jueves 18 de marzo de 2010

HUATH (13)

La historia de Arhaval.

A Marco le gustaba el guerrero, y creía saber por qué: Arhaval era una persona de acción y no se andaba con rodeos, y posiblemente lo comprendía. Estaba seguro de que a Hyasu también le gustaba, aunque su impenitente orgullo e imaginación lo mantenían alejado de una relación más cercana a él. Realmente sentía curiosidad por conocer más acerca de la vida de aquel viajero y qué lo habría llevado por los senderos hasta hacerles coincidir. Le alegró que, tras la breve pausa mientras ordenaba sus ideas, Arhaval se decidiese por fin a hablar, mientras los ángulos de su rostro bailaban al resplandor de la hoguera y sus ojos brillaban por debajo de las gruesas cejas.
-Me llamo Edol Arhaval Zalahoyashmek, hijo de Azurkham, hijo de Dagia Nuk. Podría comenzar mi historia como tú, Marco: con una mujer y con todo lo que me llevó a no tenerla hoy entre mis brazos, pero me voy a remontar al principio y ella llegará en su momento.
“Nací en las praderas de Habdia, un territorio del sureste donde la tierra es fértil y los cultivos se extienden hasta donde la vista alcanza. Es un paraje que alegra la vista y el olfato, porque se puede hacer crecer casi cualquier cosa de la benigna tierra. No existía una ciudad unificada en aquel reino, y éramos objeto de constantes ataques de los habitantes de la costa de Pernia, donde los bosques son oscuros, pero siempre supimos unirnos a tiempo para rechazarlos. Así aprendí a manejar la espada, y mis vecinos me pusieron al frente de las brigadas que organizábamos un mes sí, otro también. Tuve muchos maestros, pero me enorgullezco de haber estado, aunque un breve tiempo, bajo la tutela del gran Quudami.
-¡Quudami! –exclamó Hyasu asombrado-. Hasta Daya- San ha llegado la fama de ese hombre. Se dice que la misma Hezela lo adiestró en las cavernas de Fega. ¿Sigue vivo?
-Supongo que sí, Hierbajo. Ni lo sé ni me importa. Es un hombre demasiado duro. De los cuatro alumnos que aceptó creo que sólo yo sobreviví, y porque huí una noche de su infecta choza. Dos semanas con aquel hombre igualan en intensidad a todo un año batallando. ¿Crees que las cicatrices que cruzan mi rostro son producto de enfrentamientos con enemigos reales? ¡Ja! Pocos son los que han conseguido llegar a marcarme. La mayoría de cortes me los hice durante los entrenamientos con Quudami. Posiblemente ande buscándome, o esperando un encuentro conmigo al menos. Quizá algún día pueda devolverle parte de sus enseñanzas.

“Cuando contaba con veinte años llegó mi hora. No deseaba más que marcharme de Habdia y buscar mi propia fortuna. No es que no amase mi tierra, pero de pronto los pastos que tan extensos me habían parecido en la niñez se me antojaron demasiado estrechos, y los enemigos formidables se convirtieron en inútiles espantapájaros que no asustaban ni al más joven de los cuervos. Consideré que nuestra tierra estaba bien defendida por mis paisanos y anuncié mi marcha, lo que produjo agrios reproches por parte de mi padre y amargas lágrimas de mi madre. Procuré que no me importara.
“Había oído hablar de Ciudad Puerto, por supuesto, conocida entre risas en Habdia como Nehanama, que significa más o menos “buena compra” o “buen provecho”, precisamente porque sus habitantes venían a menudo a nuestras aldeas a cambiarnos telas y cerámica por nuestro fértil grano, y sabía por un compañero que allí el arte de la espada era un bien apreciado, debido al riesgo de robo y pillaje; así que dirigí allí mis pasos. Atravesé Pernia sin mayores peligros y llegué a la costa, y me sobrecogió el mar, pues aunque había escuchado muchas historias, y a menudo nos referíamos a él como uno de los bienaventurados dioses, jamás lo había visto. Embarqué en un esquife nehanamiano y tras una aterradora travesía llegué a Ciudad Puerto, donde enseguida un mercader se fijó en mí y me ofreció un sueldo por la protección de su mercancía. Sólo tuve que pasearme un rato con el ceño fruncido y mi arma bien a la vista.
“Así conocí a Yamara. No sé hasta dónde puedes llegar a ver en tu Drilce a una diosa por el velo que cubre tus ojos y nubla tu razón, o tú, Hierbajo, en esa joven a la que llamaste cuando la wundurla nos hechizó, pero puedo aseguraros que nunca ha existido ni existirá una mujer más hermosa, más valiente o más digna en todo Huath, ni en el resto de los mundos. Y las tripas del que lo ponga en duda probarán el sabor de mi hoja –añadió al ver que Hyasu iba a decir algo, y el joven calló.
Marco asintió. Él sabía que Drilce no era la mujer más hermosa del mundo, pero comprendía lo que el guerrero quería decir. A él le sucedía lo mismo.
-Yamara era la hija de un compinche de mi jefe, un grueso saco de mierda que siempre buscaba el engaño en sus transacciones, y si ella era realmente su hija, salida de la esencia de un colgajo miserable como aquel, entonces la madre debía de ser una diosa por lo menos. El viejo bribón sabía sin duda lo que su hija despertaba en los demás hombres, porque siempre la llevaba con él cuando cerraba sus tratos, a sabiendas de que el comprador tendría un ojo en la operación y otro en los pechos de la muchacha. Nos hicimos amigos y eso me extrañó, porque nunca me había dirigido la palabra siquiera hasta un día que me propuso acompañarla al almacén de su padre a revisar no sé qué mercancía a petición del viejo bastardo, y allí, en efecto, me enseñó la mercancía y me perdí para siempre.
“Lo mantuvimos en secreto porque ella lo quería así. Ciudad Puerto era un lugar enorme, pero los chismes vuelan como en cualquier ciudad, y su padre y mi jefe eran lo bastante importantes como para que conviniera a sus planes que la cosa no se supiera. Y así hubiera sido, pero Yamara cometió un día el error de contarme un episodio de su pasado: el viejo cabrón no la había usado sólo para enseñarla; le había gustado también tocar donde no debía.
“Supongo que cuando ella me lo contó sabía que yo haría algo, y no tardé. Busqué al bastardo, lo acorralé sin mediar palabra, le corté las manos que habían mancillado a mi amada en su juventud, cercené el conjunto de su entrepierna y se lo hice comer mientras aún vivía. Luego escupí al cadáver cuando se puso blanco y corrí a buscar a Yamara. Ella me esperaba en los muelles.
“-Ya está. Eres libre. Yo debo marcharme ahora.
“-Y yo contigo –me dijo, y no cabía discusión. Robamos una barca y nos dirigimos al norte, lejos de aquella ciudad donde en breve se pondrían a buscarnos.
“Durante un tiempo vagamos sin rumbo, con la costa siempre a la vista. Sólo nos alejamos mar adentro cuando traspusimos el templo maldito de Naksuru, donde se respira una hediondez malsana que ni la brisa marina es capaz de disipar. Llegamos a Leterma y nos pareció demasiado cercana aún a Ciudad Puerto, así que continuamos hacia el norte. Nos deteníamos en los deltas de los numerosos ríos a recoger agua y alimentos, superamos las montañas de Juz y contemplamos los páramos donde, se dice, habitan aún hombres que se comen a sí mismos y que más parecen monos que hombres; pero, si acaso observaban nuestra marcha, no hicieron ningún signo que pudiéramos apreciar. Luego llegamos a los grandes acantilados donde las hornas graznan día y noche, y descubrimos una cala tranquila entre las peñas, protegida tierra adentro por un frondoso bosque, que nos pareció un buen lugar para empezar una nueva vida. Lo intentamos, y llegamos a construir una pequeña choza con piedras y arcilla, pero los gritos de las malditas hornas casi nos enloquecieron y en dos semanas abandonamos la cala y nos hicimos de nuevo a la mar.
“Sobrepasamos Tamnar y rodeamos la península a la vista de las ruinas del norte, que deben de ser a las que tú llegaste, Marco, y continuamos al oeste. La desesperación comenzó a hacer mella en Yamara. No es que nos aburriéramos, pero temíamos ser reconocidos en cualquier aldea donde nos detuviéramos y preferimos seguir intentando encontrar nuestro sitio. La sal estaba ya afectando a mi espada y a mis ojos, y la piel de Yamara se había agrietado y sus labios ya no brillaban, así que, finalmente, decidimos establecernos en Lamade, donde podríamos pasar al menos una temporada alejados de los peligros del dios Ghorta, levantador del oleaje de caprichoso carácter. Al sur de Lamade se abre el bosque de Sinvaya, del que habréis oído historias debido a sus hombres lobo, aunque puedo aseguraros que son todo patrañas. Nos internamos hasta un claro donde construimos un hogar y, gracias a mi conocimiento de la tierra, levantamos un sembrado del que poder alimentarnos además de la caza. Estuvimos dos años enteros allí, ella y yo solos, y no sé qué funciona mal en esta cabeza –quizá recibí demasiados golpes del bastón de Quudami-, pero al cabo de ese tiempo comencé a revolverme en sueños. Añoraba agitar mi espada ante un enemigo, y no había matado a nadie desde que el padre de Yamara había saboreado sus propios huevos, así que un día le propuse viajar al sur, donde Gadnerdo libraba constantes escaramuzas contra toda aquella región que no reconociese su soberanía, para ponerme a sus órdenes y calmar el picor que la falta del tacto de la empuñadura producía en las palmas de mis manos. Ella se negó, alegando que quizá sus pechos no eran suficientes para calmar ese picor, y yo me enfadé con ella. Me interné en el bosque y la dejé dos días abandonada en nuestra casa.
“El destino debe de ser cruel a propósito, con un sentido, porque cuando regresé vi que nuestro huerto estaba pisoteado y quemado, y aunque en un primer momento pensé que había sido ella, poseída por la furia como venganza a mi marcha, escuché unas roncas voces que vitoreaban desde el interior de nuestra cabaña. Se me aterró el corazón al comprender que quizá había cometido la mayor estupidez de mi vida.
“Corrí a la puerta, aparté la piel y me di de bruces con el peor espectáculo del que jamás he sido testigo: tres hombres, probablemente bandidos errantes, se turnaban para violar a Yamara, quien yacía sujeta por un cuarto, un hombre enorme. El rostro de ella estaba deformado por los golpes que le habían propinado, y se hallaba inconsciente. Entonces la furia se apoderó de mí.
“Los bandidos escucharon el ruido que produjo mi espada al ser desenvainada. El primero que cayó fue el que, en ese momento, embestía contra los muslos inertes de Yamara. No llegó a darse la vuelta, y su cabeza saltó y rebotó contra el suelo de tierra, donde aún mostró un rato una expresión de malvado placer hasta que se dio cuenta de lo que le había sucedido. Otro intentó sacar su cuchillo pero no pudo hacerlo a tiempo, y mi espada atravesó mano, pecho y espalda. Mientras el hombre gigantesco soltaba las manos de Yamara y sacaba una ballesta que colgaba de su cinto, me encargué del otro mediante dos tajos en el estómago: el primero hizo asomar las tripas y el segundo las dividió. Cuando me di cuenta de que no me daría tiempo a adoptar una posición de ataque contra el gordo que ya me apuntaba con su arma, dejé caer la espada y arremetí cuerpo a cuerpo contra él. La pequeña flecha de su ballesta salió despedida hacia el techo cuando agarré su cuello y lo quebré con mis propias manos.
“Enseguida me incliné sobre Yamara y la acuné y pronuncié su nombre, pero no respondió a mis caricias. Capté su pulso débil y la recogí y me dirigí desesperado a Lamade en busca de un médico o un hechicero, pero noté que, a mitad de camino, su expresión se aflojaba y su alma abandonaba su cuerpo, rendida al fin. Los cuervos del bosque se reunieron a nuestro alrededor, observando atentos desde sus ramas.
“Aun así continué la marcha. Un curandero de Lamade me recibió y preparó su cuerpo para el viaje, y me aconsejó entregarla a Edorate, pues vio que ella había sido fogosa en vida, pero yo preferí dejarla en manos de Gortha, que fue, al fin y al cabo, quien nos acompañó y nos fue benévolo durante nuestro inicio de una nueva vida. Hice una balsa con varios troncos y la deposité en el mar aprovechando que la marea se retiraba, y con el agua hasta la cintura apliqué el fuego a su lecho y la dejé alejarse. Todavía veo el resplandor apagándose en la distancia. Luego se disipó, y supe que Gortha había venido en persona a recogerla, pero la noche ya se había echado sobre el mundo y no pude apreciar cómo hacía su reverencia.
“Regresé a nuestro hogar y lo quemé todo. El bosque estaba en silencio. Saqué antes los cadáveres de los bandidos y los dejé con los ojos abiertos para que las alimañas se alimentaran de ellos y no obtuvieran el descanso ni el olvido, y luego creo que pasé la noche gritando y cortando ramas con mi espada. No lo recuerdo bien.

