domingo 19 de octubre de 2008

El abrazo perdido

¿Para quién, si no?

Después de planear cuidadosamente todos los pasos, el chico se decidió por fin y se acercó a ella por detrás.
La agarró por la cintura y apretó su pecho contra su espalda. A continuación ella se giró y se besaron de pronto, ella de puntillas, las bocas abiertas, el contacto establecido en un ritual que, aunque no era la primera vez que lo llevaban a cabo, siempre era fresco, siempre era nuevo. Alejaron la muerte de sus mentes y se entregaron a la frescura de la noche, que prometía otros placeres, diferentes y no menos deseados. Se cogieron de la mano y penetraron en la casa.
El chico observó la espalda de ella, e incluso llegó a levantar un poco el brazo, pero finalmente no se atrevió. Cerró los ojos un instante, con fuerza, y maldijo en silencio. El hecho de que no llegara a acariciar su pelo no implicaba, en absoluto, que no deseara perderse en él.
Se dio media vuelta y abandonó el jardín mojado por la lluvia. Pensó que le sentaría bien una copa.
 
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