miércoles 21 de mayo de 2008

El Roedor de cuentos

La Musa se acercó a mis padres cierto día de invierno, y fui concebido y formado a lo largo de tres días de intensa inspiración. Como aquel bardo que rasguea casualmente su laúd, y halla una combinación de notas que lo llevan a crear su obra más íntima, así nací yo, de una frase en apariencia sencilla, pero que abrió las puertas de un territorio hasta entonces desconocido, lleno de promesas y vacío de convención.
Mi madre era una hoja de papel, y mi padre un bolígrafo. Ambos se unieron una tarde ventosa y melancólica, merced a esa vieja alcahueta llamada Autor, y me dieron forma con el mimo más delicado que un hijo pueda desear. No hubo distracciones de ningún tipo a lo largo de aquellos días en que me arrancaban de la nada a través de suaves trazos y largas miradas que se perdían en el infinito. Y cuando por fin estuve terminado, mis padres se recostaron y me observaron con gran satisfacción.
Era, sin duda, hermoso. Un cuento de amor cuyo argumento atacaba directamente esa glándula escondida que alberga el alma. Las pretensiones eran sencillas, mil veces desarrolladas en hermanos que nunca conocí, pero revestidas con una sinceridad que no siempre mis dos progenitores conseguían alcanzar, o atisbar siquiera.
Y me supe querido por ellos, y henchido de orgullo les permití hurgar en mis entrañas tantas veces como gustaran. No fueron pocas las ocasiones en que lo hicieron, mostrándome más adelante a ojos ajenos, que suspiraban al notar cómo las palabras que conformaban mi esencia les inundaba el espíritu de una serena calma.
La felicidad y una férrea seguridad en mi capacidad de trastornar los corazones me convirtieron en el más satisfecho de los cuentos. Nunca caí en la vanidad, no al menos en esa facción que se aproxima peligrosamente al pecado, pero sí gocé de cada comentario que escuchaba, en boca de aquellos que me dirigían las palabras más elogiosas. Pronto me fue mostrada la horma de mi zapato.

Pues entonces apareciste tú, envuelto en un halo de sabiduría mal encauzada, adalid del buen gusto y profeta en los territorios superpoblados de la palabrería vana. Viniste armado con un afilado bisturí, y sin compasión alguna te propusiste desmembrar mi cuerpo a través de las páginas en que había sido copiado con tantísimo cuidado. El ensañamiento con que te mostraste me hizo pensar en un alma desolada, en un absoluto vacío al que te habías entregado por algún resentimiento que no podía llegar, ni por asomo, a imaginar. Apelaste a antiguos dioses de la literatura, cuyos ecos aún se retuercen entre los folios polvorientos de las bibliotecas, y poco a poco, como en la autopsia de un hombre que aún no ha fallecido, me sacaste las tripas y me las pusiste delante de la nariz, por permitirme contemplar cuán negras podían llegar a ser.
No grité, puesto que la seguridad en la genética de mis padres era tal que no podía temer, ¡insensato de mí!, que alguien llegara a prestar atención a tus barbaridades. Mi talento heredado me permitió descubrir tus intenciones al instante, aun sin haber conocido nunca a ninguno de los tuyos. Tu retórica se aplicaba exclusivamente a llevar la contraria, a maldecir las bendiciones que me otorgaban la categoría de simple cuento de amor. Y sentí lástima, porque comprendí que las verdaderas vísceras negras se ocultaban en tu estómago, no en el mío.
Pero resultó que tus balbuceos encontraron oídos bien dispuestos. Arruinaste mi intención de conmover, o de entretener siquiera, adjudicándome unas aspiraciones que yo jamás había tenido. ¿Por qué tuviste que empecinarte en esas mentiras, aludiendo a mis pretensiones, y comparándome y ridiculizándome con otros ejemplos de los que yo ni siquiera había oído hablar? ¿Por qué ese empeño en mostrarme desnudo, si yo nací ya vestido de palabras hermosas? De pronto, aquellos que alguna vez me habían amado, que habían sentido algo al atisbar en mis palabras, y que habían respondido positivamente a mi única esencia, que era invocar lo bello, se descubrieron a sí mismos dando pie a tus teorías insensibles, a tu odio inmortal. Y todo aquel que había sonreído conmigo me ofreció, a partir de entonces, una mueca feroz, contagiada de ese veneno con que impregnaste tus malévolas ideas de ruina.
Aquí me dejaste, solo, encerrado en un cajón. Mis padres no sobrevivieron a la dura prueba, y a partir de entonces no pudieron más que esbozar penosos y amorfos abortos, mientras tú te reías en tu covacha, donde las estalactitas, que penden sobre tu cabeza como la espada de Damocles, acabarán sellando tu destino, haciéndose un hueco entre esas ideas malsanas que recorren como un virus la totalidad de tu cabeza.
Porque el otro día, alguien me desplegó, casi por casualidad, y, virgen de tus pataleos, me leyó. Y mis palabras calaron hondo en su tristeza, y de nuevo volví a sentir esa dicha de los viejos tiempos. Supe entonces qué elección haría la Musa, serena y alegre; pues, mientras tus palabras rencorosas están destinadas al olvido, las mías llegarán a formar una simple, pero hermosa, constelación en el pequeño firmamento del cuento sin aspiraciones.
 
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