viernes, 11 de mayo de 2012

Miserere Mei


Ganador del XIV Certamen Literario del portal Ka Tet Corp.

Me dijeron que bastaba con un parrafillo de nada, que escribiera lo que me diera la gana, con la única condición de que fuera lo suficientemente críptico para justificar su victoria sobre los demás miles de microrrelatos. Es lo que suele suceder cuando tu cuñado es primo de la novia del organizador de un concurso. Yo tenía un cierto nombre y algunas de mis obras, muy bien recibidas por la crítica, bastaban ya por sí solas para justificar un triunfo, aunque fuera a través de la mayor mierda jamás cagada. Así que era sencillo, un plan similar a los sabidos planes con que algunos cargos políticos o empresariales suelen hacerse con un dinerillo fácil: un cacho para ti, un cacho para mí y a otra cosa mariposa.
            La retribución era de las más altas que existían para este tipo de concursos y la pasta, ¿por qué no decirlo?, me venía muy bien. Andaba yo bastante apretado en cuanto a las cuotas del coche de mi mujer y me pareció bien que un tipo de letras pagara otro tipo de letras. Y en mitad del famoso bloqueo de escritor era más que probable que por mí mismo no pudiera rascarle suficiente a mi talento para cubrir las espectaculares vacaciones que tenía previstas. Así que un párrafo, ¿eh? ¿Cuanto más enrevesado mejor? Caramba, eso sí se me daba bien últimamente gracias al alcohol. No podía desaprovechar la oportunidad.
            Dinero fácil. Después ya vería.
            Me puse a la tarea. Un párrafo. Cincuenta palabras como máximo y un tema: la miseria humana en cualquiera de sus vertientes. Absoluta libertad al respecto, puesto que ya había ganado el concurso antes de empezar. Sonreí sin poder evitarlo al pensar en la cantidad de personas que en aquel momento se estarían esforzando por crear maravillas literarias en sus ordenadores.
            Abrí el documento en blanco, el mismo al que me enfrentaba inútilmente casi todas las mañanas, e hice lo que solía hacer: agité los dedos sobre el teclado sin tocarlo y aguardé la aparición de la musa.
            No vino. Decidí enfocarlo desde la primera persona y pulsé dos teclas: la Y y la O. YO. ¿Yo qué? Daba lo mismo. Entré en mi cabeza y pensé: miseria humana. Algo de un mendigo abandonado por la sociedad. Sí, eso colaría sin extrañar demasiado a los concursantes despechados. Un mendigo. Hm, sí: abandonado por su mujer dos años antes. Que perdió su trabajo. Que había empezado a tontear con las drogas.
De pronto un maullido. Rufo se subió al teclado justo cuando iba a escribir “me llamo Claudio” (estaba leyendo en aquellos días a Robert Graves) y se ocupó él de rellenar la frase con sus patas: “akweugf lehñl”. Maldije en alto y lo eché de un manotazo.
-¡Quita, coño!
Eliminé el arranque lingüístico de Rufo, quien desapareció a toda velocidad, y volví a enfrentarme al YO. El resto en blanco. Un párrafo por rellenar. De pronto cincuenta palabras se me antojaron cincuenta mil.
No empieces, me dije. Concéntrate. Escribe y punto.
Paseé de nuevo las manos. ¿Qué quería poner ahí? Ah, sí: Claudio.
-Cariño, ¿estás ocupado?
La voz de mi mujer. Ni levanté la vista para ver su rostro asomado a la puerta.
-¿Sí? –pregunté con fingida cortesía. Claudio desapareció de mi mente.
-¿Me ayudas a doblar esta sábana?
Explosión en mi cabeza.
-Claro.
Me levanté y fui tras ella. Doblamos entre ambos esa sábana y otras tres.
-Gracias, cariño.
-De nada, mujer.
De vuelta a mi página casi en blanco. YO. ¿Yo qué? ¿De qué iba la cosa? Claudio… Ya, el mendigo maltratadito por la sociedad. ¡Adelante, amigos, acabemos con todos esos charlies de una vez! Entonces sonó el teléfono: siempre me olvidaba de desconectar el del despacho antes de ponerme a escribir. Aguardé los seis o siete tonos que tardó mi mujer en cogerlo. Quizá se estaba quedando sorda. No es que fuera vieja, pero ya había entrado en la cuarentena y…
¡Claudio, maldición! ¡Acaba de una vez con el mendigo este! El microrrelato tenía que estar listo aquella misma mañana. ¡Siempre dejando las cosas para última hora! Lo que me faltaba, ahora la voz de mi madre recordándome mi infancia.
Oía la voz de mi mujer en la otra habitación, el murmullo constante de su tono bajando y subiendo según lo indignada que estuviera por la cantidad de nuevos cotilleos que le proporcionara su amiga, su hermana o quien la hubiera llamado.
YO. Claudio, Claudio, Claudio, ¿en qué andas? ¿Tú quién eres? Siéntate aquí… ¡y obedece!
Página casi en blanco.
YO.
El timbre de la puerta. El cartero, sin duda: era puntualmente infalible con sus certificados. Estaba seguro de que le gustaba mi mujer, que venía todos los días por si tenía suerte y no me pillaba a mí en casa. Como ella seguía hablando tuve que levantarme yo. Por el pasillo aproveché la coyuntura y le solté una patada al gato, que él esquivó con su habitual profesionalidad.
Firme aquí. Hala, gracias. Mi mujer no está disponible, baboso, has visto demasiado porno.
Regresé al YO. ¿Qué hora era? ¡Dios mío, las doce menos diez!
YO.
No me daría tiempo.
YO.
¡El plazo!
YO.
¡Claudio, haz algo!
¡YO! ¡YO! ¡YO!
Mi cabeza reventó; el derrame en el ojo lo vería más tarde. En un impulso arrebatado guardé el documento y lo adjunté al email con el título “YO”. Acto seguido pulsé el botón de ENVIAR. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me consolé a mí mismo pensando: bueno, en las normas ponía que máximo cincuenta palabras, pero no especificaba nada de un mínimo.
Dos meses después, el resultado. ¿Y sabéis una cosa? Me satisfizo plenamente. Hubiera podido escribir un párrafo soporífero, pero por primera vez, cuando vi en la página web del concurso que había resultado ganador, me di cuenta de que realmente, como literato, había escrito mi primera gran verdad:
GANADOR DEL III CONCURSO NACIONAL DE MICRORRELATO
MISERIA HUMANA:
“YO”

viernes, 16 de marzo de 2012

Golpe de Suerte

Un pequeño tanteo al género teatral presentado y... no seleccionado, claro. JEJEJE, como decía Obelix.

Un personaje: Eva, mujer de unos 35 años, ex ama de casa que ha tenido que ponerse a trabajar tras el abandono de su marido, que se fue con otra. Aspecto desaliñado, lleva puesta una bata de andar por casa, mirada triste y ciertamente agobiada.

Un escenario: una única silla; podemos deducir que se encuentra en su casa.

Eva está sentada en la silla. Mira unos papeles que tiene sobre su regazo: pueden ser escrituras de propiedad, documentos del banco, contratos… No importa, puesto que es evidente que se trata de algo que la tiene preocupada. Después nos enteraremos.

ÚNICO ACTO.

Eva hojea los documentos en su regazo, los pasa de una mano a otra, los estudia, menea la cabeza. No los comprende muy bien, es evidente. Resopla. De pronto suena (o vibra) el teléfono móvil: lo tiene en un bolsillo de la bata. Lo coge y lo lleva a la oreja.

EVA: ¿Diga? ¡Ah, hola, Carmen! No, estoy en casa. Pues no muy bien, ya sabes, revisando papeles… (…) Sí, quedé con el tío ese… Menuda mierda lo de quedar por Internet, chica. (…) Sí, a ti te habrá ido bien, pero yo no vuelvo a hacerlo; la próxima vez que quiera echar un polvo me lo pago, en serio. (…) No, si en la foto estaba muy guapo; lo que pasa es que se la debió de hacer en 1985. Tendría que haberlo sospechado: ya nadie lleva esos jerseys de pico. (…) ¡Qué mata de cabello! Ahí arriba sólo había tres o cuatro pelos, cada uno por su lado. (…) Claro: pues hay quien envejece bien y quien envejece mal, y este era de los malos. Pero mal, mal, mal. (…) Sí, era simpático, o eso parecía, porque no entendí la mitad de lo que me dijo: se le iba saliendo el puente. (…) Ya te digo que hablo en serio. Me llenó de migas varias veces. (…) ¡Qué va!, lo dejé en su casa. Si le doy un beso igual se me muere allí mismo. (…) Sí, pobre, tendría esperanzas; creo que se tomó una viagra cuando se fue al baño antes de pagar, porque el bulto ese no era normal. Se desfogaría luego él solito, espero. (…) Nunca, nunca más (…) ¿Yo? Ahora mismo me estoy mareando con los papeles del banco. Sí, me llamaron el viernes por lo de la hipoteca. Sí. La hipoteca. ¿No te conté la última? (…) Pues agárrate… Vienen diciéndome ahora que Alfonso lleva sin pagar la cuota seis meses. (…) ¡Qué va! Ni un duro. Ni un maldito duro. (…) ¿Y yo qué sé? Para que aumenten los intereses, supongo. (…) ¿Por los seis meses? Me piden 4000 y pico euros, así de golpe, más casi mil por los retrasos y las comisiones de no sé qué y el impago de no sé cuántos. (…) Sí, tengo 5000 ahorrados desde que me dejó; vamos, desde que se fue con la zorra esa. Estoy volviéndome loca leyendo la letra pequeña de los contratos a ver qué dicen, pero hija, no me entero de nada. (…) Claro que puedo pagar, pero me quedo sin nada. Y después vete a saber. (…) ¿Él? No lo sé, no he hablado con él ni pienso llamarlo. Estará en las Bahamas o por ahí con su amorcito adolescente. (…) Que no, que no lo llamo. Ya le han llamado del banco y me han dicho que se ha declarado insolvente, ¿te lo puedes creer? El muy hijo de puta. (…) ¡Pues nada, que si no lo pago mañana martes a primera hora comienzan con la orden de desahucio! (…) ¡TO-DO! Ni plazos ni hostias; pero es que encima, si ha dicho que no tiene pasta, eso significa que no piensa seguir pagando la hipoteca. ¿Cómo voy a hacer frente yo a seiscientos euros al mes si cobro novecientos? ¿Y la comida, y los plazos del coche y la lavadora, y la tele, y la comunidad…? (…) No, no voy a llorar. No te preocupes. No lloré cuando se largó ni lloré cuando murió mi madre ni he llorado nunca desde que vi Titanic, mujer, eso no es problema. Pero me veo en la calle. En la PUTA calle. (…) Pues nada, prostituyéndome, no veo otra salida. O robando un banco; total, quien roba a un ladrón… Supongo que pagaré lo que debe este cabrón, devolveré las cosas, incluido el coche, la aspiradora… (…) Claro; pues tendré que ir andando. No puedo perder ese trabajo, por miserable que sea. No hay otra cosa. (…) Ya te digo (carcajada muy amarga), cuando haya decorado el puente bajo el que viviré te invitaré a un vaso de agua. ¡Qué asco de vida, por Dios! (…) Bueno, ya veré. Estoy casi acabada. ¿Qué más me da ya?

