros, pero no tuvo ninguna duda de que, en aquella calma, cualquier ruido llegaría hasta él sin problemas a través del aire. De pronto se repitió el sonido: sí, un chapoteo, como si un pez hubiera saltado, allá a lo lejos. Y luego otro. Y otro. Su corazón se aceleró. El ritmo del sonido era tenebrosamente regular. Casi parecía que, más bien, alguien estuviera introduciendo la mano en el lago una y otra vez. Observó con ojos como platos hacia la penumbra, y vio que el agua, antes con la superficia tan pulida como un espejo, traía consigo unas minúsculas ondas que se extendían hasta la orilla misma.
Al cabo de un rato vislumbró algo: una silueta indefinida apareció poco a poco en el fondo, mientras los chapoteos aumentaban de volumen a medida que la distancia se hacía más corta.
¿Quién viene a buscarme desde la oscuridad por encima del agua?, se preguntó con sabor amargo en la lengua seca. ¿A qué estoy atrayendo con el olor de mi sangre?
No podía huir. No se atrevía en la oscuridad. Echó miradas lastimeras a las antorchas, lamentándose por no haber comenzado a desengancharlas antes. Pero aún estás a tiempo, se dijo. Aún puedes salvarte de eso que se acerca... si te das prisa.
Pero no podía moverse. Una parte de él necesitaba ver qué era aquella silueta que se aproximaba. Aunque todas las células de su cuerpo le pedían que echase a correr, no se sintió capaz.
La silueta se hizo visible, y Ángel de Andrés apenas dio crédito a lo que estaba viendo. Su cerebro rió demente, pero su boca sólo exhaló un suspiro entrecortado.
Un anciano cubierto con andrajos remaba sobre una destartalada barca en dirección a la orilla. Sus ojos destacaban en la penumbra con un brillo intenso, y estaban clavados en él. Parecía sonreír.
Por fin llegó a la orilla, y Ángel pudo escuchar cómo la quilla se abría camino chirriando en el fondo arenoso. No era ningún sueño. Ahora podía ver perfectamente al remero: un personaje de cuento de hadas, sin duda, envuelto en harapos viejos que flotaban a su alrededor merced a una brisa que no existía más que para ellos. Su cara era de humano, sí, pero tenía una cualidad irreal, como si la vejez imposible lo hubiera mantenido vivo a pesar de necesitar tanto la muerte como Ángel había necesitado agua poco antes. Se meneó sobre unas piernas consumidas que parecían a punto de romperse cuando la barca se detuvo definitivamente.
Apoyó el largo remo que llevaba entre las manos contra el fondo y se recostó sobre él, mirando a Ángel como si su presencia allí fuera lo más natural del mundo. Sonreía, sí, no cabía duda, aunque pareciera más bien una mueca decorada con unos pocos dientes finos y largos.
-¿Traes monedas para el barquero?- preguntó de pronto, con una voz cascada y jovial, llena de desgarrones.
Ángel no salía de su asombro.
-¿Monedas? No... no entiendo nada.
-¡Monedas!- exclamó el viejo-. Dinero, el pago. Mi pago. No te dejaré subir, si no.
-¿Subir? ¿Para llevarme a dónde?
-Al otro lado- respondió sencillamente el viejo.
Tras una pausa de irrealidad, Ángel consiguió articular una respuesta en forma de graznido.
-No entiendo nada, oiga... ¿Quién es usted? ¿Cómo sabía que yo...? ¿De dónde viene?
El viejo, soltando una especie de carcajada, se giró un poco y señaló hacia la oscuridad.
-Del otro lado. Esto está muy tranquilo últimamente, pero yo sabía que no podría tardar mucho en aparecer alguien. ¡Y aquí estás! Ahora dime: ¿llevas monedas?
Ángel se situó de nuevo en el mundo por un breve instante de lucidez. Aquel hombre pertenecía a una civilización que se asentaba en el otro lado del lago. De alguna manera conocía el idioma, así que era posible que él no fuera el primero que accedía a aquellas cuevas, y ya hubieran recibido a otros visitantes de la superficie. Una civilización subterránea, no cabía otra explicación.
-Oiga- dijo -¿de dónde viene usted? ¿Cómo se llama? Soy espeleólogo. He recorrido estas cavernas hasta aquí, vengo del exterior.