“Emprendí el camino por la mañana. La soledad era un tormento, y pensé en regresar a Habdia a lamer mis heridas. Pero luego deduje que en aquella tierra ya no hallaría reposo debido al contacto frecuente con Ciudad Puerto, y me fui hacia el oeste y hacia el sur, hacia Quannerah, para llevar a cabo mi intención de entrar al servicio de Gadnerdo. Yamara, sin embargo, me acompañaba en mi camino, y me reprochaba constantemente que la hubiera dejado morir a manos de los bandidos. Me torturaba a mí mismo pensando que, de haber llegado un par de horas antes, ella estaría viva ahora, pero siempre he sabido que los decretos de los dioses no pueden trastocarse, y que hay que enfrentarlos como vienen. ¿Sabes, Marco? Probablemente, si te hubiera conocido en aquellos días te hubiera obligado a enseñarme a dar esos saltos a punta de espada, y por Hezela que te hubiera hecho recordar cómo hacerlo, para ir yo también en busca de Yamara. Pero ahora sé que ella descansa en paz y que la veré cuando corresponda, y cuando entendí eso decidí que debería encontrar a otra mujer y terminar mis días como, en un principio, había planeado hacer con Yamara.
“Fue en Dabova donde escuché por primera vez la historia de la doncella en Batiea. Sin embargo, aún no le di importancia ni la vislumbré como un posible destino de mis pasos. Estaba decidido, de momento, a forjarme un futuro en Quannerah, y en parte la ausencia de Yamara me lo ponía fácil: ya no tenía miedo a la muerte. Abandoné aquella ciudad enterrada en los bosques y continué mi marcha. Supongo que algo en mi expresión debía de echar atrás a los salteadores, que los había por cientos en aquella región, porque no tuve ni un solo encuentro.
“A través del camino viejo de Gisam, que hoy día está cerrado, atravesé la cordillera de Fed y ante mis ojos se abrió la increíble ciudad de Quannerah, a la sombra de las montañas más altas. Me vi de pronto rodeado por una multitud que no existía ni en los más ajetreados días de Ciudad Puerto, y me dirigí directamente al único edificio que podía ser el palacio de Gadnerdo. Allí me retuvieron los guardias hasta que pude explicarme ante el básquil mismo, y le caí en gracia y me aceptó como soldado. Escuché por segunda vez la historia de la dama de la torre en los barracones. Pero no estuve ni una semana a su servicio.
“Uno de mis compañeros, que ya me resultaba antipático por creer que tenía el derecho de mirar a todo el mundo por encima del hombro, hizo un desafortunado comentario sobre Yamara cuando le conté mi desdicha, así que antes de poder dominarme le había atravesado el ojo con una daga. Tuve que huir de nuevo, pero no me importó: en sólo una semana me había dado cuenta ya de que Gadnerdo era idiota, y de que no tendría ninguna oportunidad en una guerra contra el norte. Por supuesto, aún no había escuchado los rumores de su alianza con Verhent, así que opté por regresar al norte y arrimarme al que creía el árbol más fuerte: Treydjem.
“Tras muchas semanas de miserias me presenté por fin ante el básquil de Domova. Entrar a su servicio no fue tan fácil como con Gadnerdo: tuve que pasar varias pruebas y derribar a unos cuantos de sus soldados, pero finalmente me contrató. Sin embargo, aunque este no era idiota como su enemigo del sur, sí me pareció que estaba bastante loco, y no me parecía que ninguna de esas cualidades pudieran ser provechosas para la soldadesca de un reino, así que tampoco me sentí muy acogido y seguro. Andaba perdido.
“Y entonces hablé con un tabernero, una de las frecuentes noches en las que se nos permitía emborracharnos y alternar con las mujeres del templo del Jabalí (aunque eso se acabó pocos días después, cuando Treydjem comenzó los preparativos para la guerra), y escuché por tercera vez la historia de la torre de Batiea. El hombre había estado recientemente en aquella ciudad y me la contó de primera mano.
“Batiea se edificó a partir de una enorme torre, que según dicen fue levantada por uno de los antiguos dioses como bastión en las guerras frecuentes que los sacudían. Cuando los hombres llegaron del sur en la primera gran migración se encontraron con ella tal y como está ahora, y les pareció un lugar de poder y se establecieron allí, y fundaron la que es ahora una de las más importantes ciudades de todo Huath. La torre en sí no debe de ser muy alta, aunque según el tabernero desprende un inequívoco halo de fuerza que proviene de las raíces de la tierra. Pero desde el principio ha estado cerrada para el pueblo llano. Los primeros príncipes anexaron a ella sus palacios, pero nunca duraban y se derrumbaban sin explicación, y pronto quedó relegada al cuidado de los sacerdotes de los antiguos cultos, y los príncipes les dieron las llaves y les prohibieron revelar sus oscuros secretos a la luz de la humanidad.
“Así fue durante miles de años, hasta que un sacerdote, heredero de una de las familias más poderosas de la nobleza (porque los nobles de Batiea tenían por costumbre encauzar al sacerdocio a su primer hijo varón) decidió reclamarla y quedársela para él y su hermana. Comenzó así una saga endogámica e incestuosa que limitó el acceso a la torre a sólo dos o tres iniciados por generación, con el consiguiente deterioro mental y físico que suele darse en la raza cuando no se refresca con la mezcla de sangre nueva.
“Durante muchos años la gente ha procurado alejarse de cualquier relación con aquella familia de sacerdotes, a los que consideran perversos aunque nadie sabe a qué dios adoran exactamente, pero en la última generación ha surgido una anomalía curiosa en la rama, una niña que no sólo se ha librado de las taras que arrastraba su estirpe, sino que, además de terriblemente hermosa, demuestra una inteligencia y una voluntad social que produce pasmo. Hay que añadir que los padres de ella no han tratado de limitar las actividades de la niña al interior de la torre; antes bien, han hecho notables esfuerzos por incluirla en la vida activa de la sociedad de Batiea. Ha sido muy querida durante los diecinueve años con que cuenta en la actualidad.
“Sin embargo ha sucedido algo. Una mañana se escucharon desde la única ventana de la torre unos gritos espeluznantes y unos crujidos extraños, y de pronto los cuerpos de sus padres y de su tío salieron despedidos por ella y se pudo comprobar que habían sido horriblemente mutilados. Después se asomó la muchacha, aterrorizada, y suplicó a gritos que la liberaran de la torre, que un demonio había tomado posesión de la estructura y la reclamaba como suya. Después desapareció. La gente trató de derribar la puerta, única abertura aparte de la alta ventana, y no hubo forma: había sido sellada con algún poder incomprensible.
“A menudo se escuchan lamentos desde la parte más alta de la torre, donde la muchacha espera ser rescatada, pero aunque algunos lo han intentado, escalando hasta la ventana, siempre ha sido en vano. Los valientes que han conseguido llegar arriba sueltan un grito de horror e invariablemente se arrojan al vacío.
“En cuanto conocí la historia en detalle supe que yo iba a ser el que liberara a la chica. No sólo porque deseaba abandonar el ejército de Treydjem, condenado a la derrota sin remedio contra las hordas de Gadnerdo y Verhent, sino porque he recorrido muchas millas, demasiadas regiones, pueblos, aldeas y granjas, y jamás he conseguido encontrar a nadie como Yamara. Algo en el corazón me dice que esta chica, la hermosa dama encerrada en la torre con un demonio, será la que ocupe el hueco que llenaba y dejó mi amada.
“Después de cinco meses bajo el mandato de Treydjem pedí que se me liberara de mi cargo y se me denegó. Una y otra vez supliqué al básquil que me permitiera partir con licencia, para evitar al menos ser perseguido por un tercer enemigo (después de Ciudad Puerto y Quannerah), y no hubo forma de conseguirlo, así que al final me decidí y escapé, hace ya tres semanas, una noche de tormenta. No quería herir a nadie, pero fui descubierto al trasponer las puertas por dos compañeros de guardia y no se tragaron el embuste que les conté, así que tuve que mandarlos al Herdyammah, donde vagan las almas que aún no saben que han muerto, tan rápido fui con el cuchillo.
“Por supuesto me persiguieron, aunque me extraña el tesón de Treydjem por matarme sabiendo lo ocupado que está con sus preparativos; tendré que vivir con ello. Así llegué a estos cañones y me encontré con vosotros. El resto de la historia está por ser escrita, una vez que lleguemos a Grebda y enfile mi propio rumbo.

Marco y Hyasu sacudieron la cabeza.
-Menuda historia –comentó Hyasu-. ¿Crees que podrás vencer al demonio ese? ¿Tienes alguna idea de cómo actúa o a qué orden pertenece? Siempre que consigas llegar hasta la torre entre los soldados de Treydjem, claro.
-¿Qué quieres que te diga? Toda mi vida he abierto la cabeza de aquel que se ha puesto en medio de mi camino y ha tratado de detenerme. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?
-Porque la suerte es caprichosa, eso se sabe en Daya- San.
-También se sabrá que Hezela cuida de los que la honran.
-Acabarás mal.
Arhaval levantó un brazo para recolocarse en su postura y Hyasu se echó instintivamente hacia atrás. Al guerrero se le escapó una carcajada.
-¡Descuida, Hierbajo! Te noto demasiado tenso en mi presencia.
Hyasu refunfuñó algo en voz baja.
Marco, por su parte, se alegró de haber encontrado a alguien que mostraba en su búsqueda la misma cabezonería que él. Iba a comentárselo, pero el guerrero parecía haberse cansado ya de hablar. Se recostó, cerró los ojos y murmuró, antes de quedar inmediatamente dormido:
-La brisa de la mañana traerá nuevos olores.

martes 16 de marzo de 2010

Valiente

Nadie diría que Quasi era un mote original, porque no lo era; pero si uno se acercaba, y no mucho, a Óscar Merlo y se detenía un par de segundos a contemplarlo, quieto o en movimiento, deduciría en seguida que no podría existir para él un nombre más apropiado. La culpa, y su tormento desde entonces, la tenía la película de Disney que puso de moda a aquel retaco jorobado y contrahecho allá por el 96. Antes sólo lo llamaban Fealio; honestamente, Óscar lo prefería antes que Quasi, aunque no sabría explicar por qué.
Caminaba cargando el peso de su inmensa corcova en su lado derecho, por lo que había usado bastón desde que tenía once años, un bastón de puño de marfil que le había regalado su abuela poco antes de morir. Su rostro era una amalgama de curiosas protuberancias e imposibles pliegues, como si Dios, cuando lo estaba haciendo, hubiera estado más pendiente del partido del Madrid que de su obra. Su madre, que como el resto de su familia excepto él era absolutamente normal, solía decirle que la belleza estaba en el interior, y Óscar aprendió bien pronto que la frase estaba bien para los cuentos de hadas, pero que, en la vida real, en la práctica, no había aplicación posible para ella.
Sólo Óscar sabía que dentro de aquella armadura latía un corazón que sentía, que podía incluso amar, pero nunca nadie le dio la oportunidad de demostrarlo. Pasó sus años escolares observando de lejos cómo sus compañeros establecían relaciones fugaces y de tanteo, exprimiendo los primeros atisbos de sexualidad, pero ni en sus más atrevidos sueños hubiera podido imaginar que él podría formar parte de una unión de cualquier tipo, así que se limitaba a rumiar por dentro y a desear con toda su alma no llegar a enamorarse nunca. En la facultad de Medicina, donde ingresó con la ambición de especializarse en cirugía plástica y arreglar el descuido de Dios, su esperanza se fue al garete.
Siempre de lejos observó a Magdalena, porque no quería arriesgarse a una sola mirada de asco por su parte, así que se mantuvo tan distante como las aulas le permitían. El corazón de Quasi estallaba cada vez que clavaba sus ojos en ella y le enfurecía no ser capaz de evitarlo, porque él no estaba hecho para el amor y ella era una ninfa. La vieja historia de Polifemo y Galatea, edición del siglo XX.
Transcurridos dos años de constante atisbo por entre los párpados colgantes, Quasi supo que debía decírselo, o su alma sucumbiría a la locura. Por primera vez la decisión de hablar con una chica se interpuso a todo lo demás, y durante varias jornadas el sueño se esfumó de sus noches y lo trastornó. Se aferraba a la sentencia de su madre, aunque, ¿qué sabría ella de belleza interior, si nunca había necesitado mostrarla? Una de esas noches en vela Quasi decidió que cambiaría su destino a la mañana siguiente. Hablaría con su amada y le diría lo que le tenía que decir.

