lunes 27 de octubre de 2008

Parásitos. Capítulo Vigesimoprimero.

Creo que, exactamente, las palabras que pronunció Deenah cuando lo sacudí con gozo para despertarlo fueron graf, orj y ñahm. Un gordo políglota, lo que me faltaba por ver.
Lo dejé recuperando el sentido de su existencia y me acuclillé junto a Linda. Maldita perra, incluso durmiendo me provocaba un arrebato al alma. Tenía las manos formando una pequeña almohada bajo su mejilla, y de la boca entreabierta le salía un finísimo hilo de saliva que se perdía en la curva de su mandíbula. Deseé de pronto acercar mi rostro al suyo y pasar la lengua por ese reguero de su esencia; estaba tan guapa, ahí dormida, ajena a la maldad que sus ojos reflejaban cuando estaba despierta… Pero no me atreví, por supuesto. La despertaría, si realizaba aquella estupidez; y entonces, que Dios se apiadara de mi alma.
Tardé un poco en decidir qué parte de su deliciosa anatomía agarrar para menearla. Me decidí por el hombro, tras desechar amargamente un pellizco en la nalga (a ver si era tan dura como parecía). En cuanto mi mano se apoyó en su hombro, ella abrió los ojos y se incorporó como un rayo. Yo me eché hacia atrás; a punto estuve de caer sentado.
-¿Qué hace usted? –me preguntó, como si fuera consciente de los pensamientos que me rondaban la mente unos momentos antes.
-Joder, señorita Hart. Sólo iba a despertarla.
Miró hacia los lados. ¿Qué clase de mujer era, que regresaba del mundo de los sueños sin un ápice de modorra en sus ojos?
Se sentó y se sacudió el dorso de la mano, donde tenía clavados varios trozos de hojarasca.
-Pues ya estoy despierta. La próxima vez, le agradeceré que me hable para ello. No tiene ninguna necesidad de tocarme.
-A sus órdenes, señorita Hart. Siempre a sus órdenes –dije, molesto.
Ella no me respondió. Se levantó y miró hacia Deenah, quien, al parecer, había decidido que no le resultaba posible arrancarse al sueño y se había quedado dormido otra vez en una nueva postura.

Tras una serie breve de remeneos, por fin conseguí que Deenah dijera algo consciente, aunque sólo fue capaz, durante un rato, de abrir el ojo izquierdo.
-Ah, vale, bien… No estamos en el acantilado, ¡menos mal!
No quise preguntarle acerca de sus sueños porque me importaban aproximadamente un pito.
-Un poco más abajo corre un riachuelo, por si queréis lavaros la cara un poco. Os lo recomiendo, la verdad: llevo un buen rato despierto, y tengo que contaros algo.
-¿Qué ha sucedido? –me preguntó Linda al instante. Deenah parecía más interesado en localizar algún arbusto cargado de moras, o algo así.
-Os lo digo cuando os hayáis refrescado.
-¡No me venga con gilipolleces! –espetó Linda, y mi asco por ella regresó en tromba.- ¿Qué pasa? ¿Qué ha visto?
Vi que Deenah se dignaba también a prestarme atención, así que me encogí de hombros.
-Está bien.

Les conté mi encuentro con Marcelo, y solté toda la información que me había facilitado. No encontré ningún motivo para guardarme nada: ya que la situación en que nos encontrábamos era decididamente peligrosa, preferí que estuvieran preparados. Ambos parecieron aún más sorprendidos que yo, pero me satisfizo comprobar que no dudaban de mi historia. Algo era algo. No sé hasta dónde me hubiera masticado los dedos si Linda me regalaba una de esas miradas suyas de incredulidad autosuficiente.