De pronto, la imaginación de Ángel de Andrés se llenó de fantasías, en titulares (de nuevo) bien gordos: Famoso espeleólogo descubre una civilización intraterrestre; Antropólogos boquiabiertos ante el descubrimiento; El Nobel de este año recae en Ángel de Andrés por su fascinante hallazgo... Blablablá.
-¡La gente tiene que saberlo! ¿Por qué no me acompaña usted de vuelta, afuera? ¡Sería un descubrimiento! -Su voz era extática, entusiasmada.
Sin embargo, el viejo le clavó una mirada astuta. Sus pupilas brillaban ferozmente, y pareció soltar una maldición.
-¿Tienes monedas?- volvió a preguntar. Ángel se llevó la mano al bolsillo rápidamente y comprobó que en su mono bailaban unos cuantos euros tintineantes. Se le ocurrió una idea.
-Sí, mire- dijo, y le mostró la mano abierta, donde descansaban unos cuatro euros en monedas. El viejo pareció contentarse. -Si se viene conmigo, le daré estas monedas, y muchas más. ¿Qué me dice?
El anciano sonrió de nuevo.
-Entrégamelas y sube a la barca. Ya veremos después qué nos encontramos. Pero primero debes venir conmigo.
Ángel no percibió esta vez la astucia en la voz del viejo, y decidió acceder. Más tarde regresaría, de acuerdo: no podía arrastrar a aquel viejo contra su voluntad todo el camino de vuelta. Se portaría como un buen chico.
-Bien- dijo-. Pero luego será usted el que me acompañe, ¿de acuerdo? Piense en las monedas que le esperan...- añadió pícaramente.
-Trato hecho- mintió el viejo, y consiguió no reírse.
Ángel de Andrés subió a la barca. Un tablón medio podrido clavado de lado a lado le sirvió como precario asiento. Crujió de manera alarmante, pero aguantó. Entregó entonces los euros al viejo, y éste los hizo desaparecer entre los harapos.
-¡Vamos allá!- exclamó el viejo-. Esto te va a encantar.
-Seguro- dijo Ángel.
El barquero empujó con fuerza contra el fondo, apoyando todo su peso en el largo remo, y la barca, tras una pequeña vibración, se encontró flotando sobre las aguas. A continuación, el viejo se puso a remar, a la manera de los gondoleros venecianos, y pronto la barca adquirió una velocidad constante. Los resplandores de las antorchas se fueron haciendo más y más lejanos, mientras Ángel continuaba pensando en sus titulares. Finalmente, la oscuridad los engulló.
LA VOZ DE ARAGÓN
3 de julio de 2008
ESPELEÓLOGO MUERE SEPULTADO TRAS DERRUMBAMIENTO EN LAS CUEVAS DEL RUIBARBO.
ARAGÓN- Un espeleólogo, Ángel de Andrés, halló la muerte ayer por la mañana al producirse un derrumbamiento en las Cuevas del Ruibarbo, donde trabajaba junto a otros cinco compañeros en las obras de acondicionamiento para el turismo que estaban llevando a cabo, con vistas a abrir la zona al público el próximo otoño. El espeleólogo se encontraba examinando uno de los rincones, cuando se vino abajo parte del techo, sepultando su cuerpo bajo varias toneladas de roca. Su muerte fue instantánea.
Hemos tardado casi doce horas en retirar las rocas que lo cubrían, declaró Ramón R. F., jefe de las obras. Era un hombre fuerte, y un gran amigo. Lo echaremos de menos.
Su cuerpo ya ha sido trasladado a su ciudad natal, donde recibirá cristiana sepultura.
jueves 12 de junio de 2008
Risa de Sirena
Se recostó en el diván y se limitó a mirarlo. Al parecer, no pensaba decir una palabra. No importaba. Bastaba con que ella estuviera allí, esa noche, con él. La elección había sido suya, de ella, y era una novedad que él agradecía profundamente. Quizá en otras circunstancias le hubiera parecido algo extraño, onírico e incomprensible, con su envoltorio de comienzo de película porno, pero no fue así, porque él estaba embrutecido. Esa noche, él era una bestia, un cafre, un enemigo. Y ella era la presa.