Magdalena estaba acostumbrada a que los chicos se acercaran a ella y se comportaran como perros en celo, por lo que no le extrañó que también aquel engendro demoniaco renqueara hasta ella. Las amigas con las que charlaba, en el descanso entre clase y clase, se apartaron horrorizadas al acercárseles la criatura a la que conocían, sin saber que así lo llamaban también en el colegio, por Quasi, pero Magdalena mantuvo una expresión serena, incluso coqueta, en cuanto detectó el movimiento de vaivén con que el chico avanzaba por el mundo. Muy a menudo ellas se habían reído de él, por supuesto, aunque creían haberlo hecho discretamente.
Llegó hasta ella jadeando, cada paso un esfuerzo, y se detuvo y elevó la vista, y clavó lo que se veía de sus ojos en los de la chica. Ella esbozó una sonrisa y Quasi inició su murmullo.
-Magdalena.
El nombre salió de sus labios por primera vez y sonó como el graznido de un cuervo que escapa por los pelos de la escopeta del campesino.
-¿Sí? –dijo ella con interés, a sabiendas de que estaba a punto de partir un corazón, uno más en las páginas de su diario. Quasi frunció el entrecejo: en apariencia por la dificultad de sus órganos bucales para pronunciar correctamente, pero en realidad abrumados por el odio.
-Magdalena… -repitió Quasi-: tengo que decirte algo.
-¿Sí? –volvió a preguntar ella, y sintió un ligero regocijo de placer.
Entonces Quasi escupió, más que pronunció, la frase que tenía preparada, el motivo de sus últimas noches en vela.
-Eres una zorra.
Magdalena abrió mucho los ojos, pero no pudo hacer mucho más que eso, porque aunque impedido en muchos sentidos, Quasi era bastante hábil manejando el bastón. Con un ligero movimiento lo volteó y lo sujetó por la punta, y mediante el mismo fluido gesto descargó el duro puño de marfil contra la frente despejada, justo entre los dos ojos. El crujido con que se dividió el cráneo de Magdalena pudo escucharse por todo el pasillo, y quienes aún no observaban la escena, que eran pocos, se giraron con curiosidad. Llegaron a tiempo para ver cómo la chica más guapa de la facultad se desplomaba como un saco de patatas.

Cuando veinte minutos después dos agentes escoltaban a Quasi para meterlo en el coche patrulla, el chico sólo acertaba a repetir:
-Tenía que decírselo… Lo entienden, ¿no? Tenía que decírselo.

viernes 12 de marzo de 2010

Primer Aniversario

Hoy hace un año que están saliendo juntos. Rosalinda prepara una cena romántica, con velas, vino y cristal de Bohemia. Ha puesto el mantel de los domingos, ese rojo y dorado tan bonito. Hay solomillo y ensalada; el solomillo con mucha sal y poco hecho, como a él le gusta.
Se separa un poco y contempla la mesa, satisfecha: todo en orden. Y llega a una conclusión: lo ama. Claro que tiene sus cosillas, como todo hombre, pero a ella la educaron para perdonar. Visto de otro modo, ella tampoco es ninguna santa: es caprichosa y celosa, pero lo justo, y él es también muy comprensivo. Además de guapo, piensa, y se tapa la sonrisa con la mano.
Ya sólo queda esperar. Pronto sonará el timbre, y ella se levantará del sillón, abrirá la puerta con actitud de no estar esperando a nadie y dejará que él admire lo guapa que se ha puesto. Un vestido azul claro muy escotado, un collar de perlas de su madre en su largo cuello de cisne y un precioso peinado que le ha estado haciendo toda la mañana su amiga Nuria, la peluquera. Está radiante y sus ojos brillan con algo próximo a la felicidad.
Esta noche va a pedirme la mano. No le cabe la menor duda; las últimas dos semanas él ha estado especialmente cariñoso. Hoy será el día en que me comprometa con él. Hoy le diré que lo amaré para el resto de mi vida. Siente que un fuego potente pero dulce le abrasa el pecho. Hoy.
Se sienta y coge el libro que está leyendo. Una novela romántica: Ríndete a mi amor. Es preciosa, y a veces se siente como la heroína, quien navega en alas del amor más puro del mundo. Abre el libro por la señal y, al poco rato de pasear la mirada por las letras diminutas, lo cierra. No puede concentrarse en la lectura. ¡Qué nerviosa está! Mira el reloj: aún faltan cinco minutos para las siete. Ojalá no se retrase, o me volveré loca... De amor, piensa, y cubre de nuevo la sonrisa de sus labios.
Suena el timbre. Ya está aquí.
Se levanta de un salto. No... Espera un poco, que no parezca que lo estabas esperando. Se contempla en el espejo del vestíbulo y se retoca el pelo con infinito cuidado. Bueno, vamos allá.
Abre la puerta y ahí está él, impecable. Es hermoso. Rosalinda siente que es el amor de su vida. ¡Oh, cómo lo ama!
-Ca... ¡Caray! ¡Qué guapa te has puesto, Rosi!- exclama él mientras la contempla con la boca abierta. Ella se sonroja, como siempre que él le echa un piropo.
-¡Gracias, tú también! Pasa, Rodolfo.
Y se hace a un lado. Él entra, cierra la puerta y la abraza, y la besa muy fuerte. Ve la mesa puesta y sonríe.
-¡Guau! Velitas y todo.
-¡Feliz aniversario!- exclama ella, y le entrega un pequeño paquetito.
-¡Eh, gracias!
Lo abre con entusiasmo. Se trata de una pequeña cajita roja. Él la mira y levanta la tapa.
Es un pasacorbatas de oro.
Él deja de sonreir. Parece algo disgustado.
-¿Un pasacorbatas?- pregunta, dando vueltas al objeto entre sus manos.
Ella siente una enorme decepción: no le ha gustado.
-Pensé que...
-¿Un pasacorbatas?- repite él-. Pero, ¿cuándo me has visto a mí llevar una corbata, Rosi?
-Yo...
Él vuelve a sonreír, quizá algo forzado, y la besa fugazmente en los labios.
-Bueno, no importa. Supongo que algún día podré usarlo. Gracias, cielo.
Ella suspira aliviada.

Se sientan a cenar. El equipo de música endulza la velada con canciones de amor.
Rosalinda siente que el momento está cerca: su amado picotea del plato, y parece muy nervioso. Se lleva la mano constantemente al bolsillo, como si no se decidiera a sacar lo que lleva en él. Y ella aún no ha recibido su regalo de aniversario.
De pronto, él deja caer sus cubiertos y se mantiene erguido en la silla.
-Bueno, ya está bien- carraspea-. Rosi...
-¿Sí?- Ella mantiene sus ojos azules clavados en él.
Rodolfo saca una cajita adornada con un lazo y la tiende.
-Quiero darte esto... Como prueba de mi amor eterno hacia ti.
Rosalinda no puede expresar palabra. Nerviosa como nunca ha estado en su vida, toma la cajita con mano temblorosa, deshace el nudo del lazo lo más aprisa que puede y la abre. Y cuando ve lo que hay en el interior lanza un gritito de júbilo y se levanta corriendo para ir a abrazar a su ahora futuro marido.
-¡Rodolfo! ¡Rodolfo, Dios mío!- exclama contenta- ¡Es un ojo de compromiso!
Se separa de su amado y contempla el ojo viscoso y chorreante que se escurre entre sus dedos, como si tuviera vida propia.
-¿Quieres casarte conmigo, Rosi?
-¡Ay, sí, sí, Rodolfo, mi amor! ¡Sí, quiero! ¡Claro que quiero!
Rodolfo se levanta de su silla. Se ve realmente feliz.
-Ven, déjame que te lo ponga, mi amor.
Ella inclina la cabeza. Rodolfo le da un golpe seco en la nuca, y el ojo izquierdo de Rosalinda cae al suelo. Luego toma el ojo de compromiso y lo introduce en la cavidad izquierda de Rosalinda con mucho cuidado y amor. Encaja perfectamente.
Rosalinda parpadea un par de veces. Luego mira a su amado y se arroja entre sus brazos.
-¡Mi amor!
Él, a su vez, la abraza con fuerza. Luego, con una sonrisa tranquila, susurra al oído de su prometida:
-Y nada de pasacorbatas la próxima vez, ¿eh?

miércoles 10 de marzo de 2010

La Gran Conversación

NOTA: Hay paroncete, sí. Pido disculpas. Estoy a la espera de un horario que me permita compatibilizarme con el horario de la Musa. De momento esta semana que entra estaré optimizado y espero colgar algo nuevo, así que como a Peña le molesta, le pondré mientras un cuento, viejo, pero que espero que no haya leído. ¡Grache mile!

Un instante antes estaba conduciendo su coche tan feliz, y ¡zas!, al siguiente estaba metido de lleno en la Gran Conversación, sentado ante una mesa enorme y con millones y millones de tertulianos que hablaban ordenadamente sin necesidad de ningún moderador.
-...Y además, no creo que nadie desee volver ahí abajo, ¡ni hablar! Es algo que no puedo concebir: que, tras probar esta pureza, alguien sea capaz de renunciar a ella ni por un segundo.
-Pues aquí el amigo- dijo otra voz- lo hizo hace un tiempo. Volvió, y lo hizo porque le dio la gana; supongo que tendría algo que demostrar.
-No tenía nada que demostrar, pesados- dijo una voz clara-. Debía hacerlo, y punto. Además, no he sido el único. ¿Por qué no le dais la barrila a otro?
-¡Uy!- intervino el recién llegado-. Pues todavía están esperando que vuelvas otra vez.
-¿Sí? Pues que esperen sentados.
-Eso te pasa por prometer cosas que no estás dispuesto a cumplir. En mi época también te esperábamos, y nunca apareciste.
-Ni en la mía. Si existiese el dolor para nosotros, ahora mismo te daba un coscorrón.
-Que me dejéis en paz, ya. Que ya sufrí lo mío.
-Claro, claro. Y los demás también, ¿eh? A mí me persiguieron como a un perro, sólo porque nací con una malformación en la cabeza. Si hubiera sabido que aquí todos somos iguales, no habría permitido que nadie me pusiese encima su sucio pie. Tú- se dirigió a otro- eras uno de los que me apaleaste. ¿Por qué no te castigaron nunca?
-Sí que lo hicieron. Aquella dama de allí quebró mi corazón y luego me envenenó para quedarse con mi fortuna. Siempre, cuando subes aquí, te das cuenta de que ninguna mala acción se queda sin su correspondiente castigo. ¿Qué te pasó a ti, preciosa?
-Aspiré demasiado alto, y cuando me encontré arriba del todo descubrí que no había ningún asidero donde poder agarrarme; así que caí en picado y me estrellé. Pero no estuvo mal para una chica que había nacido y trabajado en un burdel.
-¿En un burdel?- La voz mostró algo de sorpresa-. Siempre me habías dicho que tus padres eran unos ricos comerciantes de especias.
-Pues ya ves. La única especia era yo, ¡y cómo picaba!
-Vaya pedazo de zorra- dijo el recién llegado.
-Pues a ver tú, listillo... Que aquí nadie es un santo varón.
Un coro de voces femeninas asintieron vehementemente en un murmullo.
-...O tú, el de la cabeza pocha...- continuó ella.
-¡Malformada! ¡Mal-for-ma-da!
-...¿Acaso sólo sufriste, en tu triste vida? ¿Nunca hiciste nada que mereciera ser castigado?
-Pues...
-Sí que lo hizo- intervino una mujer-. A mí me violó y me estranguló, y luego dejó que la culpa recayese sobre otro.
-¡Calla, pardiez! Ya te pedí perdón.
-¡Oh, sí, perdón! ¡Qué profundo arrepentimiento!
-¡Anda, qué alegría!- se escuchó una voz amarga-. Conque fuiste tú, condenado cabeza de estiércol.
-¡Malformada!
-Me acusaron a mí y me colgaron de un árbol. Ahora te recuerdo, ahí de pie entre la gente, chillando como los demás. ¿Lo ve, juez? Le dije que yo era inocente, papanatas. Y seguro que el cabezabuque este murió feliz de viejo, satisfecho en su cama.
-Oh, no creas- dijo el juez-. Lo colgamos a los dos días, por robar unas gallinas.
-Mis gallinas- dijo otra voz-. Anda que no nos reímos, cuando su cabeza se puso morada... ¡Parecía un eclipse de yunque! ¡Ja, ja,ja!
-Por última vez, ¡MALFORMADA!
-Calla, demente, no chilles, que me duele justo aquí.
-Bueno...- dijo una voz que se había mantenido en silencio hasta entonces-. Yo me voy a dormir. Ha sido un placer charlar con vosotros, pero estoy algo cansado ya. Llevo doce mil setecientos años aquí sentado, y no es cosa de risa... Así que adiós.
-Adiós. Recuerdos a la Nada.
Y la voz se esfumó.
-Otro que se va. ¿Queda algún anciano todavía?
-Yo.
-Y yo.
-¿Y no tenéis nada que contar?
-No.
-Ni yo. Ya he dicho todo lo que tenía que decir. A partir de ahora sólo escucharé, hasta que me llegue a mí también la hora de dormir.
-¡Curioso! Aquí arriba también se envejece. Pues, pase lo que pase, yo voy a esperar aquí a mi mujer. Debe de estar preocupada, la pobre. ¡Hace tanto que me fui de casa!
-Pero Paco, cariño- dijo una mujer-, estoy aquí. Llevo aquí doscientos años. ¿Estás tonto?
-¡Ah! ¡Matilde! ¡Matildeee!- La voz sonaba llorosa y feliz a un tiempo.
-¡Qué casualidad! Yo también me llamaba Matilde.
-Y yo- dijeron unas cuatrocientas mil voces.
Hubo un silencio.
-Creo que voy a bajar de nuevo- dijo el recién llegado.
-¿Cómo?- exclamaron las demás voces al unísono.
-Que voy a bajar de nuevo.
-¿Pero y eso? ¿Vas a volver a tu pesado y dolorido cuerpo por tu propia voluntad? Has perdido la razón, sin duda.
-No. Necesito terminar ciertos asuntos. Es indispensable que vuelva. Os veré luego.
Y descendió invisible y retomó su cuerpo, y sintió el dolor atroz, pero no le importó.
-¡Respira!- dijo alguien-. Por Dios, menos mal.
Luces y sirenas. Una sala blanca, pitidos. Doctores. Fisioterapeutas. Pastillas e inyecciones. Muletas. Y por fin, su propia casa.
Sintió emocionado el picor infinito de la anticipación. Babeaba sin darse apenas cuenta. Se sentó con gran esfuerzo y encendió el ordenador por primera vez en varios meses. ¡Ah, por fin, por fin! La dicha.
Hizo clic en el icono correspondiente y entró en el chat con las manos temblorosas. Miró con ojos como platos la pantalla azul, su verdadero hogar, y el corazón estuvo a punto de estallarle en mil surtidores de felicidad cuando reconoció el encuadre y el espacio en blanco. Apareció una frase. Y otra. Y otra.
-PIRINDOL:Bisbis! Tío, ¿dónde te habías metido?
-GATITA: Hola Bisbis. Te hemos echado de menos.
-TARSU: Bisbis hola.
-DIMOÑO: Hola Bisbis.
-KUKOL: Hola Bisbis! Cuánto tiempo!
Sonrió a la habitación vacía, llena.
-Hola, chic@s- tecleó.

