jueves 11 de diciembre de 2008

Parásitos. Capítulo Vigesimonoveno.

Nos sentamos alrededor del fuego y clavamos los dos peces, bien limpios, en las pequeñas estacas, que sujetamos al suelo con nuestras propias manos, mientras charlábamos de nada en particular. Noté que ambos, a mi pesar y al gusto de Linda, evitábamos cualquier tema comprometido, y nos preguntábamos, entre otras cosas, cuándo se despertaría Burt.
Fue casi instantáneo, y sin mediar modorra, en cuanto la carne de las truchas comenzó a chamuscarse: se incorporó con los ojos muy abiertos.
-¿A qué huele? –preguntó con brusquedad.
Localizó los pescados y se formó una sonrisa en su rostro del tamaño de una buena tajada de sandía, lo que lo rejuveneció bastante.
-¡Ah! Pero… ¿ya está? ¿Cuánto tiempo he dormido?
Hizo caso omiso de la fiebre, de su obvio cansancio y del escozor del muñón, y se acercó a nosotros, como se acerca flotando un dibujo animado en pos de las ondas blancas que desprende un asado.
Linda y yo nos reímos juntos, de él y con él.

El cálculo del total de horas que estuvimos acampados en el claro, mientras Burt se recuperaba, lo llevó Linda y jamás se lo pregunté, pero es casi seguro que no fue menos de cinco días terrestres. Todo el tiempo anduvimos preocupados por los altibajos en el ánimo de Burt, quien era presa frecuente de ataques de delirio, mezclados con momentos de lucidez asombrosos. En realidad, a Linda lo que más le preocupaba era la aparente falta de una infección, a la vista de la buena recuperación de la muñeca.
-Una herida como esa llevaría a cualquiera a la muerte sin los cuidados adecuados en un hospital, estoy segura. Cada vez pienso más en la saliva del cíclope: tiene que ser aséptica a niveles increíbles, tras haber bastado un simple roce para proteger la herida. Pero, ¿tendrá algún efecto secundario en el organismo de Deenah?
-¿Qué clase de efecto secundario? –pregunté.
-¿Y qué sé yo? Cualquier sustancia extraña puede producir reacciones. Picores, eccemas, hinchazón, diarrea, cáncer… ¿Cómo voy a saberlo?
-A lo mejor se convierte poco a poco en uno de ellos. En un cíclope gordo. Como cuando te muerde un vampiro, que te transformas en uno.
-Una mutación semejante es imposible. Su estructura ósea no podría…
-Estaba bromeando –atajé.
Me miró con enigmática intensidad durante un par de segundos.
-… no podría mutar a ese nivel. Aprovecho para decirte, Daniel, que no tienes que creer en todo lo que ves en la tele.

Fui a pescar en cuatro o cinco ocasiones. Una de ellas resultó infructuosa, para desesperación de Burt, quien tuvo que recuperar a las moras de su lugar de postre de honor y convertirlas en primer plato de nuevo. El resto de las veces, modestia aparte, se me dio de lujo. Comimos cuanto pescado se nos antojó.
Burt se iba recuperando, pero era evidente que la fiebre no desaparecería del todo sin los cuidados médicos adecuados. Tuvo un ataque bastante fuerte, y aquello fue lo que nos decidió.
-No podemos quedarnos aquí por mucho más tiempo –dije a Linda.- Burt necesita cirugía en esa mano, no importa lo bien que parezca que se encuentre a veces.
-Estoy de acuerdo, claro –dijo ella. Miraba a Deenah, quien deliraba retorciéndose en el suelo y llamando, sabrá Dios qué era eso, a un tal Franquenfarter con voz gutural. Hasta parecía que cantaba, a veces. –Cuando se recupere un poco, tenemos que ponernos en marcha. O lo acabaremos perdiendo, en uno de sus delirios.
-Habrá que cargar con él.
-Podrá caminar. Ya se pone de pie sus buenos ratos. Iremos despacio, pero no existe ninguna otra opción. Lo ayudaremos.
Linda miró hacia el camino que se abría más allá de la verja, invisible desde allí, pero presente, siempre presente.
El camino que nos llevaría a la boca del lobo.

