El Ritual de los Hornos.
Hubo un forcejeo. El cadáver se agitaba frenéticamente sobre el muchacho y soltaba dentelladas una y otra vez, dirigidas no a un punto concreto, como haría un perro o una fiera salvaje, en busca de una rápida victoria, sino a cualquier zona que quedara al descubierto. Hyasu, por fortuna, aunque acababa de demostrar que la espada no era lo suyo, contaba con la rapidez de reflejos de la juventud, y milagrosamente apartaba el brazo y el hombro en el momento justo para que el muerto no acertase su objetivo.
Marco tuvo un par de segundos de indecisión antes de convencerse para usar el cuchillo. Temía que, de descargar un golpe, este fuera destinado involuntariamente al chico y no al cadáver, debido a la gran cantidad de manoteos y aspavientos de ambos. Así que, mientras Hyasu se debatía, rodeó la escaramuza y buscó un momento adecuado para clavar su cuchillo.
-¡Marco! ¡Dale, Marco, haz algo! ¡Por los dioses, cómo apesta! –exclamó Hyasu en un momento en que sujetaba el cuello del monstruo y alejaba la cabeza podrida a duras penas. Con horrendos gemidos, los dientes seguían intentando clavarse en él.
-¡Voy! ¡Mantenlo así, Hyasu!
Y sin pensárselo más lanzó el brazo armado y clavó el cuchillo en el cogote de la criatura. Esta tuvo un momentáneo espasmo como de sorpresa cuando la punta asomó por su garganta, a un centímetro de la mano de Hyasu. La cabeza medio pelada se meneó, y por un momento Marco pensó que se derrumbaría. Hubiera sido lo lógico. En lugar de hacerlo así, el muerto se recuperó de pronto, bajó la cabeza como un rayo, liberándose de la presa de Hyasu en su cuello, y todo lo que pudo hacer el chico fue interponer el antebrazo para evitar que el mordisco le arrancara la nariz.
Ñac.
-¡Ah! –gritó Hyasu y arrancó el brazo de los dientes negros como pudo. La tela no se rasgó, pero quedó empapada en una hedionda baba. De haber tenido el brazo al descubierto, probablemente hubiera perdido un buen trozo de carne.
Marco, al ver que su ataque no había surtido el más mínimo resultado, agarró de nuevo el mango de hueso de su cuchillo y tiró fuertemente hacia un lado para liberarlo. La carne del cuello de la criatura cedió al impulso y se abrió en una enorme herida que dejó escapar un líquido oscuro en un formidable chorro. Un gemido de tono diferente se escapó del monstruo: más sorpresa que dolor, hubiera jurado Marco.
Hyasu aprovechó la momentánea distracción para quitárselo de encima con un golpe de caderas. El muerto cayó boca arriba, y mientras el chico recuperaba el equilibrio y se levantaba con expresión de asco, Marco se abalanzó hacia la cuenca vacía del ojo (en efecto, no vacía, puesto que eran realmente gusanos las cosas que habían anidado allí) y descargó el cuchillo sujetándolo con ambas manos. Notó la resistencia que opuso el hueso, saltaron varios gusanos, Marco aplicó su peso, se rompió el hueso, y luego el cuchillo se abrió camino libremente por el interior del cráneo del muerto, avanzando a través de la materia gris, hasta encontrar la parte posterior de la cabeza. Allí se detuvo.
El muerto abrió mucho el otro ojo, exhaló un apestoso suspiro que dio de lleno en la cara de Marco, y por fin, tras un intenso espasmo, se quedó definitivamente inmóvil.
Durante un buen rato, Marco, presa de unas náuseas que a duras penas era capaz de contener, pensó seriamente si debía o no recuperar su cuchillo. Finalmente, mientras a su espalda Hyasu jadeaba aterrorizado, decidió extraer el arma del cuerpo. Era un regalo de Mawt.
Apoyó su pie en la cabeza y tiró del mango con fuerza. Con un sonido horripilante el cuchillo salió, como si rascara una pared, y en un principio la cabeza del monstruo se levantó, aunque sólo para caer con un golpe seco cuando la hoja se desprendió del todo.
-Agh –dijo Hyasu, y vomitó por fin.
-Déjame ver ese brazo –pidió Marco con expresión grave.
-No es nada.
-Déjame ver.
Hyasu le permitió remangarle la tela y dejó al descubierto un brazo flaco y blancuzco. Un intenso cardenal con forma de dos medias lunas lo decoraba donde el muerto había mordido. Por varios pequeños puntos sangraba.
-Oh, mierda… -dijo Marco.
-¿Qué? –preguntó Hyasu-. Lo lavamos un poco y ya está.
-Hyasu… Te ha mordido. Pronto serás uno de ellos.
Los ojos del muchacho se abrieron desmesuradamente.
-¿A qué viene esa chorrada?
-¡Te han mordido! ¿No lo ves?
-¿Y qué?
-Pues… Te convertirás en uno… Quiero decir, eso es lo que suele pasar, ¿no? Que te muerden y te conviertes.
Hyasu lo observó con franco pasmo.
-¿Y de dónde te sacas esa estupidez?
-Bueno, no sé… Te pica, ¿no? ¿Tienes mareos? ¿Sudores?
-¡Acabo de echar toda la cena! Déjate de gilipolleces y ayúdame a lavarlo, ¿eh? Esos dientes tan negros tienen que ser portadores de malos espíritus.
Marco, sin estar del todo convencido, hizo lo que Hyasu le pedía. Abrió el pellejo y derramó abundante agua mientras el chico frotaba la herida con unas hierbas que llevaba en un bolsillo.
-Echa, no escatimes. Ahora lo rellenaremos en el río. Así… Será suficiente. Gracias.
A continuación Hyasu desgarró un trozo de tela de su capucha y pidió a Marco que la atara fuertemente sobre el rasguño.
-La presión hará que la esencia del Afhem penetre bien. Gracias.
-¿Algo más?
-No. Bueno, ¿qué tal un desayuno?
-¿Tienes hambre? –se asombró Marco.
Media hora después se pusieron de nuevo en camino. Marco, con toda una mitología falsa dando vueltas en su mente, no paraba de mirar hacia Hyasu, convencido de que pronto vería algún síntoma de la conversión en muerto viviente. Pero parecía marchar todo correctamente. Al menos el mordisco recibido parecía haber cortado la cháchara constante de Hyasu… un poco.
Las montañas fueron acercándose paulatinamente, según iban acortando la distancia, aunque no era apreciable en un proceso. Marco jugó a mirar al horizonte únicamente tras largos periodos, con lo que la impresión de que se acercaban a Domova era mayor. El paisaje era más o menos igual que el día anterior, aunque había cada vez más árboles a medida que recorrían kilómetros y kilómetros. Poco antes de la caída de la tarde pudieron divisar unas construcciones de adobe con techo de paja. Se trataba, probablemente, de granjas sujetas a la soberanía de Domova, bastante separadas entre sí, cada una con un cercado de piedra que delimitaba un terreno apropiado para pasto, más que para cultivo. Los grandes campos de siembra se extendían aún más al este, pasada la ciudad, pero ellos no lo sabían. Estaban todas vacías.
-O bien están todos en la ciudad, o eran propiedad de los desahuciados. No importa. Parece que no llegaremos a Domova antes de que llegue la noche, así que dormiremos aquí.
Entraron en una de las chozas. Tenía mucho que ver con el hogar de Odath, aunque había sido vaciada casi en su totalidad. También se accedía a ella a través de una abertura cubierta con una piel, aunque en este caso la piel había sido retirada. Sólo quedaban un par de instrumentos de bronce incomprensibles para ellos, probablemente para la labranza a pequeña escala, tan destartalados como podía caber en la imaginación de un chatarrero. Se acomodaron en el interior mientras el sol desaparecía en el este, más allá de las montañas.
Prepararon un fuego y charlaron un rato mientras cenaban a la luz de la hoguera. El humo se dirigía en espirales hacia la abertura que dejaba la paja a modo de chimenea. Hyasu habló brevemente de su amada y Marco escuchó con cierta atención, pero no lo interrumpió, en deferencia a la jornada de descanso que le había procurado el muchacho en lo que a cháchara se refería.
Decidieron hacer guardias por turnos de tres horas: la experiencia con el cadáver les había vuelto más precavidos. A Hyasu le tocó la primera.
La salida del sol sorprendió la última de Marco. Se encontraba fuera de la cabaña, contemplando la cara de las montañas que iba, poco a poco, iluminando el sol a medida que Huath despertaba, y apreció entonces un detalle que el día anterior le había pasado desapercibido en el horizonte debido a la menguante luz de la tarde: lo que fácilmente podría haber tomado por un bosquecillo de árboles que destacaba en la lejanía, ahora brillaba con destellos broncíneos bajo la luz solar. Decidió que ya era hora de despertar a Hyasu.
-¿Qué crees que pueden ser?
Hyasu entrecerró los ojos.
-Parecen torretas. Chimeneas, quizá; eso que flota encima podría ser humo. El sol me molesta, pero en un par de horas llegaremos; no pueden estar más lejos de cinco o seis kilómetros.
Marco no comentó nada, pero le latió el corazón con algo más de fuerza de lo habitual: aquello debía de ser Domova, o al menos, debía de estar sólo un poco más allá. El recorte de un perfil demasiado regular que se adivinaba detrás podría perfectamente ser el alto muro que rodeara la ciudad… si es que se trataba de una ciudad fortificada. A lo largo de aquella mañana se encontrarían en la ciudad; al menos, si nadie los echaba o los mataba antes.
Se pusieron en camino.
-Chimeneas, sin duda –dijo Hyasu-. He oído algo de los altos hornos de Domova, donde son expertos en el bronce y en el hierro; aunque seguramente ahora se dediquen más a fabricar armas que útiles de labranza.
A la distancia a la que se encontraban ya veían perfectamente el conjunto: diez o doce edificios cuadrados, cada uno con una alta chimenea de barro rematada con un borde de metal pulido: de ahí provenían los destellos del sol. De todas ellas manaba un espeso humo grisáceo que se vaporizaba a pocos metros de las aberturas. Los edificios estaban situados dentro de un mismo cerco, un murete de aproximadamente medio metro de altura, y por doquier se veían lo que podrían ser carretas rebosantes de brillos pálidos: armas probablemente, como había dicho Hyasu.
Y había hombres y mujeres. Cientos de ellos se afanaban de aquí allá, correteando, algunos portando cubos, otros maderos sobre el hombro, otros empujando carretillas. Un hormiguero de atareados individuos bien organizados. A la izquierda, a unos cien metros del bloque principal, había un terreno también cercado, en el que otras muchas figuras se mantenían de pie o vagaban lentamente en extraños círculos. Renegados o desahuciados, pensó Marco.
-Bien, pues ya hemos llegado. ¿Qué hacemos ahora? ¿Avanzamos y nos presentamos, sin más? –preguntó. Hyasu asintió.
-No veo qué otra cosa podemos hacer. Espero que no acabemos como esos de ahí –añadió, señalando el cercado.
-Veremos.
Echaron a caminar, atentos a cualquiera que diera muestras de haberlos visto. Siguieron el camino que llevaba directamente al murete, y pronto pudieron percibir el tizne y el agotamiento en los rostros de aquellos trabajadores. Cuando se encontraban a unos cien metros, Hyasu murmuró a Marco:
-Vamos a cojear; por si acaso, como dijiste.
Marco asintió, y ambos comenzaron a andar a trompicones, como si fueran dos ancianos cansados ya del mundo. Uno de los hombres del cercado, que llevaba un haz de leña de casi su propio tamaño, se detuvo de pronto, y al dejarlo caer pudieron observar que los había localizado. No supieron porqué, pero el hombre parecía tener los ojos abiertos por el espanto. Los señaló y durante un rato no hizo nada más. Marco y Hyasu, sin dejar de cojear, intercambiaron una rápida mirada. ¿Qué significaba aquello?
Escucharon el grito del hombre que por fin parecía haberse librado de su temor:
-¡Eh! ¡Eh! ¡Ahí van dos más!
Y de pronto, como las abejas de un enjambre amenazadas, seis fornidos individuos salieron al trote de uno de los edificios, armados con largas lanzas, y se dirigieron directamente hacia ellos. Llevaban un extraño traje que parecía de duro cuero, y un peto de anillas de bronce sujeto por un cinturón ancho, lo que dejaba unos faldones con bordados rojos. En un minuto habían llegado hasta Hyasu y Marco, quienes se habían detenido, demasiado sorprendidos incluso para hablar. Las lanzas los apuntaban.
-¡Los justos para el ritual! –exclamó uno de los hombres.
-Pero estos… No parecen… -dijo otro.
-¿Qué pasa aquí? –se aventuró a decir Marco, tratando de que su voz sonara firme y autoritaria, y los seis hombres respingaron como si los hubiesen pinchado en el trasero. Uno de los soldados, asombrado, los miró atentamente sin bajar su lanza.
-¡Habláis! No sois godegos, ahora que me fijo, a pesar de la mugre que os cubre la cara. ¿Qué significa esto? ¿De dónde salís?
Hyasu, que parecía haber olvidado momentáneamente su liderazgo de la misión, dejó que Marco se explicara.
-Somos dos viajeros cansados que buscan aprovisionamiento. Venimos a Domova a suplicar un poco de su famosa hospitalidad, y luego seguiremos nuestro camino.
El hombre abrió aún más los ojos, y de pronto dejó escapar una carcajada. Apoyó su lanza en el suelo y los otros lo imitaron, respirando al parecer aliviados.
-¡Eh, Durma, pedazo de imbécil! –gritó hacia el hombre que los había alertado, quien miraba atentamente la escena rodeado de varios de sus compañeros a una distancia prudencial-. ¡Son viajeros! ¡Te sacaré los ojos por esto, en vista de que no los usas para nada!
Durma se escabulló entre la muchedumbre.
-¡Y bien, vosotros, entonces! –dijo, volviéndose de nuevo hacia Marco y Hyasu-. ¿De dónde salís, exactamente? Un dayano y un tamnariense, podría jurarlo, jóvenes y sin embargo de expresión artificialmente cansada. Dejadme adivinar…
-Venimos desde… -dijo Marco.
-¡Silencio! ¿No me has oído? Voy a adivinar. Sois una pareja de pillos… Bien, esto sería posible si tuvierais la cara un poco más curtida. No. Demasiado blandos. Una pareja de viajeros, entonces, de acuerdo. Pero por la ruta que traéis, apostaría media soldada a que os habéis cruzado con nuestros paisanos renegados.
-Nosotros… -dijo Hyasu.
-Y si os habéis cruzado con la caravana, sin duda os habréis enterado de que hay una guerra en ciernes, y de que estamos reclutando jóvenes que nos sirvan para la batalla. O sois muy imbéciles, o estáis locos. En cualquiera de los dos casos, serviréis.
-Creo que no… -comenzó a decir Marco, pero se calló cuando la punta de la lanza, a la velocidad del rayo, se apoyó en un lado de su cuello.
-¿Crees que no? ¿Que no qué? –dijo el hombre, sonriendo malévolamente. Le faltaban varias piezas, y las que quedaban estaban oscurecidas por alguna enfermedad. Dios sabría cuál. Marco tragó saliva sonoramente y vio que Hyasu llevaba la mano a su espada, pero se detenía cuando un par de lanzas lo apuntaron también a él.
-Espera –consiguió decir.
-Voy a plantearos cuál es vuestra situación. Es peliaguda, ya lo veréis. No me fío de vosotros porque sé que en cuanto os diera la espalda saldríais huyendo, y no estamos para cazar conejos con la que tenemos organizada. Así que no seréis reclutados. Esto nos deja dos opciones. La primera, evidentemente, y como ya sospecharéis, es mellaros. Arrancar vuestra delicada piel como hemos hecho con todos esos traidores. Sin embargo, ¿de qué serviría eso? ¿Qué lección podríamos enseñaros si no sois de la ciudad? Ninguna, ¿no es cierto?
-Muy cierto –asintió Hyasu con cara de espanto, y dos de los hombres se rieron.
-Lo cual nos deja sólo una opción. Y no es dejaros marchar, porque nos venís al pelo. Tenemos que finalizar el ritual del Jabalí Sagrado, dios y símbolo de la ciudad, y nos faltan dos godegos para reunir los ciento cuarentaicuatro desgraciados. Vosotros ocuparéis el lugar, y los godegos dejarán de ser una molestia, al menos por un tiempo. Eso nos ha asegurado nuestro hamal: siete rituales, y el espanto acabará. ¿Entendéis?
-No –dijo Marco. Estaba aterrorizado: fuera lo que fuera ese ritual, iba a resultar espantoso, de eso estaba seguro. Sopesó las opciones que tenían en ese momento y maldijo su estupidez por no haber evitado Domova. No podrían huir sin ser ensartados por alguna de esas lanzas.
-Enseguida lo entenderéis. ¡Vosotros, desarmadlos! Y vosotros –se dirigió al grupo que observaba la escena-, avisad a Hamal Adaya y después poneos de nuevo a trabajar, o esta noche más de uno dormirá bocabajo.
Con severos tirones, sacaron a los viajeros todas aquellas cosas que pudieran suponer una amenaza, incluidos el arco de Odath y el cuchillo de Mawt. Varios de los mirones corrieron a cumplir el encargo y desaparecieron dentro de uno de los edificios.
-Este traje está plagado de bolsillos. ¡Mirad qué tenemos aquí! –dijo uno de los que registraba a Hyasu, y extendió la mano para mostrar a los demás un puñado de bolitas negras de aspecto metálico. El jefe las tomó y las observó un momento. Luego miró a Hyasu y enseñó de nuevo su horrenda dentadura.
-¡Granadas! Eres todo un guerrero dayano, ¿eh? Es una lástima que tu pueblo sea tan sumamente estúpido, con todas estas golosinas que inventa para la destrucción. Pero ya nos estamos ocupando de eso. ¡Estas me las quedo yo!
Y se las guardó bajo el peto, mientras echaba una desafiante mirada a sus compañeros, esperando quizá algún tipo de protesta. Nadie dijo nada.
Finalizó el registro. Todos los efectos de los viajeros fueron depositados en una carretilla sin rueda que había cerca. Hyasu parecía abatido pero no aterrorizado; Marco se preguntó si el joven sería realmente consciente de lo que les estaba sucediendo, o si seguía viviendo en su sueño de aventuras particulares.
-Llevadlos al cercado, pero no los introduzcáis hasta que se haya presentado Hamal Adaya, no sea que los godegos se ceben con ellos antes de que empiece todo. Vamos a tener un espectáculo aquí.
Sin ningún miramiento los soldados llevaron a empujones a Marco y Hyasu hacia el terreno vallado. Por primera vez Marco se fijó de cerca en las figuras que deambulaban allí prisioneras, y de pronto el corazón se le encogió de horror. Ciento cuarentaidós godegos, como los llamaba aquel hombre detestable, paseaban muertos por el cercado. Marco los llamaba cadáveres vivientes. Empezó a temblar descontroladamente, para regocijo del jefe de los soldados.
-También os habéis encontrado con ellos, ya lo veo. Son almas perdidas a las que hay que masacrar, y para eso hemos consultado con nuestro hamal, quien a la vez le ha preguntado al dios. Vais a ser partícipes del Ritual de la Purificación del Jabalí. ¡Estad alegres, amigos míos! Con vuestro sacrificio permitiréis que los buenos ciudadanos de Domova que han fallecido recientemente continúen reposando en el cementerio, en la paz y la oscuridad acuosa de la muerte.
-Pero… ¡nosotros estamos vivos! –protestó Hyasu, viendo una esperanza donde no la había en absoluto-. El ritual no funcionará.
-No te preocupes, Hamal Adaya no percibirá vuestra vitalidad a través de la máscara. Si el sacerdote no se da cuenta, funcionará. No podemos seguir esperando que a dos muertos se les ocurra aparecer por aquí. Además –añadió con malevolencia-, vosotros ya prácticamente estáis muertos. Funcionará.
Llegaron al cercado. La valla consistía en una serie de recias estacas bien enterradas en el suelo hasta la altura de un hombre, unidas en siete franjas por duras cuerdas alquitranadas. Muchos de los cadáveres, al percibir a sus presas, se arrimaron al cercado y lo bambolearon, tratando de alcanzar a los hombres, mientras gemían lastimeramente y proferían frases cascadas con sus cuerdas vocales desgarradas por el proceso de la muerte:
-Venid, venid, dadnos vuestra carne, vuestra sangre. Obedecemos sólo a Akh Vern y él nos ha prometido el alimento que nos faltaba en la muerte. Venid, venid, abrid esta cerca.
El jefe de los soldados se dirigió a uno de los godegos, una mujer anciana a la que le faltaba la mandíbula.
-No tardaréis mucho en volver a esa muerte de la que habéis regresado, no os preocupéis. Pero antes, os meteremos a estos dos para que os divirtáis lo poco que os queda.
Un gemido común de ansia recorrió el cercado, mientras más y más godegos se apelotonaban en la valla, que resistía formidablemente los embates. A Marco se le pusieron todos los pelos del cuerpo literalmente de punta.
-Hyasu… La hemos cagado, Hyasu.
El muchacho no respondió, fascinado al parecer por la anatomía carcomida de la vieja muerta.
-A las puertas –dijo el jefe, y los empujaron hasta una sección de cercado donde se había improvisado una rudimentaria puerta que se cerraba con un grueso palo-. Ahora esperad a que aparezca el gran hamal, y en cuanto lo veáis salir del edificio, meted rápidamente a estos dos. Nosotros nos vamos a distraer a los godegos. Pobres subnormales, ¿no?
Se alejó junto con dos de sus hombres y dio un rodeo al cercado hasta el extremo opuesto. Allí comenzaron a llamar la atención de los muertos para que se acercaran a ellos, y dejar así vía libre al hechicero para que cumpliera con su parte del ritual. Y los muertos picaron el anzuelo, y comenzaron a alejarse de Marco y Hyasu en dirección a la carne fresca que se les ofrecía.
-¿Pero en qué consiste el ritual este? –se interesó Hyasu, lo cual le valió un golpe en la cabeza por parte del guardia-. ¡Ay!
-Silencio, dayano. Observa, admira y luego muere. Pronto saldrá nuestro hamal.
La puerta del cercado enfilaba directamente a la del más cercano de los edificios cuadrados, el horno principal, y las puertas estaban cerradas. Todos los trabajadores habían cesado en sus actividades a pesar de la advertencia del jefe de los soldados, y esperaban expectantes el inicio de lo que, por lo que parecía, habían contemplado seis veces antes.
Marco no supo cuánto tiempo transcurrió desde que los muertos se alejaron hasta que se abrieron las puertas del edificio, pero podrían haber sido cinco minutos o cinco horas, por lo que a él respectaba. No eran pocas las ocasiones en que se había enfrentado a la muerte, incluso había vivido experiencias más allá de la comprensión lógica del universo, pero aquella espera se le antojó como la peor que había vivido en toda su vida, aparte del año entero que tardó en saltar a otras realidades en busca de Drilce. Así debían de sentirse los exploradores que caían en manos de los supersticiosos caníbales de la jungla.
No hubo un chirrido de bisagras porque la violencia con que el bueno de Hamal Adaya abrió las puertas hizo que estas se estamparan contra los muros de un repentino golpetazo. Hyasu soltó un grito desgarrado a la vista del ser que apareció en el umbral del edificio: un monstruo de unos dos metros y medio de altura, mitad jabalí y mitad hombre, armado con dos enormes hachas, una en cada mano, que desafiaban la concepción del equilibrio y de la fuerza que hasta entonces conocía. Él no hubiera podido levantar una sola de aquellas armas ni empleando los dos brazos.
Marco pensó instintivamente en el Minotauro, y mientras ahogaba su propio grito recordó la fábula que hablaba del ateniense que se había enfrentado al poder del toro de Creta. No podía imaginar cómo, en el nombre de todos los dioses, podría nadie salir con vida de un encuentro semejante. El sacerdote respondía en todo a la descripción del Minotauro que tantas veces había leído, con la única salvedad de que la cabeza de toro había sido sustituida, en esta ocasión, por la de un descomunal jabalí furioso. Los colmillos salían de la boca y se retorcían hacia arriba dispuestos a desgarrar y asesinar, y resoplaba de manera audible a pesar de la distancia que lo separaba del cercado. Se mantuvo en aquella postura amenazante durante unos veinte segundos, y de pronto dejó escapar un rugido horrendo, algo parecido al bramido de una bestia moribunda y furiosa, y echó a correr hacia el cercado mientras meneaba las hachas al ritmo de su carrera. Muchos de los espectadores se dieron la vuelta o se taparon los ojos, a la vista de su monstruoso hechicero.
