lunes 29 de diciembre de 2008

Parásitos. Capítulo Trigesimosegundo.

Continuamos admirando el mural una media hora, pero, fuera cual fuese la escena que representaba, siempre al final nuestros ojos volvían al texto de Marcelo (contando con que fuera suyo, claro, pero, ¿de quién más podría ser, si no?), y todavía nos arrancaba unas risitas.
-¡Bien por Marcelo! –dijo Linda, cuando habíamos decidido ya volver junto a Burt.- Tengo ganas de regresar a España, aunque sólo sea para felicitarlo.
-Mira –dije, recogiendo del suelo un palo que parecía haber sido chamuscado hacía tiempo.- Debió de pintarlo con esto. Es una suerte que no llueva por aquí: se habría borrado ya.
Linda dedicó una mirada nostálgica a la pared, y luego echó a caminar. Yo miré el palo, luego la pared, y finalmente lo deposité en el suelo, bien a la vista. Seguí a Linda por donde habíamos venido.

Burt continuaba roncando, en la misma postura en que lo habíamos dejado, para variar. Estaba pálido de veras. Linda se acercó a él y lo meneó con suavidad.
-Señor embajador.
Nada.
-Señor embajador…
Nada. Comencé a preocuparme.
-¡Oiga, Deenah! –exclamó Linda, agitándolo más fuerte. Entonces Burt abrió los ojos, enrojecidos y cargados de odio visceral.
-Ah. Me dais un asco que no os podéis imaginar. ¡Los dos!
Suspiré aliviado.
Se puso en pie con gran esfuerzo. Había empeorado, evidentemente, pero lo que más pareció llamar la atención de Linda fue ver cómo Burt se agarraba el antebrazo y observaba la venda con cara de dolor.
-La hostia, esto no va nada bien, ¿eh? Me duele. Horrores.
-Déjeme verlo –se ofreció ella. Pero Burt se apartó, como un niño que protege un juguete.
-No. Así se queda. Vámonos ya, porque esto me está matando.
Pude percibir con absoluta claridad cómo el miedo se apoderaba del ánimo de Deenah. Ya no pensaba en su fiesta temática de piratas lascivos, ni en la fiebre. Creo que acababa de darse cuenta de que, realmente, aquella herida podía costarle la vida, y de pronto le entró la prisa. Por supuesto.
Dio dos o tres pasos y casi se cayó hacia un lado. Avancé rápidamente y lo sujeté.
-¿Qué coño haces? –le dije, y deseé con toda el alma que me contestara que lo había hecho a propósito. Pero su mirada oscura y el brillo febril de sus pupilas desmoronaron mi argumento.
-Joder, Danny Boy… ¿Te molestaría mucho que te dijera que me estoy acojonando? –murmuró con voz cascada.
Desde aquella distancia, pude oler su enfermedad.
Linda meneó la cabeza, sombría.

Al final, tras recuperar un poco el resuello, Burt pareció animarse lo suficiente como para caminar.
-Ha sido el mareo al levantarme deprisa. No es la primera vez que me pasa –dijo, más para él mismo que para nosotros, estoy seguro.
-Bien, un magnífico motivo para no demorarnos –dijo Linda.- Aún nos queda un buen trecho. Pero hágase a la idea, embajador: quizá tengamos que llegar hasta la siguiente montaña. Es posible que la ciudad de los cíclopes no se encuentre tan cerca como nos gustaría.
Burt la contempló unos segundos, y después respondió con su voz quejumbrosa.
-Se podría meter sus consejos en el cerdito, ¿no?
Asombrosamente, Linda ni le respondió a la grosería, ni pareció molesta por ella.
-Piénselo, sólo le pido eso. No gaste las fuerzas a menos que sea necesario. Si hay que detenerse, nos detenemos, ¿comprende?
-Venga, vale, sí –respondió Burt, con hastío.- Chúpeme esto –añadió en voz muy baja, agitando el muñón, y sólo yo lo escuché (por fortuna, supongo).
-Andando, pues –me apresuré a decir.
Y lo hicimos. Caminábamos lentamente, pero no nos podíamos quejar: apenas había que sujetar a Burt de vez en cuando. En esas contadas ocasiones, él nos rechazaba débilmente.
-Estoy bien –decía.
Pero el brillo en su frente se destacaba como perlas de plata sobre un lienzo negro.