Por fin, transcurridas otras dos o tres docenas de horas, creímos estar preparados para reemprender la marcha. A Burt, por supuesto, no le hacía ni pizca de gracia: se había acostumbrado a que lo cuidáramos.
-Si me dejáis aquí no me pasará nada. Podéis pasar a buscarme cuando encontréis el Krut. Dejadme sólo un par de pescados, una buena provisión de leña, y me pondré bueno en un periquete.
-No diga tonterías –espetó Linda.
-Piensa –añadí, sabiendo que quizá tocaría un punto flaco- que no tardaremos mucho en encontrar una granja. Una de estas tardes tomaremos cordero asado para merendar.
Burt se miró el muñón. Estaba en pie, sí, pero seguía pálido.
-Joder, no me encuentro bien. No creo que pueda soportar una caminata por el bosque, y menos sin saber siquiera cuánto va a durar. Si esperamos una temporada más, seguro que me recupero del todo.
-O quizá empeore, se infecte su muñeca, y muera arrastrándose por el suelo cuando sea ya demasiado tarde para ponerse a andar –dijo Linda. –Déjese de estupideces, embajador: si salimos ya, en no muchas horas estaremos de vuelta en casa.
Burt frunció el ceño.
-Así que a mí no me tutea, ¿eh? Ya veo. Pues déjeme que le diga una cosa: lo más probable es que me dé un sofocón cuando estemos rodeados de cíclopes, y le aseguro, señorita Hart, que si me devoran, haré todo lo posible para que la pongan a usted en el mismo plato que a mí.
-Contigo tendrán suficiente para un año –intervine, hastiado.- ¡Vámonos ya!
Para nuestro alivio, toda la resistencia que opuso Burt fue esa. Había llegado a pensar, incluso, que no iba a dejarnos otra opción que abandonarlo a su suerte, pero, por supuesto, sólo se trataba de los últimos estertores del caprichoso niño gordo que anidaba en Burt. Él sabía perfectamente cuáles eran nuestras opciones, y simplemente se había negado a dejarse vencer sin hacer antes un poquito de ruido.
Únicamente llevamos tres cosas: la red, por si hubiera alguna oportunidad de pescar algo, el recipiente con agua fresca (que llevaba Linda), y un arma que yo me había fabricado durante nuestra estancia en el claro: una especie de mazo, que consistía en una roca de buen tamaño que había sujetado fuertemente, mediante las tiras de cuerda sobrantes y algunas hierbas duras, a un palo. Lo había probado varias veces contra el tronco de un árbol, y podría aguantar unos cuantos golpes. No era una maravilla, pero supuse que podría serme de mucha utilidad, en el caso de encontrarnos con indeseados caminantes.
Burt y yo estábamos vestidos con nuestras túnicas. La mía tenía algunos rasguños a la altura de las espinillas, ya que de ella habíamos sacado algunas de las vendas con que envolvíamos la herida de Deenah, pero no temí que aquello pudiera llamar la atención de los cíclopes. Bastante cochambrosas eran ya de por sí.