Marco y Hyasu sólo atinaron a levantar las cejas, profundamente impresionados y paralizados por el pánico. Entonces uno de los soldados dejó escapar la orden, que llegó a oídos de los viajeros como si estuvieran viviendo una pesadilla:
-¡Ahora!
Otro soldado levantó el palo que cerraba la puerta y tiró de ella hasta abrirla del todo, y un tercero y un cuarto, mediante empujones, arrojaron a Marco y a Hyasu al interior del cercado. Cayeron al polvo a unos tres metros de la entrada, y para cuando se hubieron recuperado de la sorpresa y el dolor repentino que les produjo la fina arenilla desgarrándoles la piel de las mejillas, se dieron cuenta de dos cosas: el bestial jabalí ya había recorrido tres cuartas partes del camino, lo que les cerraba la huída, y los muertos se daban cuenta de que alguien vivo acababa de entrar en sus dominios.
viernes 20 de noviembre de 2009
domingo 1 de noviembre de 2009
Pabellón de Curación
Gustav envió como último recurso a un pequeño grupo de cinco personas que aún se mantenían más o menos en pie para que explorara los alrededores. Si no daban con un pabellón de curación, la humanidad se extinguiría. Parecía demasiado simple para lo grande y terrible que era el concepto, pero así era. Ya sólo quedaban ellos. La esperanza se debilitaba con cada hora que no recibían noticias de los exploradores.
Una vieja mujer se acercó a Gustav entre toses. La hoguera ardía con intensidad, así que el hombre, aparte de escucharla, la vio a tiempo para no sobresaltarse, aunque, ¿de qué se iba a sobresaltar, si ya nadie podría hacerles daño? La vieja se sentó junto a Gustav.
-¿Alguna noticia, Helen?
-Nada. Pero aún hay esperanza. Han partido hace dos noches; todavía estamos a tiempo.
-Supongo que se separarían, como les indiqué- dijo Gustav.
-Seguro. Sería lo más sensato –respondió Helen, y tosió de nuevo-. Me ha pillado fuerte esta vez. Sólo quedáis Pierre y tú; Jakob acaba de venir a decirme que tiene palpitaciones.
-Maldita sea –murmuró Gustav. Sabía que pronto él caería también, pero eso no le importaba de momento.
Durante cientos de años los pabellones de curación habían funcionado a la perfección, evitando que los hombres y mujeres que habían sobrevivido milagrosamente a la radiación cayeran enfermos bajo aquel potente e inmisericorde virus que había puesto punto y final a la Guerra de Libia, más conocida para quien pudiera o quisiera recordarla como la IV Guerra Mundial.
Habían sido un invento cojonudo, desde luego, unos locales en los que se rociaba a los enfermos para que respiraran ese extraño gas que los científicos habían descubierto que mataba al virus. Eran gratuitos, no necesitaban electricidad ni mantenimiento; sólo estar bien provistos de latas y una persona que pusiera en marcha los fuelles. El hecho de que aún hubiera humanos paseándose bajo las estrellas se debía única y exclusivamente a la existencia de estos pabellones de curación.
Pero otros virus y otras catástrofes habían acabado con quienes fueran que fabricaran el gas, y la humanidad restante había ido sobreviviendo gracias a las reservas de los pabellones . Y finalmente las reservas se habían extinguido.
La Gran Migración comenzó con más de diez mil participantes. A lo largo del camino habían ido cayendo: primero los más ancianos y débiles, luego los niños, y por último, dos meses después del uso del último de los bidones de gas, los más fuertes de entre los hombres y las mujeres. El final estaba próximo; a menos, claro, que pudieran dar con uno de estos pabellones de curación que aún tuviera su reserva de gas. El plan de Gustav, líder no electo pero natural del pequeño grupo que quedaba, consistía en dar con uno (se basaba únicamente en viejas leyendas, pero ¿qué otra cosa podrían hacer?), restablecer el orden, y más tarde localizar de algún modo la manera de fabricar ellos mismos el gas. Y luego tener hijos, muchos hijos. El último científico había caído hacía más de trescientos años, pero no tenían otra opción. Y si al final se extinguían, bien… al menos, lo habrían hecho luchando.
-¿Recuerdas a Klaus? ¿El que reventó tras pisar una de esas bolas que enterraron en los viejos días para los carros?
-Claro –dijo Gustav. A menudo había pensado en la cantidad de artefactos peligrosos que quedaban repartidos por el mundo después de la guerra. Tenía la sensación a menudo de que un simple estornudo bastaría para acabar con ellos, si se encontraban en el lugar inadecuado.
-Me habló una vez de su teoría de los hijos. No sé de dónde sacaba la información, era de los pocos que recordaba leer, pero le gustaba hablar conmigo. Y a mí con él.
Un brillo extraño en los ojos de Helen al decir aquello hizo sospechar a Gustav que, probablemente, habían sido en alguna ocasión algo más que amigos. Pero no quiso preguntar por si hurgaba en alguna herida.
-Decía que los hijos que nacieran –continuó ella- acabarían por tolerar el virus sin la necesidad de respirar el gas, y que al final, por ley de vida, los hijos de sus hijos estarían completamente, ¿cómo lo llamó?, imunozados…
-Inmunizados –corrigió Gustav. Él también sabía leer, aunque a duras penas, y pocos eran los que conocían el hecho de que podía. No quería convertirse en un mero intérprete de los viejos carteles y había mantenido el secreto.
-Eso. Que al final la vida se las apaña para continuar por sí sola. ¿Qué te parece?
Gustav meditó unos instantes.
-Que podía tener razón… o no.
-Pero si la tuviera, ¿no sería algo maravilloso? ¿Poder empezar de cero, todos esos niños y niñas reinventando nuestra civilización sin tener que entrar en los pabellones al primer síntoma? ¿Poder extendernos a cualquier rincón del planeta?
Gustav sólo asintió y no expresó su opinión de que al final los niños se hacen adultos, y que los adultos no son de fiar, porque sabía que uno de los primeros niños que cayó bajo el virus había sido Karl, el hijo de Helen, un chaval encantador que murió retorciéndose y vomitando sus tripas licuadas hasta que ella decidió ponerle fin. No quería ni imaginarse cuánto dolor habría acumulado aquella mujer a lo largo de los dos últimos meses.
-Vamos a empezar de nuevo –dijo Helen, y podría parecer que expresaba en alto las palabras más para convencerse a ella misma que para informar a Gustav-. Los exploradores volverán con buenas noticias, sobreviviremos, tendremos hijos y les daremos la oportunidad que nuestros abuelos no nos dieron a nosotros.
Gustav sonrió.
-Eso está muy bien, Helen.
Y descubrió que las palabras de Helen le habían abierto una puerta en el corazón por la que se colaban retazos de esperanza. Sí, quizá tuviera razón. ¿Por qué no?
Casi dos horas después llegó Udo, el primero de los exploradores. Tosía y su mirada expresaba perfectamente lo que tanto le costaba informar: no había encontrado nada. Gustav meneó la cabeza y dio orden de que lo llevaran a descansar.
Jonas y Karl (el otro Karl que quedaba de la humanidad) se habían encontrado a su regreso de la exploración: tampoco habían hallado ningún pabellón de curación.
Hans apareció poco después con los hombros caídos: ya sólo quedaba Wilhelm. Gustav intercambió una mirada con Pierre y notó que su corazón se aceleraba. Si Wilhelm no traía buenas noticias dudaban que pudieran llevar a la gente mucho más allá. Tendrían que acostarse y reconocer la derrota, y dejarse llevar a la extinción, como tantas otras criaturas.
Pero al amanecer apareció Wilhelm, cansado pero radiante, y anunció que había encontrado un pabellón de curación, siguiendo un camino que atravesaba un bosque, a unos doce kilómetros.
-Ya casi iba a darme la vuelta, pero seguí un poco más, ¡y lo encontré! Debe de ser uno de los primeros, es de ladrillo y está hecho polvo, pero he entrado y hay gas de curación de sobra para todos. ¡Estamos salvados!
La emoción llenó todos los corazones. Vitorearon a Wilhelm y lo felicitaron, y lo llamaron Salvador de la Humanidad, y lo llevaron a hombros durante los primeros cientos de metros de camino hacia el pabellón de curación. Gustav soltó con un suspiro toda la tensión acumulada y le temblaron las piernas de alivio. Abrazó a Wilhelm, luego se dejó abrazar por Helen y Jakob (que tosía cada vez más), y marchó el último mientras contemplaba las espaldas de sus chicos avanzar en pos de la esperanza que se había perdido, pero que había regresado con más fuerza que nunca.
Durante el camino se dejó llevar por el pensamiento de que, al fin y al cabo, quizá sí habría un viejo Dios que velaba por los hombres. O se trataba de la teoría de Helen: que el ser humano está destinado a sobrevivir. Por primera vez en muchos meses su alegría era legítima, y sólo podría compararse con el amanecer que los seguía a la espalda. Un amanecer frío, pero abrigado de esperanza.
Atravesaron el bosque por el camino de Wilhelm, cantando, y llegaron al pabellón de curación. No se demoraron, especialmente los que se encontraban en un estado avanzado de la infección, y se introdujeron poco a poco mientras Pierre y Gustav se quedaban fuera. No tenía sentido que ellos entraran, ya que aún no mostraban ningún síntoma, pero observaron con una enorme sonrisa cómo su pequeño pueblo accedía a la salvación. ¿No había algo parecido en la Biblia? Gustav hurgó en su infancia pero no dio con la respuesta. Supuso que sí.
La última en atravesar las puertas fue Helen. Desde la distancia percibieron la arrugada sonrisa feliz que les dedicó antes de desaparecer. La saludaron con la mano.
-¿Qué piensas? –le preguntó Pierre, contagiado de la sonrisa de su amigo.
-Pienso en la cantidad de niños que van a llamarse Wilhelm a partir de este día.
Pierre soltó una carcajada.
-Habrá que anotar esta fecha. El Día de la Humanidad. ¡Ah, Gustav!
Se abrazaron.
-Voy adentro –anunció Pierre-. Iré ayudando a los que salgan primero. ¿Vienes?
-En un momento –dijo Gustav. Le apetecía regalarse unos minutos.
-¡Hasta ahora, entonces! –se despidió Pierre y caminó hacia las puertas hasta que desapareció dentro.
Gustav entrelazó las manos a la espalda. Empezó a pasear por el terreno herboso y frío mientras disfrutaba cómo su mente flotaba, sin pensar en nada concreto. Rodeó el edificio: realmente era viejo. Avanzó hasta el bosque que se abría detrás: se detuvo en la linde y observó la mañana que se abría paso entre las ramas. Gastó varios minutos en observar un nido vacío, en uno de los árboles. Quizá también los pájaros volvieran. ¿Por qué no? Aquella mañana radiante todo era posible.
Dio un rodeo lentamente por el perímetro exterior del terreno del pabellón de curación. En breve saldría Pierre con el primero de los curados, y después entraría él a echar una mano a su pueblo. Mientras, se alejó. Caminó hasta unos matojos, donde le había parecido percibir un reflejo apagado, y cuando llegó vio que asomaba la esquina de un cartel herrumbroso. Lo cogió con curiosidad y lo observó un rato, recordando poco a poco cómo se interpretaban las letras allí escritas. Abrió la boca y murmuró en voz alta lo que su cerebro concluyó:
Auschwitz
No le decía nada. Arrojó el cartel de nuevo entre los matojos y decidió sentarse un rato a esperar a Pierre.
Una vieja mujer se acercó a Gustav entre toses. La hoguera ardía con intensidad, así que el hombre, aparte de escucharla, la vio a tiempo para no sobresaltarse, aunque, ¿de qué se iba a sobresaltar, si ya nadie podría hacerles daño? La vieja se sentó junto a Gustav.
-¿Alguna noticia, Helen?
-Nada. Pero aún hay esperanza. Han partido hace dos noches; todavía estamos a tiempo.
-Supongo que se separarían, como les indiqué- dijo Gustav.
-Seguro. Sería lo más sensato –respondió Helen, y tosió de nuevo-. Me ha pillado fuerte esta vez. Sólo quedáis Pierre y tú; Jakob acaba de venir a decirme que tiene palpitaciones.
-Maldita sea –murmuró Gustav. Sabía que pronto él caería también, pero eso no le importaba de momento.
Durante cientos de años los pabellones de curación habían funcionado a la perfección, evitando que los hombres y mujeres que habían sobrevivido milagrosamente a la radiación cayeran enfermos bajo aquel potente e inmisericorde virus que había puesto punto y final a la Guerra de Libia, más conocida para quien pudiera o quisiera recordarla como la IV Guerra Mundial.
Habían sido un invento cojonudo, desde luego, unos locales en los que se rociaba a los enfermos para que respiraran ese extraño gas que los científicos habían descubierto que mataba al virus. Eran gratuitos, no necesitaban electricidad ni mantenimiento; sólo estar bien provistos de latas y una persona que pusiera en marcha los fuelles. El hecho de que aún hubiera humanos paseándose bajo las estrellas se debía única y exclusivamente a la existencia de estos pabellones de curación.
Pero otros virus y otras catástrofes habían acabado con quienes fueran que fabricaran el gas, y la humanidad restante había ido sobreviviendo gracias a las reservas de los pabellones . Y finalmente las reservas se habían extinguido.
La Gran Migración comenzó con más de diez mil participantes. A lo largo del camino habían ido cayendo: primero los más ancianos y débiles, luego los niños, y por último, dos meses después del uso del último de los bidones de gas, los más fuertes de entre los hombres y las mujeres. El final estaba próximo; a menos, claro, que pudieran dar con uno de estos pabellones de curación que aún tuviera su reserva de gas. El plan de Gustav, líder no electo pero natural del pequeño grupo que quedaba, consistía en dar con uno (se basaba únicamente en viejas leyendas, pero ¿qué otra cosa podrían hacer?), restablecer el orden, y más tarde localizar de algún modo la manera de fabricar ellos mismos el gas. Y luego tener hijos, muchos hijos. El último científico había caído hacía más de trescientos años, pero no tenían otra opción. Y si al final se extinguían, bien… al menos, lo habrían hecho luchando.
-¿Recuerdas a Klaus? ¿El que reventó tras pisar una de esas bolas que enterraron en los viejos días para los carros?
-Claro –dijo Gustav. A menudo había pensado en la cantidad de artefactos peligrosos que quedaban repartidos por el mundo después de la guerra. Tenía la sensación a menudo de que un simple estornudo bastaría para acabar con ellos, si se encontraban en el lugar inadecuado.
-Me habló una vez de su teoría de los hijos. No sé de dónde sacaba la información, era de los pocos que recordaba leer, pero le gustaba hablar conmigo. Y a mí con él.
Un brillo extraño en los ojos de Helen al decir aquello hizo sospechar a Gustav que, probablemente, habían sido en alguna ocasión algo más que amigos. Pero no quiso preguntar por si hurgaba en alguna herida.
-Decía que los hijos que nacieran –continuó ella- acabarían por tolerar el virus sin la necesidad de respirar el gas, y que al final, por ley de vida, los hijos de sus hijos estarían completamente, ¿cómo lo llamó?, imunozados…
-Inmunizados –corrigió Gustav. Él también sabía leer, aunque a duras penas, y pocos eran los que conocían el hecho de que podía. No quería convertirse en un mero intérprete de los viejos carteles y había mantenido el secreto.
-Eso. Que al final la vida se las apaña para continuar por sí sola. ¿Qué te parece?
Gustav meditó unos instantes.
-Que podía tener razón… o no.
-Pero si la tuviera, ¿no sería algo maravilloso? ¿Poder empezar de cero, todos esos niños y niñas reinventando nuestra civilización sin tener que entrar en los pabellones al primer síntoma? ¿Poder extendernos a cualquier rincón del planeta?
Gustav sólo asintió y no expresó su opinión de que al final los niños se hacen adultos, y que los adultos no son de fiar, porque sabía que uno de los primeros niños que cayó bajo el virus había sido Karl, el hijo de Helen, un chaval encantador que murió retorciéndose y vomitando sus tripas licuadas hasta que ella decidió ponerle fin. No quería ni imaginarse cuánto dolor habría acumulado aquella mujer a lo largo de los dos últimos meses.
-Vamos a empezar de nuevo –dijo Helen, y podría parecer que expresaba en alto las palabras más para convencerse a ella misma que para informar a Gustav-. Los exploradores volverán con buenas noticias, sobreviviremos, tendremos hijos y les daremos la oportunidad que nuestros abuelos no nos dieron a nosotros.
Gustav sonrió.
-Eso está muy bien, Helen.
Y descubrió que las palabras de Helen le habían abierto una puerta en el corazón por la que se colaban retazos de esperanza. Sí, quizá tuviera razón. ¿Por qué no?
Casi dos horas después llegó Udo, el primero de los exploradores. Tosía y su mirada expresaba perfectamente lo que tanto le costaba informar: no había encontrado nada. Gustav meneó la cabeza y dio orden de que lo llevaran a descansar.
Jonas y Karl (el otro Karl que quedaba de la humanidad) se habían encontrado a su regreso de la exploración: tampoco habían hallado ningún pabellón de curación.
Hans apareció poco después con los hombros caídos: ya sólo quedaba Wilhelm. Gustav intercambió una mirada con Pierre y notó que su corazón se aceleraba. Si Wilhelm no traía buenas noticias dudaban que pudieran llevar a la gente mucho más allá. Tendrían que acostarse y reconocer la derrota, y dejarse llevar a la extinción, como tantas otras criaturas.
Pero al amanecer apareció Wilhelm, cansado pero radiante, y anunció que había encontrado un pabellón de curación, siguiendo un camino que atravesaba un bosque, a unos doce kilómetros.
-Ya casi iba a darme la vuelta, pero seguí un poco más, ¡y lo encontré! Debe de ser uno de los primeros, es de ladrillo y está hecho polvo, pero he entrado y hay gas de curación de sobra para todos. ¡Estamos salvados!
La emoción llenó todos los corazones. Vitorearon a Wilhelm y lo felicitaron, y lo llamaron Salvador de la Humanidad, y lo llevaron a hombros durante los primeros cientos de metros de camino hacia el pabellón de curación. Gustav soltó con un suspiro toda la tensión acumulada y le temblaron las piernas de alivio. Abrazó a Wilhelm, luego se dejó abrazar por Helen y Jakob (que tosía cada vez más), y marchó el último mientras contemplaba las espaldas de sus chicos avanzar en pos de la esperanza que se había perdido, pero que había regresado con más fuerza que nunca.
Durante el camino se dejó llevar por el pensamiento de que, al fin y al cabo, quizá sí habría un viejo Dios que velaba por los hombres. O se trataba de la teoría de Helen: que el ser humano está destinado a sobrevivir. Por primera vez en muchos meses su alegría era legítima, y sólo podría compararse con el amanecer que los seguía a la espalda. Un amanecer frío, pero abrigado de esperanza.
Atravesaron el bosque por el camino de Wilhelm, cantando, y llegaron al pabellón de curación. No se demoraron, especialmente los que se encontraban en un estado avanzado de la infección, y se introdujeron poco a poco mientras Pierre y Gustav se quedaban fuera. No tenía sentido que ellos entraran, ya que aún no mostraban ningún síntoma, pero observaron con una enorme sonrisa cómo su pequeño pueblo accedía a la salvación. ¿No había algo parecido en la Biblia? Gustav hurgó en su infancia pero no dio con la respuesta. Supuso que sí.
La última en atravesar las puertas fue Helen. Desde la distancia percibieron la arrugada sonrisa feliz que les dedicó antes de desaparecer. La saludaron con la mano.
-¿Qué piensas? –le preguntó Pierre, contagiado de la sonrisa de su amigo.
-Pienso en la cantidad de niños que van a llamarse Wilhelm a partir de este día.
Pierre soltó una carcajada.
-Habrá que anotar esta fecha. El Día de la Humanidad. ¡Ah, Gustav!
Se abrazaron.
-Voy adentro –anunció Pierre-. Iré ayudando a los que salgan primero. ¿Vienes?
-En un momento –dijo Gustav. Le apetecía regalarse unos minutos.
-¡Hasta ahora, entonces! –se despidió Pierre y caminó hacia las puertas hasta que desapareció dentro.
Gustav entrelazó las manos a la espalda. Empezó a pasear por el terreno herboso y frío mientras disfrutaba cómo su mente flotaba, sin pensar en nada concreto. Rodeó el edificio: realmente era viejo. Avanzó hasta el bosque que se abría detrás: se detuvo en la linde y observó la mañana que se abría paso entre las ramas. Gastó varios minutos en observar un nido vacío, en uno de los árboles. Quizá también los pájaros volvieran. ¿Por qué no? Aquella mañana radiante todo era posible.
Dio un rodeo lentamente por el perímetro exterior del terreno del pabellón de curación. En breve saldría Pierre con el primero de los curados, y después entraría él a echar una mano a su pueblo. Mientras, se alejó. Caminó hasta unos matojos, donde le había parecido percibir un reflejo apagado, y cuando llegó vio que asomaba la esquina de un cartel herrumbroso. Lo cogió con curiosidad y lo observó un rato, recordando poco a poco cómo se interpretaban las letras allí escritas. Abrió la boca y murmuró en voz alta lo que su cerebro concluyó:
Auschwitz
No le decía nada. Arrojó el cartel de nuevo entre los matojos y decidió sentarse un rato a esperar a Pierre.
sábado 17 de octubre de 2009
¿Por qué?
Diecinueve años. Esa era la cantidad exacta de la felicidad que le había sido administrada junto a los suyos. Diecinueve años de plena satisfacción, de trabajos bien hechos, de logros aferrados y metas alcanzadas. Todo se fue al garete en una sola mañana.
Hernán se despertó como hacía casi siempre: primero un ojo, luego el otro, y casi por último la pierna izquierda, seguida de la derecha, juntas sobre la alfombra mientras el cerebro se sacudía poco a poco de las últimas hilachas de sueño que se empeñaban en no desaparecer. La ducha acabaría con ellas definitivamente.
Pero no llegó a la ducha. El teléfono tronó y él se precipitó para silenciarlo con su respuesta.
-¿Diga?
Entonces todo se congeló en el mundo de Hernán. A lo largo de aquellos diecinueve minutos apenas tuvo tiempo para pensar otra cosa que no fuera “¿por qué?”
Diana había fallecido. No pudo regresar de su viaje de negocios porque el avión había decidido, en pleno vuelo, que ya estaba bien de surcar indemne los cielos, y se había precipitado al mar, donde una legión de tiburones se había ocupado de finalizar el trabajo.
Cuando colgó, y casi había decidido levantarse, el teléfono sonó de nuevo. No supo de dónde salió la normalidad del tono con que contestó.
-¿Diga?
Y vino el segundo mazazo, chorreante y viscoso. Sus padres, en la carretera, con sus hijos, a quienes habían llevado de vacaciones. Tomás y Claudia: adiós, os querré siempre. Y regresó la pregunta sin respuesta: “¿por qué?”
Se derrumbó. El mundo se había girado, como si un gigante volteara un cuenco y lo sacudiera para liberar las últimas migajas. Se llevó una mano a los ojos y se dispuso a frotarlos, y entonces el teléfono chilló por tercera vez.
-¿Diga?
El educado bombero le explicó cómo había ocurrido. Su almacén, donde guardaba toda la mercancía del negocio, había ardido como el infierno. Hernán había tenido al día el seguro en todo momento, pero se había arriesgado mientras formalizaba la nueva póliza, y durante una semana quedaba al descubierto. ¿Qué podría pasar, si en quince años no había dado ni un miserable parte? No importaba. Regresó la pregunta: “¿por qué?”
Asintió y colgó, sabiendo que el hombre se habría quedado de piedra al ver con qué calma se tomaba Hernán su ruina inminente. Y el timbre del teléfono se agitó de nuevo.
Su amiga Lidia, mantenida y servil, alegría de sus noches de infidelidad. Se había suicidado. “¿Por qué?”
Su coche desvalijado y estrellado, tras una noche de carreras por las calles solitarias. Vándalos. “¿Por qué?”
Sus mejores amigos formando parte del techo, tras la explosión de la bombona. Un descuido imperdonable. “¿Por qué?”
Hernán consideró que tenía sólo dos opciones. Se decidió por la segunda. Más valiente y más cobarde al mismo tiempo: seguiría viviendo. Pero el resto de su vida la pregunta bailó con constancia en su cerebro atolondrado. “¿Por qué?” Y estuvo tanto tiempo preguntándoselo, que ni siquiera se le ocurrió la otra cuestión, la que resolvía la duda y la barría mediante un formidable plumazo:
“¿Por qué no?”
