Dios se llamaba José Luis, aunque ni él mismo sabía que era Dios. Se trataba de un simple currante, un hombre cualquiera de una ciudad tan gris como todas, cuya vida transcurría por unos senderos zigzagueantes y precipitados. Como cualquiera, vamos.
Llegar cada mañana a la oficina y sentarse en su absurda silla significaba poco más que le esperaba una porquería de día. El hilo musical, idea sin duda de uno de los tipos de la sección de Bienestar, repetía el mismo CD de Wagner una y otra vez, una y otra vez. José Luis lo odiaba con toda su alma. ¿Tanto costaba pulsar el botoncito y cambiarlo? Llevaba la cuenta: cuatro meses y trece días de tortura nibelunga. Jesús, ¡cómo pasaba el tiempo!
Querido J.L.: ya no te aguanto ni un minuto más. Me marcho.
Sobre su mesa había una pila de documentos, resguardos y fotocopias, que tendría que poner en orden antes de las cinco, si quería salir a su hora: imposible. A veces ojeaba su contrato y se maravillaba de que no existiera un solo día en el que hubiera regresado a su casa cuando éste lo estipulaba. Pero en realidad, ¿le importaba aquello? ¿Qué le esperaba en casa? Una cena de microondas, y un rato de estúpida televisión antes de acostarse. Las cosas eran diferentes antes. Oh, sí, cuando ella aún lo soportaba, la vida era magnífica. Todos los sueños y las ilusiones se habían desvanecido a medida que el trabajo iba convirtiendo a José Luis en un autómata civilizado, y su mujer iba dándose cuenta poco a poco de que él ya no era un hombre distinto a los demás. Él tardó más en advertirlo, pero cuando leyó su nota no sólo se dedicó a rumiar su amargura. Para su desdicha, lo comprendió perfectamente. Él no había cumplido su promesa, y ella se había cansado de esperar. Así de sencillo.
He conocido a un hombre. Me recuerda a ti hace pocos años, no sé si esto te consolará... pero voy a mudarme con él. Llevamos tres meses viéndonos, y creo que me he enamorado. Me siento viva otra vez.
Por la puerta abierta de su despacho se colaban retazos de conversaciones de otros oficinistas, al parecer más ociosos que él. José Luis pegó un grito.
-¡Cerrad la maldita puerta!
Y, como nadie le hizo el más mínimo caso, se levantó y la cerró él. Si sólo pudiera hacer lo mismo con el maldito hilo musical...
Regresó a su mesa y hurgó en el último cajón. Allí tenía guardadas dos cosas bajo llave. Ambas eran terribles.
Sacó primero la foto de su esposa: por Dios, qué hermosa estaba ella aquel día. La sonrisa que le dedicó a la cámara lo tenía absolutamente arrebatado.
No quiero volver a verte, así que me llevo algunas cosas, y el resto puedes quedártelas. Espero que la vida te sonría, como a mí. La felicidad, J.L., hay que buscarla, te animo a que lo intentes. Ojalá que la encuentres pronto. Adiós.
Sacó el segundo objeto. Lo sopesó unos instantes, lo justo para comprender porqué lo escondía ahí, precisamente junto a la foto de Claudia. Lo acercó a su boca, y sin más momentos de duda, seguro de algo por primera vez en muchos años, apretó el gatillo y murió como hombre.
Entonces lo recordó todo con un fogonazo, mientras regresaba a su trono celeste y la Divinidad lo llenaba de nuevo. Satanás lo esperaba, sonriente, y Dios lo maldijo en su interior.
-Me parece que has perdido la apuesta, ¿verdad?- preguntó, con ese brillo irónico en los ojos que Dios había aprendido a odiar. Satanás siempre había sido un perfecto hijo de la perra de Babilonia.
-Hasta los cuarentaicuatro- respondió Dios, derrotado. Había perdido, sí. Mientras estuviera en la Tierra, no podría ser consciente de su Divinidad. Pero ahora que podía rememorar cada oscuro recoveco de la vida de sus criaturas, comenzó a temblar, y una fina película de sudor le cubrió la inmaculada frente. Satanás se reía mientras tanto, feliz en su jactanciosa seguridad.
-¿Quieres repetir la apuesta? Doble o nada.
Dios no pudo dejar de temblar. Se pasó la mano por los cabellos que flotaban en el éter.
-¡Nunca más!- dijo, aterrado-. Nunca más.
martes 20 de mayo de 2008
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