No existió un camino propiamente dicho en aquella primera etapa. El suelo era arenoso, y aunque se elevaba hacia las colinas en una pendiente suave, sólo había rocas esparcidas aquí y allá, entre los árboles dispersos. Supuse que, cuando llegáramos a dichas colinas, y por supuesto cuando alcanzáramos los bosques de la falda de la primera montaña, nos encontraríamos con unos cuantos buenos pedruscos. Aquello me hizo echarle una mirada al calzado de Linda, pues temí que llevara aún puestos sus espantosos zapatos de tacón. Tuvo suerte, la maldita, al fin y al cabo: en algún momento entre nuestra partida y la suya desde la embajada, se los había cambiado por unas zapatillas negras de deporte. Aunque, bien mirado, es posible que la suerte fuera nuestra, pues no tendríamos que cargar con ella a causa de una torcedura o a un desgaste en su piel, debido al roce. Durante un buen rato caminé tras ella, dejando que mis ojos se regalaran con el vaivén de sus nalgas al apretarse contra la tela ligera de sus pantalones, pero al cabo de una hora dejé de interesarme… un poco.
A juzgar por la luminosidad, debían de ser las tres o las cuatro de la tarde. La temperatura correspondía más o menos al comienzo del otoño, así que supuse que, aunque quizá lejos, nos encontraríamos en una latitud similar a la de España.
No hablábamos mucho. La presencia de la señorita Hart nos cohibía, y la maldije una y otra vez por haberse entrometido en nuestros asuntos. Una sensación de derecho vulnerado me asaltaba cada vez que pensaba en ella. ¿Quién se había creído que era, para inmiscuirse así en nuestro trabajo? ¿Cómo haríamos ahora para sacar tajada del asunto, si pendía sobre nuestras cabezas la amenaza constante de una denuncia a Washington por parte de aquella golfa demente?
Como la sangre me bullía cada vez que pensaba en ello, decidí intentar dedicarme a disfrutar del paseo. Las cosas se habían desarrollado de aquella manera, sí, pero no todo estaba perdido. Hakuna Matata, que decían en aquella película que tanto le gustaba a Carmen. Por fin pude traducirlo literalmente: Laputa Delinda.
De vez en cuando veíamos unas bandadas de pájaros que volaban apoyándose en la brisa. La primera vez que los vimos, Linda soltó una exclamación.
-¿Veis? ¡Estamos en la Tierra! No tardaremos mucho en cruzarnos con alguien.
-Señorita Hart –dijo Burt con desesperanza-, en la Tierra hay todavía miles de kilómetros sin poblar.
Ella le dirigió una mirada de odio, pero sorprendentemente no dijo nada.
Había también alguna mosca rezagada, y hormigas que ultimaban la recogida de provisiones para el invierno, pero no vimos ningún animal más grande que un grueso escarabajo durante más o menos tres horas.
Y fue al cabo de aquellas tres horas cuando Deenah nos llamó la atención acerca de un hecho bastante sorprendente.
-Sé que estas nubes tan gordas no nos dejan ver el sol –dijo-, pero ¿no os parece extraño que no haya cambiado la luminosidad? ¿Es cosa mía? Parece que el sol no avance, ¿no?
Miré hacia las nubes. Eran oscuras y espesas, aunque no amenazaban con lluvia. Indudablemente el sol se escondía en algún lugar tras ellas, pero resultaba imposible determinar exactamente dónde. Era como una de aquellas tardes que despertaban la melancolía del penitente, siempre en pos del perdón de algún pecado o pecadillo, pero… ¿sería eterna, la tarde, en este caso?
Entonces se plantó la duda en mi mente: comencé a pensar, esta vez con más seriedad, en la posibilidad de que no hubiéramos caído en la Tierra, al fin y al cabo. Porque Deenah tenía razón: llevábamos ya caminando el tiempo suficiente como para que la luz del día hubiera cambiado, quizá incluso para que se hubiera esfumado. Sin embargo, ahí estaba. Y sabía que era un proceso difícil de captar con los sentidos, el de la puesta de sol, debido a la lentitud con que se lleva a cabo. A menos que estés pendiente de ella, es casi imposible apercibirse de los sutiles cambios de luz.
Pero aquí no. En este mundo, no. En el mundo de Juan y sus colegas no existía el día ni la noche…
…Y él ya me lo había dicho.
Me asaltó un escalofrío repentino, como si alguien me estuviera cortando con un hielo afilado a lo largo de la columna vertebral. ¿Qué clase de mundo no gira alrededor de un sol? ¿Y toda aquella vegetación, como había advertido antes Linda, de dónde salía? ¿Y la brisa? ¿Y los animales, tan similares en todo? ¿Y las olas rompiendo en la arena blanca? No, era imposible. Imposible.