Hernán se despertó como hacía casi siempre: primero un ojo, luego el otro, y casi por último la pierna izquierda, seguida de la derecha, juntas sobre la alfombra mientras el cerebro se sacudía poco a poco de las últimas hilachas de sueño que se empeñaban en no desaparecer. La ducha acabaría con ellas definitivamente.
Pero no llegó a la ducha. El teléfono tronó y él se precipitó para silenciarlo con su respuesta.
-¿Diga?
Entonces todo se congeló en el mundo de Hernán. A lo largo de aquellos diecinueve minutos apenas tuvo tiempo para pensar otra cosa que no fuera “¿por qué?”
Diana había fallecido. No pudo regresar de su viaje de negocios porque el avión había decidido, en pleno vuelo, que ya estaba bien de surcar indemne los cielos, y se había precipitado al mar, donde una legión de tiburones se había ocupado de finalizar el trabajo.
Cuando colgó, y casi había decidido levantarse, el teléfono sonó de nuevo. No supo de dónde salió la normalidad del tono con que contestó.
-¿Diga?
Y vino el segundo mazazo, chorreante y viscoso. Sus padres, en la carretera, con sus hijos, a quienes habían llevado de vacaciones. Tomás y Claudia: adiós, os querré siempre. Y regresó la pregunta sin respuesta: “¿por qué?”
Se derrumbó. El mundo se había girado, como si un gigante volteara un cuenco y lo sacudiera para liberar las últimas migajas. Se llevó una mano a los ojos y se dispuso a frotarlos, y entonces el teléfono chilló por tercera vez.
-¿Diga?
El educado bombero le explicó cómo había ocurrido. Su almacén, donde guardaba toda la mercancía del negocio, había ardido como el infierno. Hernán había tenido al día el seguro en todo momento, pero se había arriesgado mientras formalizaba la nueva póliza, y durante una semana quedaba al descubierto. ¿Qué podría pasar, si en quince años no había dado ni un miserable parte? No importaba. Regresó la pregunta: “¿por qué?”
Asintió y colgó, sabiendo que el hombre se habría quedado de piedra al ver con qué calma se tomaba Hernán su ruina inminente. Y el timbre del teléfono se agitó de nuevo.
Su amiga Lidia, mantenida y servil, alegría de sus noches de infidelidad. Se había suicidado. “¿Por qué?”
Su coche desvalijado y estrellado, tras una noche de carreras por las calles solitarias. Vándalos. “¿Por qué?”
Sus mejores amigos formando parte del techo, tras la explosión de la bombona. Un descuido imperdonable. “¿Por qué?”
Hernán consideró que tenía sólo dos opciones. Se decidió por la segunda. Más valiente y más cobarde al mismo tiempo: seguiría viviendo. Pero el resto de su vida la pregunta bailó con constancia en su cerebro atolondrado. “¿Por qué?” Y estuvo tanto tiempo preguntándoselo, que ni siquiera se le ocurrió la otra cuestión, la que resolvía la duda y la barría mediante un formidable plumazo:
“¿Por qué no?”
martes 13 de octubre de 2009
HUATH (7)
Camino a Domova.
Marco no era una persona especialmente habladora, y no creía que fuera debido a la timidez. Simplemente, si sentía que debía decir algo, lo decía, y si no, callaba y rumiaba por dentro. Era una cualidad envidiable, en cierto modo, ya que le ahorraba multitud de disgustos en situaciones en las que, por norma general, una lengua rápida brilla precisamente por su estupidez. Quizá no dijo nada porque temía ofender a aquellos hombres, y a pesar de la necesidad de información, decidió que lo mejor sería dejar que ellos tomaran la iniciativa. Tras una larga pausa, bebida por los nómadas en un éxtasis morboso y obviamente disfrutada, al final resultó ser Hyasu quien pareció tener algo que decir. Marco lo agradeció para variar, ya que la multitud de detrás de los dos hombres comenzaba a dar signos de querer continuar el avance.
-Así que ese Treydjem se ha vuelto loco. Se veía venir. Nunca mostró demasiadas agallas, si sigue siendo el mismo del que se hablaba en mi aldea cuando yo era niño. ¿No es ese que pagó su ascenso al poder con su propia fortuna?
El hombre del caballo asintió.
-Eso es cierto, joven dayano. Sois en cierto modo primitivos, y vuestra sociedad se basa en valores que en Domova se olvidaron hace tiempo, así que no trataré de explicarte cómo funciona la política en un reino moderno. Habéis rechazado sistemáticamente los esfuerzos de nuestro básquil por unificar el norte. Igual que los tamnarianos –aquí echó un significativo vistazo a las ropas de Marco-, igual que muchos otros. Y ahora que se acerca la guerra, seguiréis empecinados en defender vuestras propias chabolas. No importa. Batiea es un poderoso aliado.
-¿Qué nos estás llamando? –dijo Hyasu con fiereza.
-Aparta la mano de tu espada, joven. ¿Crees que me provocas la más mínima alarma? ¿Es que no me has visto bien?
-Un básquil comerciante es algo que no debería existir.
-La guerra en sí es algo que no debería existir, joven estúpido. Puedes poner a un jefe que se ha ganado su derecho a mamporrazos, y pronto surgirá otro que lo derroque con los mismos métodos. Es la ley de la manada del viejo león. Pero no pareces tener en cuenta que, de haberlo deseado, incluso antes de haber escuchado el más mínimo rumor de lo que se agita en el sur, nuestro básquil podría haberos sometido a la fuerza, simplemente pagándose un ejército. Los tiempos están cambiando.
Marco intervino, formulando la pregunta que le rondaba la cabeza desde casi el principio del encuentro.
-Pero, ¿por qué os mutila y os destierra? ¿No sería más inteligente reclutaros, aunque no seáis guerreros, para otras funciones?
-Quizá sí… o quizá no. En el sur, desde la falda misma de la cordillera de Fed hasta el reino de más allá del viejo puente, los hombres son poderosos. Treydjem ha perdido la razón, y creemos que es obvio que lo que desea es formar un ejército compuesto exclusivamente de guerreros bien entrenados, y quitar de en medio a los que, como nosotros, pudieran estorbar el avance.
-En Daya- San se crían los mejores guerreros de todo Huath –dijo Hyasu-. Pero me alegro de que vuestro básquil se mantenga alejado de los bosques de bambú. Jamás podría reclutarnos.
El hombre silencioso dejó escapar una nueva risita, y al que hablaba le brillaron los ojos con regocijo. Pero no dijo nada.
-¿Y qué necesidad tenía de arrancaros media cara? –preguntó Marco.
-Ninguna. Una simple y efectiva medida ejemplarizante. No os imagináis cómo se aplican sus soldados en los campos de entrenamiento desde que nos han visto marchar. Muchos de ellos son nuestros familiares. Los pocos de ellos que, siendo válidos para la guerra, se han opuesto a Treydjem, han seguido nuestro destino y nos acompañan. Ha comenzado el reinado del miedo en el norte. El miedo al enemigo del sur, y el miedo al norte mismo y a la locura de su rey.
-¿Y qué vais a hacer ahora? ¿Adónde os dirigís?
-En el este, más allá de las grandes montañas, existen unas ruinas del pueblo antiguo, y por lo que sabemos, están despobladas. Intentaremos comenzar allí una nueva vida… a menos que el sur gane la guerra, por supuesto, en cuyo caso supongo que no tendremos más remedio que esperar a que, con el tiempo, nos encuentren y nos masacren. No nos importa demasiado, después de todo. No somos aliados de nadie, en estas circunstancias. Al menos disfrutaremos de la brisa del mar, ya que muchos de los nuestros no han visto nunca el vinoso océano.
-¿Y no os duele eso que os han hecho? –intervino Hyasu, a la vista de que muy pocos parecían molestos por el desollamiento. El hombre se rió con amargura.
-Hay pociones y curas, joven dayano, y en Domova hemos sido siempre grandes conocedores de las virtudes de las plantas y los hongos. Nos duele mucho más el espíritu.
En ese momento un hombre avanzó desde la caravana y se acercó al hombre. Este se inclinó para escuchar lo que el otro le murmuraba. Asintió y se dirigió de nuevo a Marco y Hyasu, mientras el otro regresaba a su puesto, junto a un par de enormes bueyes.
-Nos vamos, viajeros. Ha sido un encuentro grato del que estoy seguro que sabréis sacar provecho. Os lo repito: no os acerquéis a la ciudad, a menos que estéis dispuestos a engrosar sus filas y aceptar su disciplina. Parece una paradoja, pero los únicos que sobreviven ahora mismo en Domova son los que están dispuestos a morir por ella.
Marco se encogió de hombros.
-No sabemos mucho de nuestro viaje ni siquiera nosotros mismos. Supongo que será lo que tenga que ser.
El otro repitió el encogimiento de hombros.
-Vosotros mismos. Tenéis un par de días por delante para pensároslo y cambiar de rumbo. ¡Suerte!
Y dicho esto, sin más ceremonia, tiró de las riendas de su caballo, dio la vuelta y regresó junto a los suyos, a la cabeza de la caravana. El otro hombre se demoró unos instantes. En lugar de la risita demente que Marco y Hyasu esperaban de su parte como despedida, lo que hizo fue hablar en un siseo.
-Si bajáis al sur por el este, ¡cuidaos del Gran Gusano!
Y se fue con su compañero. Una vez preparados, el hombre levantó el brazo, como había hecho para detener la comitiva, y poco a poco la multitud comenzó a avanzar. Marco y Hyasu se apartaron del camino y observaron sin hablar cómo los cientos de carretas pasaban lentamente a su lado, en busca de un destino mejor en el este.
Unos diez minutos después pasó el último viajero, un gordo sentado en una carreta tirada por la que, probablemente, era su mujer, y la nube de polvo de la caravana se quedó allí flotando, deshaciéndose al ritmo de los ecos y chirridos de la multitud que se alejaba. Apenas les dirigió un breve vistazo.
-Bueno, ¿y ahora qué? –preguntó Hyasu cuando este último viajero se hubo alejado. La polvareda se reanimaba a espaldas de la caravana.- ¿Cómo esquivamos Domova? ¿Y dónde nos aprovisionaremos?
Marco observaba meditabundo cómo los viajeros se iban haciendo más y más pequeños, en dirección al bosque de Odath.
-¿Qué es eso del Gran Gusano? ¿Y cómo sabía que íbamos a viajar al sur? También Mawt me advirtió sobre la ruta del este…
Hyasu lo miró unos instantes antes de hablar.
-Marco. ¡Marco!
Él giró la cabeza al escuchar su nombre.
-¡Qué!
-No importa qué sea eso, si no vamos a ir por el este. Que se quede con su gusano. Tenemos que ver qué pasa ahora, ¿qué vamos a hacer?
Marco lo miró sin comprender.
-¿Cómo que qué vamos a hacer? Vamos a ir a Domova y a seguir el plan de viaje.
-¿No has oído lo que han dicho? ¡Nos reclutarán, o nos arrancarán media cara si rehusamos!
Marco frunció el ceño, aparentemente exprimiendo las opciones.
-No, no creo, Hyasu. Si es una ciudad tan grande como parece, y debe serlo si han podido prescindir de tanta gente –señaló hacia la polvareda a sus espaldas-, podemos tratar de pasar desapercibidos. No es que me entusiasme, pero de algún modo tenemos que conseguir algunos víveres, o no llegaremos muy lejos. No tenemos elección.
-¡Vaya! Es una idea magistral, desde luego. Yo he recibido un entrenamiento para confundirme con las sombras y ser invisible si me lo propongo, ¿pero tú? ¿Vamos a entrar como ratas en la ciudad y arrastrarnos hasta que consigamos un par de mendrugos de pan?
Marco no pudo evitar una sonrisa socarrona.
-Estamos apañados si tu talento no dista mucho del que demostraste siguiéndome a mí.
Hyasu abrió la boca para responder.
-No será necesario esconderse –se apresuró a continuar Marco-. Seremos un par de mendigos extranjeros que desean probar suerte, simplemente. ¿Tú reclutarías a un par de mendigos malolientes?
-Si estoy a punto de entrar en una guerra y necesito soldados, desde luego que sí.
-Cojearemos, o lo que sea. Nos cubriremos con unas mantas y apestaremos. No creo que nos presten demasiada atención si están tan atareados como parece.
-No piensas lo que dices. Están buscando gente, cuanta más mejor. Además, si han sido capaces de mutilar a sus ciudadanos, ¿qué te hace pensar que mostrarán clemencia por dos cochambrosos extranjeros?
-No lo sé, Hyasu. Te lo repito: tenemos que arriesgarnos. No he sido nunca un estratega, así que no esperes un complicado plan de una mente como la mía. Debemos conseguir algo de comida, la suficiente para mantenernos hasta Grebda. Me refiero a cosas que no podamos encontrar en nuestro camino.
-Ya. Y esperas que, en vistas a la guerra, Domova no se esté aprovisionando. Estarán almacenando todos los víveres para su ejército. ¿No se te había ocurrido?
-¡Joder, Hyasu! No tengo ni idea. ¿Satisfecho? ¡Yo qué sé qué vamos a hacer! Te vuelvo a dar la opción: sigue tu propio camino. De algún modo, yo tengo que pasar por Domova y conseguir alimento para aguantar el viaje al sur. El resto no me importa una mierda.
Hyasu lo contempló fijamente durante largo rato. En varias ocasiones pareció a punto de decir algo, sacudió la cabeza un par de veces y finalmente murmuró:
-Desde luego, Marco, si al final de todo esto tienes éxito, no cabrá duda de que algún dios vela por ti y te protege de tu propia estupidez. Emprendes las cosas según te vienen, sin pararte a considerar ni las causas ni las consecuencias, y ese es el espíritu de un necio, no de un guerrero.
-Yo no soy ningún guerrero.
-Sin embargo –continuó Hyasu, sin hacer caso del comentario-, como ya te dije, no tengo nada mejor que hacer. Quizá mi misión sea protegerte, y como ya te dije, tienes una espada a tu servicio que no deberías menospreciar. Hazme caso en esto, ya que no tienes experiencia: nos acercaremos a Domova y veremos cómo está el percal. Si las cosas pintan feas, ni siquiera nos aventuraremos a poner un pie en ella: daremos media vuelta y viajaremos al sur dependiendo únicamente de nuestros propios recursos. ¿Te parece bien?
Marco estuvo a punto de responder que no sabía qué podría ser peor: si arriesgarse en Domova o permitir que Hyasu liderara la acción. Era cierto que él no tenía experiencia alguna, pero ¿el chico sí? No lo creía. Y aunque su entrenamiento hubiera sido, como él afirmaba, muy intenso, desde luego, excepto aquel maravilloso puñetazo con que le había hecho ver las estrellas, no lo parecía en absoluto.
Por otro lado: ¿tenía alguna otra opción? No. Permitiría, y que los dioses lo pillaran confesado, que Hyasu encabezara la expedición a la ciudad. Tendría que fiarse de él.
-De acuerdo –dijo-. No vamos a poder organizarnos hasta que veamos cómo se desarrollan las cosas, así que, ¿por qué no?
Hyasu frunció el ceño y una sombra le cubrió la cara.
-¿Me estás tratando con condescendencia?
Marco se llevó una mano a la cara y la restregó allí.
-Por el amor de Dios…
Se pusieron en camino. Muy a lo lejos unas altas montañas podían percibirse por entre la bruma, y Marco supo que aquella era la dirección correcta. Domova debía de encontrarse pocos kilómetros al sur de las mismas. ¿En sólo un par de días llegarían hasta allí? Parecía una distancia mucho mayor que la que se recorrería en ese tiempo; sin embargo, Marco ya se había acostumbrado a equivocarse respecto al cálculo de distancias. Así a ojo, las montañas se encontraban, por lo menos, a ochenta kilómetros. Aquello significaba que deberían recorrer cuarenta al día. ¿Cuánto caminaba un hombre en una jornada? ¿Más que eso, menos, más o menos eso?
Agitó la mano y se libró del pensamiento: pronto lo comprobaría.
La primera jornada estuvo repleta de anécdotas absurdas y comentarios intrascendentes con que Hyasu se empeñaba en torturar a Marco. Pero no resultaba un mal compañero de viaje, porque no hacía muchas preguntas, y Marco lo prefería así. El precio de su silencio era el machacón acento altisonante con que Hyasu aderezaba sus aventuras, la mayoría de las cuales, Marco estaba seguro de ello, eran inventadas, o vividas por otros en todo caso. Cualquier cambio en el paisaje era bienvenido porque distraía la atención de Hyasu, aunque, por desgracia, no era algo demasiado frecuente.
-¡Oh ese árbol! Tan solitario, y a sus pies un círculo de hierba. Es idóneo para colgar a un hombre. Por ejemplo, a un viejo cabrón egoísta.
-Tranquilo, Hyasu.
Llegaron a un río cuando el sol comenzaba a desaparecer tras las montañas del este. Marco no sabía si era por efecto del resplandor del sol o porque realmente habían avanzado a buen ritmo, pero ahora las montañas le parecían ciertamente más cercanas. Aún a una buena distancia, pero bastó el pensamiento para animarlo. El río era ancho y de buen caudal, que corría hacia el sur y se perdía en el horizonte zigzagueando melosamente, y Marco se preguntó por primera vez si sería posible realizar el viaje en barca. Los pies comenzaban a dolerle, a pesar de la protección que le brindaban las botas de piel de Tamnar: aquel era el viaje más largo que había hecho desde que había llegado a Huath.
Un enorme puente de madera, viejo aunque bien trabajado, cruzaba el río. Era recio, y el solo hecho de que toda la caravana con que se habían cruzado aquella mañana lo hubiera traspuesto lo demostraba.
-Quizá podríamos tratar de pescar algo –dijo Hyasu, tocando por primera vez un tema que no versaba sobre sus gloriosas hazañas pasadas-. Nos ahorraríamos tener que recurrir a las provisiones. Por cierto, ¿cuánto nos queda?
Marco abrió el zurrón.
-Contando lo que te entregué la noche que me atacaste, unas diez tiras de carne, cinco de pescado, y varios puñados de nueces. Poca cosa.
Hyasu no hizo ningún comentario: el pescado y los frutos secos que le había entregado Marco los había devorado aquella misma noche.
-¿Y tienes sedal? ¿No vienes de un pueblo de pescadores?
-Claro. Podemos intentarlo.
La puesta de sol los encontró sentados en el viejo puente, con los pies colgando sobre las aguas y un anzuelo cebado con un pequeño trozo de carne que bailaba al son de la corriente. Hyasu entró en una melancolía silenciosa, y Marco aprovechó para repasar sus recuerdos y entretenerse en la memoria, antes de todo aquello, antes de la traición de Drilce, antes de que su vida cambiara. Luego fue arrancado de sus pensamientos, cuando Hyasu decidió que su lengua había estado quieta demasiado tiempo, y Marco exhaló un suspiro y le prestó atención a su pesar.
Consiguieron un buen ejemplar, tras desechar dos miserables pescaditos que devolvieron al agua. Lo asaron a fuego lento y disfrutaron de la cena. Luego se recostaron, espalda contra espalda, sobre la gruesa piel, y durmieron profundamente.
Al amanecer Hyasu despertó a Marco empujándolo suavemente con la punta de su bota. El sol aún no había asomado, pero el mundo ya brillaba lo suficiente.
-Eh. ¡Eh!
-¿Qué pasa?
-Mira allí.
Marco se enderezó, súbitamente alarmado al percibir el tono de Hyasu, envuelto en un terror contenido. Se frotó los ojos, aún sentado, y en cuanto captó lo que el chico le señalaba se incorporó como un rayo.
-Ah. Coño.
A unos doscientos metros, al norte, una figura andrajosa, sólo una silueta, se tambaleaba por entre las hierbas. Sus brazos colgaban a los lados, inertes, y su cabeza se bamboleaba como si su cuello fuera incapaz de soportar el peso mucho tiempo seguido, pero indudablemente se trataba de uno de aquellos cadáveres andantes. Se dirigía directamente hacia ellos.
-¿Nos ha visto?
-Creo que sí.
Hyasu se estremeció.
-Si no llego a despertarme lo tendríamos encima. ¿Qué hacemos?
-No lo sé. Espera.
Con sus andares patosos, y a la luz creciente, los rasgos de la criatura se hicieron pronto visibles. Hyasu desenvainó su espada, y Marco preparó el arco.
-¡Tira! –exclamó Hyasu cuando el ser se encontraba a unos cuarenta metros. Ya era evidente que los tenía localizados, porque sus brazos se extendieron, buscando a la presa, y un gemido ronco comenzó a escapar de su garganta como el ronroneo de un viejo gato enfermo.
-No sé, a esta distancia todavía no… -murmuró Marco. Una película de sudor cubría su frente.- Joder, qué feo es.
-¡Tira! –repitió Hyasu. Le recordó a Odath, en aquella clase magistral en la que Marco no había aprendido nada. Cerró los ojos. Soltó la cuerda y disparó la flecha.
Falló por unos quince metros, y la flecha quedó clavada en el suelo.
-¡Joder! –gritó Marco, y tiró el arco y sacó el cuchillo-. Prepárate, Hyasu. A ver esa espada.
El cadáver se encontraba ya a unos diez metros de ellos. Todos los rasgos eran perfectamente visibles, quizá con demasiado detalle. Le faltaba un ojo, y en la cuenca vacía se agitaban cosas que podrían ser gusanos. El otro lo tenía clavado en los dos viajeros. La brisa soplaba en dirección al muerto, pero Marco hubiera jurado que podía oler perfectamente la corrupción que emanaba del cuerpo putrefacto.
Entre los gemidos captaron las palabras ansiosas.
-Vosotros… para mí… Para mí…
Varios dedos de la mano derecha estaban pelados hasta el hueso, pero aun así se abrían y cerraban, entre chasquidos de los tendones. Los andrajos revoloteaban a su espalda merced al ligero viento.
Marco imaginó varios movimientos (incluido uno que consistía en dar media vuelta y echar a correr), pero ninguno le pareció apropiado para acometer a la criatura. En cualquier caso debería acercarse mucho para emplear su cuchillo. ¿Qué podría hacer? ¿Rajarle el cuello? ¿Apuñalar el ojo abierto? ¿Clavar el hierro en las tripas? Vio que la espada de Hyasu temblaba en las manos del joven.
-¡Córtale la cabeza, Hyasu! ¡Tu espada!
El chico aferró fuertemente la tela que cubría la empuñadura con manos blancas como garras. Marco estaba seguro de que quedarían marcas allí, después de tanta presión.
-¡La cabeza!
El cadáver aceleró en un último esfuerzo. Su ojo se dirigió de Marco a Hyasu, y pareció decidirse por este último. Estaba a tres metros escasos.
-¡Ahora!
-¡DAYA- SAN! –bramó Hyasu, y echó la espada hacia atrás con un impulso atroz. Por un esperanzador momento Marco creyó estar en presencia de un formidable guerrero. Vio al joven convertido en una máquina de matar, y el corazón se le aceleró al anticiparse a la matanza del enemigo.
Hasta que vio que, con el impulso de los brazos sobre su cabeza, la espada de Hyasu salió despedida hacia atrás y cayó a varios metros. Asombrosamente, Hyasu pareció no haberse dado cuenta de que no tenía ya su arma, y arremetió con las manos vacías, trazando un arco inútil a un metro del cuello del muerto. En una décima de segundo se miró los dedos abiertos, con expresión de sorpresa.
-¿Qué carajo…?
Y entonces el muerto se le echó encima y lo derribó.
Marco no era una persona especialmente habladora, y no creía que fuera debido a la timidez. Simplemente, si sentía que debía decir algo, lo decía, y si no, callaba y rumiaba por dentro. Era una cualidad envidiable, en cierto modo, ya que le ahorraba multitud de disgustos en situaciones en las que, por norma general, una lengua rápida brilla precisamente por su estupidez. Quizá no dijo nada porque temía ofender a aquellos hombres, y a pesar de la necesidad de información, decidió que lo mejor sería dejar que ellos tomaran la iniciativa. Tras una larga pausa, bebida por los nómadas en un éxtasis morboso y obviamente disfrutada, al final resultó ser Hyasu quien pareció tener algo que decir. Marco lo agradeció para variar, ya que la multitud de detrás de los dos hombres comenzaba a dar signos de querer continuar el avance.
-Así que ese Treydjem se ha vuelto loco. Se veía venir. Nunca mostró demasiadas agallas, si sigue siendo el mismo del que se hablaba en mi aldea cuando yo era niño. ¿No es ese que pagó su ascenso al poder con su propia fortuna?
El hombre del caballo asintió.