sábado 6 de febrero de 2010

HUATH (12)

El canto de la sirena.

Marco fue narrándole a Arhaval cuanto recordaba de las wundargas a medida que avanzaban. Estaba cada vez más aterrorizado, aunque supuso que siendo precavidos y estando sobre preaviso no deberían tener ningún problema. Poco más pudo añadir a lo que había revelado ya sobre estas criaturas, debido a que en sus viajes no había vuelto a encontrarse con ellas, pero estaba seguro de que, incluso sabiendo lo que sabía, le iba a costar horrores ver a Drilce sufriendo y no correr a prestarle ayuda.
-Son muy convincentes. Perfectas. Sólo si te fijas bien en el fondo de sus ojos y eres capaz de ver el destello caníbal se rompe el hechizo, y entonces se muestran como realmente son: unas horribles formas ancianas y famélicas. Sospecho que estarán a un lado del camino, aguardando hambrientas, pero si no nos acercamos a ellas y no hacemos caso de lo que nos digan pase lo que pase, podremos sortearlas. Es posible incluso que no se atrevan a atacar a más de un viajero y se escondan a nuestro paso.
-¿Pueden morir? –preguntó Arhaval.
-No lo sé –dijo Marco.
-A lo mejor Hierbajo lo comprueba con esa espada que le queda tan grande.
-A lo mejor Hierbajo te manda a tomar por culo –murmuró el chico, pero no se atrevió a darle el volumen suficiente a la respuesta para que llegara a oídos del guerrero.
Anduvieron unos veinte minutos. Marco y Hyasu echaban vistazos constantes atrás, aún no convencidos de que los soldados de Treydjem no fueran a perseguirlos, y el camino a través del cañón fue haciéndose más ancho.
-Cada vez se hace más apropiado para refugiarse y saltar de pronto –dijo Arhaval-. Mirad, allá delante la pared desaparece en un enorme hueco. Creo que vamos a ver ya a tus wundergas, Marco. Estad atentos.
Marco no quiso añadir a la apreciación del guerrero que la vibración en el vello de su brazo estaba alcanzando el punto máximo de cosquilleo, lo cual significaba que, efectivamente, los monstruos andaban demasiado cerca. Calló sobre todo por la expresión pálida de Hyasu.
-Recuerda, no hagas caso a nada de lo que oigas. Procurad andar con la cabeza baja, mirando al suelo.
La abertura en la roca a la derecha estaba cada vez más cerca. La depresión vertical aparentaba tener desde aquel ángulo unos cinco metros de profundidad, y era tan alta como el cañón mismo, pero a medida que se acercaban podía verse que el hueco era aún mayor, quizá de diez o quince metros. Un lugar idóneo para preparar un campamento, por ejemplo, o para acechar a una presa. A la pulsación en los brazos de Marco se añadió un embotamiento en los oídos, como si acabara de acoplarse a la presión de la atmósfera tras un empinado descenso, y la realidad tomó de pronto una cualidad borrosa, como de ensoñación producida por una hierba alucinógena. El sonido de la corriente del Redel se amortiguó hasta que se hizo casi inaudible.
-No os paréis. No miréis. Recordadlo –dijo Marco, pero su voz le sonó débil en su propia cabeza, y no estuvo seguro de que los otros hubieran escuchado sus palabras. Arhaval iba el primero, y Hyasu y él caminaban en paralelo. Marco le puso una mano en la espalda para tenerlo controlado y clavó la vista en sus pies.
De repente, un murmullo. Habían llegado a la abertura.

Fue como si la dulce voz de un ángel se abriera camino por entre la cacofonía de una multitud enfurecida y calmara todos los espíritus. Suave al principio, el murmullo fue cobrando volumen y acabó por ocupar la mente de Marco. No había nada más.
Drilce susurraba pidiendo ayuda. Hacía mucho tiempo que no escuchaba la voz tan querida, y no se sorprendió lo más mínimo de no haberla olvidado. Era tan real que por un momento dudó de su propia lógica: quizá Drilce estaba realmente allí. Quizá necesitaba que Marco la salvara. Quizá había escapado de Verhent y había llegado hasta allí, sola, aterrada, y ahora él podía tomarle la mano, arrancarla de ese lugar húmedo y oscuro y volver con ella sin necesidad de continuar el viaje al sur. Quizá ella…
-Marco… Dios mío, Marco, ayúdame…
Cerró los ojos con fuerza y no los abrió ni para ver el camino. No, era un engaño. Estaba seguro. Nadie en su sano juicio sabría lo que sabía él y caería en la trampa.
Nadie… excepto Hyasu.

El primer respingo en la espalda de Hyasu se había producido al mismo tiempo que la voz llegaba a oídos de Marco en su primera sílaba. Luego pudo percibir la respiración agitada de los pulmones a través de la columna vertebral. El muchacho, al igual que Arhaval, estaba escuchando su propio cebo. Sin embargo no pareció capaz de aguantar, y Marco estaba demasiado ocupado en su propia resistencia para poder retener al chico a tiempo.
Cuando se encontraban a mitad de la abertura, aparentemente a salvo de haber podido mostrar más agallas, Hyasu perdió los estribos. Arrancó un grito a su garganta y echó a correr hacia la wundarga. Marco cerró la mano demasiado tarde.
-¡Endiko! ¡Qué te ha pasado, Endiko, por los dioses!
-¡Hierbajo, no te atrevas! –escuchó Marco que exclamaba Arhaval. Se obligó a abrir los ojos.
Hyasu corría hacia Drilce. Ella lo aguardaba medio echada en el suelo a un par de metros de lo que parecía una simple covacha, aunque él sabía que aquella entrada era mucho más que eso. Se fijó en que las uñas de Drilce eran largas y amarillentas, muy fuera de lugar en ella, y por un absurdo momento sintió una punzada de celos al ver cómo se alegraba de recibir al muchacho. Luego se recompuso, en cuanto vio que Arhaval corría detrás de Hyasu mientras desenfundaba la espada.
-¡Marco! ¡Por favor, sácame de aquí! –exclamó Drilce mientras echaba los brazos al cuello de Hyasu. De un tirón apartó la tela del cuello del muchacho e inclinó la cabeza con la boca abierta, y también allí había dientes que no correspondían a Drilce. Dientes largos y afilados.
-¡Yamara, no! –escuchó a Arhaval, y vio que el guerrero pegaba un formidable salto y aterrizaba con la espada hacia abajo, sujeta con ambos puños, sobre la espalda de la criatura.
Se escuchó un horrible aullido de dolor y el hechizo se deshizo. De pronto Hyasu se vio retenido por unas garras blancuzcas que, a pesar de la herida recibida por el guerrero, seguían intentando acercarlo a la espantosa boca hedionda.
-¡Ah, Endiko! ¡Qué espanto!
Forcejeó violentamente y consiguió librarse. Marco corrió también, repentinamente asqueado al encontrarse de nuevo ante tal monstruosidad, y extrajo su cuchillo de pescador y se lanzó en plancha contra su costado mientras Arhaval extraía la espada y la descargaba de nuevo tras voltearla, esta vez sobre el cráneo. Ambas hojas penetraron a la vez. La wundarga realizó una agónica sacudida y quedó inmóvil mientras la sangre se extendía debajo y se mezclaba con la humedad de la roca. Sus garras se abrieron y se cerraron una última vez.
Hyasu se arrastró sobre su trasero, alejándose con mirada horrorizada del cadáver, mientras no dejaba de exclamar una y otra vez:
-¡Qué espanto! ¡Qué espanto!
Arhaval miraba asombrado el cuerpo flaco de la wundarga mientras limpiaba la espada contra la manga de su camisa. Luego levantó la vista y se encontró con la de Marco, que acababa de ponerse en pie. El guerrero acercó la punta de su bota al cráneo hendido y lo meneó un par de veces.
-¡Por todos los demonios! Yamara… ¡Menudo engaño! Era increíble. Increíble. Tenías razón, Marco. Desde luego que hubiera muerto en brazos de esta hija de puta si no me hubieras avisado.
-¡Qué horror! –gritaba mientras Hyasu, al pie del borde del agua. Pero el zumbido en los oídos no se había desvanecido con la muerte de la wundarga, y Marco sabía que había más observándolos desde la oscuridad de la cueva.
-Será mejor que nos alejemos de aquí, y deprisa.
Recogieron a Hyasu y continuaron el avance, dejando la abertura detrás con el cuerpo muerto de la wundarga. Un último vistazo atrás puso el broche de oro a la convicción de Marco de la maldad de aquellas criaturas: cuatro o cinco Drilces se arrastraban hacia el cadáver y se echaban encima con avidez depredadora. Con una mueca de asco le dedicó a Hyasu toda su atención.
-Ah, qué horror, madre mía qué espanto…
-Ya, Hyasu. Ya ha pasado.
-¡Enderézate, Hierbajo! Por Edorate que he dudado si clavarte a ti la espada en lugar de al monstruo, ¡no me obligues a replanteármelo!
Arhaval agarró a Hyasu por los hombros como quien sujeta el palo de una escoba y le propinó un bofetón con su dura manaza. Hyasu se calló al instante.
-¿Ya? –preguntó Arhaval.
-Yo… ¡Qué horr…! Yo… Sí, creo que sí.
Bajó la cabeza y enseñó los dientes en una última mueca de escalofrío.
-Podemos continuar.