Y, sin embargo, era. Decidí no pronunciarme hasta haber dejado que transcurrieran otras tres o cuatro horas. Era un pensamiento tan espeluznante que no quise precipitarme.
Sin embargo, Linda sí que tuvo algo que decir.
-¿Qué tontería es esa? –exclamó.- El sol está detrás de las nubes, como siempre. ¿Está bromeando, o es que no rige bien su cerebro?
Capté que parte de su burla era genuina, pero percibí claramente que otra parte de su mente, quizá la que empleamos como recurso en momentos de peligro o confusión, se había puesto alerta ante la observación de Burt.
Él pareció algo molesto.
-Señorita Hart, sólo comento la impresión que me da. Eso no quiere decir que sea acertada, ¿no? ¿Acaso el sol no tarda días enteros en ponerse en los polos, por ejemplo?
-Sí, esto es igualito que el Polo Norte –murmuré, aunque procuré que no les llegara mi comentario.
-Bah –espetó Linda, y con aquella escueta sutileza dio por terminada la conversación.
El camino fue haciéndose poco a poco más dificultoso, aunque no hasta el punto en que debiera preocuparnos, al menos antes de que alcanzáramos la linde del bosque. Allí el paso sería más duro, no sólo por la vegetación, sino porque, quizá a un par de kilómetros de espesura, las faldas de las montañas se harían bastante empinadas. Trataríamos de abrirnos paso por el valle que se abría entre las dos primeras, con la esperanza de que el terreno no se hiciera demasiado cuesta arriba.
El mar lo íbamos dejando atrás, a nuestra derecha. Aún se podía percibir el chillido de las gaviotas, afanadas en hacerse oír por encima del oleaje. Y cubriendo a éste, mis pensamientos: no, de ninguna manera aquello podía ser otra cosa que nuestro planeta Tierra. Pero, entonces, ¿qué era aquella sensación que me invadía, como de irregularidad, de paradoja? Algo olía a podrido, y dudaba mucho que nos encontráramos en Dinamarca.
Llegamos, al cabo de una hora y media más o menos, a la primera agrupación de árboles que precedía al bosque en sí. Deenah se acercó a uno de ellos y alargó la mano regordeta hacia sus ramas más bajas.
-Mirad –dijo.- Si esto no son pinos, me corto los cojones ahora mismo y me los como crudos.
-Ya puedes empezar –dije ante la evidencia de que sí lo eran, obviamente. El olor, el color y el aspecto del lugar eran como el de cualquier bosque mediterráneo.
-Eso zanja, espero, la cuestión de en qué planeta nos encontramos –dijo Linda, con mirada triunfal.
-Sí, creo que sí –contesté-. Pero todavía no sabemos por qué la tarde sigue alargándose y alargándose. Eso es lo que me come la cabeza.
-Y a mí –dijo Burt.
Ella meneó la cabeza.
-Bueno, según mi reloj, son las cinco y media de la madrugada. Con estas nubes no podemos saber si es por la tarde o por la mañana.
-A mí me da la impresión de que es por la tarde –dije-. Por la luz y por el aire, no sabría decirlo más claramente. Y del mismo modo, sé que la tarde no avanza.
La señorita Hart me dedicó una meditabunda mirada de las suyas.
-Bueno, Daniel, dentro de unas horas comprobaremos si tiene usted razón.
Miró hacia el bosque, que se agitaba sutilmente a capricho de la brisa, y emitía los sonidos típicos de un bosque cualquiera.
-No me parece buena idea –continuó- penetrar demasiado en el bosque. Sin sol, va a resultar muy difícil orientarnos. Caminaremos sólo un par de horas, y si no hallamos nada que nos dé una pista de dónde estamos, o de cómo regresar a casa, desandaremos el camino y volveremos junto al Krut. Si nos sorprende la noche no dejaremos de caminar, ¿de acuerdo? No sabemos qué bestias salvajes viven por estos lugares. Prefiero acampar en terreno abierto.
-Me parece muy bien –dije-. Pero, ¿y si no se hace de noche? ¿Y la cena? ¿Y el agua?
-Algún arroyo habrá, por lo menos. Y seguro que encontramos moras, castañas o lo que sea, para pasar esta noche. Habrá que apretarse el cinturón.
Deenah exhaló un poco disimulado suspiro de resignación.
-Mierda –dijo-. No soy yo mucho de castañas. Ojalá que nos encontremos con algún compatriota de los extraterrestres, si es que viven por aquí. Me pienso comer entero a uno.
El bosque nos envolvió casi sin que nos diéramos cuenta. En un momento, todo a nuestro alrededor se había convertido en un antiguo templo natural, con sus troncos retorcidos, sus abundantes helechos y sus enredaderas que se retorcían al tratar de trepar sobre cualquier cosa que se elevara más de un metro del suelo. La brisa se había calmado un tanto, y ahora notábamos un calorcillo que nos obligó enseguida a anudar nuestras chaquetas de entretiempo a la cintura.