-Eso es cierto, joven dayano. Sois en cierto modo primitivos, y vuestra sociedad se basa en valores que en Domova se olvidaron hace tiempo, así que no trataré de explicarte cómo funciona la política en un reino moderno. Habéis rechazado sistemáticamente los esfuerzos de nuestro básquil por unificar el norte. Igual que los tamnarianos –aquí echó un significativo vistazo a las ropas de Marco-, igual que muchos otros. Y ahora que se acerca la guerra, seguiréis empecinados en defender vuestras propias chabolas. No importa. Batiea es un poderoso aliado.
-¿Qué nos estás llamando? –dijo Hyasu con fiereza.
-Aparta la mano de tu espada, joven. ¿Crees que me provocas la más mínima alarma? ¿Es que no me has visto bien?
-Un básquil comerciante es algo que no debería existir.
-La guerra en sí es algo que no debería existir, joven estúpido. Puedes poner a un jefe que se ha ganado su derecho a mamporrazos, y pronto surgirá otro que lo derroque con los mismos métodos. Es la ley de la manada del viejo león. Pero no pareces tener en cuenta que, de haberlo deseado, incluso antes de haber escuchado el más mínimo rumor de lo que se agita en el sur, nuestro básquil podría haberos sometido a la fuerza, simplemente pagándose un ejército. Los tiempos están cambiando.
Marco intervino, formulando la pregunta que le rondaba la cabeza desde casi el principio del encuentro.
-Pero, ¿por qué os mutila y os destierra? ¿No sería más inteligente reclutaros, aunque no seáis guerreros, para otras funciones?
-Quizá sí… o quizá no. En el sur, desde la falda misma de la cordillera de Fed hasta el reino de más allá del viejo puente, los hombres son poderosos. Treydjem ha perdido la razón, y creemos que es obvio que lo que desea es formar un ejército compuesto exclusivamente de guerreros bien entrenados, y quitar de en medio a los que, como nosotros, pudieran estorbar el avance.
-En Daya- San se crían los mejores guerreros de todo Huath –dijo Hyasu-. Pero me alegro de que vuestro básquil se mantenga alejado de los bosques de bambú. Jamás podría reclutarnos.
El hombre silencioso dejó escapar una nueva risita, y al que hablaba le brillaron los ojos con regocijo. Pero no dijo nada.
-¿Y qué necesidad tenía de arrancaros media cara? –preguntó Marco.
-Ninguna. Una simple y efectiva medida ejemplarizante. No os imagináis cómo se aplican sus soldados en los campos de entrenamiento desde que nos han visto marchar. Muchos de ellos son nuestros familiares. Los pocos de ellos que, siendo válidos para la guerra, se han opuesto a Treydjem, han seguido nuestro destino y nos acompañan. Ha comenzado el reinado del miedo en el norte. El miedo al enemigo del sur, y el miedo al norte mismo y a la locura de su rey.
-¿Y qué vais a hacer ahora? ¿Adónde os dirigís?
-En el este, más allá de las grandes montañas, existen unas ruinas del pueblo antiguo, y por lo que sabemos, están despobladas. Intentaremos comenzar allí una nueva vida… a menos que el sur gane la guerra, por supuesto, en cuyo caso supongo que no tendremos más remedio que esperar a que, con el tiempo, nos encuentren y nos masacren. No nos importa demasiado, después de todo. No somos aliados de nadie, en estas circunstancias. Al menos disfrutaremos de la brisa del mar, ya que muchos de los nuestros no han visto nunca el vinoso océano.
-¿Y no os duele eso que os han hecho? –intervino Hyasu, a la vista de que muy pocos parecían molestos por el desollamiento. El hombre se rió con amargura.
-Hay pociones y curas, joven dayano, y en Domova hemos sido siempre grandes conocedores de las virtudes de las plantas y los hongos. Nos duele mucho más el espíritu.
En ese momento un hombre avanzó desde la caravana y se acercó al hombre. Este se inclinó para escuchar lo que el otro le murmuraba. Asintió y se dirigió de nuevo a Marco y Hyasu, mientras el otro regresaba a su puesto, junto a un par de enormes bueyes.
-Nos vamos, viajeros. Ha sido un encuentro grato del que estoy seguro que sabréis sacar provecho. Os lo repito: no os acerquéis a la ciudad, a menos que estéis dispuestos a engrosar sus filas y aceptar su disciplina. Parece una paradoja, pero los únicos que sobreviven ahora mismo en Domova son los que están dispuestos a morir por ella.
Marco se encogió de hombros.
-No sabemos mucho de nuestro viaje ni siquiera nosotros mismos. Supongo que será lo que tenga que ser.
El otro repitió el encogimiento de hombros.
-Vosotros mismos. Tenéis un par de días por delante para pensároslo y cambiar de rumbo. ¡Suerte!
Y dicho esto, sin más ceremonia, tiró de las riendas de su caballo, dio la vuelta y regresó junto a los suyos, a la cabeza de la caravana. El otro hombre se demoró unos instantes. En lugar de la risita demente que Marco y Hyasu esperaban de su parte como despedida, lo que hizo fue hablar en un siseo.
-Si bajáis al sur por el este, ¡cuidaos del Gran Gusano!
Y se fue con su compañero. Una vez preparados, el hombre levantó el brazo, como había hecho para detener la comitiva, y poco a poco la multitud comenzó a avanzar. Marco y Hyasu se apartaron del camino y observaron sin hablar cómo los cientos de carretas pasaban lentamente a su lado, en busca de un destino mejor en el este.
Unos diez minutos después pasó el último viajero, un gordo sentado en una carreta tirada por la que, probablemente, era su mujer, y la nube de polvo de la caravana se quedó allí flotando, deshaciéndose al ritmo de los ecos y chirridos de la multitud que se alejaba. Apenas les dirigió un breve vistazo.
-Bueno, ¿y ahora qué? –preguntó Hyasu cuando este último viajero se hubo alejado. La polvareda se reanimaba a espaldas de la caravana.- ¿Cómo esquivamos Domova? ¿Y dónde nos aprovisionaremos?
Marco observaba meditabundo cómo los viajeros se iban haciendo más y más pequeños, en dirección al bosque de Odath.
-¿Qué es eso del Gran Gusano? ¿Y cómo sabía que íbamos a viajar al sur? También Mawt me advirtió sobre la ruta del este…
Hyasu lo miró unos instantes antes de hablar.
-Marco. ¡Marco!
Él giró la cabeza al escuchar su nombre.
-¡Qué!
-No importa qué sea eso, si no vamos a ir por el este. Que se quede con su gusano. Tenemos que ver qué pasa ahora, ¿qué vamos a hacer?
Marco lo miró sin comprender.
-¿Cómo que qué vamos a hacer? Vamos a ir a Domova y a seguir el plan de viaje.
-¿No has oído lo que han dicho? ¡Nos reclutarán, o nos arrancarán media cara si rehusamos!
Marco frunció el ceño, aparentemente exprimiendo las opciones.
-No, no creo, Hyasu. Si es una ciudad tan grande como parece, y debe serlo si han podido prescindir de tanta gente –señaló hacia la polvareda a sus espaldas-, podemos tratar de pasar desapercibidos. No es que me entusiasme, pero de algún modo tenemos que conseguir algunos víveres, o no llegaremos muy lejos. No tenemos elección.
-¡Vaya! Es una idea magistral, desde luego. Yo he recibido un entrenamiento para confundirme con las sombras y ser invisible si me lo propongo, ¿pero tú? ¿Vamos a entrar como ratas en la ciudad y arrastrarnos hasta que consigamos un par de mendrugos de pan?
Marco no pudo evitar una sonrisa socarrona.
-Estamos apañados si tu talento no dista mucho del que demostraste siguiéndome a mí.
Hyasu abrió la boca para responder.
-No será necesario esconderse –se apresuró a continuar Marco-. Seremos un par de mendigos extranjeros que desean probar suerte, simplemente. ¿Tú reclutarías a un par de mendigos malolientes?
-Si estoy a punto de entrar en una guerra y necesito soldados, desde luego que sí.
-Cojearemos, o lo que sea. Nos cubriremos con unas mantas y apestaremos. No creo que nos presten demasiada atención si están tan atareados como parece.
-No piensas lo que dices. Están buscando gente, cuanta más mejor. Además, si han sido capaces de mutilar a sus ciudadanos, ¿qué te hace pensar que mostrarán clemencia por dos cochambrosos extranjeros?
-No lo sé, Hyasu. Te lo repito: tenemos que arriesgarnos. No he sido nunca un estratega, así que no esperes un complicado plan de una mente como la mía. Debemos conseguir algo de comida, la suficiente para mantenernos hasta Grebda. Me refiero a cosas que no podamos encontrar en nuestro camino.
-Ya. Y esperas que, en vistas a la guerra, Domova no se esté aprovisionando. Estarán almacenando todos los víveres para su ejército. ¿No se te había ocurrido?
-¡Joder, Hyasu! No tengo ni idea. ¿Satisfecho? ¡Yo qué sé qué vamos a hacer! Te vuelvo a dar la opción: sigue tu propio camino. De algún modo, yo tengo que pasar por Domova y conseguir alimento para aguantar el viaje al sur. El resto no me importa una mierda.
Hyasu lo contempló fijamente durante largo rato. En varias ocasiones pareció a punto de decir algo, sacudió la cabeza un par de veces y finalmente murmuró:
-Desde luego, Marco, si al final de todo esto tienes éxito, no cabrá duda de que algún dios vela por ti y te protege de tu propia estupidez. Emprendes las cosas según te vienen, sin pararte a considerar ni las causas ni las consecuencias, y ese es el espíritu de un necio, no de un guerrero.
-Yo no soy ningún guerrero.
-Sin embargo –continuó Hyasu, sin hacer caso del comentario-, como ya te dije, no tengo nada mejor que hacer. Quizá mi misión sea protegerte, y como ya te dije, tienes una espada a tu servicio que no deberías menospreciar. Hazme caso en esto, ya que no tienes experiencia: nos acercaremos a Domova y veremos cómo está el percal. Si las cosas pintan feas, ni siquiera nos aventuraremos a poner un pie en ella: daremos media vuelta y viajaremos al sur dependiendo únicamente de nuestros propios recursos. ¿Te parece bien?
Marco estuvo a punto de responder que no sabía qué podría ser peor: si arriesgarse en Domova o permitir que Hyasu liderara la acción. Era cierto que él no tenía experiencia alguna, pero ¿el chico sí? No lo creía. Y aunque su entrenamiento hubiera sido, como él afirmaba, muy intenso, desde luego, excepto aquel maravilloso puñetazo con que le había hecho ver las estrellas, no lo parecía en absoluto.
Por otro lado: ¿tenía alguna otra opción? No. Permitiría, y que los dioses lo pillaran confesado, que Hyasu encabezara la expedición a la ciudad. Tendría que fiarse de él.
-De acuerdo –dijo-. No vamos a poder organizarnos hasta que veamos cómo se desarrollan las cosas, así que, ¿por qué no?
Hyasu frunció el ceño y una sombra le cubrió la cara.
-¿Me estás tratando con condescendencia?
Marco se llevó una mano a la cara y la restregó allí.
-Por el amor de Dios…
Se pusieron en camino. Muy a lo lejos unas altas montañas podían percibirse por entre la bruma, y Marco supo que aquella era la dirección correcta. Domova debía de encontrarse pocos kilómetros al sur de las mismas. ¿En sólo un par de días llegarían hasta allí? Parecía una distancia mucho mayor que la que se recorrería en ese tiempo; sin embargo, Marco ya se había acostumbrado a equivocarse respecto al cálculo de distancias. Así a ojo, las montañas se encontraban, por lo menos, a ochenta kilómetros. Aquello significaba que deberían recorrer cuarenta al día. ¿Cuánto caminaba un hombre en una jornada? ¿Más que eso, menos, más o menos eso?
Agitó la mano y se libró del pensamiento: pronto lo comprobaría.
La primera jornada estuvo repleta de anécdotas absurdas y comentarios intrascendentes con que Hyasu se empeñaba en torturar a Marco. Pero no resultaba un mal compañero de viaje, porque no hacía muchas preguntas, y Marco lo prefería así. El precio de su silencio era el machacón acento altisonante con que Hyasu aderezaba sus aventuras, la mayoría de las cuales, Marco estaba seguro de ello, eran inventadas, o vividas por otros en todo caso. Cualquier cambio en el paisaje era bienvenido porque distraía la atención de Hyasu, aunque, por desgracia, no era algo demasiado frecuente.
-¡Oh ese árbol! Tan solitario, y a sus pies un círculo de hierba. Es idóneo para colgar a un hombre. Por ejemplo, a un viejo cabrón egoísta.
-Tranquilo, Hyasu.
Llegaron a un río cuando el sol comenzaba a desaparecer tras las montañas del este. Marco no sabía si era por efecto del resplandor del sol o porque realmente habían avanzado a buen ritmo, pero ahora las montañas le parecían ciertamente más cercanas. Aún a una buena distancia, pero bastó el pensamiento para animarlo. El río era ancho y de buen caudal, que corría hacia el sur y se perdía en el horizonte zigzagueando melosamente, y Marco se preguntó por primera vez si sería posible realizar el viaje en barca. Los pies comenzaban a dolerle, a pesar de la protección que le brindaban las botas de piel de Tamnar: aquel era el viaje más largo que había hecho desde que había llegado a Huath.
Un enorme puente de madera, viejo aunque bien trabajado, cruzaba el río. Era recio, y el solo hecho de que toda la caravana con que se habían cruzado aquella mañana lo hubiera traspuesto lo demostraba.
-Quizá podríamos tratar de pescar algo –dijo Hyasu, tocando por primera vez un tema que no versaba sobre sus gloriosas hazañas pasadas-. Nos ahorraríamos tener que recurrir a las provisiones. Por cierto, ¿cuánto nos queda?
Marco abrió el zurrón.
-Contando lo que te entregué la noche que me atacaste, unas diez tiras de carne, cinco de pescado, y varios puñados de nueces. Poca cosa.
Hyasu no hizo ningún comentario: el pescado y los frutos secos que le había entregado Marco los había devorado aquella misma noche.
-¿Y tienes sedal? ¿No vienes de un pueblo de pescadores?
-Claro. Podemos intentarlo.
La puesta de sol los encontró sentados en el viejo puente, con los pies colgando sobre las aguas y un anzuelo cebado con un pequeño trozo de carne que bailaba al son de la corriente. Hyasu entró en una melancolía silenciosa, y Marco aprovechó para repasar sus recuerdos y entretenerse en la memoria, antes de todo aquello, antes de la traición de Drilce, antes de que su vida cambiara. Luego fue arrancado de sus pensamientos, cuando Hyasu decidió que su lengua había estado quieta demasiado tiempo, y Marco exhaló un suspiro y le prestó atención a su pesar.
Consiguieron un buen ejemplar, tras desechar dos miserables pescaditos que devolvieron al agua. Lo asaron a fuego lento y disfrutaron de la cena. Luego se recostaron, espalda contra espalda, sobre la gruesa piel, y durmieron profundamente.
Al amanecer Hyasu despertó a Marco empujándolo suavemente con la punta de su bota. El sol aún no había asomado, pero el mundo ya brillaba lo suficiente.
-Eh. ¡Eh!
-¿Qué pasa?
-Mira allí.
Marco se enderezó, súbitamente alarmado al percibir el tono de Hyasu, envuelto en un terror contenido. Se frotó los ojos, aún sentado, y en cuanto captó lo que el chico le señalaba se incorporó como un rayo.
-Ah. Coño.
A unos doscientos metros, al norte, una figura andrajosa, sólo una silueta, se tambaleaba por entre las hierbas. Sus brazos colgaban a los lados, inertes, y su cabeza se bamboleaba como si su cuello fuera incapaz de soportar el peso mucho tiempo seguido, pero indudablemente se trataba de uno de aquellos cadáveres andantes. Se dirigía directamente hacia ellos.
-¿Nos ha visto?
-Creo que sí.
Hyasu se estremeció.
-Si no llego a despertarme lo tendríamos encima. ¿Qué hacemos?
-No lo sé. Espera.
Con sus andares patosos, y a la luz creciente, los rasgos de la criatura se hicieron pronto visibles. Hyasu desenvainó su espada, y Marco preparó el arco.
-¡Tira! –exclamó Hyasu cuando el ser se encontraba a unos cuarenta metros. Ya era evidente que los tenía localizados, porque sus brazos se extendieron, buscando a la presa, y un gemido ronco comenzó a escapar de su garganta como el ronroneo de un viejo gato enfermo.
-No sé, a esta distancia todavía no… -murmuró Marco. Una película de sudor cubría su frente.- Joder, qué feo es.
-¡Tira! –repitió Hyasu. Le recordó a Odath, en aquella clase magistral en la que Marco no había aprendido nada. Cerró los ojos. Soltó la cuerda y disparó la flecha.
Falló por unos quince metros, y la flecha quedó clavada en el suelo.
-¡Joder! –gritó Marco, y tiró el arco y sacó el cuchillo-. Prepárate, Hyasu. A ver esa espada.
El cadáver se encontraba ya a unos diez metros de ellos. Todos los rasgos eran perfectamente visibles, quizá con demasiado detalle. Le faltaba un ojo, y en la cuenca vacía se agitaban cosas que podrían ser gusanos. El otro lo tenía clavado en los dos viajeros. La brisa soplaba en dirección al muerto, pero Marco hubiera jurado que podía oler perfectamente la corrupción que emanaba del cuerpo putrefacto.
Entre los gemidos captaron las palabras ansiosas.
-Vosotros… para mí… Para mí…
Varios dedos de la mano derecha estaban pelados hasta el hueso, pero aun así se abrían y cerraban, entre chasquidos de los tendones. Los andrajos revoloteaban a su espalda merced al ligero viento.
Marco imaginó varios movimientos (incluido uno que consistía en dar media vuelta y echar a correr), pero ninguno le pareció apropiado para acometer a la criatura. En cualquier caso debería acercarse mucho para emplear su cuchillo. ¿Qué podría hacer? ¿Rajarle el cuello? ¿Apuñalar el ojo abierto? ¿Clavar el hierro en las tripas? Vio que la espada de Hyasu temblaba en las manos del joven.
-¡Córtale la cabeza, Hyasu! ¡Tu espada!
El chico aferró fuertemente la tela que cubría la empuñadura con manos blancas como garras. Marco estaba seguro de que quedarían marcas allí, después de tanta presión.
-¡La cabeza!
El cadáver aceleró en un último esfuerzo. Su ojo se dirigió de Marco a Hyasu, y pareció decidirse por este último. Estaba a tres metros escasos.
-¡Ahora!
-¡DAYA- SAN! –bramó Hyasu, y echó la espada hacia atrás con un impulso atroz. Por un esperanzador momento Marco creyó estar en presencia de un formidable guerrero. Vio al joven convertido en una máquina de matar, y el corazón se le aceleró al anticiparse a la matanza del enemigo.
Hasta que vio que, con el impulso de los brazos sobre su cabeza, la espada de Hyasu salió despedida hacia atrás y cayó a varios metros. Asombrosamente, Hyasu pareció no haberse dado cuenta de que no tenía ya su arma, y arremetió con las manos vacías, trazando un arco inútil a un metro del cuello del muerto. En una décima de segundo se miró los dedos abiertos, con expresión de sorpresa.
-¿Qué carajo…?
Y entonces el muerto se le echó encima y lo derribó.
viernes 2 de octubre de 2009
Salva un mundo entero
Lo miraba con una fascinación, con un anhelo obvio que se aproximaba peligrosamente a la obscenidad. Su barbilla descansaba en el hueco de su palma, y sus uñas, largas, acariciaban ocasionalmente las mejillas. Los ojos eran dos enormes globos hinchados y brillantes.
Cualquiera podía apreciar que aquella extraña chica (extraña en el vestir, ciertamente pasado de moda) estaba colada por Juanma. Cualquiera, menos Juanma.
Él estaba enfrascado en la lectura de un enorme volumen de ciencia. Sus gafas caían constantemente sobre el puente de su nariz, estorbándolo, y él las devolvía a su lugar con frecuentes gestos distraídos. No era especialmente feo, pero desde luego, a cualquiera de esos que miraban a la chica y escuchaban sus suspiros, no le parecería jamás lógico que mereciera tales atenciones por parte de nadie, mucho menos de una belleza (extraña, pero belleza) como aquella. Juanma era un tipo flaco, muy poca cosa para sus veintidós años, pero eso a ella no parecía importarle. Además, cuidaba bien poco su aspecto, y el pelo grasiento testificaba en contra de su higiene a voz en grito.
A ella no le importaba.
La cafetería de la facultad era un lugar tan bueno como cualquier otro para concentrarse en la lectura. Juanma se sentaba a veces allí solo a repasar las clases, a intimar con su bienamada ciencia, y nada de lo que sucedía a su alrededor merecía ni un ligero vistazo. Nada.
Hasta que la chica se levantó. Mostró así a los concurrentes, casi todos vagos y aspirantes a Alcohólicos Anónimos o a la metadona, que sus medias de colores procedían, por lo menos, de finales de los ochenta. Una falda negra de vuelo y una camiseta rota con una cara amarilla sonriente, acompañados los atributos de un peinado cardado en la peluquería de Cindy Lauper, se aproximaron a Juanma por el rabillo del ojo, hasta situarse frente a él. Las manos se retorcían con nerviosismo. Aún Juanma no se dio realmente cuenta, pero aquellos ojos lo miraban con auténtica adoración.
A la vista de que Juanma no reaccionaba a su presencia, una mosca colorida y molesta en el límite de su arco visual, la chica carraspeó. Entonces Juanma levantó la mirada. De momento, allí sólo había curiosidad, teñida por un poquito de molestia.
-¿Sí? ¿Quieres algo? –preguntó.
Pero ella no encontró las palabras hasta después de unos segundos de esfuerzo descomunal.
-Te llamas Juan María Peláez. Es decir, ¿eres Juan María Peláez? ¿Peláez Armiño?
Juanma levantó las cejas. No podría imaginar ni en un millón de años qué querría una chica como esa de un tipo como él. Su acento era tan extraño como su vestimenta.
-Pues sí… ¿Y tú quién…?
Ella soltó un ahogado gemido.
-¡Lo sabía! Dios mío… ¡Lo sabía! ¡Eres igual! ¡Casi no has cambiado nada!
-¿Perdona?
Ella pareció capaz de dominarse. Sus cejas arrugadas y el rubor intenso de sus mejillas contradijeron su siguiente afirmación.
-No importa.
Y calló durante unos segundos. Juanma no salía de su asombro. Finalmente se vio obligado a decir algo.
-¿Puedo ayudarte en algo?
Ella volvió de sus pensamientos sin quitarle la vista de encima.
-Siempre te he amado. Puede que no lo entiendas, pero siempre ha sido así. ¡Dios mío! Debo de parecerte una loca, aquí avasallándote de esta forma. No importa. Quería que lo supieras. No tienes idea… No sabes cuánto hay detrás de todo esto.
Las cejas de Juanma se convirtieron gradualmente en dos satélites agusanados y peludos que orbitaban alrededor de su cabeza.
-¿Pero qué demonios…?
-¡Calla! Te amo, Juan María Peláez, desde que era una niña. Debe bastarte, por el momento, con esto. El resto no lo comprenderás jamás. No puedo explicártelo. Amo tu mente. Tu brillante mente preclara. Ha sido un privilegio poder decírtelo. No me importa lo que hiciera después la comisión con tu idea. ¡Ah, qué mundo de mierda!
Y entonces la chica sacó un artefacto de debajo de su falda, una especie de pistolita de juguete, con un cañón rematado en un émbolo brillante, y apuntó con ella a Juanma.
-¿Pero qué…?
Hubo un destello. En una décima de segundo, Juanma se convirtió en un pequeño montón de cenizas humeantes, repartidas entre la silla y la mesa. Algunas máculas se alojaron en la línea que dividía las páginas de su amado tomo de ciencia: no quedaron ni las gafas. La chica soltó un suspiro y cometió el único error de toda su carrera: tardó varios segundos en llevar las manos al medallón que le permitiría evaporarse como el humo. En ese lapso, un joven que lo había visto todo saltó hacia ella y trató de derribarla. Pero ella ya se había esfumado.
El chico quedó tirado en el suelo, ante la atónita mirada de los compañeros.
-¿Pero qué cojones ha pasado? –preguntó en voz alta. Entonces se miró la mano.
Sostenía una tarjeta, una especie de carné, ligero como el plástico aunque parecía metálico. Tenía algo escrito.