Cuando llegamos a las pinturas, a las que Deenah no hizo el menor caso, me detuve a anudarme el cordón del zapato.
-Seguid, ahora mismo os alcanzo.
Cuando me sacaron lo que consideré suficiente distancia, recogí el palo chamuscado, junto al que me había agachado oportunamente, y di rienda suelta a mi capricho: mediante dos rápidos trazos dibujé junto a la frase de Marcelo lo que, a pesar de mi talento, parecía un corazón, y después escribí dentro la letra L.
No, si en el fondo soy un romántico. Como a menudo me tilda un amigo: pervertido, pero romántico.

Hicimos, a lo largo de las siguientes tres o cuatro horas, por lo menos cinco paradas breves, para que Deenah descansara. Más bien lo que hacía era quejarse, pero a la vista de su palidez, tanto Linda como yo nos abstuvimos de darle la paliza. A Burt, supongo que en un arranque de nostalgia al vislumbrar su más que posible desaparición, le dio por hablarnos de su esposa. Por todos los dioses que en el mundo han sido, os aseguro que prefería mil veces al Deenah quejumbroso y perturbado, que al ñoño y repelente marido gordo. Cuando uno ha sido testigo de la depravación de que era capaz en ocasiones este hombre, le resulta muy difícil imaginarlo, por mucho empeño que le ponga, como un esposo fiel y entregado. No sabía si reír o llorar.
La montaña nos intimidaba, y algo en mi corazón, o en mi píloro, ignoro dónde se manifestarán estas sensaciones, me hizo pensar que la ciudad no andaba ya muy lejos. Pronto, muy pronto, nos encontraríamos con unos cuantos cíclopes.
Y así sucedió.