El primer cañón resultó ser más corto de lo que habían supuesto. La montaña que perforaba cedía a tres o cuatro kilómetros y el camino se abrió a un claro herboso débilmente empapado por el sol de la tarde avanzada. Se podía percibir inmediatamente que la temperatura suavizaba su heladora humedad. Más allá del claro, a unos setecientos metros, un segundo cañón se adentraba entre dos montañas, que por lo que parecía eran mucho más elevadas que la primera. El Redel corría tranquilo por aquel remanso, entre cuatro o cinco árboles dispersos que alargaban sus ramas secas hacia el agua, y allí decidieron acampar para hacer noche. Mientras Marco se dedicaba a pescar, Arhaval y Hyasu encendieron una hoguera. Ambos estaban taciturnos, aunque Hyasu, además, parecía decepcionado. Quizá estaba empezando a avergonzarse de sí mismo porque sabía que le debía la vida al guerrero y ni siquiera le había dado las gracias.
Marco consiguió una gruesa trucha, que preparó y ensartó repartida en tres ramas. Se sentaron en la hierba mientras se cocinaban, y la oscuridad avanzó deprisa una vez que la claridad del sol se esfumó tras alguna de las montañas.
Arhaval sacó un pellejo arrugado de la parte posterior de su cinto y lo ofreció a sus nuevos compañeros.
-Sólo un trago cada uno. No me dio tiempo a aprovisionarme en Domova, ¡malditos sean esos perros vendidos! Pero pronto nos resarciremos: antes de llegar a Grebda pasaremos por un par de aldeas o granjas. Gozaremos de su hospitalidad.
Bebieron del fuerte licor y calentaron así las mejillas, frías después de una jornada entera empapadas. Comieron el pescado y lo acompañaron con carne y nueces, y finalmente se recostaron. Marco recordó de pronto la última noche en Tamnar, junto a la hoguera con Mawt, la que pensó que sería su última noche apacible en mucho tiempo. Sólo la reciente experiencia con la wundarga estropeaba la perfección de esta. Se le ocurrió que le apetecía escuchar alguna historia mientras jugueteaba con su palo entre las brasas, y se dirigió a Arhaval, quien trataba de suavizar una mella en la hoja de su espada con una piedra plana que había sacado de Dios sabría dónde.
-¿Por qué te persiguen los soldados de Treydjem?
Arhaval devolvió la mirada a Marco y sonrió con ojos brillantes.
-¡Ah! Una buena historia al calor del fuego, ¿eh? Me parece muy bien –dijo mientras continuaba con el rechinar en su arma-. Pero antes me gustaría escuchar la vuestra. Todavía no sé qué demonios hacéis por estos pastos, ni adónde os dirigís tan pagaditos de vosotros, caminando como señores inmortales por territorios que les pertenecen. No acabo de explicarme cómo habéis sobrevivido, con vuestro aspecto. Sólo con poner la vista encima de Hierbajo me entran ganas de asaltaros.
Acompañó su comentario con una socarrona sonrisa y Hyasu se dejó provocar.
-En Daya- San he hecho comer palabras menos hirientes a guerreros mucho más poderosos que tú. ¡No intentes sacarme de mi orden vital si no quieres que sea tu cráneo la piedra que use para afilar mi espada!
Una carcajada surgida de lo más profundo del alma del guerrero reverberó contra las montañas cercanas.
-¡Qué carácter, Hierbajo! Ojalá pusieras la misma pasión en la lucha; me harías muy feliz, mis músculos se anquilosan si no se ejercitan. ¿Te apetece un combate? Sin armas, claro. Te prometo que no te partiré ningún hueso.
-¡Ja! –exclamó Hyasu-. No podrías ni acercarte a mí antes de caer fulminado por siete tipos de muerte diferentes.
Esta vez la risa del guerrero le hizo lagrimear a raudales. Marco, que vio que la cabeza de Hyasu comenzaba a echar humo y temió de pronto que el muchacho cometiera alguna locura, intervino para suavizar los ánimos.
-Venga, ya está bien. Te contaré lo que concierne a nuestro viaje, Arhaval. Supongo que ya me he acostumbrado a que la gente me observe con incredulidad cuando cuento qué hago aquí, así que no me cogerás por sorpresa. Vamos a la fortaleza de Verhent.
Arhaval, que hasta ese momento había estado sonriendo con ironía, abrió a la par los ojos y la enorme boca. En un primer momento pareció incapaz de emitir ningún sonido. Finalmente expulsó el aire que había retenido por la sorpresa.
-Verhent… ¿El demonio Verhent? ¿De qué estás hablando?
Marco asintió.
-Has oído hablar de él.
-¿Y quién no? El demonio del Viento del Sur. ¿Qué locura es esta?
-No es un demonio –especificó Marco-. Es un hombre y se puede matar.
Arhaval acercó la cabeza ligeramente, quemándose casi la barbilla con el calor que despedía el brillante fuego.
-¿Pero qué narices puede querer un hombrecito como tú de un demonio como Verhent, pueda morir o no? ¿Sabes realmente de lo que estás hablando, Marco? –De pronto su mirada se afiló-. ¿O acaso estás, al fin y al cabo, a sueldo de Treydjem?
Hyasu se apresuró a responder.
-No estamos a sueldo de nadie. Verhent tiene a su mujer –dijo señalando a Marco con el pulgar.
Arhaval miró a uno y a otro. Luego habló con voz queda, como si sus palabras no debieran ser pronunciadas en alto.
-Creo que no tienes ni la más remota idea de lo que estás haciendo, Marco. Parece que hablas en serio. ¿Sabes realmente quién es Verhent? ¿La multitud de historias que corren, su legendaria ansia por la guerra y la carne humana? ¿Y te diriges a su isla acompañado solamente de Hierbajo?
Hyasu frunció el ceño, pero Arhaval continuó antes de que contestara nada.
-Muchos hablan de una alianza entre los pueblos del sur. Eso incluye a Verhent, por supuesto, como en las historias antiguas. ¡Quién sabe en qué andará el subnormal de Gadnerdo, o qué pretende! Verhent, si es cierto la mitad de lo que se dice, no compartirá victoria con general alguno, ni aceptará alianza que no lo lleve a él al poder. A él solo. Una de las razones por las que no me mantuve al servicio de Treydjem, aparte de su cara de cerdo, fue precisamente porque no veo posible una victoria del norte si Verhent participa en la guerra; cosa muy probable por lo que he oído. ¡Qué locura!
-No me importan ni la guerra, ni el norte y el sur, ni Verhent. Sólo quiero salvar a Drilce y desaparecer de Huath.
Arhaval no salía de su asombro.
-¿Qué es esa historia? ¿Drilce? ¿Desaparecer? Desde luego que desaparecerás. Sobre todo si no modificas tu rumbo. ¿Has visto hacia dónde se dirigen todos los godegos cuando se deciden a levantarse? –Arqueó una ceja, lo que le daba un aspecto casi solemne.- Aún no conozco tus viajes, Marco, pero acertaste con las wunderlas, y eso debe de significar algo. Te ruego que te extiendas. –Se giró hacia Hyasu.- Creo, Hierbajo, que mis aventuras os van a parecer un simple paseo cuando me toque a mí narrarlas. ¡Cuéntame, Marco!
Y por tercera vez desde que había llegado a Huath, a pesar de lo que le había dicho a Mawt cuando lo interrogó acerca de su pasado, Marco se encontró narrando sus pesares a un desconocido. Durante el largo rato que estuvo hablando ni Hyasu ni Arhaval lo interrumpieron, y a diferencia de la vez que habló con el muchacho de ello, no hubo esta vez ninguna cara de incredulidad, ningún gesto de compasiva reticencia ante el discurso de un loco. Aquello lo animó a continuar hasta el detalle. Cuando terminó, la noche había avanzado casi una hora, y Arhaval sacudió la cabeza.
-¡Por Hezela que algún dios te protege y te guía, Marco! Extraordinario. Sencillamente extraordinario. Pero me asalta una duda: ¿por qué no saltas, como tú lo llamas, sencillamente a la guarida de Verhent? El camino es largo, y aún no has recorrido más que una pequeña parte.
Marco hizo un gesto de indiferencia.
-No creo que se pueda hacer así. Hay puntos concretos, y fuera de esos puntos parece que no es posible. Cuando llegué a las ruinas del norte de Tamnar había recibido mucha ayuda de Marcelo, sobre todo en la concreción del lugar, y aun así erramos y terminé en el lejano norte. Si hubiera intentado de nuevo un acceso a las pasarelas por mí mismo es imposible saber dónde habría terminado cayendo. Es lo que me sucedió hace años. Sé que el dolor, el dolor infinito, abre nuevas puertas, pero no he podido hacerlo más que la primera vez.
-Pero si ya has estado allí, significa que existe la posibilidad.
-Sí, pero es remota. Nadie sabe controlar los saltos aparte de Marcelo y un par de colegas suyos, que yo sepa, e incluso ellos cometen fallos a veces. Dependería demasiado de la casualidad. Y seguro que Verhent me percibiría, como la primera vez. No, en realidad he tenido suerte: es preferible el factor sorpresa, incluso precedido de semejante caminata. Pero repito que no es mi intención volver a encontrarme con él. Si me asiste la suerte, cuando llegue a su morada él estará batallando en el norte. Liberaré a Drilce y desapareceré.
-¿Allá atrás, donde estaban las wundargas, había una de esas puertas? –dijo Hyasu conteniendo un escalofrío.
Marco asintió.
-De momento he percibido tres en Huath: en las ruinas del norte, aquí en el cañón, y hace tiempo en la guarida de Verhent. Creo que ni él mismo sabía que existía hasta que llegué yo. Por suerte parece que no hay nadie por aquí a quien pueda arrancarle la información para utilizarla, y le encantaría volver a tenerme a su alcance, eso seguro.
Arhaval mantuvo unos instantes una actitud pensativa mientras removía unas pequeñas brasas con su rama. Luego levantó la cabeza.
-No sé si podré ayudarte en algo. Mi destino es Batiea, allí me aguardan una torre y una dama, así que en un punto deberé girar hacia el oeste y habremos de separarnos. Pero jamás había escuchado una historia como la tuya, y Hezela siempre ha protegido a los valientes. Creo que os acompañaré hasta Grebda, y de ahí, si nuestros destinos nos alejan, seguiré mi propio rumbo.
-¿Vas a Batiea? –preguntó Hyasu-. Por lo que nos dijo Treydjem, cuando Domova esté preparada viajará precisamente a esa ciudad para iniciar el asalto al sur. Estará repleta de soldados que te buscan. ¿Y esa insensatez?
El guerrero miró a Hyasu con los ojos entrecerrados y un asomo de sonrisa en la mandíbula cuadrada.
-Hierbajo, no me asusta un puñado de soldados, deberías saberlo.
-¿Ni un ejército entero? –se burló el chico.
-¿Y por qué a Batiea? ¿Quién es esa dama que te aguarda? –preguntó Marco, quien agradecía aliviado que Arhaval los acompañara aunque fuera un breve trecho.
-Esa es mi historia. Os la contaré, si el sueño todavía no se ha apoderado del interior de vuestros ojos. ¡Y si abres la boca con una burla entre los dientes –levantó un brazo hacia Hyasu- te los parto y te los hago tragar, Hierbajo!
El muchacho retrocedió rápidamente, poniéndose fuera del alcance del poderoso codo.
-¡Me llamo Hyasu! –exclamó enfadado.

miércoles 27 de enero de 2010

HUATH (11)

Ida, vuelta e ida en el cañón de las wundargas.