Sarah Grabda Mehnvird
Agente nº 19- 4970
Departamento de Arreglos Temporales y Paradojas del Multiverso.
Fecha de Caducidad: 31 de Mayo de 2098.
Cualquiera podía apreciar que aquella extraña chica (extraña en el vestir, ciertamente pasado de moda) estaba colada por Juanma. Cualquiera, menos Juanma.
Él estaba enfrascado en la lectura de un enorme volumen de ciencia. Sus gafas caían constantemente sobre el puente de su nariz, estorbándolo, y él las devolvía a su lugar con frecuentes gestos distraídos. No era especialmente feo, pero desde luego, a cualquiera de esos que miraban a la chica y escuchaban sus suspiros, no le parecería jamás lógico que mereciera tales atenciones por parte de nadie, mucho menos de una belleza (extraña, pero belleza) como aquella. Juanma era un tipo flaco, muy poca cosa para sus veintidós años, pero eso a ella no parecía importarle. Además, cuidaba bien poco su aspecto, y el pelo grasiento testificaba en contra de su higiene a voz en grito.
A ella no le importaba.
La cafetería de la facultad era un lugar tan bueno como cualquier otro para concentrarse en la lectura. Juanma se sentaba a veces allí solo a repasar las clases, a intimar con su bienamada ciencia, y nada de lo que sucedía a su alrededor merecía ni un ligero vistazo. Nada.
Hasta que la chica se levantó. Mostró así a los concurrentes, casi todos vagos y aspirantes a Alcohólicos Anónimos o a la metadona, que sus medias de colores procedían, por lo menos, de finales de los ochenta. Una falda negra de vuelo y una camiseta rota con una cara amarilla sonriente, acompañados los atributos de un peinado cardado en la peluquería de Cindy Lauper, se aproximaron a Juanma por el rabillo del ojo, hasta situarse frente a él. Las manos se retorcían con nerviosismo. Aún Juanma no se dio realmente cuenta, pero aquellos ojos lo miraban con auténtica adoración.
A la vista de que Juanma no reaccionaba a su presencia, una mosca colorida y molesta en el límite de su arco visual, la chica carraspeó. Entonces Juanma levantó la mirada. De momento, allí sólo había curiosidad, teñida por un poquito de molestia.
-¿Sí? ¿Quieres algo? –preguntó.
Pero ella no encontró las palabras hasta después de unos segundos de esfuerzo descomunal.
-Te llamas Juan María Peláez. Es decir, ¿eres Juan María Peláez? ¿Peláez Armiño?
Juanma levantó las cejas. No podría imaginar ni en un millón de años qué querría una chica como esa de un tipo como él. Su acento era tan extraño como su vestimenta.
-Pues sí… ¿Y tú quién…?
Ella soltó un ahogado gemido.
-¡Lo sabía! Dios mío… ¡Lo sabía! ¡Eres igual! ¡Casi no has cambiado nada!
-¿Perdona?
Ella pareció capaz de dominarse. Sus cejas arrugadas y el rubor intenso de sus mejillas contradijeron su siguiente afirmación.
-No importa.
Y calló durante unos segundos. Juanma no salía de su asombro. Finalmente se vio obligado a decir algo.
-¿Puedo ayudarte en algo?
Ella volvió de sus pensamientos sin quitarle la vista de encima.
-Siempre te he amado. Puede que no lo entiendas, pero siempre ha sido así. ¡Dios mío! Debo de parecerte una loca, aquí avasallándote de esta forma. No importa. Quería que lo supieras. No tienes idea… No sabes cuánto hay detrás de todo esto.
Las cejas de Juanma se convirtieron gradualmente en dos satélites agusanados y peludos que orbitaban alrededor de su cabeza.
-¿Pero qué demonios…?
-¡Calla! Te amo, Juan María Peláez, desde que era una niña. Debe bastarte, por el momento, con esto. El resto no lo comprenderás jamás. No puedo explicártelo. Amo tu mente. Tu brillante mente preclara. Ha sido un privilegio poder decírtelo. No me importa lo que hiciera después la comisión con tu idea. ¡Ah, qué mundo de mierda!
Y entonces la chica sacó un artefacto de debajo de su falda, una especie de pistolita de juguete, con un cañón rematado en un émbolo brillante, y apuntó con ella a Juanma.
-¿Pero qué…?
Hubo un destello. En una décima de segundo, Juanma se convirtió en un pequeño montón de cenizas humeantes, repartidas entre la silla y la mesa. Algunas máculas se alojaron en la línea que dividía las páginas de su amado tomo de ciencia: no quedaron ni las gafas. La chica soltó un suspiro y cometió el único error de toda su carrera: tardó varios segundos en llevar las manos al medallón que le permitiría evaporarse como el humo. En ese lapso, un joven que lo había visto todo saltó hacia ella y trató de derribarla. Pero ella ya se había esfumado.
El chico quedó tirado en el suelo, ante la atónita mirada de los compañeros.
-¿Pero qué cojones ha pasado? –preguntó en voz alta. Entonces se miró la mano.
Sostenía una tarjeta, una especie de carné, ligero como el plástico aunque parecía metálico. Tenía algo escrito.
Sarah Grabda Mehnvird
Agente nº 19- 4970
Departamento de Arreglos Temporales y Paradojas del Multiverso.
Fecha de Caducidad: 31 de Mayo de 2098.
miércoles 16 de septiembre de 2009
Buen Viaje (Otro Arrebato)
El vuelo JK 5119 despegó de la Terminal 2 del aeropuerto sin mayor novedad, a menos que se considere como tal mi simple presencia en él; y, puesto que soy quien narra esta historia, creo que es un hecho que debe mencionarse. Sí, yo iba en ese vuelo que despegó a las 9:45 de la mañana, con destino Las Palmas, donde pensaba pasar los siguientes ocho días dedicándome a esa depuradísima actividad que con el tiempo el ser humano perfecciona hasta límites casi divinos: a tocarme los cojones. Llevaba once meses seguidos dándole a mi empresa mi sudor, entregándole mi tiempo y mi alma como un amante incondicional, y estoy seguro de que me merecía aquel descanso, aquella desconexión. Que por mucho que se diga de dignidades y demás convenciones (inventadas por las empresas del mundo para jolgorio de sus dirigentes), en la mayoría de las ocasiones el simple hecho de trabajar nos convierte en memos, no en brillantes espíritus. Probadlo, los que no lo hayáis hecho todavía. ¿No surge toda la violencia doméstica, las broncas, las frustraciones, los alaridos, después de que uno de los dos llega cansado a casa y no lo encuentra todo tal y como espera? Es una teoría como cualquier otra, lo sé, y muchos casos han de salirse de ella porque tiene que haber muchas causas para pocas consecuencias (menudo coñazo de vida, si la causa fuese siempre la misma), pero me pregunto hasta qué punto la frustración en el trabajo, en lugar de dignificarnos, nos demoniza. Algo dentro nos impele a aprovechar la circunstancia, cualquiera, para liberar a la bestia.
Lo sé: me estoy saliendo del tema… ¿O no? Me pasa a menudo y seguro que os daréis cuenta más veces.
En fin. Imaginaos mi emoción interior aquel día: me dirigía a una de las mejores playas del mundo, llena de arena y recuerdos, y fuera del breve trámite de unas dos horas que suponía el vuelo en sí, iba a disfrutar y a exprimir cada segundo. Hacía, no obstante, mucho tiempo que no montaba en avión, y eso resultaba también una curiosa ilusión casi pueril. Saqué por Internet mi tarjeta de embarque, con lo que incluso la tediosa espera en el aeropuerto podía (y así fue) reducirse a la mitad. Casi me pareció mágico cómo mi maleta desaparecía por las cortinillas de plástico en dirección al reino oculto de los aeropuertos cuando la facturé. Una vez que se perdiera de vista en la cinta transportadora, una serie de gnomos y elfos se ocuparía de etiquetarla, acarrearla y depositarla en el avión correspondiente mientras la luna del reino oculto sonreía a sus esforzados trabajadores y las estrellas bailaban entre los jirones de nubes azules. Desde pequeño he observado esa misteriosa cinta y he deseado aprovechar un descuido del empleado para sentarme encima y colarme en ese mundo. Menos mal que nunca lo hice: hubiera supuesto la primera de mis grandes decepciones. La infancia para la infancia.
Tras unos cuantos minutos de espera, un panel luminoso anunció la puerta por la que debíamos acceder al avión. Me dirigí primero al ineludible paso del control policial. Sabía que bajo el arco los objetos de metal hacen saltar la alarma (a veces he pensado si podrían multarme si cuelo un afiladísimo cuchillo de cerámica oculto en la pernera de mi pantalón y lo saco inmediatamente después para mostrarles su relativa estupidez), así que deposité mis llaves, mi teléfono móvil y todas las monedas que llevaba sobre una bandeja amarilla.
PIPIPIPIPI.
El policía, un amable cincuentón, me pidió que volviera atrás y revisara mis bolsillos. Dejé esta vez el Zippo, que había olvidado, y por si acaso deposité también la cartera, no fuera a ser que la banda magnética de mis tarjetas estuviera interfiriendo. Dos personas esperaban ya detrás de mí con sus bandejas preparadas, como en un bufé.
PIPIPIPIPI.
Vaya, esta vez no se me ocurría qué podría ser. El amable cincuentón me señaló mis zapatos.
-A veces llevan refuerzos metálicos o hebillas. Descálcese, por favor.
Lo hice y puse mis zapatos atómicos en la cinta.
PIPIPIPIPI.
Había por lo menos siete personas ya esperando, que me miraban como si yo fuera un delincuente en ciernes.
-¿Lleva usted algún marcapasos, o alguna prótesis?
-No.
-A veces los empastes hacen saltar la máquina…
-Eso sí tengo. Varios.
Abrí la boca e incliné la cabeza para facilitar el examen al agente.
-No se preocupe, acompáñeme.
Y me llevó a una cabina aparte, donde otro hombre se metió conmigo y corrió una cortinilla. Los otros usuarios se abalanzaron mientras tanto a demostrar a los policías que ellos sí que eran buenas personas, y pasaron sin mayores incidentes.
-Levante los brazos.
Y comenzó el examen táctil. No llegué a sentirme un criminal porque este hombre era también muy amable, pero me toqueteó de arriba abajo, dejando virgen justamente el lugar ocupado por mis partes verendas y la raja del culo (donde podría caber, por cierto, otro cuchillo de cerámica, de esos pequeñitos, eso sí).
-Puede continuar, muchas gracias.
Recogí mis cosas sin saber, al final, qué coño había pitado. Supongo que a veces estas máquinas también se cansan de estar todo el día haciendo lo mismo. Avancé hasta la puerta D57, lo cual me llevó un paseo, y vi que había ya una buena cola junto a la puerta de embarque. Una pantalla mostraba el número de vuelo y el destino. Decidí sentarme un rato, hasta que abrieran y comenzaran a entrar los pasajeros.
A los veinte minutos había ya una multitud aguardando. ¿Qué le pasaba a aquella gente? Los asientos estaban asignados previamente, así que era en gran parte inútil guardar aquella posición. Claro que era posible que algunos, así como yo prefería estar sentado, se encontraran más cómodos de pie. Pero, ¿tantos? De hecho, ¿todos? Comprendí entonces que mucha de aquella gente aún no había conseguido desconectarse de sus vidas lo suficiente como para dedicar un par de minutos a este pensamiento, y se dejaban cegar por la impaciencia de su día a día. Otra de las cualidades innatas del ser humano… ¿O sería aprendida empíricamente? Intenté filosofar un rato acerca de ello, por entretenerme, pero mi novela aguardaba y al final regresé a ella, que al fin y al cabo era mucho más interesante. Que hicieran lo que les diera la gana, por supuesto.
Por fin, la cola comenzó a avanzar. Lenta, lentísimamente. Me levanté entonces y me situé el último. Unos cuantos puestos más adelante me fijé en la vieja gorda, una de las personas que tendrán algo que ver con todo el asunto un poco después. Una señora que, por su aspecto, apenas paseaba porque se paraba demasiado a contemplar los escaparates de las pastelerías, no por otra cosa. Aparte de ella, había todo tipo de gente: jóvenes, viejos, hombres de negocios, madres con sus hijos pequeños, simples turistas como yo, parejas pegajosas, un par de rastafaris (supongo que un registro pormenorizado de sus anos por parte del policía los hubiera dejado en la terminal, o en la comisaría incluso), chicas guapas que viajaban solas pero que no soltaban su móvil… Una especie de Arca de Noé, con diversidad de cualidades aunque formado por una sola especie.
Llegué ante el mostrador. De nuevo, la tarjeta de embarque, un simple folio que llevaba doblado, y el DNI. Un joven amable (¡caramba!, todos eran amables en el aeropuerto) pasó un código galimático impreso en mi hoja por un lector y me devolvió mis documentos y me deseó un buen viaje.
-Igualmente, gracias –respondí, aunque no sabía si él vendría con nosotros. En el probable caso de que no, espero que le sirviera para el próximo mi buena voluntad. Podría haberse estado callado.
Accedimos al pasillo artificial y continuó la lenta marcha hacia el avión, al que fuimos preñando uno por uno y pasito a pasito. Quizá los ojos metafóricos de la cabina se abrieron mucho de golpe por la sorpresa cuando la vieja gorda plantó su peso en el aparato. Un azafato nos iba saludando según accedíamos, y se me cayó un mito: en este vuelo en concreto no había azafatas, esas hermosas chicas que las compañías contratan para distraer la atención del pasajero del hecho de que va a encontrarse sentado a más de diez mil metros de altitud, con sólo un par de metros de hierro debajo como protección. Había sólo chicos, mecachis. O al menos, a mí sólo me atendieron chicos.
Según avanzaba por el pasillo iba contando las filas de asientos. Cuando pasaba la cuarta calculé dónde me tocaría, más o menos (tenía el asiento 10 F), y me horroricé al comprobar que por esa zona podía ver a la vieja gorda, atareada metiendo un enorme bolso en el compartimento de la parte superior. Andaría en las cercanías… ¿Y por qué me producía este rechazo la pobre señora? Supongo que de vez en cuando sufrimos un ataque de antipatía telepática cuando vemos a una persona por primera vez, o a lo mejor me recordaba inconscientemente a alguna vieja gorda que me hubiera hecho una faena en el pasado; no lo sé, pero maldito si el destino no se estaba carcajeando en ese preciso instante de mi cara de imbécil.
Porque, en efecto, me había tocado como compañera de asiento.
Una acotación: me habían dicho que tuviera la prudencia de sacar la tarjeta de embarque con tiempo, no sólo por la espera en el aeropuerto, sino porque podría elegir asiento. Es posible que a la vieja gorda la hubieran aconsejado de forma semejante. En estos vuelos de hoy en día, es habitual que las filas de asientos estén separadas por el mínimo espacio. Una persona que sea un poco más alta que la media las va a pasar realmente canutas, porque las rodillas chocan contra el respaldo de delante y resulta casi imposible encontrar una postura que no se asemeje a alguno de los castigos ejemplares de la Santa Inquisición. Sin embargo, hay un pequeño alivio en las filas que corresponden a las salidas de emergencia. Yo estaba avisado, y sin duda la vieja gorda también.
Llegué ante mi asiento, y como se trataba del de un extremo, junto a la ventanilla, tenía que pasar por encima de las rodillas de la vieja gorda. Pegada al pasillo había una jovencita de bastante buen ver, por cierto. Pero antes debía depositar mi mochila en el maletero. Levanté los brazos y traté de buscar un hueco, pero al parecer los viajeros suelen disponer de un espacio extra reservado sólo por haber entrado antes (quizá se deba a esto la cola en la puerta de acceso al avión, ahora que lo pienso), así que no me entretuve mucho y la estrujé sobre uno de los bolsos enormes que se habían alojado, como un oso atascado al fondo de una estrecha cueva, desplazándolo ligeramente. Y luego, por fin, con mi novela en mi mano, me dispuse a pasar.
La joven hermosa se inclinó hacia el pasillo con una sonrisa, que le devolví. Pero la vieja gorda me miraba como si mi función en la vida, mi único motivo para haber nacido y haber crecido en este mundo, hubiera sido obligarla a mover las rodillas ese día, en ese momento, para dejarme pasar a mi asiento. Me miró brevemente con sus ojillos enterrados en los párpados, y con unos esfuerzos exagerados se hizo un poco a un lado, apretándose a la vez contra el respaldo. Madre mía, cuando pienso en cómo se hubiera efectuado esa maniobra si nos hubiera tocado uno de los pasillos más estrechos, me sube un escalofrío de espanto por la columna vertebral.
El caso es que conseguí llegar a mi asiento 10 F sin necesidad de rozarla (no quise darle la opción de refunfuñar siquiera por un contacto casual), y me senté a tiempo para percibir la vibración que provocó en toda la fila la vieja gorda cuando recuperó su postura con un gemido ronco. Una representación a pequeña escala de cómo tembló la Tierra cuando la sacudió el meteorito que acabó con los dinosaurios.
Y después, la espera. Abrí mi novela y traté de concentrarme en su lectura. Antiguos dioses jugaban a la masacre con sus juguetitos humanos en las llanuras de Troya, mientras unos futuristas robots semihumanos se dirigían a Marte para averiguar a qué se debía la actividad cuántica que percibían allí, y un pequeño grupo de humanos idiotizados por la comodidad descubrían que su existencia era más que un mero paso por el planeta. Una hermosa mezcla. Y la hubiera (y la había) disfrutado en otras circunstancias, pero de repente fui consciente de dos porcinos ojillos que se clavaban en mis páginas desde la izquierda, dispuestos a juzgar y condenar. Me resulta muy incómodo que la gente haga eso, y cerré la novela y la dejé en mi regazo, tapando el título con la mano, y me dediqué a observar el aeropuerto por la minúscula ventanilla. Ahí me cagué para mis adentros en la vieja gorda por primera vez.
La señora se movía constantemente, buscando una postura que en aquel espacio sería imposible a todas luces a menos que desalojaran a todos los pasajeros situados a sus cuatro costados y le instalaran una cama de dos por dos metros para ella sola. Pero lo intentaba con infernal tesón. Tanto mi cabeza como la de la chica junto al pasillo se bamboleaban ligeramente con cada cambio de posición de la vieja gorda.
Los motores rugieron de pronto. La visión por mi ventanilla estaba limitada por el ala del avión, pero pude percibir que la turbina desprendía calor y distorsionaba el asfalto ante mis ojos. La vieja gorda graznó:
-¡Vaya, por fin!
Lo comentó como al descuido, pero el simple hecho de que lo dijera, aunque bajito, y no se limitara a pensarlo para sí, me hizo sospechar que su intención era que los demás nos enterásemos de que estaba harta ya del maldito vuelo. Empezábamos bien. A continuación escuchamos que bajaban unos pequeños monitores de la parte superior, a intervalos de cinco o seis filas de asientos, y daba comienzo la explicación del protocolo de seguridad a seguir en caso de accidente o de cualquier anomalía. Me lo tragué enterito (también la representación de los azafatos, de pie en el pasillo, que interpretaban con cara de aburrimiento los pasos de la Danza de la Masacre), pero en ningún momento se explicó cómo proceder si el avión estallaba en mil pedazos. Claro que, ¿qué iban a decir? ¿Volatilícese con cuidado, esperamos que hayan disfrutado con el viaje? Me reí por lo bajito, lo que provocó una instantánea mirada desaprobadora de refilón de la vieja gorda.
Tras unos diez minutos, el avión inició su marcha con una pequeña sacudida. Avanzaba despacio, zigzagueando por las pistas hasta encontrar su lugar de despegue, y una vez allí tomó velocidad sin avisar, lo que nos pegó a nuestros asientos, y de pronto me fijé en que la vieja gorda sostenía entre las manos un rosario de madera, salido de Dios sabría dónde, e iba pasando las cuentas a toda velocidad entre sus dedos amorcillados mientras meneaba los labios colgantes al ritmo de alguna oración desesperada. He de reconocer, aunque no diga mucho de mi persona, que disfruté viendo el miedo que poseía a la vieja.
El avión se inclinó y se separó del suelo, tomando altura a toda velocidad. Aquel era un punto crítico: si no lo conseguía nos haríamos picadillo contra el asfalto, y ni cincuenta rosarios y cien vírgenes impedirían que la vieja terminase extendida a lo largo de varias decenas de metros, como cuando una gruesa bola de margarina se reparte en una capa fina a lo largo de toda la tostada.
Pareció que todo iba bien. Ahora, simplemente a disfrutar del vuelo hasta que llegara el momento de tocar tierra en Gran Canaria, el otro punto crítico.
No habían pasado cinco minutos, y apenas había conseguido regresar con la mente a las llanuras de Ilión, cuando la vieja gorda, tras un par de breves espasmos, se incorporó y pidió secamente a la chica junto al pasillo que la dejara salir. La señal luminosa del cinturón de seguridad acababa de apagarse, y el rosario se había esfumado como si jamás hubiera estado ahí. La chica se apartó, y sonrió de nuevo (¡qué sonrisa!), y aunque sólo veía el cogote de la vieja y su algodonoso peinado, estoy casi seguro de que no se la devolvió. A fin de cuentas, ¿qué era esta joven, sino uno más de los molestos seres que le impedían a la vieja gorda disfrutar de su viaje a sus anchas? Salió al pasillo bamboleándose con cara de disgusto y correteó vibrante hacia la cola del avión, en dirección, supongo, al baño. La joven me miró brevemente y compartimos un levantamiento de cejas, y luego se dedicó de nuevo a su revista. Ojalá hubiera tenido yo veinte años menos.
En el avión, conjurada temporalmente la presencia de la vieja gorda, reinaba una calma digna de la playa desolada de El Planeta de los Simios. Nadie perturbó esa calma; hasta que el niño comenzó a tocar los cojones, claro.
Podéis imaginarlo, porque es una fauna que abunda en cualquier ámbito y seguramente ya os habréis dado de narices con este tipo de chavales y con sus madres, como diría aquel, putrefactas, en un supermercado, en un parque o en la mismísima calle. He aquí un esquema, un simple esbozo, trazado con un carboncillo de hastío: una madre transforma con su estupidez educacional a un niño (caben niñas también en la definición, por supuesto) y obtiene un monstruo a su imagen y semejanza. Existe un remedio, y publicaré este relato con nombre falso (Álvaro de la Riva me ha parecido tan bueno como cualquier otro) para que no se me echen encima ciertas facciones ultramodernas de la sociedad, que consiste simplemente en esto: cuando el niño toque los cojones, hay que soltarle una buena hostia. Es claro que, como sucede con los animales, no sirve para nada si el monstruo ya ha superado la fase en que hay que administrar el remedio, en dosis continuadas cuya posología depende de los ataques de la criatura. Es decir: para el niño del avión ya era demasiado tarde.
Comenzó con un berridito. Algo en su mente pareció captar que la vieja gorda había pasado a su lado y le dejaba campo libre para fastidiarme, y aunque estaba situado tres filas y un pasillo más atrás, estoy convencido de que él era consciente de mi situación exacta. El berridito puntual fue seguido por otros dos, rápidos y cortos, insoportablemente agudos, que penetraban en el cerebro y se alojaban allí y rasgaban y rasgaban con uñas afiladas la materia gris.
Oh, no, pensé, y tuve una falsa sensación de alivio cuando se produjo el silencio y perduró un par de minutos. Regresaba a mi novela bien contento cuando de pronto soltó un nuevo grito, esta vez acompañado de palabras (“no quiero”), y lo alargó el cabrón con unos pulmones imposibles hasta convertir el grito en un auténtico aullido demoniaco, que cortó de pronto.
Oí que la madre lo chistaba por lo bajo y trataba de calmarlo (me dieron ganas de decirle que podía hablar más alto para regañarlo, teniendo en cuenta el volumen con que nos había ensordecido el monstruo), pero aquello únicamente supuso un nuevo berrinche.
Me giré, abandonada ya la novela definitivamente, y vi la cabeza del crío asomando por el respaldo de su asiento delantero, poseído por una especie de frenesí que agitaba sus rizos rubios. La de su madre se inclinaba hacia él y lo chistaba una y otra vez sin resultado. Entonces se produjo mi simpatía automática al darse la vuelta un señor de unos cincuenta años y decirle a la madre:
-Oiga, señora, por favor, haga algo.
Sin embargo, el pobre hombre no pudo ver satisfecha su demanda, ya que la misma madre lo miró, fulminándolo con la mirada, y espetó, como si ella no fuera la culpable de nada:
-¿Y qué quiere que haga? ¡Se aburre!