-No pienso cantar- dijo esa extraña y bellísima chica que respondía, o eso aseguraba, al nombre de Helena.
-No lo hagas- replicó él, algo molesto por la irrupción sonora.- No te lo he pedido.
Helena se rió, y con la llegada de su risa clara como el cristal algo en él se quebró con un tintineo. Ya no era una bestia; ahora era simplemente un chico indefenso. En sólo cinco segundos el mundo se había dado la vuelta sobre sí mismo, con un crujido atronador.
Increíble, pensó, asombrado de sí mismo, no sabía que pudiera suceder esto de manera tan inmediata. ¿Me ha hechizado? Es una bruja: no puede tratarse de otra cosa.
-Si te cantara- dijo Helena- caerías en mis redes, y me costaría mucho librarme de ti.
-Lo dudo mucho- dijo él, sonriendo como un imbécil.- Siempre he estado a salvo de estas cosas. ¿Qué te hace pensar...?
-Nada me hace pensar- lo interrumpió.- Me gusta tu cara y punto.
-Y a mí la tuya... Y tu cuerpo.
-¿Qué hacemos aquí hablando, entonces?
Ella se arrojó sobre él.
Sólo tuvieron contacto aquella noche de mayo. Él comprendió que sería inútil pedirle su teléfono, o tratar de concertar otra cita. Hay cosas en este mundo que es mejor dejar que pasen de largo, simplemente, y no darle vueltas, porque el riesgo es devastador, apocalíptico. Dejó que su sirena se marchara, incluso le abrió la puerta y la despidió con un suave beso, que poco tenía que ver con los que habían compartido un rato antes. Luego se sentó en el diván, con las manos a ambos lados de la cara, y sonrió como el mayor de los gilipollas, porque estaba, por primera y última vez en su vida, profundamente enamorado.
-No pienso cantar- dijo esa extraña y bellísima chica que respondía, o eso aseguraba, al nombre de Helena.
-No lo hagas- replicó él, algo molesto por la irrupción sonora.- No te lo he pedido.
Helena se rió, y con la llegada de su risa clara como el cristal algo en él se quebró con un tintineo. Ya no era una bestia; ahora era simplemente un chico indefenso. En sólo cinco segundos el mundo se había dado la vuelta sobre sí mismo, con un crujido atronador.
Increíble, pensó, asombrado de sí mismo, no sabía que pudiera suceder esto de manera tan inmediata. ¿Me ha hechizado? Es una bruja: no puede tratarse de otra cosa.
-Si te cantara- dijo Helena- caerías en mis redes, y me costaría mucho librarme de ti.
-Lo dudo mucho- dijo él, sonriendo como un imbécil.- Siempre he estado a salvo de estas cosas. ¿Qué te hace pensar...?
-Nada me hace pensar- lo interrumpió.- Me gusta tu cara y punto.
-Y a mí la tuya... Y tu cuerpo.
-¿Qué hacemos aquí hablando, entonces?
Ella se arrojó sobre él.
Sólo tuvieron contacto aquella noche de mayo. Él comprendió que sería inútil pedirle su teléfono, o tratar de concertar otra cita. Hay cosas en este mundo que es mejor dejar que pasen de largo, simplemente, y no darle vueltas, porque el riesgo es devastador, apocalíptico. Dejó que su sirena se marchara, incluso le abrió la puerta y la despidió con un suave beso, que poco tenía que ver con los que habían compartido un rato antes. Luego se sentó en el diván, con las manos a ambos lados de la cara, y sonrió como el mayor de los gilipollas, porque estaba, por primera y última vez en su vida, profundamente enamorado.
lunes 2 de junio de 2008
La Jaula
Mientras el dueño de la tienda le entregaba la jaula a la señora, ultimaba los consejos sobre el cuidado del animal.
-Vigile que esté siempre en un lugar soleado, fresco pero no a la intemperie: aunque parezca recio, se acatarra con facilidad. Y no le dé galletas, las odia con toda su alma. El alpiste está bien, y quizá algo de verdura cruda: lechuga, tomate... Pero nunca le ponga perejil, esto es importante. Podría matarlo.
-¡Vieja brrrruja!- chillaba mientras el animal.