Ahora se produce una pausa larga, unos quince o veinte segundos. La cara de Eva se va transformando. Abre mucho los ojos; primero, cara de desconfianza. Luego de asombro. Luego de absoluta dicha.

EVA: Espera, espera, espera. Empieza otra vez, despacio, Carmen. Muy despacio. (…) Sí, la Primi del sábado. Por favor, no me tomes el pelo. No ahora. (…) ¿Cuántos? ¿TODOS? (Eva se levanta de golpe, caen los papeles al suelo). ¿Los seis? (Tiembla, se pasa la mano libre por la frente). Espera. ¿Los seis números, estás segura? ¡Carmen! ¿LOS SEIS NÚMEROS? (Levanta las cejas con cara de alegría). ¡DIOS MÍO!

Eva se lleva las manos al pecho, móvil incluido. Se abraza a sí misma y se acuclilla. El puño cerrado se menea en una silenciosa muestra de victoria; de golpe y porrazo se han solucionado todos sus problemas. Se ve que está conteniéndose para no ponerse a dar saltos y a gritar. Tras una mirada radiante al Cielo, respira hondo y vuelve a poner el móvil en la oreja.

EVA: Sí, Carmen, perdona. Sigo aquí. Por Dios santo, Carmen, Por Dios, por Dios, por Dios… ¿Sabes lo que significa esto? ¿Y sólo nosotras? (…) ¡Exacto! Joder, qué milagro… ¡Qué milagro! ¿A cuánto tocamos cada una? (…) ¡MILLÓN Y MEDIO! ¿De euros? ¡DE EUROS, DIOS MÍO! ¡Somos millonarias! (…) ¡Sí! De acuerdo. (Eva se calma, vuelve a sentarse, respira varias veces y sacude la cabeza). Bueno, ¿cuándo los cobramos? (…) De acuerdo; mira, voy a llamar al banco ahora que todavía no han cerrado, para que me pasen ya la cuota esa. Sí, luego haré otro par de llamadas. ¿Hablamos a las cinco? De acuerdo, a las cinco. Sí, a las cinco en punto. Vale. Vale. ¡Carmen! Dios mío, millonarias… ¡Justo ahora! ¡Madre mía! Sí, sí. Llámame luego, ¡adiós!

Cuelga y, de nuevo, aprieta los puños y hace el gesto de un futbolista que ha metido un gol decisivo para su equipo. Se levanta de nuevo, da un par de vueltas sobre sí misma, resopla… Después vuelve a calmarse, se peina con las manos, recoge los papeles y se sienta de nuevo. Toma el teléfono, mira uno de los papeles y marca un número.

EVA: Hola, buenos días. Por favor, con don Emilio Zapata, soy Eva Pascual. Es por el impago de una hipoteca. Sí, gracias. (…) ¿Don Emilio? Hola, soy Eva Pascual, me llamó usted el viernes por lo de… Sí, eso es. Mire, he tenido un golpe de suerte. De suerte increíble. (…). Sí. Pues puede usted coger lo que hay en la otra cuenta. Sí, hágame el traspaso y déjelo todo cubierto. Eso es. Se acabó. Verá, iré un día de estos a cancelar toda la deuda y mis cuentas con ustedes. Quizá no debería decírselo, pero dadas las circunstancias creo que prefiero quedarme a gusto. ¿Me escucha bien? De acuerdo. Verá, nos ha tocado la Primi. Millón y medio. Eso es. (…) No, no me interesa. Ustedes han estado a punto de echarme a la calle. (…) No, no quiero ningún depósito a plazo, ni ninguna cuenta ahorro; no con ustedes, ¿comprende? Supongo que usted se hubiera llevado una buena comisión, ¿no es cierto? Bueno, pues se ha quedado sin ella. Lo meteré en otro banco. (…) ¡Anda! ¡Cómo ha cambiado usted de pronto! ¿Y su tono amenazante del viernes, cuando me dijo que o pagaba o me dejaba en la puta calle? (…) Que no me interesa. Haga lo que le he indicado. Buenos días.

Cuelga y sonríe. Queda unos segundos mirando al techo, luego retoma los papeles, localiza uno, lo lee y marca el número impreso.

EVA: Buenos días, soy Eva Pascual. Tengo con ustedes un coche financiado a ocho años… Un Fiat, sí, gris de dos puertas. Verá, ¿podría decirme cuál es el mejor coche de que disponen en este momento? (…) No, el mejor quiere decir el mejor, me da igual que sea el más potente, el más rápido o el más bonito… Me refiero al más caro. Sí. Gracias. (Durante la pausa Eva sonríe). ¿Tanto? ¿Hay gente que se gasta ese dineral en un coche? Qué vergüenza. Así va el país. Bueno, ¿podría reservármelo? Iré como muy tarde el viernes a por él. (…) Sin verlo y sin probarlo, exacto. Y a tocateja, ¿comprende? Me apetece darme un capricho. Tiene para CDs, ¿verdad? (…) No, el Fiat me lo quedaré también, es el recuerdo de una vida diferente, por así decirlo. También les pagaré la deuda de ese, por supuesto. Nada de planes de renovación. Eso es. Sí, el viernes calculo que iré. Muchísimas gracias. Adiós.

Cuelga. Toma otro papel y marca un nuevo número.

EVA: Buenos días, es la agencia de viajes, ¿verdad? Sí, soy Eva Pascual, me financiaron ustedes un crucero por el Mediterráneo hace dos veranos. Sí, ya lo pagué, pero verá, llamo porque me apetece viajar a la Isla de Pascua. ¿Tienen algo? (…) No, el plan más lujoso que pueda. Quiero hoteles de cinco estrellas, vuelos en primera clase, ¡todo lo que me ofrezcan! Sí, claro, muchas gracias. (…) Pues todavía no, pero si me lo pueden reservar… ¿Cuánto me ha dicho? ¿Sólo eso? No, entonces olvide la Isla de Pascua, total sólo hay pedruscos. ¿Qué tal Nueva York? Sí, todo de lujo. Siempre he querido ver las Torres Gemelas esas. ¿El precio? (…) Ah… Eso está mejor. ¿Del 15 al 28? Resérvemelo, por favor. Ah, ¿que ya no hay torres? Bueno, da igual. Sí, Eva Pascual, tienen mis datos, ¿verdad? (…) Eso es, Pascual Arroyo. Sí. Pues si me lo prepara, el viernes como muy tarde iré a pagarlo, ¿le parece? No, nada de tarjeta, en efectivo. Eso es. Sí. Sí. Muchísimas gracias.

Cuelga. Se queda mirando al infinito con malignidad. Sonríe, se pone seria, sonríe otra vez. Algo acaba de llegarle a la mente. Hurga en el bolsillo de su bata y saca una tarjeta. Marca y cuelga con cara de susto, vuelve a marcar. Carraspea mientras espera a que contesten. Parece nerviosa. Habla más bajito, como en complot.

EVA: Sí, hola, pregunto por Matías. (…) Sí, hablé el año pasado con usted, no sé si me recuerda. Soy Eva Pascual. Sí, acerca de mi marido. Alfonso Denteiro López. Al final no hicimos el trato, pero me tomó usted todos los datos… Sí, eso es, ¡lo recuerda! ¡Qué memoria! Bueno… pues quería decirle que adelante. Sí. Que adelante. (…) ¿Nuevas tarifas? Pues dígame. (…) ¿Dos mil euros una bala? Sí… Bueno, ¿eso no sería demasiado rápido? (…) Comprendo. ¿Partes no vitales? Bueno, eso se lo dejo a usted. Pero se desangrará, ¿verdad? Quiero decir, el trabajo quedará finalizado, ¿no? (…) Eso es. Quiero que sufra. (…) Me parece muy bien. Trato hecho entonces. (…) Sí, recuerdo lo que me dijo, no se preocupe. ¿Tengo que pagárselo por adelantado? Ah, de acuerdo, sí. Sé lo que me pasaría si no. (…) Ahora mismo no sé decirle dónde vive, pero… (…) Ah, de acuerdo, usted lo busca. Muchas gracias. Espero sus noticias.

Cuelga. Sonríe.

EVA: Dios lo comprenderá. Tendrá que hacerlo.

Toma otro de los papeles y marca de nuevo.

EVA: Hola, sí. ¿Electrodomésticos Ramírez? Soy Eva Pascual. Tengo con ustedes la deuda de una lavadora, una tele y una vitrocerámica. Sí, soy la chica que siempre pregunta por la cocina esa. La blanca y marrón, sí. Verá, querría que me la reservaran. (…) Todos. Eso es. El horno, las encimeras, los armarios, la lavadora, el lavaplatos… ¡Todo! (…) Sí, bueno, no sabría dónde meterlos, así que si quieren se los regalo. (…) La pagaría el viernes como muy tarde. (…) No, no sería a este domicilio; sería a otro, pero aún no sé dónde exactamente. ¿Pueden ustedes reservármela? (…) Sí, por supuesto. Los llamaré entonces, ¡muchas gracias!

Cuelga. Saca unas escrituras y llama de nuevo.