Cuando terminé de hablar, Linda miró hacia las montañas, aunque desde el claro no se veía más que el cielo gris.
-Tenemos que conseguir ropas de cíclope –dijo, pensativa-. No me veo capaz de matar a uno de ellos.
No la creí. Estaba bastante seguro de que, cuando llegara el momento, no sólo sería capaz, sino que incluso disfrutaría con ello. En tal estima tenía a la señorita Hart.
-Estamos ya en territorio cíclope, según Marcelo, ¿no? –preguntó Deenah-. Menos mal que no nos han sorprendido durmiendo. No me hago a la idea de que los hermanos de los que tenemos en la embajada sean violentos. Pero vuelvo a decirlo: si nos encontramos con uno, ¡me lo como yo antes! Ahora mismo me zamparía una vaca entera.
-Vamos a ir moviéndonos –dije-. Si tenemos suerte, llegaremos al Krut antes de que se les abra el apetito. Ya tendrás tiempo de ponerte morado a croquetas en la embajada, Burt.
-Depende –dijo él-. Estoy pensando que, cuando lleguemos a una de esas granjas, me voy a cocinar una oveja. Yo también soy carnívoro.
-Ellos seguramente más que usted–dijo Linda-. Comeremos lo que encontremos por el camino y punto. No nos quedaremos en este mundo más de lo necesario.
De pronto se me ocurrió una pregunta para ella.
-Señorita Hart: Marcelo nos dijo que era esencial que la existencia de este mundo se mantuviera en secreto, sobre todo para los políticos. ¿Qué piensa escribir en su informe, cuando regresemos?
Sonrió hijoputescamente.
-Eso ya lo decidiré cuando estemos de vuelta.
Me puse rojo de rabia.
-Marcelo nos ha ayudado cuanto ha podido. ¿No cree que le debemos un favor?- Me costó separar los dientes para formular la pregunta.
-Le repito que eso ya lo decidiré yo.
Algo se me nubló entre los plieguecillos del cerebro, y no pude resistirlo.
-Zorra –dije.
Me miró muy seriamente.
-¿Qué ha dicho usted?
-Zorra –repetí, y me adelanté un paso hacia ella. En aquel momento no me hubiera importado pegarle un puñetazo en su recta y hermosa nariz. Hubiera disfrutado como nunca al ver cómo se le torcía en la cara. Deenah, sin embargo, saltó frente a mí y me puso las manos en el pecho.
Danny Boy! –exclamó-. Tranquilicémonos, ¿eh? Por favor.
Miré a Linda por encima del hombro de Burt y vi, menos mal, que aunque me miraba con odio, al menos no sonreía. La hubiera matado, seguramente, de haberlo hecho. Ni Deenah ni pollas. Ya estaba harto de esa mujer.
-No sé cuánto tiempo más voy a soportar sus chulerías, señorita Hart –dije, y esperé darle a mi voz el tono de amenaza necesario.- Será mejor que deje de hacer el imbécil mientras estemos en este mundo, si quiere regresar. Se lo advierto. Ya me ha inflado usted los huevos más allá de lo que me cabe en el escroto.
Me devolvió la mirada.
-No me da usted el más mínimo miedo –dijo, pero acto seguido se dio la vuelta y echó a caminar. Pasó el momento de furia, y percibí el suspiro de alivio de Burt.
-Así no vamos a poder hacer nada –me dijo en voz baja.- Aguántala, al menos hasta que hayamos regresado. Luego, si quieres, te la sujeto encantado mientras la degüellas.
Solté una carcajada. Linda se perdió en un vaivén del camino.
Qué sola iba.