La señora observó con cierto aire divertido cómo el bicho se revolvía en su jaula, pero no pareció molesta. Más bien, su mirada se empapó de un extraño amor.
-No se preocupe, ya le digo que es el cuarto que tengo. Sé cómo cuidarlo.
-De acuerdo, de acuerdo.- Al hombre le brillaban los ojos. Siempre le pasaba lo mismo: se encariñaba con sus mascotas hasta tal punto que cada venta se convertía, de algún modo, en una triste despedida.
-¡Brrrrruja! ¡Vieja brrrruja! ¡Rueeeeec!
La mujer hizo caso omiso de aquella descripción, por otro lado bastante acertada, que le había dedicado su nuevo inquilino desde detrás de los barrotes. Lo miró con ternura y le regaló su mejor sonrisa. Brilló bajo la luz de los fluorescentes su blanca y perfecta dentadura postiza.
-¡Ya verás, chiquitín, lo que nos vamos a querer!- decía la señora mientras se dirigía a la salida. El dependiente, finalizada la transacción, no pudo evitarlo y rompió a llorar, y se dirigió veloz a la trastienda para abrazar a su novio.
-¡Brrrruja! ¡Ruaaaaac, ruaaaaac! ¡Vieja brrrrrruja!
-Ya, ya, bonito, ya.
Salieron a la calle. El animalillo se giró en su jaula, como comprendiendo el cambio que se estaba produciendo en su vida, y contempló el gran cartel que se alejaba irremediablemente, el lugar donde había pasado sus treinta años de vida. Oh, echaría de menos su agencia matrimonial, con su dependiente marica, su empalagoso hilo musical y su olor perenne a incienso putrefacto. Seguramente la señora tuviera ya planeada la boda hasta en el más mínimo detalle. En fin... No era el primer marido, y no sería el último.
-¡Vieja brrrrrruja...! -chilló el hombretón desde su jaula, y se sentó con espantada resignación.
-Vigile que esté siempre en un lugar soleado, fresco pero no a la intemperie: aunque parezca recio, se acatarra con facilidad. Y no le dé galletas, las odia con toda su alma. El alpiste está bien, y quizá algo de verdura cruda: lechuga, tomate... Pero nunca le ponga perejil, esto es importante. Podría matarlo.
-¡Vieja brrrruja!- chillaba mientras el animal.
La señora observó con cierto aire divertido cómo el bicho se revolvía en su jaula, pero no pareció molesta. Más bien, su mirada se empapó de un extraño amor.
-No se preocupe, ya le digo que es el cuarto que tengo. Sé cómo cuidarlo.
-De acuerdo, de acuerdo.- Al hombre le brillaban los ojos. Siempre le pasaba lo mismo: se encariñaba con sus mascotas hasta tal punto que cada venta se convertía, de algún modo, en una triste despedida.
-¡Brrrrruja! ¡Vieja brrrruja! ¡Rueeeeec!
La mujer hizo caso omiso de aquella descripción, por otro lado bastante acertada, que le había dedicado su nuevo inquilino desde detrás de los barrotes. Lo miró con ternura y le regaló su mejor sonrisa. Brilló bajo la luz de los fluorescentes su blanca y perfecta dentadura postiza.
-¡Ya verás, chiquitín, lo que nos vamos a querer!- decía la señora mientras se dirigía a la salida. El dependiente, finalizada la transacción, no pudo evitarlo y rompió a llorar, y se dirigió veloz a la trastienda para abrazar a su novio.
-¡Brrrruja! ¡Ruaaaaac, ruaaaaac! ¡Vieja brrrrrruja!
-Ya, ya, bonito, ya.
Salieron a la calle. El animalillo se giró en su jaula, como comprendiendo el cambio que se estaba produciendo en su vida, y contempló el gran cartel que se alejaba irremediablemente, el lugar donde había pasado sus treinta años de vida. Oh, echaría de menos su agencia matrimonial, con su dependiente marica, su empalagoso hilo musical y su olor perenne a incienso putrefacto. Seguramente la señora tuviera ya planeada la boda hasta en el más mínimo detalle. En fin... No era el primer marido, y no sería el último.
-¡Vieja brrrrrruja...! -chilló el hombretón desde su jaula, y se sentó con espantada resignación.
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