-No me extraña que el camino se aparte –comentó Hyasu mientras un escalofrío le recorría la médula, uno provocado tanto por el frío como por la sensación de angustia-. Este lugar está maldito.
Marco no respondió. Lo embargaba una sensación que ya conocía, y aquello no era buena señal. En absoluto.
En el cañón la temperatura era unos diez grados menor que en el exterior. Si afuera ya era casi primavera, entre las formidables paredes lisas y brillantes el invierno aún daba sus últimos coletazos. Recordaba haber visto desde fuera que algunos de los picos más altos de aquella cordillera estaban nevados, pero debido a la altitud, sin duda. Pensaría que se trataba de un microclima lógico debido a la corriente y a la escasez de luz del sol si no fuera por esa sensación de cosquilleo en los brazos. Sí, la recordaba muy bien.
-Wundargas… -murmuró.- Hyasu, quizá sea mejor que volvamos.
-Me parece muy bien y muy lógico. No hemos perdido más que media mañana.
Se detuvieron. Llevaban recorridos unos dos kilómetros en el interior del cañón, estrecho y sonoro, pero ya les parecía suficiente. Observaron el camino que tenían delante una última vez, y fue Hyasu el que apreció la figura sentada a lo lejos entre otras figuras yacientes.
-¡Eh! ¿Qué es eso? ¿Es un hombre?
A Marco se le subió el corazón a la garganta.
-Dios mío. No te acerques, Hyasu, y vámonos disparados. ¿Recuerdas lo que te conté de las wundargas?
Hyasu asintió. En otras circunstancias menos escalofriantes quizá se hubiera burlado un poco de su compañero, pero entre el frío y el atronador rumor de la corriente las bromas estaban fuera de lugar.
-Aquello podría ser una de ellas. Nos está esperando y puedo notarlo. Ha sido mala idea llegar hasta aquí. ¡Media vuelta!
Y se giraron. Echaban constantes vistazos atrás mientras desandaban rápido el camino, resbalando, y a ambos se les heló la sangre en las venas cuando vieron que, entre la bruma, la lejana figura se incorporaba, se inclinaba unos segundos como escuchando y echaba a correr en su dirección.
-¡Joder, Marco! ¡Que viene!
Abandonaron cualquier precaución y se lanzaron por el cañón a toda velocidad. Mientras corría, Marco pensó que era una actitud extraña en una wundarga el cazar de aquella manera, al menos por lo que había visto cuando se las encontró a la entrada de uno de los inframundos, pero el cosquilleo en los brazos era inequívoco. Además, ¿quién le aseguraba que las criaturas de los mundos no actuarían de maneras diferentes según fuera su entorno?
Corrieron, y el ser corría detrás. Era más ágil que ellos, sin duda, porque ganaba terreno. Por entre los vistazos frenéticos que Marco echaba a su espalda pudo comprobar que la wundarga llevaba algo en la mano, algo largo que balanceaba al ritmo de su carrera. Supo en un instante de clarividencia que su vida estaba a punto de llegar a su fin.
Entonces Hyasu tropezó. Uno de sus pies resbaló en una roca húmeda, luego dio con otra que obstaculizó el movimiento, y mientras salía despedido estiró los brazos y agarró a Marco desesperadamente, con lo que ambos cayeron al suelo bocabajo con todo el estrépito de sus posesiones desperdigadas.
-¡Ay, mi cadera! –se quejó Hyasu. Pero Marco sabía que no había tiempo para nada que no fuera tirar de su compañero. Se puso rápidamente de rodillas y ya comenzaba a plantar un pie en el suelo para salir a la carrera cuando la wundarga los alcanzó. Exhaló un suspiro cuando algo afilado se apoyó contra su nuca y presionó con fuerza, haciéndole derramar una gota de sangre que corrió por su espalda. Cerró los ojos y se despidió de todo.
Pero la presión en su nuca no aumentó. Escuchó jadear a la wundarga, cosa también bastante extraña, y el mundo quedó petrificado en unos largos instantes de horrible espera. Abrió un ojo y vio que Hyasu, a su lado, seguía tumbado bocabajo y temblaba desesperado.
-¿Quiénes sois vosotros? –dijo la wundarga. Y entonces toda la teoría de Marco se vino abajo, porque no era ninguna voz conocida, y comprendió de pronto que por allí habría wundargas, sí, sin duda, pero lo que les había dado caza no era una de ellas. Las wundargas no corren, no se cansan y hablan siempre con una voz reconocible para su víctima. Eran como arañas que esperaban en su tela, eran maestras del engaño. Lo que se apoyaba en su nuca tenía todo el frío y dureza de la punta de una espada.
-¿Quiénes sois? –repitió la voz. –Habla o atravesaré tu cuello.
-Somos viajeros –jadeó Marco-. Venimos de Domova y vamos hacia Grebda.
Hyasu continuaba esperando su muerte sin rechistar.
-¿Estáis a sueldo de ese maldito chupapollas de Treydjem?
-No. En absoluto. Sólo viajamos hacia el sur.
-Entonces servís a Gadnerdo. –La punta apretó un poco y se clavó helada en el cuello de Marco. Se imaginó que quizá le daría tiempo a ver el mundo dando vueltas un rato antes de que su cabeza cercenada decidiera morirse definitivamente.
-¡No! No servimos a nadie –consiguió escupir.
Notó que la presión se aflojaba brevemente y escuchó un sonido de metal.
-Pues vais bien armados. La espada de este chico corta como el cristal y seguro que tu arco alcanza donde otros no llegarían. Levántate.
Marco obedeció lentamente. Mantuvo las manos alejadas del cuerpo en una postura de rendición absoluta.
-Tú también, enano.
El hombre pinchó a Hyasu con su propia espada en las nalgas utilizando la mano izquierda, y el muchacho se incorporó como el rayo. Marco pensó que el golpe en su cadera no habría sido gran cosa, a juzgar por la agilidad que demostró al levantarse.
-No sois mercenarios y no sois soldados. Quizá me baste con eso y no os mate todavía. Pero me parece demasiada casualidad que aparezcáis justo ahora. Hace un par de horas me he ocupado de los cuatro idiotas que me mandó Treydjem, y seguro que aparecerán más.
De pronto la presión en la nuca de Marco desapareció, y observó que la espada de Hyasu volvía a la funda que colgaba en su espalda con un movimiento certero.
-Largaos.
Marco se giró por fin mientras se frotaba la nuca y examinaba la herida con los dedos. Era minúscula. Entonces se encontró cara a cara con el guerrero.
Era un hombre de unos cuarenta años cuyo rostro estaba surcado por múltiples cicatrices. La primera impresión que tuvo Marco fue la de que se encontraba ante la versión del Conan de Huath, aunque este guerrero era, si cabía, aún más feo que el original. La melena encrespada colgaba sobre sus hombros, y el flequillo se apartaba de la dura frente y la nariz cien veces partida mediante una fina cinta plateada. Llevaba un peto de cuero ajustado sobre una camisa roñosa, un cinturón ancho de piel del que asomaba la empuñadura de una daga, unos pantalones de cuero y unas botas recias que se ajustaban a los enormes gemelos mediante tiras de vieja piel. Al detectar la atención de Marco en el examen ocular apoyó los puños en las caderas y sonrió.
-¿Qué te parece? ¿Crees que podrías derribarme?
-No –aseguró Marco.
-¿Y tú, enano?
Hyasu miraba desconfiadamente al hombre.
-Soy Hyasu, guerrero de Daya- San, y he derribado a hombres mucho más altos que tú. Allí de donde vengo me conocen por Fuste.
-¿Fuste? –preguntó el guerrero.
-Soy recio como el fuste de una columna –Hyasu repitió con orgullo su presentación ante Marco.
-A mí me pareces más bien delicado como una brizna de hierba. A ver.
Con un movimiento felino se acercó a Hyasu, plantó una de sus piernas ladeando el tronco tras las del chico y propinó un ligero empujón con el hombro. Hyasu salió despedido y aterrizó a dos metros con los ojos como platos.
-¡Ay!
El hombre soltó una carcajada.
-No eres recio, me lo temía. No te llamaré Fuste. Creo que te llamaré Hierbajo. ¿Te gusta, Hierbajo?
-Prefiero Hyasu –murmuró el muchacho con expresión dolida mientras se levantaba; ni siquiera su orgullo adolescente le iba a permitir volver a tentar a la suerte.
-Bien, largaos. Como ya os dije es posible que haya más soldados tras mi cabeza.
Guardó su espada en una vaina de cuero que le colgaba junto a una pierna. Marco asintió y se puso a recoger el zurrón y los objetos que había extendidos por el suelo húmedo. Su intención era marcharse sin mirar atrás, y durante unos segundos lo hubiera hecho y el viaje hubiera sido, al menos en una buena parte, diferente para ellos, pero sintió de repente la necesidad de advertir a aquel hombre del peligro que corría.
-Escucha –dijo cuando hubo recompuesto sus atavíos y complementos. La nuca ya no sangraba y suponía apenas un molesto picor, pero resultaba incómodo el reguero fino que se secaba a lo largo de su columna vertebral. El guerrero lo miró con curiosidad.
-¿Qué?
-Existe un peligro en estos cañones. Uno muy real, puedo sentirlo. ¿Has oído hablar de las wundargas?
-¿Las wun qué? No, al menos no con ese nombre, desde luego. ¿Qué pasa con ellas? Oí en Domova algunas historias, pero casi nadie las cree. Hablan de un azote de vampiros en los cañones. Por eso me metí aquí: supuse que, con lo estúpidos que son sus soldados, no se atreverían a seguirme. Cuatro ya lo han hecho, lo que demuestra que eran quizá más valientes, aunque no menos estúpidos. ¡Sus cabezas crujían como cocos, tan vacías estaban!
Soltó una desagradable carcajada, pero Marco procuró no prestarle demasiada importancia.
-En algún punto no muy lejano de los cañones hay una puerta que conecta con la entrada de algún infierno. Lo sé porque se me erizan los pelos del brazo en las cercanías, es una sensación muy peculiar. En los accesos a los infiernos, donde muchas de las almas llegan aún repletas de vida, habitan estas criaturas. Intentan engañar a los viajeros tomando la forma de algún ser querido y muestran un sufrimiento terrible, como si ese ser querido estuviera agonizando. La treta es perfecta: yo mismo caí víctima de una de ellas, aunque pude darme cuenta a tiempo y conseguí huir. Tomó la forma de mi esposa y se arrastró por el suelo hacia mí, y cuando la abracé pensé que algún horror la había vuelto loca, porque empezó a mordisquearme el cuello. Luego empezó a absorber la sangre, y mientras se me ahogaba el corazón pensando en qué habría podido pasarle, y trataba en vano de calmarla y separarla de mí, vi que varias figuras más se arrastraban hacia mí desde detrás de las rocas oscuras. Tuve suerte porque descubrí el engaño a tiempo: todas habían tomado la forma de mi esposa, y el ansia que brillaba en todos los ojos las delataba. –Marco miró intensamente al guerrero.- Hay wundargas por aquí cerca.
El hombre mostraba una media sonrisa de incredulidad mientras pasaba la vista de Marco a Hyasu una y otra vez, buscando quizá un destello del engaño.
-¿Y por qué debería creerme ese disparate? ¿Qué hacías tú en los infiernos? ¿Cómo van a ir las almas repletas de sangre? No tiene ni pies ni cabeza.
-Sé cómo suena. Podría extenderme mucho más, pero creerías poco o nada de lo que te dijera. Fíate de tus instintos: ¿no notas nada extraño por aquí?
El guerrero frunció el entrecejo.
-La verdad es que me encontraba sentado entre los cuerpos de los soldados de Treydjem porque no me decidía a internarme más en el cañón. No por la absurda historia de los vampiros, desde luego –añadió deprisa-, pero mis nervios me avisan a veces de las cosas que aún no puedo ver. He de reconocer –sonrió- que me has puesto los pelos de punta. Supongo que debo darte las gracias por el aviso.
-Entonces, ¿qué vas a hacer? –intervino Hyasu a la distancia justa del brazo del hombre. Este se encogió de hombros.
-Me arriesgaré por el camino de las montañas, Hierbajo, ¿qué otra cosa? Sólo puedo ofreceros no acompañaros, porque evidentemente, si vais hacia Grebda, nuestros caminos siguen juntos un buen trecho, y si los soldados os ven conmigo os atacarán también. Seríais más una molestia que una ayuda para mí.
Hyasu resopló y calló a tiempo.

Desanduvieron el cañón por el suelo resbaladizo. En una hora tenían ya a la vista la entrada del mismo, y más allá se abrían los vastos prados boscosos por los que serpeaba el camino que habían recorrido desde Domova. Resultaba reconfortante el contraste que la luz del sol ofrecía allí en comparación con la bruma del cañón. Cuando se encontraban a unos cien metros, el guerrero se detuvo de pronto.
-No os mováis. Perros de Treydjem –dijo con el ceño fruncido-. Nos esperan.
Marco y Hyasu observaron atentamente: a menos que hubiera soldados escondidos a los lados de la entrada, allí no había nadie en muchos kilómetros.
-¿Cómo lo…? –comenzó Marco, y de pronto algo apareció y desapareció fugazmente en la pared izquierda. Un segundo después Hyasu soltaba una exclamación, y una flecha rebotaba en la roca a un par de metros de su cabeza.
-¡Oh, por un pelo! –dijo mientras retrocedía y se situaba detrás del guerrero. Este había encorvado su postura y aguardaba con los cinco sentidos atentos.
-Pegaos a la pared –ordenó, e hizo lo propio. A los pocos segundos un pequeño bulto asomó por la esquina que formaba la pared derecha.
-¡Arhaval! –gritó una voz burlona-. Renegado, ¡ven para que podamos arrancarte la cabeza y clavarla en una pica!
El guerrero jadeó enseñando los dientes.
-¡Escoria de Domova! ¡Acabad primero vuestras flechas y veremos entonces a quién sonríe Hezela!
Un coro de carcajadas recorrió el cañón hasta sus oídos.
-Vaya –murmuró el guerrero con expresión de fastidio-. Hay por lo menos nueve hombres allí.
-¿Qué podemos hacer? –preguntó Marco. No se veía luchando, pero sin duda el tal Arhaval tenía razón: llegados a aquel punto, los soldados los matarían a ellos también, probablemente antes de que les diese tiempo a explicar que Treydjem no los tenía por enemigos.
-Ese cerdo de voz chillona sigue asomando la sucia cabeza: le va a costar caro. Déjame tu arco.
Marco obedeció y descolgó el arco de su zurrón interponiendo el cuerpo para que el soldado no advirtiese la operación, aunque era poco probable que lo hiciera desde aquella distancia.
Aghaval cogió una flecha del carcaj de Marco y con un movimiento fluido y experto la colocó en el arco. A continuación se despegó un momento de la pared, tensó y soltó la cuerda, y un haz marrón recorrió con increíble puntería el cañón en una suave parábola y chocó de pleno contra la cabeza que asomaba. Se oyeron varios gritos de sorpresa mientras el cuerpo se desplomaba.
-Toma, gracias. –Le devolvió el arma.- Al menos se lo pensarán un rato antes de asomarse otra vez. ¡Magnífico arco! ¿De dónde lo has sacado?
-Es un regalo.
Hyasu intervino con voz dolida.
-A mí no me dejaste ni tocarlo. Me dijiste que estaba hechizado y te creí. ¿Por qué has…?
-¡Ahora no, Hyasu! Bien, ¿qué podemos hacer ahora? ¿Esperar a que se marchen?
-No se cansarán –respondió Arhaval-. Pero saben que tenemos un arco, así que por lo menos se lo pensarán dos veces antes de venir en nuestra busca. Conocen mi puntería. Posiblemente podemos quedarnos aquí aguardando hasta que nos muramos de hambre, pero es evidente que ellos no se atreverán a entrar en el cañón. Los soldados de Domova, como casi todos, son supersticiosos, y no parecen unos inconscientes como sus cuatro compañeros. No: esperarán.
-¿Entonces? –preguntó Hyasu.
-Creo que tendremos que arriesgarnos con las wundar lo que sean, Hierbajo.