Anduvimos unas cuatro o cinco horas, hasta que Burt, para su jolgorio, encontró su matorral de moras. Ya habíamos penetrado en el valle, y a ambos lados, por encima de los árboles, podíamos contemplar la inmensa mole de las montañas, cuya presencia se hacía respetar por el mero hecho de llevar allí tanto tiempo. Una cosa que no le había preguntado a Marcelo era si estábamos en Grecia, o lo que era Grecia hacía milenios. Supuse que sí; ¿existirían todavía estas montañas, estos bosques, o habrían sido ya modificados por la mano, casi siempre destructiva, de nuestros compadres humanos? Me prometí a mí mismo, mientras observaba a Burt llevarse a la boca puñados enormes de negras y jugosas moras, que si conseguía salir de aquel mundo, realizaría un viaje de peregrinación a Grecia para honrar la memoria de los cíclopes que una vez la habitaron.
Linda no me dirigió la palabra en todo aquel tiempo. La sorprendí un par de veces mirándome, y me dio la impresión de que había algo más que odio. ¿Respeto, quizá? ¿Era una de esas personas que sólo entienden el lenguaje de la violencia, acaso? No quise hacerme ilusiones, conociéndola, pero sí me dejó anonadado descubrir que, en el fondo, sentía una cierta lástima por ella, a pesar de todo. Ahí estaba, fuera de su mundo, perdida como el resto, pero empeñada en mostrar ese rostro feroz con el que había funcionado en su planeta natal hasta aquellos momentos. Y de pronto, ya no le servía de nada. Estaba fuera de lugar, más incluso que Deenah o yo mismo. ¿A quién podría recurrir ella, sino a nosotros? No la veía haciendo buenas migas con los cíclopes, aunque, con Linda Hart, nunca se podía estar seguro de nada, por supuesto. Deseé con sorprendente fuerza que hiciera lo posible por cambiar de actitud.
Mientras me sacaba algunas semillas de mora de entre los dientes, empleando una aguja de pino que se quebraba constantemente, pensé que, quizá, aquel paso debía darlo yo.
Me acerqué, aprovechando que me daba la espalda en ese momento, y carraspeé. Se dio la vuelta. Le brillaban los ojos.
-Señorita Hart –dije, mostrándole mi mejor sonrisa diplomática-. Soy pésimo pidiendo disculpas, bien lo sabe mucha gente. Quiero que sepa que, lo que he dicho antes, ha sido sólo por el calor del momento. No quisiera que se preocupara, aunque me encantaría que pudiésemos comenzar de nuevo. Aquí debemos ayudarnos, ¿no le parece? ¿Acepta mis disculpas?
Durante un tiempo se limitó a observarme, y en ese brillo de sus ojos, ¿me equivocaba?, veía su deseo de arreglar las cosas. ¡Lo vi, ahí estaba, podría jurarlo!
Y por eso su respuesta me dejó anonadado.
-En lo más profundo de mi ano me guardo yo sus disculpas, mentecato.
Debí de poner una cara de payaso descomunal, aunque ella no vio mi feroz enrojecimiento, ya que se dio la vuelta y siguió hurgando en los matorrales. Sin embargo, Deenah sí que lo había visto todo, y escuché su resoplido de risa, mientras mi cerebro pugnaba por salírseme a través de la nariz.

Llegamos, una hora después, a una pared lisa, uno de los contrafuertes de la base de la montaña que dejábamos a nuestra derecha. A medida que íbamos caminando, la pared iba perdiendo altura, y pronto pudimos acceder a la primera plataforma uniforme rocosa que pisamos en aquel mundo. Era una novedad que agradecíamos, ya que sobre ese suelo, la cantidad de vegetación era mucho menor y, por lo tanto, el camino se hacía mucho más fácil.
-Bendita sea la madre Tierra –suspiró Deenah.- Tiene huesos fuertes.
El sendero volvía a elevarse, muy paulatinamente, y pudimos obtener una nueva vista del valle, aunque no demasiado clara. Allí estaban los millones de árboles, y vimos una línea que corría hacia nosotros desde Dios sabía dónde. Un río, y bastante ancho, al parecer. Pero, por más que buscamos, no pudimos captar un claro lo suficientemente grande junto a la montaña que nos pudiera indicar dónde estaba exactamente la ciudad de los cíclopes, y por lo tanto el Krut. El bosque era demasiado frondoso.
-Parece que nos queda aún mucho camino por recorrer… ¡Y yo pensaba que ya casi habríamos llegado! ¿No creéis que va siendo hora de preparar un descanso? –propuso Burt, rojo como cada vez que hacía un esfuerzo mayor que el que le suponía levantar la mano hasta su nariz para rascársela.
Linda señaló hacia un recodo, tras el cual el sendero desaparecía, unos treinta metros más adelante.
-Avancemos un poco más. Puede que detrás de esa esquina la vista sea mejor que desde aquí.
Obedecimos a regañadientes: Burt, por el esfuerzo de continuar. Yo, por no encontrar un motivo lógico para llevarle la contraria a la señorita Hart. Poco importaba ya, en realidad: había perdido el partido antes del pitido inicial.