EVA: Hola, es la inmobiliaria Tepes, ¿no? Verá, me llamo Eva Pascual. Me llevan ustedes los plazos del piso y querría hacerles una consulta. Sí, se trata de lo siguiente: he cobrado un pago inesperado y querría mudarme. (…) Vi las fotos de una casita de ladrillo con un jardincito que tienen en el escaparate (…) Sí, de una sola planta con una verja blanca, ¿sigue disponible? (…) ¡Estupendo! Verá, querría comprar esa misma. Me volvió loca nada más verla. ¿Cuánto piden? (…) Hombre, sí, seiscientos mil está bien... (…) ¿Setenta metros cuadrados? No es mucho, ¿no? (…) Claro, el mercado. ¿Y de jardín? (…) ¿Sólo cincuenta? En las fotos parece más grande, la verdad. Bueno, ¿y cómo está comunicado? Hmmm, ¿no muy bien? Bueno, me puedo mover en coche, sí… Mire, no importa. Quiero esa. (…) Sí, queda en firme. Me ha tocado la Primi, ¿sabe? Hombre, sé que hace unos años me hubiera conseguido una mansión por ese precio, pero no es culpa suya. Sí, la crisis, ya. Mire, vaya preparándome los papeles. Calculo que el viernes podré ir a firmar las escrituras y a cerrar el trato. (…) Bueno, pues cuando sea; ya sé lo que tardan los notarios. (…) De acuerdo. Sí, sí, en firme. No se preocupe por los gastos de gestión. (…) Sí, está también a nombre de mi marido, pero no se preocupe por eso que ya está arreglado. (…) Muchas gracias, buenos días.

Cuelga. Piensa un ratito. Se guarda el teléfono en la bata. Mira al techo.

EVA: Señor, sé que no te rezo a menudo. No voy a misa ni cumplo todos los mandamientos, ¿cómo consigue la gente amarte sobre todas las cosas? Pero no fornico, ni he deshonrado a mis padres, y bien sabes qué vida dura he llevado. No sé por qué me has concedido este premio exactamente, pero sé que me lo he ganado con creces por un millón de cosas. Siento que tengo que darte las gracias, y espero que me perdones que haga una excepción respecto al quinto mandamiento y a mi marido, pero ya sabes cómo es y cuánto se lo merece. No me arrepentiré por ello, estoy convencida, y si es así será porque tú lo has elegido así para mí. (…) En fin, que muchísimas gracias por arreglarme la vida. Lo necesitaba. Y si por casualidad resulta que no existes… bueno, mejor para mí. Amén.

Eva se queda sonriendo mirando al infinito.

EVA: Qué gusto, por Dios. Qué gusto. ¡Ahhhmmmmm!

Se levanta, se estira, mira los papeles. Luego los deja caer. Mira hacia los lados. Sonríe.

EVA: Soy la nueva Eva; he renacido de la costilla de nadie. No podrán pararme ya.

Suena el teléfono de nuevo. Lo coge.

EVA: ¡Carmen! ¡Hola, socia millonaria! ¿Qué tal va eso? Yo ya estoy moviendo todo para que… Sí, claro, dime. (…) Sí, los seis números, ¿qué pasa con ellos? (Eva se va poniendo seria). Sí. (…) Ajá. (…) Comprendo. (…) ¿Pero con cinco cuánto es? (…) Pero yo ya he llamado a un montón de sitios, me dijiste que… Sí, lo sé, pero… (…) Ya veo. ¿Cuatro mil? Dos mil por cabeza. Entiendo. Oye, ¿estás segura? (…) ¿En la administración lo has comprobado? (…) No, no tienes que sentirlo. No, qué le vamos a hacer. (Eva parece ya casi en shock). Bueno, algo podremos hacer con dos mil euros, ¿no? Siempre es mejor que nada. (…) Pero estás segura, ¿eh? ¿Segura al cien por cien? ¿Dos mil cada una? (…) Bueno, Carmen… De acuerdo. (…) Sí, al banco, a la financiera del piso, a los electrodomésticos, al concesionario, a la agencia de viajes… (…) Bueno, ¡creía que lo habrías comprobado antes de llamarme! (…) No pasa nada, de verdad, Carmen. No pasa nada. Dos mil euros son suficientes. (…) Para nada, para nada. Bueno, te llamaré el viernes. Sí, el viernes. (…) Que no te preocupes. Nada, nada. Adiós. Adiós, Carmen.

Cuelga. Se levanta. Está claramente en estado de shock. Deja caer el teléfono. Tras unos segundos mira al cielo. De pronto se deja caer; se retuerce, solloza: ha comprendido la totalidad de la catástrofe. La ha cagado. Estruja los papeles. Después de un breve instante en posición fetal parece calmarse. Asiente para sí. Se pone de rodillas. Menea la cabeza mirando al suelo. Se seca las lágrimas. Se incorpora. Se sienta de nuevo en la silla; ha recuperado la compostura pero es evidente que por dentro está destrozada. Sonríe de pronto. Es una sonrisa que, dentro del estado de desconcierto, resulta casi dulce. Ha vivido duramente y tendrá que seguir haciéndolo… o no. Levanta las cejas, se encoge de hombros y recoge el móvil del suelo.

EVA: Menuda factura va a llegarme este mes, he hecho todas las llamadas fuera de hora (se ríe). En fin. (Marca un número).

Tiembla un poquito mientras aguarda. Ha recogido los brazos aunque no deja de sonreír.

EVA: ¿Matías? Sí, soy Eva Pascual otra vez, acabamos de hablar. Sí. Mire…

Eva se sienta en la butaca, se frota los ojos, menea la cabeza por última vez. Parece decidida de pronto.

EVA: Cambio de planes, Matías. No dispongo de todo el dinero que esperaba; me queda justo para una bala. Dos mil euros me dijiste, ¿verdad? (…) Sí, de acuerdo. El viernes podré pagártelos, pero no seré yo en persona. Te los dará mi amiga Carmen. Sí, la que me dio tu teléfono. Los tendrá ella. ¿Estás disponible para esta tarde? (…) De acuerdo. Mira. Quiero hacerme una buena comida. Voy a tomarme después un café tranquilamente. Como a las cinco iré a dar un paseo. Iré al Parque de la Vega Baja de Cortehondo. Allí hay un ciprés enorme al pie del lago, no tiene pérdida. (…) Bueno, me sentaré a contemplar a los patos. No me daré la vuelta. Y Matías, una cosa… que sea rápido, por favor. (…) Eso es. Perfecto. (…). Muchísimas gracias. Hasta ahora, Matías.

Cuelga. Se queda mirando al techo, sentada, desamparada. Ya no sonríe. Fuera luces.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Gordocalipsis.

Cuentillo presentado al XIII Concurso de Relato Breve del foro de la Ka Tet Corp, que ha arañado un sexto puesto. Aquí, la versión completa. ¡Graciax!

PRÓLOGO.

Nochebuena de 2012, 20:37h. Taller de Chapa y Pintura AutoRamón.

El hombre orondo sollozaba, y eso que todavía no le sangraba nada. Pero estaba aterrorizado. Verdaderamente aterrorizado, tanto por lo que estaba sucediendo fuera como por lo que comenzaba a desarrollarse dentro. Cuando uno de aquellos tipos clavó la vista en él se puso a aullar como loco y se aferró con todas sus fuerzas a su mujer.

-¡Ahora le toca a ese! –exclamó el tipo que lo señalaba.

-¡No! ¡Mi marido no! –gritó su mujer mientras lo sujetaba como podía por un costado; sus brazos no le daban para abarcar más.

-¡Yo no! ¡Yo no he hecho nada, no soy culpable de nada! ¡No! ¡Por favor, no!

Ni las súplicas ni los razonamientos ni la compasión habían detenido nunca a una multitud dispuesta al linchamiento; quizá sólo alguna autoridad, y ya no quedaba ninguna, oficial al menos. El hombre orondo se vio arrancado de los brazos de su mujer por diez o quince tipos flacos y arrastrado sin misericordia hacia la gran puerta del taller. El suelo de cemento quedó marcado por el rastro de las puntas de los zapatos de la víctima.

-¡Se acabó la Isla para ti, gordo!

-Así aprenderás a meter ensaladas en tu dieta más a menudo.

-Dios, este sí que pesa.

Entre tres de los hombres abrieron el chirriante portalón; después el resto arrojó al gordo al polvo; por último cerraron precipitadamente la puerta; no se había colado nada. Desde afuera no tardó mucho en escucharse un aullido, unos crujidos y varios chapoteos. La muerte le llegó rápido al hombre orondo. Un tipo con suerte. Su mujer no opinaba lo mismo, desde luego, y con sus alaridos se lo hacía saber a todo el mundo, pero ella podía quedarse: era de constitución delgada.

-¡Ahí hay otro! ¡Eh, tú, no te escabullas! –dijo uno de los verdugos mientras trataba en vano de aguantar una carcajada: el siguiente gordo, con ojos como platos, intentaba desaparecer entre dos estanterías y había quedado atascado.

También suplicó clemencia; tampoco la obtuvo.

PRÓLOGO R.

17 de diciembre de 2012, 8:28h. Estación de Tren del Sur.

Juan Carlos cogió el periódico gratuito de manos de la joven del chaleco rojo y caminó tambaleándose hasta el andén 1, donde si todo era correcto aparecería el tren a las ocho y treintaidós. En realidad, más que tambalearse lo que hacía era bambolearse, pues sus movimientos estaban irremediablemente sujetos al vaivén de sus formidables lorzas. Juan Carlos era gordo, pero era feliz mientras nadie se lo recordara.

Sin embargo el uso del transporte público para alguien de sus dimensiones era una odisea constante, pues a pesar de haber escrito más de veinte cartas al ayuntamiento, los asientos de trenes, autobuses y tranvías seguían siendo aptos para gente de constitución “menos prominente”, por decirlo de algún modo. Aquello no sólo le suponía una rutina de viajante en pie, sino también a menudo un asalto a su dignidad como ser humano. No había nada más humillante para él que la mirada aterrorizada de un pasajero con un asiento libre al lado. Maldita sociedad. Todo era culpa del estado del bienestar, de la proliferación de la comida rápida en tiempos en los que había que almorzar en diez minutos. Pero no suya. De Juan Carlos no.

Estuvo en pie en el andén hasta que apareció el tren, seis minutos tarde como de costumbre. Sus pies aullaban de dolor, pero ¿habría opción para él de encontrar en el vagón un hueco libre? Imposible a aquellas horas. Tendría que sufrir en silencio como todas las mañanas. El tren se detuvo y abrió sus puertas, Juan Carlos subió el primero, observó con ansia rapaz que no había ningún asiento y corrió el medio metro hasta la puerta opuesta para, al menos, poder efectuar el viaje apoyado con la espalda. Una vez acomodado abrió como pudo el periódico y bufó de indignación en cuanto leyó el primer titular.

EL 65% DE LOS NIÑOS ESPAÑOLES SON OBESOS

Ya estaba la tontería de siempre. El reportaje comentaba en tono burlón un hecho del que debían ser culpadas las autoridades, no los niños o sus padres.

¡Qué barbaridad! ¡Qué serie de disparates!