Regresaron al punto en el que habían localizado al guerrero por primera vez. Los soldados de Treydjem no habían penetrado en su busca, y Marco supuso que harían el camino hasta la salida de los cañones para darles caza allí, si les daba tiempo. Era un problema que, de momento, a juzgar por cómo le vibraba el vello de los brazos, era secundario.
En el suelo había dos cuerpos, ambos con la cabeza aplastada. Sus armas, unas espadas finas y curvas, estaban tiradas a su lado, pero Marco advirtió que había cuatro. Arhaval levantó las cejas con sorpresa.
-¿Y esto? Maté a dos más, estoy seguro. ¿Será posible que me haya equivocado? ¡Un momento!
Se agachó y apoyó la mano en un rastro leve que se alejaba en dirección al interior del cañón. Olisqueó y torció el gesto.
-Vaya –dijo-. Creo que sé lo que ha pasado. Seguro que van al sur, como todos los demás.
-¿De qué estás hablando? –inquirió Hyasu. Arhaval lo miró con los labios apretados, mostrando disgusto pero, de alguna forma, empapados de anticipación.
-Godegos.
Hyasu emitió un gruñido.
-Los herí en el pecho y el estómago. No sabía que tardaban tan poco en levantarse. ¡En fin! –Se incorporó y se sacudió las manos.- Aparte de tus wundirlas, me temo que tendremos que vigilar también a estos dos, por si los alcanzamos en el cañón. ¿Marco me habías dicho que te llamabas?
Marco asintió: se había presentado en el camino de vuelta desde la entrada.
-Pues bien, Marco. Lo primero es lo primero: cuéntame cómo podemos esquivar a las wundurfas. De los godegos me encargaré yo.
-¡Y yo! –añadió Hyasu, pero al parecer no impresionó a nadie con su arrojo.

jueves 21 de enero de 2010

HUATH (10)

Las agitadas noches de Vadila.

-Una luna enorme se eleva rápidamente y de pronto se detiene en mitad del cielo. Sé que algo va mal porque todas las aves nocturnas se callan de pronto cuando ella se para, y en el jardín nunca ha habido silencio, por desapacible que la noche haya sido. Comienzo a sentir un extraño miedo cuya procedencia no puedo explicar, aunque en el fondo sé que algo abominable se acerca. Noto que debo alejarme de allí y abandono apresuradamente el recinto y me dirijo a las afueras, prácticamente a la carrera. Algo me dice que no debo pedir ayuda, pero no es debido a que no vaya a recibirla, sino a que elevar mi voz sería mala idea, porque podría atraer a eso hasta mi posición. Casi escucho sus bufidos, los gruñidos ansiosos con los que se anticipa a mi captura. El miedo me domina.
“Me encuentro de pronto entre las viejas callejas de Domova, laberintos intrincados que son el resultado de una ciudad encima de otra a lo largo de los siglos, y no hay ninguna luz, ningún soldado de patrulla. Todo está vacío, la gente se ha marchado, y nadie me ha avisado. Pero sigo escuchando los gemidos que me persiguen, cada vez más cercanos.
“Llego a un callejón sin salida, ante la puerta firmemente cerrada de lo que parece una librería o una biblioteca. Estoy atrapado. Siento el horror y noto a la distancia la feroz alegría de mi persecutor, que sabe que ya casi estoy a su merced. Y de repente, en el extremo del callejón, noto una gigantesca figura que se muestra, y siento que la caza ha terminado. Grito porque lo que sea que me persigue recorre los últimos metros hasta mí a toda velocidad, y percibo unos ojos malignos y una enorme boca babeante. Me acurruco en el suelo y cierro los ojos, deseando que todo llegue a su fin, dispuesto a morir miserablemente. Y entonces una mano me sacude, una enorme pero amistosa, y oigo una dulce voz:
“-Soy yo, Treydjem. Déjalo volar. Es orden de Hezela.
“Y miro y me tranquilizo, porque veo que es Hezela misma, diosa de las artes de la guerra, una figura resplandeciente y hermosa que me mira con ojos benignos. Entonces me arrodillo, llorando de alivio, y me dispongo a besar sus pies, mientras su mano se apoya confortadora en mi nuca, y entonces me detengo y el horror vuelve con toda su fuerza, porque Hezela está descalza, pero en lugar de hermosos pies lo que se asoma por la túnica son espantosas garras enormes y amarillentas que se clavan en el suelo de piedra.
“Aquí me despierto siempre, y grito todas las veces y con toda la fuerza de que soy capaz. Ni el más elaborado de los tónicos puede evitar que la pesadilla se repita, con tanta frecuencia que creo que voy a volverme loco.
“Dime, Marco de Tamnar: ¿qué conclusión sacas?

Marco sintió las miradas de todos los presentes clavadas en él. Incluso Durma, sobrepuesto al regocijo que le producía tener a sus pies el cadáver de Feso, lo observaba con atención. Se aclaró la garganta: aquel sueño no le decía prácticamente nada, aparte de la evidencia de que la guerra ocupaba los pensamientos de Treydjem. Pero pensó que sería mala idea darle la razón al consejero del básquil, habiéndose mostrado este último tan claro respecto a su opinión de las victorias en el sur.
-Creo… -titubeó-. Me da la impresión de que tu consejero podría estar en lo cierto, pero veo algo más allá. No se refiere a ganar batallas en la guerra contra el sur. Quizá se trate de un reto para tu propia conciencia. –Marco fue ganando confianza a medida que hablaba: supo de pronto hacia dónde dirigiría su discurso, aunque era un lance peligroso si este no caía en gracia-. Es de noche porque estás dentro de tu mente, al principio en un jardín puesto que los pensamientos son frescos, pero el silencio denota concentración. Sabes que pronto se te presentará un reto de sabiduría.
Hizo una pausa breve para comprobar el gesto de Treydjem: absolutamente insondable.
-Continúa –dijo.
-La sensación inicial de la bestia que acecha es el miedo, porque temes que tus convicciones te lleven a tomar una decisión equivocada. Y de pronto sientes la necesidad de huir, de huir de ellas, y el resultado es que caes en los pliegues retorcidos de la tentación de obrar con maldad, cuando la bondad es la que ha guiado siempre tu corazón. De ahí las callejas.
Marco comprobó que todos lo escuchaban embelesados, y se preguntó cómo podría resultar tan fácil tomar el pelo de un hombre civilizado con tan perfecta naturalidad. Era a la frase de la diosa a la que quería llegar, pero pensaba que un poco de peloteo no les vendría mal. El único que parecía por su expresión no entender nada de lo que se hablaba era Hyasu.
-La llegada al callejón sin salida, y a la biblioteca, representa la decisión final de enfrentarte al miedo que te persigue. Sabes que actuarás correctamente, aunque sabes también que supondrá un trance difícil. El cerrar de ojos responde a un último momento de concentración, que se supera cuando la diosa te toca el hombro y comprendes que has hecho bien en encarar la situación.
Llegó el momento.
-Por eso la diosa te habla, y que los hados me hagan responder sólo ante ellos mismos si me equivoco –Marco usó la misma expresión que había escuchado a la vieja bruja, tanto (o tan poco) tiempo atrás-, pero el sueño era premonitorio y es claro para mí: debes dejarnos libres. Nosotros somos el objeto de la exhortación de la diosa a “dejarlo volar”.
-¡Ja! –exclamó de pronto el consejero, que durante toda la perorata había mantenido una expresión de incredulidad mal disimulada-. Mi señor, ¡nunca he oído un discurso tan barato y tan mal dirigido! Es obvio que este cobarde…
Treydjem interrumpió a la vez la queja del consejero y el pensamiento de Marco, en el que por cierto le daba toda la razón.
-¡Silencio, desgraciado, y que no vuelva a escuchar tu chillona voz de rata hasta que te lo ordene! –Se volvió de nuevo hacia Marco-. ¿Y qué me dices del horror final, de las patas de gallina que se clavan en el suelo?
Marco, que aún no había podido salir con alguna idea concreta para esa parte del sueño, enunció el primer absurdo que se le pasó por la mente.
-El miedo a las alturas cósmicas. La lógica contra la superstición, lucha eterna entre los mundos.
El consejero abrió la boca para replicar, se lo pensó mejor y la cerró con un chasquido.
Se hizo el silencio. Todo el mundo quedó pendiente de la respuesta de Treydjem, quien parecía enterrado en profundos pensamientos, y Marco y Hyasu más que ningún otro. Por fin, la malévola sonrisa del básquil perfiló sus finos labios.
-Has obrado bien, Marco de Tamnar.
Soltó una carcajada repentina, y la expresión del consejero se mudó de una desconfiada a una regocijada: ya estaba Treydjem jugando de nuevo al gato y al ratón.
-Has obrado bien, desde luego – continuó Treydjem cuando remitió su risa-. Te lo has inventado todo con un desparpajo que desmiente la sabiduría que se esconde en tus ojos, pero te comprendo, ¿cómo podría no hacerlo? Supongo que piensas que tu vida corre serio peligro, pero es precisamente liberaros lo que tenía en mente desde el principio.
El consejero bajó la cabeza enfurruñado, y Marco y Hyasu compartieron una mirada de incredulidad.
-Sé que es difícil interpretar un sueño correctamente, demasiado acostumbrado estoy a las florituras de este de aquí, pero hay un factor que nunca he mencionado, y que me hace estar convencido de que sé lo que todo significa. En efecto, he de liberaros. Así me ha sido ordenado, pero no por la diosa de la guerra, aunque tomó esa forma en mi sueño. No, ha sido Vadila, no me cabe duda. Y conozco su tesón demasiado bien como para saber que si no la obedezco es capaz de convertir mis descansos nocturnos en un infierno de pesadillas.
-¿Vadila? –preguntó Hyasu. -¿Y esa quién es?
Treydjem observó al joven casi con desprecio.
-Si no sabes quién es, no importa demasiado. Supongo que tiene intención de encontrarse con vosotros, y en ese caso pocas cosas podrían impedirle hacerlo a su antojo. Pero en mi mente bailan cosas mucho más importantes ahora que ocuparme de vosotros dos, y no me arriesgaré a contravenir una orden tan clara. Podéis partir, nadie os lo impedirá, pero no esperéis más hospitalidad de mí. –Se volvió hacia Marco-. Quizá nos veamos de nuevo, Marco de Tamnar, en otras circunstancias. Llevamos caminos parecidos si realmente os dirigís a Batiea, pero aún no estamos preparados para emprender el viaje. Probablemente nos aguarde un sitio largo y hemos de almacenar aún muchas provisiones.
-Gracias, señor de Domova, por vuestra misericordia.
Treydjem volvió a mostrar esa sonrisa delgada y malévola. Inclinó la cabeza y se dirigió al cadáver de Feso, casi a sus pies.
-¿Has oído, Feso? Tu señor es misericordioso. ¿Alguien lo dudaba? –Se dio media vuelta y se dirigió a su consejero, que a todas luces había acabado decepcionado con el encuentro.- Ordena que se lleven el cuerpo y organiza la guardia. Me retiro a descansar.
Parecía que ahí acababa el encuentro. Se dirigió a una pequeña puerta que se encontraba detrás de su escritorio, pero en el último momento se giró. La maldad, la locura o lo que fuera que brillara en sus ojos heló la sangre de los dos viajeros. Sonrió, asintió y desapareció finalmente con un revoloteo de su capa.