Lo dijo como si estuviera hablando con un subnormal al que tuviera que explicarle la teoría de la relatividad. ¡Se aburre! ¡El monstruo se estaba aburriendo! No era que se hubiera pillado una manita con el asiento, ni que tuviera hambre, ni que le estuvieran saliendo colmillos nuevos: ¡se aburría, simplemente! Aquello bastaba para justificar aquella violencia. Deseé que el hombre tuviera algo más que decir, que insistiera y nos librara a todos de aquel prometedor infierno; pero simplemente regresó a su postura y meneó la cabeza, y la madre, como si acabara de librarse de una mosca molesta, volvió a sus intentos de silenciar a la bestia. Comprendí entonces que a aquella mujer le importaba un huevo cuánto su hijo molestara a los demás, y por lo tanto era una causa perdida. A menos que…
De pronto la vieja gorda regresó a su asiento, sin previo aviso, con alevosía. Obligó de nuevo a la chica guapa a plegarse y replegarse, y con un jadeo se derrumbó contra el respaldo: otra vez nuestras cabezas bailaron al son de sus lorzas. Durante diez minutos no hizo más que mantener la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados, recuperando el aliento que el esfuerzo de ir y volver al servicio le había supuesto. Pero claro, en lugar de permitírseme disfrutar ese tiempo en paz, el niño horripilante se ocupó de llenarlo con sus lloros y alaridos. Creo que el cosquilleo que empezaba a recorrerme el estómago ya no era de emoción por mis maravillosas vacaciones: se iba poco a poco convirtiendo en instinto asesino. La sensación era muy parecida en ambos casos, aunque faltaba el embotamiento de la mente en el primero.
La vieja gorda, tras haber recobrado sus energías, sacó un pequeño librillo, supongo que del mismo invisible bolsillo donde ocultaba su rosario, y con un mínimo esfuerzo de su codo ocupó el reposabrazos y lo abrió. Mi hombro casi se salió de su sitio con la operación. Pero ella no hizo el más mínimo amago de pedir disculpas, ¿por qué habría de hacerlo, si el avión era suyo?
No lo pude evitar, giré disimuladamente la cabeza y eché un vistazo rápido a su lectura: madre de Dios, más oraciones. Y justo cuando iba a volver a mi postura, tras una operación que me había llevado, puedo jurarlo, no más de medio segundo, la vieja gorda retorció el cuello y me miró fijamente. Unos diez centímetros separaban mi hermosa nariz de su bulboso órgano olfativo. Y habló.
-¿Usted no sabe que es de mala educación leer sobre el hombro de los demás?
Me llegaron sus palabras acompañadas de una vaharada de olor espantosamente dulzón, como si acabara de engullir diez o doce bollos. Me quedé de piedra unos instantes.
-Yo… Lo siento, sólo era…
Meneó la cabeza y regresó a su lectura sin dejarme acabar la frase. Me sentí de pronto como el más grande de todos los gilipollas. Herví por dentro por no haber sabido encontrar las palabras que la pusieran en su lugar, que le hicieran comprender que ella había hecho exactamente lo mismo conmigo poco antes. Creo que enrojecí, y sólo por eso agradecí que no siguiera mirándome. El cosquilleo de furia en mi estómago se intensificó. Levanté mi novela y paseé varias veces la vista por la página marcada sin leer nada de lo que estaba escrito. Sólo era un cúmulo de letras que bailaban mientras mi mente trataba de liberarse del venenoso odio que la estaba poseyendo. La vieja gorda, bien satisfecha, abría y cerraba sus carnosos labios al ritmo de su lectura. Por lo menos no murmuraba sus oraciones: creo que en ese caso me hubiera vuelto loco de atar. Claro que el crío de atrás se ocupaba de aderezar mi situación: ¿cuánto aguanta un niño dando botes y chillando sin parar? ¿Veinte minutos? ¿Una hora? ¿Dos?
¿El vuelo entero?
Por fin, tras un colosal esfuerzo mental, conseguí dominarme. Me hice a la idea de que estaba aislado en un tanque de agua, flotando en absoluto silencio, sólo con mis pensamientos como compañía. Funcionó a medias, y conseguí concentrarme en la novela. Héctor atosigaba a los argivos mientras los dioses pesaban el destino de los combatientes con regocijo. La cabeza de la vieja gorda se meneó un par de veces. Aquiles continuaba empecinado en no luchar pese a los ruegos de sus compatriotas. La cabeza de la vieja gorda cayó bruscamente, y se levantó de nuevo tras el sobresalto. Agamenón cedía al comprender que sin Aquiles todo estaba perdido, y prometía espléndidos regalos y su esclava si el mirmidón regresaba a la lucha. La cabeza de la vieja gorda cayó de nuevo y esta vez allí se quedó.
Aquiles rechazó los regalos.
La vieja gorda comenzó a roncar furiosamente.
Dios mío. Eso no. Eso sí que no.
Mi novela cayó al suelo. El avión era de nuevo el avión, y a los ronquidos estrepitosos de la vieja gorda y a los berridos del niño se sumó de pronto, como si el universo se hubiera alineado en mi contra, el sonido de la machacona música parda del móvil de un chaval de unos dieciséis años, que pareció dispuesto a compartir con todos nosotros su espantoso gusto musical sin que nadie se lo hubiera pedido. Mi mente estalló, se quebró, se volatilizó, se hizo añicos. No sé si grité, porque todo se vuelve gris a partir de ese momento.
Por lo que sé, según me han dicho los doctores y he leído en la prensa, me levanté de repente, todo lo largo que era. Con una mirada plácida, casi bella según algunos, elevé mi brazo izquierdo mientras sujetaba la muñeca con la mano derecha, y sin un pestañeo descargué un tremendo codazo sobre el rostro durmiente de la vieja gorda. Fue tal el golpe, que con un crujido la nariz se partió en varios trozos, y algunas esquirlas de hueso fueron empujadas hacia dentro clavándose en el cerebro. Cayó sobre su estómago, muerta y en piadoso silencio. Luego salí al pasillo tranquilamente, agradeciéndole a la petrificada hermosa muchacha que me cediera el paso, y llegué hasta la madre y el niño que chillaba. Casi nadie se había dado cuenta todavía de lo que acababa de ocurrir, y los que lo habían visto estaban tan confundidos que no supieron reaccionar en ese primer momento. Cuando me asomé a la fila, la madre levantó la mirada y me observó con desprecio.
-¿Y usted qué quier…?
Primero un puñetazo rápido en la nariz. Luego agarré ambos lados de su cabeza, cubriendo sus orejas casi como si fuera a besarla mientras la sangre comenzaba a manar, y con un giro brusco que había aprendido en mis clases de Moi Tai aunque nunca, obviamente, lo había llevado a la práctica, quebré sus vértebras y la maté al instante.
-Ahora ya sí puedes llorar –parece que le dije al monstruo, que milagrosamente se había callado.
Esta vez dos o tres pasajeros se levantaron y gritaron como locos para que alguien me sujetara. Pero debe de ser que en los primeros instantes nadie se atrevió a hacerlo. Regresé hacia la parte delantera del avión en dirección al adolescente del móvil. Varios azafatos corrían en mi dirección. Eran fuertes, pero cuando se me echaron encima pude sacudírmelos a duras penas, y con las piernas sujetas a medias, como en un campo plagado de enredaderas, seguí avanzando. Según el testimonio de uno de ellos, dije:
-Sólo voy a hacérselo comer. Será un momentito y luego les atiendo.
Pero no pude llevar a cabo mi plan, ya que a los dos azafatos caídos se sumaron cuatro o cinco pasajeros. Demasiado para mí. Me enterraron bajo su peso, y me dejé llevar.
No recuerdo ninguna de aquellas cosas, aunque a veces tengo visiones nocturnas en las que derramo mucha sangre y me baño en ella, y me producen una satisfacción que no podría haber imaginado nunca. Recuperé la consciencia poco a poco, en la comisaría de Las Palmas, sentado y murmurando cosas de las que no me atrevería a especificar nada. Me llevaron a un hospital psiquiátrico y aquí estoy, esperando el traslado a Madrid, donde se decidirá si soy juzgado por un tribunal, o si me encierran para siempre en una clínica mental para tarados peligrosos. No me importa demasiado. Yo sólo quería pasar las mejores vacaciones de mi vida.
Y en parte, así ha sido. Supongo que hubieran sido redondas si hubiera conseguido llegar hasta el chaval del móvil. ¡Qué le vamos a hacer!
Lo sé: me estoy saliendo del tema… ¿O no? Me pasa a menudo y seguro que os daréis cuenta más veces.
En fin. Imaginaos mi emoción interior aquel día: me dirigía a una de las mejores playas del mundo, llena de arena y recuerdos, y fuera del breve trámite de unas dos horas que suponía el vuelo en sí, iba a disfrutar y a exprimir cada segundo. Hacía, no obstante, mucho tiempo que no montaba en avión, y eso resultaba también una curiosa ilusión casi pueril. Saqué por Internet mi tarjeta de embarque, con lo que incluso la tediosa espera en el aeropuerto podía (y así fue) reducirse a la mitad. Casi me pareció mágico cómo mi maleta desaparecía por las cortinillas de plástico en dirección al reino oculto de los aeropuertos cuando la facturé. Una vez que se perdiera de vista en la cinta transportadora, una serie de gnomos y elfos se ocuparía de etiquetarla, acarrearla y depositarla en el avión correspondiente mientras la luna del reino oculto sonreía a sus esforzados trabajadores y las estrellas bailaban entre los jirones de nubes azules. Desde pequeño he observado esa misteriosa cinta y he deseado aprovechar un descuido del empleado para sentarme encima y colarme en ese mundo. Menos mal que nunca lo hice: hubiera supuesto la primera de mis grandes decepciones. La infancia para la infancia.
Tras unos cuantos minutos de espera, un panel luminoso anunció la puerta por la que debíamos acceder al avión. Me dirigí primero al ineludible paso del control policial. Sabía que bajo el arco los objetos de metal hacen saltar la alarma (a veces he pensado si podrían multarme si cuelo un afiladísimo cuchillo de cerámica oculto en la pernera de mi pantalón y lo saco inmediatamente después para mostrarles su relativa estupidez), así que deposité mis llaves, mi teléfono móvil y todas las monedas que llevaba sobre una bandeja amarilla.
PIPIPIPIPI.
El policía, un amable cincuentón, me pidió que volviera atrás y revisara mis bolsillos. Dejé esta vez el Zippo, que había olvidado, y por si acaso deposité también la cartera, no fuera a ser que la banda magnética de mis tarjetas estuviera interfiriendo. Dos personas esperaban ya detrás de mí con sus bandejas preparadas, como en un bufé.
PIPIPIPIPI.
Vaya, esta vez no se me ocurría qué podría ser. El amable cincuentón me señaló mis zapatos.
-A veces llevan refuerzos metálicos o hebillas. Descálcese, por favor.
Lo hice y puse mis zapatos atómicos en la cinta.
PIPIPIPIPI.
Había por lo menos siete personas ya esperando, que me miraban como si yo fuera un delincuente en ciernes.
-¿Lleva usted algún marcapasos, o alguna prótesis?
-No.
-A veces los empastes hacen saltar la máquina…
-Eso sí tengo. Varios.
Abrí la boca e incliné la cabeza para facilitar el examen al agente.
-No se preocupe, acompáñeme.
Y me llevó a una cabina aparte, donde otro hombre se metió conmigo y corrió una cortinilla. Los otros usuarios se abalanzaron mientras tanto a demostrar a los policías que ellos sí que eran buenas personas, y pasaron sin mayores incidentes.
-Levante los brazos.
Y comenzó el examen táctil. No llegué a sentirme un criminal porque este hombre era también muy amable, pero me toqueteó de arriba abajo, dejando virgen justamente el lugar ocupado por mis partes verendas y la raja del culo (donde podría caber, por cierto, otro cuchillo de cerámica, de esos pequeñitos, eso sí).
-Puede continuar, muchas gracias.
Recogí mis cosas sin saber, al final, qué coño había pitado. Supongo que a veces estas máquinas también se cansan de estar todo el día haciendo lo mismo. Avancé hasta la puerta D57, lo cual me llevó un paseo, y vi que había ya una buena cola junto a la puerta de embarque. Una pantalla mostraba el número de vuelo y el destino. Decidí sentarme un rato, hasta que abrieran y comenzaran a entrar los pasajeros.
A los veinte minutos había ya una multitud aguardando. ¿Qué le pasaba a aquella gente? Los asientos estaban asignados previamente, así que era en gran parte inútil guardar aquella posición. Claro que era posible que algunos, así como yo prefería estar sentado, se encontraran más cómodos de pie. Pero, ¿tantos? De hecho, ¿todos? Comprendí entonces que mucha de aquella gente aún no había conseguido desconectarse de sus vidas lo suficiente como para dedicar un par de minutos a este pensamiento, y se dejaban cegar por la impaciencia de su día a día. Otra de las cualidades innatas del ser humano… ¿O sería aprendida empíricamente? Intenté filosofar un rato acerca de ello, por entretenerme, pero mi novela aguardaba y al final regresé a ella, que al fin y al cabo era mucho más interesante. Que hicieran lo que les diera la gana, por supuesto.
Por fin, la cola comenzó a avanzar. Lenta, lentísimamente. Me levanté entonces y me situé el último. Unos cuantos puestos más adelante me fijé en la vieja gorda, una de las personas que tendrán algo que ver con todo el asunto un poco después. Una señora que, por su aspecto, apenas paseaba porque se paraba demasiado a contemplar los escaparates de las pastelerías, no por otra cosa. Aparte de ella, había todo tipo de gente: jóvenes, viejos, hombres de negocios, madres con sus hijos pequeños, simples turistas como yo, parejas pegajosas, un par de rastafaris (supongo que un registro pormenorizado de sus anos por parte del policía los hubiera dejado en la terminal, o en la comisaría incluso), chicas guapas que viajaban solas pero que no soltaban su móvil… Una especie de Arca de Noé, con diversidad de cualidades aunque formado por una sola especie.
Llegué ante el mostrador. De nuevo, la tarjeta de embarque, un simple folio que llevaba doblado, y el DNI. Un joven amable (¡caramba!, todos eran amables en el aeropuerto) pasó un código galimático impreso en mi hoja por un lector y me devolvió mis documentos y me deseó un buen viaje.
-Igualmente, gracias –respondí, aunque no sabía si él vendría con nosotros. En el probable caso de que no, espero que le sirviera para el próximo mi buena voluntad. Podría haberse estado callado.
Accedimos al pasillo artificial y continuó la lenta marcha hacia el avión, al que fuimos preñando uno por uno y pasito a pasito. Quizá los ojos metafóricos de la cabina se abrieron mucho de golpe por la sorpresa cuando la vieja gorda plantó su peso en el aparato. Un azafato nos iba saludando según accedíamos, y se me cayó un mito: en este vuelo en concreto no había azafatas, esas hermosas chicas que las compañías contratan para distraer la atención del pasajero del hecho de que va a encontrarse sentado a más de diez mil metros de altitud, con sólo un par de metros de hierro debajo como protección. Había sólo chicos, mecachis. O al menos, a mí sólo me atendieron chicos.
Según avanzaba por el pasillo iba contando las filas de asientos. Cuando pasaba la cuarta calculé dónde me tocaría, más o menos (tenía el asiento 10 F), y me horroricé al comprobar que por esa zona podía ver a la vieja gorda, atareada metiendo un enorme bolso en el compartimento de la parte superior. Andaría en las cercanías… ¿Y por qué me producía este rechazo la pobre señora? Supongo que de vez en cuando sufrimos un ataque de antipatía telepática cuando vemos a una persona por primera vez, o a lo mejor me recordaba inconscientemente a alguna vieja gorda que me hubiera hecho una faena en el pasado; no lo sé, pero maldito si el destino no se estaba carcajeando en ese preciso instante de mi cara de imbécil.
Porque, en efecto, me había tocado como compañera de asiento.
Una acotación: me habían dicho que tuviera la prudencia de sacar la tarjeta de embarque con tiempo, no sólo por la espera en el aeropuerto, sino porque podría elegir asiento. Es posible que a la vieja gorda la hubieran aconsejado de forma semejante. En estos vuelos de hoy en día, es habitual que las filas de asientos estén separadas por el mínimo espacio. Una persona que sea un poco más alta que la media las va a pasar realmente canutas, porque las rodillas chocan contra el respaldo de delante y resulta casi imposible encontrar una postura que no se asemeje a alguno de los castigos ejemplares de la Santa Inquisición. Sin embargo, hay un pequeño alivio en las filas que corresponden a las salidas de emergencia. Yo estaba avisado, y sin duda la vieja gorda también.
Llegué ante mi asiento, y como se trataba del de un extremo, junto a la ventanilla, tenía que pasar por encima de las rodillas de la vieja gorda. Pegada al pasillo había una jovencita de bastante buen ver, por cierto. Pero antes debía depositar mi mochila en el maletero. Levanté los brazos y traté de buscar un hueco, pero al parecer los viajeros suelen disponer de un espacio extra reservado sólo por haber entrado antes (quizá se deba a esto la cola en la puerta de acceso al avión, ahora que lo pienso), así que no me entretuve mucho y la estrujé sobre uno de los bolsos enormes que se habían alojado, como un oso atascado al fondo de una estrecha cueva, desplazándolo ligeramente. Y luego, por fin, con mi novela en mi mano, me dispuse a pasar.
La joven hermosa se inclinó hacia el pasillo con una sonrisa, que le devolví. Pero la vieja gorda me miraba como si mi función en la vida, mi único motivo para haber nacido y haber crecido en este mundo, hubiera sido obligarla a mover las rodillas ese día, en ese momento, para dejarme pasar a mi asiento. Me miró brevemente con sus ojillos enterrados en los párpados, y con unos esfuerzos exagerados se hizo un poco a un lado, apretándose a la vez contra el respaldo. Madre mía, cuando pienso en cómo se hubiera efectuado esa maniobra si nos hubiera tocado uno de los pasillos más estrechos, me sube un escalofrío de espanto por la columna vertebral.
El caso es que conseguí llegar a mi asiento 10 F sin necesidad de rozarla (no quise darle la opción de refunfuñar siquiera por un contacto casual), y me senté a tiempo para percibir la vibración que provocó en toda la fila la vieja gorda cuando recuperó su postura con un gemido ronco. Una representación a pequeña escala de cómo tembló la Tierra cuando la sacudió el meteorito que acabó con los dinosaurios.
Y después, la espera. Abrí mi novela y traté de concentrarme en su lectura. Antiguos dioses jugaban a la masacre con sus juguetitos humanos en las llanuras de Troya, mientras unos futuristas robots semihumanos se dirigían a Marte para averiguar a qué se debía la actividad cuántica que percibían allí, y un pequeño grupo de humanos idiotizados por la comodidad descubrían que su existencia era más que un mero paso por el planeta. Una hermosa mezcla. Y la hubiera (y la había) disfrutado en otras circunstancias, pero de repente fui consciente de dos porcinos ojillos que se clavaban en mis páginas desde la izquierda, dispuestos a juzgar y condenar. Me resulta muy incómodo que la gente haga eso, y cerré la novela y la dejé en mi regazo, tapando el título con la mano, y me dediqué a observar el aeropuerto por la minúscula ventanilla. Ahí me cagué para mis adentros en la vieja gorda por primera vez.
La señora se movía constantemente, buscando una postura que en aquel espacio sería imposible a todas luces a menos que desalojaran a todos los pasajeros situados a sus cuatro costados y le instalaran una cama de dos por dos metros para ella sola. Pero lo intentaba con infernal tesón. Tanto mi cabeza como la de la chica junto al pasillo se bamboleaban ligeramente con cada cambio de posición de la vieja gorda.
Los motores rugieron de pronto. La visión por mi ventanilla estaba limitada por el ala del avión, pero pude percibir que la turbina desprendía calor y distorsionaba el asfalto ante mis ojos. La vieja gorda graznó:
-¡Vaya, por fin!
Lo comentó como al descuido, pero el simple hecho de que lo dijera, aunque bajito, y no se limitara a pensarlo para sí, me hizo sospechar que su intención era que los demás nos enterásemos de que estaba harta ya del maldito vuelo. Empezábamos bien. A continuación escuchamos que bajaban unos pequeños monitores de la parte superior, a intervalos de cinco o seis filas de asientos, y daba comienzo la explicación del protocolo de seguridad a seguir en caso de accidente o de cualquier anomalía. Me lo tragué enterito (también la representación de los azafatos, de pie en el pasillo, que interpretaban con cara de aburrimiento los pasos de la Danza de la Masacre), pero en ningún momento se explicó cómo proceder si el avión estallaba en mil pedazos. Claro que, ¿qué iban a decir? ¿Volatilícese con cuidado, esperamos que hayan disfrutado con el viaje? Me reí por lo bajito, lo que provocó una instantánea mirada desaprobadora de refilón de la vieja gorda.
Tras unos diez minutos, el avión inició su marcha con una pequeña sacudida. Avanzaba despacio, zigzagueando por las pistas hasta encontrar su lugar de despegue, y una vez allí tomó velocidad sin avisar, lo que nos pegó a nuestros asientos, y de pronto me fijé en que la vieja gorda sostenía entre las manos un rosario de madera, salido de Dios sabría dónde, e iba pasando las cuentas a toda velocidad entre sus dedos amorcillados mientras meneaba los labios colgantes al ritmo de alguna oración desesperada. He de reconocer, aunque no diga mucho de mi persona, que disfruté viendo el miedo que poseía a la vieja.
El avión se inclinó y se separó del suelo, tomando altura a toda velocidad. Aquel era un punto crítico: si no lo conseguía nos haríamos picadillo contra el asfalto, y ni cincuenta rosarios y cien vírgenes impedirían que la vieja terminase extendida a lo largo de varias decenas de metros, como cuando una gruesa bola de margarina se reparte en una capa fina a lo largo de toda la tostada.
Pareció que todo iba bien. Ahora, simplemente a disfrutar del vuelo hasta que llegara el momento de tocar tierra en Gran Canaria, el otro punto crítico.
No habían pasado cinco minutos, y apenas había conseguido regresar con la mente a las llanuras de Ilión, cuando la vieja gorda, tras un par de breves espasmos, se incorporó y pidió secamente a la chica junto al pasillo que la dejara salir. La señal luminosa del cinturón de seguridad acababa de apagarse, y el rosario se había esfumado como si jamás hubiera estado ahí. La chica se apartó, y sonrió de nuevo (¡qué sonrisa!), y aunque sólo veía el cogote de la vieja y su algodonoso peinado, estoy casi seguro de que no se la devolvió. A fin de cuentas, ¿qué era esta joven, sino uno más de los molestos seres que le impedían a la vieja gorda disfrutar de su viaje a sus anchas? Salió al pasillo bamboleándose con cara de disgusto y correteó vibrante hacia la cola del avión, en dirección, supongo, al baño. La joven me miró brevemente y compartimos un levantamiento de cejas, y luego se dedicó de nuevo a su revista. Ojalá hubiera tenido yo veinte años menos.
En el avión, conjurada temporalmente la presencia de la vieja gorda, reinaba una calma digna de la playa desolada de El Planeta de los Simios. Nadie perturbó esa calma; hasta que el niño comenzó a tocar los cojones, claro.
Podéis imaginarlo, porque es una fauna que abunda en cualquier ámbito y seguramente ya os habréis dado de narices con este tipo de chavales y con sus madres, como diría aquel, putrefactas, en un supermercado, en un parque o en la mismísima calle. He aquí un esquema, un simple esbozo, trazado con un carboncillo de hastío: una madre transforma con su estupidez educacional a un niño (caben niñas también en la definición, por supuesto) y obtiene un monstruo a su imagen y semejanza. Existe un remedio, y publicaré este relato con nombre falso (Álvaro de la Riva me ha parecido tan bueno como cualquier otro) para que no se me echen encima ciertas facciones ultramodernas de la sociedad, que consiste simplemente en esto: cuando el niño toque los cojones, hay que soltarle una buena hostia. Es claro que, como sucede con los animales, no sirve para nada si el monstruo ya ha superado la fase en que hay que administrar el remedio, en dosis continuadas cuya posología depende de los ataques de la criatura. Es decir: para el niño del avión ya era demasiado tarde.
Comenzó con un berridito. Algo en su mente pareció captar que la vieja gorda había pasado a su lado y le dejaba campo libre para fastidiarme, y aunque estaba situado tres filas y un pasillo más atrás, estoy convencido de que él era consciente de mi situación exacta. El berridito puntual fue seguido por otros dos, rápidos y cortos, insoportablemente agudos, que penetraban en el cerebro y se alojaban allí y rasgaban y rasgaban con uñas afiladas la materia gris.