El tren pegó un repentino frenazo. Todos los pasajeros que iban de pie fueron lanzados hacia delante, y los que iban sentados golpearon los asientos con la cabeza. Cuando regresó la calma, tras varias exclamaciones de sorpresa, una voz alarmada se hizo oír sobre los murmullos:

-¿Qué es eso?

Por la ventana podía verse una inmensa nube de insectos que volaba a baja altura oscureciendo todo lo demás. Sobre la tierra caminaban a saltos miles, millones de pequeños animales que parecían conejos.

Iban directos al tren.

PRÓLOGO RD.

20 de diciembre de 2012. Redacción del periódico El Nuevo Regional.

-No tengo ni idea de cómo cubrir esta noticia –reconoció el becario.

El redactor jefe, un hombre de aspecto dulce pero de voz imperiosa, se llevó las manos a la cabeza, y de haber tenido algún cabello seguramente se lo habría arrancado.

-¡Dios mío! ¡Estoy rodeado de inútiles! ¡Inútiles! La edición tiene que estar lista para las siete en punto: te quedan cuarenta minutos. ¡Te las apañas! ¡Y más vale que sea algo creíble, porque si no me voy a asegurar de que no vuelvas a trabajar en este campo el resto de tu vida!

-¡Pero es que ya se ha dicho todo lo que está sucediendo! –sollozó el becario, un chaval de diecinueve años que en los últimos días se había preguntado en múltiples ocasiones por qué no se había metido a estudiar Derecho, como su padre le había recomendado tantas veces.

-¡La gente quiere una respuesta! ¡Dale una y que se calmen de momento, coño!

-¿Me está diciendo que me la invente? ¿Que redacte una mentira sólo para que salga el diario a tiempo?

El redactor jefe suavizó su gesto durante un segundo y pareció casi angelical. De inmediato cambió, levantó la mano y le dio al becario un sonoro bofetón. La cabeza del muchacho ondeó adelante y atrás un par de veces.

-¡Bienvenido al mundo de la información, gilipollas! Tienes cuarenta minutos. A las siete menos cinco lo quiero en mi email. –Alguien lo llamó a gritos desde un despacho.- ¡Voy!

Se fue al trote y dejó al becario solo. Bastantes compañeros habían faltado ya al trabajo desde que, tres días atrás, había comenzado toda aquella locura. Seguramente estarían muertos.

Yo quería cambiar el mundo, pensó el joven. Iba a ser el primer periodista sincero y objetivo de la humanidad. ¿Y quiere que me invente la noticia? ¿Quiere que dé en cuarenta, no, treintaicinco minutos ya, la respuesta al enigma de por qué se han vuelto locas tantas especies de animales? Una furia repentina asaltó al becario cuando vio que su jefe salía corriendo de un despacho en dirección a otro. Te vas a enterar, gordo, decidió, y había malicia en el brillo de sus ojos, porque sabía que el redactor jefe no tendría tiempo de leer el artículo entero antes de enviarlo a maquetación.

Cuando el jefe intentó detenerlo todo una hora y media después, sudoroso y alarmado, el periódico estaba ya en las furgonetas de reparto. El becario fue despedido de inmediato y sin indemnización.

PRÓLOGO RDO.

20 de diciembre de 2012. Un kiosko cualquiera. Edición especial de Noche de El Nuevo Regional. Titular y extracto.

RESUELTO EL ORIGEN DE LOS ATAQUES.

Por Alfonso Encinas.

A las dieciocho horas del 20 de diciembre hemos recibido una llamada a este periódico efectuada por la comisión de científicos con los resultados de los últimos datos analizados por ellos (…). La conclusión ha sido determinante. Como se sabe, son sólo ciertas especies de animales y no todas las que han mostrado de pronto un comportamiento agresivo hacia el ser humano. Las aves, la gran mayoría de mamíferos y toda la fauna marina no se han visto afectados por lo que sea que trastornó las mentes de los demás. Sólo ciertos mamíferos, roedores en su mayoría (topos, conejos), reptiles e insectos son los que han modificado, en los últimos días, su comportamiento a lo largo y ancho del planeta. Se han reportado casos de ataques desde todos los rincones del mundo dirigidos exclusivamente a los seres humanos. Marabuntas, legiones de liebres de ojos rojos, tropeles de arañas, cegados topos ávidos de sangre (…) ataques tan devastadores que se calcula que aproximadamente la mitad de la raza humana ha sido ya aniquilada (…) y no tiene aspecto de remitir por el momento; antes bien, se renueva en su furia (…). Todos hemos visto a algún familiar o amigo caer bajo las dentelladas pequeñas pero constantes de miles, millones de animales que antes no (…). Ni el ejército ni la policía ni las brigadas de vecinos han conseguido de momento detener la masacre (…).

Desde el laboratorio central de Edimburgo el jefe del Departamento de Biología nos ha hecho un comunicado espeluznante: las criaturas que viven bajo tierra se han vuelto locas por culpa de la gente obesa. Ha tratado de explicarnos en pocas palabras cómo debe de ser vivir bajo una tierra que continuamente está siendo pisoteada por nuestros gordos (…). Bum bum, bum bum, bum bum. ¿Por qué ha sucedido en este momento? ¿Por qué no ha ocurrido bajo la maquinaria pesada, por ejemplo, de las infinitas obras y construcciones que (…)? El científico ha hablado de la tortura de la Gota de Agua, bien conocida como método inquisitivo en siglos pasados. Una simple e inofensiva gota de agua, una tras otra (…). Lo mismo ha podido suceder con el sonido de los pasos de la gente obesa. Un conejo en su madriguera tiene que sentirse acorralado por la constancia con que (…).

Este humilde redactor sólo puede alegrarse por haber cuidado su aspecto en el gimnasio. Si es cierto todo lo que nos ha contado el jefe del Departamento, eminente biólogo y antropólogo de reputación sin tacha (…).

La edición de cincuenta mil ejemplares se agotó en apenas una hora.

PRÓLOGO RDOCALIPSIS.

21- 24 de diciembre de 2012. En todas partes.

La poca gente que se atrevió a salir a la calle fue rápidamente devorada. Muchos de los refugios utilizados eran falibles, en cuanto que una simple grieta o abertura, por pequeña que fuera, permitía el acceso de las bandadas de insectos. Sólo aquellos que fueron más rápidos comprendieron que lo primero que había que hacer era taponar esas posibles entradas. Así, algunos sobrevivieron.

La esperanza del hombre a partir del 21 de diciembre de 2012 residió en pequeños refugios, núcleos condenados a soportar el asedio de la fauna subterránea del mundo, nadie sabía por cuánto tiempo. Quizá los animales se cansaran, o se dieran por satisfechos cuando no quedara ningún gordo sobre la faz de la Tierra.

En el pequeño Taller de Chapa y Pintura AutoRamón no podían de ningún modo saber que, una semana después de que todo empezara, eran los únicos supervivientes humanos que quedaban en el planeta. En cuanto sacaron al último gordo del refugio y escucharon cómo era destruido, respiraron tranquilos.

-¡Ya está! –dijo uno de los tipos mientras se sacudía las manos con satisfacción.

-¿Seguro que no queda ningún gordo? –preguntó otro.

-Segurísimo. A ver dónde iba a poder esconderse.

-¿Y ahora? –preguntó una mujer.

-¿Cómo que “ahora”?

-Ahora. Que qué vamos a hacer ahora. No tenemos comida.

El tipo se encogió de hombros.

-¿Qué quieres que te diga? ¿Vas a ir tú a buscarla? Esperaremos a que todo se calme. Después podremos salir. Supongo que en todos los sitios donde se haya refugiado la gente, habrán exterminado a los gordos. Si no llega a ser por ese periódico nunca hubiéramos sabido cómo apaciguar a los bichos. ¡Comida! –resopló-, es lo primero en que piensas después de todo lo que ha pasado.

-Menuda mierda de plan –dijo la mujer.

-¿Se te ocurre uno mejor?

La mujer meditó unos segundos. Su marido, o lo que quedaba de él, debía de estar tirado afuera.

-No –dijo.

-Pues entonces ya está –afirmó el hombre; se sentó y apoyó la espalda en la pared-. Yo creo que dentro de un par de horas como much… ¡Ay!

Se levantó de un salto y se sacudió la baja espalda como pudo. Un par de hormigas de enorme cabeza cayeron al suelo desde su rabadilla.

-¿Qué coño…?

Por un agujero en la pared, roído, mordido y rascado a lo largo de varios días, un tropel de arañas, hormigas, topos y culebras se colaba con la determinación de los griegos entrando en Troya.

-¡Maldición! –gritó la mujer con desesperación mientras retrocedía dando pequeños saltos-. ¡Y con el estómago vacío!

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Mío, Capítulo 3.

El murmullo que provenía de algún lugar real se confundió con su ensoñación. Alguien estaba hablando, si a aquel galimatías tosco podía llamársele lenguaje; pero sin duda había varias voces y discutían entre ellas. Óscar levantó los párpados con dificultad y se abrió camino a través de la bruma de su propia mente: estaba echado en el suelo. Junto a él reposaba un bulto que sólo podía ser el cuerpo de Ivana, aún inconsciente o, Dios no lo quisiera, ya muerta. La hojarasca arañaba su mejilla y le producía picor, pero al ir a rascarse descubrió que estaba maniatado. A su alrededor había varios pares de gruesas piernas sucias calzadas, más bien cubiertas, con botas de pieles. Su mochila descansaba a un par de metros. Un gruñido de un tono diferente se dejó oír cuando Óscar intentó moverse; unas manos enormes lo levantaron como si no pesara más que una brizna de hierba y lo pusieron en pie. Trastabilló y se meneó un poco hacia los lados sintiendo un descomunal dolor repentino en la parte posterior de la cabeza, pero logró mantenerse erguido. Entonces comprobó que el más bajo de sus captores medía al menos dos metros y medio; pero lo que casi consiguió arrancarle un grito fue contemplar los rostros de aquella raza que los había atrapado. A su mente vino una palabra que se arrastró hacia él con la aflautada voz de Ivana.

Caníbales.

¿Y ahora qué?, pensó aterrorizado, y esperó a que uno de aquellos seres lo cogiera de pronto, lo llevara hacia su boca y le arrancara medio torso de un bocado. Comenzó a temblar incontroladamente. Los habían transportado a un claro donde ardía una hoguera, sin duda la débil luz que habían percibido un poco antes desde el bosque, a cuyo alrededor se apiñaban varias chozas de barro y paja de aspecto primitivo.