Marco y Hyasu salieron del palacio precedidos por dos de los guardias. A las puertas les entregaron sus armas y les desearon un viaje tranquilo con voz queda. Quedaron al fin libres, a merced de nuevo de la suerte.
Domova era una ciudad que obviamente había resistido guerras en el pasado. Casi toda la población se concentraba dentro de las murallas, en unas construcciones de gruesos bloques de piedra y tejados de madera y paja. La mayoría eran de una sola planta, aunque aquí y allá se veían edificios de tres y hasta cuatro plantas. Por doquier se veían símbolos y figuras que salían de los huecos entre los muros y que representaban al jabalí, generalmente iconos toscos y primitivos, pero en varias ocasiones se encontraron con algunas tallas más delicadas, más realistas y detalladas que mostraban el talento escultórico que los artesanos habían desarrollado con el paso de los siglos.
El camino desde el palacio de Treydjem descendía hacia las viviendas apiñadas en un cuidadoso empedrado que pronto se convertía en simples calles de tierra apisonada. Una vez entre los muros, la ciudad se convertía en un laberinto, recorrido por cientos de hormigas que se afanaban en los últimos preparativos. Marco se preguntó si Treydjem dejaría la ciudad desprovista de defensa y no lo creyó probable, teniendo en cuenta que incluso en el norte podrían surgir enemigos. Un ejemplo era la misma Daya- San, la ciudad de Hyasu, de la que el básquil hablaba con desprecio.
Cruzaron varias plazoletas abiertas con jardines, y Marco se fijó en que nadie remoloneaba en ellas, como cabría esperar en una ciudad tan grande. Al parecer, la técnica de desgarramiento de Treydjem había dado sus frutos, y todo aquel que hubiera deseado hacer el vago se encontraba en la gran caravana, camino del este, con media cara hecha jirones. Marco supuso que nunca serían conscientes realmente de la suerte que habían tenido al salir más o menos ilesos de Domova. Se llevó la mano al costado y comprobó que le dolía horrores allí donde los enormes pies de Hamal Adaya habían chocado con él.
-No veo dónde podemos aprovisionarnos –comentó Hyasu-. Todo lo que parecían colmados por aquí humean con el resplandor de la fragua. ¿Y si localizamos algún almacén y robamos lo que nos haga falta?
-Muy buena idea –sonrió Marco-. Parece que no aprecias lo bastante el respiro que nos ha proporcionado esa tal Vadila del sueño de Treydjem, ¿eh?
-Yo creo que está loco. ¿Qué es eso de entrar en los sueños a dar órdenes? En Daya- San nos reímos de esas supersticiones estúpidas con carcajadas que se adentran en el mar. Por eso nosotros nunca hemos tratado con este hombre.
Marco levantó las cejas.
-¿Supersticiones? Hubo una época en que yo también me reía de esas cosas, ¿sabes, Hyasu? Pero cuando viajas, aprendes. Y cuando aprendes, dejas de reírte de las cosas que antes no entendías. Ese es el proceso. Recuerda el nombre de Vadila, porque estoy seguro de que Treydjem tenía razón: nos encontraremos con ella.
-Quizá se trate de la Gorda Inmunda esa que me comentabas.
-Quizá. –Marco ya había pensado en ello.
-Bueno, pues hacia allí debe de estar la salida de la ciudad. Si no vamos a robar nada será mejor que nos pongamos en camino.
Marco abrió su zurrón para echar un vistazo a los víveres que les quedaban, temiendo de pronto haber sufrido un saqueo de los guardias, y cuando metió la mano se llevó una agradable sorpresa: no sólo no les habían robado, sino que habían añadido a sus provisiones algunas tiras de carne ahumada y una buena cantidad de aceitunas envueltas en tela húmeda.
-¡Vaya! –exclamó Hyasu-. Si resulta que Treydjem tiene un corazón que late, al fin y al cabo.
Marco volvió a pensar en la tal Vadila.

Accedieron a la avenida principal de Domova, amplia y adoquinada. Había varios puestos vacíos, carros de madera destinados a la mercadería, aunque en aquellos días pocos eran los que podían ocupar su tiempo en tales asuntos, y observaban vacíos de productos el tránsito de la gente. El camino iba directamente hacia las enormes puertas, junto a las cuales un feo edificio despedía a los visitantes. Era circular, de una sola planta y rematado por una cúpula recubierta de adobe descascarillado, y a la entrada tres o cuatro mujeres se ofrecían a los caminantes con obscenas invitaciones. Eran las prostitutas del jabalí, sacerdotisas cubiertas únicamente por un velo de gasa semitransparente. Rieron cuando los dos hombres pasaron por su lado y extendieron los brazos.
-¡Amantes y amados! Venid y entrad en nuestro templo. Nos entregaremos a vosotros en honor de la bestia. ¡Dejaos envolver por nuestras pezuñas!
Marco tuvo que agarrar a Hyasu por el cuello de su chaqueta negra.
-¿Adónde vas, Hyasu?
El muchacho se ruborizó un poco.
-¡Ah! No sé, nos invitan, ¿no?
-Venga –dijo, y tiró de él-. Sale un olor muy extraño de ahí dentro.
-¡Deja que se acerque! –exhortó una de las prostitutas mientras se frotaba los pechos-. No te inmiscuyas, si él ha decidido gozar del arrobo del jabalí. ¿Quién eres tú, que nos rechazas así, extranjero?
-Marco. ¡Andando, Hyasu!
Finalmente cruzaron las puertas, un enorme dintel formado por tres gigantescas rocas talladas a la manera de un dolmen, contra las cuales se apiñaban los sillares que conformaban la muralla de cuatro metros de altura en la que se encajaban. Marco escuchó a las prostitutas que, probablemente embriagadas por alguna sustancia alucinógena, se burlaban de la marcha de los dos hombres.
-¡Se lo pierden! –decían-. Avanzan casi sin habernos dedicado una mirada y salen al mundo de la guerra y el horror. Quizá no les gusten nuestras formas. Quizá sean adoradores de otro tipo de placeres que puedan proporcionarse el uno al otro.
Ante el respingo que electrizó a Hyasu al escuchar estas palabras, Marco volvió a empujar al muchacho para alejarlo de allí.
-Vamos.
-¿Pero has escuchado lo que…? –preguntó con ira en la voz.
-Joder, Hyasu, pero qué estúpido eres. ¡Vamos, he dicho!
Por fin el chico se dejó arrastrar, aunque echaba miradas amenazadoras por encima del hombro para regocijo de las prostitutas.
-Malditas rameras…
Mientras la ciudad de Domova se iba alejando a sus espaldas, y ellos emprendían el camino hacia el sur por la llanura, Marco pensó en lo extraño que resultaba que Treydjem hubiera castigado y desterrado a hombres útiles para la guerra y sin embargo permitiera la actividad de las prostitutas del jabalí. Hyasu pareció pensar lo mismo, o al menos no conseguía sacarse los voluptuosos cuerpos de la cabeza, porque en un momento dado comentó:
-Qué curioso que la única actividad no destinada a la guerra en Domova sea la que ejercen aquellas mujerzuelas. ¿Crees que será una argucia de Treydjem para mantener alta la moral de sus soldados?
Marco meditó unos momentos.
-No, creo que no. Creo que, simplemente, son sagradas y ni él osa contravenir a su dios jabalí. No soy un experto en guerras, pero si fuera general preferiría que mis soldados se mantuvieran célibes.
-¿Y eso?
-Bueno, supongo que si, por ejemplo, tienes que conquistar una ciudad, y retienes a tus soldados bien lejos de cualquier mujer durante semanas o incluso meses, estos lucharán con mucha más fuerza si piensan que parte de la recompensa por la caída de los enemigos incluye la violación de sus mujeres.
Hyasu levantó las cejas.
-Es cierto, ¿no? Nunca lo había pensado así. Quizá en el sur haya mujeres hermosas. Aunque dudo que puedan compararse a la belleza de nuestras jóvenes dayanas. ¿Cómo era esa mujer que quieres salvar de Verhent? ¿Era buena hembra? ¿Poseía caderas poderosas con las que engendrar hijos fuertes y sanos?
Marco frunció el entrecejo. Pareció a punto de soltar un improperio, pero lo sustituyó por un suspiro.
-Sí, lo era. Muy buena hembra, sea lo que sea lo que entiendas tú por eso. Quizá demasiado buena –añadió en un murmullo desolado.
Hyasu se interesó por detalles más concretos de la relación que había unido a Marco y a Drilce, pero no consiguió sacar demasiada información, aparte de ocasionales gruñidos y meneos de cabeza. Por lo tanto decidió que era hora de contar sus propias aventuras amorosas, y Marco le dejó hacer. Entre las verdades a medias y la extremada pasión con que Hyasu hablaba de la nieta de su jefe, le pareció que la noche se les echaba encima demasiado lentamente. El paisaje iba poco a poco poblándose de árboles y espesas hierbas a medida que se acercaban al río que corría al sur, el gran río que pensaban seguir hasta Grebda. El camino era ancho y había sido muy transitado y cuidado, por lo que estaba en perfectas condiciones, pero en aquellos días las gentes de Domova no iba a Grebda a realizar sus transacciones, sino que seguían la ruta al suroeste, hacia Batiea, hacia la guerra, y por lo tanto prácticamente eran los únicos que lo recorrían. Hasta que cayó la noche se habían cruzado con sólo un par de grupos: unos mercenarios fuertemente armados que cabalgaban hacia Domova (y que por suerte no les dedicaron la más mínima atención) y un enorme carromato que los adelantó con parsimonia, tan lleno de cachivaches que colgaban de todos los puntos posibles del vehículo que con toda seguridad se trataba de fugitivos que descartaban la guerra como modo de vida y buscaban paz lejos de Domova.
Cuando el sol no era más que una línea que se desdibujaba en el horizonte les llegó el rumor de la corriente. Allí el camino cruzaba el río por un puente de piedra y se unía a la dirección que seguían las aguas, corriendo paralelo a la orilla a unos veinte metros.
El río, conocido en Domova como el Redel, era ciertamente ancho, aunque no muy profundo, y por eso no vieron ni un solo bote que navegara en el caudal. Las aguas eran rápidas en algunas zonas, y corrían entre las rocas que se habían desmoronado en alguna época desde las suaves colinas que albergaban su curso. Muchos kilómetros más al sur esas colinas se convertían en montañas, y el Redel las atravesaba a lo largo de profundos cañones hasta llegar a los grandes saltos de Gardiza, llamados así debido a una vieja leyenda que pronto escucharían. En aquellos cañones oscuros habitaban ciertos horrores y por ello la carretera se desviaba al oeste, uniéndose después al Redel una vez superadas las cascadas, pero ni Marco ni Hyasu sabían del peligro y pensaban atravesarlos en línea recta.
Acamparon cuando unas nubes cubrieron la luna de tal modo que apenas eran capaces de distinguir el camino. Hicieron guardias, con el recuerdo de los godegos aún demasiado fresco en la memoria, y por la mañana retomaron su ruta. Como no podía ser de otro modo, Hyasu sólo cerraba la boca cuando estaba comiendo; Marco no encontraba la forma de conseguir que lo dejara un rato tranquilo. Suplicaba a todos los poderes que una afonía se adueñase de la garganta del muchacho, pero esta nunca llegaba, y no tenía más remedio que escucharlo. Avanzaron a buen ritmo, siguiendo siempre el camino junto al río. La siguiente noche acamparon tras haber sido alcanzados por un grupo de soldados a pie, que los interrogaron brevemente y luego siguieron su camino en busca de un hombre con una espada. Un renegado, dijeron. Ni Marco ni Hyasu recordaban haberse cruzado con nadie así.
-Y espero que siga siendo de ese modo –comentó Hyasu mientras devoraba algunas de las aceitunas duras y secas con que Treydjem les había obsequiado. –Lo que nos falta ahora es que nos asesine un guerrero traidor, después de partir con el beneplácito del básquil loco este. Aunque por Zuma que venderemos caro nuestro pellejo si alguien osa atacarnos.
-Muy bien, Hyasu.

La tercera jornada desde su partida de Domova fue más lenta. Las colinas como tales ya no existían, y el río se introducía entre unas altas rocas mientras que el camino se desviaba. Habían llegado al primero de los cañones.
-No sé qué montañas son estas, pero el camino junto al río parece transitable. ¿Qué hacemos, Marco? ¿Seguimos por la carretera?
Marco observó el cañón. En efecto, junto al corte vertical que el río había practicado en la roca a lo largo de los eones existía una especie de pasarela natural por la que podrían avanzar sin necesidad de modificar el avance recto.
-Es posible que si entramos por aquí lleguemos antes a Grebda. Mawt no me habló de estos cañones, o si lo hizo no le presté atención. No sabía que el camino se desviaba.
-Lo lógico sería ir por donde marca la ruta.
-Pero la carretera se adentra en las montañas. Será fatigoso, todo el día arriba y abajo. No, me parece que el río es la mejor ruta a seguir, y además nos proveerá de pescado fresco. Por lo menos no tendremos que subir cuestas tan empinadas como esa primera de ahí. Si fuéramos a caballo sería otra cosa, pero andando…
-¿Y si el camino se corta a la mitad? ¿Un desprendimiento, o algo parecido?
-Pues daremos media vuelta. Prefiero arriesgarme. Si no existe el camino, ya nos apañaremos. ¿Sabes nadar?
-En Daya- San yo era considerado uno de los mej…
-De acuerdo, entonces –abrevió Marco, y se adentró en el cañón huyendo más de la perorata subsiguiente de Hyasu que del posible miedo a lo desconocido.
 
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