El camino se apartó del muro de piedra que llevaba tanto tiempo a nuestro lado, aunque sólo momentáneamente: había allí una valla, y a la vista localizamos una granja. Una tosca, de barro y techo de paja, mucho más trabajada que la del cíclope que se había comido la mano de Burt. Había tres o cuatro ovejas pastando en el breve espacio, y no nos dedicaron ni la más mínima atención. Sin embargo, Linda se echó la capucha sobre la cabeza con un movimiento nervioso. Al captar mi mirada interrogante, espetó:
-Sería mejor que hagáis vosotros lo mismo. Aquí huele. Huele que apesta. ¿No lo notáis? Estamos cerca.
Pensé en responderle que no se preocupara, que probablemente se estaba equivocando, y que aún estábamos a salvo de problemas, pero… ¿para qué? Tenía razón ella. Allí olía muy mal, y no se trataba (aunque también) de una peste física, sino psíquica. Yo la sentía. Hasta Deenah, pragmático y poco dado a fantasías de tipo no sexual, podía percibirla.
La peste de los cíclopes. Efluvios de la muerte inminente.
Como para reforzar el terror que comenzaba a treparnos por las piernas en dirección al esternón, justo cuando Burt y yo terminábamos de calarnos nerviosamente las capuchas, vimos que desde la parte de atrás de la granja, donde debía de estar la puerta, salían dos cíclopes caminando en nuestra dirección.
De repente y sin avisar. Mi maza y la ensaladera cayeron al suelo con un sonido sordo y pesado.
-¡Quietos! –escuché a Linda exhortarnos en un susurro angustiado. Pero no era necesario: tanto Burt como yo nos habíamos quedado paralizados por la sorpresa.
De modo que eso hicimos: nos mantuvimos erguidos al otro lado de la valla, sin hacer ningún movimiento, mientras los dos cíclopes se disponían a trasponer la valla. Las ovejas se apartaron de sus verdugos, pero era evidente que, por el momento, estaban saciados. O eso parecían indicar los chorretones de sangre y carne fresca que les empapaban las túnicas.
Caminaban patosamente, aunque ya sabíamos que, ni por asomo, podríamos fiarnos de las apariencias: la situación podía volverse en nuestra contra en un decir Jesús.
Ignoraba si nos habían localizado, pero a través del embotamiento de pánico pude dar gracias a Dios porque sus protuberancias no se habían puesto a vibrar, como les sucedía cuando percibían una presa. Y estábamos tan cerca que ni siquiera podíamos escondernos.
Bajé la cabeza hasta que sólo veía mis pies. Retiré apresuradamente la punta de mi zapato, que asomaba por entre los faldones de la túnica, y me encomendé a todos los santos. Ya no podía verlos, pero ellos tampoco se darían cuenta de que en mi cara había dos ojos y una buena barba, en lugar de una bola negra y dos cojoncillos colgantes.
Saboreé mi muerte, y poco me faltó, bien poco, para echar a correr. Realizando un esfuerzo sobrehumano, conseguí mantenerme donde estaba. Supuse que Linda y Burt habían agachado también sus cabezas para ocultar sus rostros.
Frisss… Frasss… Sus pisadas sobre la hierba. Cada vez más cerca. No podían estar a menos de tres metros, aunque la tela que me tapaba las orejas podría haber modificado algo mi percepción. Noté sudor en la frente, en las mejillas y en la nuca, y deseé rascarme como pocas veces lo he deseado.
Escuché, como una música celestial, que finalmente los pasos se alejaban. No me dio tiempo a pensar si debía arriesgarme o no: mis manos se elevaron hasta la capucha y retiraron lo suficiente como para ver qué estaban haciendo aquellos dos cíclopes.
Y, en efecto, se estaban alejando. Un júbilo súbito me recorrió la espina dorsal: ¡habíamos pasado desapercibidos! Miré hacia Linda y Burt: ella se estaba retirando también la capucha, con cara de espanto, pero Burt seguía en la misma posición: con la cabeza agachada, y temblando como una rama a punto de partirse bajo un vendaval.
Linda me clavó la mirada, pareció dudar, y de repente sus ojos adquirieron una determinación que no me gustó nada.
Habló con un susurro.
-¡Vamos!
-¿Cómo? –pregunté yo, también susurrando, aunque me temía la respuesta. Burt comenzó a retirar su capucha.
-¡No nos han descubierto! –dijo, y capté la emoción en su voz; una emoción que no sólo venía dada por el reciente pánico y el posterior alivio, sino que estaba preñada de algo más. ¿De alegría? ¿De ansia?
De ambas, sin duda.
-Caminemos detrás de ellos. ¡Vamos! ¡Podemos conseguirlo! –continuó.
Estuve a punto de discutir. Pero de pronto me di cuenta de que aquella podría ser la prueba de fuego. Si podíamos seguir a esos dos cíclopes en procesión hasta la ciudad sin que percibieran nuestra presencia, la mitad del trabajo estaría hecho. De alguna manera, me tranquilizaba la idea de ir precedidos por dos auténticos cíclopes. Llamaríamos menos la atención. Por otro lado, de ser descubiertos, tendríamos más opciones de supervivencia contra dos, que contra cuatrocientos.
Así que sonreí.
Burt vio mi gesto, y meneó la cabeza.
-Me cago en la puta de oros… -suspiró. Nunca vi un rostro que reflejara tanta amargura e impotencia.
Las espaldas de los caminantes estaban a punto de perderse ya en una vuelta del camino. Era ahora, o nunca.
Ni siquiera pensé en la maza cuando eché a correr por el camino, con ligeros pasos. Burt y Linda corrieron tras de mí.

2 comentarios:

morouuu dijo...

Mmmm, se pone interesante...
Pervertido, pero romántico:¡exacto!

mada4r dijo...

Muy bueno, Alvaruchi

FELIZ AÑO CIELO!
el pròximo capìtulo espero leerlo el año q viene.
Besito!

 
Free counter and web stats