Lestrigones. Óscar no había escuchado nunca el nombre, aunque quizá Ivana podría haberle explicado de dónde provenía. Homero habló de ellos brevemente, narrando cómo Odiseo y sus compañeros habían llegado navegando a una tierra próspera donde abastecerse para su viaje de regreso a Ítaca. Allí moraba esta raza de hombres brutales que los atacaron de pronto; a los compañeros que no pudieron huir los ensartaron en gruesos alambres como si fueran pescados y los llevaron, aún vivos y suplicantes, a sus moradas para proporcionarse un festín con ellos. Son muy pocas más las referencias a estas criaturas en las crónicas de la humanidad, pero en aquellas regiones abundaban, bien porque habían llegado a través de algún portal, bien porque aquellas eran en realidad las mismas tierras donde Odiseo había tocado tierra miles de años atrás.

Óscar, ignorante de todo excepto de que corría serio riesgo de ser devorado, estudió los rostros de los lestrigones y pensó que, fuera cual fuera la muerte que iban a dispensarle, probablemente el vaciado sanguíneo de la Wundarga iba a ser dulce en comparación. ¿Para eso habían huido? Se sintió culpable cuando comprendió en qué lío había metido a Ivana.

Los rasgos de los lestrigones no eran de todo humanos. Tenían algo de simiesco, como si fueran quizá una rama perdida de alguna tribu superviviente de los neandertales, con el arco superciliar prominente y los ojillos enterrados debajo como preludio de una enorme nariz bulbosa y una mandíbula dispuesta a triturar hueso de Homo Sapiens. Miraban a Óscar casi con indiferencia, sin ansia como la Wundarga, lo cual le produjo inesperadamente un ataque de odio: quizá para ellos era normal y rutinario devorar a un ser humano, pero para él suponía la pérdida de la vida, su vida, y dolorosamente además. Entonces se llevó a cabo en su mente una duplicidad asombrosa, y se vio a sí mismo en un restaurante cualquiera; Óscar observando con la misma indiferencia que ellos una jugosa pata de cordero que hubieran puesto en una bandeja ante sí. ¿Era ese el ciclo de la vida? ¿Podría pensar lo mismo el cordero de él? Aún no se había dado cuenta, y más tarde meditaría acerca de la curiosa forma que tiene el mundo de enseñarnos ciertas cosas, pero acababa de hacerse vegetariano.

No parecía haber jefes en esa tribu, o al menos nadie llevaba símbolo o vestimenta alguna que lo distinguiera de los demás, pero fue un lestrigón en concreto el que balbuceó un gañido y tocó con su enorme dedo la gasa que asomaba por el cuello de la capucha de Óscar, donde Ivana había cubierto el mordisco de la Señora. Se sintió poderosamente empujado hacia atrás y casi perdió el equilibrio.

-Gardagh –pareció que dijo. Sonaba similar a Wundarga, desde luego.

-¡Gardagh! –exclamaron los demás. Algunos levantaron sus cachiporras, no más que unas ramas recogidas en ese mismo instante, y otros se llevaron las manos al rostro y se lo frotaron; pero todos compartieron un brillo concreto en los ojos que delataba un belicoso frenesí. En efecto, Ivana ya se lo había dicho: eran enemigos naturales que competían por el territorio de caza.

El que había tocado a Óscar, una vez remitió su ataque de cólera, volvió a extender el brazo y de un poderoso tirón arrancó la gasa y algún resto de piel del cuello con su uña irregular. Óscar gritó, lo que pareció divertirlos bastante. A continuación untó la yema del índice en la herida, que había comenzado a manar débilmente de nuevo, y lo llevó a sus labios. Chupó con ansia; su cara suspicaz se volvió de pronto jubilosa y exclamó hacia sus camaradas:

-¡Akhatok! ¡Gardagh inu akhatok!

Con aquella noticia la tribu entera comenzó a aullar y a salivar. Levantaron en volandas a Óscar sin prestar la más mínima atención a su mequetréfica resistencia y recogieron también a Ivana. Se acercaron a una de las chozas y Óscar pudo apreciar, entre los golpes que recibía con cada paso del lestrigón, que estaban hechas de barro, sí, pero formando diminutos ladrillos cuyas junturas quedaban perfectamente disimuladas bajo la polvorienta argamasa que las unía. Era un trabajo bastante avanzado para unos seres tan aparentemente mongólicos. Ante aquella choza en concreto había un achaparrado tocón de árbol gastado por los años que estaba cubierto de una grasa oscura. Sólo cuando arrojaron a Óscar contra el suelo, como quien deja un saco de patatas, y pudo obtener una visión del interior de aquella choza a través de la abertura, comprendió que lo que cubría el tocón no era grasa, sino sangre seca. Sangre humana.

El interior de la choza estaba repleto de huesos humanos, ropas raídas y mochilas desgarradas y vacías. Una calavera en concreto pareció sonreír directamente a Óscar. Gritó y provocó un nuevo coro de risas que parecían toses. A su lado cayó Ivana; sus ojos seguían cerrados.

El lestrigón que podría hacer las veces de jefe avanzó hacia el chico, cada paso un trueno. Si ya de por sí eran enormes, tumbado en el suelo las proporciones de aquellos seres tomaban dimensiones ciclópeas.

-Ivana, ¡Ivana! –suplicó Óscar, pensando que posiblemente para lo único que iba a despertarla era para despedirse de ella.

El lestrigón se detuvo. Las uñas de sus pies quedaron a diez centímetros de su nariz. Óscar se vio obligado a levantarse llevado por el olor y por un último ataque de dignidad. Enfrentó a la muerte. Se miraron a los ojos. Entonces el lestrigón dejó pasmado al chico.

-¡Tú!, hombre –dijo con voz cavernosa. La vocalización de que eran capaces aquellos labios dejaban mucho que desear a menos que se tratara de emitir gruñidos, pero resultó perfectamente comprensible. Toda la tribu estaba arremolinada alrededor de la escena. Algunos mostraban los dientes, pero parecía más un tic que una muestra de enemistad. Óscar comenzó a sudar a pesar del fresco viento. La cabeza le palpitaba donde había sido golpeado.

-Sí –reconoció. ¿A qué negarlo?

El lestrigón señaló su cuello y frunció el ceño de tal forma que sus ojos casi desaparecieron debajo.

-Tú hombre no Gardagh. Tú hombre muy flaco aquí. ¿Qué?

Óscar creyó entender que el simio le preguntaba cómo había hecho para sobrevivir a la Señora. Una parte estudiosa del chico se maravilló de que aquellos primitivos seres no sólo dominaran un lenguaje, sino dos. La única explicación posible era que se comunicaban con los peregrinos antes de comérselos. Había caminantes de todas las nacionalidades; ¿hablarían también inglés, alemán, italiano…?

-¿La Wundarga? No, Ivana me salvó. Ella me salvó de la Gardagh –dijo Óscar señalando el cuerpo tirado a su lado. El lestrigón la observó y luego se dirigió a uno de los que contemplaban la escena.

-¿Eekhatha?

El ser se encogió de hombros. Luego recogió el cuerpo de Ivana, lo llevó a su regazo, sacó una bota de cuero de entre sus pieles y le dio un trago de algo. En un primer momento no sucedió nada, pero de pronto Ivana se sacudió fuertemente y comenzó a toser. Sus ojos se abrieron como platos y su cara, ya roja al resplandor del fuego, se puso casi morada. El lestrigón hizo una mueca de triunfo. Óscar recordó haber visto algo parecido para la reanimación de los hobbits de El Señor de los Anillos por parte de los orcos que los habían apresado.

-¡Eekhatha! –exclamó, y Óscar casi pudo entenderlo: “¡Está viva!” El lenguaje de los lestrigones iba siempre acompañado de gestos explícitos y no parecía muy complicado. Depositaron a Ivana en el suelo de nuevo y quedó sentada, mientras su respiración se normalizaba a través de profundos jadeos y su vista trataba de enfocar lo que sucedía a su alrededor.

-¡Ivana! –llamó Óscar y se dispuso a ayudarla, pero una exclamación del lestrigón lo detuvo en seco. Ivana, que acababa de descubrir que también estaba maniatada, comprendió por fin qué había podido ocurrir.

-¿Óscar? ¿Son lestrigones? –preguntó con un hilo de voz empapada en pánico.

-Sí.

-¡Khabuk! –cortó el lestrigón. A continuación tomó a la muchacha por los hombros, izándola como si no pesara nada, y tras ponerla en pie empujó a Óscar para que esta vez él quedara sentado. Ivana temblaba en una mezcla de terror y esfuerzo por no caer. El lestrigón habló con ella.

-Hombre es aquí por tú. Gardagh no slerk hombre por tú. ¿Qué?

Ivana lo miró, luego miró a Óscar. El lestrigón no parecía un dechado de paciencia precisamente, lo que precipitó a Óscar a traducir a Ivana:

-Quiere saber cómo me has salvado. Cuéntale lo de las lentejas.

-¡Khabuk, norg erda kamkam!

Y propinó un puntapié al torso de Óscar, lo cual, entre risas de los demás lestrigones, lo envió a unos dos metros de distancia. Luego, con expresión furibunda, se agachó y situó su rostro a pocos centímetros del de Ivana. Ella aguantó a duras penas; Óscar, con medio cuerpo entumecido por el impacto, admiró su entereza, no sólo por la amenaza que suponían semejantes dientes junto a su rostro, sino por el hedor que debía de desprender el lestrigón.

-¿Hombre qué Gardagh no slerk? ¡Ikha!

Para estupefacción de Óscar, Ivana respondió al lestrigón con admirable serenidad.

-Gardagh no mató a Óscar. Óscar se salvó por mí.

-¿Qué? –tronó el ser. Sin duda querían obtener esa información para utilizarla contra ellas. Ivana levantó sus manos hasta casi la altura del rostro del lestrigón y mostró la cuerda que las ataba.

-El precio. Libéranos y te lo digo.

Durante un par de largos segundos el lestrigón observó casi bizco las muñecas de Ivana. Luego echó la cabeza repentinamente hacia atrás e hizo un sonido nasal, como si acabaran de echarle polvos de pimienta, y parpadeó repetidamente mientras una sonrisa se abrió camino en su rostro. Acababa de comprender.

-Lestragh no kam, tú cuentas qué…

-Exacto. No kam. Nos dejáis irnos al amanecer.