Linda avanzó hasta que desapareció tras la esquina. Fuimos detrás, caminando lentamente, y en cuanto giramos el recodo, casi nos chocamos contra ella. Estaba rígida como una rama seca.
-Pero, ¿qué…? –me dio tiempo a preguntar.
Me chistó y me colocó su mano precipitadamente en la boca. A continuación señaló algo con un breve pero inequívoco temblor.
Burt miró con ojos de lechuza. La sangre que estábamos contemplando casi se reflejaba en la oscuridad de sus pupilas, a pesar de la distancia. Olía a hierro y a sal.
-Ahí tenemos al primero –dijo en un susurro.- Y parece que ya ha llegado la hora del almuerzo.

13 comentarios:

enagenaro dijo...

"En lo mas profundo de mi ano..."
jaja, que bueno y quhija puta la Linda...
I´m looking forward to 22 chapter.

mada4r dijo...

seguro q la linda es una cìclope disfrazada......
y llevarà el avecrem en los bolsillos....

oromoro dijo...

Tío, que es viernes!!! No quiero trabajar... Sube ya el del Duo Sacapuntas, mamónnnnnnnnnnn...
A que sí, mada4r, que este tio se hace de rogar...

mada4r dijo...

aquì estoy a la espera.......

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

¡Una cosita! No vale aliarse en mi contra, ¿ehee? Que entre tu látigo, Madaqúc, y tu perfil riego (sí, no me he saltado la g), Morei, me dais una paliza que no me levanto. Tengo que tener un cuento preparado para el día 5 y, para variar, me pilla el toro... ¡Misericordia!

mada4r dijo...

para el dìa 5 te dà tiempo a escribir 3 cuentos y dos capìtulos!!!

por cierto, respeta los 10 minutos entre cigarro y cigarro, ehhh????
y q es eso de q te pillaste la màs gorda?????
ainssssss...si esque no me puedo alejar de tì!!!!
tengo el làtigo desentrenado!!!!

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

¿Diez minutos? ¡Ya quisiera! Cinco, y a correr.
Y oye, ¡qué mal queda eso de que me pillé la más gorda! Aclara que se trataba de una borrachera, ¡muhé, que me crucifican!
Más Parásitos, en breve, de verdad de la güena.

chuzzzzzzzzz dijo...

¿Qu´e le dice un polic´ia argentino a Sito Pons cuando sobrepasa el l´imite de velocidad interurbana?

Par´a Sito Pons...

afksjñadkjañsdf

mada4r dijo...

jajajajajajaja

q bueno!!!!!

q sì, q sì....q fue una cogorza, q no fue a mì a la q me pillò......

Miki dijo...

Ja, ja, jaa! Sería la más escuchimizada, tratándose de quien se trata :P

Álvaro de la Riva Hengstenberg dijo...

¡JAJAJAJAJA! ¡Ojo con las croquetas! Mira a Deenah: se te quedan prendidas en la solapa, y luego las tienes que tirar porque se enfrían. ¡Y nuestras Mahous!
Por cierto, Morei, a Mada le ha encantao tu chiste; forgódseik, ¡mejor el del 600!

mororey dijo...

Ya que me lo pides. Ahí va (hoy sí me van las tildes, recristo!!!!)

Se abre el telón y aparece un 600 partido por la mitad. ¿Cómo se llama la película?

300

Es bueno, eh? jaja

Y otro de mi invención de hace mucho tiempo:

¿Cuál es el zumo favorito de Lady Di?

¡El de piña!

mada4r dijo...

juaaaaassssss!!!!!!!!!!

pero tu chiste me hace inventarme otro...
q pasa si el 600 no se ha partido del todo????

q es un "casi 300".......jajajajajaja
me meo yo sola......

 
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