Oh, no, pensé, y tuve una falsa sensación de alivio cuando se produjo el silencio y perduró un par de minutos. Regresaba a mi novela bien contento cuando de pronto soltó un nuevo grito, esta vez acompañado de palabras (“no quiero”), y lo alargó el cabrón con unos pulmones imposibles hasta convertir el grito en un auténtico aullido demoniaco, que cortó de pronto.
Oí que la madre lo chistaba por lo bajo y trataba de calmarlo (me dieron ganas de decirle que podía hablar más alto para regañarlo, teniendo en cuenta el volumen con que nos había ensordecido el monstruo), pero aquello únicamente supuso un nuevo berrinche.
Me giré, abandonada ya la novela definitivamente, y vi la cabeza del crío asomando por el respaldo de su asiento delantero, poseído por una especie de frenesí que agitaba sus rizos rubios. La de su madre se inclinaba hacia él y lo chistaba una y otra vez sin resultado. Entonces se produjo mi simpatía automática al darse la vuelta un señor de unos cincuenta años y decirle a la madre:
-Oiga, señora, por favor, haga algo.
Sin embargo, el pobre hombre no pudo ver satisfecha su demanda, ya que la misma madre lo miró, fulminándolo con la mirada, y espetó, como si ella no fuera la culpable de nada:
-¿Y qué quiere que haga? ¡Se aburre!
Lo dijo como si estuviera hablando con un subnormal al que tuviera que explicarle la teoría de la relatividad. ¡Se aburre! ¡El monstruo se estaba aburriendo! No era que se hubiera pillado una manita con el asiento, ni que tuviera hambre, ni que le estuvieran saliendo colmillos nuevos: ¡se aburría, simplemente! Aquello bastaba para justificar aquella violencia. Deseé que el hombre tuviera algo más que decir, que insistiera y nos librara a todos de aquel prometedor infierno; pero simplemente regresó a su postura y meneó la cabeza, y la madre, como si acabara de librarse de una mosca molesta, volvió a sus intentos de silenciar a la bestia. Comprendí entonces que a aquella mujer le importaba un huevo cuánto su hijo molestara a los demás, y por lo tanto era una causa perdida. A menos que…
De pronto la vieja gorda regresó a su asiento, sin previo aviso, con alevosía. Obligó de nuevo a la chica guapa a plegarse y replegarse, y con un jadeo se derrumbó contra el respaldo: otra vez nuestras cabezas bailaron al son de sus lorzas. Durante diez minutos no hizo más que mantener la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados, recuperando el aliento que el esfuerzo de ir y volver al servicio le había supuesto. Pero claro, en lugar de permitírseme disfrutar ese tiempo en paz, el niño horripilante se ocupó de llenarlo con sus lloros y alaridos. Creo que el cosquilleo que empezaba a recorrerme el estómago ya no era de emoción por mis maravillosas vacaciones: se iba poco a poco convirtiendo en instinto asesino. La sensación era muy parecida en ambos casos, aunque faltaba el embotamiento de la mente en el primero.
La vieja gorda, tras haber recobrado sus energías, sacó un pequeño librillo, supongo que del mismo invisible bolsillo donde ocultaba su rosario, y con un mínimo esfuerzo de su codo ocupó el reposabrazos y lo abrió. Mi hombro casi se salió de su sitio con la operación. Pero ella no hizo el más mínimo amago de pedir disculpas, ¿por qué habría de hacerlo, si el avión era suyo?
No lo pude evitar, giré disimuladamente la cabeza y eché un vistazo rápido a su lectura: madre de Dios, más oraciones. Y justo cuando iba a volver a mi postura, tras una operación que me había llevado, puedo jurarlo, no más de medio segundo, la vieja gorda retorció el cuello y me miró fijamente. Unos diez centímetros separaban mi hermosa nariz de su bulboso órgano olfativo. Y habló.
-¿Usted no sabe que es de mala educación leer sobre el hombro de los demás?
Me llegaron sus palabras acompañadas de una vaharada de olor espantosamente dulzón, como si acabara de engullir diez o doce bollos. Me quedé de piedra unos instantes.
-Yo… Lo siento, sólo era…
Meneó la cabeza y regresó a su lectura sin dejarme acabar la frase. Me sentí de pronto como el más grande de todos los gilipollas. Herví por dentro por no haber sabido encontrar las palabras que la pusieran en su lugar, que le hicieran comprender que ella había hecho exactamente lo mismo conmigo poco antes. Creo que enrojecí, y sólo por eso agradecí que no siguiera mirándome. El cosquilleo de furia en mi estómago se intensificó. Levanté mi novela y paseé varias veces la vista por la página marcada sin leer nada de lo que estaba escrito. Sólo era un cúmulo de letras que bailaban mientras mi mente trataba de liberarse del venenoso odio que la estaba poseyendo. La vieja gorda, bien satisfecha, abría y cerraba sus carnosos labios al ritmo de su lectura. Por lo menos no murmuraba sus oraciones: creo que en ese caso me hubiera vuelto loco de atar. Claro que el crío de atrás se ocupaba de aderezar mi situación: ¿cuánto aguanta un niño dando botes y chillando sin parar? ¿Veinte minutos? ¿Una hora? ¿Dos?
¿El vuelo entero?
Por fin, tras un colosal esfuerzo mental, conseguí dominarme. Me hice a la idea de que estaba aislado en un tanque de agua, flotando en absoluto silencio, sólo con mis pensamientos como compañía. Funcionó a medias, y conseguí concentrarme en la novela. Héctor atosigaba a los argivos mientras los dioses pesaban el destino de los combatientes con regocijo. La cabeza de la vieja gorda se meneó un par de veces. Aquiles continuaba empecinado en no luchar pese a los ruegos de sus compatriotas. La cabeza de la vieja gorda cayó bruscamente, y se levantó de nuevo tras el sobresalto. Agamenón cedía al comprender que sin Aquiles todo estaba perdido, y prometía espléndidos regalos y su esclava si el mirmidón regresaba a la lucha. La cabeza de la vieja gorda cayó de nuevo y esta vez allí se quedó.
Aquiles rechazó los regalos.
La vieja gorda comenzó a roncar furiosamente.
Dios mío. Eso no. Eso sí que no.
Mi novela cayó al suelo. El avión era de nuevo el avión, y a los ronquidos estrepitosos de la vieja gorda y a los berridos del niño se sumó de pronto, como si el universo se hubiera alineado en mi contra, el sonido de la machacona música parda del móvil de un chaval de unos dieciséis años, que pareció dispuesto a compartir con todos nosotros su espantoso gusto musical sin que nadie se lo hubiera pedido. Mi mente estalló, se quebró, se volatilizó, se hizo añicos. No sé si grité, porque todo se vuelve gris a partir de ese momento.
Por lo que sé, según me han dicho los doctores y he leído en la prensa, me levanté de repente, todo lo largo que era. Con una mirada plácida, casi bella según algunos, elevé mi brazo izquierdo mientras sujetaba la muñeca con la mano derecha, y sin un pestañeo descargué un tremendo codazo sobre el rostro durmiente de la vieja gorda. Fue tal el golpe, que con un crujido la nariz se partió en varios trozos, y algunas esquirlas de hueso fueron empujadas hacia dentro clavándose en el cerebro. Cayó sobre su estómago, muerta y en piadoso silencio. Luego salí al pasillo tranquilamente, agradeciéndole a la petrificada hermosa muchacha que me cediera el paso, y llegué hasta la madre y el niño que chillaba. Casi nadie se había dado cuenta todavía de lo que acababa de ocurrir, y los que lo habían visto estaban tan confundidos que no supieron reaccionar en ese primer momento. Cuando me asomé a la fila, la madre levantó la mirada y me observó con desprecio.
-¿Y usted qué quier…?
Primero un puñetazo rápido en la nariz. Luego agarré ambos lados de su cabeza, cubriendo sus orejas casi como si fuera a besarla mientras la sangre comenzaba a manar, y con un giro brusco que había aprendido en mis clases de Moi Tai aunque nunca, obviamente, lo había llevado a la práctica, quebré sus vértebras y la maté al instante.
-Ahora ya sí puedes llorar –parece que le dije al monstruo, que milagrosamente se había callado.
Esta vez dos o tres pasajeros se levantaron y gritaron como locos para que alguien me sujetara. Pero debe de ser que en los primeros instantes nadie se atrevió a hacerlo. Regresé hacia la parte delantera del avión en dirección al adolescente del móvil. Varios azafatos corrían en mi dirección. Eran fuertes, pero cuando se me echaron encima pude sacudírmelos a duras penas, y con las piernas sujetas a medias, como en un campo plagado de enredaderas, seguí avanzando. Según el testimonio de uno de ellos, dije:
-Sólo voy a hacérselo comer. Será un momentito y luego les atiendo.
Pero no pude llevar a cabo mi plan, ya que a los dos azafatos caídos se sumaron cuatro o cinco pasajeros. Demasiado para mí. Me enterraron bajo su peso, y me dejé llevar.
No recuerdo ninguna de aquellas cosas, aunque a veces tengo visiones nocturnas en las que derramo mucha sangre y me baño en ella, y me producen una satisfacción que no podría haber imaginado nunca. Recuperé la consciencia poco a poco, en la comisaría de Las Palmas, sentado y murmurando cosas de las que no me atrevería a especificar nada. Me llevaron a un hospital psiquiátrico y aquí estoy, esperando el traslado a Madrid, donde se decidirá si soy juzgado por un tribunal, o si me encierran para siempre en una clínica mental para tarados peligrosos. No me importa demasiado. Yo sólo quería pasar las mejores vacaciones de mi vida.
Y en parte, así ha sido. Supongo que hubieran sido redondas si hubiera conseguido llegar hasta el chaval del móvil. ¡Qué le vamos a hacer!
lunes 7 de septiembre de 2009
HUATH (6)
La Caravana de los Desahuciados.
La conversación que mantuvieron aquella mañana estuvo preñada de constantes esfuerzos por parte de Hyasu para llegar a creer siquiera un poco de lo que Marco le estaba relatando. No sabía todavía si debía tildar a su nuevo amigo de excéntrico, de chiflado o, simplemente, de rematado loco de atar. Por más que pretendía enfocar su atención en la historia, constantemente se veía eludido de ella por sus propias divagaciones, más pendiente en realidad de fallos de lógica y paradojas que del hilo en sí. Y como le resultaba extremadamente cansado creer con tino lo que iba narrándole Marco, supuso que ya tendría tiempo de rumiar todo aquello y decidió prestarle la misma atención que le hubiera concedido a un cuento de los que le narraba su madre antes de dormir, que era, en el fondo, de lo que creía que se trataba en realidad. La vieja y enorme Araña, los recuerdos del primer baile con Drilce, su reunión, las voraces wundargas, el encuentro con el dios equivocado en la caverna, el infierno de su amigo el loco, la bruja de la cabaña del monte y su sirviente asesino, la negra máquina del vacío y la conexión con las ruinas del norte de Tanmar… Disparates, sin duda.
No obstante, existía una lógica pesada en todo aquello, y si Marco se lo estaba inventando, desde luego era un narrador de disparates cojonudo. Hyasu sólo comenzó a interesarse de veras cuando escuchó el nombre de Verhent. A partir de ese punto, parecía, la historia abandonaba (en cierto modo) el matiz de desatino, y comenzaba a hacerse plausible a efectos realmente prácticos. Verhent era un nombre conocido. Terrible, sí, y envuelto en un halo de mito, pero plausible, por denominarlo de algún modo. Pocos en Huath se hubieran atrevido a dudar de su existencia, al menos en un pasado no demasiado remoto. Y en la aldea de Hyasu se rumoreaba también, al igual que en Tamnar, que este demonio seguía aguardando en el sur a que las circunstancias le fueran propicias para extender su maldad de nuevo por el mundo. Ahora bien, ¿hasta qué punto era cierto que Marco se había encontrado con él? ¿Cómo podría ser posible que hubiera sobrevivido, y no sólo eso, sino que estuviera dispuesto a un segundo enfrentamiento? Marco aclaró enseguida aquel punto.
-Nunca he pretendido mostrarme de nuevo ante él. Creo que es posible realizar mi tarea sin necesidad de que él se dé cuenta siquiera. Sólo tengo que llegar hasta la estancia donde guardaba todas aquellas rocas oscuras que colecciona, y hacerme con la que me interesa.
-¿Y cómo diantres la vas a reconocer, si hay, como dices, miles de ellas?
-Creo que lo sabré cuando llegue el momento. He vivido tantas, tantas experiencias con Drilce; ella me llamará.
-Eso sí que es una señora suposición –comentó Hyasu-. ¿Y qué vas a hacer si no descubres a cuál de las piedras corresponde tu chica? Empiezo a creer que la vieja tenía razón: no estás preparado para este viaje. Das por supuestas demasiadas cosas.
Marco, algo molesto, replicó:
-¿Ah, sí? ¿Y qué harías tú?
Hyasu pensó su respuesta durante un rato.
-Bien, vamos a plantear la cuestión a grandes rasgos, y dime si me he perdido algo. Tu chica está en poder de un viejo demonio y tú quieres liberarla de su morada. Para ello, has venido a recorrer cientos, quizá miles de kilómetros, armado con un cuchillo de pescador, y pretendes atravesar no sólo la totalidad de Huath de norte a sur, con los peligros que eso conlleva ya de por sí, sino además justo durante una época de guerra que coincide con la reunión inminente de un ejército de muertos que pronto estará dispuesto a las órdenes de este demonio. Atravesarás, me imagino, su ejército a cuchilladas, le pegarás un capón al demonio por gamberro, le dirás que no vuelva a hacerlo y te llevarás contigo a tu chica de vuelta a tu casa, donde ambos seréis felices para siempre.
Marco sonrió.
-Sí, todo correcto, excepto por dos puntos: primero, el demonio es un hombre: puede morir. Y segundo, mi esperanza no es recuperar a Drilce, sino liberarla. Por lo demás, lo has expresado bastante bien.
Hyasu resopló.
-¿Y teniendo en cuenta todo esto, aún te viste con fuerzas de rechazar la ayuda del Hijo de la Sombra?- preguntó.
-Hostias más grandes me he llevado que la tuya –respondió Marco en el mismo tono de burla.- ¿O no te has fijado en mi nariz?
Continuaron debatiendo tranquilamente. El terreno era despejado, y se podía percibir prácticamente todo hasta donde la vista alcanzaba. El peligro de ser sorprendido por un enemigo en un terreno tan descubierto era mínimo. De todos modos, ¿qué enemigos tenían, a aquellas alturas? Solamente, quizá, aquellos cadáveres que atacaban, y balbuceaban Dios sabría por qué motivo.
-Entonces, más o menos, estamos de acuerdo en esto –dijo Hyasu-: te acompañaré en tu camino porque, básicamente, no tengo nada mejor que hacer. Te protegeré con mi espada, y quedaré libre cuando a mí me parezca bien. He de añadir –continuó con una sonrisa- que me fascina la idea de viajar al sur. Quizá nos encontremos con ese viejo Verhent y pueda probar en él mi espada. Es un personaje muy importante, y matarlo significaría sin duda la gloria para mi familia por los siglos de los siglos. Claro que mis padres no podrán saberlo, teniendo en cuenta que crían malvas bajo su árbol, pero mis hermanos y primos serían tratados con honores por los nuestros y yo podré escupir a la cara del Gran Aku, mientras desnudo a su hija delante de sus barbas blancas y le doy un nieto que lo desprecie para siempre. ¡Ah!
Antes de poder decir nada para evitarlo, Marco se encontró escuchando las malvadas carcajadas que despertaba en Hyasu su pueril plan de venganza.
-Tranquilo, Hyasu. Te precipitas. Es fundamental que comprendas, aquí y ahora, que Verhent no sabe que yo estoy en Huath. No soy más que una miserable hormiga para él, de eso estoy seguro, pero si sabe que ando tras Drilce no cejará en su empeño por dificultarme las cosas. La primera vez que nos encontramos yo no pude revelarle el secreto de los Saltos porque ni yo mismo lo comprendía; pero ahora es diferente, y podría llegar a sacarme la información, lo cual sería una catástrofe. Me cree muerto, o eso puede parecer, así que seguiremos el plan a mi modo. Cuando me haya hecho con la roca podrás hacer lo que quieras. Pero te prevengo: no te imaginas lo rápido que es. No creo que tu espada, por muy Hijo de la Sombra que seas, pueda rivalizar con sus simples puños.
-Ya. El pozo, la palmadita de Mademhavem. ¡Paparruchas!
-De todos modos, el camino es largo. Puedes, en efecto, abandonar cuando lo desees. Como ya te dije, es mi camino, no el tuyo.
Hyasu lo miró, sinceramente asombrado.
-¿Estás de broma?
De modo que poco después se pusieron en camino, una vez recogidos los bártulos y plegada la piel que serviría, a partir de ahora, como lecho para dos personas.
-Y ese arco, ¿estás versado en el arte de la flecha? –se interesó Hyasu.
-Es el primero que tengo. Es el de Odath, el que usó para librarme de aquel muerto subnormal. La verdad es que no acertaría a un elefante a dos metros aunque me fuera la vida en ello.
-¿Me lo dejas ver?
Marco lo descolgó del zurrón, donde bailaba molestamente, y se lo tendió. Hyasu lo examinó con cuidado mientras caminaba, acercando aquí y allá la nariz a la vieja madera.
-Tejo, ¿no? Vaya, es un buen arco. Es maravilloso, de hecho. Y las flechas están trabajadas también, da gusto verlas. ¿Me dejas probarlo?
Marco pensó en lo fácilmente que había saltado el puñal del chico en su ataque sorpresa, la noche anterior, y se imaginó dónde podría acabar una flecha disparada por él.
-No, lo siento. Odath me dijo que pesa una maldición sobre él. Sólo yo puedo usarlo.
-Ah, vaya… Es una lástima. En mi aldea yo era considerado como uno de los mejores arqueros que jamás ha existido. Sólo mi tatarabuelo, Dento el Incorrupto, podía superarme, según cuentan. Una vez le di en un ojo a una alondra en pleno vuelo.
-Impresionante –comentó Marco sin interés mientras Hyasu le devolvía el arco.
No pasó mucho tiempo hasta que el chico sacó un nuevo tema de conversación. Parecía incapaz de caminar en silencio, como si con cada paso cargara su lengua de palabras que tenían que salir a toda costa.
-Una vez que lleguemos a Domova, ¿qué vamos a hacer?
-Aprovisionarnos.
-Y después, ¿qué camino vamos a tomar hacia el sur?
-Uno largo, según parece. Vamos a seguir el río hasta no sé qué cascadas, y de ahí pasaremos a la ciudad de Grebda, que al parecer no se halla muy lejos del Paso de Fed. Evitaremos en cualquier caso los pantanos del este. Mawt, el básquil de Tamnar, insistió en ese punto. No nos vendría mal un buen mapa, pero parece que Grebda es importante, así que los caminantes podrán orientarnos.
-El paso de Fed, por lo que sé, está custodiado por algo demoniaco que en mi aldea no nombran. ¿No sería mejor ir hacia el este, y cruzar la cordillera de Fed junto a la costa, donde acaba? Luego podríamos retomar el camino hacia el oeste desde Ciudad Puerto. Ya estaríamos en el sur.
Marco miró a Hyasu y levantó las cejas, sorprendido de su propia estupidez al abrírsele la posibilidad de otros senderos y no haberlo consultado siquiera con Mawt. Pero también se le ocurrió que quizá ese camino, por lo que le había dicho Odath, lo acercara al Templo de Naksuru, del que no había hablado al chaval.
-La verdad, Hyasu: no tengo ni puta idea. No se me ocurrió preguntar. ¿Es un buen camino?
Hyasu sonrió:
-La verdad, Marco, yo tampoco tengo ni puta idea. Nunca he bajado tanto.
Se rieron.
-Jamás me he fiado mucho de las profecías, pero la vieja Berta, de Tamnar, pareció darle mucha importancia a localizar a una tal Gorda Inmunda. ¿Sabes algo de ella?
-¿La Gorda Inmunda? ¿Así, como suena?
-Así, como suena.
-Bueno, en mi aldea hay varias marujas que podrían coincidir con esa descripción. Mujeres aburridas con maridos desesperados, que al principio tratan bien a las personas, pero que en cuanto uno es desterrado son las primeras en escupir. Y seguro que nos encontraremos con señoras del mismo talante a lo largo del viaje. ¿No hay ninguna otra pista?
-Que puede llevarnos ante el maestro de Verhent, alguien llamado Ebucema. Necesitaremos encontrar a ese hombre si queremos cruzar el cementerio del sur y llegar hasta la morada de Verhent. No sé nada más.
Hyasu expresó su desconocimiento con una sacudida de cabeza.
-Ni idea.
-Pues estamos apañados.
-Pues sí, eso parece. De todos modos, andaré pendiente de las lorzas de las mujeres que nos crucemos.
-No sé si hará… falta… Oye, ¿qué es eso? –preguntó Marco de repente, señalando el horizonte. Casi inapreciable, pero obvia al fijar la vista, se levantaba una polvareda en el límite que separaba el cielo de la tierra, a lo lejos. La quietud de aquella inmensa nube de polvo hacía patente que se encontraba a bastantes kilómetros, y que su tamaño era poco menos que descomunal. Hyasu se llevó una mano a la frente para evitar el resplandor del sol y fijó la vista.
-No sé… Podría ser el viento, o una multitud. Caballería, quizá. ¿Vienen hacia nosotros?
Marco se encogió de hombros.
-O se alejan y no los hemos visto porque van más despacio. Supongo que pronto lo sabremos.
En efecto, transcurrida una media hora parecía ya claro que la polvareda se dirigía directamente hacia ellos. En una hora a lo sumo, calculó Marco, se encontrarían en el camino. Lo cual lo llevó a pensar si, quizá, no deberían esconderse. ¿Qué sucedería si se trataba de alguna facción del ejército que el norte estaba reclutando? Seguramente tendrían que unirse a ellos, de buen grado o a la fuerza. Poco o nada sabía Marco de la guerra y de sus preparativos. Y, a juzgar por cómo se retorcía las manos Hyasu, y cómo jugueteaba con varios de sus tintineantes bolsillos, él tampoco.
-No nos esconderemos –decidió al fin Marco-. Quizá puedan ayudarnos, orientarnos, incluso vendernos algunas provisiones para más adelante. O darnos información. Sé que es arriesgado, pero no podemos desaprovechar esta oportunidad.
-Como quieras –dijo Hyasu, poco convencido-. Pero por la ruta que llevan, parece que vienen de Domova. O bien han pasado por allí, o directamente son de allí. ¿Por qué se iría tanta gente de la ciudad, en este último caso? Mira, ya se ven las carretas. Hay decenas de ellas. Pero si van a la guerra, somos hombres muertos; o yo al menos, porque no pienso alistarme. Bastante mierda he dejado atrás.
-No te pongas nervioso. Y no hables. Cuando estemos a su altura, déjame a mí, ¿de acuerdo? No necesitamos ninguna escenita tipo Hijo de la Sombra recauchutado.
-¡Ah! ¡Me ofendes, Marco! Yo no…
-Te pido disculpas –se apresuró a decir Marco. No se veía con fuerzas para ponerse a debatir los argumentos de Hyasu, tan teñidos siempre por su colorida fantasía egolátrica.
Hyasu aceptó las disculpas a regañadientes. Marco sabía que era por no poder explayarse, no porque lo hubiera ofendido realmente. ¡Maldito crío!
Casi una hora y media después los dos grupos de viajeros se cruzaron en el camino. Desde hacía varios minutos era obvio que existía nerviosismo también en la gigantesca caravana: los hombres, que parecían encapuchados, se gritaban cosas y se cambiaban de carreta en una especie de frenesí; pero, por lo menos, no parecía ni por asomo una caravana militar, aunque Marco no supo a qué se debía esta seguridad.
Dos hombres a caballo precedían a los cientos de vehículos destartalados. Se detuvieron en cuanto llegaron ante Marco y Hyasu, con su polvareda inmensa detrás, y ellos hicieron lo mismo. Con un gesto de la mano de uno de los encapuchados, las carretas que iban detrás se fueron deteniendo como a desgana. Muchas iban tiradas por bueyes, algunas por raquíticos caballos, y las había incluso, ¿oh qué era eso?, tiradas por grupos de encapuchados de aspecto más que evidentemente femenino. Todos, hombres, mujeres o lo que fueran, tanto los que iban en carro como los que avanzaban a pie, miraban constantemente a los lados del camino, como temiendo una emboscada. Era sin embargo claro que el terreno no era apropiado para semejante táctica; no obstante, el nerviosismo no pareció esfumarse de la caravana con este ligero consuelo.