El lestrigón meditó mientras sus compañeros se removían inquietos. La fría noche embotaba ya los miembros de Óscar, y los frotó a falta de una buena caminata. Si todo iba bien pronto continuarían la marcha. Ivana era, entre otras cosas, una mediadora estupenda, pues el lestrigón asintió bruscamente y exclamó:

-¡Akh! Es bueno. ¿Qué kam Gardagh?

La chica entrecerró los ojos y miró seriamente a su interlocutor. Pareció deducir que el trato estaba cerrado correctamente, así que comenzó a hablar gesticulando minuciosamente para que el lestrigón no se perdiera detalle.

-Las Gardagh atacan –levantó los brazos- y entonces podemos echar al suelo un saquito de piedrecillas, lentejas o lo que sea, pero pequeño, muy pequeño –sus brazos bajaron y en su mano se juntaron el índice y el pulgar-, lo extendemos en el suelo –un movimiento horizontal con los brazos extendidos, trazando una curva como si derramara algo- y la Gardagh lo verá –levantó los brazos de nuevo e hizo un gesto de mirar al suelo y detenerse en seco- y entonces ella se agachará –lo hizo- y se quedará así hasta que lo cuente todo –pasó por sus manos varias hojas secas, que luego echaba hacia un lado-: una, dos, tres, cuatro… así hasta que termine.

Óscar estuvo a punto de soltar una carcajada cuando se fijó en las caras de concentración absoluta que habían puesto los lestrigones. Todos y cada uno de ellos seguían los movimientos de Ivana con la dedicación y el arrobo con que un artista novato escucharía una disertación de Picasso.

-Y mientras la Gardagh cuenta, tú –señaló al lestrigón y luego levantó un brazo como si sujetara un garrote- ¡zas! La descalabras.

Descargó un fuerte golpe en el aire y el lestrigón, con mirada radiante, emitió unos carraspeos de contento.

-Gardagh cuenta. Mira y habla.

Corrió de pronto hacia una de las cabañas y regresó de inmediato trayendo consigo un pellejo (posiblemente un trofeo conseguido de algún desdichado peregrino) repleto de algo. Se detuvo ante Ivana y aflojó la cuerda que lo cerraba. A Óscar le recordó a un perrito que vuelve con la pelota que se le ha arrojado.

-Gardagh cuenta –metió la mano en el saquito, cogió un puñado de lo que parecían pipas, se lo mostró a Ivana y después lo arrojó a sus pies-. Gardagh para y lestragh… ¡zas!

Sonrió a Ivana y esta asintió a su alumno más aplicado.

-¡Zas! Sí. Gardagh muerta.

El jefe aulló y se carcajeó y sus compañeros lo imitaron, aunque era seguro que muchos de ellos, si no todos, no habían entendido nada. El poblado se convirtió de pronto en una fiesta. Óscar aprovechó para levantarse y ponerse junto a Ivana.

-¿Crees que nos liberarán ahora?

-Sí –dijo Ivana-. La traición es propia sólo de las culturas avanzadas. Después de lo que acaban de descubrir no tienen motivo alguno para retenernos.

Óscar hizo una mueca.

-¿El hambre te parece poco motivo?

-Míralos –dijo Ivana-. Están eufóricos.

Y así era: todos bailaban y brincaban gozosos mientras proferían extraños cánticos cacofónicos. De pronto el jefe se detuvo y se acercó a ellos. Para horror de la pareja, extrajo un enorme y horrendo cuchillo de piedra sin mango y lo enarboló ante ellos.

-Tú ayuda lestragh, lestragh ayuda tú –farfulló, y de dos poderosos tajos cortó ambas cuerdas. Los prisioneros quedaron libres.

-Gracias –dijo Ivana.

-Vámonos antes de que se arrepientan –dijo Óscar por lo bajo, y cuando se dieron la vuelta sintió una poderosa mano que cayó como una roca sobre su hombro. La voz del lestrigón tronó a su espalda, y no había perdido un ápice de su contento.

-¿Qué tú? Tú no ayuda lestragh. Tú slerk lestragh.

-¿Cómo? –preguntó Óscar sin atreverse a girarse.

-Tú comida.

-¡No! –exclamó Ivana mientras encaraba valientemente al lestrigón-. El trato era liberarnos a los dos. ¡Los dos! ¿Para qué has cortado su cuerda, si no?

El lestrigón se encogió de hombros como si acabaran de decirle que por la mañana saldría el sol.

-Lestragh slerk hombre, tú vas. ¿Qué? Pues quedas. Lestragh wyrm. ¡Slerk!

Ante su voz todos los lestrigones se detuvieron al unísono en su celebración y se acercaron. Óscar comenzó a sudar. Ivana, a su lado, se puso roja, esta vez de furia.

-Déjalo, Ivana. Márchate tú. No import…

El honorable intento de heroicidad de Óscar fue cortado de súbito al ser alzado de un tirón. El lestrigón se irguió ante el tocón ensangrentado, seguido por Ivana quien, inútilmente, golpeaba con sus pequeños puños las piernas y la cintura de la criatura. Con la habilidad de un carnicero que manejara un pedazo de animal, Óscar fue volteado en el aire y después depositado sobre el tosco altar de sacrificio. La mitad superior de su cuerpo ocupó la superficie plana y pudo comprobar con su mejilla que el tacto era pegajoso. Olía espantosamente dulce. Ninguno de sus esfuerzos consiguió liberar la presa que habían hecho en él, tan bien sujeto estaba. Los demás lestrigones cerraron el círculo a su alrededor y uno de ellos apartó a Ivana como espantando a una mosca molesta.

-Ivana, ¡Ivana! –gritó Óscar por entre los dedos del lestrigón, que ahora le sujetaba la cabeza aplastándosela contra el tocón. Percibió un movimiento que supuso era el cuchillo enarbolado en alto, lo cual le confirmó la horrorizada voz de la muchacha:

-¡No!

Óscar miró el mundo por última vez y trató de absorberlo todo mientras aguardaba el golpe con que su vida sería arrebatada. ¿Dónde caería este? ¿En la espalda, en el cuello, en los riñones? Apostaba por el cuello: las dimensiones del cuchillo eran suficientes para decapitarlo de un solo tajo si lo manejaban manos tan poderosas. Trató de localizar a Ivana, pero desde su ángulo de visión sólo veía las pieles que cubrían al lestrigón y detrás un par de sus colegas.

“Me hubiera gustado despedirme de ti, Ivana”, pensó. Luego todo su cuerpo se puso en tensión aguardando el momento. Ya estaba. Adiós, mundo.

Adiós.

Un grito de Ivana, un gruñido de lestrigón. De pronto muchos alaridos, y Óscar seguía esperando. De entre la barahúnda pudo distinguir una palabra que se repetía constantemente en labios de los lestrigones.

¡Gardagh!

La presión sobre su cara remitió por completo y Óscar quedó libre. Aún no se podía creer que no hubiera muerto. Mientras se incorporaba advirtió que el poblado entero era ahora un enjambre de sombras enormes que aullaban y corrían de un lado para otro. Una pequeña mano se posó en su hombro y lo ayudó a levantarse del todo: Ivana. Sin saber qué hacía o por qué lo hacía, Óscar la abrazó con fuerza. Durante un segundo ella se lo devolvió, y notó cómo ella aspiraba profundamente absorbiendo el olor de su cuello, pero enseguida se separó y miró a Óscar con apremio. Detrás de ella las sombras corrían excitadas, aparentemente olvidadas por completo de sus dos prisioneros.

-¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me han matado?

-Wundargas –dijo Ivana con pánico-. Ha venido la Señora.

Ante ellos se desarrolló una rápida escena de preparación para la batalla. Los lestrigones que aún no se habían armado con un garrote o un hacha de piedra corrían hacia las chozas en busca de algo para golpear. Óscar e Ivana asistieron petrificados a todo el proceso, aún aferrados con un brazo a la espalda del otro. De la negrura del bosque surgían, en efecto, sonidos que no procedían de gargantas de lestrigón. En ocasiones podían percibir formas cambiantes que se movían tras las sombras entre los árboles. De repente algo entró en el claro tras esquivar con movimientos felinos a varios lestrigones. Era una Wundarga sin duda, aunque no se trataba de la Señora. Parecía una mezcla entre pantera y abuela, y sus ojos brillantes y enormes localizaron a la pareja junto al tocón. Emitió un bufido y saltó hacia ellos. No consiguió su objetivo, pues antes de recorrer siquiera una decena de metros, dos lestrigones fuertemente armados se interpusieron en su camino. Se detuvo bruscamente y esquivó a duras penas los dos garrotes que aplastaron el suelo donde ella había estado un segundo antes, y se retiró de nuevo a las sombras. Los lestrigones corrieron tras ella.

-Tenemos que irnos de aquí –dijo Ivana.

-¿Hacia dónde? –preguntó Óscar desesperado. Para él todo plan posible consistía en quedarse donde estaban mientras las Wundargas y los lestrigones luchaban entre sí, y servir luego de alimento a quien fuera que se alzase con la victoria. ¿Qué otra cosa podrían hacer? En cuanto pusieran un pie en el bosque las Wundargas se harían con ellos, y de esconderse en el poblado acabarían por ser encontrados. Se habían metido en una sartén tan grande que las brasas que la calentaban no eran siquiera visibles. Ivana, sin embargo, tenía otro plan.

-Hacia el bosque, pero siempre donde haya lucha. Mira el cielo: el amanecer no tardará mucho en llegar. Hay algo más de claridad, de otro modo no podríamos ver ninguna sombra. Si conseguimos ir avanzando cerca de los lestrigones, las Wundargas tendrán que atacarlos a ellos antes que a nosotros, que no suponemos ninguna amenaza. Lo mismo respecto a los lestrigones.

-No lo veo –murmuró Óscar, pero asintió-. Vamos entonces.

El primer paso que dieron fue el más difícil. Iban a alejarse del claro, de la luz de la hoguera, e internarse en las tinieblas. Lo hicieron, y sólo Óscar titubeó. Pero al quinto o sexto paso hacia el bosque tuvieron que detenerse. Apareció de la nada el jefe de los lestrigones. En una mano sujetaba el saco de pipas con que había hecho su demostración y en la otra el terrorífico cuchillo de piedra. Giraba la cabeza constantemente buscando algún enemigo. No tardó mucho en encontrarlo: una Wundarga le salió al paso, una envuelta en duros pelos que podría parecer un mastín o incluso un oso. Se midieron mutuamente un par de segundos, y en el momento en que la Wundarga se agazapaba para saltar hacia el lestrigón, este agitó la mano y derramó ante ella el contenido del saco. El efecto fue inmediato: con una última mirada de odio infinito hacia su enemigo la Wundarga se dejó caer y, siseando como una serpiente, dedicó toda su atención a las pipas. Su cabeza estaba expuesta al cuchillo del lestrigón. Este miró asombrado primero a la criatura, después dirigió sus entrecerrados ojos a Ivana, los abrió de pronto con expresión de júbilo y exclamó:

-¡Ja!