Y nos pusimos en marcha, lamentando profundamente dejar atrás la hoguera. En efecto, Burt iba bastante despacio, pero iba, y durante los cuatro primeros kilómetros, desde que salvamos la verja y accedimos al camino, llevamos un ritmo aceptable. Sin embargo, los descansos había que tomarlos con mucha más frecuencia. En numerosas ocasiones Burt empalidecía escandalosamente, y entonces nos deteníamos cuanto hiciera falta. El Sapo Deenah llegaba a dormitar, mientras Linda y yo, inquietos, charlábamos de nuestras posibilidades.
Eran bastante crudas; al menos, hasta que diéramos con un cíclope solitario a quien poder robarle la tercera túnica. Mi maza y yo nos ocuparíamos de ello.
A cada paso que avanzábamos por la espesura, la marcha se hacía más lenta. Empezaba a preguntarme si, como había dicho Burt, no deberíamos habernos quedado algún tiempo más en el claro. Él aguantaba bastante bien, pero se cansaba, se cansaba mucho. Muy a mi pesar, en mi cabeza comenzaron a formarse ideas de abandono: ideas que bien pronto trataba de expulsar, pero que acudían sin que yo pudiera evitarlas. ¡Qué sencillo hubiera sido si no se hubiera dejado morder, el maldito gordo estúpido!
-Hubiéramos podido sobrevivir muchos meses en el claro, y para entonces ya se les habría pasado el hambre –dijo Burt en una ocasión-. Habríamos ido al Krut paseando entre ellos sin ningún problema, idiotas. De verdad que no os entiendo. ¿Seguro que no queréis regresar al claro, ahora que estamos a tiempo?
Linda apretó los labios. Luego dejó escapar su furia.
-¿Es que no se da cuenta de que esto es culpa suya? ¿Acaso no recuerda que está usted sin mano, y que no ha recibido ningún tratamiento? Si nos hubiéramos quedado allí, en un mes estaría usted muerto. ¡Y, coño! Efectivamente, Daniel y yo hubiéramos podido regresar tranquilamente! Pero no lo hacemos. ¡Por su puta culpa!
-¿Muerto? –se defendió Burt.- ¡Estaría comiendo pescado tan tranquilo!
-¡Váyase a la mierda, embajador! –gritó Linda.- Será mejor para usted que no me provoque, encima. Estamos arriesgando la vida para salvar la suya, pedazo de gilipollas, y si no se da cuenta, entonces será mejor que le dejemos aquí y busquemos Daniel y yo un lugar en donde esperar a salvo, sin tener que escuchar sus memeces. ¡Dé las gracias, en lugar de quejarse!
Noté, pues en aquel momento sujetaba yo a Burt mientras caminábamos, que tomaba aire para responder. Consideré oportuno que cerrase la boca, viendo el estado de crispación de Linda, y le apreté los riñones con fuerza.
-Será mejor que te calles, Burt –le murmuré, aunque Linda seguramente me escuchó sin problema-. Ella tiene razón.
Burt sujetó aún el aire en su estómago, indeciso, y para mi alivio, lo soltó libre de respuesta.
-Bien –dije.- Procuremos no hablar de esto. Es lo que nos faltaba ya.

Así, continuamos, a nuestro lento y tedioso ritmo, viendo pasar siempre los mismos árboles y oliendo el mismo musgo. Atravesamos algunos riachuelos que, por fortuna, no eran ni anchos ni profundos. Si el Burt sano se las veía y se las deseaba para pasar de piedra a piedra, ¿cómo se las hubiera apañado el Burt enfermo?
A cada vuelta del camino ralentizábamos aún más la marcha, atentos a cualquier movimiento que nos revelase la presencia de los cíclopes, pero, o bien tuvimos mucha suerte, o se trataba de un camino poco frecuentado durante su ciclo de alimentación. No nos cruzamos con nadie en, por lo menos, dos días de marcha. Acampamos en varios claros mucho menos acogedores que el anterior, pero servían, y le cambiábamos a Burt la venda con la frecuencia necesaria. Comíamos moras de nuevo, aderezadas con unos cuantos piñones.
-Este arma ha sido creada para romper cabezas, no para abrir piñones –comenté.
-Deberías rezar porque sólo la necesitemos para esto –dijo Linda, enfurruñada, y maldije a Burt: con su desafortunado comentario, había hecho regresar a la Linda malvada. Llevaba desde entonces puesta una cara de perros que espantaba.

Después de aquel descanso, tras haber dejado atrás ya la primera montaña, y encontrándonos bien cerca de la segunda (donde, esperábamos, se encontraba la ciudad de los cíclopes), vislumbramos por fin la posibilidad de hacernos con la tercera túnica.
Tras salvar una nueva cerca, ésta bastante más cuidada que la anterior, llegamos al cementerio.

2 comentarios:

mada4r dijo...

ains......esto se pone cada vez mejor!!!!!
quiero màssssssssssssssssssssss

moro dijo...

Eso!!!

 
Free counter and web stats