Marco tragó saliva pero no se le ocurrió cómo saludar a los hombres. Hyasu estaba cruzado de brazos a su lado, lamentando quizá no haberse puesto él también su capucha y mostrar, así, un aspecto más fiero y amenazador. Los dos hombres a caballo los observaron durante lo que pareció un largo rato, y finalmente uno de ellos, el que había levantado el brazo, dejó escuchar su ronca voz cascada.
-¡Salud, viajeros!
-¡Salud! –respondió Marco, procurando que su voz sonara casual y libre de cualquier viso de amenaza. Estuvieran o no armados, fueran o no guerreros, eran una multitud, y podrían destrozarlos con facilidad. Sobre todo a Hyasu, añadió para sí, divertido.
-Lleváis camino cierto hacia Domova, ¿me equivoco? No se me ocurre adónde podríais ir si no por estos andurriales.
-Pues sí, vamos hacia Domova. ¿Venís de allí?
El segundo hombre dejó escapar lo que semejaba una risita a través de la tela sucia que le tapaba la boca.
-Somos de allí –dijo el primer hombre-. Quizá unos viajeros tan experimentados se dejen aconsejar, ya que Gruddah ha decidido disponer de este encuentro. ¿Sois guerreros?
-No.
-Sí –dijo Hyasu algo desafiante.
-No –enfatizó Marco, echándole una mirada de reojo y deseando estar sentado en una mesa junto a él, para tener la simple excusa de poder pegarle un pisotón por debajo con todas sus fuerzas y partirle el pie-. Sólo somos viajeros. Buscamos aprovisionarnos en Domova. ¿Por qué, qué es lo que pasa? ¿Por qué deberíamos dejarnos aconsejar?
Pero el hombre dirigió sus cansados ojos a Hyasu.
-El joven es de Daya- San, no cabe duda. O es un guerrero, o lo intenta. ¿Te han desterrado acaso, cachorro? Conozco vuestras costumbres.
Marco apretó los dientes. Hyasu inclinó la cabeza amenazadoramente.
-¿Y qué si lo soy? –dijo, y acercó la mano a uno de sus bolsillos, lo que provocó una nueva risita en el hombre que aún no había hablado. Pero antes de poder contenerse, Marco observó que su propia mano salía despedida y sacudía una colleja al chico que lo echó un par de pasos hacia delante.
-¡AY! –exclamó Hyasu, y se dio la vuelta y se encaró con Marco mientras se sujetaba la nuca-. ¿Pero qué coño haces?
Marco estalló.
-¿Pero no te he dicho que te estés callado y que me dejes hablar a mí, joder? –bramó, y Hyasu retrocedió unos pasos. Pareció a punto de responder algo cuando ambos, Marco y el chico, prestaron a los dos hombres toda su atención: se estaban carcajeando abiertamente.
-¿Pero qué…? –murmuró Hyasu, y sus ojos se abrieron como platos-. ¿Os divertís?
Para su sorpresa, o su decepción, el hombre respondió, mientras su compañero hacía evidentes esfuerzos por no caerse de su caballo. Parecía a punto de sufrir un ataque.
-Mucho –contestó el hombre con hilaridad-. Da gusto veros tan vitales… Espero que lo que os vamos a anunciar a continuación no acabe con vuestra alegría interior, aunque no albergo esa esperanza. ¡Oídme, viajeros!
Marco sujetó el brazo de Hyasu y lo obligó a estarse quieto.
-Bueno, decidnos. ¿Qué sucede?
Los hombres, que ya no reían (aunque el callado seguía respirando con breves jadeos, no recuperado del todo, al parecer), se miraron durante un par de segundos. Luego el primero continuó.
-El básquil de Domova ha perdido el juicio, o ha sido poseído por un demonio. No es una ciudad recomendable en estos tiempos-. Miró de nuevo a Hyasu con atención-. Nosotros hemos sido desterrados también, cachorro. Somos la Caravana de los Desahuciados.
Y se apartó la tela que le cubría el rostro, y Marco comprendió el porqué de su extraño acento, mientras trataba de no apartar la mirada por respeto, a pesar de la repulsa que le provocaba: el hombre tenía la mitad inferior de su rostro, incluidos los labios y la barbilla, recién arrancados a tiras. Se apreciaban los huesos y los músculos dañados en toda su viscosa plenitud.
Al parecer satisfecho con el resultado obtenido, volvió a cubrir su rostro hasta los ojos.
-Este es nuestro castigo por no ser útiles para la guerra. Hemos sido mellados. Si realmente sois simples viajeros, y no pretendéis entrar al servicio del nuevo ejército de Treydjem, os aconsejo que cambiéis de rumbo inmediatamente.
-¿Pero qué salvajada os han…? –comenzó Marco, sintiendo la boca seca y rasposa.
-Inmediatamente –repitió cortante el hombre, y su compañero volvió a reír. Aunque esta vez Marco advirtió que la cualidad de esa risa lindaba con la locura.
La conversación que mantuvieron aquella mañana estuvo preñada de constantes esfuerzos por parte de Hyasu para llegar a creer siquiera un poco de lo que Marco le estaba relatando. No sabía todavía si debía tildar a su nuevo amigo de excéntrico, de chiflado o, simplemente, de rematado loco de atar. Por más que pretendía enfocar su atención en la historia, constantemente se veía eludido de ella por sus propias divagaciones, más pendiente en realidad de fallos de lógica y paradojas que del hilo en sí. Y como le resultaba extremadamente cansado creer con tino lo que iba narrándole Marco, supuso que ya tendría tiempo de rumiar todo aquello y decidió prestarle la misma atención que le hubiera concedido a un cuento de los que le narraba su madre antes de dormir, que era, en el fondo, de lo que creía que se trataba en realidad. La vieja y enorme Araña, los recuerdos del primer baile con Drilce, su reunión, las voraces wundargas, el encuentro con el dios equivocado en la caverna, el infierno de su amigo el loco, la bruja de la cabaña del monte y su sirviente asesino, la negra máquina del vacío y la conexión con las ruinas del norte de Tanmar… Disparates, sin duda.
No obstante, existía una lógica pesada en todo aquello, y si Marco se lo estaba inventando, desde luego era un narrador de disparates cojonudo. Hyasu sólo comenzó a interesarse de veras cuando escuchó el nombre de Verhent. A partir de ese punto, parecía, la historia abandonaba (en cierto modo) el matiz de desatino, y comenzaba a hacerse plausible a efectos realmente prácticos. Verhent era un nombre conocido. Terrible, sí, y envuelto en un halo de mito, pero plausible, por denominarlo de algún modo. Pocos en Huath se hubieran atrevido a dudar de su existencia, al menos en un pasado no demasiado remoto. Y en la aldea de Hyasu se rumoreaba también, al igual que en Tamnar, que este demonio seguía aguardando en el sur a que las circunstancias le fueran propicias para extender su maldad de nuevo por el mundo. Ahora bien, ¿hasta qué punto era cierto que Marco se había encontrado con él? ¿Cómo podría ser posible que hubiera sobrevivido, y no sólo eso, sino que estuviera dispuesto a un segundo enfrentamiento? Marco aclaró enseguida aquel punto.
-Nunca he pretendido mostrarme de nuevo ante él. Creo que es posible realizar mi tarea sin necesidad de que él se dé cuenta siquiera. Sólo tengo que llegar hasta la estancia donde guardaba todas aquellas rocas oscuras que colecciona, y hacerme con la que me interesa.
-¿Y cómo diantres la vas a reconocer, si hay, como dices, miles de ellas?
-Creo que lo sabré cuando llegue el momento. He vivido tantas, tantas experiencias con Drilce; ella me llamará.
-Eso sí que es una señora suposición –comentó Hyasu-. ¿Y qué vas a hacer si no descubres a cuál de las piedras corresponde tu chica? Empiezo a creer que la vieja tenía razón: no estás preparado para este viaje. Das por supuestas demasiadas cosas.
Marco, algo molesto, replicó:
-¿Ah, sí? ¿Y qué harías tú?
Hyasu pensó su respuesta durante un rato.
-Bien, vamos a plantear la cuestión a grandes rasgos, y dime si me he perdido algo. Tu chica está en poder de un viejo demonio y tú quieres liberarla de su morada. Para ello, has venido a recorrer cientos, quizá miles de kilómetros, armado con un cuchillo de pescador, y pretendes atravesar no sólo la totalidad de Huath de norte a sur, con los peligros que eso conlleva ya de por sí, sino además justo durante una época de guerra que coincide con la reunión inminente de un ejército de muertos que pronto estará dispuesto a las órdenes de este demonio. Atravesarás, me imagino, su ejército a cuchilladas, le pegarás un capón al demonio por gamberro, le dirás que no vuelva a hacerlo y te llevarás contigo a tu chica de vuelta a tu casa, donde ambos seréis felices para siempre.
Marco sonrió.
-Sí, todo correcto, excepto por dos puntos: primero, el demonio es un hombre: puede morir. Y segundo, mi esperanza no es recuperar a Drilce, sino liberarla. Por lo demás, lo has expresado bastante bien.
Hyasu resopló.
-¿Y teniendo en cuenta todo esto, aún te viste con fuerzas de rechazar la ayuda del Hijo de la Sombra?- preguntó.
-Hostias más grandes me he llevado que la tuya –respondió Marco en el mismo tono de burla.- ¿O no te has fijado en mi nariz?
Continuaron debatiendo tranquilamente. El terreno era despejado, y se podía percibir prácticamente todo hasta donde la vista alcanzaba. El peligro de ser sorprendido por un enemigo en un terreno tan descubierto era mínimo. De todos modos, ¿qué enemigos tenían, a aquellas alturas? Solamente, quizá, aquellos cadáveres que atacaban, y balbuceaban Dios sabría por qué motivo.
-Entonces, más o menos, estamos de acuerdo en esto –dijo Hyasu-: te acompañaré en tu camino porque, básicamente, no tengo nada mejor que hacer. Te protegeré con mi espada, y quedaré libre cuando a mí me parezca bien. He de añadir –continuó con una sonrisa- que me fascina la idea de viajar al sur. Quizá nos encontremos con ese viejo Verhent y pueda probar en él mi espada. Es un personaje muy importante, y matarlo significaría sin duda la gloria para mi familia por los siglos de los siglos. Claro que mis padres no podrán saberlo, teniendo en cuenta que crían malvas bajo su árbol, pero mis hermanos y primos serían tratados con honores por los nuestros y yo podré escupir a la cara del Gran Aku, mientras desnudo a su hija delante de sus barbas blancas y le doy un nieto que lo desprecie para siempre. ¡Ah!
Antes de poder decir nada para evitarlo, Marco se encontró escuchando las malvadas carcajadas que despertaba en Hyasu su pueril plan de venganza.
-Tranquilo, Hyasu. Te precipitas. Es fundamental que comprendas, aquí y ahora, que Verhent no sabe que yo estoy en Huath. No soy más que una miserable hormiga para él, de eso estoy seguro, pero si sabe que ando tras Drilce no cejará en su empeño por dificultarme las cosas. La primera vez que nos encontramos yo no pude revelarle el secreto de los Saltos porque ni yo mismo lo comprendía; pero ahora es diferente, y podría llegar a sacarme la información, lo cual sería una catástrofe. Me cree muerto, o eso puede parecer, así que seguiremos el plan a mi modo. Cuando me haya hecho con la roca podrás hacer lo que quieras. Pero te prevengo: no te imaginas lo rápido que es. No creo que tu espada, por muy Hijo de la Sombra que seas, pueda rivalizar con sus simples puños.
-Ya. El pozo, la palmadita de Mademhavem. ¡Paparruchas!
-De todos modos, el camino es largo. Puedes, en efecto, abandonar cuando lo desees. Como ya te dije, es mi camino, no el tuyo.
Hyasu lo miró, sinceramente asombrado.
-¿Estás de broma?
De modo que poco después se pusieron en camino, una vez recogidos los bártulos y plegada la piel que serviría, a partir de ahora, como lecho para dos personas.
-Y ese arco, ¿estás versado en el arte de la flecha? –se interesó Hyasu.
-Es el primero que tengo. Es el de Odath, el que usó para librarme de aquel muerto subnormal. La verdad es que no acertaría a un elefante a dos metros aunque me fuera la vida en ello.
-¿Me lo dejas ver?
Marco lo descolgó del zurrón, donde bailaba molestamente, y se lo tendió. Hyasu lo examinó con cuidado mientras caminaba, acercando aquí y allá la nariz a la vieja madera.
-Tejo, ¿no? Vaya, es un buen arco. Es maravilloso, de hecho. Y las flechas están trabajadas también, da gusto verlas. ¿Me dejas probarlo?
Marco pensó en lo fácilmente que había saltado el puñal del chico en su ataque sorpresa, la noche anterior, y se imaginó dónde podría acabar una flecha disparada por él.
-No, lo siento. Odath me dijo que pesa una maldición sobre él. Sólo yo puedo usarlo.
-Ah, vaya… Es una lástima. En mi aldea yo era considerado como uno de los mejores arqueros que jamás ha existido. Sólo mi tatarabuelo, Dento el Incorrupto, podía superarme, según cuentan. Una vez le di en un ojo a una alondra en pleno vuelo.
-Impresionante –comentó Marco sin interés mientras Hyasu le devolvía el arco.
No pasó mucho tiempo hasta que el chico sacó un nuevo tema de conversación. Parecía incapaz de caminar en silencio, como si con cada paso cargara su lengua de palabras que tenían que salir a toda costa.
-Una vez que lleguemos a Domova, ¿qué vamos a hacer?
-Aprovisionarnos.
-Y después, ¿qué camino vamos a tomar hacia el sur?
-Uno largo, según parece. Vamos a seguir el río hasta no sé qué cascadas, y de ahí pasaremos a la ciudad de Grebda, que al parecer no se halla muy lejos del Paso de Fed. Evitaremos en cualquier caso los pantanos del este. Mawt, el básquil de Tamnar, insistió en ese punto. No nos vendría mal un buen mapa, pero parece que Grebda es importante, así que los caminantes podrán orientarnos.
-El paso de Fed, por lo que sé, está custodiado por algo demoniaco que en mi aldea no nombran. ¿No sería mejor ir hacia el este, y cruzar la cordillera de Fed junto a la costa, donde acaba? Luego podríamos retomar el camino hacia el oeste desde Ciudad Puerto. Ya estaríamos en el sur.
Marco miró a Hyasu y levantó las cejas, sorprendido de su propia estupidez al abrírsele la posibilidad de otros senderos y no haberlo consultado siquiera con Mawt. Pero también se le ocurrió que quizá ese camino, por lo que le había dicho Odath, lo acercara al Templo de Naksuru, del que no había hablado al chaval.
-La verdad, Hyasu: no tengo ni puta idea. No se me ocurrió preguntar. ¿Es un buen camino?
Hyasu sonrió:
-La verdad, Marco, yo tampoco tengo ni puta idea. Nunca he bajado tanto.
Se rieron.
-Jamás me he fiado mucho de las profecías, pero la vieja Berta, de Tamnar, pareció darle mucha importancia a localizar a una tal Gorda Inmunda. ¿Sabes algo de ella?
-¿La Gorda Inmunda? ¿Así, como suena?
-Así, como suena.
-Bueno, en mi aldea hay varias marujas que podrían coincidir con esa descripción. Mujeres aburridas con maridos desesperados, que al principio tratan bien a las personas, pero que en cuanto uno es desterrado son las primeras en escupir. Y seguro que nos encontraremos con señoras del mismo talante a lo largo del viaje. ¿No hay ninguna otra pista?
-Que puede llevarnos ante el maestro de Verhent, alguien llamado Ebucema. Necesitaremos encontrar a ese hombre si queremos cruzar el cementerio del sur y llegar hasta la morada de Verhent. No sé nada más.
Hyasu expresó su desconocimiento con una sacudida de cabeza.
-Ni idea.
-Pues estamos apañados.
-Pues sí, eso parece. De todos modos, andaré pendiente de las lorzas de las mujeres que nos crucemos.
-No sé si hará… falta… Oye, ¿qué es eso? –preguntó Marco de repente, señalando el horizonte. Casi inapreciable, pero obvia al fijar la vista, se levantaba una polvareda en el límite que separaba el cielo de la tierra, a lo lejos. La quietud de aquella inmensa nube de polvo hacía patente que se encontraba a bastantes kilómetros, y que su tamaño era poco menos que descomunal. Hyasu se llevó una mano a la frente para evitar el resplandor del sol y fijó la vista.
-No sé… Podría ser el viento, o una multitud. Caballería, quizá. ¿Vienen hacia nosotros?
Marco se encogió de hombros.
-O se alejan y no los hemos visto porque van más despacio. Supongo que pronto lo sabremos.
En efecto, transcurrida una media hora parecía ya claro que la polvareda se dirigía directamente hacia ellos. En una hora a lo sumo, calculó Marco, se encontrarían en el camino. Lo cual lo llevó a pensar si, quizá, no deberían esconderse. ¿Qué sucedería si se trataba de alguna facción del ejército que el norte estaba reclutando? Seguramente tendrían que unirse a ellos, de buen grado o a la fuerza. Poco o nada sabía Marco de la guerra y de sus preparativos. Y, a juzgar por cómo se retorcía las manos Hyasu, y cómo jugueteaba con varios de sus tintineantes bolsillos, él tampoco.
-No nos esconderemos –decidió al fin Marco-. Quizá puedan ayudarnos, orientarnos, incluso vendernos algunas provisiones para más adelante. O darnos información. Sé que es arriesgado, pero no podemos desaprovechar esta oportunidad.
-Como quieras –dijo Hyasu, poco convencido-. Pero por la ruta que llevan, parece que vienen de Domova. O bien han pasado por allí, o directamente son de allí. ¿Por qué se iría tanta gente de la ciudad, en este último caso? Mira, ya se ven las carretas. Hay decenas de ellas. Pero si van a la guerra, somos hombres muertos; o yo al menos, porque no pienso alistarme. Bastante mierda he dejado atrás.
-No te pongas nervioso. Y no hables. Cuando estemos a su altura, déjame a mí, ¿de acuerdo? No necesitamos ninguna escenita tipo Hijo de la Sombra recauchutado.
-¡Ah! ¡Me ofendes, Marco! Yo no…
-Te pido disculpas –se apresuró a decir Marco. No se veía con fuerzas para ponerse a debatir los argumentos de Hyasu, tan teñidos siempre por su colorida fantasía egolátrica.
Hyasu aceptó las disculpas a regañadientes. Marco sabía que era por no poder explayarse, no porque lo hubiera ofendido realmente. ¡Maldito crío!
Casi una hora y media después los dos grupos de viajeros se cruzaron en el camino. Desde hacía varios minutos era obvio que existía nerviosismo también en la gigantesca caravana: los hombres, que parecían encapuchados, se gritaban cosas y se cambiaban de carreta en una especie de frenesí; pero, por lo menos, no parecía ni por asomo una caravana militar, aunque Marco no supo a qué se debía esta seguridad.
Dos hombres a caballo precedían a los cientos de vehículos destartalados. Se detuvieron en cuanto llegaron ante Marco y Hyasu, con su polvareda inmensa detrás, y ellos hicieron lo mismo. Con un gesto de la mano de uno de los encapuchados, las carretas que iban detrás se fueron deteniendo como a desgana. Muchas iban tiradas por bueyes, algunas por raquíticos caballos, y las había incluso, ¿oh qué era eso?, tiradas por grupos de encapuchados de aspecto más que evidentemente femenino. Todos, hombres, mujeres o lo que fueran, tanto los que iban en carro como los que avanzaban a pie, miraban constantemente a los lados del camino, como temiendo una emboscada. Era sin embargo claro que el terreno no era apropiado para semejante táctica; no obstante, el nerviosismo no pareció esfumarse de la caravana con este ligero consuelo.
Marco tragó saliva pero no se le ocurrió cómo saludar a los hombres. Hyasu estaba cruzado de brazos a su lado, lamentando quizá no haberse puesto él también su capucha y mostrar, así, un aspecto más fiero y amenazador. Los dos hombres a caballo los observaron durante lo que pareció un largo rato, y finalmente uno de ellos, el que había levantado el brazo, dejó escuchar su ronca voz cascada.
-¡Salud, viajeros!
-¡Salud! –respondió Marco, procurando que su voz sonara casual y libre de cualquier viso de amenaza. Estuvieran o no armados, fueran o no guerreros, eran una multitud, y podrían destrozarlos con facilidad. Sobre todo a Hyasu, añadió para sí, divertido.
-Lleváis camino cierto hacia Domova, ¿me equivoco? No se me ocurre adónde podríais ir si no por estos andurriales.
-Pues sí, vamos hacia Domova. ¿Venís de allí?
El segundo hombre dejó escapar lo que semejaba una risita a través de la tela sucia que le tapaba la boca.
-Somos de allí –dijo el primer hombre-. Quizá unos viajeros tan experimentados se dejen aconsejar, ya que Gruddah ha decidido disponer de este encuentro. ¿Sois guerreros?
-No.
-Sí –dijo Hyasu algo desafiante.
-No –enfatizó Marco, echándole una mirada de reojo y deseando estar sentado en una mesa junto a él, para tener la simple excusa de poder pegarle un pisotón por debajo con todas sus fuerzas y partirle el pie-. Sólo somos viajeros. Buscamos aprovisionarnos en Domova. ¿Por qué, qué es lo que pasa? ¿Por qué deberíamos dejarnos aconsejar?
Pero el hombre dirigió sus cansados ojos a Hyasu.
-El joven es de Daya- San, no cabe duda. O es un guerrero, o lo intenta. ¿Te han desterrado acaso, cachorro? Conozco vuestras costumbres.
Marco apretó los dientes. Hyasu inclinó la cabeza amenazadoramente.
-¿Y qué si lo soy? –dijo, y acercó la mano a uno de sus bolsillos, lo que provocó una nueva risita en el hombre que aún no había hablado. Pero antes de poder contenerse, Marco observó que su propia mano salía despedida y sacudía una colleja al chico que lo echó un par de pasos hacia delante.
-¡AY! –exclamó Hyasu, y se dio la vuelta y se encaró con Marco mientras se sujetaba la nuca-. ¿Pero qué coño haces?
Marco estalló.
-¿Pero no te he dicho que te estés callado y que me dejes hablar a mí, joder? –bramó, y Hyasu retrocedió unos pasos. Pareció a punto de responder algo cuando ambos, Marco y el chico, prestaron a los dos hombres toda su atención: se estaban carcajeando abiertamente.
-¿Pero qué…? –murmuró Hyasu, y sus ojos se abrieron como platos-. ¿Os divertís?
Para su sorpresa, o su decepción, el hombre respondió, mientras su compañero hacía evidentes esfuerzos por no caerse de su caballo. Parecía a punto de sufrir un ataque.
-Mucho –contestó el hombre con hilaridad-. Da gusto veros tan vitales… Espero que lo que os vamos a anunciar a continuación no acabe con vuestra alegría interior, aunque no albergo esa esperanza. ¡Oídme, viajeros!
Marco sujetó el brazo de Hyasu y lo obligó a estarse quieto.
-Bueno, decidnos. ¿Qué sucede?
Los hombres, que ya no reían (aunque el callado seguía respirando con breves jadeos, no recuperado del todo, al parecer), se miraron durante un par de segundos. Luego el primero continuó.
-El básquil de Domova ha perdido el juicio, o ha sido poseído por un demonio. No es una ciudad recomendable en estos tiempos-. Miró de nuevo a Hyasu con atención-. Nosotros hemos sido desterrados también, cachorro. Somos la Caravana de los Desahuciados.
Y se apartó la tela que le cubría el rostro, y Marco comprendió el porqué de su extraño acento, mientras trataba de no apartar la mirada por respeto, a pesar de la repulsa que le provocaba: el hombre tenía la mitad inferior de su rostro, incluidos los labios y la barbilla, recién arrancados a tiras. Se apreciaban los huesos y los músculos dañados en toda su viscosa plenitud.
Al parecer satisfecho con el resultado obtenido, volvió a cubrir su rostro hasta los ojos.
-Este es nuestro castigo por no ser útiles para la guerra. Hemos sido mellados. Si realmente sois simples viajeros, y no pretendéis entrar al servicio del nuevo ejército de Treydjem, os aconsejo que cambiéis de rumbo inmediatamente.
-¿Pero qué salvajada os han…? –comenzó Marco, sintiendo la boca seca y rasposa.
-Inmediatamente –repitió cortante el hombre, y su compañero volvió a reír. Aunque esta vez Marco advirtió que la cualidad de esa risa lindaba con la locura.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