A continuación se acercó a su enemigo. Óscar advirtió que la Wundarga se debatía rabiosamente entre las pipas, apresurándose a contarlas pero sabiendo que no le daría tiempo. Sus manos se detuvieron de pronto, y en cuanto percibió que las formidables piernas del lestrigón se habían detenido ante ella, sin levantar la cabeza profirió el alarido más espeluznante que Óscar había escuchado en su vida.

El jefe de los lestrigones bajó el cuchillo con las dos manos. El aullido se cortó de golpe, y con un sonido hueco la cabeza de la Wundarga rodó por el suelo. El resto de su cuerpo cayó después, desmadejado e inerte. Una o varias Wundargas debían de haber visto la escena, porque desde más allá del resplandor de la hoguera se escuchó un grito de odio que fue extendiéndose a través de los árboles hasta abarcar todo el perímetro del poblado. Ahora bien, antes que desanimar a las Wundargas aquello pareció proporcionarles una furia suplementaria, y los sonidos de la refriega se multiplicaron. El lestrigón, aún maravillado, levantó los brazos y se comunicó con su gente.

-¡Athar! ¡Athar, lestragh inu Kragham! ¡Gardagh inugh marekhatha!

Respondiendo a la llamada, sus compadres fueron retirándose hacia el claro, cediendo terreno a las Wundargas pero sin darles la espalda en ningún momento. Uno de los lestrigones se distrajo lo suficiente como para sufrir el ataque de dos de ellas, que saltaron sobre sus hombros desde dos direcciones opuestas y, mediante sendos bocados voraces, arrancaron casi entero su cuello. Cayó a plomo mientras un torrente de sangre surgía de la herida en dirección al cielo y las Wundargas, veloces, regresaron a su formación junto a sus compañeras. El jefe de los lestrigones aulló nuevas órdenes.

-¡Ekhotha mugha, khastra mu Gardagh inu suth!

Aparecieron entonces los jabalíes. De la oscuridad surgieron las formas achaparradas y feroces de cinco o seis de estos animales que gruñían aguda pero intensamente. Todos tenían un tamaño descomunal que en cierto modo les daba aspecto de ser más toros que jabalíes. Corretearon hacia el claro y las Wundargas se mantuvieron en la retaguardia.

Fue un ataque breve pero certero. Cada uno de los animales eligió un blanco concreto y se abalanzó sobre él, destrozándolo con sus colmillos, con una táctica sencilla: primero golpeaban las piernas y, al caer el enemigo, se dedicaban al torso y la cara. En realidad fue similar a un ataque kamikaze, pues cada una de las bestias fue muerta a golpes por otros lestrigones mientras se ocupaban del caído, pero obligó a estos a replegarse y mermó las fuerzas de los defensores tanto táctica como moralmente. Óscar se maravilló del control que las Wundargas ejercían sobre la mentalidad de los jabalíes, y pensó con un estremecimiento que, de haberse quedado en casa de la Señora, la puerta no hubiera resistido ni un segundo ante semejante impulso.

Finalmente todos los jabalíes fueron acogotados, y mientras el último de ellos sufría las convulsiones de la muerte, las Wundargas volvieron a avanzar cautelosamente desde el bosque para estrechar el cerco.

Óscar e Ivana se vieron obligados a acompañar a los lestrigones en su retirada para no quedar expuestos a las Wundargas. La estrategia era, al parecer, que la mitad de los lestrigones mantuvieran la línea defensiva con sus garrotes mientras la otra mitad corría a las chozas a buscar cualquier cosa que pudiera servir para distraer a sus enemigas. Así se hizo.

Los humanos quedaron rodeados de lestrigones. Pese a sus embates constantes las Wundargas no consiguieron abrir brecha en la defensa, y su desesperación fue en aumento. Óscar miró al cielo y percibió, esta vez sí, cómo las estrellas iban apagando su fulgor poco a poco para dejar paso al índigo del amanecer. Quedaba, quizá, un cuarto de hora de noche. Estrechó a Ivana entre sus brazos para protegerla de cualquier posible golpe, pero seguían sin ser tenidos en cuenta.

Entonces aparecieron los lestrigones desde las cabañas y todos traían entre sus manos sacos y bolsas de procedencia peregrina. Las Wundargas aullaron. Dos de ellas cayeron ante los golpes de los lestrigones por realizar un acercamiento desesperado. A su vez, cinco de los lestrigones fueron velozmente abiertos en canal y quedaron fuera del círculo defensivo, que seguía estrechándose, y ahí quedaron como refrigerio para algunas hambrientas figuras que se posaron como moscas sobre ellos. La tierra del claro estaba ya salpicada de cadáveres de ambos bandos. ¿Cuánto tiempo llevaban luchando? Óscar trató de calcularlo y como resultado obtuvo sólo un “puede que diez minutos, puede que diez horas”. Ivana se apretaba contra él temblando como una niña.

Con la llegada del refuerzo de los lestrigones las tornas de la batalla se invirtieron. Ahora muchas de las Wundargas decidieron que estaban perdidas y se alejaron a grandes saltos, mientras otras continuaron la refriega, mutando constantemente y alternando entre formas humanas y animales de todo tipo. El jefe de los lestrigones, que acusaba una enorme herida en la frente de la que manaba abundante sangre, gritó al primero de ellos que alcanzó el círculo y este asintió. Llevaba algo del tamaño de una bolsa de patatas y lo sacudió, esparciendo lo que parecía sésamo en el terreno que quedaba entre los dos frentes. De inmediato tres Wundargas se abalanzaron al suelo y se pusieron a contar; cayeron enseguida bajo los golpes de los lestrigones. Otras Wundargas retiraron la vista de inmediato, al comprender que bastaría una mirada al montón para condenarlas a lanzarse sobre él, y también fueron pilladas por sorpresa y golpeadas hasta la muerte. Fue suficiente: el resto de ellas desistió definitivamente y se retiró. Habían perdido la batalla.

Óscar entendió que había llegado el momento. Sacudió a Ivana para que le prestara atención y le dijo:

-Ahora. Tenemos que correr al bosque. Es nuestra última oportunidad.

Los lestrigones eran de nuevo presa de la alegría más salvaje. Agitaban sus cachiporras en dirección a las últimas Wundargas que se escabullían entre los troncos y gritaban hacia ellas de forma desaforada. Dos pequeñas figuras aprovecharon la circunstancia y abandonaron el círculo. De entre todas las voces se escuchó potente la del jefe, ya familiar, que gritó hacia ellos:

-¡Tú, hombres!

Los había visto. No se habían alejado aún lo suficiente, con lo que bastó un momento para que tres de los lestrigones dieran alcance a la pareja.

“Maldición”, se lamentó Óscar mientras las gruesas manos los sujetaban y los echaban bocabajo al suelo. “Casi lo conseguimos”.

El jefe se acercó tambaleándose tras rechazar violentamente la ayuda de uno de sus lestrigones. Su mirada, aunque preñada de alegría, mostraba aún restos de la furia de la batalla. El suelo temblaba.

-Hombres no van.

Ivana sollozó: seguramente ahora la devorarían también a ella. Pudo estirar una mano y con ella tomó fuertemente la de Óscar. Ambos encontraron sus ojos entre los pies del jefe y se miraron, y de pronto el miedo de Ivana se desvaneció y fue sustituido por una clara alegría. Una lágrima se escapó y cayó en el polvo.

-Me alegro, Óscar. Me alegro de todo. De haberte conocido, de haber huido contigo.

Óscar sintió que sus ojos se empañaban a su vez.

-Yo me alegro de aquel apretón que me hizo perderme en el camino. Te he encontrado a ti.

Las manos se apretaron de nuevo decididas a no soltarse ya más. El silencio a su alrededor era para la pareja preludio del golpe mortal... Pero este no se produjo. Por el contrario el jefe volvió a hablar, y su voz, si aquello cabía en la primitiva fonética de los lestrigones, era amable.

-Sol no suth del cielo qué. Hombres va, Gardagh kam. Hombres espera. Lestragh inu slerk, Gardagh inu slerk.

Se agachó y puso en pie a Ivana; después repitió el gesto con Óscar. Una vez levantados, Óscar miró a la muchacha.

-Creo que nos dejan esperar aquí hasta que amanezca del todo. A los dos –dijo sorprendido, y se sintió invadido por un inmenso alivio. Al parecer sí iban a sobrevivir a aquella noche.

El jefe señaló a Ivana

-Tú gagnash lestragh, Gardagh inu marekh. Gardagh no tan peligro ya para lestragh.

Ella sonrió y asintió. Tomó de nuevo la mano de Óscar, que se había desprendido al ser izada, y habló al lestrigón.

-Gracias. Es un trato justo.

-Justo, es. Hombres va, lestragh aprende. Siempre aprende. Lestragh no tonto.

Señaló su sien derecha, hizo una mueca que podría tomarse por una sonrisa, y por último se dio la vuelta. Tras un gesto de su brazo la tribu entera se retiró hacia las chozas llevándose a sus muertos; a las Wundargas no las tocaron. Sin duda servirían de escarmiento.

Clareó el cielo. Óscar e Ivana iban apreciando cómo el color negro se azulaba paulatinamente hasta que pudieron apreciar todos los contornos del bosque. De la hoguera no quedaba ya más que una brasa y su luz no era necesaria. Todo estaba en silencio: ni siquiera los pájaros se atrevían a saludar al amanecer ante aquella masacre. No había sombras. El aire era frío e Ivana se estremeció.

-¿Cuándo partiremos? –preguntó Óscar.

-Cuando haya aclarado del todo. La Señora estará entonces limitada a su forma de gato. No la he visto en toda la contienda, así que supongo que andará por aquí todavía o se habrá marchado con las otras.

-¿Y las demás Wundargas? ¿Y los animales salvajes?

-Las Wundargas suelen descansar durante el día, y tras esta paliza sospecho que se habrán retirado a lamer sus heridas. No me preocuparía. Respecto a las bestias, es un bosque. Hay que arriesgarse de todas formas.

-¿Sabes hacia dónde tenemos que ir?

Ivana miró al cielo en busca del resplandor que le indicara el lugar por donde saldría el sol. Luego asintió.