Por doquier se escuchaban furtivos escarceos, criaturas que huían a nuestro paso, o bien aterrorizadas, o simplemente posponiendo el momento de la cena. No llegamos a ver a ninguna de ellas, si bien Deenah afirmó en un momento, sobresaltado, que le había parecido ver cómo dos ojos rojos se retiraban apresuradamente en la espesura, al descubrir que habían sido localizados.
-Ha durado sólo un segundo –dijo, jadeando-, pero joder, estaban ahí. ¡La hostia, qué susto!
-Sería un ciervo –comenté con humor. –Uno de esos famosos ciervos mutantes asesinos de Mundonublado.
-Que te jodan, Danny Boy.
La caminata por el bosque se alargó más de lo que planeamos al principio. Por fortuna, encontramos varios arroyuelos que nos saciaban la sed de vez en cuando. Linda avanzaba con el labio estirado en una mueca de cabezonería, quizá debida a su esperanza de encontrar gente en aquel lugar. Por nuestra parte, tanto Deenah como yo creíamos poco probable que se produjese tal encuentro, y nos bastaba compartir una breve mirada de vez en cuando para expresar las dos ideas fundamentales que nos rondaban la cabeza: aquí no hay nadie, y el sol no avanza.
En efecto, durante los intervalos en los que el cielo se dejaba ver a través de las copas de los árboles, podíamos constatar que la luminosidad del día no se estaba modificando. Pero cada vez que alguno de nosotros iniciábamos un amago de consejo destinado a una media vuelta a tiempo, Linda fruncía el ceño.
-Sólo un poco más –decía. –Ya no puede quedar mucho.
No acabo de entender porqué no la dejamos allí, avanzando sola a su capricho; pero la seguimos hasta que nos dolieron los pies. El efecto de vivir siempre la misma hora vespertina resultaba curioso: estoy casi seguro de que, por las horas que llevábamos sin detenernos, de haber sido de noche nos habría invadido una modorra con todas las de la ley, y hubiéramos acampado en cualquier claro. Sin embargo, nuestras mentes no lograban sustraerse a la sensación de que, en realidad, llevábamos poco tiempo en marcha.
-Esto no puede ser sano, Daniel, de ninguna manera –me comentó Deenah mientras atravesábamos un riachuelo por encima de unas rocas. Su rostro estaba casi amoratado por el agotamiento.
-Vamos, Burt –le dije-. Seguro que no te viene nada mal hacer un poco de deporte.
-Deporte, y una mierda. ¡Eh, señorita Hart!
Linda, que ya había cruzado y nos sacaba unos diez metros de ventaja, se detuvo y se giró en silencio. También ella parecía cansada. ¿Qué aspecto tendría yo?
-Escuche –voceó Burt.- Yo no aguanto más. En el próximo claro me voy a detener a descansar, le guste o no. Y cuando haya recuperado algunas fuerzas, voy a buscar bayas, nueces o lo que sea, y después me echaré una siesta. Usted puede seguir cuanto quiera, pero conmigo no cuente, ¿me ha oído?
Linda me miró, y me sorprendió al preguntarme:
-¿Qué dice usted, Daniel?
No me esperaba, desde luego, que esta mujer llegara a tener la inmensa amabilidad de preguntarme mi opinión. Me pilló de tal forma por sorpresa, que agradecí estar ya previamente ruborizado. Recordé entonces que llevaba sin dormir desde aquella mañana, a lo que había que añadir la borrachera del día, más las horas caminadas en aquel extraño mundo sin sol. De pronto se me echó encima todo el agotamiento, sin previo aviso, y deseé estar en mi sofá, con Tetis a mis pies, viendo cualquier película de mierda de ésas que suelen echar en la tele.
Hubiera dado cualquier cosa en aquel momento por un masaje de Carmen. Por un beso suave en mi cuello dolorido.
-Estoy de acuerdo con Burt. No puedo dar un paso más.
-De acuerdo, entonces.
Y así lo hicimos. De haber sabido que aquel sueño (bien podría llamársele siesta) iba a ser el último tranquilo en una buena temporada, seguramente lo habríamos disfrutado más.
Porque al día siguiente se produjo un desagradable encuentro, en nada parecido al de las evanescentes promesas de doña Linda Hart.
martes 14 de octubre de 2008
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2 comentarios:
Qué agradable es pasarse por aquí a ver si han contestado mi comentario y encontrarse con una nueva actualización :)
la verdad es q esta vez te has dado prisa, Alvaruchi!!
estas q te sales!!!!!!
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