-Hacia allá.

-¿No habrá más casas de Wundarga por ahí?

-Las Wundargas no viven en casas, Óscar. Viven en cuevas, casi al pie de las montañas o en cañones profundos.

-Pero la Señora…

-La Señora es un caso aparte. Es una Wundarga muy vieja que con el tiempo y el contacto con los humanos ha adquirido una inteligencia que supera con creces la de sus camaradas. Marco me dijo que creía que había más Wundargas de este tipo a lo largo y ancho de este mundo, pero que la mayoría son de limitados recursos. Sólo las más viejas adquieren el talento necesario.

-Y ese Marco… ¿por qué sabía tanto?

-Ya te lo dije: no lo sé. Apareció de la nada y dijo que andaba buscando a su mujer, es todo cuanto sé; pero debía de llevar ya tiempo en camino, porque sus vaqueros y un jersey gris que llevaba puesto estaban llenos de agujeros. Hablaba muy poco.

Óscar pensó en seguir interrogando a Ivana acerca de Marco y su viaje, incluso en preguntarle acerca de otros peregrinos como él que sí hubieran caído ante la Señora, pero la muchacha señaló al cielo y cambió radicalmente de tema. Bien, pensó Óscar, ya habría tiempo. Cuando regresaran tenía la intención de seguir viéndola, por supuesto.

-Dentro de nada podremos ponernos en marcha.

-Estupendo –dijo Óscar, y aprovechó para pasarle el brazo a Ivana por detrás de la cintura. Lo hizo lentamente, con muchísimo tiento, dejando que su pulgar rozara la espalda de ella en busca de algún gesto de rechazo. No lo obtuvo. Finalizó el recorrido y, ya con plena confianza, la atrajo hacia sí.

-Ivana, oye. Respecto a lo que nos dijimos cuando estábamos en el suelo… Ya sabes, cuando íbamos a morir; que me alegraba de haberte conocido y eso.

-Sí –dijo Ivana, y aunque no le estaba mirando el rostro Óscar supo que estaba sonriendo.

-Bueno… -El chico buscó palabras en su mente que no sonaran a folletín pero no las encontró. Quizá el lenguaje del amor era sencillamente universal, no convencional.- Creo que te quiero. ¡No, no tanto! –añadió apresurado al comprender cómo había sonado aquello-. Pero me gustas mucho. Muchísimo.

Ivana se giró hacia él. Estaba sonriendo, en efecto.

-¿Te parece un buen momento para hablar de esto?

-Ah… no, tienes razón. Lo siento. Es sólo que…

-Tú también me gustas –dijo Ivana, y soltó una risa cansada-. Míranos, después de todo lo que ha pasado, con una tribu de caníbales detrás y una manada de brujas delante, después de sobrevivir de milagro a yo qué sé cuántos peligros y diciéndonos que nos gustamos. Ya lo sé, Óscar. Y si no me gustaras ahora estarías muerto.

Joder, qué cruda, pensó el muchacho, pero como Ivana seguía sonriendo supo que ella estaba bromeando. Se inclinó un poco hacia ella porque comprendió de algún modo que iba a obtener lo que buscaba. En efecto, ella hizo lo mismo hacia él y se rozaron los labios. Fue un beso fugaz, pero sacudió al bosque más que la tormenta del día anterior. Después Ivana volvió a mirar al cielo.

-Creo que ya casi podemos…

-Ivana…

La voz surgió del bosque cortando las palabras de la chica y haciendo que a ambos se les acelerase el corazón. Sin querer Óscar estrujó a Ivana hasta dejarla sin respiración. Ante su mirada el bosque se mostraba denso, con los árboles más apretados entre ellos si cabía que en la oscuridad. Del espacio entre dos troncos era de donde había provenido esa voz ya conocida por ambos.

-Ivana, ven –dijo la Señora. Aún no se dejaba ver, pero tras unos helechos Óscar pudo reconocer el encrespado cabello de la Wundarga que se movía ligeramente de un lado a otro.

-¿Señora? –se atrevió a hablar la muchacha. Entonces la vieja se incorporó, y en sus enormes ojos ansiosos Óscar vio que ella había comprendido que se le acababa el tiempo, que no podía seguir acechando hasta que ellos arrancaran. De hecho su metamorfosis hacia la figura del gato había iniciado ya el proceso: el vello comenzaba a cubrirle el cuerpo.

-Ivana. Muchacho. Venid a casa. Regresad conmigo. No os haré ningún daño a ninguno de los dos. Pero tenéis que venir ahora.

Ivana avanzó un único paso. Por un descabellado momento Óscar pensó que la Señora la había hipnotizado y que ella iba a ser su desayuno, así que trató de retenerla sin soltar su brazo. Pero Ivana se detuvo y apretó los puños.

-Búsquese a otra –dijo entre dientes-. Se acabó, Señora. Se acabó.

La Señora siseó.

-Podría atraparos ahora mismo –amenazó con odio-. Podría saltar hacia vosotros y desangraros en un segundo. Os estoy ofreciendo una última oportunidad. ¿La rechazáis?

Esta vez fue Óscar el que habló, con voz casi incrédula.

-¡La rechazamos! ¡Claro! –dijo mientras se señalaba la herida del cuello. En ese momento el gesto de la Wundarga, medio animal medio humano, se arrugó. Soltó un débil grito de advertencia, amortiguado probablemente por ella misma para no alertar a los lestrigones, y de un brinco superó los matorrales. Corrió hacia ellos con la enorme boca llena de colmillos abierta de par en par.

-Aaaargh –dejó escuchar en un jadeo. Ivana llevó entonces su brazo libre a un costado y sacó del bolsillo del impermeable la bolsa que uno de los lestrigones había dejado atrás, y que ella había recogido sin que Óscar lo advirtiera. Aún quedaban unas cuantas semillas.

La Señora lo vio demasiado tarde. El impulso que había adquirido le impidió darse la vuelta y huir de inmediato, por lo que cuando llegó hasta ellos Ivana, a pesar de que había asegurado la primera vez que efectuó la treta con la Señora que no lo haría nunca más, ya había derramado el puñado de la bolsa ante sí. Óscar dio un salto hacia atrás y arrastró consigo a Ivana.

-¡Ahí tienes! –exclamó la chica, y la Wundarga se arrojó a sus pies. Comenzaba a contar mientras su cuerpo menguaba a la vista de la pareja; se cubrió de pelos, las orejas se le afilaron hasta acabar en punta y sus manos, ya minúsculas, terminaron por recogerse en las almohadilladas garras de los gatos. La claridad del día había llegado definitivamente al bosque.

-¡MÍO! –pudo exclamar la Señora justo antes de que la palabra se convirtiera en un maullido amargo y desesperado. Ahí quedó la gata de manchas marrones hurgando con las patitas en el montón de semillas. Después levantó la mirada, echó las orejas hacia atrás hasta casi pegarlas a su cráneo y soltó un penetrante bufido con los bigotes en punta.

-¡Fuera, Micho! –exclamó Óscar, y le propinó a la gata un puntapié en los cuartos traseros, con lo que salió huyendo hacia la espesura y se perdió entre los árboles.

Ivana se rió.

-¿Volverá a molestarnos? –preguntó él.

-Si, si no nos ponemos ya en marcha.

-¿Vamos entonces?

-Vamos –confirmó Ivana. Óscar se demoró un segundo para observar el rostro de la chica con atención.

-¿Sabes? Te noto cambiada. Tu expresión es diferente que cuando llegué a la casa. ¿Menos triste, quizá?

Ivana sonrió y se le iluminó la cara.

-Es increíble cómo puede darse la vuelta la vida de una en unas pocas horas. Me siento nueva, algo así como salvada de ahogarme. Has sido tú, Óscar. Pero –añadió sin dejar de mirarlo- será mejor que nos vayamos ya. Tenemos un largo día por delante.

-Claro.

Recogieron la mochila abandonada y Óscar la devolvió a su espalda. Los lestrigones no la habían saqueado, y el peso reconfortante le recordó que todavía era un peregrino en marcha. Después tomó a Ivana de la mano y juntos, cansados y somnolientos pero satisfechos, iniciaron el camino hacia el norte.

En algún punto encontrarían unas ruinas casi cubiertas por el bosque, y entre ellas hallarían un arco construido con enormes bloques de piedra, que en tiempos formó parte de un enorme y oscuro templo. En aquel lugar exacto, bajo el arco cuya clave estaba adornada con un símbolo incomprensible para todo aquel que no estuviera versado en las antiguas civilizaciones de Huath, el aire era mucho más espeso que alrededor, como si una neblina invisible hubiera sido vaporizada y el viento no fuera capaz de dispersarla. Óscar había pasado bajo ese mismo arco el día anterior, aunque la fuerza de la tormenta en ambos lados y su andar cabizbajo le habían impedido advertir el perfil de las ruinas, confundido con el resto del bosque. Si atravesaban el aire enrarecido en la dirección correcta, un solo paso los llevaría de un mundo a otro: un solo paso que comunicaba distancias infinitas. De perderse hacia el norte, el este o el oeste acabarían por encontrar un inmenso mar. De hacerlo hacia el sur llegarían a una pequeña aldea de pescadores y de allí, si no quedaban retenidos (como en aquel mismo instante se encontraba aquel hombre, Marco), se abriría ante sus pies un vasto continente tan lleno de horrores y maravillas, de amigos y enemigos, de enclaves antiguos embrujados y ciudades amuralladas, que no bastarían mil páginas sólo para describirlo.

Pero de todo esto, poco sabía Ivana y mucho menos Óscar. Les aguardaba una jornada agotadora, y posiblemente la suerte los había acompañado a lo largo de toda esta historia y había decidido no abandonarlos todavía, porque no extraviaron su camino y llegaron a las ruinas muy poco antes de que anocheciera, y traspusieron de la mano el Umbral y regresaron a tierras conocidas, al Camino de Santiago, donde un peregrino rezagado se sorprendió y casi huyó al verlos aparecer como fantasmas desde el bosque en la oscuridad. Qué hicieron Óscar e Ivana a partir de aquel punto ya no corresponde a esta historia, aunque sí cabe afirmar un par de cosas: una es que, con un buen motivo, volvieron a cruzar el Umbral años después en busca de la Señora. La segunda puede verse incluso a día de hoy en el punto exacto del Camino desde el que Óscar se extravió: un cartel que ellos mismos clavaron allí más tarde, y en el que podía leerse una advertencia; vaga, pero advertencia al fin y al cabo:

PERIGO: GATOS SALVAXES.

 
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